TIEMPOS CONVULSOS

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  • Corren tiempos en que la realidad se nos ha vuelto ininteligible y enemiga. Así que buscamos atajos que nos produzcan la sensación de que la entendemos, a la vez que buscamos refugios donde resguardarnos de su iniquidad. La astrología, las medicinas alternativas, la presciencia, los OVNIs, los fenómenos paranormales, la homeopatía, las teorías de la conspiración…, son atajos simples que nos hacen creer que conocemos aquello que está vedado a nuestra comprensión. Creemos que en lo simple que nos satisface se esconde la verdad. Otros buscan refugios donde guarnecerse del malestar que les produce la realidad. Dotados de sensibilidades reblandecidas, casi sangrantes, más que seguir atajos, se entregan a nuevas religiones y se refugian en ellas con ánimo totalitario y aniquilador. Adoran a nuevos dioses: “vida animal”, “Naturaleza”, y se hacen fanáticos de la nueva religión, lanzando rayos y truenos contra quienes no sigan sus mandamientos[1]. Pero quizás el refugio más acogedor que tenemos a nuestro alcance es el de la realidad virtual. Los jóvenes ―y no tan jóvenes― huyen de la relación social que, como al animalista, les hiere, y se refugian tras de la pantalla de la virtualidad, donde cada uno de ellos se considera rey. El caso es que hoy no tenemos ideas firmes a las que agarrarnos. Todo se nos presenta envuelto en relatividad, así que volvemos la vista a lo que sentíamos firme,  a lo primitivo y mágico, a la seguridad de lo simple y conocido; y tratamos de encontrar un albergue virtual donde curar las heridas que produce la realidad y la ignorancia. Estos tiempos se están revelando como tiempos de repulsión hacia el mundo real.

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  • Malo es que se junten en un individuo la necedad y el resentimiento porque de tal yunta puede nacer cualquier disparate, pero que el número de sujetos de tal índole sobrepase todas las previsiones sensatas, más que malo es trágico, porque denota que la necedad se ha universalizado. Tal hecho se ha puesto de manifiesto al estallar las redes sociales con el rechazo a la donación de 300  millones de euros de Amancio Ortega para curar el cáncer, y ese estallido ha sido secundado por diversas organizaciones de la izquierda española, que poco menos que han dicho que se los meta por el c…
  • Muchas gentes abogan por que se produzca una catarsis ideológica que borre la historia propia, que borre los valores, las costumbres y la cultura ancestrales. Tales gentes odian sus raíces. Pero, si tal catarsis se produjera, todos nos quedaríamos a la intemperie, desenraizados, como muñecos movidos desde una tramoya de odio, sin tener nada a qué agarrarnos. Todo parece indicar que la estupidez se ha elevado en España a diosa suprema.
  • En ocasiones una falsedad manifiesta o incluso una estupidez supina son consideradas grandes verdades o excelsos monumentos del saber.
  • Mal asunto es que la moral dicte las verdades que se encuentran fuera de su ámbito, pues la moral tiene la misión de establecer modelos de convivencia, no verdades. En lo que no concierne a las ciencias, tradicionalmente se ha encargado la filosofía de hallar la certeza de las cosas, aunque en su desmérito alego que algunos filósofos toman a lo ambiguo, a lo vaporoso, a lo oscuro, a la jerigonza, como criterios de verdad.
  • Cuando mueren los dioses no deja de actuar el mecanismo mental que nos hacía creer en ellos, sino que sigue actuando, e inventa y adora otras ilusiones: utopías socialistas, los mundos soñados, las conexiones místicas, las justicias universales, y los diversos tipos de pensamientos mágicos. Me asola la terrible sospecha de que la muerte de los dioses ha cambiado bien poco a la gente.
  • La biología lo señala: los egoístas parasitan las sociedades altruistas que les acogen. Que cada cual, en su país, analice quiénes practican el altruismo y quiénes el egoísmo. Quizás el análisis nos depare sorpresas.
  • ¿Tienen algunos la epidermis como el papel de fumar, o es que su ansia de prohibir es inmensa?, ¿o es que les domina el odio contra todo lo que represente fuerza porque además de ser débiles son cobardes y totalitarios? ¿Se imaginan de quién hablo?

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  • Tras de la ebullición de las redes sociales, mostrando alegría desbordante por la muerte en el ruedo de un torero o por la muerte de un niño al que le gustaba la fiesta taurina, y tras de los insultos, ataques y amenazas a bastantes taurinos en la calle, pocos dudan ya de que el animalismo radical del siglo XXI es tan intolerante y totalitario como lo fueron el fascismo y el comunismo en el siglo XX.

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  • En su empeño por derogar la Carta Magna de Venezuela, Maduro ha colocado a militares de alto rango al frente de los ministerios del gobierno. Esos militares son ahora su salvaguarda. Enriquecidos por el saqueo del petróleo y por el narcotráfico, defenderán al régimen contra cualquier veleidad democrática. Money is Money. Todos los socialismos acaban pareciéndose.
  • En España algunos visionarios abogan por modificar la Constitución para fijar en ella la condición de preservar la calidad de vida de la gente. Es como si por poner por escrito un deseo se cumpliese, como si en la Constitución de Ghana figurase que todos los habitantes de ese país han de ser ricos. Se trata de no mirar a la realidad de frente, de vivir en el puro idealismo haciendo ver que los derechos adquiridos son intocables, que llueven del cielo como les llovía el maná a los israelitas en el desierto; se trata de hacer creer que los derechos sociales no dependen de las posibilidades económicas del país, sino que se encuentran ahí para cogerlos gratuitamente; se trata, como casi siempre hace la izquierda, de confundir lo deseable con lo factible.

 

  • El cristianismo nace de la miseria y de la esperanza en el Juicio Final. El luteranismo y el calvinismo nacen de la angustia y generan el capitalismo. La revolución francesa nace de la miseria y de la Ilustración, y contiene el germen del socialismo. La revolución marxista nace de la miseria y el resentimiento, ofreció la ilusión de un paraíso y produjo un terror inmenso.
  • He aquí un conjunto de datos: personas que se encuentran desaparecidas en España: 4500; suicidios en 2016: 3910; muertos en accidentes de trabajo en 2016: 520; número de muertos habidos en accidente de tráfico durante 2016: 1300; personas asesinadas en ese mismo año: 292; suicidios de hombres durante el proceso de separación (desde la fecha de implantación de la Ley de “violencia de género”): 25.000; mujeres asesinadas por sus parejas en 2016: 44.  Ahora reseñemos la atención con que los medios de comunicación tratan esos hechos: Atención de los medios al asesinato de mujeres por sus parejas: 95%. Atención de los medios al resto de sucesos mencionados: 5%. Esa es la proporción en la atención mediática que reciben. A mí me resulta raro. Que cada cual extraiga sus propias conclusiones.
  • Al finalizar este mes de junio me tomaré las vacaciones de verano y no publicaré otro post hasta septiembre, lo cual no causará, desde luego, catástrofe alguna.

 

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[1] Resulta chocante que se les pida cuentas a los cristianos por su pasado intransigente y totalitario, que se critique al Islam por ese mismo motivo, y que, sin embargo, al animalismo, que está dando muestras de un feroz totalitarismo, se le siga la corriente.

¿Utopía o distopía?

Hoy hablo de aspectos de la naturaleza humana que propician en algunos individuos la aparición de una visión utópica de la sociedad, algo―hablar de la naturaleza humana―que nunca haría un psicólogo.

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Lo expondré sin matices ideológicos de ningún tipo: el débil de carácter envidia al fuerte, el obtuso al inteligente, el menesteroso siente resentimiento hacia el rico, el que a menudo fracasa dirige su malevolencia contra el que triunfa, en el mediocre palpita animadversión contra el excelente, el que carece de dones se carga de rencor contra quien los posee…, hacia el que posee o dones, o capacidades, riquezas, fama o gracias, siente el que carece de ellas una malquerencia que, de perdurar en el tiempo dicha carencia, se puede enconar y volverse odio. Es ésta una ley de nuestra Naturaleza que no entiende de ideologías ni de clases sociales.

Bueno, el Igualitarismo (la mayoría de las utopías en boga propugnan la igualdad) promulga una sociedad que acabe con toda esa panoplia de rencores, envidias, malquerencias, resentimientos…, acabando con el agravio comparativo causante de que se produzcan. Pero, que nadie se lleve a engaño, aunque cada cual ―según su conveniencia―entiende la igualdad social de distinta forma, con grados distintos de igualdad, los más extremistas, la vanguardia igualitarista, pretende rasar en cuanto a dones, capacidades y riquezas de todo tipo. Esta pretensión de rasar todo aquello que destaque (poner en el lecho de Procusto a todos los individuos de la sociedad) lo expresa Ortega y Gasset elegantemente:

«Vivimos rodeados de gentes que no se estiman a sí mismas y casi siempre con razón. Quisieran los tales que a toda prisa fuese decretada la igualdad entre los hombres; la igualdad ante la ley no les basta: ambicionan la declaración de que todos los hombres somos iguales en talento, sensibilidad, delicadeza y altura cordial. Se sienten condenadas a formar parte de la plebe moral e intelectual de nuestra especie. Cuando se quedan solas les llega de su propio corazón bocanadas de desdén para sí mismas. Lo que hoy llamamos opinión pública y democracia no es en gran parte sino la purulenta secreción de esas almas rencorosas.»

Escribiendo esto me llega a la memoria el lema empleado por los igualitaristas en los tiempos primeros de implantación del sistema educativo conocido como LOGSE. A modo de lema o de máxima, clamaban: «Que nadie sepa más que nadie». Lo que no pretendía otra cosa que igualar en el aula los conocimientos de todos los alumnos con los del más lerdo y obtuso. De manera similar proclamaban un lema semejante para la Universidad: «Que nadie se quede sin título universitario». Como se ve, para el Igualitarismo la excelencia es un mal a erradicar.

Vistas así las cosas, la utopía igualitaria nace del resentimiento, del rencor y de la falta de potencia individual para embarcarse uno en su propia utopía personal, en un proyecto de vida (también puede tomar parte en ese ansia de utopía la obsesión de cada cual y la ambición de estar a la cabeza de esa utópica sociedad). Pero con esa sociedad igualitaria no podrían estar de acuerdo los que tienen éxito en sus relaciones sociales, los capaces, los fuertes, los ricos, los famosos y todos aquellos que sienten esperanzas de ascenso. Así que, ¿qué hacer con estos que muestran desafección a la utopía igualitaria? Nunca ningún utópico se ha atrevido a decir nada al respecto, pero en cualquier cabeza cabe que la solución que se ha empleado siempre (en los sistemas comunistas o socialistas que en el mundo han sido) la misma, ha sido la de obligarles a ser iguales. Y, ¿cómo se les podía obligar ―en esos nuevos paraísos igualitarios, encarnación de la utopía liberadora―a ser iguales? Pues con represión, encarcelamientos, expropiaciones, traslados forzosos de residencia, y todo tipo de amenazas, privaciones y vejaciones, cuando no el paredón.

Claro, los utópicos no pueden declarar la necesaria represión que habría que llevar a cabo con los que padecen de desafección a la utopía, al fin  al cabo, desde siempre la utopía ha sido considerada, en teoría, la derrota de la opresión, la puerta de la liberación, la libertad para todos, la felicidad aquí en este mundo. Pero más que una teoría era un deseo salpicado de creencias mágicas, pues, ¿cómo, si no, suponer que la muda de una sociedad represiva, en la que reina el agravio comparativo entre las gentes, a una sociedad libre, igualitaria, feliz, se iba a producir sin quebranto ni opresión de los más favorecidos, cómo suponer que estos iban a dar su conformidad a esa muda de otro modo que no fuera por arte de magia?

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Marcuse, el teórico de Mayo del 68 y del movimiento Hippy, se percató de que una utopía presentada de tal guisa no era creíble, así que se esmeró en justificarla. Sin embargo, ateniéndonos a la lógica, el remedio fue mucho peor que la enfermedad, pues, recreando las artes alquímicas, Marcuse mezcló en su marmita esos oscuros y pegajosos materiales que son el metapsicoanálisis freudiano y la dialéctica de Hegel, y removiendo la mezcla con pasión nos quiso sugestionar con la creencia de que la liberación estaba cercana, pues las condiciones económicas en las sociedades industriales hacían posible el surgimiento de buen salvaje Rousseauniano que todos llevamos dentro dormido, una bondad natural del ser humano que haría posible sin duelo ni quebranto la muda de esta sociedad al territorio de la Utopía. Pero ya dije que en su análisis la lógica no aparece por ninguna parte.

Sin embargo, los dirigentes teóricos del Igualitarismo aprendieron bien la lección. Los integrantes de la Escuela de Frankfurt llegaron a la conclusión de que la liberación y el Igualitarismo vendrían luego de un avance pausado pero continuo en cambiar la moral reinante en las sociedades de Occidente. Para ello se tendría que formar una alianza moral del Igualitarismo con todos aquellos grupos que presentan un historial de agravios comparativos y de marginalidad frente a la liberal democracia capitalista. Igualitarismo, feminismo, animalismo, ecologismo, indigenismo, homosexuales, incluso el Islam, forman parte activa de ese proyecto moral.

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Tal alianza, con la beligerante fuerza de la marginalidad de sus integrantes, pretende subvertir todos los valores que definieron hasta mediados del siglo XX la cultura y la moral occidental. La fuerza, la disciplina, la familia, la religión, la patria, el matrimonio, el patriarcado, la heterosexualidad, han de voltearse y transformarse en protección absoluta de lo débil, protección de los animales, del medio ambiente, el matriarcado, la indefinición en la sexualidad, han de ser destruidos los conceptos patria, familia, religión, matrimonio…La nueva moral debe ser represora ―dictaminaron aquellos padres de la nueva moral―, pero mediante el control de los reprobadores medios de comunicación se podrá imponer sin respuestas incómodas. Y encontraron para ese fin el catálogo de Lo políticamente correcto y el amedrentamiento de la clase política.

Tal moral ya reina entre nosotros, eso lo sabemos todos; y el siguiente paso es el de conseguir el poder democráticamente. Después, una vez sometidos los discrepantes a la nueva moral y con el poder en la mano la utopía igualitarista aparecerá como agua de mayo en los corazones del pueblo.

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No obstante, existen aún problemas sin resolver para alcanzar tal propósito. El socialismo cubano y el venezolano los han puesto recientemente de manifiesto. Al condenar a la excelencia al ostracismo, la economía se contrae hasta grados de miseria, y el malestar crece hasta estallar. La respuesta del poder utópico es la de aumentar la represión hasta convertir el territorio utópico en una cárcel. Por otro lado, la Globalización económica exige una creciente competencia entre países e individuos para mantenerse a salvo de los vaivenes que se producen. Quienes no compiten con la suficiente eficacia pueden caer al abismo de la miseria en poco tiempo, tal como le pasó a Argentina y ahora le ocurre a Venezuela.

Así que la utopía igualitaria, como tantas veces ha ocurrido cuando se ha tratado de llevarlas a la realidad, encierra el gran peligro de convertirse en una distopía que nos empuje a todos al más profundo abismo. Como ocurre con mucha frecuencia, los extremos son los más expuestos a las graves consecuencias, y el centro resulta una zona protegida. Si la utopía deja de tener su carácter sectario y extremista, sin duda que su visión iluminadora podría producir beneficios sociales, en caso contrario no traerá sino distopía repugnante.

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Lo Políticamente Correcto III: Implantación social.

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Anuncié en mi anterior publicación en este Blog que el tercer gran obstáculo al volteo de valores sociales pretendido por la Escuela de Frankfurt era: «cómo conseguir adeptos a la causa si, en palabras de Marcuse, “el proletariado ha perdido su negatividad”, ha dejado de ser revolucionario.» Las soluciones dadas a este impedimento son en esencia tres; tres estrategias de penetración en el cuerpo social.

La primera de ellas, la de infiltrarse en todas las Instituciones, sobre todo en las Educativas y en las Académicas. Antonio Gramsci, intelectual comunista italiano del primer tercio del siglo XX, lo había expresado crudamente: si tenemos la educación de los niños en nuestras manos, tendremos en el futuro sus conciencias. En Occidente la izquierda ha sabido seguir estos dictados al dedillo. (En las etapas de la Educación Secundaria y de la Universidad en que la naturaleza de los jóvenes es rebelde y su conciencia extremadamente moldeable)

El ejemplo de la infiltración en la Universidad española es ilustrativo al respecto. Por la oposición frontal que han hecho todos los rectores universitarios, sin excepción,  a la pretendida reforma educativa del PP y a cualquier intento de racionalizar y aumentar la competitividad en los estudios universitarios, no resulta descabellado señalar que las tendencias políticas de todos ellos son de izquierdas. La Ley Orgánica de Reforma Universitaria de 1983, con Felipe González en el gobierno, propició que la ideología política del aspirante cobrase importancia a la hora de ocupar puestos universitarios.

Las Facultades de Periodismo, Filosofía, Ciencias Políticas e Historia,  han sido los bocados más apetecidos. Bien aleccionados, sus alumnos ocuparán importantes púlpitos el día de mañana.  Desde ellos podrán lanzar anatemas contra quienes no acepten la introducción de los nuevos valores políticos y morales, y se convertirán en adalides de lo políticamente correcto y en sus vigilantes.

La segunda estrategia empleada consiste en buscar aliados, por aquello de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Esos aliados se deben encontrar entre los enemigos del sistema liberal demócrata capitalista que se pretende destruir. El Feminismo, el Ecologismo, el Indigenismo, el Animalismo, el Islamismo, los nacionalismos periféricos, los grupos de homosexuales, todos aquellos grupos que alegan haber sufrido históricamente agravios infringidos por el sistema de poder dominante, van a aliarse con el Igualitarismo marxista en su labor destructora de valores. (Se llega a denigrar a Colón por haber descubierto América y a los Reyes Católicos por haber conquistado Granada). Esa alianza defiende con fervor pasional los nuevos valores impulsados desde la Escuela de Frankfurt: la matrifocalidad, la defensa del indigenismo, la imposición de leyes represoras a favor del ecologismo y del animalismo, la multiculturalidad, el reblandecimiento de los instintos, el acabar con todo rastro de fuerza, de violencia, de crueldad, la no discriminación durante la etapa escolar por ninguna razón, sea de inteligencia, capacidad, laboriosidad, la imposición de la absurda hipótesis señalar al género como constructo cultural…, y la imposición del lenguaje políticamente correcto, que en algún caso ha llegado a extremos esperpénticos, como el sonado “miembros y miembras” de aquella ministra de la paridad, o el hecho de que algunas Autonomías legislaran en una jerga aborrecible por cumplir con ese lenguaje.

Este conjunto de aliados (que se han sentido históricamente agraviados, débiles que han sentido en sus carnes la moral de los ‘fuertes’) han levantado la compasión como baluarte de la nueva moral: compasión con los débiles, con los delincuentes, con los inmigrantes, con los mediocres, con los animales, con el medio ambiente…, pero, resentimiento y odio contra los que triunfan socialmente, contra los fuertes, contra los emprendedores…(la doble faz). Y la alianza se vuelca a favor de las prohibiciones que impone lo políticamente correcto: contra el fumar o el beber, contra la prostitución, contra la caza, contra la pesca, contra las corridas de toros, contra los espectáculos con animales, contra la construcción de pantanos, contra la defensa de la masculinidad, contra los juegos violentos. Para ello han logrado imponer leyes de protección animal y del medio ambiente, y leyes de discriminación positiva de la mujer y los homosexuales.

Pero la estrategia de infiltración social que ha conseguido resultados más firmes y duraderos, tal vez sea la estrategia de generar clientelismo. Consiste en beneficiar a ciertos individuos o a ciertos grupos de individuos con cargos o dádivas que no podrían obtener por carecer de méritos para ello. El agradecimiento de tales individuos hacia quienes les han procurado la elevación de su estatus es seguro.

En España los casos de clientelismo por parte del PSOE, uno de los partidos que siguen los dictados sociales marcados por la Escuela de Frankfurt, se cuentan a centenares. Se ha tratado de derribar la barrera de los méritos y capacidades para que los mediocres la pasen y se muestren en lo sucesivo agradecidos. Las grandes hornadas de profesores interinos que se mostraban pertinazmente incapaces de superar una oposiciones libres a la Administración, han sido “colados” a través de las llamadas “oposiciones restringidas”; los nombramientos de jueces “a dedo”; los decenas de miles de trabajadores que convirtieron en funcionarios de la noche a la mañana sin aportar mérito alguno; las gigantescas subvenciones a la industria del cine y del espectáculo; las abundantes ayudas sociales a los miembros de etnia gitana; la imposición de pedagogos y psicólogos en Educación Primaria y Secundaria con el propósito de imponer una educación políticamente correcta; las grandes subvenciones, ayudas y leyes a favor del Ecologismo o el Animalismo; las ayudas a ONGs de eficacia más que dudable, etc. etc.

Como resultado de todo ello, la moral cifrada en lo que se conoce como políticamente correcto se ha impuesto en gran parte de Occidente y muy especialmente en España. No negaré que ha mostrado algunas virtudes, pero su capa represora es enorme, y la destrucción de valores arraigados en la población está motivando que la gente se rebele contra sus imposiciones. El Brexit, la llegada de Trump a la Casa Blanca, el auge de Marine Le Pen en Francia, no se pueden entender sino como reacción extrema frente a esa moral represora y asfixiante. Además, el camino que marcan los partidos políticos que actúan como sus adalides no parece que sea otro que el de Venezuela o Cuba, algo muy poco ilusionante. Pero se ha impuesto en Occidente, y me temo que al tiempo que va destruyendo valores irá destruyendo también el tejido social y la economía de nuestras sociedades sin ofrecer un recambio ilusionante.

Marcuse, desengañado del proletariado, vibrándole el odio que sentía hacia las sociedades basadas en la liberal democracia capitalista, señalaba al final de El hombre unidimensional que la oposición revolucionaria vendría de los proscritos, de los “extraños” de los explotados y perseguidos de otras razas y otros colores, de los parados y los que no pueden ser empleados. Quizás no le falte una pizca de razón en esto, y la verdadera revolución venga próximamente de la creciente población musulmana inmigrada, y de una abundante población que detesta la responsabilidad y el trabajo y solo busca derechos gratuitos. Pero quizás, también, esa revolución nos conduzca al totalitarismo y a la miseria.

Gramsci decía que había que extirpar por todos los medios la cultura cristiana occidental en un combate al que él denominaba la “larga marcha”. Esta marcha debía dirigirse a universidades, escuelas, periódicos, revistas, hoy también al cine, televisión e internet, y desde esos lugares propagar la anti-cultura que acabe con todas las convicciones anteriores e imponga los ideales del Igualitarismo. Buena parte de ese camino ya ha sido recorrido.

Lo políticamente correcto II. Marcuse y la doble faz del “buenismo”

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En relación a las preguntas que formulé al final de mi anterior post en este Blog, ¿quiénes manejan lo políticamente correcto?, ¿cuáles son sus orígenes?, la respuesta es clara: principalmente los movimientos igualitaristas. Es decir, los que abogan por una sociedad donde todos los individuos que la integran posean las mismas libertades y derechos, pero también el mismo estatus social y el mismo nivel de riqueza; sin que, en consecuencia, la laboriosidad que muestre cada cual, sus capacidades o sus méritos, esto es, sin que todo aquello que uno aporta de manera desigual a lo aportado al bien común por los demás se le otorgue valor alguno. Se trata de equiparar al mediocre con el excelente, al capaz con el incapaz, al laborioso con el bigardo.

Han existido numerosos movimientos igualitaristas a lo largo de la historia, el cristianismo primitivo fue uno de ellos, y el marxismo es otro que en ciertos ambientes sociales y culturales sigue aún en boga. Ningún movimiento igualitarista ha tenido éxito ni ha durado gran cosa. Los últimos intentos, los que experimentaron con sistemas comunistas, tal como los habidos en Rusia y en China, tuvieron que ejercer una represión brutal sobre la población y acabaron conduciéndola a la miseria. Así que muchos intelectuales marxistas se desengañaron de esos modelos y trataron de alcanzar el Igualitarismo por otro camino. A tal propósito se creó en 1923 la llamada Escuela de Frankfurt. Entre sus pensadores más prominentes figuran Horkheimer, Adorno, Marcuse, Benjamín y Habermas. De sus doctrinas arranca lo políticamente correcto.

El interés de dicho grupo se cifraba en instaurar el socialismo en Occidente, pero su método no consistía en provocar una revolución violenta según el modelo de la soviética, sino en buscar la destrucción revolucionaria de la civilización occidental socavando paulatinamente sus valores. Borrar el matrimonio y la familia, la nación, los símbolos, los héroes, el cristianismo, lo fuerte, la competitividad, la excelencia…

Pero tal propósito se ve obstaculizado por barreras muy poderosas, a saber: 1.-cómo justificar lo factible de que en esa sociedad utópica igualitaria el individuo, condenado a la imposibilidad de asenso  social y económico, coopere motivado y con esfuerzo al bien común (se considera que en esta sociedad nuestra todo individuo se mueve por motivos egoístas); 2.-cómo justificar que pueda reinar en dicha sociedad la convivencia pacífica entre las gentes, esto es, que los rencores, envidias, celos, egoísmos, ambición, crueldad, ansias de venganza, odio, rencor…, desaparezcan en esa sociedad “liberada”; 3.-cómo conseguir adeptos a esa causa si, en palabras de Marcuse, “el proletariado ha perdido su negatividad”, ha dejado de ser revolucionario.

Con motivo de solventar los dos primeros puntos los pensadores nombrados echaron mano –increíblemente—de una idea ya antigua: la del buen salvaje rousseauniano. La consideración de que el hombre es bueno por naturaleza y es la sociedad quien le corrompe. Más aún, Rousseau aduce que es la desigualdad social la que hace al hombre perverso; así que, al respecto, la propuesta implícita en los pensadores de la Escuela de Frankfurt se podría formular así: Somos buenos por naturaleza, de ahí que si reinase la igualdad entre los hombres esa innata bondad sería manifiesta y en las relaciones humanas se harían realidad el afecto y el esfuerzo desinteresado a favor de la comunidad, esto es, se alcanzaría el Paraíso socialista, se resolverían los dos primeros obstáculos. (Rousseau creía que la bondad del hombre se podría hacer surgir a través de la educación de los niños en el amor y en la suavidad en el trato, aunque él fue entregando una a uno a sus cinco hijos al hospicio. Esa doble faz de Rousseau aparece también en Marcuse. Algunos que muestran muy a las claras su resentimiento social y su odio a la humanidad, están enamorados, sin embargo, de la idea de amor a la humanidad. Rousseau era un resentido social que odió a todos cuantos le ayudaron, casi todos los enciclopedistas).

Sin embargo, la formulación que he expuesto resultaba muy pobre para ser presentada al distinguido mundo de la metafísica y de la intelectualidad marxista del siglo XX, había que darle un barniz “científico” (que entonces estaba muy de moda entre estos pensadores). Quien se encargó de esa reformulación fue Marcuse, el padre espiritual de las revueltas estudiantiles del 68 y del hipismo. Sus dos libros más populares, Eros y Civilización, y El Hombre Unidimensional, se dirigen a solventar ese asunto. Para hacerse una idea de lo “científico” de su análisis, diré que utiliza el metapsicoanálisis freudiano como herramienta (ni siquiera el psicoanálisis, que jamás ha presentado prueba alguna de su verdad ni de su poder sanador, sino el metapsicoanálisis, ese cúmulo de ocurrencias de Freud acerca de “la horda primitiva”, “del asesinato del padre”, del complejo de Edipo, etc. etc.); y aún así, aún utilizando todo ese material de derribo, retuerce frecuentemente los dictados de Freud para deducir todo aquello que desde el comienzo le interesa deducir. En El Hombre Unidimensional, sin embargo, se pasa a la dialéctica hegeliana para tratar de convencernos que hay que crear “negatividad” en las gentes para que se rebelen contra el sistema.

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Marcuse trata de remachar con estos arreglos pseudocientíficos la existencia de una supuesta naturaleza primitiva, reprimida y “olvidada” de hombre bueno. Resulta pertinente extenderse en la explicación de este asunto porque en estos libros se encuentran ya definidos todos los valores que defienden el “buenismo” y lo políticamente correcto, así como su oculto carácter represivo. Dice Marcuse que  llegados a un punto en donde es posible erradicar la escasez en todo Occidente,  demostrará mediante el alambique del psicoanálisis que desaparecerán todos nuestros instintos destructivos al absorber Eros a Tánatos, consiguiendo una sensualización y una erotización del organismo en que todo será juego, alegría y paraíso. Como lo oyen. Describiendo tal incomestible mejunje discurren las páginas del libro.

En Marcuse ya está prefigurado el “buenismo” que hoy domina la moral de Occidente: carga contra la monogamia y el patriarcado, prescribe como cosa necesaria la erotización de la personalidad, se muestra a favor del ecologismo y del trato humanitario con los animales, está a favor de la ambivalencia sexual, y proclama el orden de la sensualidad contra el orden de la razón, que convertirá el trabajo en un juego erotizado. Pero considera a la democracia liberal y capitalista un sistema absolutamente perverso y represivo al que hay que demoler. El lanzar diatribas contra todo y contra todos deja pocas dudas del carácter totalitario y represivo de sus propuestas.

“El sistema de dominación lo controla todo. Todos formamos parte de su engranaje y todos cooperamos en su funcionamiento. Como un enorme agujero negro, el sistema de dominación absorbe, manipula y pervierte cualquier actividad social. La ciencia, la tecnología, el análisis lingüístico, la filosofía analítica, el operacionalismo que impera en la sociedad, el lenguaje de los medios, el carácter positivista de las ciencias… están supeditados servilmente al sistema de dominación imperante. Aquel saber que pretenda aclarar, restringir, definir, limitar y reducir, sirve en último término a los propósitos del sistema, pierde su negatividad. “

Contra el Mal antedicho lanza Marcuse sus rayos (contra “escribas y fariseos”, especialmente contra Wittgenstein y contra Erich Fromm) en su libro El hombre unidimensional. Toda la sociedad es un escenario malsano, alienador, represor, de cartón piedra, que esconde y tapa al verdadero hombre, al verdadero mundo, a la verdadera felicidad. Sobre el mundo actual se cierne una máscara de maldad que muestra todo irreal y falso; pero Marcuse nos quiere quitar dicha máscara para que entremos en el mundo de la libertad por él inventado.

Su lectura nos produce la impresión del fanático predicador que cree hallarse poseído por la verdad, y que nos impondría esa verdad con sangre y fuego si fuese necesario, produciéndole sufrimiento nuestro disfrute si ello debilita nuestra negatividad. Le irrita que el bienestar llegue a la gente  porque se pierde negatividad. Cuando la música culta se populariza le molesta porque de esa forma los clásicos han perdido fuerza antagonista; cuando las bellas artes, la estética, cuando los privilegios culturales han llegado a las masas, le irrita por la misma razón. La pérdida de bienestar social le alegra porque aporta negatividad.  Él está en su empeño de implantar el Socialismo contra viento y marea.

“Quitarles las diversiones para que estallen: …la mera supresión de todo tipo de anuncios y de todos los medios adoctrinadores de información y diversión sumergiría al individuo en un vacío traumático…  «el no funcionamiento de la televisión y de los medios similares podría empezar a lograr, así, lo que las contradicciones inherentes del capitalismo no logran: la desintegración del sistema[i].»

 

También, como en cualquier régimen comunista, propugna la ‘dictadura educacional’:

“En realidad la sociedad debe crear primero los requisitos materiales de la libertad para todos sus miembros antes de poder ser una sociedad libre; debe crear primero la riqueza antes de ser capaz de distribuirla de acuerdo con las necesidades libremente desarrolladas del individuo; debe permitir primero que los esclavos aprendan, vean y piensen antes de saber qué está pasando y lo que pueden hacer para cambiarlo[ii].

Ellos deben ser “obligados a ser libres”, a “ver los objetos como son y algunas veces como deberían ser”, se les debe enseñar el ‘buen camino’ que están buscando.

Marcuse emprende una cruzada contra el mundo, contra la ciencia, contra la cultura, contra la felicidad de las gentes… Solo la lucha contra el sistema parece tener algún valor para él por la contradicción que apareja. Como se ha podido ver, lo políticamente correcto y la represión que consigo conlleva no son algo nuevo, ya estaba presente en las intenciones de Marcuse allá por los años cincuenta. Tal es la doble faz del “buenismo” en general, odiar al mundo y presentar la cara de amor a los demás.

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Otro pensador de la Escuela de Frankfurt, Habermas, impregna también el “buenismo” que pretende dominar la moral de Occidente y desterrar la antigua moral. Habermas encarna el dialoguismo que saca a relucir la izquierda cuando se abordan cuestiones como la relación a mantener con grupos sociales que no asumen la democracia, los derechos humanos y las libertades, tal como muchos de los grupos islámicos residentes en Europa, así como la mayoría de los países de religión musulmana. Habermas prescribe el diálogo para la resolución de conflictos. No postula un paraíso, tal como hace Marcuse, pero sí una ética de comunicación intersubjetiva que lo propicie. Prescribe unas condiciones de legitimidad y unos principios argumentativos que sean una exigencia moral. Pero ello obliga a un reconocimiento por igual a lo propio de las culturas y valores ajenos, una equiparación de valores, una relativización de valores, un considerar que en el diálogo debe pesar por igual lo democrático y lo totalitario, los derechos humanos y la sumisión a la religión. Fruto de ese pretendido diálogo surgió el proyecto de convivencia en la Multiculturalidad en Europa, que ha significado un absoluto fracaso. La alcaldesa de Madrid, la buenista Manuela Carmena, nos ha dejado un ejemplo de lo aberrante que resulta llevar el tal diálogo al extremo en que se lleva. Pocos días después de los atentados terroristas de París nos sorprendió con sus declaraciones en pro de empatizar con los terroristas del DAESH para conseguir la paz.

 

En la siguiente entrada daré respuesta a la tercera dificultad con que la Escuela de Frankfurt se enfrentó: cómo conseguir adeptos a esa causa si, en palabras de Marcuse, “el proletariado ha perdido su negatividad”, ha dejado de ser revolucionario.

 

[i] Herbert Marcuse, El hombre unidimensional, editorial Ariel, Barcelona 1981, p. 274

[ii] Ibid, p. 71

De religiones y nacimientos

 

La moralidad religiosa está resquebrajándose en el mundo occidental mientras que crece hasta alcanzar el fanatismo –antes desconocido—en  el ámbito del Islam. Las religiones más conocidas y con más seguidores son muy antiguas; muchos de sus valores, de sus doctrinas, de los mitos que refieren, aparecen ya en las épocas en que la escritura nació, unos 5.500 años atrás. El que aun pervivan tales doctrinas nos muestra la inclinación natural que tiene el hombre para creer en los dioses.

Todas las religiones han tratado de encumbrar a sus Maestros señalando nacimientos en los que tuvieron lugar hechos prodigiosos: así ocurrió cuando nacieron Zaratustra y Buda; algunos otros como Moisés y Sargón (que sería el creador del imperio acadio en Mesopotamia), fueron abandonados en una cesta de mimbre a la corriente de un río; Ciro el Grande fue amamantado por una perra, al igual que los hermanos Rómulo y Remo, fundadores de Roma, fueron amamantados por una loba; el prodigio que se obró al nacer Jesucristo fue el de que varios reyes o magos de Oriente acudiesen a adorarle. De igual manera, la celebración de la Navidad como la fecha del nacimiento de Jesucristo, el 25 de diciembre, es la misma fecha en que  nacían los dioses en la región de Oriente Próximo, así que cuando los concilios concluyeron que Jesucristo era Dios, tuvieron que asignarle esa fecha de nacimiento.Como se ve, los mitos de diferentes lugares del mundo están relacionados. Otro ejemplo bien claro es el del diluvio Universal, que aparece en religiones de todas las partes del mundo. Las esencias éticas y religiosas de lugares muy apartados también están relacionadas.

El fundador de la religión cristiana fue Jesucristo. Jesucristo era judío, así que muchas de las creencias del cristianismo acompañan también al judaísmo. Pero, ¿todo lo que relata la Biblia (el Antiguo Testamento es la Torah de los judíos) lo dictó Jehová (Yahwe) a los judíos, los inventaron estos, o lo copiaron?

En gran medida la Torah se redactó durante el cautiverio de los judíos en Babilonia, entre el 583 y el 537 a. C. hasta que los liberó Ciro II el Grande, rey de Persia. Babilonia era el gran centro cultural (y aseguran también que de perversión, por eso era conocida como la Gran Puta) del mundo antiguo. Situada en Mesopotamia (la actual Iraq, en donde nació la civilización), reunió en ella todo el saber de toda la región y de Persia (la Irán actual). Primero fue una ciudad sumeria, después fue acadia, luego sufrió numerosas invasiones hasta acabar siendo una satrapía persa en el periodo que relatamos. De todas esas culturas bebieron los judíos durante su cautiverio, y de ahí surgió la Torah.

Por ejemplo, estamos familiarizados con el Diluvio Universal, pero tal mito aparece por primera vez en el delicioso Poema de Gilgamesh, de 5.000 años de antigüedad. De una época similar es el escrito Descenso de Innana a los infiernos, en los que aparece por primera vez los infiernos y los demonios y el terror al averno. Pero si existía una religión que estaba tomando preponderancia entre los persas en la época del cautiverio, ésta era el mazdeísmo, Ciro II la instituyó como religión del imperio.

El mazdeísmo tiene como dios supremo a Ahura Mazda, aunque luego tiene una legión de dioses a su servicio tal como los arcángeles están al servicio del dios cristiano. Y la similitud no es casual, sino que el cristianismo imitó en eso –en esa cohorte de dioses—al mazdeísmo. Quien predicó el Mazdeísmo fue Zaratustra, quien nos suena más por el libro de Nietzsche, Así habló Zaratustra, o por la música de Richard Strauss, Así habló Zaratustra , en la película de Kubrick, 2001, una odisea en el espacio, pero bien podemos decir que a Zaratustra le debemos gran parte de las formas religiosas que conocemos. La lucha del Bien y el Mal, la lucha de los ángeles buenos contra los demonios, la separación de justos e injustos tras de la muerte, la esperanza en el Juicio Final y la Resurrección de los Muertos, la espera de un Mesías redentor, la bondad en el obrar, pensar y hablar… Todos estos puntos y otros varios fueron trasladados del mazdeísmo a la Torah judía durante su cautiverio en Babilonia, y posteriormente incorporados al cristianismo.

Pero el cristianismo incorporó más razones religiosas de otros sitios. Parece indudable que  Juan el Bautista conocía de primera mano las enseñanzas esenias (los esenios eran un grupo judío que vivía en la pobreza compartida) y hasta el mismo Jesucristo siguen en algunos puntos las enseñanzas esenias, como en compartir las riquezas, comer en comunidad, creer que la riqueza invalidaba para salvarse etc. Tampoco se puede negar cierta influencia de las doctrinas budistas en las doctrinas de Cristo, como la táctica de no ofrecer resistencia al contrario que el Buda expresa con las palabras “la rama que se inclina ante el viento le resiste, mientras que la rama fuerte se rompe”, y Jesucristo expresa con las palabras “si te golpean en una mejilla ofréceles la otra”, que denotan actitudes para apaciguar al “otro”, y en este sentido tanto las doctrinas budistas como las cristianas en referencia al trato social, son de apaciguamiento.

El cristianismo incorporó el dios del Antiguo Testamento, Yahwe o Jehová, dios único, que aparece en el judaísmo en los tiempos de la estancia de las tribus hebreas en Egipto, y parece corresponderse al dios Aton establecido por el faraón Akenaton.

A la muerte de Jesucristo y a partir de la predicación de Pablo de Tarso, el cristianismo entró en contacto con la filosofía griega, produciendo muchas corrientes gnósticas e incorporando “misterios” y simbologías al cristianismo durante varios siglos, dando lugar a luchas entre partidarios de unas opciones mistéricas y otras en diferentes concilios.

A su vez, el cristianismo y el judaísmo influyeron enormemente en la configuración de las doctrinas islámicas que predicó Mahoma, pues Arabia era entonces el lugar donde habitaban muchos miles de judíos y varias ramas cristianas.

Como se ve, todo está influenciado y no hay nada nuevo bajo el Sol.

 

Pensar con las tripas

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Como dijo el viejo torero Rafael “El Gallo” cuando supo que el oficio de Ortega y Gasset era el de pensador: tiene que haber gente para todo (en realidad dijo ‘tié kaver gente pató’), hay gente que piensa con el cerebro y hay gente que piensa con las tripas. Voy a poner ejemplos de ello.

En anteriores Entradas de este Blog he hablado de la fuerte tendencia que mostramos a justificar nuestras acciones, aunque si la misma acción la cometiera otro individuo nos parecería horrenda. A justificarnos a nosotros mismos y a justificarnos delante de los demás. El ansia por aparecer sin culpa ante el ojo ajeno hace que validemos cualquier excusa e incluso que el argumento que empleamos para ello lo consideremos lógico. Nos la llegamos a creer, llegamos a tomar cualquier excusa como infalible verdad.

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Existe el pensamiento individual y el pensamiento grupal. Éste consiste en un esquema conceptual formado por ciertas creencias sobre el mundo y por ciertos juicios acerca de la realidad, que se repiten en las conciencias de todos los miembros del grupo de referencia. Ahora bien, cuando dichas creencias y juicios acerca de un asunto son idénticos en todos los miembros del grupo, cuando cobran su imperio en  todos ellos e impiden la posibilidad de que emerjan juicios distintos a los que manifiesta el grupo, con toda propiedad podemos hablar de reses bípedas en vez de individuos, y de rebaño en vez de grupo.

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Un rebaño es una asociación de ganado que un pastor dirige a su antojo mediante su gayata y mediante ciertas voces y silbidos. Así ocurre con un rebaño de ovejas y con un rebaño de hombres. El rebaño, como un todo, también busca la justificación de sus actos y el justificarse a los ojos de los demás, y también le resulta lícita y lógica cualquier excusa o cualquier juicio que emplee para esa justificación.

La res bípeda cree en la excusa como si ésta poseyera una lógica contundente, como di derivara de los principios más básicos del intelecto. Sin embargo, vista desde fuera del rebaño, un somero y desapasionado examen basta generalmente para percibir su fealdad, su carencia de lógica, su falta de razones, o, mejor dicho, no posee otras razones que las de la pasión, y esas razones no vienen de la conciencia sino del intestino, tal como si se hubieran fraguado en él.

Hoy presento tres excusas –que aparecen como juicios—del tipo señalado, tres excusas que son harto populares, que se emplean profusamente como acendrada verdad. Uno de estos juicios –extraordinariamente extendido en estos tiempos de crisis—asevera que el igualitarismo, el comunismo, es la esencia de la equidad y de lo puro y bueno, siendo el único suelo posible para la paz social y la felicidad humana.

Cuando una res tiene una creencia asentada es difícil que razón alguna en contra le haga mella. Actúa como una coraza colocada en la conciencia de cada miembro del rebaño que impide que allí se asienten nuevas ideas y juicios distintos a los que el pastor dictamina. De nada valen contra esa coraza las razones de la experiencia comunista en los países donde este sistema se implantó. De nada vale que todas esas experiencias condujeran a dictaduras despiadadas y a la miseria generalizada. De nada valen tampoco la experiencia de tantas sectas igualitaristas que destruyeron como personas a los individuos que las integraban, o que acabaron en suicidios colectivos. Ni valen las razones que aporta el filósofo Karl Popper (el filósofo más importante del siglo XX junto con Bertrand Russell) en La sociedad abierta y sus enemigos, de que el igualitarismo conduce irremediablemente al totalitarismo.

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Las excusas justificativas que forman la coraza o escudo en la conciencia de las reses de este rebaño (y que tratan de justificar el juicio acerca de la bondad del comunismo) son:

  1. En esos países no se instauró el verdadero comunismo porque sus dirigentes lo pervirtieron desde buen comienzo.
  2. USA es el verdadero culpable del fracaso de los sistemas comunistas, debido a que torpedeó esos procesos.
  3. Karl Popper era un facha (fin de la discusión)

Así que, según esas excusas, China, Rusia, todos los países del Este de Europa, Camboya, Laos, Cuba, Corea del Norte, se hundieron en la miseria y el totalitarismo debido a sus malos gobernantes. Nada tuvo que ver en ello la implantación del comunismo. Esta es la lógica de las tripas. Y, claro, EEUU es culpable de todo cuanto de malo ocurre en el mundo, es el chivo expiatorio que elimina nuestras responsabilidades. Y, claro, Karl Popper, un hombre exquisitamente culto, un amante de la verdad y la libertad por encima de todo, un hombre apenas comprometido en movimientos políticos, era un facha, ¡por qué dudarlo! Éstas son las razones del intestino.

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Pero existe en la actualidad un ejemplo aún más elocuente de excusa justificativa. Verán, por lo escuchado recientemente en varias tertulias televisivas (sería muy injusto denominarlos debates), los responsables de la deriva nacionalista catalana no son el Sr. Maragall (que implantó la semilla más fructífera del independentismo al inventarse la necesidad de un nuevo Estatuto Autonómico que nadie demandaba, por mero interés personal) ni es el antiguo presidente del gobierno de España, el señor Zapatero (que con su falta de previsión e inteligencia apoyó ese proceso y abrió la caja de los truenos) ni es tampoco el muy corrupto Honorable señor Pujol (que sustentó su poder y su latrocinio a través de la denigración constante de España, a quien hacía responsable de todos los males enraizados en Cataluña) ni siquiera culpan a Ezquerra Republicana (que odia todo cuanto recuerde a España) ni al señor Mas (que ha impulsado contra viento y marea el proceso independentista para ocultar sus miserias y corrupciones). No. Según estos adalides de las razones del intestino, los verdaderos culpables de la deriva nacionalista catalana son el Partido Popular y Ciudadanos, “por protestar contra el proceso y poner el grito en el cielo por ello” (sic) No sé si ustedes se habrán percatado del esplendor de la magnífica lógica empleada: no es responsable de una acción el valedor de ella ni el que la instigó ni el que la ejecutó, sino el que protesta de que dicha acción se lleve a cabo. No es el culpable el asesino, sino la víctima.

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Pero la palma de las excusas y de pensar con los intestinos se la lleva la que trata de exculpar al radicalismo islámico de toda su barbarie asesina. La excusa es ésta: Si ellos atentan ahora en Europa, los cristianos lo hicieron primero mediante las cruzadas. Excusa que se complementa con esta otra cuando se emiten juicios contra el fanatismo musulmán: Si ahora ellos son fanáticos, también los cristianos lo eran. Como se aprecia, la lógica de las frases es la siguiente: los musulmanes de ahora tienen derecho a la venganza por lo que hicieron los cristianos hace 900 años (es decir,  se trata de justificar la revancha de Oriente contra Occidente, las personas no importan ni el tiempo transcurrido tampoco); y si los cristianos eran fanáticos hace 900 años, los musulmanes tienen el mismo derecho a serlo ahora. El absurdo lógica o la lógica del absurdo.

En una conferencia escuché al señor Savater la siguiente pregunta –que él hacía a sus alumnos del curso de filosofía: un hombre sale del trabajo hacia su casa pero por no dar un rodeo se interna en un bosque donde es atracado y apaleado. ¿Quién es el culpable?

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Una buena cantidad de alumnos echó la culpa a la infancia penosa del atracador, causa de que se hiciese delincuente.  (Ni que decir tiene que estos alumnos eran freudianos). Otra cantidad aún mayor culpó del atraco al Sistema, que posibilitaba las desigualdades e impulsaba a delinquir. (Naturalmente estos alumnos eran anticapitalistas). Dos o tres alumnos echaron la culpa a la víctima por adentrarse en el bosque. (Estos, claro, eran de moralidad laxa). Pero nadie, ¡¡¡Nadie!!!, culpó al atracador. ¡Tomar el rábano por las hojas!

El mundo se ha vuelto tan disparatado, ha desaparecido el sentido común de forma tan radical, que tal vez debamos buscar la cordura en la selva.

CONDUCTA SOCIAL Y NATURALEZA HUMANA III

 

 

LAS CREENCIAS Y LA CONVENIENCIA QUE PRESENTAN

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¿Cómo resaltar la importancia de las creencias en nuestra conducta social?

 

La gente vive y muere por sus creencias. Por creencias se hicieron pirámides gigantescas, catedrales inmensas, monumentos grandiosos, en fin, altares magníficos a las creencias humanas. Por creencias se lanzaban contra las naves enemigas los kamikazes japoneses en la Segunda Guerra Mundial; en la India, por creencias la viuda del difunto era ofrecida  a morir en la pira funeraria; por creencias se fundan o se destruyen los imperios, se suicidan colectivamente grupos humanos, se inmolan los terroristas del Daesh en sangrientos atentados; por creencias se altera la razón o se pierde la visión de la realidad y se ve a ésta transformada en fantasía o en esquizoide ilusión. Cuando una creencia se implanta en una comunidad y crea en ella un clima de opinión, y aporta criterios y verdades nuevos,  acaba imponiendo una dictadura moral, es decir, nos dice lo que está bien y lo que está mal, y ejerce de rectora de nuestra conducta social.

Si, tal como se ha explicado en las dos entradas anteriores de este blog,  el sistema instintivo y el sistema sentimental, nos dictan –mediante la pulsión que nos hacen sentir—las  conductas sociales a seguir (y en ese dictado para realizar tal o cual acción muestran la conveniencia percibida en él por dichos sistemas), para dicho menester de dictar nuestra conducta las creencias que anidan en nuestra conciencia acerca de la realidad son la crème de la crème.

Asumimos  las creencias de nuestros padres, de los medios, de los líderes de opinión, de los políticos; seguimos sus criterios, hacemos nuestros sus juicios; confiamos en ellos buscando seguridad. Entendemos el mundo a través de su opinión y juzgamos según su juicio. Delegamos en ellos, fiamos en ellos, hacemos dejación en ellos de nuestra responsabilidad para entender la realidad. Así que ponemos nuestra seguridad, nuestra conducta y nuestras esperanzas en sus manos. Nos convertimos en rebaño de conciencia moldeada de acuerdo a los propósitos de los líderes. Hitler y Mussolini crearon así su rebaño fiel. Cuando murió Stalin, millones de personas que habían sufrido opresión y que habían perdido a algún ser querido por la política asesina del tirano, lloraban con dolor la muerte del ‘padrecito’.

 

Pero, ¿qué son las creencias, de dónde proviene su fuerza?

 

Nos dice Julián Marías que  «Las creencias son sistemas socializados de conceptos e ideas que organizan la percepción de partes del mundo –o de su totalidad—en el que vive la sociedad de referencia». Ciertamente una creencia es una perspectiva, es un particular enfoque cromático través del cual miramos la realidad. Miramos al mundo y lo vemos con la perspectiva que nos aportan las creencias que tenemos. Bueno, en realidad, debemos decir que son ellas las que nos tienen, las que se apoderan de nosotros. Una creencia anida en la conciencia del individuo y hace que éste sienta y se comporte de tal o cual manera ante una situación determinada. La creencia se suelda a nuestra conciencia y construye aquí la base de nuestra conducta, de nuestros juicios, de nuestro sentir e incluso de nuestro pensar. De ahí su fuerza. Las creencias nos dirigen, nos zarandeas, nos señalan dónde está el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, la mentira y la verdad.

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¿Qué beneficios nos reporta el ‘creer’?

 

En primer lugar, sirven para automatizar nuestra conducta. Gracias a que nos proporcionan una previsión de la realidad, ante cada acontecimiento no tenemos que sopesar a cada instante la conducta más adecuada o conveniente, es decir, nos evita ese delirio en que nos introduce la duda, ese delirio de análisis y pros y contras que ésta trae consigo. O dicho de otra manera, las creencias nos proporcionan, criterios,  juicios y sentimientos para escrutar el mundo y posicionarnos frente a él. Nos indican el camino de lo que se anhela, su busca o se teme. Nos proporcionan certezas, un suelo por el que caminar desprevenidamente.

Y no importa si contienen o no verdad. Lo que importa es que nos proporcionen convencimiento. Si analizamos cualquier creencia en profundidad la derrumbamos. Ahí tenemos creencias sin ton ni son que están profundamente arraigadas en una parte importante de la humanidad: la astrología, el tarot, la homeopatía, las cosmovisiones místicas, etc., etc. Lo que satisface de ellas es que proporcionan previsión de la realidad, satisfacen las ansias de saber de sus acólitos, dan cobijo y amparo, o generan ilusiones satisfactorias. Generalmente se amoldan a la horma de nuestros deseos y temores. De ahí que las creencias más poderosas –como las creencias religiosas y otras de las que hablaremos— manejan profusamente el temor y el deseo.

 

Somos crédulos

 

Podemos creer en supersticiones que ya aparecen en tablillas mesopotámicas  de  cinco mil años de antigüedad: que nos sobrevenga el infortunio si derramamos descuidadamente la sal, si un gato negro cruza en nuestro camino, si pasamos por debajo de una escalera de mano apoyada en la pared… También creemos en magias diversas: vudú, hechizos, encantamientos, en el poder de San Cristóbal o San Eulogio, en la licuación esporádica de la sangre de San Pantaleón o de San Genaro, en lo funesto de una maldición, en la alquimia… Y cómo olvidarnos de las creencias acerca de las  ‘ciencias’ de la adivinación: tarot, quiromancia, presciencia, astrología…, y en el Cielo, en el Infierno, en el fenómeno OVNI, en los dioses, en la reencarnación, en Satán… Y tales creencias nos transforman, nos pueden aportar ánimo o desesperación, deseos de vivir o de morir. Tracios y Celtas creían en la transmigración de las almas, en la metempsicosis, y poseían un gran desprecio de sus vidas, lo que les proporcionaba una gran valor en las batallas.

Toda creencia es una ilusión de la realidad, una fantasía acerca del mundo. El ser humano necesita ilusión. Cuando la realidad no le satisface –y casi nunca lo logra—la ilusión, la esperanza, son su salvaguardia. La ilusión, al satisfacer virtualmente el deseo encerrado en ella, alivia la realidad, la hace soportable, incluso la reemplaza.  El temor y el deseo son las entidades que fabrican las ilusiones en nuestra mente; y lo hacen tomando las alas de la imaginación y edificando, fijando y organizando creencias a su albedrío. La mente se halla ocupada a todas horas en trazar ilusiones a la medida de los deseos y de los temores. Para entender que sea posible tener fe en las creencias más absurdas, conviene resaltar nuestra naturaleza ilusoria. Tenemos que entender que son el temor y el deseo quienes suscitan esas ilusorias creencias; que son el temor y el deseo quienes nos hacen crédulos.

 

Creencias potentes y peligrosas

 

Los hombres están poco preparados para afrontar creencias basadas en la racionalidad, así que, para imprimir una dirección a los afectos y un norte a la conducta,  la expresividad simbólica, la  ritual y la mitológica resultan mucho más eficaces que el análisis racional. Sirva como ejemplo de esta simplificación conceptual  la religiosidad andaluza: lo que provoca el llanto de los rocieros o de los cofrades en una procesión, lo que exalta el ánimo al ver la imagen de la Virgen María, no son los misterios de la trinidad ni los valores de la ética cristiana ni la organización celestial, sino el simbolismo pagano, la imagen representativa del poder o la bondad. El símbolo desata de inmediato la pasión.

Las creencias Redentoras son las que manejan con más empeño la ilusión y el símbolo. Nada menos que pretenden redimir al que sufre, al oprimido, al descontento, al infeliz, al mísero. Las más conocidas y más en boga son: el nacionalismo, las religiones del Libro, el Igualitarismo marxista o comunista… Todas ellas proponen la ilusión de un Paraíso –así en el Cielo o en la Tierra—que se logrará siguiendo la conducta conveniente o pertinente al caso: la lucha por la independencia, el acatamiento a ciertos dictados religiosos, la revolución sangrienta… Las banderas, las insignias, las imágenes, los símbolos que utilizan cada una de ellas focalizan la atención del creyente, le infunden pasión y le identifican con el grupo. Su principal fuerza reside en la obnubilación que concitan las  pasiones y sentimientos. El deseo, el temor, el odio, el resentimiento que dichas creencias concitan y agavillan en las gentes, son sus armas más poderosas.

Las nuevas creencias místicas

 

Son esas creencias seudoreligiosas que los nuevos tiempos han traído. Unos tiempos de vida acomodada, de evitación a toda costa de todo cuanto huela a sufrimiento, de evitación de lucha y enfrentamiento…; unos tiempos en que se trata de eludir el temor social buscando refugio en los animales o la naturaleza. Unas creencias que han sustituido al clásico dios etéreo por esos nuevos dioses que son la Naturaleza, la Vida, la cosmovisión mística del Todo relacionado, la Justicia entretejida en los actos y en sus consecuencias…Me refiero, claro, al animalismo, al veganismo, al ecologismo extremo.

Y hacia esos dioses se vuelca el afán religioso de sus seguidores: el proselitismo, el militarismo en la creencia, la imposición de su ideario por la fuerza etc., etc.

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¿Qué conveniencia percibimos?

 

Tal como se ha podido ver,  al hombre no lo mueve la realidad, sino las ilusiones que la conciencia —sugestionada por las creencias— construye de esa realidad. Las creencias distorsionan y alteran la percepción de la realidad, categorizan esa realidad percibida, emiten juicios de valor acerca de ella, estiman la conveniencia que representa para el individuo, y disponen a los deseos y a los sentimientos al arbitrio de aquellas. Temor, deseos y sentimientos brotan, se disponen y se desarrollan en el suelo de las creencias del individuo, así que según la sustancia de éstas, adquirirán aquellos su peculiar color, su tallo, su fortaleza, su fruto, su singular desarrollo, y, las ilusiones que se construyen con ellas terminarán adquiriendo su estructura, vitalidad, colorido y forma.

 

Otro sistema que poseemos en el cerebro para percibir la conveniencia de nuestras actitudes y nuestra conducta, es el sistema intelectivo, pero sospecho que hablar de él me exigirá un arduo trabajo, así que lo dejo por ahora en el tintero.