La envidia y sus fórmulas sociales

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La envidia inventa todo tipo de fórmulas y argumentos éticos. La fórmula más general es aquella que identifica la igualdad con la justicia, o más precisamente, “desigualdad es sinónimo de injusticia”. Dicha fórmula ha sido repetidamente empleada a lo largo de la historia para atacar el desigual reparto de riquezas, pero su aplicación se ha extendido en la actualidad a campos muy distintos del puramente económico.

La envidia es el sentimiento con el que acusamos  de nuestra propia impotencia a los que nos hacen sombra , y, ya digo, se extiende a campos muy diversos. En este mundo nuevo en el que cualquier locura se puede convertir al poco en valor de moda, hay ahora quienes alegan que es una injusticia ser feo o fea porque la fealdad presenta desventajas para vivir la vida, sobre todo desventajas a la hora de satisfacer los impulsos de la sexualidad. El caso es que pretenden poner remedio a tal injusticia y a fe que lo conseguirán en un futuro próximo. Cuando la cirugía estética se haya convertido en rutina, exigirán que el Estado repare su fealdad con un rostro y un cuerpo a la carta (hace años se tenía a mano la piadosa argucia de considerar que la verdadera hermosura moraba en el interior de cada cual, pero tal tipo de hermosura ha caído en el olvido y apenas cotiza en la bolsa del valor social).

Conociendo los estragos que la envidia podía producir, los promotores del modelo educativo español (presumo que sufrieron en sus propias carnes el mal de la mediocridad)  conocido como LOGSE, en los comienzos de su implantación en España, promocionaron el lema “que nadie sepa más que nadie”, esto es, que ningún alumno podía adquirir más conocimientos que los que poseyera el más retrasado de la clase. Con buen criterio los profesores se negaron a seguir el dictamen de tamaña estupidez. Pero últimamente se lanzan las campanas mediáticas a favor de que es un pecado destacar intelectualmente, y para dar argumento a las campanadas se señala que la inteligencia no tiene nada de innata sino que es producto del ambiente educativo en que se ha desenvuelto la infancia de una persona, así como de los estímulos que ha tenido, lo cual tiene grandes repercusiones igualitarias en  campos distintos al intelectual.

Ya que según estos adalides de la educación la inteligencia es aprendida, apoyándose en la fórmula antedicha (igualdad = justicia), propugnan que todos debemos de tener la misma inteligencia, y para ello todos los niños deben de criarse en el mismo ambiente social, con los mismos recursos y lejos de cualquier distinción económica o cultural. Todos deben aprender lo mismo y tener la misma inteligencia. Pero tal cosa implica –tal como preconizan los miembros de un grupo político catalán situado en la extrema, extrema izquierda (aunque prácticamente todos sus dirigentes son hijos de papá)– apartar a los niños de sus padres y criarlos en una comuna. Tengo para mí que de llevarse a cabo tal experiencia y de resultar que, aun así, algunos niños se mostrasen intelectualmente más despiertos que otros, les efectuarían una lobotomía para igualarlos.

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Así que, de lo visto, la fórmula ética que equipara desigualdad con injusticia, fórmula dictada por la envidia, conduce en su aplicación a una sociedad totalitaria donde el colectivismo impera por encima de cualquier individualidad y de cualquier potestad paterna. Una sociedad que podría devenir en la anunciada por Huxley en Un mundo feliz. Pero las fórmulas éticas pueden ir cambiando con el tiempo. Tal ha ocurrido con la usada por la vanguardia del feminismo. Primeramente luchó por la igualdad en derechos y libertades entre hombres y mujeres. Posteriormente—quién puede negar que la envidia estaba tras ello— alegó que unos y otros eran lo mismo, una mera construcción cultural o social llamada género, y que cualquier referencia a distinción de sexo, cualquier referencia a la biología, era un crimen machista y fascista, que al fin y al cabo representa lo mismo para esa vanguardia.  Si todos somos iguales, no tiene sentido la transexualidad, así que rechazaban a los transexuales. Ahora, reciente, han encontrado una fórmula mejor. Conceden que el género es algo variable, que no es el mismo para todos, ni siquiera para una persona en distintas épocas de su vida, ni siquiera de la noche a la mañana. Uno lo puede escoger de entre los 120 géneros distintos que esa institución transida de locura que es la ONU ha promulgado. Un género por la mañana, otro por la noche, o según el día de la semana o según la ocasión lo requiera. Así que la transexualidad (o mejor dicho, el transgénero) ha pasado, de ser rechazado, a convertirse en la esencia del ultrafeminismo que nos amenaza cada día.

Como se puede observar, con la envidia como artífice cualquier locura es posible. Pero tales locuras son harto peligrosas porque llevan adosadas el odio y la revancha, aunque no es tiempo de hablar de ello ahora.

SENTIMIENTOS, ABSURDOS Y ENGAÑOS

 

Sentimiento animalista

Varios camiones cargados con cerdos parten de una granja de engorde para ser sacrificados en un matadero.  Un grupo de chicas, jóvenes –parecen rayar los 18 la mayoría de ellas—, se colocan delante de los vehículos con el fin de “despedirse de los animales”. Solamente un conductor se presta a parar su camión y conversar con ellas. Le refieren su pretensión de dar un poco de cariño a los animales; de acariciarles para que su tránsito les sea más dulce. Las chicas introducen sus brazos en las ranuras de los laterales del camión que permiten que transite el aire con el fin de evitar que los cerdos mueran asfixiados durante su viaje. La acción apenas dura un minuto, el tiempo de gracia que han pedido al camionero para cumplir su cometido. El camión marcha. Las chicas se abrazan llorando. El afecto que han dado ha acabado por afectarlas. ¿Qué mecanismos mentales han desencadenado en las chicas el cuadro descrito?, ¿es su sentimiento hacia los animales un sucedáneo de la pasión religiosa?, ¿necesitan compadecerse de la inocencia?, ¿necesitan embriagarse de emoción?, ¿tanto les hiere el contacto social que se refugian apasionadamente en el afecto hacia los animales?, ¿qué creencias y qué experiencias les han conducido a esta sensibilidad extrema?, o, ¿se debe toda esa exhibición, a un mero asunto biológico que tiene que ver con un extraordinario grosor de su amígdala?, ¿qué origen causal, en fin, tiene esa necesidad de compasión?

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Absurdo nacionalista

Un joven aragonés aunque de origen andaluz me dice que está estudiando la “fabla aragonesa” porque siente que esa es su lengua y Aragón su patria. Tiene 26 años y dice estar dispuesto a defender con saña la fabla  y, por la pasión que muestra, me temo que en caso extremo estaría dispuesto a defenderla con la vida.  He de notificar que Aragón, unos miles arriba o abajo,  tiene 2 millones de habitantes. Situada al norte de España, limita con Francia por los Pirineos, una alta cordillera cuyos picos más altos rondan los 3.500 metros.

Lo extraño del caso es que la tal “fabla aragonesa” es el invento de un navarro, trazado mediante la acumulación de algunas variantes dialectales de valles pirenaicos, diferentes entre sí y que apenas fueron habladas por unos pocos miles de ciudadanos hasta la mitad del siglo pasado. Pero dado que el engendro se parece en exceso al castellano rústico y  tal cosa no conviene, se mete la cizaña de la diferenciación en la escritura: las palabras que en castellano figuran con “v”, allí se ponen con “b”; muchas “d” son convertidas en “t”, se hace desaparecer  “h” hasta el extremo de llamar “Uesca” a “Huesca”, ignorando la etimología y su uso. Total que los cuatro seguidores del navarro –que la acaban de aprender—, como mesías salvíficos la quieren imponer a los dos millones de aragoneses restantes.

Pero el joven del que hablo, a pesar de todo, está dispuesto a luchar por la fabla.  ¿Por qué este absurdo de defender “lo propio” que nunca ha existido?, ¿Por qué esa obsesión de querer imponerla a toda la población?, ¿qué rencor social se esconde tras esas actitudes?, ¿necesitamos los humanos un enemigo y si no lo tenemos lo inventamos (porque las lenguas se utilizan en España como arma de enfrentamiento político y social y para la división interesada de los españoles)?

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Engaño del feminismo

Hoy en día, hablar de feminismo en España es hablar de grupos y de intereses muy diversos, pero los más  agresivos son quienes forman su vanguardia reivindicativa; el resto les da su apoyo porque resultan beneficiados con ello. Hace tan solo unas semanas se puso al descubierto una parte del “chiringuito” que tienen montado en Andalucía. En esa región existen 778 municipios, pero más de 2.200 asociaciones feministas, ¡y todas ellas reciben subvenciones! De los casi 43 millones de euros que les asignaba de forma directa la Junta de Andalucía, las ayudas a mujeres víctimas de violencia de género no llegaban al millón de euros, un 2.2 %; el resto iba destinado a engrosar los bolsillos de feministas defensoras de la ideología de género. Pero la cantidad expuesta es solo la punta del iceberg de las subvenciones recibidas por el feminismo andaluz por parte del gobierno español y europeo, en forma de planes de igualdad y otros, que se cifran en más de 700 millones de euros al año sólo en Andalucía. El feminismo, a imagen del nacionalismo, sabe que para recibir hay que exigir, así que día a día incrementa sus exigencias y lanza nuevos eslóganes que posteriormente los medios convierten en “verdades como puños”.

Parece ser que la exigencia más notoria actualmente es la de acabar con el patriarcado en la sociedad española. Pero toda persona honrada que ame la verdad admite que el patriarcado en este país apenas es un rescoldo ínfimo de tiempos pasados. Sin embargo, en esta lucha contra el patriarcado hay algo que no cuadra. Veamos: hay en España dos grandes grupos de población en donde el patriarcado no solo está institucionalizado sino que se considera sacro. Me refiero a los grupos de etnia gitana y a quienes profesan la religión musulmana. El número de estos individuos no es pequeño; el de la etnia gitana no está contabilizado (o no se publican los datos) pero las apreciaciones más sensatas cifran su número en más de un millón de personas; el de musulmanes rebosa la cifra de los tres millones.

Pues ese feminismo que exige el fin del patriarcado no solo no ataca al de estos grupos, que, como digo, es muy relevante, sino que ni siquiera nombra su existencia. Trata de acabar con el patriarcado allí donde no existe. Es como si diese palos al aire contra un enemigo que sabe que está en otro sitio al que se prohíbe mirar. Lo cual hace pensar que sus intenciones son otras y que están ocultas, que van más allá de lo que dicen. Daré una pista para descubrirlas: Ser hombre es un delito, quieren que asumamos. No me queda más que alabar a ese otro feminismo que lucha por la igualdad de derechos, libertades y posibilidades.

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ESCLAVITUDES

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Solemos andar mal encaminados en nuestro discurrir por la vida. Culpamos al mundo de nuestra insatisfacción y malestar. Acusamos a la sociedad y combatimos contra los aparentes males de ésta, que nos oprimen, reprimen y esclavizan. Nos rebelamos contra lo que consideramos falta de libertad o de derechos o de justicia. Consideramos que el mal siempre está fuera de nosotros. Pero, en verdad, la esclavitud nos la imponemos nosotros. Nos esclavizamos al temor, al deseo, a una obsesión, por una adicción, por aparentar. Y en lugar de tratar liberarnos de esos grilletes que nosotros mismos hemos forjado, actuamos como si las cadenas nos las impusiesen los demás, así que dedicamos nuestras vidas a combatirles con odio y rencor, con lo que nos hundimos aún más en la esclavitud.

Tal vez, en lugar de tratar de incendiar el mundo, en vez de lanzar contra el vecino nuestro resentimiento, para liberarnos de nuestros yugos y nuestros pesares, tal vez deberíamos indagar en el interior de nosotros mismos en busca de la llave que abra nuestros grilletes.

Expongo un decálogo de agentes opresores, de prisiones internas en las que voluntariamente nos encerramos. Existen muchos más; y suelen estar relacionados entre sí. La esclavitud del deseo o del temor es también esclavitud obsesiva, y la esclavitud que nos produce el ansia de poseer tiene la misma raíz que la que nos produce el ansia de aparentar. En fin, expongo tal decálogo de esclavitudes. Pero, antes, sería bueno que cada cual se tratase de percatar de aquellas cosas que le esclavizan.

 

  1. Esclavos de nuestras propias pasiones
    1. Esclavos del deseo
      1. Se trata de la esclavitud más extendida que existe en la actualidad. Nuestras “avanzadas” sociedades basan su ser y existir en tener en todo momento la maquinaria del deseo bien engrasada y a toda marcha. Esas fábricas de deseos que son la televisión e internet, son las causantes de gran parte de nuestra insatisfacción, de nuestra ansiedad y nuestra excitabilidad, de gran parte del malestar que nos produce la existencia. El deseo es en buena medida el motor de nuestro actuar en el mundo. El deseo sexual y el deseo de aparentar son los dos grandes adalides, los conductores de las tropas. El budismo los combate. Considera al deseo el gran enemigo a liquidar; toda su doctrina se basa en combatirlo.
    2. Esclavos de la emoción y los sentimientos
      1. Algunos individuos sienten tan a menudo el rapto emocional que se convierten en sus esclavos. Pero son los sentimientos quienes más nos esclavizan. El odio, el rencor, el resentimiento, el temor, aprisionan la conciencia de las gentes y les introducen en una vida de enfrentamientos, inquinas y venganzas. Esos rebeldes sin causa que no tienen otro propósito que destruir –siguiendo los dictados de su odio y de su resentimiento—merecen que algo de la luz de la razón penetre en sus vidas.
    3. Esclavos del amor
      1. Nada singular que resaltar. Quien haya estado enamorada sabrá de esa enfermiza obsesión del amor, que es capaz de producir el más excelso gozo y el más profundo dolor.
    4. Esclavos del instinto
      1. La pulsión sexual, la pulsión por el juego, por el riesgo, por la crueldad, es decir, el impulso animal sin control inhibidor crea grandes oscuridades en el espíritu y le esclaviza.
    5. Esclavos de las adicciones
      1. (tabaco, sexo, drogas, juegos de azar, gula, gimnasio)
    6. Esclavos de manías y obsesiones
      1. (lavar, ordenar, limpiar, obsesión sexual, musical, literaria…) Las manías son una respuesta desproporcionada e injustificada a un cierto estímulo. La obsesión comporta un cortocircuito de algún área neuronal que nos produce que ciertas imágenes o pensamientos se reiteren sin solución. Tanto la manía como la obsesión se apoderan de nuestra voluntad.
    7. Esclavos del temor al “qué dirán”.
      1. El temor al “qué dirán” es la base represora de la moral y  desarrolla toda la tribu de la vergüenza (pudor, timidez…).  Una vez que se ha establecido un imperio moral, el temor al ojo del prójimo hace que sigamos las normas impuestas. Aunque en el interior de cada cual se tenga conciencia clara de lo opresiva y perversa de esa moral. Una encuesta popular acerca de la opinión sobre lo Políticamente Correcto y la Ideología de Género pondría de relieve la animadversión que producen (pero rápidamente se falsearía la estadística por parte de las autoridades). Mediante ese temor, la moral nos esclaviza.
    8. Esclavos de la
      1. El sentido de culpa no solo es capaz de esclavizar a los individuos sino también a las colectividades. Si se mira en profundidad, la atención y la compasión que sentimos para con los inmigrantes o para con los países pobres, es debida en buena medida a la culpa colectiva que se siente por haber explotado sus riquezas en épocas pretéritas.
    9. Esclavos de las creencias religiosas
      1. Nada nuevo que resaltar; la historia del mundo es elocuente al respecto. Sólo señalar que “Islam” significa sumisión.
    10. Esclavos de las ansias de perfección
      1. Casi todos los grandes novelistas, pensadores, artistas, músicos, científicos (me refiero a los verdaderamente grandes, no a los truhanes que gozan de fama por la estupidez de sus seguidores o por el apoyo de una ideología), eran esclavos de ese ansia.
    11. Esclavos de las ideologías
      1. Los esclavos ideológicos son legión. Se reconocen porque han abdicado de los criterios y de los juicios propios para someterse a los criterios y juicios que dicta su ideología. Incluso dejan de ser dueños de sus pensamientos y de sus deseos al someterse ideológicamente. Lo sorprendente es que estos esclavos pueden ser personas cultas o incluso inteligentes, pero someten de buen grado su ser pensante a unos dictados ideológicos (que suelen venir envueltos en proclamas, consignas etc) a cambio de la admiración del rebaño, o por estar a la moda, o por el encadenamiento a un grupo o por un pesebre bien lleno.
    12. Esclavos de la apariencia
      1. En una u otra manera lo somos todos, pero en algunos la apariencia lo es todo. También el esclavo ideológico suele estar sometido a la tiranía de la apariencia. El querer estar siempre en la cresta de la moda es también una esclavitud de la apariencia.
    13. Esclavos de poseer
      1. Nos lanzamos a poseer bienes sin ton ni son, sólo por destacar sobre el vecino. Tal es el esquema del comportamiento individual en la sociedad actual.

SUECIA, ¿PARAÍSO DE SOLEDAD?

 

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Como buen país luterano, Suecia desarrolló hasta la obsesión la laboriosidad y el temor. La laboriosidad es la que era en siglos pasados, el temor ha cambiado de causa. Antes, en años  del luteranismo tenebroso, ese temor era a las penas del infierno que anunciaban sus predicadores, ahora es temor a sentirse desprotegidos. Los suecos han dejado de ser religiosos, ya no tienen un dios a quien temer, reverenciar o con quien conversar o en quien refugiarse, así que el Estado suple esas necesidades. El Estado envuelve a los suecos en una burbuja protectora desde que nacen; una burbuja que trata de evitarles todos los problemas que acarrea la vida. Sucede, sin embargo, que sin problemas a los que enfrentarse tampoco se producen satisfacciones. Superar los problemas, elaborar proyectos con riesgo, constituyen las principales fuentes de satisfacción personal. En otro caso la vida se vuelve anodina.

Presento unos datos. La mitad de la población sueca vive sola. La mitad de los nacimientos son de madres solteras que logran su embarazo mediante inseminación artificial. Una cuarta parte de las personas que mueren lo hacen en la más absoluta soledad, sin nadie cercano que les auxilie y conforte. Llegó un momento, allá en los comienzos de los años 70 del pasado siglo, en que la burbuja protectora empezó a producir extraños frutos. Las mujeres quisieron independizarse de los hombres; los hombres quisieron independizarse de las mujeres; los hijos quisieron independizarse de los padres; los padres quisieron independizarse de los hijos. Ahora están todos solos.

La burbuja con que el Estado protegía y enseñaba a comportarse a los ciudadanos siguió un proceso evolutivo de individualización muy razonable: como una planta mimada y protegida con plásticos de todas las perturbaciones y excesos atmosféricos, los ciudadanos suecos fueron haciéndose más y más sensibles a las alteraciones;  ante los simples roces que conlleva la convivencia marital o familiar se agarraban su burbuja y abandonaban el hogar (algo semejante estamos viendo en los matrimonios recientes en España, ¿verdad?).

Pero la burbuja individualizadora, de manera consecuente, ha extendido su ámbito de actuación a todo tipo de relación social. En el documental de 2016, La teoría sueca del amor, del director Erik Gandini,  una instructora que alecciona  a los nuevos refugiados musulmanes que acaban de recalar en el país, en referencia a los nativos, les dice: contestan escuetamente a los saludos; huyen de gritos y sentimentalidades; no les gusta entablar conversaciones con nadie; muchos de ellos, antes de compartir el ascensor con un extraño prefieren subir andando hasta su piso; son obsesos de la puntualidad y la laboriosidad; y una gran mayoría de ellos pasan directamente del trabajo a la televisión.

Se puede decir que todo comenzó o fue esbozado en 1972 por el socialdemócrata Olof Palme, que creyó que la “liberación” se encontraba en la individualización, y propuso leyes para conseguirla, y construyó la burbuja de los ciudadanos. Y tal experimento de ingeniería social parece haber dado como resultado una nueva especie humana: los suecos hablan con los árboles y, en mística relación, se comunican con la naturaleza, pero se alteran gravemente si tienen que establecer una relación social con sus iguales. Así que relacionarse con los demás empieza a ser cosa del pasado, al tiempo que desaparece la familia tradicional. Con estas condiciones, tengo mis dudas acerca de que exista el tan cacareado paraíso sueco, no creo que no pueda construirse ningún paraíso de soledad.

Complementemos, no obstante el cuadro. Para que la burbuja tenga consistencia, para que el Estado se haga cargo de todas las contingencias de los ciudadanos, los impuestos son muy elevados, de manera que queda poco para la suntuosidad y para las pensiones. Cualquiera que haya visitado Suecia sabe que los nuevos edificios de pisos que se construyen en las grandes ciudades son ramplones, feos y parejos, y los pisos son pequeños y nada ostentosos. Es el precio que hay que pagar por la individualidad y por mantener la burbuja en funcionamiento. Otras cuestiones son más preocupantes. Los datos sobre violencia sexual, suicidios, drogadicciones, son de los más altos de Europa. Pero con todo, ahora se les presenta un problema nuevo: una abundante cantidad de inmigrantes musulmanes. Suecia, con diez millones de habitantes, da cobijo a más de seiscientos mil musulmanes. En la ciudad de Malmö alcanzan a ser un  45% del total de la población.  La violencia se ha disparado en algunos suburbios (con mayoría de inmigrantes) de las más importantes ciudades, hasta el extremo de que médicos y bomberos tienen que entrar protegidos por la policía a esos lugares. Hace solo unos días, el 13 de agosto, cien coches fueron quemados en Gotemburgo. El estado de violencia ha hecho surgir patrullas vecinales para controlar los barrios colindantes a los de mayoría musulmana.

Acusan al partido socialdemócrata gobernante (primer gobierno feminista del mundo, gustan llamarse las de la foto, que sorprendentemente se vuelcan en atenciones hacia el Islam, donde es un hecho que la mujer está en condiciones de semiesclavitud) de no tomar otras medidas que no sean las de invertir grandes sumas de dinero para crear puestos de trabajo y para integrar a la reciente inmigración, impidiendo que se publique ningún dato referente a la violencia dicha. El caso es que lo candente del problema ha hecho crecer como la espuma la intención de voto hacia el Partido Demócrata sueco, de extrema derecha, hasta un 20 %. Veremos los resultados de las elecciones de este mes de septiembre que estamos a punto de abrir.

Así que el tan cacareado paraíso sueco no lo es tanto. La falta de comunicación y contacto social, la ruptura familiar, la soledad que, como una epidemia se ha extendido por Suecia, más creo que producen infelicidad que bienestar. Yo aconsejo que si leen por ahí estadísticas interesadas, que  han sido elaboradas teniendo en cuenta la asistencia sanitaria o la educación como sinónimos de bienestar, y que señalan que los habitantes de los países del norte de Europa se encuentran entre los más felices del mundo, póngalas en cuestión, no les hagan mucho caso, o, incluso, les invito a reírse de ellas.

 

 

 

COMPASIVOS

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Anteayer mismo, mi vecino del 5º, que no saluda ni a Dios si se cruza con él, y que no acude a las reuniones de la comunidad de vecinos porque –según sus palabras— todos somos unos fachas por vivir en pisos de un cierto nivel social (el propietario de su vivienda es su papá), saludaba alborotado la llegada de los migrantes del Aquarios (barco fletado por una ONG y el gobierno italiano no permitió que atracase en sus costas), que, según algunas malas lenguas, trae algunos soldados que han servido hasta hace poco en la organización terrorista islámica Boko Haram.

Yo sospecho que sus albricias por la llegada de la expedición no se deben a la piedad o al altruismo. Resulta difícil de creer que un sujeto que muestra animadversión con todos los que viven a su alrededor se muestre compasivo con gente que desconoce. Tal vez al ser musulmanes los del barco –que sabemos que no se distinguen por practicar una relación amigable con los nativos del país al que arriban—se identifique con ellos por aquello de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Más bien soy del pensar que con su apariencia bondadosa hacia esa gente foránea, simple y llanamente sigue las consignas del progresismo reinante, que de cuando en cuando pone cara piadosa y de bondad para que la ciudadanía no vea siempre la cara del odio y el insulto. Se ponen de vez en cuando la máscara de la compasión para que su verdadero rostro no se les desgaste. Y, claro, porque esa máscara les permite insultar –que es su deporte favorito—a todo aquel que ose  ponerles alguna objeción. Tienen el apoyo de los Medios, volcados en el asunto, una competición de canales por ver ¡quién escupe mayor sentimentalidad a la audiencia!

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Lo cierto es que no entiendo muy bien esa exaltación de la fibra compasiva hacia aquellos que una ONG metió en el barco, y, en cambio, despreocuparse de otros cientos de millones que han quedado en África en peores condiciones que están estos que han llegado. Debe ser que en cuanto las televisiones ponen un reclamo de esta índole, todos los televidentes se tornan compasivos de profesión. A mí, la verdad, me da mala espina, porque estoy convencido de que si los canales pusieran a una rata moribunda en sus televisores y la acompañaran de comentarios propicios, en los hogares de media España se lloraría por su muerte. ¡Y no digamos si se tratara de un perro! Cosa semejante se ha visto ya en varias ocasiones. La televisión se ha convertido en la fuente de conducta y moralidad de la población. De la población que carece de criterio, claro está.

Ahora bien, muchos profesionales de la compasión abogan por ir más allá y eliminar las fronteras de los países. Voy a utilizar el término descerebrados para calificarlos, pues se calcula que más de la mitad de la población africana desea venirse para Europa. Digo yo que, en proporción, a España arribarían varios cientos de millones. ¿Alguien ha pensado en la catástrofe que ese hecho comportaría? No nos quedaría otra que comer piedras para que los recién llegados pudieran comer. ¡Y de la sanidad, la educación, la vivienda, la cultura, la convivencia, no digamos! Tal cosa solo se le podría ocurrir a aquel ministro de Zapatero que competía en estulticia con él. Sebastián se llamaba. Regaló una bombilla comprada en China a cada español, pero el paso de rosca de casi un millón de ellas no era el adecuado.

Además, llama la atención un extraño fenómeno: Venezuela. Un país del que han tenido que escapar casi cuatro millones de habitantes; un país donde –según datos de la Cruz Roja internacional—murieron casi 300.000 niños de miseria y desnutrición el año pasado; un país donde el número de asesinatos por  violencia callejera llega a los 30.000 cada año; un país donde los dirigentes políticos y los militares son los capos del mayor cártel de droga de las Américas; un país que soporta una dictadura brutal. Bueno, pues Venezuela no aparece en los Medios españoles a ninguna hora, ni aparece un solo lamento de la progresía española –que tan compasiva se muestra con el Aquarios—hacia esos millones de refugiados que lo han perdido todo. Así que tanto regocijo y jolgorio por la llegada del barco huele a humo y a engaño; huele a propaganda política y a estafa televisiva.

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Hay gente que ya reclama a esos profesionales de la compasión que se hagan cargo al menos de un refugiado y lo tengan en su casa y se responsabilicen de él. Eso sí sería verdadera compasión. Pero mucho me temo que la gran mayoría de los que hoy claman por la compasión no han hecho un acto compasivo real en su vida, ni tan siquiera pasarse por los comedores de la Cruz Roja española durante estos duros años de crisis con la finalidad de ayudar. Mucho me temo que muchos de estos compasivos de pacotilla son meros vividores del estipendio público, y que otros muchos son como marionetas que mueven los hilos de la televisión. En todo caso, insultar a quienes no muestran con suficiente vehemencia su sensiblería moral, tal como suele hacer la progresía, es una cosa infame.

 

CINE Y NATURALEZA HUMANA

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Atisbar las razones más profundas de nuestro comportamiento (vislumbrar un puente lógico entre nuestra conducta y nuestra naturaleza) es un asunto complejo. Ni tan siquiera los sabios profesionales que se ocupan de ello –psiquiatras, psicólogos, filósofos, neurocientíficos, etólogos—han dado con verdades que resulten ser firmes, profundas e inequívocas. Sin embargo, quienes muestran un alto grado de conocimiento acerca de nuestra naturaleza son los directores de cine. Los buenos directores, claro, aquellos que logran que el espectador se identifique con el protagonista y participe de sus pasiones y de sus avatares. Aquellos directores que zarandean emocionalmente al espectador y lo abducen y lo angustian y dejan en él la grata ilusión de haber sido el protagonista de la ficción representada.

Si uno visiona una buena película y se muestra atento a las pasiones que le brotan, tal vez aprenda cosas nuevas acerca de su naturaleza íntima. Tal como ocurre cuando se mira uno los rasgos de la cara en un espejo, la atención a nuestras pasiones durante el  visionado de la película nos puede mostrar rasgos ocultos de nuestra naturaleza.

Pónganse delante de la pantalla y atienda a las situaciones cinematográficas y a sus propios sentimientos. Más de uno de ustedes se descubrirá gozoso ante el dolor que sufre el malvado de la película. A tal clase de gozo se le denomina crueldad y se considera hoy en día uno de los mayores pecados que existen, pero no se puede negar que forma parte de nuestra naturaleza más íntima.

Conozco un sinfín de películas que generan rabia e indignación en el espectador. Es fácil conseguirlo cuando la película muestra una lacerante injusticia social. Claro que, para ello, se tienen que infundir valores éticos apropiados en el espectador. ¿Cómo se hace? Generalmente, no con razones sino con imágenes que mueven a la compasión, que nos mueven a identificarnos con los compadecidos, presentando lastimosamente –como merecedora de lástima—una situación social. En este sentido, algunos filmes maravillosos son los de Novecento, de Bernardo Bertolucci, Octubre y El acorazado Potemkin, de Serguei M. Einsenstein, con los que propagó en Occidente una ola piadosa y justificadora hacia la Revolución soviética (así que el terror del Archipiélago Gulag nos pilló desprevenidos).

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Nuestra naturaleza clama por reparar la injusticia, y clama por hacerlo de la manera que sentimos más justa, esto es, mediante la venganza. La venganza es la fórmula más universal y primitiva de justicia. Ojo por ojo y diente por diente, prescribe la ley del Talión. El espectador identificado con el protagonista siente suya la necesidad de tomar cumplida venganza, y la siente como si de un hecho justiciero se tratase. (Muchas de las acciones y propuestas  de los movimientos que a fecha actual dominan el clima moral existente, me refiero a feministas, islamistas, igualitaristas…, presentan a las claras el marchamo de la venganza en su intencionalidad). Conozco algunas películas decentes cuya temática es la venganza, como Les diaboliques, de Henri-Georges Clouzot, pero las más vistas han sido bodrios en las que su actor principal fue Charles Bronson. Éstas resultaron ser muy comerciales porque en ellas se satisfacía  una venganza contra los delincuentes que atemorizan muchos barrios norteamericanos. El filón de la venganza, la crueldad y la injusticia siempre da de sí; resultan extraordinariamente humanos. Hoy en día se intentan expulsar de nuestra naturaleza esas pasiones. ¡Ilusos!

No es preciso remarcar la clase de pasiones (y su intensidad) que surgen en los espectadores de un film de contenido sexual, lo que demuestra su importancia esencial. Cuando se abolió la censura en Europa, la película Emmanuelle barrió de la conciencia de los europeos la prevención hacia la sexualidad.

Las películas que exaltan el sentimiento de pertenencia a la tribu, o el impulso por competir, siempre han sido abundantes en el cine. Las hazañas –individuales o colectivas—de héroes valerosos y aguerridos han formado parte de la niñez de muchas generaciones. Ingleses y norteamericanos han sabido explotar perfectamente este filón. Cualquier película de tema bélico responde a este tipo. Nombraré dos que, además,  derrochan buen gusto y sensibilidad, a la par que abordan temas de honor, deber etc., me refiero a Las cuatro plumas (versión de 1939), de Zoltan Korda, y a la mucho más reciente Carros de Fuego, de Hugh Hudson, sobre los atletas británicos en las olimpiadas de París de 1924. Orgullo, honor, deber, deseos de victoria, patriotismo, son ingredientes de ellas y lo mismo sienten los espectadores porque esas pasiones forman parte esencial de nuestra naturaleza. Otra cosa es que ahora se intenten desvalorizar.

Otro tipo de pasiones que nos hacen sentir algunos filmes, las pasiones más reconocidas en la actualidad, surgieron en nosotros durante nuestra historia evolutiva debido a la necesidad de cooperar para sobrevivir. El afecto, la ternura, el amor, son algunas de ellas. Matar a un ruiseñor es toda una delicia cinematográfica que logra sacar de nosotros la ternura más sincera. Cierto es que a veces el afecto y la ternura desembocan en amor cuando se amalgaman con la sexualidad. Pero el amor no es catalogable: puede ser destructor, puede mover al odio, al sacrifico, a la venganza, al rencor, a los celos, a desear el dolor. Es una bocanada de pura irracionalidad. Ahí tenemos a Glenn Close en Atracción fatal. Pero también puede encender la llama que produce la más excelsa luz de nuestro ser. Vean aquel Love Story que hizo en su día llorar a la reina Isabel de Inglaterra.

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Un tipo de cine, muy en boga en la actualidad, versa sobre distopías futuristas, o sobre tensiones psicológicas, o produce incesantes sobresaltos en el espectador, o  repugnancia o todo tipo de miedos; juegan a crear en el vidente la ilusión de peligros inminentes o sensaciones de malestar o aversión, pero aliviados por el control que tiene la conciencia de que aquello no es real. Esas series cinematográficas donde se da tanta abundancia de muertos vivientes, de asesinos de violencia extrema, de vampiros y licántropos, pero también de sociedades futuristas reprimidas y de mundos tenebrosos, responden a los esquemas dichos. Blade Runner, Los juegos del hambre y la serie televisiva Black Mirror, son algunos ejemplos. La angustia la sentimos como si estuviera bajo palio, pero eso no obsta para que el corazón se desboque por la afluencia de opiáceos y neurotransmisores diversos que nos hacen sentir “vivos”, que nos producen sensación de aventura con control. El espectador tiene su alma en vilo, y eso, para gente joven en edad de iniciación guerrera que sigue una vida bastante anodina, significa satisfacer una naturaleza que le pide riesgo (pero no en exceso), que le pide estar con el alma en vilo durante un par de horas.

Todas esas pasiones que sentimos en el cine forman parte de la naturaleza humana,  nos enardecen, son las progenitoras de nuestro comportamiento social. Sin embargo, habrá reparado el lector en que la inteligencia no ha aparecido por ningún lado. En realidad, casi nunca viene a ser la causa primera de nuestra conducta. Las películas con diálogos exquisitos, con tramas apasionantes, con análisis en profundidad, apenas cobran relevancia en el cine actual. Si antaño existió, iba dirigido a un público selecto para quien la inteligencia de los personajes y del diálogo era cuestión principal en el film. Bocatto di Cardinale. Hoy ha desaparecido.

Animalismo y racionalidad

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Si he de ser sincero, por más vueltas que le doy al asunto del animalismo, no me salen las cuentas. Quiero decir que me encuentro con que sus planteamientos básicos, además de anti humanistas, carecen de la mínima coherencia lógica. No me estoy refiriendo, claro es, a la gente que disfruta y aprecia, sin más, a sus mascotas. Me refiero al núcleo duro del animalismo, mejor, dicho, a sus postulados básicos.

Uno de los puntos centrales de su doctrina (y así lo han manifestado repetidamente algunos animalistas que han intervenido en este blog) es la consideración de que la vida animal es sagrada (no me detengo a examinar este asunto, religioso y primitivo). Esto es, que bajo su punto de vista la vida de cualquier animal ha de ser respetada, y su muerte significa un crimen de infame naturaleza. Lo cual me lleva a la pregunta: ¿también es sagrada la vida de un mosquito?, y, ¿de un piojo, de una pulga? Porque en tal caso los devotos de tal doctrina tendrían que dejar de lavarse el pelo por no incurrir en el asesinato de algún parásito, y, claro está, no deberían utilizar insecticidas de ningún tipo.

No sé si a los virus y bacterias se les considerará animales –que no lo son—pero, en cualquier caso, ¡qué atroz discriminación la de considerarles menos que una chinche o una garrapata!

Cierto es que algunos animalistas, menos radicales, otorgan solo la sacralidad a la vida de aquellos animales que poseen sistema nervioso central. Pero, aún así, siguen sin salirme las cuentas, pues, ¿qué hemos de hacer en la playa si las medusa –con sistema nervioso central—nos fríen a picotazos?, ¿dejarles hacer hasta que se aburran? No, por cierto, pues al poco moriríamos por su veneno. La única solución aceptable desde esa perspectiva tiene que ser la de no bañarse en el mar.

Así que si es usted animalista seguidor de esta doctrina de vida sagrada de los animales, no se le ocurra dar un manotazo a una mosca por mucho que el moleste, y, de no ser tan radical, al menos deje de bañarse en el mar. De lo contrario y siguiendo sus propios criterios, se convertiría usted en un criminal.

Y está el asunto que algunos animalistas demandad: la igualdad de derechos de perros, primates, otras mascotas y humanos. Y confieso que mis entendederas no son capaces de imaginar qué vacío mental ha de tener quien realice este tipo de propuestas, pero, ¡de todo hay en la viña del Señor! Prometo examinar la cuestión otro día, con detenimiento.

Tampoco me salen las cuentas al examinar el odio que dicen sentir hacia las corridas de toros. Alegan que en la fiesta taurina sufre el toro y que el sufrimiento de cualquier animal debería estar prohibido. ¡Válgame Dios!, ¡la cosa tiene su miga! Vamos a ver: si a usted, señor animalista, le dieran a escoger entre ser un toro de lidia y vivir al menos 4 años en libertad (eso si no consideramos al cabestro, cuya vida se alarga mucho más), con buenos pastos y espacio más que suficiente para retozar, o ser un pollo de granja, apelotonado y obligado a picotear día y noche, y morir a los pocos meses cuando haya alcanzado el peso establecido, ¿qué querría ser usted?, ¿qué le importaría unos minutos de supuesto sufrimiento en la plaza si ha vivido varios años de fábula?

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No es solo que no me salgan las cuentas, sino que los animalistas parecen colocar las cuentas al revés. Pues, vamos a ver: si se acabaran las corridas de toros, se sacrificarían todos los animales de lidia al dejar de tener utilidad. En otras palabras: con el fin de evitar que el toro supuestamente sufra en la plaza, se condena a muerte a cientos de miles de otros que pastan apaciblemente en la pradera. Pero esto  no parece importarles a ustedes un pimiento. ¿Dónde está la vida sagrada de los animales?

También es cierto, lo he de reconocer, que una mayoría de animalistas abogan porque no se mate a los toros de las ganaderías, sino porque se les suelte libremente. Y yo digo, ya que si los toros libres crían y se multiplican, ¿cómo nos libraríamos de sus embestidas si se nos ocurriera salir al campo a roturar la tierra, por ejemplo. Pero, ¿Y si entrasen en las ciudades y se liaran a cornadas con la gente?, ¿tendríamos que utilizar el manual buenista de lo políticamente correcto para convencerles de que dejasen de procrear y que no nos atacaran? Misterio sin resolver.

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Pero hay otra cuestión en referencia a esa idea animalista de soltar los animales en cautividad que me intriga más si cabe. Muchos casos se han dado de animalistas que han roto jaulas y puertas y han liberado a animales de granja, desde pollos hasta visones. El resultado ha sido siempre el mismo, al cabo de pocos días todos los animales “liberados” han pasado a mejor vida por falta de alimento o por caer en las garras de un depredador. Así que aparece el absurdo de preferir la muerte de los animales a permitir que vivan en granjas, lo que contradice de todas todas el principio básico animalista de considerar sagrada la vida animal. A mí, así entre nosotros, esta doctrina me resulta más difícil de entender que el misterio de la Santísima Trinidad.

Porque, en verdad, de todo lo expuesto cabe deducir que no es la vida o la muerte de los animales lo que preocupa a los animalistas, sino su hipotético sufrimiento. Así que, seamos claros y lógicos, no me vengan con el carajo de la sacralidad animal, en todo caso, háblenme del sufrimiento. Pero, ¡qué me van a decir del sufrimiento si he visto a tres perrazos enormes vivir en una piso de 50 metros cuadrados de un animalista!, ¡si estaban desquiciados perdidos por vivir en donde vivían!, ¡cómo nos vamos a atrever a hablar del sufrimiento animal! (en realidad, tendríamos que hablar del sufrimiento del hipersensibilizado animalista que adora la idea de que los animales no sufran y pretenden imponerla a los demás)

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Bien he de decir que sufrimiento y sentimiento, porque ahora resulta que a los animales de compañía se les ha otorgado la sentimentalidad. ¡¡Alto, alto!!, examinemos la cuestión. No hay sentimiento ni sufrimiento sin conciencia, alegan los neurocientíficos, y la conciencia se considera una capacidad mental que sólo los humanos poseen. Podemos hablar de dolor, de pulsaciones, de actos reflejos, pero parece poco acertado hablar del sufrimiento de un toro. Sin embargo, no les voy a negar que, en estos tiempos que corren, todo es posible. ¿Acaso no se condena hoy en día a todo aquel que siguiendo los dictados de las Ciencias Biológicas señalan que es varón quien posee los cromosomas XY y hembra quien posee los cromosomas XX? ¿Acaso los buenistas y las feministas no tienen hoy en día más poder que el mundo científico?, ¿de qué nos extrañamos?

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Admitamos que en el animalismo conviven religiosos que tienen por santa la vida animal (algunos van más allá y consideran también santa la vida vegetal, por lo que me pregunto, ¿de qué se alimentan?); conviven gentes hipersensibles a quienes se les reblandece el corazón si ven una mosca morir; y veganos a quienes el solo olor de la carne les produce vómitos; pero tengo para mí que una buena mayoría de  animalistas,  son simples cruzados contra el infiel que no sigue sus doctrinas (ya he repetido en muchas ocasiones que hay que temer a los redentores), cruzados que buscan un enemigo contra quienes verter su odio. Sospecho que si acabaran con las corridas de toros se quedarían como desangelados, sin nadie contra quien luchar. Mustios, tendrían que inventarse una nueva cruzada contra los cazadores. Me recuerda la frase aquella, “¡qué felices éramos luchando contra Franco!”

En fin, yo recomendaría –lo digo yo mismo en plan redentor, para poner un poco de orden mental—que se ame mucho a los animales de compañía, que se disfrute con ellos, que se les mime, pero, ¡por Dios!, que se deje vivir a la gente en paz, que se respeten otras opiniones, otras miradas y otras esencias.