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Por razones varias tengo que abandonar temporalmente la publicación de nuevas entradas en el blog. Todo aquel que quiere cavilar debe retirarse al desierto. A él me retiro con la esperanza de la iluminación y con el propósito de aprender a ser más eficaz en los asuntos que me depare la vida. Dejo como despedida unos consejos, un temor, un buen discurso en video y un poema.

Agradezco su interés a todo el que me haya leído,  y si ha obtenido interés de ello, doblemente lo agradezco. ¡Hasta más vernos!, que espero no sea mucho;¡que los hados nos traigan días de vino y rosas!

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Unos consejos que siempre van bien:

Simplifica el decorado de tus necesidades, en resumen, simplifica tu vida.

Despréndete de lo que solo aporta vanidad.

Evita que te zarandeen las modas

Si tu necesidad afectiva es muy grande, antes de mirar fuera, mira en tu interior.

No te esclavices ni a la amistad.

Organízate, decídete, véncete.

La vida te ha de hacer fuerte. Ese debe ser el primer mandamiento.

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Un temor:

En el año 1085 Alfonso VI de Castilla conquistó Toledo a los árabes. El asceta Abú Muhamma Ibn-Azzad escribió al respecto:

¡Oh gentes de al-Andalus,

Espolead vuestras monturas para partir,

Porque permanecer sería locura!

El manto se desfleca por los bordes,

Pero el de la península se deshace por su centro.

Mi temor es que ahora se desfleque el manto español y europeo por los bordes. Quienes lo están desflecando son dos  populismos redentores, el heredero del marxismo y el nacionalista. Europa se puede desflecar por el borde griego. España se puede desflecar por los bordes catalán y vasco, pero también por el centro, por el populismo de Podemos.

Esos populismos son redentores, prometen un paraíso en caso de conseguir el poder. Catalanes y vascos pintan ilusamente que una vez fuera de España ese paraíso aparecerá de forma automática por lo recio de la personalidad de sus hombres.

Podemos, siguiendo los panfletos marxistas, promete un paraíso en la igualdad. Que nadie destaque, que nadie sea más rico, que nadie tenga más derechos. Rasar. Esa es la acción.

En lo que no difieren los populismos y los nacionalismos en incitar al odio y a la revancha, y en prometer paraísos y proponer soluciones ilusas que siempre han conducido, e inexorablemente conducirán en caso de aplicarse, a la miseria, al totalitarismo y a la disgregación. Todos ellos eluden la propia responsabilidad de su situación y echan las culpas de ella a los demás. Los culpables son siempre los otros.

Ese es mi gran  temor.

 

Magnífico discurso de una parlamentaria de Guatemala

https://www.youtube.com/watch?v=_04ZS7b43eU

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Poema: Ausencia

 

En el destierro de cada hora, pienso:

¿qué hará ella?

¿con qué bálsamo sanará sus heridas?

¿sonríe o llora?

¿mirará la misma estrella que yo miro?

¿estará su corazón anegado de tristeza como el mío?

 

Del reparto justo

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En mi anterior entrada Psicología, sentimientos e injusticia, hablé de la tendencia humana a percibir como justo aquello que nos produce satisfacción o conveniencia. Hoy voy a hablar acerca de la posibilidad de determinar un sentido de lo justo que desde la razón económica resulte irrebatible argumentalmente, aunque no lo sea desde la razón que alegan los sentimientos.

De lo arduo que resulta el sentar alguna base sólida desde donde poder abordar con ciertas garantías de ecuanimidad el juicio sobre lo justo o injusto de un asunto o de un dictamen, da cuenta el sorprendente hecho de que poseemos un mecanismo neuronal que procura por la justificación de los propios actos y creencias. Las neurociencias lo han puesto de manifiesto mediante experimentos que no viene a cuento detallar.

Si lo que percibimos justo obedece a nuestro interés ―a la satisfacción, conveniencia o grata sentimentalidad que nos produce―irremediablemente nos encontramos sobre arenas movedizas a la hora de señalar “imparcialmente” lo que consideramos justo. Es decir, al responder  al interés personal, lo justo no se puede universalizar, cada cual tendrá su propio sentido de la justicia y generalmente no coincidirá con el sentido que aprecien los demás.

Tal vez se aclare lo dicho echando mano del sentimiento de la compasión, que constituye una de las bases de la moral (las principales bases sentimentales de la moral son la vergüenza y la culpa).

La compasión, que surgió evolutivamente con la “finalidad” de cohesionar los grupos humanos, puede, no obstante ser tan alabada, producir una interpretación de lo justo deleznable. Me detengo un instante en analizar algunos de los posibles efectos de establecer lo justo compasivamente, es decir, poniendo a la compasión como juez.

Empecemos por señalar que nuestro cerebro construye mentalmente un “nosotros” y un “ellos”, y juzga de manera radicalmente distinta las acciones de quienes catalogamos en un grupo o en otro. Con uno de los “nuestros” vale la disculpa, la compasión, el afecto…; con uno de “ellos” vale el odio, el culpabilizar, el juicio perverso de sus actos…

En los distintos grupos políticos, religiosos, familiares, económicos, etc., es fácil de ver esa radical diferenciación del juicio que emitimos acerca de un mismo acto cuando éste es realizado por uno del propio grupo o cuando lo realiza un individuo del grupo oponente. Acerca de un tema de tan candente actualidad como es el del terrorismo islamista, se han llegado a escuchar voces de algún sujeto de la extrema izquierda que ha llegado a justificar los atentados de París: en el “nosotros” de ese sujeto se encuentran los islamistas radicales. Eso explica su aberrante juicio.  Otro caso semejante de disparidad de juicios sobre lo justo de una acción o de un reparto, dependiendo del sujeto implicado, se manifiesta en algunos animalistas que, con evidente pasión, declaran que es de justicia otorgar a los animales iguales derechos y condiciones de vida que los poseídos por los humanos, y pretenden que se penalice con graves penas a quienes no los respeten, mientras que se muestran indiferentes ante las calamidades que pueden estar padeciendo un grupo de humanos. En su “nosotros” se encuentran los animales.

Así que la compasión, que depende de la categoría  “nosotros”,  no resulta ser un buen aliado para determinar un sentido de lo justo que resulte universalmente aceptado con argumentos de la razón, aunque  lo sea con argumentos sentimentales.

Veamos un caso de reparto de bienes que universalmente es considerado justo. Malinowski descubrió durante sus investigaciones con pueblos primitivos que la base del orden social en las sociedades pequeñas es el Principio de Reciprocidad. Te doy, te ayudo, te presto, colaboro en tu empresa, en la esperanza de que tú me devuelvas en igual medida. Bien es verdad que cuando dos individuos cooperan a partes iguales en una determinada labor, en el fuero interno de cada uno de ellos se desea obtener el mayor beneficio posible, aun a costa de mermar el beneficio del otro cooperante. Recuérdese que nuestra esencia es el egoísmo. Pero ambos perciben que lo justo es la igualdad en el reparto de beneficios por haber sido la misma la aportación de cada uno de ellos. Es esta una estrategia apropiada para el mantenimiento de la relación cooperante, que evita disputas y sentimientos de agravio. Al proporcionar tales ventajas a la actitud cooperante, es decir, al obtener ambos cooperantes beneficios de la cooperación, las acciones, las ayudas y los repartos basados en el Principio de reciprocidad se perciben universalmente como justos. Si uno de los cooperantes recibiese menos de lo que le corresponde según el principio nombrado, se sentiría agraviado y ello sería un factor decisivo para dejar de cooperar y para el enfrentamiento.

El tal principio lo podemos extender al caso en el que uno de los cooperantes aporta a la cooperación en mayor medida que el otro. Parece obvio en tal caso que lo justo sería el reparto equitativo de recibir en proporción a lo que se ha aportado. Pero no resulta tan obvio como parece porque cuando se hacen aportaciones desiguales aparece la consideración del mérito de cada cual, y medir este mérito conlleva graves complicaciones. Sirva de ejemplo del desacuerdo en los criterios con que medir el mérito la propuesta marxista: “De cada cual según sus capacidades, a la cual según sus necesidades”.  Una propuesta ilusa que ha traído el desastre económico a todos los países que han ensayado modelos comunistas; pero también una propuesta que pone de manifiesto el gran desconocimiento de la naturaleza humana de que Marx y Engels hacían gala. Simplemente negaban el mérito ¡y esperaban que todos cooperasen con todas sus fuerzas!

Y es que si un individuo presenta, en una cooperación con otro, más méritos que éste, por ejemplo, mayores capacidades creativas o mayor ingenio o más fuerza, el que presenta menos méritos se siente doblemente agraviado, no solo por recibir menos en el reparto de beneficios, sino también por poseer menores capacidades. Dado nuestro carácter egoísta, el mérito que presentan los demás y que sobresale por encima del nuestro nos parece injusto, y suele conducir al nacimiento de envidias, odios y resentimientos. El Igualitarismo proclama esa injusticia, niega el mérito, y encauza esos resentimientos. Para el Igualitarismo, lo justo es la igualdad en el reparto.

Así que para que el mérito de algunos sea reconocido por todos, al menos desde la óptica del beneficio personal, es decir, con la razón y los números aunque no necesariamente con el sentimiento, para que al menos desde ese punto de vista el reparto desigual sea considerado como justo, es preciso que del mérito de unos pocos saquen beneficio todos.

Esta solución de lo justo está contenida secretamente en las doctrinas calvinistas. Calvino justificó la desigualdad de riquezas y estatus entre los hombres. Con su conducta y sus éxitos cada individuo se demostraba a sí mismo y a los demás que era uno de los Elegidos por Dios. El calvinista Adam Smith lanzó estas razones: “Los hombres son egoístas por naturaleza, dejémosles comportarse económicamente según su egoísmo les dicte, pues se verán irremediablemente conducidos por la mano de Dios a la búsqueda del bien de la comunidad”. Esto es, cada individuo colabora egoístamente de tal forma que el esfuerzo conjunto conduce a la obtención del máximo beneficio para la sociedad.

Dicho con otras palabras y evitando cualquier referencia religiosa: logrando mediante leyes que todos los hombres puedan desarrollar libremente sus capacidades de manera óptima, el actuar en lo económico egoístamente procura el mayor beneficio posible, no solo para el propio individuo, sino también para todos los miembros de la comunidad. El mérito de un o repercute en el beneficio de todos. Además, el éxito de cada cual es el reflejo de sus propios méritos, lo cual evita el gran problema de tener que determinar la vara de medir los méritos (una vara de medir que se estira o encoge según el “otro” sea o no uno de los “nuestros”). El éxito obtenido evidencia el mérito.

¿Extraña que esa fórmula de lo justo en el reparto diera los mayores frutos económicos que se habían producido jamás en la historia de la humanidad, que produjera la Revolución Industrial y el auge del capitalismo? Claro, una condición que he señalado y que no se halla presente en el capitalismo real es el la de que los hombres puedan desarrollar libremente sus capacidades de manera óptima. Esto implica una optimización de los recursos humanos, esto es, todo el mundo tendría que poder acceder en igualdad de condiciones a los recursos económicos, algo que las diferentes posiciones de partida de unos individuos y otros hace imposible, lo que origina que el éxito económico y el reparto de riquezas dependa en gran medida de la posición inicial desde la que parte un individuo.

Así que en este modelo ideal capitalista (aunque inicialmente el capital estaría socializado) el reparto justo se realizaría de acuerdo al mérito mostrado por cada individuo en generar riqueza que repercutiese a favor de la comunidad, y la vara de medir ese mérito sería precisamente el éxito obtenido por el sujeto en la obtención de beneficios. Económicamente, todo el mundo obtiene beneficios del éxito de cada sujeto. De ese modo, desde el mero punto de vista económico, el desigual reparto de riquezas entre los distintos miembros de la comunidad se consideraría justo porque egoístamente satisface a todos, ya que produce el mayor beneficio posible para cada uno de ellos.

Pero el hombre no es simplemente un animal económico, es sobre todo un animal sentimental, y ese desigual reparto, inobjetablemente justo de acuerdo con la razón económica, no lo sería con la razón sentimental: el sentimiento de agravio comparativo (y el consiguiente resentimiento contra los de más éxito) seguiría produciéndose en aquellos que muestran menos mérito, que obtienen menos éxito y cuyas expectativas de mejorarlo son pequeñas. Esas razones sentimentales llevarían a muchos a preferir la miseria para todos antes que la desigualdad. Tales son las razones que presenta el Igualitarismo extremo, cuya razón sentimental les dicta la fórmula de “lo justo en el reparto es la igualdad”.

No por razones de justicia social, como se suele alegar, sino por razones de conciliación social y de compasión (la compasión, por la conveniencia de armonía social, abre el “nosotros” a todos los miembros de la comunidad), la comunidad detrae riqueza de los más económicamente favorecidos y la asigna gratuitamente a los menos favorecidos. Pero esto, como ya he dicho, no es una cuestión de justicia en el reparto, sino de caridad y acuerdo y armonía social, y no es éste el tema.

JUDÍOS, CRISTIANOS Y MUSULMANES

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Las religiones del Libro

Se denominan así a las tres religiones que tienen un libro santo donde se cifran sus doctrinas, el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam.  También las tres proclaman un único Dios ―que es el mismo en las tres―, además de estar relacionadas entre sí por la consideración de ciertos profetas judíos como verdaderos, entre ellos Abraham y Jesús.

Origen

Parece ser que el monoteísmo hebreo comienza como imitación del culto monoteísta que practicaba en Egipto el faraón Akenaton, pero es en el cautiverio de Babilonia cuando se elabora una parte sustancial del Torah, el principal libro sagrado del judaísmo, que conocemos como Antiguo Testamento. En Babilonia se transcribe al Torah gran parte de la mitología irania:  el Diluvio Universal, el Cielo y el Infierno, los ángeles y los demonios, la existencia de un Mesías redentor, el Juicio Final, y un largo etcétera, parte del cual se encuentra en el Avesta de Zaratustra y parte es de una antigüedad mayor.

El Cristianismo ―para nosotros no precisa de mayor explicación―, nace de las enseñanzas del judío Jesús. Sin embargo, Jesucristo, más que seguir con el esquema de un dios, Yahwé, perteneciente con exclusividad a un pueblo, el israelí, realiza una reforma ética (véase la entrada, Ética del Apaciguamiento) que clama a favor de los débiles.

El Islam nace con Mahoma, su profeta, quien pensó primeramente en adaptar el judaísmo (en Arabia residían numerosos judíos) a las características del los beduinos del desierto arábigo, pero la desafección de aquellos a sus doctrinas le empujó a desarrollar una doctrina de caracteres nuevos, aunque Alá sea el mismo dios de Abraham.

Desarrollo

El fuerte sentimiento religioso judío provocó incomodidad en los imperios antiguos como el babilónico o el Asirio, lo que causó las primeras diásporas de los judíos, pero fue sobre todo en los años 70 y 135 d.C. cuando el imperio romano les expulsó de Israel y repartirse por el mundo conocido(después han sufrido muchas más diásporas, como la de los sefardíes, los judíos españoles expulsados por los Reyes Católicos). Desde entonces hasta la constitución del Estado de Israel en 1948 han sido un pueblo sin tierra y han estado sometidos a todo tipo de persecuciones y matanzas. Desde esa fecha forman un Estado laico que pretende a coger a los varios millones todavía dispersos por el mundo.

El cristianismo, un movimiento que inicialmente es Igualitarista y apocalíptico, es decir, que con el reclamo del amor al prójimo en comunidad y la espera de una pronta Resurrección de los Muertos atrae a los menesterosos de la Tierra, al contacto con el mundo griego se carga de interpretación gnóstica, y al contacto e inclusión en el mundo romano ―adaptándose a sus estructuras de poder y escalando por ellas― se convierte en sostén y fundamento de las jerarquías de poder, estableciendo una sociedad a caballo entre la teocracia y la organización indoeuropea de clases.

Aunque en el cristianismo se produce desde un primer momento separación entre la organización política y la religiosa, no es hasta el surgimiento del protestantismo cuando dicha separación se hace nítida. La multiplicidad y variedad de grupos cristianos nacidos del protestantismo hizo posible esa separación. E hizo posible la democracia, los derechos individuales, la cultura y el progreso.

Ésta separación no se produce en el Islam. Ni siquiera dándose también una gran variedad de sectas islámicas:  72 son las clásicas, y 4 escuelas de jurisprudencia. El Islam es religión pero es también política y jurisprudencia y es costumbre y las enseñanzas del Corán rigen todos los aspectos de la vida del creyente. El Corán y los hadits (dichos) del profeta forman lo que se denomina Sariah. Muchos de estos hadits se escribieron hasta 400 años después de muerto Mahoma.

Las mayores creaciones científicas, culturales o tecnológicas del Islam se produjeron hasta el siglo XI. Hasta entonces las diversas interpretaciones del Corán y de los hadit del Profeta habían sido defendidas vivamente pero con considerable libertad de criterio. Recuérdese que en palabras de Mahoma «La verdad profunda se oculta tras siete velos». A partir del siglo XI la interpretación moralmente más rígida y menos amiga de la libertad de conciencia se impuso a todas las demás, y la fuerza creativa del mundo musulmán desapareció. Éste es un ejemplo de cómo la moral puede maniatar el progreso e  impedir todo cambio.

Pero el Islam no resulta sólo inmovilista, sino también totalitario y opresivo. La amenaza de la Yihad, la pena de muerte para el apóstata, la subordinación de la mujer al hombre, la falta de libertades, la negación de la democracia, la persecución de las otras religiones…Todo esto es característico del Islam. Y es también en los últimos tiempos un hontanar de odio hacia el Estado judío y hacia Occidente.

Fuerza de las religiones:

Los judíos tienen su dios, un dios para un pueblo, el pueblo elegido. Los dioses habían sido hasta entonces dioses de una ciudad o de un país,  moraban en santuarios fijos y cobijaban bajo su amparo a todo el que le aceptara; pero Yahwé es un dios ambulante que exige la transformación interior del individuo mediante la obediencia, que exigía a su pueblo la sumisión plena, un dios de moralidad extrema. De tal fanatismo moral, surgió la obsesión de los judíos por la pureza ritual. Pero, en fin, un dios del pueblo elegido, que procura las victorias o derrotas contra los enemigos según obre el pueblo. La esperanza y el temor de todo el grupo se cifran en él. No ya de un individuo, sino que según el comportamiento del grupo Yahwé envía premios o castigos a toda la comunidad. La  cohesión de un grupo cifrada en el orgullo de ser el pueblo elegido, de poseer un dios propio. De ello, también, una fortísima reprobación social contra quien desatiende las doctrinas. Al fin y al cabo, la conducta de unos pocos puede afectar a la totalidad a través de los castigos mandados por el dios a la comunidad. Totalitarismo religioso y moral. Orgullo de grupo, temor del grupo, esperanza del grupo: creencias de rebaño. La moral adaptada a la naturaleza del rebaño. Pero un rebaño sin rabadán, que se guía por la Torah, la palabra escrita de Jehová, y por la tradición oral, el Talmud, que establece los actos rituales y en ocasiones interpreta la Torah.

Cristianismo e Islamismo prometen un paraíso más allá de la muerte para quienes se atengan a las normas de conducta que dichas religiones prescriben. Es cierto que en el Islam se detallan profusamente las dádivas y premios que los admitidos a dicho paraíso obtendrán. Sobre todo en relación a los hombres, se detallan las huríes que cada uno tendrá según el mérito adquirido, así como los colores, los manjares etc que recibirán. El cristianismo no lo detalla en grado semejante. Lo que sí hacen algunas sectas protestantes es detallar las penalidades del infierno.

Describiendo el paraíso se aviva el deseo; describiendo el infierno se aviva el temor. Miedo y deseo, ya lo sabíamos. Esos son los ingredientes de la fuerza que nos empuja a creer.

 

Esoterismo y Misticismo

El esoterismo cristiano no ha carecido de importancia, y ahí está el ejemplo de Raymon Llull y del gnosticismo de muchos de los primeros padres del cristianismo, pero nada en comparación con el esoterismo judío o el de algunas sectas y grupos islámicos. En cuanto al misticismo, es decir, la experiencia personal y amorosa con Dios, sí son comparables. San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús y todo el movimiento eremita de los primeros cristianos pero incluso de los miembros de cualquier orden monástica, tienen su equivalencia en el sufismo musulmán. En el judaísmo, sin embargo, esoterismo y misticismo van de la mano, son dos caras de la misma moneda. Expongo a continuación algunas prácticas esotéricas de estas religiones.

Los textos escritos contribuyeron sobremanera a ello al recoger la historia mítica y dotarla de carácter sobrenatural. Y una vez establecido ese carácter, alrededor de él nacen las interpretaciones esotéricas. Por ejemplo, algunos grupos protestantes consideran que la Biblia contiene –palabra a palabra—la voluntad divina, y que es, por esencia, inalterable; lo que conlleva a que el creyente deba atenerse a un comportamiento  acorde con esa voluntad. Para los musulmanes el Corán es increado, existía antes de la creación, siendo su esencia hecha de aliento divino (que es uno de los atributos de Alá). Pero el Corán se abre a muchas interpretaciones. Toda la historia del Islam gira en torno de las alegorías que pronunció el profeta en ese libro.

No obstante, en donde los sentidos e interpretaciones resultan infinitos es en la Torah de los judíos. Para muchos de ellos, Dios y la Torah son lo mismo. Dios se limita a un texto, pero a un texto infinito. Infinitas son las interpretaciones que los talmudistas obtienen de él. De ahí la infinitud deYahwé. O dicho de otro modo: el universo entero y toda la creación están encerrados en sus páginas. Todo está cifrado, arquetípicamente cifrado (resultaría interesante un estudio de la posible relación de este misticismo y esoterismo judíos con el hecho de que el 50% de los premios nobeles sean judíos). Los seguidores de la Cábala se encargan de buscar en los entresijos de las palabras la verdad y el poder de la creación. Al modo mágico, mediante la imitación simbólica y el deseo. Pero aquí los símbolos son numéricos y lo que se quiere imitar es el acto creador original. Las pistas para desarrollar tal labor se hallan en otros dos libros: el Sefer Yetzirat, o Libro de la Creación, y el Zohar. Según esto, la creación se realizó mediante diez números (sefiroth) y 22 letras. Juntos forman los 32 senderos de la sabiduría divina. Las 22 letras forman grupos de tres, siete y doce letras: los tres números mágicos para el pueblo judío.

También los seguidores del Islam tienen sus números mágicos: el de los shiíes (duodecimanos) es el doce; el de ismaelíes (shiíes septimanos) es el siete. Los primeros tuvieron doce jefes espirituales, doce profetas y –según su doctrina—fueron necesarias doce emanaciones divinas para crear el mundo. Los ismaelíes cuentan siete jefes espirituales, siete profetas y siete emanaciones; siete escalones del conocimiento para acceder a la verdad, siete velos, siete estados del alma… la magia del siete. Otra tradición islámica se acerca más a los cabalistas, se trata de la Ciencia de las Letras y Ciencia de la Balanza, que tuvo sus más conspicuos representantes en los Gramáticos de Basora. Se basa en las permutaciones de las raíces árabes, y tiene como propósito descubrir en cada cuerpo, palabra o entidad, la relación entre lo manifiesto y lo oculto, medir el alma del mundo incorporada a esa sustancia, y expresar en números su valor.

Por no hablar de la arquitectura celestial que elaboraron esas religiones con fines de sobrecoger y maravillar, que alcanzó el súmmum en ciertas doctrinas gnósticas, pero que aún mantiene el chiismo septimano (los ismaelíes), con una miríada de ángeles y arcángeles emanando como manifestación de la divinidad en una archisimétrica disposición arquitectónica celestial. O la astrología del gran Ibn Arabi, (uno de los mayores sabios del Islam, nacido en Murcia), que establece una relación mágica entre las cualidades divinas, los ángeles, los profetas, las letras del alfabeto, los colores, los planetas, las regiones de la mano, los signos del zodiaco, los metales… vinculando en una gran correspondencia todo lo viviente. Y el misterio cristiano de la Santísima Trinidad o de la mocedad de María…

De todo lo dicho se deduce que, lo mágico, confeccionado a partir de simbolismo y deseos, y lo esotérico, es consustancial a lo religioso.

 

Psicología, sentimientos e injusticia

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He de hacer varias advertencias. Con la primera quiero aclarar que el propósito de este escrito no es el de expresar mi opinión acerca de cuál debe ser el comportamiento correcto, la ética, sino el de echar un vistazo a algunas de las causas que lo rigen. La segunda advierte contra los incontables y contradictorios manuales de psicología al uso. La tercera advertencia pretende simplemente señalar que algunas de las razones  que expongo y de las afirmaciones que realizo son de digestión difícil.

El hombre se mueve a instancias de los deseos y de los sentimientos. Esta es la premisa de la que parto y debería resultar evidente a los ojos de aquellos que han pulido y calibrado correctamente sus gafas del entendimiento. Cierto es que los instintos y las emociones juegan su papel, pero están contenidos en aquellos; y cierto es que las creencias del hombre presentan en su conciencia la perspectiva y el juicio para que deseos y sentimientos se manifiesten en una determinada forma, pero son estos los que nos mueven en última instancia.

Uno de los adagios que figura en la entrada de este pasado 17 de diciembre, dice así: «Nos parece solución justa la que nos satisface». Voy a tratar de precisar su significado con ejemplos. Piensen en la venganza, pero miren en lo profundo. Nos satisface imaginativamente vengarnos, e inmediatamente sentimos que sería justo hacerlo (y a ese sentir le da el plácet la conciencia, que le dice a uno desde lo íntimo “sí, vengarte sería lo justo”). La Ley del Talión, la vendetta, la venganza, se arraigaron en nosotros durante nuestro andar evolutivo, e íntimamente sentimos y creemos que son formas elementales de justicia. ¡Porque nos produce satisfacción imaginar su cumplimiento, es decir, porque lo deseamos y porque el sentimiento de agravio que sufrimos nos impele a ello!

Piensen ahora en un hecho dramático del que se han hecho eco las noticias de estos últimos meses (en España, pero otros casos similares han ocurrido en el mundo, por ejemplo en Australia y EEUU): el asesinato de niños a manos de sus padres. Por precisar: piensen en Medea (véase mi entrada del 11 de noviembre pasado). Para Medea es del todo justo vengarse de la traición de Jasón, su marido. Medea siente injusticia. Medea necesita satisfacerse, necesita vengarse, necesita infringir el mayor dolor posible: un dolor semejante al que ella siente. Sus hijos son el instrumento de la venganza. Ese deseo, su despecho, su odio contra Jasón, es lo único que cuenta. El cariño a sus hijos es accesorio. El sentimiento de la injusticia cometido con ella la mueve de forma imparable. Vengarse es actuar con justicia porque el vengarse  la satisface.

Veamos otros ejemplos no menos elocuentes.

El grito y la fórmula ética del Igualitarismo es: “desigualdad social o económica igual injusticia”, que se puede reformular como “igualdad igual a justicia”. No es solo igualdad de derechos o igualdad de oportunidades lo que defiende el Igualitarismo, sino igualdad económica, igualdad de rango, igualdad de estatus…, y los más feos y de entendimiento más liviano desearían también igualdad de belleza e igualdad de inteligencia. Es el agravio comparativo lo que cuenta. Si todos viviésemos en la miseria, si todos careciéramos de derechos, si todos fuésemos tontos y feos, los igualitaristas extremos serían felices porque obtendrían la satisfacción de haber desaparecido el agravio comparativo, la satisfacción de que todos seríamos iguales. Para estos extremistas del Igualitarismo no vale mérito alguno para hacer que alguien destaque. La satisfacción  que les proporcionaría la igualdad (acallando de así la envidia y el resentimiento que sienten) les hace sentir que la igualdad es lo justo: “igualdad=justicia”.

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Sin embargo, durante la mayor parte de nuestra historia, la fuerza ha sido la base de los derechos de la gente. Los individuos con más poder se sentían satisfechos por ello y consideraban por ello su posesión de derechos, de riquezas y de estatus justo. El poder y la fuerza ―la satisfacción que les producía―eran la base sobre la que descansaba el considerar la desigualdad con los menos fuertes y poderosos como justa. La fórmula ética podría esquematizarse como: “el más fuerte debe estar más arriba en la pirámide de estatus y poder”. Esto daba lugar a sistemas sociales de jerarquización estanca. En esencia no es mejor ni peor que la fórmula igualitarista, sino que esta es defendida por los “débiles” y la otra por los “poderosos” (como se ve, cada cual vela por sus intereses). De hecho, esta fórmula que produce jerarquías estancas es que la rige las relaciones sociales en numerosas especies de animales, produciendo una jerarquización lineal.

En lo íntimo, aquello que le satisface a uno es considerado como justo. Ahí tenemos los derechos territoriales que alegan los catalanes o los vascos. Como les satisface poseer esos derechos, los consideran justos. También el derecho de conquista era considerado justo: les satisfacía dominar a los conquistados.

Profundicemos un poco con otro ejemplo. A un individuo le gusta una mujer y la imagina con cualidades perfectas. A la vez, el deseo le hace imaginar que ella le desea a él de la misma forma, y de ese imaginar aparece en dicho individuo ese edificio sentimental que vulgarmente llamamos amor, en cuya argamasa es elemento importante el ansia de posesión.

El tal individuo, en su interior, más que creer, siente que aquella mujer es “su mujer”, siente que le pertenece. Las redes neuronales que han trazado su imagen perfecta reclaman esa pertenencia (la mujer real, íntimamente, es un mero reflejo de la mujer imaginada). Y esas redes influyen en la estructura sentimental y anímica del individuo en relación a ella. El individuo cree que es suya porque la posee en el cerebro. Como consecuencia, espera que su comportamiento sea el adecuado a esa relación de pertenencia.

Ahora bien, si las evidencias en contra de que  ella esté por él ―en reciprocidad, tal como el deseo argumenta―son muy fuertes, si se hace evidente para él el desdén y el desprecio de ella, la imagen de perfección edificada se derrumba. El sujeto percibe injusticia porque ha perdido algo que le “pertenecía”; el sujeto percibe satisfacción en hacer que desaparezca, digámoslo claramente, percibe satisfacción en vengarse, percibe venganza en matarla, y, como consecuencia, considera justa esa solución.  (Entiéndaseme: esas son las pulsaciones que se sienten. Luego intervienen las creencias, los miedos, la moral social, el temor a la condena social etc, que logran hacer que ni siquiera la conciencia del individuo se percate de ese cruel deseo de matar, ni de lo justo que le parece esa muerte).

<a href=”http://www.safecreative.org/work/1411292620842-evolucion-de-la-mente-animal-moral&#8221; target=”_blank”>
<span>Evolución de la mente.- ANIMAL MORAL</span> –
<span>(c)</span> –
<span>Fernando Joya</span>
</a>

POEMAS LEJANOS

 

El temor al sentimiento que emana de la poesía me ha hecho ser esquivo con el verso. Esa falta de práctica y labor me expone al bochorno, pero me rige la voluntad de empezar el año exaltando el sentimiento más hermoso, el del amor. Así que, quizás con poco acierto pero  con el buen deseo de ofrecer lo mejor que uno puede dar de sí en estas labores, lanzo a modo de felicitación de Año Nuevo estos versos.

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Mujer diamantina

Tú, tan dura y tan frágil como el diamante,

rayas mi corazón con la dureza de tu silencio distante

 y te rompes con una caricia, con una mirada,

con una palabra de amor

 

Metamorfosis

 

Se refugia en la seda de mis brazos

como en su ovillo la crisálida,

antiguas soledades le dan alas

 y echa a volar sigilosamente,

metamorfoseada…, lejana

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Gata en el tejado

 

Toco su espalada rosada de gata meliflua,

y ronronea plácida,

se inserta entre mis piernas,

jadea…

y se vence y se desfleca

toda

 

Ahora

 

Hoy,

después de tanto,

he vuelto a tocar su cuerpo

y ha surgido un murmullo de olas

Ella,

que lo fue todo,

que fue mi cárcel y mi biblia,

ahora me ama con fuego y con lluvia