TEMORES

EL TEMOR

Tengo para mí que el temor no se encuentra bien tipificado en los diccionarios. El Diccionario de uso del español de  María Moliner lo define como «la creencia de que se puede recibir daño de otra persona o de una cosa», y se le encasilla vulgarmente como un miedo mo­derado. Pero en el temor existen gradaciones que abarcan desde el suave desasosiego al terror agónico o al pánico.

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Expongo un ejemplo histórico de temor desorbitado: En marzo de 1220 Gengis Khan tomó Samarcanda y masacró a su población. Igual suerte sufrió el Jorasán iraní y Afganistán. Las ciudades fueron reducidas a escombros y los cronistas musulmanes de la época narran que los cráneos apilados formaban montañas. Tal devastación provocó en el imperio musulmán un temor inmenso hacia los mongoles. Un temor que podemos apreciar por el relato del cronista Ibn al-Athir:

Me han contado cosas que apenas pueden creerse; tan grande era el es­panto que Alá había puesto en todos los corazones. Se cuenta, por ejem­plo, que un solo jinete tártaro entró en una ciudad muy poblada y se puso a matar a todos sus habitantes uno tras otro sin que nadie se atreviera a defenderse. He oído decir que un tártaro, no teniendo ningún arma y que­riendo matar a uno que había hecho prisionero, le ordenó que se acostara en tierra, fue a buscar un sable y después mató a ese desgraciado, que no se había movido.

Sacamos la conclusión que el temor nacido en la conciencia de los musulmanes por el hecho de imaginar la ferocidad de los mongoles, fue creciendo hasta convertirse en pánico paralizante. Como se ve, el temor es un miedo anticipado, es el miedo que la conciencia construye al imaginar peligros venideros.

Otros muchos ejemplos sobre el temor nos son cercanos: la del aprensivo, que siente un temor difuso al contacto o a la ingestión de una sustancia que tiene como tabú; la infinidad de temores que sentimos a diario y que según lo medroso de nuestro temperamento pueden encogerse al pensarlos o, por el contrario, hacerse gigantescos; el temor supersticioso que nos sobrecoge al cruzarse en nuestro camino u gato negro o si nuestro horóscopo nos lanza previsiones funestas…; incluso hay documentadas muertes por temor debido a la maldición lanzada por un hechicero o por haber violado un tabú.

Pero el temor presenta aún mayor vigor y presencia en nosotros porque aparece camuflado en la mayoría de los sentimientos. La vergüenza, la timidez, el pudor, el miedo al ridículo, no son otra cosa que temor a aparecer a los ojos ajenos disminuido, a que los demás nos perciban carentes de cualidades y méritos. La compasión representa el temor a encontrarse uno mismo en el lugar del compadecido en el futuro. Los mismos celos representan el temor que sentimos ante el peligro de perder la posesión afectiva que creemos nuestra.

El quid del asunto estriba en que en el pensamiento se produce un juego a tres bandas en el afán de prevenir los peligros: las creencias del individuo sobre el asunto que le preocupa, las razones que emplea para su análisis, y la emoción que el asunto le genera; de la mutua influencia entre ellas se genera el pensamiento del que se alimenta el temor. Recursiva y retroactivamente se influyen las tres[i], pudiendo llegar a imaginar situaciones imposibles en las que el peligro, la amenaza o el daño se agrandan hasta límites fuera de la realidad, produciendo un temor desproporcionado que puede hacerse terror.

Un temor de actualidad

Cuando desaparecen los valores sociales o son relativizados hasta perder su misma esencia, ocurren cosas como las ocurridas en Roma en el siglo III d. C., que la guardia pretoriana asesinaba a los emperadores a su antojo y vendía el cargo al mejor postor. Varias decenas de ellos se sucedieron en un solo siglo (algunos sólo duraron días), pues la soldadesca de las legiones copiaron a los guardias pretorianos y elegían un emperador hoy para asesinarlo mañana, dándose el caso de que varias legiones eligieran cada cual al suyo en distintos territorios y disputando guerras por imponerse a los demás.

El circo que organizan a diario Podemos y el nacionalismo catalán me recuerdan enormemente este asunto. Haciendo caso omiso de leyes, valores y símbolos, o despreciándolos,  no les preocupa otra cosa que salir cada día en el noticiario de televisión diciendo sandeces que lleguen fácilmente a los intestinos de la audiencia. Ya hemos tenido en un año tres votaciones para el Congreso y me temo que se producirán algunas más en un corto periodo de tiempo. También tenemos a nuestros  invasores bárbaros,  cuyo ánimo secreto es acabar con nuestro sistema democrático. Y tenemos nuestro senado romano, el Congreso de Diputados, que, como aquel, parece una chirigota.

Malos tiempos nos aguardan.

 

[i] Mediante las creencias categorizamos situaciones, hechos y personas y  esa categorización lleva aneja una etiqueta emocional que, a su vez, es germen de determinados pensamientos, que en la vía de doble dirección que señala Damasio, influye en las emociones, que influye a su vez en los pensamientos, que influye en las creencias, que…

Pensamientos varios

brexit

  1. A la falta de ojos propios para ver se le llama sectarismo. Si también faltan los criterios, resulta más apropiado llamarlo borreguismo.
  2. Si el Islamismo antepone su religión a la libertad de la persona; si el Islam es enemigo de la democracia y de los valores occidentales; si su fin declarado es imponer la Sariah como norma básica en todos los actos de la vida cotidiana; si una de esas normas es la de dar muerte al apóstata; si entre ellos la mujer queda relegada al papel de subordinada; si odian nuestra cultura y nuestros valores; si la pretendida convivencia multicultural en Europa se ha revelado como multiculturalidad enfrentada; si no cabe un papel de fumar entre los valores y propósitos sociales de los islamistas radicales y de los moderados; ¿es aconsejable que en nombre del respeto se les permita que extiendan su odio hacia los europeos y sus valores en la misma Europa?
  3. Los buenistas y los animalistas pretenden erigir como criterio determinante del juicio al sentimiento, pero el sentimiento es útil para obnubilar la razón y abducir el pensamiento.
  4. En los movimientos asamblearios siempre triunfan las posturas más radicales, las de quienes poseen más odio y resentimiento; aunque sean preliminarmente muy minoritarias. Se consigue acobardando a los pusilánimes. Estos, como buena grey, terminan por acatar y asumir cualquier dictado.
  5. Un cáncer moral está gangrenando Europa. La biología nos muestra que un egoísta en un grupo de altruistas obtiene enseguida ventaja evolutiva y acaba fijando su acervo genético en la población de marras. Adivinen quiénes ejercen de altruistas y quiénes ejercen de egoístas en Europa. Jueguen con el islamismo y con el buenismo.
  6. ¿Qué es el buenismo? Un ejemplo que lo ilustra: en la Argentina de Cristina Kirchner los presos cobraban un salario mayor que la mayoría de los jubilados; en España Podemos pretende otorgarles un sueldo de 650 euros. Así que el buenismo es el convertir en los “nuestros” a todo inadaptado al sistema liberal democrático. Como este sistema es su demonio, toda responsabilidad y toda culpa se carga a sus espaldas. Lo curioso del caso es que la razón vital del buenismo es su odio. Odio hacia la excelencia.
  7. Todos aquellos que no aceptan la responsabilidad de sus propios fracasos y que se muestran incapaces para construir un futuro mediante sus propios esfuerzos, son amparados por el buenismo.
  8. Tengo la fuerte sospecha de que la homeopatía y el psicoanálisis son un interesado fraude, y que el materialismo dialéctico del marxismo no es otra cosa que un iluso apaño. Pero yo soy un tipo sospechoso, así que no me hagan mucho caso. Soy sospechoso de creer que la metafísica –tan manoseada por los filósofos—no suele revelar más que un oscuro amaño de impresiones y metáforas, y por ello muchos me toman por un tipo descreído e irritado. Pero el que a Obama le concediesen el premio Nobel de la Paz, a Bob Dylan el de Literatura, o que a Cristiano Ronaldo le nombren mejor jugador del mundo, aclara un poco las cosas, ¿no les abren los ojos tales hechos?, ¿no perciben que el mundo está construido sobre mentiras interesadas y fraudes indecorosos?
  9. Los metafísicos se pierden en el bosque espeso y oscuro de su lenguaje. Sin mojón o hito orientativo alguno, ilusamente se guían por el hilo de sus ocurrencias y dan por acreditado lo que solo su placer estético les dicta, como si el placer estético fuese el criterio de verdad más relevante.
  10. La fuerza, la responsabilidad, el sacrificio, el camino edificante, se están convirtiendo en Occidente en pecados; se sienten como valores caducos que hay que derrumbar. Por esa razón el derrumbe de Europa está a dos pasos.
  11. Sospecho que el Brexit británico y el triunfo de Trump en EEUU obedecen al hartazgo del buenismo europeo y americano que se produce en dichos países.

Derechos, Igualitarismo, Feminismo, Animalismo

Desde el siglo XVI todo tipo de humanistas han considerado que los derechos de igualdad ante la justicia, de libertad de acción y conciencia, y el derecho del individuo a tener amparo social ante los infortunios, son los derechos sociales básicos a los que cada miembro de la comunidad –por  su mera pertenencia a ésta—es acreedor; junto con el derecho a la vida, son derechos derivados de su dignidad como miembro de la sociedad.

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En la exigencia de tales derechos  se produjo la Revolución Inglesa, la lucha de los calvinistas de los Países Bajos contra la monarquía española, la Revolución francesa y la Guerra de Independencia de los Estados Unidos. Frutos de esa exigencia fueron la Carta de los Derechos de los ingleses, la preponderancia del Parlamento inglés sobre el rey, la Declaración de Independencia de los EEUU, y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, proclamada por la Asamblea Nacional Constituyente de la Revolución francesa.

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En los derechos básicos señalados  y en las cartas y declaraciones mencionadas se establece un equilibrio entre el principio de igualdad de todos los hombres y sus libertades. Sin embargo, el fulcro en donde se asienta tal equilibrio se ha corrido en numerosas ocasiones hacia un lado o hacia el otro, hacia la Igualdad –a costa de la libertad—o  hacia las Libertades –a costa de la igualdad. En los regímenes comunistas tenemos un ejemplo claro del primer tipo de corrimiento;  el capitalismo inglés o norteamericano del siglo XIX son buenos ejemplos del segundo tipo de corrimiento. Una cosa resulta clara (aunque una gran parte de los intelectuales no parecen haberse enterado): todo aumento de la igualdad –económica o de rango—entre  los miembros de una comunidad es a costa de libertades.

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Generalmente, los más capaces, los más emprendedores, los mejor posicionados socialmente, se inclinan hacia las libertades, mientras que quienes carecen de tales dones, espoleados por el resentimiento que tales carencias producen, se manifiestan a favor de la igualdad en detrimento de la libertad. La liberal democracia y la socialdemocracia europeas constituyen un buen ejemplo de sistemas que se equilibran, que mueven escasamente el fulcro hacia un lado o hacia el otro, aumentando el amparo social o las libertades en los periodos de alternancia en los que gobiernan. Pero esta homeostasis que imperaba en Europa se está resquebrajando. Por un lado, la Globalización, los traslados de capitales y empresas y la destrucción de empleo; por el otro, el avance del viejo Igualitarismo constreñidor de libertades, ahora con nuevos rostros producto de diversas y novedosas mutaciones adaptadas a los tiempos modernos: Populismo, Buenismo, Ecologismo extremo, Feminismo radical, Animalismo. Hoy voy a hablar un poco de estas dos últimas, añadiendo previamente lo muy loable que resulta la defensa feminista de la igualdad de derechos de hombres y mujeres, así como el respeto que cada individuo merece de mantener el trato afectivo que mejor que parezca con los animales.

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El Feminismo radical pretende imponer la igualdad entre hombres y mujeres más allá de los patrones establecidos por la naturaleza de unos y otros: más allá de la igualdad de derechos, tal tipo de feminismo pretende igualar las naturalezas, amoldando la masculina a la femenina, “capando” al “macho”. Tal tipo de feminismo es el que ha introducido el llamado “concepto de género”.

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En contra de las incontables evidencias que la Biología, la Evolución, la Antropología y la Sociología aportan acerca de las diferencias sexuales y de los caracteres del hombre y de la mujer, el feminismo radical proclama que tales diferencias se deben a la educación, y afirman que el ‘género’ es una construcción sociocultural. Esto es, descreen  que la biología sea quien determine la condición masculina o femenina, así que, con la pertinente educación se formarían seres asexuados, al menos en el comportamiento y en la manera de pensar. De ahí que tal grupo propugne que ya en el ámbito familiar como en el escolar, se forme a niños y niñas con los mismos principios, valores, costumbres y modos de actuar, y que en los juegos se integren unos y otros[1].

En realidad, pretenden que el hombre y la mujer, en su naturaleza y en toda la geografía de su personalidad, sean ‘iguales’ por imperativo legal. Pretende también imponer esa igualdad en todas las esferas económicas y organizativas de la sociedad. Por decreto y mediante la coacción ejercida por la tiranía moral establecida por los medios de comunicación.

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La igualdad salarial entre hombres y mujeres, la paridad de unos y otros en los Consejos de Administración de las empresas y en los equipos directivos, etc., son un ataque en toda regla contra el valor del mérito, el carácter emprendedor y la productividad como elementos vertebradores de las diferencias salariales; es decir, son un ataque contra la libre empresa y las reglas de la concurrencia competitiva y contra la ley de la oferta y la demanda. Para conseguirlo se valen, también, de los reclamos propagandísticos, falseados, en los que se alegan diferencias salariales entre hombres y mujeres para un mismo trabajo, sin especificar qué trabajos son esos ni si unos y otros producen y rinden lo mismo.

Pero con la aparente pretensión de esa igualdad,  el feminismo radical ha conseguido que se impongan ventajas sociales y ventajas legales a favor de la mujer y en perjuicio o en detrimento del hombre: los permisos de maternidad o lactancia, la posibilidad de adoptar niños, la protección preferente de la mujer en casos de divorcio, la tutela de los hijos en tales casos, y, sobre todo, la ley de discriminación positiva a favor de la mujer, conocida como Ley integral contra la violencia de género; una ley que señala a los hombres como foco de violencia y que facilita que la mujer rencorosa saque clara ventaja en los casos de separación o divorcio. Otras acciones del feminismo radical, como la imposición del denominado “lenguaje no sexista”, no son sino sinsentidos producto de un ansia de revancha.

En cualquier caso, este tipo de feminismo va mucho más allá de otorgar los mismos derechos básicos a hombres y mujeres, y busca la igualdad forzada[2], una igualdad que basa en el absurdo principio de que lo femenino y lo masculino son construcciones culturales, o bien camufla como igualdad lo que es revancha. Como todo Igualitarismo, pretendiendo imponer sus postulados, se muestra con tintes totalitarios, enemigo de las ciertas libertades. De haber seguido la camarilla del ínclito Rodríguez Zapatero en el gobierno, ahora no resultaría extraño que los equipos de fútbol contaran con la mitad de hombres y la mitad de mujeres, y con un transexual de portero.

Pero quien propugna el mayor disparate en cuestiones igualitarias es el Animalismo. Proclaman sus huestes que todos los animales han de poder disfrutar de los derechos básicos mentados[3]. Esto no es ni más ni menos que una hiperextensión aberrante de los derechos que nuestra especie se otorga; no es ni más ni menos que un disparate evolutivo; no es ni más ni menos que un ultraje al egoísmo propio de nuestra especie[4]; no es ni más ni menos que abdicar  de la naturaleza humana instintiva y de sus satisfactorios frutos.

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No alegan para ello otra razón de peso que el supuesto sufrimiento de los animales[5], que su reblandecida sensibilidad pone en alto valor, sin atender para nada a la inteligencia de que estamos dotados, a la conveniencia de la especie, al interés, al egoísmo humano. Utilizan el sentimiento para obnubilar el pensamiento y maniatar la inteligencia.

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Postulo que en el animalista influyen de forma determinante tres factores que generalmente confluyen: la experiencia en cada uno de ellos de un largo camino de temor y huída del ‘otro’, lo que les provoca un repudio hacia su propia especie; el de un reblandecimiento instintivo –repudian las satisfacciones instintivas de fuerza—y un entregarse a lo afectivo como único modelo de satisfacción[6]; y el factor de la moda, el de alinearse acríticamente con las creencias y las sensibilidades que imperan en el rebaño.

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El animalista al que me refiero es cruzado de su fe y trata de imponer al resto de la sociedad su reblandecida sensibilidad con todos los medios a su alcance. Es un religioso que pretende imponer un absurdo y aberrante igualitarismo entre los humanos y los animales, y, consecuentemente, es un enemigo de la libertad humana. Sus constantes manifestaciones contra las libertades de otros grupos y de otros individuos dan certificado de su carácter totalitario.

 

 

 

 

[1] En la segunda legislatura de Rodríguez Zapatero se lanzó con cierta tibieza la posible obligatoriedad de esa integración a todos los niveles.

[2] Ortega y Gasset expresa muy bien el ansia de algunos que pretenden ser iguales en todo porque la excelencia en los demás les duele: «Vivimos rodeados de gentes que no se estiman a sí mismas y casi siempre con razón. Quisieran los tales que a toda prisa fuese decretada la igualdad entre los hombres; la igualdad ante la ley no les basta: ambicionan la declaración de que todos los hombres somos iguales en talento, sensibilidad, delicadeza y altura cordial. Se sienten condenadas a formar parte de la plebe moral e intelectual de nuestra especie. Cuando se quedan solas les llega de su propio corazón bocanadas de desdén para sí mismas. Lo que hoy llamamos opinión pública y democracia no es en gran parte sino la purulenta secreción de esas almas rencorosas.»

 

[3] La proclama “Respeto a la vida de los animales” que contiene en su esencia el veganismo, o bien, “Respeto a todas las formas de vida”, tiene únicamente sentido con las connotaciones religiosas que conlleva. Lo sienten como un mandato divino y construyen un santuario a cualquier ser vivo. Cuanto más desaparece hoy en día la fe de las gentes en dioses y cielos, más crece el sentimiento religioso de comunión con la Tierra, los animales… Tal como ocurría en las religiones animistas, muchos necesitan sentirse conectados al cosmos de alguna manera. Bien es cierto que no saben en qué animales poner el límite en cuanto a otorgar esos derechos básicos mentados, aunque la mayoría lo ponen en los animales que poseen un sistema nervioso central, lo cual no aporta más razones que el dar derechos a todo ser vivo o a ninguno.

[4] Porque la razón profunda y el fundamento de las razones éticas se encuentra en el egoísmo humano: nos otorgamos razones y normas para obtener una convivencia que nos sea beneficiosa.

[5] Cosa más que dudosa, pues el sufrimiento es una propiedad de la conciencia, de la que carecen los animales.

[6] Gozando de la compañía de los animales de compañía –un sucedáneo afectivo exento de peligros—hacen de estos animales su refugio y el motivo de sus satisfacciones.

Libertades, religión y Podemos

Resulta indudable que poseemos una predisposición a la religiosidad. Viene avalada por numerosos estudios científicos.  Lo cual no resulta extraño, ya que somos crédulos por naturaleza. Tendemos a creer todo aquello que nos concita esperanza o satisface nuestro deseo, y también creemos en aquello que alivia nuestros temores y nos genera ilusiones de justicia. Las grandes religiones del mundo cumplen con tales requisitos[1]

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Cuando hace seis o siete mil años se crearon las primeras ciudades y las sociedades se jerarquizaron, los dioses, que en los inicios del Neolítico habían sido afectuosos, cambiaron, fueron sustituidos por otros o se les atribuyó otra naturaleza. Los nuevos dioses pasaron a comunicarse con los humanos a través de esos mediadores que conocemos como sacerdotes; y mediante esa comunicación dictaban el modelo de organización social y el comportamiento humano que debía seguirse, que tenía que ser un reflejo del modelo existente en las esferas celestes.

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Así que las nuevas religiones vinieron a refrendar y sostener el modelo jerárquico basado en diferencias de posición social y de riqueza. Sus mejores útiles para ello fueron la zanahoria y el palo, es decir, el ofrecer un gozo eterno si la población se conducía según sus dictados, y la amenaza de una eternidad dolorosa en caso de no cumplir con ellos. Deseo y temor a la eternidad después de la muerte. Tal es el modelo general de los nuevos dioses que se crearon.

La religión más primitiva, también la más apegada al carácter de las gentes, era una religión donde gobernaban los dioses de la fertilidad que atendían al ciclo agrícola y al ciclo de la vida y de la muerte. Era ésta una religión de dolor y de gozo, de orgía y de duelo, de ritos y sacrificios a los dioses, pero una religión que impulsaba la creencia cósmica de que todo lo real estaba interconectado de manera anímica, prelógica, en donde existía una conexión fundamental entre todo lo viviente e incluso entre todo el universo.

Sorprendentemente, esta arcaica religión, preurbana, de comienzos del Neolítico –cuando todavía no se había producido la diversificación de los oficios ni la acumulación de bienes—está volviendo. Trata de asentar sus reales en nuestra sociedad globalizada del siglo XXI, tal como si sus adeptos hubieran encontrado en ella un refugio en donde lamerse las heridas que nuestro tecnológico siglo les produce. Y tales adeptos no se detienen en rememorar esa primitiva religiosidad, sino que también tratan de imponer las condiciones de igualdad social que existían en el Neolítico.

Alabamos la libertad individual y la democracia en la política, pero nuestro carácter es más de rebaño que democrático, y busca más la seguridad que la libertad; de ahí que proliferen las religiones. Si el amor a la democracia –que esencialmente es un respeto a la libertad de los demás siempre que no se ponga cadenas a la nuestra—estuviera escrito en nuestro ADN, los diferentes grupos religiosos hubieran convivido armoniosamente en cualquier lugar del orbe y ni el proselitismo violento ni las sociedades teocráticas ni las guerras religiosas hubieran existido. Pero en nuestra naturaleza no está suficientemente subrayada la palabra ‘Democracia’. El aceptar que la opinión, la libertad y la actuación de nuestro vecino son tan válidas como las nuestras y que deben ser objeto del mismo respeto no forma parte de nuestra naturaleza egoísta.

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La consideración de ser demócrata es un mero recurso estratégico[2] que trazamos en busca de una conveniencia que nos beneficie con el respeto de los demás hacia nuestra libertad y derechos. Ser demócrata es una cuestión de conveniencia que viene dictada por el rechazo a los resultados nefastos que produjeron las sociedades que optaron por cualquiera de los totalitarismos que han jalonado la historia. Pero no hay que olvidar que el totalitarismo y la aversión a la democracia propios de nuestra naturaleza enseñan la patita de vez en cuando por debajo de la puerta del nacionalismo o del populismo.

Los grupos religiosos nunca han respetado la libertad  de sus adeptos y nunca ha reinado la democracia en su organización, pero lo más perverso de ellos ha sido su ansia de proselitismo[3] e imposición doctrinal y de dominio. El carácter prosélito y totalitario del cristianismo fue muy fuerte en el pasado. El del Islam lo sigue siendo ahora – lo dictamina  su libro sagrado, el Corán, en forma de Yihad.  Pero en esas ansias de imposición y dominio las religiones clásicas no están solas. Han nacido recientemente grupos con tintes religiosos que muestran una gran agresividad y que están dispuestas a imponer sus criterios y creencias a la ciudadanía con todos los medios a su alcance. El Animalismo, el Ecologismo extremo y el Populismo, son algunos de esos grupos. Los dos primeros tienen mucho en común en su basamento, y ya hablé de ellos en mi Entrada Animalismo religioso. Allí recalqué que se trata  de un grupo religioso totalitario y enemigo de la libertad y la democracia, un grupo que intenta imponer sus dictados y creencias al resto de la población, y que no respeta la libertad ni los derechos de otros grupos. Sus adeptos se convierten en guerreros de su nueva fe, y el sentimiento que les mueve es el odio a todo festín de los instintos, el odio a lo fuerte.

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Hoy quiero hablar de otro grupo que muestra tintes religiosos,  el Populismo, que aquí en España lleva la marca Podemos. El Populismo tiene un carácter redentor. Acoge en su seno y eleva a sus altares a todos aquellos grupos que presentan un memorial de agravios contra el Capitalismo, la Cristiandad y la Civilización Occidental por hechos que tuvieron lugar en un pasado que alargan a unos cuantos siglos. En sus altares está el Indigenismo[4], los musulmanes, el feminismo, el Animalismo, los niños, los débiles, los homosexuales, los nacionalistas catalanes o vascos, los necesitados, los delincuentes…Todos esos grupos de “oprimidos” constituyen su “nosotros”,  que denominan Pueblo. Arremeten contra la Iglesia Católica y contra Occidente por haber lanzado contra el mundo musulmán las Cruzadas. No menor acto terrorista es considerado la conquista de América, señalando a Cristóbal Colón como uno de los grandes malvados de la historia.

Su dios es el Pueblo, en el que solo están incluidos los “nuestros”, el pueblo elegido que está en posesión de la verdad absoluta y que, con una cosmovisión mística de justicia universal, ahora pretenden vengarse de todos los agravios sufridos en el pasado, y traer al presente aquella sociedad igualitaria preurbana –que es el Paraíso prometido—junto con sus amables dioses agrícolas. La búsqueda de venganza es la esencia del dios Pueblo.

El Populismo es heredero de toda la historia del Socialismo utópico. Es heredero de Rousseau, Schiller, de Robert Owen, Marcuse y otros soñadores. Pero si miramos con atención a esos ‘padres, veremos que con la excepción de Owen, en los demás no hay ideas prácticas, sino ensoñaciones y buenos deseos, así que, ante la falta de propuestas realistas que ofrecer a la población, ante la falta de ideas genuinas, elevan a los altares de su religión todo aquello que consideran que ha sufrido y que ha sido perseguido en el pasado.

Sus  grandes motores son el resentimiento y el odio. Odio contra todo lo establecido: la patria, sus símbolos, la liberal democracia, contra la Iglesia (no contra el Islam), contra España, contra la desigualdad social, contra la Constitución y sus leyes, contra la libertad de prensa, contra el ejército, contra los valores patriarcales…Destruir todo lo establecido sin saber qué construir después, como dice Bertrand Russell de los revolucionarios. Un “Dios proveerá”. A semejanza de Marx, podrían entonar también el “Resentidos del mundo, uníos”.

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Buscan con afán un modelo social histórico al que imitar y defender. El modelo que ellos han ayudado a imponer en Venezuela les avergüenza, así como el de cualquier país socialista, de manera que no tienen modelo. Eso sí, como aseguraba Marcuse, ellos suponen que una vez destruido todo y hecha la imprescindible limpieza de elementos indeseables, todo lo que desean se construirá automáticamente porque renacerá el ‘buen salvaje’ en el ciudadano y todo será armonía y felicidad. Y ponen algún ejemplo histórico como modelo: la falaz concordia de las tres religiones en al-Ándalus, y la vuelta a la sencillez del indígena.

El resentimiento y el odio son sus motivos verdaderos. Como todas las religiones y seudoreligiones que han existido, para el Populismo la democracia es un medio para lograr el fin de su paraíso igualitario, un medio prescindible; y la libertad no es para ellos más que una ilusión burguesa: la sociedad igualitaria está por encima de todo[5].

 

 

[1] Véase mi Entrada  El deseo, el temor y la religión, y la Entrada Conducta social y naturaleza humana III

[2] Véase mi Entrada Sacralización de la democracia

[3] Sin embargo, una religión como la hindú, que admite a millones de dioses, ha convivido siempre de forma pacífica con cualquier otra que mostrase respeto hacia ella.

[4] Siguiendo la ilusión del “buen salvaje” rousseauniano e inventándose genocidios de los conquistadores españoles, a quienes consideran los enemigos más execrables.

[5] Desde Podemos se ha defendido incluso la prohibición de las procesiones de Sevilla. Begoña Gutiérrez, la líder del partido en Sevilla, añadió, queriendo dar a la prohibición un carácter democrático, que ello sería tras someterlo a la votación de los ciudadanos, como si prohibir una manifestación religiosa pudiera ser democrático de algún modo.

Saludo al otoño

En esta Entrada figuran dos propósitos; uno es el de saludar al otoño, con una suerte de oda barata que pone de manifiesto que esto no es lo mío; el otro propósito es el de cumplir con varios conocidos que me pidieron poner en este Blog el escrito que leí el viernes pasado en recuerdo de Manuel Benito Moliner  con el motivo de poner su nombre al Centro Cultural de Huesca.

Se trata, por lo tanto, de una Entrada atípica con la que espero no defraudar del todo.

 

Hacia su efímero ocaso,

Cual ave de plumaje cárdeno

En vuelo titubeante,

Aletea la tarde

 

Acuna hojas el viento

Que derrama la enramada

Como lágrimas tristes de amante

En el adiós a su amada

 

En la alberca cercana,

Entre juncos y hojarasca,

El aire suspira al agua

Y extiende  ondas irisadas

 

Tras  una ventana,

La joven sueña con amores

Mientras la arboleda brama

Y alfombra el suelo escarlata

 

 

Se enseñorea el otoño de la floresta

Y un hilo de luz dorada

Deposita su melancolía

en el corazón de la muchacha

 

Una brisa acariciante

Asciende por sus carnes

Fraguando deseos

Y ajetreos de cama

 

A mis cansados huesos acuden,

A raudales,

Enjambres de recuerdos

Y de angustiosos pesares

 

Cierra la joven los ojos y

De la puerta de su corazón

A las ventanas de su entendimiento

Un murmullo de mariposas viaja

 

Sueña ella una serenata

De entrelazados cuerpos desnudos

Y una roja y violenta luna

Esparciéndose en la almohada

 

También yo espero

Desde mi retiro sombrío

Un murmullo similar

De lunas rojas y anhelos

 

A MANOLO BENITO

 

Eugenio me ha pedido que hable de la relación de Manolo con la literatura. Y el empeño no me resulta fácil. No porque yo no estuviese al tanto de esa relación  o porque ésta no existiese, sino porque cuando tocábamos el tema literario lo hacíamos de manera festiva, siempre lo acompañábamos con unos tragos, así que, a decir verdad, los recuerdos aquellos los tengo un poco borrosos.

Lo festivo nos ocupó un buen número de años, durante los cuales  unos cuantos amigos nos  reuníamos, viernes o sábado noche,  para hablar de lo humano y lo divino, y, claro, de  libros.

Recuerdo que en esas reuniones los escritores hispanoamericanos estaban muy presentes. García Márquez y Borges, eran siempre temas de discusión y alabanza, pero sobre todo nos encandilaba el Pedro Páramo de Juan Rulfo.

Recuerdo un hecho que muestra el carácter de Manolo. Un día, al poco de conocernos y tras  hablar  de Cien Años de Soledad, se acercó a su casa y me trajo el libro Las lanzas coloradas, de Arturo Uslar Pietri, que trata de la descarnada contienda de realistas y patriotas por la independencia de Venezuela. Toma, me dijo, en este libro se prefigura el realismo mágico de la novela sudamericana.

Y me lo regaló tal como me regalaría más adelante otros varios, libros raros, como el Diario de Mircea Eliade, Historia de Mahoma, o la Moral a Nicómano, de Aristóteles, añadiendo: “Ya he encontrado otro bicho raro a quien interesan estos libros”.

Quiero  hablar un poco de la tertulia que manteníamos. Manolo, Eugenio, Víctor Pardo, Ramón Guirao, y yo como fijos, aunque varios ambulantes nos visitaban de vez en cuando. El Apolo,  el Ricocú  el Rugaca eran nuestras bases de operaciones. Comíamos, bebíamos, hablábamos de libros, pero, sobre todo, festejábamos lo literario.

Me explico con ejemplos. El libro La fuente de la edad, de Luis Mateo Díez, fue durante una  temporada  nuestro modelo festivo. En esa novela, una cofradía de personajes esotéricos aficionados al alcohol, que andan en procesión de taberna en taberna y que intentan encontrar la fuente que les devuelva la juventud, eran los personajes que  imitábamos. Cada semana traíamos leído un nuevo capítulo y nos regocijábamos comentando e incluso repitiendo algunos hechos entresacados de la lectura.

Y también festejábamos ocurrencias, como la de Mario Benedetti en un lupanar, desnudo ante varias meretrices,  en la celebración, creo recordar, de su 60 cumpleaños.

Teníamos, incluso, nuestra musa particular, una musa que en ocasiones nos acompañaba y que alguna vez nos deleitó la madrugada con extrañas y sugerentes danzas.

Pero había otro Manolo mucho más profundo. Un Manolo que no creía mucho en la ilusión de la felicidad y que ponía todo su rigor y vitalidad en ser auténtico. Creía él que la autenticidad es la virtud primera. Y creía –también—que  el hombre es educable, no tanto al modo rousseauniano, no tanto socialmente, sino más como individuo.

Para ello, jaleaba Manolo el desprendimiento de las máscaras sociales, el descreimiento de las grandes narraciones ideológicas, le gustaba caminar desnudo frente al mundo; y,  el ir siempre de la mano de la bondad y la fraternidad.

 

En coherencia con ese credo,  sus poetas preferidos eran los que dibujaban con mayor verdad esa forma de autenticidad suya: Luis Agustín Goytisolo era uno de los primeros, pero, sobre todo, a Manolo le encantaba José María Fonollosa, el poeta de vida solitaria que se negó a leer a sus contemporáneos para no dejarse influenciar por ellos y que publica en 1990, un año antes de su muerte, tras de 29 años de silencio. El poeta de Ciudad del hombre: Nueva York, y de Ciudad del hombre: Barcelona. El poeta al que encontraron muerto junto al poema que comienza:

 

No a la transmigración en otra especie.
No a la post vida, ni en cielo ni en infierno.
No a que me absorba cualquier divinidad.

 

Manolo escribió poesía y relato corto. Un buen día   me envió el cuento, Una Navidad de locos, del 2007. En el cuento hace ingresar al protagonista en un hospital psiquiátrico, en donde la locura y la cordura son indistinguibles, van  de la mano en todo momento.

En el cuento desmenuza el fariseísmo de la sociedad, pone lo humano en carne viva,  y poco a poco va destruyendo los cachivaches morales que envuelven a pacientes y a enfermeros. Un poema ocupa la parte final del relato. Concluyo, leyéndolo.

 

Envidio a los demás esa rara habilidad

que tienen para posponerlo todo.

Congelan un amor apasionado

(¡congelan el fuego!),

retrasan la lectura de un libro,

aplazan sine die declarar

que están hartos del mundo.

 

Y llegan a viejos hablando del tiempo,

como si quisieran disimular

todos los deseos incumplidos.

 

Yo, por contra, vivo entregado al amor,

casi siempre en solitario,

leo libros viscerales en cuanto

caen en mis manos.

No me canso de denunciar

la apatía, la modorra

de mi especie que ha convertido

este hábitat en la sala de espera

de un tanatorio.

 

Pero no llegare a viejo, para qué,

qué me importan las inclemencias climáticas

si tengo que vivir día a día,

minuto a minuto, soportando

la adversidad colectiva:

sus reglas estúpidas,

sus leyes tiránicas, su vacío vital.

 

Y, aunque estoy solo en esta reflexión,

mantengo que la vida es corta e intensa

y la muerte larga y fría.

No, afortunadamente, no llegaré a viejo.

La Escritura y la historia

La escritura nació para permitir que la palabra se enhebrara en el cálamo y tejiera ropajes de pensamiento perdurables. La escritura fija los hechos y las ideas, y, a fuerza de volver a ellos, favorece que surja el bello argumento, la invención o el proyecto. Mediante la escritura fijamos la información, oteamos en el horizonte de las ideas y avanzamos por la senda del conocimiento.

Fijar la información tuvo que ser una necesidad cuasi vital desde muy pronto, desde que nuestros ancestros se pelearon con las primeras palabras. Unos huesos de 30.000 años de antigüedad encontrados en Francia así lo atestiguan. Llevan grabados líneas y puntos (¿meses y días?), y la autoría de estos se atribuye a los primeros homo sapiens sapiens en Europa.

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Pero la escritura como tal nació en Mesopotamia, la actual Iraq, sobre el 3.100a.C. Un pueblo de oscuros orígenes, el pueblo sumerio, la inventó o la trajo consigo hasta ese lugar. Y poco después, sobre el 3.000 a.C. ya se representaban en Egipto las ideas por medio de jeroglíficos.

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Significó una revolución como no habían conocido anteriormente los hombres. Permitió que nacieran los Estados; que se llevaran a cabo  grandes obras de regadío y edificaciones monumentales; permitió el nacimiento de la moneda; saber los días en los que sembrar o recoger; hacer más grandes a los dioses; estipular el tributo que pagar a sacerdotes y reyes; aumentar los intercambios económicos; dar fe perenne de una cuestión; permitió construir ciudades, fijar las leyes…

A la escritura, desde su nacimiento, se le atribuyeron poderes sobrenaturales y creadores divinos. Thot, el dios de las Ciencias para los egipcios, fue también el dios creador de los signos, mientras que para los sumerios lo fue la diosa Era, con las mismas funciones que aquél; y todavía dos escrituras llevan fama de haber sido dictadas por dioses, me refiero a la Biblia y al Corán.

Volvamos a Mesopotamia. Allí, el primer tipo de escritura fue ideográfico, cada imagen escrita representaba una idea, mientras que en Egipto constaba de una combinación de signos figurativos y de signos abstractos. De cualquier manera, eran necesarios casi tantos signos distintos como ideas, así que la tarea de escribir era tan ardua que necesitaba de toda una vida de aprendizaje, por lo que la escritura quedó reservada a la casta sacerdotal.

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Tuvo que cambiar el tipo de escritura, que se hizo cuneiforme en Mesopotamia (signos rectos grabados con una caña afilada) y en Egipto el jeroglífico dio paso a la escritura hierática y luego demótica (con signos simplificados de la anterior realizados con  pincel); y cambió el soporte material, que pasó de la piedra a la tablilla de barro en Mesopotamia y en Egipto al papiro (de la misma forma, los hititas, un pueblo situado al norte de Summer, usaban signos jeroglíficos en las inscripciones en monumentos de piedra, pero para los asuntos vulgares empleaban el sistema cuneiforme).

Esta vulgarización de la escritura hizo que surgieran escuelas y escribas laicos, lo que originó una mayor propagación y, de resultas, una mayor y mejor comunicación. En 1.500 años la escritura se divulgó por todo Oriente. En el año 2.500 a.C. la poseían los elamitas (un pueblo cercano a Mesopotamia) y en el valle del Indo; en el año 2.000 los cretenses, y en el año 1.500 los chinos, hititas y hurritas. Se utilizó la piedra, la tablilla de barro, el papiro, la chapa de cobre (como la encontrada en Zaragoza, escrita en lengua celta con caracteres iberos), la chapa de  oro, y el bambú y la seda entre los chinos.

Pero, aun con todo, lo arduo del aprendizaje restringía su uso a las clases dirigentes (con sus escribas) y a la casta sacerdotal. La dificultad para su popularización estribaba en que los signos podían tener un valor fonético e ideográfico a la vez; en que cada signo podía representar varios valores silábicos; y en que cada sílaba podía ser escrita con varios signos distintos ¡un verdadero galimatías!

Fue necesaria otra revolución dentro de la misma revolución que se había iniciado con la escritura, me refiero a la invención del alfabeto. Cuando esta revolución se llevó a cabo, fue tal su impacto que sólo 500 años después su uso estaba difundido a todo el Mediterráneo, Asia Menor, Grecia, Arabia y Persia; y con su uso, el desarrollo urbano y social, la obra literaria, las leyes, el comercio, las grandes obras…

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Se coció esa invención en esa estrecha franja formada por Israel, Líbano, Siria, y sobre todo, en la ciudad de Ugarit y en las grandes ciudades fenicias: Biblos,  Tiro y Sidón. En el año 1.300 a.C. ya existía un alfabeto en Ugarit, pero fue el de Biblos (distinto a aquel), en el año 1.000, el que se expandió por el mundo conocido. El pueblo fenicio era marinero, y allí donde recalaban sus barcos con mercancías nacían escribas que adaptaban el alfabeto a su propia lengua.

Es de resaltar que, como la escritura árabe y hebrea, el alfabeto fenicio no tenía vocales sino veintidós caracteres consonánticos, hasta que en el siglo IX a.C. los griegos se las añadieron, y al igual que en el árabe, en el hebreo y en el griego, esos caracteres, además de un valor fonético, poseen un valor numérico.

En fin, esa es, a grandes rasgos, la historia de la invención de la escritura y la repercusión social a que dio lugar, pero no me puedo olvidar de su temprana utilización en el terreno literario.  Ya en las primeras muestras de escritura cuneiforme aparecen plegarias, encantamientos rituales, supersticiones, crónicas, proverbios, poemas amorosos, épicos, leyendas heroicas…, es decir, las esencias que el ser humano necesita expresar.

Ya desde los comienzos nació la gran literatura, El Poema de Gilgamesh, la leyenda de un héroe, rey de la ciudad de Uruk, que parte en busca de la inmortalidad guardada en forma de brebaje por Noé (rescatado por los dioses de la muerte tras el diluvio). Un maravilloso poema escrito y rescrito en numerosas lenguas desde el 2.700 a.C. hasta poco antes de nuestra era. O esa otra hermosura: El descenso de Innana a los infiernos, donde se describe a esa diosa atravesando las siete puertas del Averno (el mágico número siete) y despojándose en cada una de ellas de una túnica y una joya (los míticos siete velos tras de los que se oculta el verdadero conocimiento), hasta quedar desnuda delante de los severos jueces que «fijan sus ojos en ella, los ojos de la muerte».  Y ya la música en una tablilla escrita en sistema cuneiforme hurrita encontrada en Ugarit, donde se nos da una frase musical  y la forma de interpretarla.

Siente uno ante el carácter esencial de estos relatos, que las duras condiciones de vida, el enfrentamiento crudo con la realidad, sin máscaras, hacían aflorar del alma las esencias más profundas, los símbolos universales, lo primordial del ser humano. De ahí la necesidad, siempre, de tener que volver a los mitos clásicos para percibir las pasiones, los anhelos, las conductas en su estado más puro, tal como muestra un sello de piedra del 2.300 a.C. en el que se representa al hombre-pájaro Zu intentando robar la tablilla del destino donde se halla escrito el porvenir de los hombres y los dioses.

EL TIEMPO PASA

 

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El tiempo es algo inherente al cambio. De no ser éste, no existiría aquél. Imaginemos un mundo estático, paralizado, congelado, en el que no ocurriera cambio alguno: el tiempo no tendría lugar. El tiempo nace pues con la formación del universo; antes no existía porque nada cambiaba, porque nada ocurría. Éste tiempo es el tiempo físico, y el tiempo que percibimos está imbuido de él: cuando esperamos a alguien que no llega, cuando no sentimos alteración a nuestro alrededor, decimos que el tiempo transcurre muy lentamente; sin embargo, cuando estamos animados, cuando pasan muchas cosas que retienen nuestro interés, decimos que el tiempo pasa muy rápidamente.

Como asociamos la rapidez con que pasa el tiempo a la rapidez con que se producen los cambios, la humanidad ha clasificado su historia en periodos cada vez más cortos, porque cada vez los cambios ocurren más rápidamente. Así, desde los primeros primates hasta la aparición del homo sapiens transcurrieron millones de años, pero lo vemos como una misma época porque hubo pocos cambios; desde esa aparición hasta la invención de la escritura pasaron unos cien mil años, y para los historiadores es una época más rica que la anterior porque ocurrieron más cambios y se produjeron con mayor rapidez; y no hablemos ya de la época actual, en donde las tecnologías de la comunicación nos lanzan las novedades a un ritmo vertiginoso: lo novedoso cabalga hoy tan aprisa que el entendimiento es incapaz de atraparlo.

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Pero para los primeros hombres sedentarios sus mayores preocupaciones respecto al tiempo no pasaban de querer conocer cuándo era la época de siembra o recolección, de lluvias o de sequía. Se dieron cuenta de que esas épocas seguían un ciclo, que se repetían.  Miraron a los astros del cielo y se dieron cuenta de que la posición relativa de algunos de ellos se repetía a la par que los fenómenos atmosféricos, que la sequía, que el calor, que el frío, que las lluvias. Pronto se dieron cuenta que las distintas posiciones del Sol y la Tierra eran cíclicas.  Resultó tan importante determinar con exactitud estos ciclos que se encargaron los sacerdotes de su estudio.  En lo alto de sus templos de Mesopotamia (actual Iraq) seguían el discurrir de las estrellas y de los planetas; y llegaron a tal grado de precisión que establecieron un calendario; un doble calendario solar y lunar con los nombres de planetas y estrellas, que para ellos eran dioses. Para tal menester inventaron los números y las operaciones matemáticas. Inventaron los números en base hexagesimal y los de base decimal. Con ellos calculaban el deambular de las estrellas por los cielos. Y si las estrellas eran dioses y regulaban los fenómenos atmosféricos, qué más sencillo que admitir que también regulaban nuestras vidas desde el mismo instante de nuestro nacimiento; así que al lado de la astronomía, surgió inmediatamente la astrología.

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El tiempo lo dividieron en años, meses, semanas, días, horas, minutos y segundos. Emplearon para ello los más diversos artilugios: desde relojes de arena a relojes de agua o clepsidras mecánicas movidas por correas y engranajes. Los árabes se destacaron por la belleza de algunos de estos inventos. Más adelante, hacia 1840, un inglés ideó el primer reloj eléctrico; y luego se descubrió una propiedad del cuarzo que consiste en que cuando vibra genera una corriente eléctrica cuya frecuencia podemos medir y que coincide con la frecuencia con que vibra el cristal. Ello permitió una exactitud increíble en la medida del tiempo. Pero actualmente se utiliza otro reloj mucho más exacto: el reloj atómico. Se basa en la regularidad con que ocurren las transiciones electrónicas en un átomo de Cesio y su error es de menos de un segundo en miles de siglos.

En la antigüedad cada emperador empezaba una era; como queriendo dar a entender que el tiempo existía desde el comienzo de su reinado; los griegos empezaron a contar el tiempo desde el siglo III a. C.,  a partir de la primera Olimpiada; en cambio los romanos establecieron su era a partir del nacimiento de la ciudad de Roma; y los musulmanes a partir de la Hégira (la fecha en que el profeta Mahoma huyó de la Meca a Medina). Los cristianos desde el nacimiento de Cristo, pero como no se sabía con certeza la fecha en que tuvo lugar, la mayoría de calendarios consideraban el comienzo  el 25 de Diciembre, fecha en que tradicionalmente nacieron los dioses de los países de oriente próximo; sin embargo, otros calendarios cristianos diferían en la fecha del comienzo algunos años, así, en la era hispana (que se mantuvo en vigor hasta el 1500) se comenzaba el 38 a.C. La reforma del calendario juliano, que dio lugar al  gregoriano, unificó en los territorios cristianos la cronología oficial.

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H.G. Wells, autor de La guerra de los mundos, y de Los primeros hombres en la Luna (aunque él nunca creyó que el hombre pudiese llegar a la Luna), escribió la fantástica novela La máquina del tiempo, en la que el protagonista viaja a diferentes épocas, del pasado y del futuro. Las modernas teorías físicas hacen todo uno de las propiedades del espacio y del tiempo. Y dicen algo insólito, que el tiempo transcurre de manera distinta para dos personas que se muevan de forma distinta. Además, se preguntan si sería posible una vuelta atrás en el tiempo; no ya sólo volverse más joven mientras los otros de nuestro alrededor envejecen, sino rejuvenecer en otros universos paralelos; algo como decir que existen otros universos en que ocurren cosas que aquí han tenido posibilidades de ocurrir pero no han ocurrido.

Todas las culturas hablan de la relatividad del tiempo. Dicen los musulmanes que Alá transportó a su profeta Mahoma hasta el cielo en el momento en que a éste se le caía una jarra de agua. En el cielo platicaron durante siglos, y al volver a dejarlo en el lugar en que lo tomó, la jarra no había chocado aún con el suelo. Los chinos tienen ciertas ideas que hablan de que a veces vivimos el futuro antes que el presente. Los alquimistas creían que la tierra es una enorme matriz telúrica en donde se gesta la formación del metal más puro, el oro, aunque ello cuesta muchos miles de años; así que pensaron que mediante la alquimia podrían acelerar ese proceso, podrían ganar tiempo al tiempo y lograr oro puro a partir de otro metal.

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El tiempo es un embrión de paradojas y misterios. Los físicos poseen un arsenal de ellos sin resolver. Pero, qué duda cabe de que el tiempo más elogiado es el tiempo de la felicidad. Hacia él debemos dirigirnos.