TIEMPOS CONVULSOS

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  • Corren tiempos en que la realidad se nos ha vuelto ininteligible y enemiga. Así que buscamos atajos que nos produzcan la sensación de que la entendemos, a la vez que buscamos refugios donde resguardarnos de su iniquidad. La astrología, las medicinas alternativas, la presciencia, los OVNIs, los fenómenos paranormales, la homeopatía, las teorías de la conspiración…, son atajos simples que nos hacen creer que conocemos aquello que está vedado a nuestra comprensión. Creemos que en lo simple que nos satisface se esconde la verdad. Otros buscan refugios donde guarnecerse del malestar que les produce la realidad. Dotados de sensibilidades reblandecidas, casi sangrantes, más que seguir atajos, se entregan a nuevas religiones y se refugian en ellas con ánimo totalitario y aniquilador. Adoran a nuevos dioses: “vida animal”, “Naturaleza”, y se hacen fanáticos de la nueva religión, lanzando rayos y truenos contra quienes no sigan sus mandamientos[1]. Pero quizás el refugio más acogedor que tenemos a nuestro alcance es el de la realidad virtual. Los jóvenes ―y no tan jóvenes― huyen de la relación social que, como al animalista, les hiere, y se refugian tras de la pantalla de la virtualidad, donde cada uno de ellos se considera rey. El caso es que hoy no tenemos ideas firmes a las que agarrarnos. Todo se nos presenta envuelto en relatividad, así que volvemos la vista a lo que sentíamos firme,  a lo primitivo y mágico, a la seguridad de lo simple y conocido; y tratamos de encontrar un albergue virtual donde curar las heridas que produce la realidad y la ignorancia. Estos tiempos se están revelando como tiempos de repulsión hacia el mundo real.

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  • Malo es que se junten en un individuo la necedad y el resentimiento porque de tal yunta puede nacer cualquier disparate, pero que el número de sujetos de tal índole sobrepase todas las previsiones sensatas, más que malo es trágico, porque denota que la necedad se ha universalizado. Tal hecho se ha puesto de manifiesto al estallar las redes sociales con el rechazo a la donación de 300  millones de euros de Amancio Ortega para curar el cáncer, y ese estallido ha sido secundado por diversas organizaciones de la izquierda española, que poco menos que han dicho que se los meta por el c…
  • Muchas gentes abogan por que se produzca una catarsis ideológica que borre la historia propia, que borre los valores, las costumbres y la cultura ancestrales. Tales gentes odian sus raíces. Pero, si tal catarsis se produjera, todos nos quedaríamos a la intemperie, desenraizados, como muñecos movidos desde una tramoya de odio, sin tener nada a qué agarrarnos. Todo parece indicar que la estupidez se ha elevado en España a diosa suprema.
  • En ocasiones una falsedad manifiesta o incluso una estupidez supina son consideradas grandes verdades o excelsos monumentos del saber.
  • Mal asunto es que la moral dicte las verdades que se encuentran fuera de su ámbito, pues la moral tiene la misión de establecer modelos de convivencia, no verdades. En lo que no concierne a las ciencias, tradicionalmente se ha encargado la filosofía de hallar la certeza de las cosas, aunque en su desmérito alego que algunos filósofos toman a lo ambiguo, a lo vaporoso, a lo oscuro, a la jerigonza, como criterios de verdad.
  • Cuando mueren los dioses no deja de actuar el mecanismo mental que nos hacía creer en ellos, sino que sigue actuando, e inventa y adora otras ilusiones: utopías socialistas, los mundos soñados, las conexiones místicas, las justicias universales, y los diversos tipos de pensamientos mágicos. Me asola la terrible sospecha de que la muerte de los dioses ha cambiado bien poco a la gente.
  • La biología lo señala: los egoístas parasitan las sociedades altruistas que les acogen. Que cada cual, en su país, analice quiénes practican el altruismo y quiénes el egoísmo. Quizás el análisis nos depare sorpresas.
  • ¿Tienen algunos la epidermis como el papel de fumar, o es que su ansia de prohibir es inmensa?, ¿o es que les domina el odio contra todo lo que represente fuerza porque además de ser débiles son cobardes y totalitarios? ¿Se imaginan de quién hablo?

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  • Tras de la ebullición de las redes sociales, mostrando alegría desbordante por la muerte en el ruedo de un torero o por la muerte de un niño al que le gustaba la fiesta taurina, y tras de los insultos, ataques y amenazas a bastantes taurinos en la calle, pocos dudan ya de que el animalismo radical del siglo XXI es tan intolerante y totalitario como lo fueron el fascismo y el comunismo en el siglo XX.

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  • En su empeño por derogar la Carta Magna de Venezuela, Maduro ha colocado a militares de alto rango al frente de los ministerios del gobierno. Esos militares son ahora su salvaguarda. Enriquecidos por el saqueo del petróleo y por el narcotráfico, defenderán al régimen contra cualquier veleidad democrática. Money is Money. Todos los socialismos acaban pareciéndose.
  • En España algunos visionarios abogan por modificar la Constitución para fijar en ella la condición de preservar la calidad de vida de la gente. Es como si por poner por escrito un deseo se cumpliese, como si en la Constitución de Ghana figurase que todos los habitantes de ese país han de ser ricos. Se trata de no mirar a la realidad de frente, de vivir en el puro idealismo haciendo ver que los derechos adquiridos son intocables, que llueven del cielo como les llovía el maná a los israelitas en el desierto; se trata de hacer creer que los derechos sociales no dependen de las posibilidades económicas del país, sino que se encuentran ahí para cogerlos gratuitamente; se trata, como casi siempre hace la izquierda, de confundir lo deseable con lo factible.

 

  • El cristianismo nace de la miseria y de la esperanza en el Juicio Final. El luteranismo y el calvinismo nacen de la angustia y generan el capitalismo. La revolución francesa nace de la miseria y de la Ilustración, y contiene el germen del socialismo. La revolución marxista nace de la miseria y el resentimiento, ofreció la ilusión de un paraíso y produjo un terror inmenso.
  • He aquí un conjunto de datos: personas que se encuentran desaparecidas en España: 4500; suicidios en 2016: 3910; muertos en accidentes de trabajo en 2016: 520; número de muertos habidos en accidente de tráfico durante 2016: 1300; personas asesinadas en ese mismo año: 292; suicidios de hombres durante el proceso de separación (desde la fecha de implantación de la Ley de “violencia de género”): 25.000; mujeres asesinadas por sus parejas en 2016: 44.  Ahora reseñemos la atención con que los medios de comunicación tratan esos hechos: Atención de los medios al asesinato de mujeres por sus parejas: 95%. Atención de los medios al resto de sucesos mencionados: 5%. Esa es la proporción en la atención mediática que reciben. A mí me resulta raro. Que cada cual extraiga sus propias conclusiones.
  • Al finalizar este mes de junio me tomaré las vacaciones de verano y no publicaré otro post hasta septiembre, lo cual no causará, desde luego, catástrofe alguna.

 

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[1] Resulta chocante que se les pida cuentas a los cristianos por su pasado intransigente y totalitario, que se critique al Islam por ese mismo motivo, y que, sin embargo, al animalismo, que está dando muestras de un feroz totalitarismo, se le siga la corriente.

De religiones y nacimientos

 

La moralidad religiosa está resquebrajándose en el mundo occidental mientras que crece hasta alcanzar el fanatismo –antes desconocido—en  el ámbito del Islam. Las religiones más conocidas y con más seguidores son muy antiguas; muchos de sus valores, de sus doctrinas, de los mitos que refieren, aparecen ya en las épocas en que la escritura nació, unos 5.500 años atrás. El que aun pervivan tales doctrinas nos muestra la inclinación natural que tiene el hombre para creer en los dioses.

Todas las religiones han tratado de encumbrar a sus Maestros señalando nacimientos en los que tuvieron lugar hechos prodigiosos: así ocurrió cuando nacieron Zaratustra y Buda; algunos otros como Moisés y Sargón (que sería el creador del imperio acadio en Mesopotamia), fueron abandonados en una cesta de mimbre a la corriente de un río; Ciro el Grande fue amamantado por una perra, al igual que los hermanos Rómulo y Remo, fundadores de Roma, fueron amamantados por una loba; el prodigio que se obró al nacer Jesucristo fue el de que varios reyes o magos de Oriente acudiesen a adorarle. De igual manera, la celebración de la Navidad como la fecha del nacimiento de Jesucristo, el 25 de diciembre, es la misma fecha en que  nacían los dioses en la región de Oriente Próximo, así que cuando los concilios concluyeron que Jesucristo era Dios, tuvieron que asignarle esa fecha de nacimiento.Como se ve, los mitos de diferentes lugares del mundo están relacionados. Otro ejemplo bien claro es el del diluvio Universal, que aparece en religiones de todas las partes del mundo. Las esencias éticas y religiosas de lugares muy apartados también están relacionadas.

El fundador de la religión cristiana fue Jesucristo. Jesucristo era judío, así que muchas de las creencias del cristianismo acompañan también al judaísmo. Pero, ¿todo lo que relata la Biblia (el Antiguo Testamento es la Torah de los judíos) lo dictó Jehová (Yahwe) a los judíos, los inventaron estos, o lo copiaron?

En gran medida la Torah se redactó durante el cautiverio de los judíos en Babilonia, entre el 583 y el 537 a. C. hasta que los liberó Ciro II el Grande, rey de Persia. Babilonia era el gran centro cultural (y aseguran también que de perversión, por eso era conocida como la Gran Puta) del mundo antiguo. Situada en Mesopotamia (la actual Iraq, en donde nació la civilización), reunió en ella todo el saber de toda la región y de Persia (la Irán actual). Primero fue una ciudad sumeria, después fue acadia, luego sufrió numerosas invasiones hasta acabar siendo una satrapía persa en el periodo que relatamos. De todas esas culturas bebieron los judíos durante su cautiverio, y de ahí surgió la Torah.

Por ejemplo, estamos familiarizados con el Diluvio Universal, pero tal mito aparece por primera vez en el delicioso Poema de Gilgamesh, de 5.000 años de antigüedad. De una época similar es el escrito Descenso de Innana a los infiernos, en los que aparece por primera vez los infiernos y los demonios y el terror al averno. Pero si existía una religión que estaba tomando preponderancia entre los persas en la época del cautiverio, ésta era el mazdeísmo, Ciro II la instituyó como religión del imperio.

El mazdeísmo tiene como dios supremo a Ahura Mazda, aunque luego tiene una legión de dioses a su servicio tal como los arcángeles están al servicio del dios cristiano. Y la similitud no es casual, sino que el cristianismo imitó en eso –en esa cohorte de dioses—al mazdeísmo. Quien predicó el Mazdeísmo fue Zaratustra, quien nos suena más por el libro de Nietzsche, Así habló Zaratustra, o por la música de Richard Strauss, Así habló Zaratustra , en la película de Kubrick, 2001, una odisea en el espacio, pero bien podemos decir que a Zaratustra le debemos gran parte de las formas religiosas que conocemos. La lucha del Bien y el Mal, la lucha de los ángeles buenos contra los demonios, la separación de justos e injustos tras de la muerte, la esperanza en el Juicio Final y la Resurrección de los Muertos, la espera de un Mesías redentor, la bondad en el obrar, pensar y hablar… Todos estos puntos y otros varios fueron trasladados del mazdeísmo a la Torah judía durante su cautiverio en Babilonia, y posteriormente incorporados al cristianismo.

Pero el cristianismo incorporó más razones religiosas de otros sitios. Parece indudable que  Juan el Bautista conocía de primera mano las enseñanzas esenias (los esenios eran un grupo judío que vivía en la pobreza compartida) y hasta el mismo Jesucristo siguen en algunos puntos las enseñanzas esenias, como en compartir las riquezas, comer en comunidad, creer que la riqueza invalidaba para salvarse etc. Tampoco se puede negar cierta influencia de las doctrinas budistas en las doctrinas de Cristo, como la táctica de no ofrecer resistencia al contrario que el Buda expresa con las palabras “la rama que se inclina ante el viento le resiste, mientras que la rama fuerte se rompe”, y Jesucristo expresa con las palabras “si te golpean en una mejilla ofréceles la otra”, que denotan actitudes para apaciguar al “otro”, y en este sentido tanto las doctrinas budistas como las cristianas en referencia al trato social, son de apaciguamiento.

El cristianismo incorporó el dios del Antiguo Testamento, Yahwe o Jehová, dios único, que aparece en el judaísmo en los tiempos de la estancia de las tribus hebreas en Egipto, y parece corresponderse al dios Aton establecido por el faraón Akenaton.

A la muerte de Jesucristo y a partir de la predicación de Pablo de Tarso, el cristianismo entró en contacto con la filosofía griega, produciendo muchas corrientes gnósticas e incorporando “misterios” y simbologías al cristianismo durante varios siglos, dando lugar a luchas entre partidarios de unas opciones mistéricas y otras en diferentes concilios.

A su vez, el cristianismo y el judaísmo influyeron enormemente en la configuración de las doctrinas islámicas que predicó Mahoma, pues Arabia era entonces el lugar donde habitaban muchos miles de judíos y varias ramas cristianas.

Como se ve, todo está influenciado y no hay nada nuevo bajo el Sol.

 

Libertades, religión y Podemos

Resulta indudable que poseemos una predisposición a la religiosidad. Viene avalada por numerosos estudios científicos.  Lo cual no resulta extraño, ya que somos crédulos por naturaleza. Tendemos a creer todo aquello que nos concita esperanza o satisface nuestro deseo, y también creemos en aquello que alivia nuestros temores y nos genera ilusiones de justicia. Las grandes religiones del mundo cumplen con tales requisitos[1]

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Cuando hace seis o siete mil años se crearon las primeras ciudades y las sociedades se jerarquizaron, los dioses, que en los inicios del Neolítico habían sido afectuosos, cambiaron, fueron sustituidos por otros o se les atribuyó otra naturaleza. Los nuevos dioses pasaron a comunicarse con los humanos a través de esos mediadores que conocemos como sacerdotes; y mediante esa comunicación dictaban el modelo de organización social y el comportamiento humano que debía seguirse, que tenía que ser un reflejo del modelo existente en las esferas celestes.

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Así que las nuevas religiones vinieron a refrendar y sostener el modelo jerárquico basado en diferencias de posición social y de riqueza. Sus mejores útiles para ello fueron la zanahoria y el palo, es decir, el ofrecer un gozo eterno si la población se conducía según sus dictados, y la amenaza de una eternidad dolorosa en caso de no cumplir con ellos. Deseo y temor a la eternidad después de la muerte. Tal es el modelo general de los nuevos dioses que se crearon.

La religión más primitiva, también la más apegada al carácter de las gentes, era una religión donde gobernaban los dioses de la fertilidad que atendían al ciclo agrícola y al ciclo de la vida y de la muerte. Era ésta una religión de dolor y de gozo, de orgía y de duelo, de ritos y sacrificios a los dioses, pero una religión que impulsaba la creencia cósmica de que todo lo real estaba interconectado de manera anímica, prelógica, en donde existía una conexión fundamental entre todo lo viviente e incluso entre todo el universo.

Sorprendentemente, esta arcaica religión, preurbana, de comienzos del Neolítico –cuando todavía no se había producido la diversificación de los oficios ni la acumulación de bienes—está volviendo. Trata de asentar sus reales en nuestra sociedad globalizada del siglo XXI, tal como si sus adeptos hubieran encontrado en ella un refugio en donde lamerse las heridas que nuestro tecnológico siglo les produce. Y tales adeptos no se detienen en rememorar esa primitiva religiosidad, sino que también tratan de imponer las condiciones de igualdad social que existían en el Neolítico.

Alabamos la libertad individual y la democracia en la política, pero nuestro carácter es más de rebaño que democrático, y busca más la seguridad que la libertad; de ahí que proliferen las religiones. Si el amor a la democracia –que esencialmente es un respeto a la libertad de los demás siempre que no se ponga cadenas a la nuestra—estuviera escrito en nuestro ADN, los diferentes grupos religiosos hubieran convivido armoniosamente en cualquier lugar del orbe y ni el proselitismo violento ni las sociedades teocráticas ni las guerras religiosas hubieran existido. Pero en nuestra naturaleza no está suficientemente subrayada la palabra ‘Democracia’. El aceptar que la opinión, la libertad y la actuación de nuestro vecino son tan válidas como las nuestras y que deben ser objeto del mismo respeto no forma parte de nuestra naturaleza egoísta.

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La consideración de ser demócrata es un mero recurso estratégico[2] que trazamos en busca de una conveniencia que nos beneficie con el respeto de los demás hacia nuestra libertad y derechos. Ser demócrata es una cuestión de conveniencia que viene dictada por el rechazo a los resultados nefastos que produjeron las sociedades que optaron por cualquiera de los totalitarismos que han jalonado la historia. Pero no hay que olvidar que el totalitarismo y la aversión a la democracia propios de nuestra naturaleza enseñan la patita de vez en cuando por debajo de la puerta del nacionalismo o del populismo.

Los grupos religiosos nunca han respetado la libertad  de sus adeptos y nunca ha reinado la democracia en su organización, pero lo más perverso de ellos ha sido su ansia de proselitismo[3] e imposición doctrinal y de dominio. El carácter prosélito y totalitario del cristianismo fue muy fuerte en el pasado. El del Islam lo sigue siendo ahora – lo dictamina  su libro sagrado, el Corán, en forma de Yihad.  Pero en esas ansias de imposición y dominio las religiones clásicas no están solas. Han nacido recientemente grupos con tintes religiosos que muestran una gran agresividad y que están dispuestas a imponer sus criterios y creencias a la ciudadanía con todos los medios a su alcance. El Animalismo, el Ecologismo extremo y el Populismo, son algunos de esos grupos. Los dos primeros tienen mucho en común en su basamento, y ya hablé de ellos en mi Entrada Animalismo religioso. Allí recalqué que se trata  de un grupo religioso totalitario y enemigo de la libertad y la democracia, un grupo que intenta imponer sus dictados y creencias al resto de la población, y que no respeta la libertad ni los derechos de otros grupos. Sus adeptos se convierten en guerreros de su nueva fe, y el sentimiento que les mueve es el odio a todo festín de los instintos, el odio a lo fuerte.

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Hoy quiero hablar de otro grupo que muestra tintes religiosos,  el Populismo, que aquí en España lleva la marca Podemos. El Populismo tiene un carácter redentor. Acoge en su seno y eleva a sus altares a todos aquellos grupos que presentan un memorial de agravios contra el Capitalismo, la Cristiandad y la Civilización Occidental por hechos que tuvieron lugar en un pasado que alargan a unos cuantos siglos. En sus altares está el Indigenismo[4], los musulmanes, el feminismo, el Animalismo, los niños, los débiles, los homosexuales, los nacionalistas catalanes o vascos, los necesitados, los delincuentes…Todos esos grupos de “oprimidos” constituyen su “nosotros”,  que denominan Pueblo. Arremeten contra la Iglesia Católica y contra Occidente por haber lanzado contra el mundo musulmán las Cruzadas. No menor acto terrorista es considerado la conquista de América, señalando a Cristóbal Colón como uno de los grandes malvados de la historia.

Su dios es el Pueblo, en el que solo están incluidos los “nuestros”, el pueblo elegido que está en posesión de la verdad absoluta y que, con una cosmovisión mística de justicia universal, ahora pretenden vengarse de todos los agravios sufridos en el pasado, y traer al presente aquella sociedad igualitaria preurbana –que es el Paraíso prometido—junto con sus amables dioses agrícolas. La búsqueda de venganza es la esencia del dios Pueblo.

El Populismo es heredero de toda la historia del Socialismo utópico. Es heredero de Rousseau, Schiller, de Robert Owen, Marcuse y otros soñadores. Pero si miramos con atención a esos ‘padres, veremos que con la excepción de Owen, en los demás no hay ideas prácticas, sino ensoñaciones y buenos deseos, así que, ante la falta de propuestas realistas que ofrecer a la población, ante la falta de ideas genuinas, elevan a los altares de su religión todo aquello que consideran que ha sufrido y que ha sido perseguido en el pasado.

Sus  grandes motores son el resentimiento y el odio. Odio contra todo lo establecido: la patria, sus símbolos, la liberal democracia, contra la Iglesia (no contra el Islam), contra España, contra la desigualdad social, contra la Constitución y sus leyes, contra la libertad de prensa, contra el ejército, contra los valores patriarcales…Destruir todo lo establecido sin saber qué construir después, como dice Bertrand Russell de los revolucionarios. Un “Dios proveerá”. A semejanza de Marx, podrían entonar también el “Resentidos del mundo, uníos”.

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Buscan con afán un modelo social histórico al que imitar y defender. El modelo que ellos han ayudado a imponer en Venezuela les avergüenza, así como el de cualquier país socialista, de manera que no tienen modelo. Eso sí, como aseguraba Marcuse, ellos suponen que una vez destruido todo y hecha la imprescindible limpieza de elementos indeseables, todo lo que desean se construirá automáticamente porque renacerá el ‘buen salvaje’ en el ciudadano y todo será armonía y felicidad. Y ponen algún ejemplo histórico como modelo: la falaz concordia de las tres religiones en al-Ándalus, y la vuelta a la sencillez del indígena.

El resentimiento y el odio son sus motivos verdaderos. Como todas las religiones y seudoreligiones que han existido, para el Populismo la democracia es un medio para lograr el fin de su paraíso igualitario, un medio prescindible; y la libertad no es para ellos más que una ilusión burguesa: la sociedad igualitaria está por encima de todo[5].

 

 

[1] Véase mi Entrada  El deseo, el temor y la religión, y la Entrada Conducta social y naturaleza humana III

[2] Véase mi Entrada Sacralización de la democracia

[3] Sin embargo, una religión como la hindú, que admite a millones de dioses, ha convivido siempre de forma pacífica con cualquier otra que mostrase respeto hacia ella.

[4] Siguiendo la ilusión del “buen salvaje” rousseauniano e inventándose genocidios de los conquistadores españoles, a quienes consideran los enemigos más execrables.

[5] Desde Podemos se ha defendido incluso la prohibición de las procesiones de Sevilla. Begoña Gutiérrez, la líder del partido en Sevilla, añadió, queriendo dar a la prohibición un carácter democrático, que ello sería tras someterlo a la votación de los ciudadanos, como si prohibir una manifestación religiosa pudiera ser democrático de algún modo.

Pensamientos pecaminosos

 

  • El gran problema de la psicología y de la psiquiatría no se encuentra en la dificultad de penetrar en lo intrincado de la mente humana, sino en verse atrapadas en teorías sin aval científico alguno, en teorías que no pasan de ser meras ocurrencias, en teorías en las que los investigadores se enredan y se pierden y no encuentran el camino de salida.
  • Condición necesaria para saber: tener amplitud de miras.
  • Todas las grandes culturas tienen su origen en fenómenos religiosos.
  • Tradicionalmente, para imponer una religión nueva a un pueblo, se ha hecho saber los beneficios que tal religión traería a los gobernantes.
  • Cuando los dioses se expulsan de la esfera humana los modelos de jerarquización social existentes se resienten y el Igualitarismo avanza. De ahí el empeño de los igualitaristas por alejarlos.
  • Cuando mueren los dioses no deja de actuar el mecanismo mental que nos hacía creer en ellos, sino que actúa inventando y adorando otras ilusiones: utopías socialistas, los mundos soñados, las conexiones místicas, las justicias universales, y los diversos tipos de pensamientos mágicos; además, claro está, de las alucinaciones artificiales que las drogas generan. Me asola la terrible sospecha de que la muerte de los dioses no es una bendición para la humanidad.
  • En los dioses se plasman muchos de los temores y deseos de los creyentes, y en los dioses se aquietan.
  • El clima de compasión que impera hoy en día lo hemos heredado del cristianismo.
  • Si se mira con detenimiento, la razón ha sido históricamente de poca importancia en los movimientos sociales. La rabia, el odio, el resentimiento, la indignación por una pretendida injusticia, han sido las fuerzas imperantes en las grandes revoluciones.
  • Todo el siglo XIX fue un hervidero de revoluciones ―alentadas por la revolución francesa ―que condujeron a la revolución soviética. También surgieron en ese siglo los nacionalismos. En todos esos movimientos resultan de primordial importancia las creencias justificadoras que emplee cada grupo en busca y defensa de su propósito, es decir, los argumentos. Pero también resulta esencial la fuerza de la pasión en cada grupo. Quienes poseen pasión suelen imponer su credo.
  • En ocasiones una falsedad manifiesta –o incluso una estupidez grandiosa—se establecen como grandes verdades históricas o monumentos al conocimiento. El psicoanálisis, la homeopatía, el materialismo dialéctico…, son algunos ejemplos.
  • Primeramente, uno debe adquirir un buen haz de conocimientos. A continuación debe aprender a desprenderse de los inútiles y erróneos, de todas las falsas teorías que pululan en la sociedad y dañan el entendimiento. Mediante dicha poda se alcanza la virtud.
  • En nuestra naturaleza está el pertenecer al rebaño.
  • Las bandadas de estorninos crean verdaderas y artísticas filigranas en el aire. El parámetro principal que rige la dirección de su vuelo es ‘la distancia al compañero más próximo’.
  • El parámetro principal que rige el comportamiento humano en sociedad es el de seguir la actitud del vecino más próximo y mirar los movimientos de la cabeza del grupo.
  • Soy partidario de que cada cual encuentre su propio camino hacia la cima o hacia el abismo. Las prohibiciones que pretenden proteger a uno de sí mismo me parecen innecesarias y peligrosas.
  • Hoy todo el mundo se encapsula: detrás de un ordenador, detrás de los animales de compañía, detrás de la escritura, detrás de la Naturaleza… La Seguridad nos ha hecho cobardes y tememos mirar al ‘otro’ de frente.

CONDUCTA SOCIAL Y NATURALEZA HUMANA III

 

 

LAS CREENCIAS Y LA CONVENIENCIA QUE PRESENTAN

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¿Cómo resaltar la importancia de las creencias en nuestra conducta social?

 

La gente vive y muere por sus creencias. Por creencias se hicieron pirámides gigantescas, catedrales inmensas, monumentos grandiosos, en fin, altares magníficos a las creencias humanas. Por creencias se lanzaban contra las naves enemigas los kamikazes japoneses en la Segunda Guerra Mundial; en la India, por creencias la viuda del difunto era ofrecida  a morir en la pira funeraria; por creencias se fundan o se destruyen los imperios, se suicidan colectivamente grupos humanos, se inmolan los terroristas del Daesh en sangrientos atentados; por creencias se altera la razón o se pierde la visión de la realidad y se ve a ésta transformada en fantasía o en esquizoide ilusión. Cuando una creencia se implanta en una comunidad y crea en ella un clima de opinión, y aporta criterios y verdades nuevos,  acaba imponiendo una dictadura moral, es decir, nos dice lo que está bien y lo que está mal, y ejerce de rectora de nuestra conducta social.

Si, tal como se ha explicado en las dos entradas anteriores de este blog,  el sistema instintivo y el sistema sentimental, nos dictan –mediante la pulsión que nos hacen sentir—las  conductas sociales a seguir (y en ese dictado para realizar tal o cual acción muestran la conveniencia percibida en él por dichos sistemas), para dicho menester de dictar nuestra conducta las creencias que anidan en nuestra conciencia acerca de la realidad son la crème de la crème.

Asumimos  las creencias de nuestros padres, de los medios, de los líderes de opinión, de los políticos; seguimos sus criterios, hacemos nuestros sus juicios; confiamos en ellos buscando seguridad. Entendemos el mundo a través de su opinión y juzgamos según su juicio. Delegamos en ellos, fiamos en ellos, hacemos dejación en ellos de nuestra responsabilidad para entender la realidad. Así que ponemos nuestra seguridad, nuestra conducta y nuestras esperanzas en sus manos. Nos convertimos en rebaño de conciencia moldeada de acuerdo a los propósitos de los líderes. Hitler y Mussolini crearon así su rebaño fiel. Cuando murió Stalin, millones de personas que habían sufrido opresión y que habían perdido a algún ser querido por la política asesina del tirano, lloraban con dolor la muerte del ‘padrecito’.

 

Pero, ¿qué son las creencias, de dónde proviene su fuerza?

 

Nos dice Julián Marías que  «Las creencias son sistemas socializados de conceptos e ideas que organizan la percepción de partes del mundo –o de su totalidad—en el que vive la sociedad de referencia». Ciertamente una creencia es una perspectiva, es un particular enfoque cromático través del cual miramos la realidad. Miramos al mundo y lo vemos con la perspectiva que nos aportan las creencias que tenemos. Bueno, en realidad, debemos decir que son ellas las que nos tienen, las que se apoderan de nosotros. Una creencia anida en la conciencia del individuo y hace que éste sienta y se comporte de tal o cual manera ante una situación determinada. La creencia se suelda a nuestra conciencia y construye aquí la base de nuestra conducta, de nuestros juicios, de nuestro sentir e incluso de nuestro pensar. De ahí su fuerza. Las creencias nos dirigen, nos zarandeas, nos señalan dónde está el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, la mentira y la verdad.

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¿Qué beneficios nos reporta el ‘creer’?

 

En primer lugar, sirven para automatizar nuestra conducta. Gracias a que nos proporcionan una previsión de la realidad, ante cada acontecimiento no tenemos que sopesar a cada instante la conducta más adecuada o conveniente, es decir, nos evita ese delirio en que nos introduce la duda, ese delirio de análisis y pros y contras que ésta trae consigo. O dicho de otra manera, las creencias nos proporcionan, criterios,  juicios y sentimientos para escrutar el mundo y posicionarnos frente a él. Nos indican el camino de lo que se anhela, su busca o se teme. Nos proporcionan certezas, un suelo por el que caminar desprevenidamente.

Y no importa si contienen o no verdad. Lo que importa es que nos proporcionen convencimiento. Si analizamos cualquier creencia en profundidad la derrumbamos. Ahí tenemos creencias sin ton ni son que están profundamente arraigadas en una parte importante de la humanidad: la astrología, el tarot, la homeopatía, las cosmovisiones místicas, etc., etc. Lo que satisface de ellas es que proporcionan previsión de la realidad, satisfacen las ansias de saber de sus acólitos, dan cobijo y amparo, o generan ilusiones satisfactorias. Generalmente se amoldan a la horma de nuestros deseos y temores. De ahí que las creencias más poderosas –como las creencias religiosas y otras de las que hablaremos— manejan profusamente el temor y el deseo.

 

Somos crédulos

 

Podemos creer en supersticiones que ya aparecen en tablillas mesopotámicas  de  cinco mil años de antigüedad: que nos sobrevenga el infortunio si derramamos descuidadamente la sal, si un gato negro cruza en nuestro camino, si pasamos por debajo de una escalera de mano apoyada en la pared… También creemos en magias diversas: vudú, hechizos, encantamientos, en el poder de San Cristóbal o San Eulogio, en la licuación esporádica de la sangre de San Pantaleón o de San Genaro, en lo funesto de una maldición, en la alquimia… Y cómo olvidarnos de las creencias acerca de las  ‘ciencias’ de la adivinación: tarot, quiromancia, presciencia, astrología…, y en el Cielo, en el Infierno, en el fenómeno OVNI, en los dioses, en la reencarnación, en Satán… Y tales creencias nos transforman, nos pueden aportar ánimo o desesperación, deseos de vivir o de morir. Tracios y Celtas creían en la transmigración de las almas, en la metempsicosis, y poseían un gran desprecio de sus vidas, lo que les proporcionaba una gran valor en las batallas.

Toda creencia es una ilusión de la realidad, una fantasía acerca del mundo. El ser humano necesita ilusión. Cuando la realidad no le satisface –y casi nunca lo logra—la ilusión, la esperanza, son su salvaguardia. La ilusión, al satisfacer virtualmente el deseo encerrado en ella, alivia la realidad, la hace soportable, incluso la reemplaza.  El temor y el deseo son las entidades que fabrican las ilusiones en nuestra mente; y lo hacen tomando las alas de la imaginación y edificando, fijando y organizando creencias a su albedrío. La mente se halla ocupada a todas horas en trazar ilusiones a la medida de los deseos y de los temores. Para entender que sea posible tener fe en las creencias más absurdas, conviene resaltar nuestra naturaleza ilusoria. Tenemos que entender que son el temor y el deseo quienes suscitan esas ilusorias creencias; que son el temor y el deseo quienes nos hacen crédulos.

 

Creencias potentes y peligrosas

 

Los hombres están poco preparados para afrontar creencias basadas en la racionalidad, así que, para imprimir una dirección a los afectos y un norte a la conducta,  la expresividad simbólica, la  ritual y la mitológica resultan mucho más eficaces que el análisis racional. Sirva como ejemplo de esta simplificación conceptual  la religiosidad andaluza: lo que provoca el llanto de los rocieros o de los cofrades en una procesión, lo que exalta el ánimo al ver la imagen de la Virgen María, no son los misterios de la trinidad ni los valores de la ética cristiana ni la organización celestial, sino el simbolismo pagano, la imagen representativa del poder o la bondad. El símbolo desata de inmediato la pasión.

Las creencias Redentoras son las que manejan con más empeño la ilusión y el símbolo. Nada menos que pretenden redimir al que sufre, al oprimido, al descontento, al infeliz, al mísero. Las más conocidas y más en boga son: el nacionalismo, las religiones del Libro, el Igualitarismo marxista o comunista… Todas ellas proponen la ilusión de un Paraíso –así en el Cielo o en la Tierra—que se logrará siguiendo la conducta conveniente o pertinente al caso: la lucha por la independencia, el acatamiento a ciertos dictados religiosos, la revolución sangrienta… Las banderas, las insignias, las imágenes, los símbolos que utilizan cada una de ellas focalizan la atención del creyente, le infunden pasión y le identifican con el grupo. Su principal fuerza reside en la obnubilación que concitan las  pasiones y sentimientos. El deseo, el temor, el odio, el resentimiento que dichas creencias concitan y agavillan en las gentes, son sus armas más poderosas.

Las nuevas creencias místicas

 

Son esas creencias seudoreligiosas que los nuevos tiempos han traído. Unos tiempos de vida acomodada, de evitación a toda costa de todo cuanto huela a sufrimiento, de evitación de lucha y enfrentamiento…; unos tiempos en que se trata de eludir el temor social buscando refugio en los animales o la naturaleza. Unas creencias que han sustituido al clásico dios etéreo por esos nuevos dioses que son la Naturaleza, la Vida, la cosmovisión mística del Todo relacionado, la Justicia entretejida en los actos y en sus consecuencias…Me refiero, claro, al animalismo, al veganismo, al ecologismo extremo.

Y hacia esos dioses se vuelca el afán religioso de sus seguidores: el proselitismo, el militarismo en la creencia, la imposición de su ideario por la fuerza etc., etc.

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¿Qué conveniencia percibimos?

 

Tal como se ha podido ver,  al hombre no lo mueve la realidad, sino las ilusiones que la conciencia —sugestionada por las creencias— construye de esa realidad. Las creencias distorsionan y alteran la percepción de la realidad, categorizan esa realidad percibida, emiten juicios de valor acerca de ella, estiman la conveniencia que representa para el individuo, y disponen a los deseos y a los sentimientos al arbitrio de aquellas. Temor, deseos y sentimientos brotan, se disponen y se desarrollan en el suelo de las creencias del individuo, así que según la sustancia de éstas, adquirirán aquellos su peculiar color, su tallo, su fortaleza, su fruto, su singular desarrollo, y, las ilusiones que se construyen con ellas terminarán adquiriendo su estructura, vitalidad, colorido y forma.

 

Otro sistema que poseemos en el cerebro para percibir la conveniencia de nuestras actitudes y nuestra conducta, es el sistema intelectivo, pero sospecho que hablar de él me exigirá un arduo trabajo, así que lo dejo por ahora en el tintero.

 

OJOS PARA VER

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Tenemos los ojos para ver, el corazón para sentir (metafóricamente hablando), la inteligencia para relacionar conceptos, y la sabiduría para descubrir la conveniencia que nos ofrecen los hechos y las cosas. De entre todas estas capacidades nombradas, la sabiduría es la más rara –escasa—entre nosotros, la que menos abunda. De hecho es tan rara que no conozco que se haya hecho un estudio de ella en ningún ámbito académico. Posiblemente haya millones de estudios sobre la percepción, sobre los sentimientos, sobre la inteligencia, pero ni uno solo sobre la sabiduría. Ni siquiera creo que esté bien determinada su definición. Pero sabemos que la persona sabia es aquella que sabe escoger fácilmente el camino que le conviene en la vida, el camino que mejor se adecúa a sus circunstancias en busca de encontrar una parcela de felicidad o de ausencia de sufrimiento.

En Occidente, hoy en día, el corazón se ha puesto de moda. La compasión, la piedad, la conmiseración, la vergüenza, la culpa, los sentimientos que en parte regulan nuestra relación social prescriben hoy nuestra moral e incluso el espíritu de nuestras leyes. Sobremanera la compasión, que ha devenido en sentimiento radical de nuestra conducta social.

Pero, ¿es bueno que el corazón domine nuestro comportamiento? Desde luego que no. Si la inteligencia casi que está desahuciada en nuestras relaciones con los demás, y la sabiduría para con estos temas brilla por su ausencia, dejar al corazón como guía rector puede llevarnos al abismo a la vuelta de la esquina. De este asunto quiero hoy tratar, y me serviré para ello de un ejemplo de rabiosa actualidad.

  • Occidente está hoy rendido a una ética promovida en buena medida por el sentimiento de la compasión. Una compasión que nos rodea, que nos obliga, que está de moda; de la compasión hiperextendida a todos aquellos que sufren y pasan miserias; extendida a los animales e incluso a las plantas; una compasión universalizada.
  • Sin embargo, las relaciones humanas básicas siempre han tenido como rector un principio que emana de la entente que establece la naturaleza egoísta de uno en conflicto con la naturaleza egoísta de los demás: el Principio de Reciprocidad. Yo te doy, te auxilio, te presto…, para que tú me des, me auxilies, me prestes… en igual medida en el futuro. Si no se devuelve la ayuda, la donación, el auxilio, queda el que dio o ayudó agraviado; lo cual es motivo de conflicto o de rotura de la relación entre uno y otro.
  • Algo semejante ocurre en la cooperación. Entre los individuos cooperantes se establece el pacto tácito de considerar justo un reparto de beneficios que sea proporcional a la labor que realizó cada cooperante (la parte del beneficio total que se debe a su labor). Tal es la forma que adquiere el Principio de Reciprocidad en la simple cooperación social. Cuando se trata de una propiedad comunal, tal principio sirve y ha servido para regular la cooperación; y, aunque se altera y se desvirtúa cuando aparece por medio la propiedad privada, parece tan adecuado para las relaciones de cooperación, ayuda o  auxilio, que todos venimos a considerarlo de justicia.
  • Cuando la relación de cooperación, ayuda o auxilio no se atiene al dicho principio de Reciprocidad, aparecen lo que se denominan comportamientos egoístas y altruistas. Objetivamente, en ese tipo de relaciones, el comportamiento egoísta es aquel en el que un sujeto percibe en mayor cantidad de lo que le corresponde en justicia (ateniéndose a la reciprocidad debida); mientras que el comportamiento altruista es aquel en que uno aporta o da más de lo que en justicia le corresponde dar. En un extremo se encuentra el comportamiento parasitario: cuando uno no da ni aporta pero recibe de los bienes de los demás. El parásito parasita a aquellos de quienes recibe.
  • Situémonos en la realidad: En toda sociedad conviven gentes de comportamiento altruista con otros de comportamiento egoísta, con parásitos sociales. Lo que llama la atención es que, desde el punto de vista objetivo con que he definido esos conceptos, muy pocas veces el objetivamente egoísta o el objetivamente altruista son señalados como tales, sino que, muy frecuentemente, una parte importante de la sociedad les asigna los papeles inversos, cambiados. Muy frecuentemente, quien hace alarde de altruismo es, de manera objetiva, un egoísta social; mientras que el señalado como egoísta resulta ser netamente altruista.
  • Por ejemplo, el individuo con arte para escabullirse de trabajar y vivir de subsidios y cambalaches, suele llamar egoístas y explotadores a todos los laborantes y suele aparecer dibujado socialmente como un altruista que busca el bien general, pero, objetivamente, no es otra cosa que un egoísta e incluso un parásito social que medra a costa de los demás. Este tipo de gente se especialista en pedir y en recibir gratuitamente todo tipo de derechos para él sin aportar nada a cambio.
  • Esto nos lleva a otro apartado, al de que los derechos sociales de que disfrutamos todos no son gratuitos. Los derechos que disfruta el parásito provienen de la diferencia entre lo que aportan a la comunidad los altruistas y lo que a cambio reciben de ella.
  • Volvamos a la compasión y a la dramática situación de la corriente migratoria hacia Europa. La compasión se ha puesto de moda y cuando algo está de moda todos quieren subirse a su carro y reprobar a quienes son reticentes a subirse. Leo en las redes sociales que han surgido en Europa cientos de miles de ciudadanos dispuestos a acoger en sus casas a inmigrantes islámicos. (Conviene hacer alguna puntualización: 1.-parece ser que los de procedencia siria que llaman a las puertas de Europa apenas representan un 30% del total; 2.-hemos de suponer que el ofrecimiento de acogida que se efectúa es gratuito, sin recibir remuneración del Estado por ello). Me jugaría una taba a que, si esa acogida por parte de particulares se produjese, no pasaría una semana sin que una mayoría de los anfitriones no estuviesen arrepentidos. Piense el lector en convivir con inquilinos que dan muestras del machismo trasnochado que se producían en España hace un siglo; con inquilinos con usos y costumbres sociales que chocan de frente con los nuestros; con inquilinos cuya religión es contraria a las libertades y a la democracia.
  • En todo caso, piense el lector ¿hasta qué grado está dispuesto a ejercer su compasión con los dolientes y necesitados del mundo?, ¿hasta el grado de perder por ello gran parte de sus propios derechos, e incluso hasta el grado de convertir nuestra sociedad en un escenario de confrontación de culturas y religiones, e incluso hasta la posible pérdida de nuestra democracia y nuestras libertades?, ¿o solo hasta el grado de que nuestro sacrificio compasivo no altere sustancialmente nuestros derechos, riquezas y libertades, y que, en compensación, sirva para aliviar nuestra conciencia? Porque dependiendo del grado de compasión que estemos dispuestos a ofrecer –si somos conscientes de nuestros actos y de las consecuencias que acarrean—a los refugiados, será mayor o menos la amenaza de desestabilización social que traerá consigo.
  • Naturalmente que se ha de atender humanitariamente, con alimentación, sanidad, enseñanza y cobijo, a los cientos de miles de desplazados por la guerra en Siria, pero otra cosa distinta es la pretensión de algunos –tal  vez sintiéndose responsables de todas las desgracias del mundo—de exigir a España y a Europa que se reparen esas desgracias y que se otorgue a todo el mundo nuestros derechos y libertades a costa de nuestros bolsillos.
  • Porque lo que está demandando esa ola compasiva que recorre Europa –sin un claro juicio, tan solo utilizando el corazón—con sus exigencias de libre entrada y derechos a la carta para todo emigrante, es ni más ni menos que el desmantelamiento de nuestra civilización. Porque, que a nadie le quepa la menor duda: si Europa abre sus puertas y acoge sin reticencias a todo el que quiera venir a ella, toda África, todo Oriente Medio y la mitad de Iberoamérica plantarían sus reales en el viejo Continente.
  • ¿Estamos dispuestos a pechar con las consecuencias que tal hecho traería consigo?, ¿estaría usted dispuesto?
    • ¿Estaría dispuesto a que España tuviese que aumentar drásticamente su deuda y disminuir hasta niveles de espanto los derechos de sus ciudadanos para mantener a una abultada población emigrante que actuaría de parásito al no haber trabajo?
    • ¿Estaría dispuesto a afrontar los conflictos religiosos y culturales que se derivarían de ello (en Alemania y Francia la política de integración basada en la multiculturalidad ha demostrado ser un fracaso, y la población en paro en esos países es muy mayoritariamente musulmana de segunda o tercera generación en Europa. Por lo general, esos musulmanes rechazan los valores occidentales y su cultura, encerrándose en su grupo?
    • En encuestas recientes del Reino Unido, casi la mitad de los jóvenes musulmanes apoyan moralmente al DAESH, ¿estaría usted dispuesto a convivir con tal amenaza?
    • Otro problema, la libertad y la democracia es algo extraño al Islam, sólo en Turquía e Indonesia se puede hablar de democracia (y con graves y grandiosas restricciones). En Egipto, Argelia, Sudán, las elecciones democráticas sirvieron para imponer la ley coránica como ordenamiento jurídico y acabar con la democracia. No es extraño que en ciertas regiones europeas el islamismo se haga mayoritario y, tal como ocurre en todos los países islámicos de Oriente Medio, reprima duramente a los no musulmanes, no solo en sus manifestaciones religiosas, sino en sus derechos y libertades. ¿Está usted dispuesto a afrontar estas posibilidades?
    • ¿Aceptaría usted que su permisividad en materia religiosa, cultural y de libertades no fuera, en reciprocidad, correspondida, y que grupos egoístas cada vez más numerosos medrasen a costa de su permanente altruismo hacia ellos?
    • ¿Es mucho pedirle que no sea solo su corazón quien juzgue, que utilice también los ojos, la inteligencia, el conocimiento, la sabiduría, y que actúe en consecuencia de la conveniencia que perciba?

ANIMALISMO RELIGIOSO

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Cuando hablo del animalismo no me refiero al individuo que siente cariño hacia un animal de compañía, ni tampoco me refiero a quien se refugia afectivamente en uno de esas mascotas que nos acompañan y  que tanta satisfacción producen, ni siquiera a quien hace de su relación con los animales el leitmotiv de su vida, sino que me refiero a aquellos  que pretenden imponer socialmente una ética de corte totalitaria, absurda desde el punto de vista de la evolución humana, y represora contra quienes discrepan de sus mandamientos. Una ética con tintes religiosos propia de un régimen teocrático.

En ese magnífico libro de divulgación científica que es Los tres primeros minutos del universo, nos dice su autor, Steven Weinberg, que “Para los seres humanos es casi irresistible el creer que tenemos alguna relación especial con el Universo; que la vida humana no es solamente el resultado más o menos absurdo de una cadena de accidentes que se remonta a los tres primeros minutos, sino que de algún modo formamos parte de él desde el comienzo.”

Algo semejante nos dice Jesse Bering en El instinto de creer, que “Importantes factores cognitivos  nos inducen a pensar que hemos sido creados para una finalidad especial, o que los sucesos naturales contienen mensajes importantes procedentes de otro mundo, o que nuestra existencia psicológica está misteriosamente ligada a un impreciso pacto moral con el universo.”

Los que estos autores nos señalan no es nada raro: las religiones, las seudociencias adivinatorias, las religiones mistéricas, muchas religiones orientales… nos indican que en la persona humana existe una percepción religiosa de conexión con el Todo, de formar parte activa y dinámica del Universo y de que místicamente cualquier acción que efectuemos nos traerá consecuencias morales.

Las religiones tradicionales de Occidente dirigieron esa religiosidad a propósitos sociales, y la vistieron con rituales, liturgias e imágenes. Hoy en día, en este mundo que dispara contra esas religiones tradicionales, la religiosidad reaparece camuflada en forma de ecologismo radical o animalismo. Los seguidores de estas corrientes adquieren y fijan una creencia y la adoran como a un dios y proclaman su fe en ella e incluso arriesgan sus vidas por defenderla e imponerla a los demás.

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Pueden llegar a ser más peligrosos que los más encarnizados enemigos y que las religiones que ellos mismos intentan combatir. Pueden llegar a santificar a los animales, a las plantas, a las tierras, e incluso ofrecer a esos nuevos dioses sacrificios humanos.

Bill Devall, que publicó en 1985 el libro Deep Ecología, llega al extremo de considerar la tala de árboles con el exterminio llevado a cabo por los nazis en Auschvitz. Pentti Linkola no es menos extremo: propone volver a una sociedad preindustrial gobernada de manera totalitaria y donde el consumo se limite a los recursos renovables. Algunos grupos ecologistas hablan del derecho de los árboles y del derecho de las montañas. Christopher D. Stone publicó el ensayo, ¿Deberían los árboles tener derechos? En los grupos animalistas produjo una gran influencia el libro de Peter Singer, Liberación animal. En él se opone al especieísmo (la discriminación positiva de nuestra especie), y defiende una igual consideración de todos los seres capaces de sufrir.

Naturalmente, todos estos movimientos pueden llegar a ser un obstáculo para el progreso y para la felicidad humana.

Sorprenden esas propuestas porque sin dejar de obedecer al egoísmo propio de quien las formula, y conteniendo en sí razones totalitarias, atentan contra la primacía humana. No es lugar éste de analizar las incongruencias que contienen, pero sí de resaltar que son un despropósito evolutivo y biológico. El carácter relativo que el postmodernismo otorga a cualquier planteamiento ético o social ha dado alas a este tipo de propuestas. Todo planteamiento que no tome en cuenta el egoísmo individual y el egoísmo de la especie humana como cimiento ético, se acaba convirtiendo en el absurdo de ir contra las previsiones biológicas de la supervivencia y el éxito reproductor.

Sí que conviene analizar que el ecologismo radical[1] y el animalismo se desarrollan en lo macrourbano principalmente, en sociedades urbanas de dimensiones abrumadoras. En esas grandes ciudades, las relaciones y vinculaciones de parentesco, vecindad y amistad, que mantenían antaño el orden social y los lazos de afectividad y seguridad de los individuos, han desaparecido casi por completo. Hoy no resulta extraño que las gentes que viven piso con piso apenas se conozcan y apenas se saluden si se encuentran en el ascensor. Ello origina grados de soledad impensables hace unas décadas. Además, la interacción con ‘el otro’ se convierte en motivo de malestar por la alteridad que ofrece. Todo se convierte en desconfianza, y, en consecuencia, se produce una huida de la realidad hacia la virtualidad del televisor, de Internet, de la lectura…Pero en ocasiones el refugio afectivo se encuentra en los animales de compañía o en volver a comunicarse de manera más directa con la naturaleza.

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El temor a lo social, produce así conductas precavidas o incluso conductas evasivas. La solución del trato con animales de compañía resulta gratificante en estos casos, pues se encuentra un refugio afectivo en el que protegerse de la agresividad social. Uno vuelca su afecto en su perro sin prevención  porque sabe que no representa peligro alguno, y, a cambio, recibe la gratificación de su compañía y su interacción lúdica. El siguiente paso hacia el animalismo, tras de ese arrebujamiento en sí mismo, consiste en categorizar a ciertos animales  en el ‘nosotros’ del afecto. Y tras de pasar a depositar la confianza y el afecto en los animales hasta límites de sensibilidad semejantes a los que tiene una madre o un padre con su hijo, la mirada hacia ellos puede hacerse mística. La proclama “Respeto a la vida de los animales” que contiene en su esencia el veganismo, o bien, “Respeto a todas las formas de vida”, tiene únicamente sentido con las connotaciones religiosas que conlleva. Lo sienten como un mandato divino y construyen un santuario a cualquier ser vivo.

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Cuanto más desaparece hoy en día la fe de las gentes en dioses y cielos, más crece el sentimiento religioso de comunión con la Tierra, los animales… Tal como ocurría en las religiones animistas, muchos necesitan sentirse conectados al cosmos de alguna manera. . Como dice Jesse Bering, que “importantes factores cognitivos nos inducen a pensar … que nuestra existencia psicológica está misteriosamente ligada a un impreciso pacto moral con el universo”, y de ahí que muchos que no perciben al mundo mediante los argumentos de la razón o la de los dioses tradicionales, parecen hacerlo con un sentimiento de fraternidad[1]. De ahí la celebridad que ha tomado la frase “… todo el universo conspira…” de Pulo Coelho.

Leo el programa del Partido animalista-PACMA: “Sacrifico cero de animales; prohibición de la exhibición y venta de animales en comercios; endurecimiento de las penas por abandono, maltrato y asesinato animal; fin de la experimentación animal; prohibición de circos y atracciones con animales; prohibición de granjas de cría intensiva de animales»; y termina con un exhorto: “Si crees que los derechos de los animales necesitan ser defendidos; si crees que los animales necesitan tener representación en las instituciones: ¡¡¡Apoya al PACMA!!!”. Esto es: un carácter antisocial, un querer prohibir la libertad y el disfrute de las gentes en atención a su mirada religiosa, un ataque contra el instinto humano.

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Lo curioso es que presentan el movimiento animalista como un ejemplo de bondad cuando en realidad no responde a otra cosa que al egoísmo. Se muestran totalitarios al querer imponer a los demás su ‘verdad’ y su  reblandecida sensibilidad; carecen de base ética razonable; detraen gran cantidad de recursos al acervo económico social; parecen despreocuparse del sufrimiento humano[2]; pretenden el absurdo de hacer a los animales sujetos de derecho (la pretensión de que todos los animales posean conciencia de que tienen un derecho y lo pueden ejercer y defender, lo cual es absurdo); consideran enemigos a quienes contradicen sus dictados y emplean otra sensibilidad distinta a la suya con los animales; y, finalmente, contradiciéndose una vez más, no les importaría la muerte de todos los animales en cautividad, lo que ocurriría si dejaran de ser útiles para la alimentación o el entretenimiento humano.

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Ese fanatismo religioso de que he hablado lo comparten con los ecologistas radicales. Ambos grupos, muy afines y aguerridos ambos, han lanzado una cruzada en favor de esas cosmovisiones místicas de armonía universal ante las cuales la especie humana se debe someter al ecosistema global. La radicalidad de algunos ecologistas empaña la benéfica labor del ecologismo. Pero con su militancia agresiva (muchos se convierten  en guerreros de esa fe), a la que los poderes públicos temen como al diablo, y con su alianza con el buenismo, consiguen hacer pasar por buenos los disparates más extremos. Plagas de estorninos en algunas ciudades, desvío, paralización y encarecimiento en la construcción de algunas autopistas y vías férreas debido al simple hecho de no molestar a unas mariposas o a unas avutardas, y así un larguísimo etcétera de prohibiciones sin sentido. Baste resta señalar que han realizado propuestas a favor de enterrar los tendidos eléctricos de alta tensión, lo que significaría un gasto inasumible, inmenso, con motivo de que alguna cigüeña no se electrocutase (de lo cual apenas hay ejemplos). Lo curioso del caso es que algún grupo político ha tomado en serio la propuesta.

[1] El Jainismo, una religión originaria de la India, nacida en el siglo VI a.C. tiene un basamento parecido: “la vida animal es sagrada”, lo cual les conduce a cubrirse la nariz y la boca tratando de evitar tragarse mosquitos, o les hace ir barriendo con una pequeña escoba el suelo que pisan para evitar pisar a cualquier animal pequeño.

[2] En el caso del perro de la enfermera que se contagió con ébola, parece ser que hubo más de 300.000 entradas en las redes sociales clamando porque le tratasen médicamente, pero a los toreros asteados en las corridas de toros les desean la muerte. Cientos de comentarios de internautas consideraban la vida del perro más valiosa que la de la ministra Ana Mato. Hubo incluso quien comparó el sacrificio del perro con la ejecución de Miguel Ángel Blanco a manos de ETA.

[1] No el ecologismo en general, análisis científico de las relaciones de los seres vivos con el medio ambiente.