El Simbolismo

Un símbolo es una representación de la realidad en virtud de algún rasgo de ésta. Judy S. Deloache, profesora de psicología de la Universidad de Virginia, y dedicada al estudio de las primeras etapas del desarrollo cognitivo, ha realizado interesantes experimentos sobre el simbolismo en los niños. Cree que cuando un niño ve un objeto fotografiado, la información visual de éste activa la representación mental del referente. Por ese mecanismo, al ver un zapato pintado en el suelo, el niño intentará meter el pie dentro de él. Identifica el objeto real con el símbolo que lo representa, y como a esa memoria se halla asociado el programa motor de interacción con el objeto, intentará meter el pie dentro del dibujo. Gozamos de esa capacidad de identificar algo real con el símbolo que lo representa. De hecho, nuestros procesos mentales, en gran medida, se nutren y configuran mediante símbolos. Nuestro lenguaje es simbólico, la escritura lo es, e incluso la forma en que nuestro cerebro procesa la información[i]. Somos hacedores de metáforas, trasladamos lo literal a lo figurado, hablamos del otoño de la vida; nuestro software cerebral trabaja en modo simbólico al buscar ideas y soluciones analógicamente, por semejanza funcional, por semejanza morfológica, estructural…; agrupamos los hechos en clases y en categorías por razones de semejanza, simbólicamente. Ahí tenemos el ejemplo de los sueños: puro simbolismo. Pero el símbolo cobra otra relevancia cuando lo sacamos fuera, cuando lo construimos fuera de nosotros. La pintura es el símbolo de un concepto de una realidad exterior; el bastón que confiere el mando, la concha simbolizando lo sexual femenino. Un palo es el fusil de un niño y una muñeca es el bebé de una niña en su imitación simbólica. Cuando la representación mental se proyecta fuera, cuando somos capaces de plasmar lo mental en forma de objeto con existencia separada, entonces aparece la conciencia de los símbolos, entonces nos hacemos simbólicos. Es decir, nuestro modo de procesar el pensamiento se plasma también en el modo de establecer relaciones con las cosas y de relacionarnos con el mundo. Los símbolos surgen, así, para representar la realidad y aprehenderla sintéticamente[ii].

 


[i] Conocido es el modo en que el químico Kekulé alcanzó la idea del anillo aromático del benceno. Estaba dormitando –en ese limen que separa la vigilia del sueño y en el que se funden lo onírico y lo racional—cuando las volutas de humo que se elevaban desde el fogón le trajeron primero la imagen de una serpiente mordiéndose la cola y poco después, despertado de súbito por el pinchazo de una emoción, la idea resplandeciente del anillo bencénico. El símbolo le trajo a la consciencia la imagen, la idea.

[ii] Las ventajas evolutivas de ese procesamiento analógico y simbólico de la información son evidentes: conocer que una pequeña serpiente puede resultar mortal, asegura que todo animal semejante y que se desplace de forma semejante será considerada peligrosa, sin tener que deducir de otros parámetros su peligrosidad. Pero, sobre todo, la ventaja es que es un procesamiento que posibilita la abstracción de los objetos pensados, lo cual facilita una velocidad procesal muchísimo más rápida.