CONDUCTA SOCIAL Y NATURALEZA HUMANA II

 

CONVENIENCIA SENTIMENTAL

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Los sentimientos nos sugieren que determinada conducta o acción frente a los demás es aceptable y grata o, por el contrario, es reprobable. Nos hacen sentir atracción o repulsión, malquerencia o bienquerencia, gozo o malestar, paralizan la acción o nos impulsan a ella. Frente al otro, frente a quien nos relacionamos, nos concitan un rumbo y una intención. En resumidas cuentas, mediante dicho sentir hacen resaltar en nuestra conciencia lo conveniente  de tal o cual modo de actuar en relación a tal o cual individuo, predisponiéndonos a estar alerta o a confiar despreocupadamente.

Los sentimientos surgieron como tales en las primitivas agrupaciones de homo sapiens ( muy plausiblemente, se esbozaron en la época del homo erectus), con vocación de actuar a modo de reguladores sociales. La compasión, la vergüenza, la culpa, la envidia, los celos…actúan como instrumentos de la naturaleza humana. Procuran por un difícil equilibrio entre los intereses individuales y los sociales. Propugnan una difícil entente entre el competir con los demás y el cooperar con ellos.

Para sobrevivir en un medio hostil, nuestros primitivos ancestros tuvieron que competir y cooperar entre ellos. Lo mismo ocurre hoy en día en cualquier  negocio: en la empresa los trabajadores cooperan y compiten entre ellos por obtener beneficios empresariales y por alcanzar estatus a costa de los demás. Para estas labores resultaron y resultan de gran utilidad los sentimientos (y también para la convivencia y para la defensa del grupo y del individuo…).

La crueldad, los celos, el odio, la envidia –en  ciertas circunstancias—, actúan en nosotros en forma de pulsiones que nos impelen a competir; la compasión, la vergüenza, el afecto, facilitan, en cambio, la cooperación. Así que los sentimientos, con las pulsiones y la predisposición que nos producen hacia los demás, muestran a la conciencia el comportamiento que al sistema emocional le resulta conveniente cuando un individuo se encuentra frente a otros individuos.

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El compasivo “percibe” conveniencia en actuar con misericordia frente a unos y con odio frente a otros; el vergonzoso “percibe” conveniencia en evitar situaciones en las que podría aparecer deshonroso; la conveniencia del envidioso se cifra en hacer desaparecer al oponente que le hace sombra…

Los sentimientos tienen una importante particularidad: son en alto grado educables, lo cual les confiere un plus de potencial peligro. Incluso pueden ponerse de moda, tal como la compasión y la conmiseración lo están ahora. Los horrores de la 2ª Guerra Mundial fueron un toque de clarín para que se evitara la crueldad e imperase  la compasión. En el fondo, ese es el programa de la filosofía de la llamada Escuela de Frankfurt. El buenismo, cuya moralidad impera hoy en día en Occidente, hunde sus raíces en esa fuente.

La compasión es hoy, a nivel social, el sentimiento estrella, pero la compasión se alimenta de temor, y este sentimiento es el gran reconductor de conciencias. El temor es un miedo anticipado imaginativamente, es el sentimiento que nos produce la percepción de una amenaza en ciernes. Sentimos temor por un peligro supuesto, no por un peligro presente.

En el espectro humano se pueden observar caracteres más o menos medrosos (y también algún Juan Sin Miedo) pero, como sentimiento que es, es educable. Lo sentimos especialmente cuando otros lo sienten y lo comunican.

El temor se propaga entre las gentes como una llama en la estopa; es altamente contagioso y puede agrandarse en nuestra conciencia hasta el delirio. Voy a poner un ejemplo. En marzo de 1220 Gengis Khan tomó Samarcanda y masacró a su población. Igual suerte sufrió el Jorasán iraní y Afganistán. Las ciudades fueron reducidas a escombros y los cronistas musulmanes de la época narran que los cráneos apilados formaban montañas. Tal devastación provocó en el imperio musulmán un temor inmenso hacia los mongoles. Un temor que podemos apreciar por el relato del cronista Ibn al-Athir:[i]

Me han contado cosas que apenas pueden creerse; tan grande era el es­panto que Alá había puesto en todos los corazones. Se cuenta, por ejem­plo, que un solo jinete tártaro entró en una ciudad muy poblada y se puso a matar a todos sus habitantes uno tras otro sin que nadie se atreviera a defenderse. He oído decir que un tártaro, no teniendo ningún arma y que­riendo matar a uno que había hecho prisionero, le ordenó que se acostara en tierra, fue a buscar un sable y después mató a ese desgraciado, que no se había movido.

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La conveniencia que manifiesta un temor prudente es provechosa; no lo es, en cambio,  la conveniencia de actuar de acuerdo a los dictados de un temor desbocado, pavoroso, ni tampoco la de actuar sin temor alguno –es decir, no ser precavido—cuando existe peligro. El temor prudente nos alerta sobre los peligros, mientras que en el temor desbocado esa alerta se hace obsesiva y nos paraliza o nos hace huir despavoridos.

En cualquier caso, la conveniencia que dictan los sentimientos es de por sí peligrosa si no está sometida al control de las razones del intelecto que miran por nosotros mismos. No ha sido infrecuente en la historia que el compadecido clave un puñal en la espalda del compasivo. En la encrucijada en que nos hallamos, con la mitad de la población africana y de Oriente Medio queriendo llegar a las costas europeas, esa historia es muy probable que se repita.

Percibimos otro tipo de conveniencia que no he nombrado hasta ahora y que quizá sea la más determinante en nuestra conducta. Me refiero a la conveniencia que percibimos en las cosas a través de las creencias que poseemos, pero de esto hablaré en una próxima entrada.

 

 

 

 

[i] René Grousset, El Imperio de las Estepas, página 304

VANIDAD

VANIDAD. TODO ES VANIDAD, Eclesiastés

 

El surrealista André Bretón lanzó en 1933 la frase: “le acto surrealista más simple consiste en salir a la calle empuñando un revólver y disparar al azar contra la multitud”. Más tarde ingresó en el partido comunista.

También Pablo Picasso se afilió al comunismo. Una de sus ex mujeres nos informó que estando un día Picasso sentado sobre un enorme baúl en donde guardaba su dinero, ya que no se fiaba de los Bancos, recibió la visita de un miembro del partido en demanda de dinero para ‘la causa’. Picasso se lo negó alegando que vivía en la miseria, y sin levantar un ápice sus posaderas del baúl.

Rimbaud, el visionario, el gran poeta, el gran maldito, el gran rebelde, se descubre en unas cartas a un amigo hablando de su dinero.  Un dinero que quiere ver “bien invertido y que rinda con regularidad”. Llevaba 8 kg de oro en su cinturón, del que no se separaba ni para dormir. Ya cercano a la muerte, exclama: “¡Qué desgraciado soy, llevo dinero encima que no puedo siquiera vigilar!”

Quien mostró verdadera pasión por el dinero fue el gran escritor catalán Josep Pla. Cuando el 24 de abril de 1974 se produjo en Portugal la Revolución de los claveles y cayó el régimen de Marcelo Caetano, Pla se despachó a sus anchas contra los revolucionarios y las revoluciones. Guardaba sus ahorros en bancos portugueses, en la convicción de que estarían más seguros que en los bancos españoles con Franco ya en franca decadencia física.

El Eclesiastés dice que “todo es vanidad”. Y estupidez, yo añado.

 

CONTINUIDAD

 

Resulta curiosa la continuidad de comportamientos de los partidarios del Igualitarismo. Los cristianos primitivos hablaban de amor, paz y concordia  universales hasta que llegaron al poder al ser convertida su religión en religión de Estado. Enseguida persiguieron a todas las demás religiones, destruyeron sus templos y mandaron dar muerte a sus líderes. También persiguieron a los judíos y dieron muerte a Hipatia, gran matemática y directora de la biblioteca de Alejandría.

Lo mismo hicieron los bolcheviques en Rusia, Fidel Castro en Cuba, y tal vez pretenda hacer lo mismo  Podemos en España.

Tanto aquellos como estos lo hicieron en nombre de la humanidad, por su bien; y para ello se acaba con la libertad de las gentes y se persigue a muerte a los discrepantes.

 

DERINKUYU

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En la ciudad de Derinkuyu, en esa región de Turquía llamada Capadocia, existe toda una gran ciudad subterránea. Las dimensiones son increíbles: tiene una profundidad de casi noventa metros y hasta la fecha han sido descubiertos veinte niveles. En ella han podido habitar hasta 10.000 personas. Se une por un túnel de ocho kilómetros de largo a otra ciudad subterránea, Kaymakl.

De las ciudades subterráneas de esta zona hablaba el historiador griego Jenofonte en su obra Anábasis y explicaba que las personas que vivían en Anatolia habían excavado sus casas bajo tierra y vivían en alojamientos lo suficientemente grandes como para una familia, sus animales domésticos y los suministros de alimentos que almacenaban.

En los niveles recuperados se han localizado establos, comedores, una iglesia (de planta cruciforme de 20 por 9 metros, con un techo de más de tres metros de altura), cocinas (todavía ennegrecidas por el hollín de las hogueras que se encendían para cocinar), prensas para el vino y para el aceite, bodegas, tiendas de alimentación, una escuela, numerosas habitaciones e, incluso, un bar. La ciudad se beneficiaba de la existencia de un río subterráneo; tenía pozos de agua y un magnífico sistema de ventilación (se han descubierto 52 pozos de ventilación) que asombra a los ingenieros de la actualidad.

Parece ser que la excavación del primer nivel fue llevada a cabo por los hititas, que habitaron la región alrededor del  año 1.500  antes de Cristo.

Luego tuvieron que esconderse en ella los primeros cristianos,  huyendo de las levas y los saqueos que cometían en la región los romanos; luego tuvieron que esconderse los bizantinos huyendo de los turcos selyúcidas; más adelante se debieron de esconder  de los árabes y luego de los cristianos que acudían a las cruzadas y luego de los turcos otomanos. Tan magna obra de construcción denota un miedo abundante de los pobladores de la región a las frecuentes incursiones de saqueo o de conquista que en ella se llevaron a cabo.

Se ha de mencionar que  las galerías subterráneas de Derinkuyu podían bloquearse en tres puntos estratégicos desplazando puertas circulares de piedra. Estas pesadas rocas que cerraban el pasillo impedían la entrada de los enemigos. Tenían de 1 a 1,5 metros de altura, unos 50 centímetros de ancho y un peso de hasta 500 Kilos.

Cuando en 1963 la descubrió por casualidad un habitante de Derinkuyu, estaba deshabitada.

Todos estos detalles los ofrece Ishak Frag Fahim en un libro de ensayo que titula:

“LIBRO Y LABERINTO ERAN UN SOLO OBJETO”.

JORGE LUIS BORGES, CONSTRUCTOR DE LABERINTOS LITERARIOS