OPINIONES E INTUICIONES

 

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Hombres y mujeres

Cuando los hijos abandonan el nido familiar la mujer sigue ejerciendo de madre con el esposo, pero de manera displicente a menudo. Lo quiere educar, dominar, encarrilar, corregir, gobernar, como si estuviera criándolo aunque desengañada de ello, si bien, en cierto modo, inconscientemente trata de que el esposo supla a los que se han ido.

Con los años el hombre se puede obsesionar consigo mismo, se puede convertir en autista, que no hay que confundir con volverse narcisista. En cambio, la mujer suele volcar sus obsesiones hacia el exterior.

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 Los números mágicos y la Navidad

Se acerca la navidad y es hora (en España) de jugar a la lotería, es decir, de embarcarnos en la ilusión navideña de creer que la fortuna nos puede sonreír y puede hacernos ricos de la noche a la mañana. A tal propósito me gustaría brindar mi ayuda a los más ansiosos. Y nada mejor para ello que señalar los números que desde la más remota antigüedad han sido considerados mágicos. Mezclándolos, combinándolos, es la manera mágica de conseguir el premio lotero. Ahí van.

Sugiero que el número a jugar contienda el dígito 7. Siete son los colores del arco iris, siete se consideraban los planetas en la antigüedad, siete los metales, siete los días de la semana, siete artes, siete fases para alcanzar la piedra filosofal…; y es especialmente mágico para los ismaelitas, que cuentan con siete jefes espirituales, con siete profetas, con siete emanaciones divinas, con siete estados del alma, con siete escalones de conocimiento.

Otra cifra mágica es el 60. La edad mítica de los reyes mesopotámicos era sesenta veces sesenta; sesenta minutos tiene una hora; seis veces sesenta grados tiene la circunferencia; la notación matemática para el estudio de la astrología en Babilonia estaba en base sesenta…

Naturalmente, el 3. Tres eran los dioses supremos del panteón de todos los pueblos indoeuropeos; tres son las manifestaciones del Dios cristiano (Padre, Hijo y Espíritu Santo); tres son los factores vitales, cuerpo, alma y espíritu…

Añadamos el número 12. Doce son los meses del año; doce las tribus de Israel; doce son los signos del zodiaco; doce fueron los discípulos de Cristo…

Y no nos olvidemos del 22. Veintidós son primitivas letras del alfabeto; veintidós los capítulos del Apocalipsis; y un mágico dato: la relación entre los números mágicos 22 y 7 ofrece como resultado el número Pi.

Así que, de manera no exhaustiva, tenemos los números mágicos 3, 7, 12, 22, 60. Invito a combinarlos de forma mágica para obtener el número que será premiado. En esa labor no puedo ayudar.

Cierto es que en Física atómica existen otros números mágicos, el 2, 8, 20, 28, 50, 82, 126. Ignoro si serán estos o aquellos los que combinados den con el premio. Que haya suerte.

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El hombre y su máscara

Un hombre viene a ser, con el tiempo, su máscara.

Confieso que mis máscaras son ingobernables, que, sin alegar razones, aparecen y desaparecen a su antojo.

En el idioma propio del “yo”, máscara significa “uno es lo que parece”.

Un hombre sin máscara es un hombre expuesto, extraviado;  sin máscara uno tiene que ser el vociferante autista que es para poder sobrevivir frente al furor de las máscaras de los otros.

Confieso que durante muchos años lleve puesta una de esas máscaras que te moldean dolorosamente el rostro, una de esas que se te incrustan en las carnes hasta la asfixia.

Algunos presumen de llevar siempre la misma máscara, pero no saben que quien no cambia no aprende, que quien no cambia de máscara continúa siendo el asno que ha sido siempre.

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De la Leyenda Negra

He vivido muchos años de mi vida creyéndome estos cuentos: La convivencia pacífica de las tres religiones del Libro en Al-Ándalus; la Leyenda Negra del Descubrimiento de América y de la Inquisición española; el carácter liberador de los regímenes comunistas…Hace ya tiempo que me percaté de que son fábulas inventadas por intereses ideológicos. Primeramente los hicieron servir los países protestantes para denigrar el catolicismo y de paso a España, potencia imperial entonces. Luego los ha hecho servir la izquierda revolucionaria para acabar con las instituciones del Estado, y ahora también los nacionalismos de las regiones periféricas de España para destruir la convivencia.

https://www.youtube.com/watch?v=FUaB6_kix10&feature=share

El amor y la amistad

Sigo pensando que el amor y la amistad es lo único que nos salva. El amor es la locura de encontrar un encaje a tus ansias en otro cuerpo. La amistad es el fervor de encontrar tus razones en otro y depositar en él tu confianza.

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ANIMISMO

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Nos puede parecer que el animismo pertenece a una determinada época de nuestro pasado primitivo. Todavía en la Ilíada, el río, la montaña, los planetas,  son deidades que influyen en el acontecer de los hechos y gobiernan nuestro destino. Sin embargo, el animismo, de una forma u otra, camuflado en ocasiones con novedosos ropajes, sigue vivo en nuestros días, lo que demuestra que poseemos una gran predisposición a creer en él, demuestra que entre nuestras tendencias naturales se halla el animismo.

El animismo es la espiritualización de las cosas inanimadas –objetos, lagos, estrellas, ríos, cuevas, montañas…—, es el considerarles agentes sobrenaturales y el adornarles con caracteres antropomórficos; es decir, el animismo es asignar ánima a los objetos inanimados.

Mircea Eliade, el gran estudioso de las religiones, estudió esa corriente animista en distintos pueblos de la antigüedad.  Señala que, para el hombre primitivo, las montañas, los ríos, los astros, los animales, nuestras vidas… están relacionadas entre sí: todo nace, tiene sexualidad y muere. Todos participamos de un mismo destino cósmico. Las montañas y los ríos nacen, se quejan, sienten dolor, y mueren. El alquimista intenta acelerar en su retorta la germinación del oro que, más pausadamente, realiza la montaña en su matriz telúrica. Cada año el mundo muere y vuelve a nacer, se regenera: así se recoge en los antiguos ritos de fecundidad y en las primeras mitologías mesopotámicas con el descenso de Osiris a los infiernos y su retorno para recomenzar la vida.

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Pongámonos en la piel  homo sapiens sapiens en los albores de la cultura. Resulta plausible que se dieran los siguientes procesos de pensamiento: un individuo percibe que un acto intencional como lanzar un objeto motiva el movimiento de éste; de una serie experimental semejante deduce un principio: yo causo el movimiento  (yo –mi voluntad—puede causar el movimiento). De la regularidad de estas acciones  infiere que: es necesario un agente causante, una intención o voluntad que causen. Los efectos quedan así asociados con un nexo condicional a un agente y a una intención causal. El movimiento de las aguas de un río, el rodar de una piedra por la ladera de una montaña, la aparición del sol al alba, la disposición variable de los astros, por exacta analogía obedecen a la intención o voluntad de un agente. El río, la montaña, los astros cobran vida, muestran voluntad, intención, ánima.

Ahora bien, la tierra tiembla y desata su ánimo destruyendo vidas, engullendo seres hacia sus profundidades; la montaña puede estallar en cólera lanzando gigantescas lenguas de fuego a grandes distancias; los cielos pueden enviar sus mortíferos rayos, pueden anegarnos con sus aguas incesantes… El hombre primitivo se hallaba al arbitrio y voluntad del descomunal poder de esas entidades. Su vida dependía de la voluntad de esos gigantes, de su ingente poder; y de ahí el ingente temor que esas voluntades le causan. El hombre primitivo sentía que tales seres se hallaban muy por encima de su propio poder, muy por encima de su naturaleza. Son sobrenaturales. Son dioses a los que hay que aplacar.

Conocer la voluntad de esos seres sobrenaturales –conocer el destino—va a ser labor de la astrología y la presciencia.

La astrología nace con ese propósito observando las posiciones relativas de las estrellas y cómo van cambiando con el tiempo. Es una suerte de animismo que todavía está de plena actualidad. Los tarots, las pitonisas, la lectura de las cartas astrales, son negocios bien rentables que cuentan con muchas cadenas de televisión y que disparan su audiencia en época de crisis.

Pero me quiero referir ahora a otra especie de animismo que resulta más refinado en su elaboración. Tiene gloriosos antecedentes en el Panteísmo y el Deísmo, en donde se identifica a Dios con el Universo, y tuvo grandes valedores, como Spinoza y, en buena medida, Newton.  Muchos son los que hoy en día se adscriben a un animismo semejante, aunque no nombren a Dios e incluso se declaren ateos muchos de ellos. Consiste éste en sostener la creencia de que todas las cosas del universo están relacionadas intencionadamente o por nexos de causa y efecto, o por la existencia de una justicia universal a la que todos estamos sujetos. Hablan del Uno y del Todo, y de la asociación mística de todas las cosas, y toman de las Upanishad, un antiguo texto en sánscrito primitivo, todo aquello que constituye la esencia de ese tipo de animismo. De manera general, sus creencias se inspiran en las corrientes de pensamiento orientales, hindúes más concretamente.

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Algunas de las grandes corrientes esotéricas y místicas que impregnaron la Edad Media eran en su esencia animistas, y la alquimia –esa  búsqueda de la Piedra Filosofal, y de convertir la materia grosera en oro, y de purificar el alma—lo es plenamente. Por cierto, Paulo Coelho, se ha hecho de oro a costa de ese misticismo animista del Todo conectado (recuérdese: “El Universo entero conspira para…); en su libro más famoso, El Alquimista. De él ha vendido decenas de miles de millones de ejemplares.

Parece que lo que está arraigado en prácticamente todas las gentes es la creencia en una conexión moral y justiciera del Universo. En algunos, tal creencia la tienen como supersticiosa, aunque no por eso deja de preocuparles y de cumplir con sus dictados; mientras que, tengo para mí, que una mayoría de gente cree en ella a pies juntillas.

Un autor reconocido, Jesse Bering[i], lo explica perfectamente. Señala que «nuestra existencia psicológica está misteriosamente ligada a un impreciso pacto moral con el universo», que la mayoría de las personas se guían por expectativas de un mundo justo basado en el Principio de reciprocidad; esto es, que solemos creer supersticiosamente en la reciprocidad de las situaciones y en una justicia universal. Ahí se encierra ese el significado de ese dicho tan usual: «Así como actúes con los demás, actuarán ellos contigo»; y también solemos considerar un Dios o un universo justiciero y omnisapiente que preside todos los actos humanos y lleva cuenta de ellos para dar justicieramente a cada cual lo que le corresponde.

De ahí también la creencia supersticiosa que mueve al compasivo: la mano que eche ahora al necesitado me será devuelta más adelante, cuando los azares del destino me coloquen a mí mismo en la situación en que se halla ahora el compadecido.

Este tipo de cosmovisiones místicas se encuentra en la esencia de muchos movimientos religiosos  pero también de movimientos ecologistas e incluso políticos, y muchas de las formas de espiritualidad de nuestros días encubren un soterrado animismo. En su médula aparece un sentido animista del mundo. Y no nos olvidemos de la adoración pagana a las vírgenes y a los santos. Pongamos el caso de la Virgen del Rocío y la veneración que suscita en todo Andalucía. Muchos verán en ella un símbolo de la madre de Jesucristo, pero tengo para mí que en la devoción de la mayoría se atribuye ánima a la talla de madera, que el trozo de madera pintado que la representa es la virgen en persona. En fin, así somos los humanos.

 

 

[i] Jesse Bering, El instinto de creer, Editorial Paidos, 2012, p. 218