Revalorización de la democracia

Yack: Creo que en algo estamos los dos absolutamente de acuerdo: en la consideración que debe reinar en la ciudadanía acerca de la Democracia como algo sagrado, como fundamento de la convivencia. Pero antes hemos de ponernos de acuerdo ―a grandes rasgos―de qué entendemos cuando hablamos de sistema democrático. A mi entender, no es sólo una apariencia de representación en la que el ciudadano manifiesta en las urnas periódicamente estar de acuerdo con una opción política generalmente engañosa, sino que la entiendo como posibilidad de participación en las discusiones y decisiones que afectan a la colectividad, la entiendo como intervención del individuo en los asuntos políticos, y la entiendo como respeto a los consensos obtenidos en esas discusiones referidos al papel y a los derechos y libertades de la ciudadanía y de los distintos grupos que la integran. Y la entiendo, claro, como independencia de los poderes del Estado con un control sobre estos poderes y sobre los políticos (conseguirlo esto sería la cura más efectiva y urgente de esta democracia nuestra). Volver a Locke y a Montesquieu.

Claro, la democracia será siempre imperfecta y zigzagueante porque representa un acuerdo comunal frente a los instintos egoístas del hombre y, consiguientemente, aceptar las implicaciones que tiene conlleva necesariamente una lucha con uno mismo y con los demás por el hecho de tener que aceptar dictados que uno no desea seguir o que rechaza. Pero creo que el límite donde la democracia empieza a perder el nombre es perceptible, el límite en el que los defectos de la democracia se han pervertido es reconocible: de la putrefacción que desprende es posible detectar diferentes olores: la corrupción institucionalizada y generalizada, la absoluta pasividad del ciudadano ante los asuntos públicos, la veneración del caudillaje, el dominio político en todas las instituciones…

Cuando la democracia ha perdido su esencia participativa y ha derivado en totalitarismo, con las leyes y las instituciones al servicio de un partido o de una clase social y no sirviendo al bien común, en tales circunstancias, digo, la rebelión de la ciudadanía es un derecho para dejar de ser meros súbditos. En las revueltas de la «primavera árabe» se produjeron esas circunstancias. También esos fueron los motivos de la caída de la URSS. En el caso de Egipto, y viniendo al caso, se plantea un problema que es sólo aparente: ¿respetar la voluntad popular expresada en las urnas que llevó al poder a los Hermanos Musulmanes, quienes rápidamente manifestaron la intención de imponer un sistema totalitario, o defender la democracia, los derechos y libertades con una nueva rebelión? En mi opinión esta segunda opción es la única respetable, la defensa de las libertades y derechos de cualquier grupo que los exija. Ahí tenemos un ejemplo parecido en el caso de Zimbaue y el dictador Robert Mugabe, héroe de la izquierda mundial en los años 70 y 80, que ha acabado con la democracia en ese país y con los derechos de la población, especialmente con los derechos de los blancos. Algo que puede suceder también en Sudáfrica si se olvidan las enseñanzas democráticas de Mandela y la mayoría negra aboliere los derechos y libertades de los blancos haciendo uso de su mayoría. Caso semejante presenta Cataluña, en donde están abolidos los derechos lingüísticos de la mayoría de habla castellana. Ese es otro carácter de la democracia: en nombre de la mayoría, manifestado en las urnas, no se pueden conculcar los derechos de las minorías.

No sé si en Ucrania se produce un caso de perversión de la democracia que se pueda asimilar al totalitarismo, pero en el asunto de Gamonal no se produce y sin embargo los piquetes actuaron al modo de los sans-culottes que tanto gusta a la izquierda. No es éste el sentido de la democracia. Para ser más exactos, en una democracia tan imperfecta como la española aún existen mecanismos correctivos y producen sus efectos, por ejemplo, con el surgimiento de los nuevos partidos (VOX, UPyD, CIUDADANOS) que promueven la participación en el escenario político, de forma que esa suerte de Totalitarismo arraigada en la figura del todopoderoso Jefe del partido tiende a difuminarse y acabará desapareciendo. De tal manera que los miembros de los distintos grupos dejarán de ser rebaño para aspirar a ser ciudadanos con derechos de intervención en las decisiones, con posibilidades de hacer política a distintos niveles para que la voluntad general surja de una conciliación abierta de voluntades.

Así que en una democracia verdadera, quiero decir, si el hedor de la corrupción no ha alcanzado aún niveles notables, no es la revuelta al modo del sans-culottismo, a la que digo es tan aficionada cierta izquierda, en absoluto, un comportamiento democrático. Sí lo es la manifestación que muestre el desagrado o el disgusto de las gentes afectadas, que con su número y potencia puedan mover a las autoridades a cambiar de opinión. Pero cuando se perciba que se ha sobrepasado el límite que anuncia el Totalitarismo, la revuelta que pretenda restaurar la democracia sea bienvenida. Por ejemplo, cuando el Ejecutivo no se atenga a la legalidad o cuando ésta no sea democrática.

Por todas las razones que en la discusión han sido expuestas, el aprendizaje de la democracia debería ser un tema escolar prioritario.

Bien es cierto que la democracia necesita de aditamentos,  que tal vez un buen sistema democrático puede no ser capaz de sostener en pie a una nación o a un país o que éste pueda resquebrajarse por tendencias centrífugas o no logre infundir en las gentes el ánimo suficiente para la cooperación. Si nuestros políticos hubieran gozado de la suficiente inteligencia y honradez, habrían hecho uso de ciertos emblemas y ciertos mitos y hubieran creado una ilusión colectiva tan necesaria para la cooperación y la solidaridad social. Ahí están los casos de Francia o EEUU o China o Rusia. Pero la dejación de estas labores por parte de los sucesivos gobiernos de España (especialmente del PSOE, con su perenne indefinición de España y su avergonzarse de la bandera española) las ha dejado en manos de los nacionalismos periféricos, que han explotado los símbolos, emblemas, banderas, mitos e historias a su antojo. Pero esto tal vez sea otro asunto.

Tanatos

 

(Primeros párrafos del cuento. Si desea leerlo entero sólo tiene que dejar un pequeño comentario con su deseo, y se lo enviaré por e-mail en unos pocos días ) 

El cuchillo se introdujo sin dolor entre las carnes. El individuo se mantuvo por un instante marmóreo,  detenido, y toda su vida le pasó girando. Acto seguido, la quietud se le quebró en los ojos, que se abrieron en señal de sorpresa e incredulidad: no creía él que morir fuese tan simple, que produjese una sensación tan poco letal. Los mismos ojos mudaron poco después a la severidad, quizá al arrepentimiento. Inmediatamente se ladeó hacia el costado derecho, se le desmayaron los tendones y la masa muscular, dio un respingo y cayó al suelo hecho un rebujo. El hombre quedó tumbado con el cuchillo clavado en el pecho.

José Bonés tenía previsto el suicidio desde mucho tiempo antes. No había construido el proyecto en sus pormenores, pero sí lo había presentido. Desde que le asolaba un sentimiento de inanidad de sí mismo, de carecer de esperanza, de estar por demás, de hallarse instalado en el desánimo sin paliativos de cada instante, José Bonés resistía en la vida por la necesidad de arreglar unos últimos asuntos. De esa necesidad sacó vida para seguir tirando hasta el día de autos. Poco antes del desenlace aún hurgaba en los recuerdos, quizá esperando encontrar en ellos un rescoldo del gozo que alguna vez ardió.., pero sólo encontró pavesas. Los jirones del pasado le trajeron poco bienestar y ninguna esperanza. Cada momento festivo recordado concluía ofuscado y ultrajado por otros momentos trágicos posteriores. En el agridulce sabor del pasado siempre ponía lo agrio su bandera en lo alto.

Desvalorización de la democracia

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Cataluña, Ucrania, Tailandia, y en cierta medida el barrio de Gamonal en Burgos,  son lugares en donde se ha puesto en cuestión el sistema de democracia representativa y se ha optado por la acción directa. Si el odio, la rabia y el resentimiento sobrepasan ciertos límites ―si se sobrepasa la masa crítica de indignación―aparece en las gentes un desprecio hacia los valores democráticos y cobran fuerza en el grupo los viejos instintos que impulsan a la acción directa, a la lucha, a la coacción violenta como medio de conseguir los fines deseados. Pretenden hacer prevalecer mediante la acción directa los deseos de unos cuantos, restando valor a la opinión de una mayoría manifestada en las urnas.  La crisis actual favorece el resquebrajamiento de los valores democráticos por dos motivos principalmente. El primer motivo es lo propiciatoria que resulta la crisis ―por las desigualdades que se generan― para la aparición de odios y resentimientos. El segundo motivo es la decadencia moral que la crisis pone al descubierto: los valores democráticos han sido barridos por la escoba de la corrupción.

En todos los lugares antedichos, aunque sea contra el respectivo gobierno  contra quien se dirige la rebelión, lo que palpita en el fondo de esas revueltas es un descrédito de los valores democráticos y de los gobiernos que las representan. Y aún más en el fondo lo que palpita es el sentir que «nuestro odio y nuestro resentimiento justifican la acción directa». Es decir, aparecen creencias justificadoras de la rebelión. Fórmulas tales como «igualdad=justicia», «lo justo y democrático es el derecho a decidir», «poseemos derechos históricos», «voluntad popular=justicia», etc. tratan de aportar razones para justificar la rebelión violenta y para saltarse a la torera el acuerdo social que constituye la democracia, así como los valores que sostiene. Dichas fórmulas que proclaman las creencias agavillan los odios y los resentimientos y los impulsan a la acción contra el enemigo. Porque en la mente del resentido se produce una categorización del «enemigo», de aquel que por poseer más riquezas que «nosotros»,  de aquel que se opone a nuestros deseos o propósitos, de aquel que posee razones contrarias a las nuestras, de aquel que es de otra «secta» distinta a la nuestra. Y hacia ellos se canalizan los odios y los resentimientos.

Tales intentos de devaluar las razones democráticas frente a la instintiva acción directa pueden resultar en cierto modo beneficiosos  si se restringen a ser puntuales, si son excepciones que ponen de relieve la degradación democrática imperante en las instituciones y gobiernos, pero cuando se convierten en método violento y antidemocrático de resolución de disputas, tal como la acción de ETA en el País Vasco, tales intentos, digo, se convierten en gérmenes del Totalitarismo.  Por esa razón hay que combatirlos, porque aunque se presenten con la cara amable del movimiento 15 M o del la revuelta del Gamonal, e incluso aunque las razones de uno coincidan con las razones que alegan en sus reivindicaciones, e incluso cuando en uno resuenen sentimentalmente los posibles derechos que reclamen, no hay que olvidar que deben prevalecer los valores y razones democráticos, pues en caso contrario nos abocamos a la dictadura totalitaria o al caos del desgobierno y la acción directa que se produce en Venezuela, por ejemplo.

De nuestra credulidad (I)

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Obvio resulta el señalar que somos de naturaleza crédula. Podemos creer en supersticiones que ya aparecen en tablillas mesopotámicas  de  cinco mil años de antigüedad: que nos sobrevenga el infortunio si derramamos descuidadamente la sal, si un gato negro cruza en nuestro camino, si pasamos por debajo de una escalera de mano apoyada en la pared… También creemos en magias diversas: vudú, hechizos, encantamientos, en el poder de San Cristóbal o San Eulogio, en la licuación esporádica de la sangre de San Pantaleón o de San Genaro, en lo funesto de una maldición, en la alquimia… Y cómo olvidarnos de las creencias acerca de las  «ciencias» de la adivinación: tarot, quiromancia, presciencia, astrología…, y en el Cielo, en el Infierno, en el fenómeno OVNI, en los dioses, en la reencarnación, en Satán…

No solemos exigir prueba alguna para creer en las cosas más absurdas, tan sólo sentimos la exigencia de confiar en quienes trata de infundirnos sus creencias. En ese caso, prontamente creemos; enseguida  mostramos  fe en su «verdad». Confiar en alguien es sentirse seguro a su lado, es tomar por cierto y auténtico todo cuanto nos trate de infundir, es reconocerlo como consistente realidad en que apoyarse. La confianza en los proclamadores de la «verdad» es llave maestra de nuestra fe. Confiar, o… que la creencia se amolde hasta en sus pliegues más íntimos al guante de nuestro deseo. En tal caso nos mostramos extraordinariamente proclives a creer. Sin duda,  solemos tomar por incuestionable verdad aquello que nuestro deseo o nuestros temores recomiendan. Así que esa naturaleza nuestra confiada, pesimista u optimista, temerosa y deseosa, es proclive a la ilusión, a ver la realidad ilusoriamente, a tomar por verdad lo ilusorio. De todo esto, en parte, en gran medida, trata este libro. Y, en gran medida, también, trata de descifrar, en el acomodo de las creencias al molde de los deseos y  los sentimientos, la causa de esa naturaleza ilusoria nuestra. En cómo se influyen unas y otras, en cómo se derrumban y se construyen nuestras «verdades», en cómo percibimos otras evidencias al ritmo con que nuestros cambian nuestros deseos y nuestros sentimientos. Y a mostrar al desnudo cuánto tienen de verdad algunas ideologías.

Ortega y Gasset señaló que «las creencias no son ideas que tenemos, sino ideas que somos». Es decir, las creencias se encuentran asentadas en nosotros, se nos presentan de forma indudable,  nos adherimos a ellas sin reflexión. Se comportan –dice—como los cimientos que soportan todo lo demás, proporcionándonos así una orientación básica. Otro pensador, Charles Sanders Peirce mantuvo la doctrina de la Credulidad primitiva, según la cual los hombres somos criaturas crédulas por naturaleza y llegamos a ser escépticos por la experiencia. Para Peirce, las creencias guían nuestros deseos y conforman nuestras acciones; son un hábito que proporciona al organismo un estado de equilibrio. Ambos pensadores proclaman ese carácter de hábito que tienen las creencias. Se tienen o no se tienen, se pueden adquirir o se pueden perder, pero una vez aposentadas manejan nuestro comportamiento; y lo «manejan» tal como se maneja una bicicleta o los pedales del coche, sin tomar consciencia de ello, sin que notemos su acción, sin que notemos su «presencia», sin que tengamos que plantearnos a cada instante  el «qué hago ahora», sin que tengamos que preguntarnos a cada momento por su validez. Pero la duda viene a poner en solfa su certeza o lo adecuado o benéfico que una creencia resulte (recuérdese que somos esencialmente egoístas). La duda, que surge cuando una nueva evidencia se opone a la «verdad»  que la creencia al uso nos proporciona, es un estado de inquietud e insatisfacción del que tratamos de liberarnos.  Si tal desazón nos produce la duda, se entiende que sintamos prestamente la necesidad de creeri. Huyendo de la inquietud, de la desazón, las creencias firmes representan un refugio, un amparo. Se verá la manera en que tal consuelo enraíza en el temor y en el deseo; temor y deseo que modelan nuestro comportamiento.

Julián Marías añade: «Las creencias son sistemas socializados de conceptos e ideas que organizan la percepción de partes del mundo –o de su totalidad—en el que vive la sociedad de referencia». Ciertamente una creencia es una perspectiva, es un particular enfoque cromático través del cual miramos la realidad. Miramos al mundo y lo vemos mediante la perspectiva que aducen nuestras creencias. Pero la idea proporciona una visión similar, así que para el propósito de vislumbrar la acción que las creencias llevan a cabo en lo humano, su génesis, los beneficios que proporcionan,  e incluso su relación con los sentimientos y la influencia que ejercen en la conducta, conviene poner lindes —aunque sean lindes corredizas— entre ellas y las ideas, acotando también lo que son  meras rutinas de comportamiento que carecen de entramado significativo, que carecen de otra base conceptual que no sea el mimetismo y la adscripción emotiva a ciertos símbolos. La grey en el campo político o en el de la superstición son ejemplos de esto último que digo.

Tanto las ideas como las creencias son sistemas de conceptos que organizan la percepción de parcelas del mundo y nos proveen de criterios para hacer inteligible la realidad y juzgarla. Sin embargo, son distintas en sus raíces: las ideas las tienen en la superficie, mientras que en las creencias son subterráneas. Las creencias se enraízan en las categorizaciones que establecemos del mundo mediante el aprendizaje, el hábito y las costumbres, y al categorizarse se adhieren a lo pasional, como iremos viendo, y por fin  se fijan  como certezas que indican indudables formas de actuar o juzgar: se hacen rutinarias, adquieren «solera». En cambio, las ideas se muestran  más menesterosas,  están siempre de precario, más a merced del viento de la discusión, más al albur de la fuerza de las ideas contrarias o del cambio de parecer razonado.  La idea siempre se halla insegura, incompleta, permanentemente ha de validarse; se muestra temblorosa, frágil, no tienen sus anclajes consistencia, necesita conectarse a conceptos firmes, con  raigambre. Si tal conexión ocurre y la idea se percibe indubitable, si se reconoce como obvia, si aparece  clara, firme y segura, si ya ha echado raíces en el subsuelo de la conciencia, si el árbol de tal enraizamiento da frutos en forma de rutinas de acción y pensamiento…, entonces y sólo entonces, es clara la señal de que la idea se ha hecho creencia.

Abundan, como ya he dicho, un tipo de creencias, de «caparazón duro», con  escasos argumentos y razones significativas, pero fuertemente enraizadas en la sentimentalidad. Suelen ser creencias grupales, propias de la grey religiosa o política. Símbolos, banderas y ritos actúan como síntesis de creencias y reclamos de  emotividad. Ciertos hechos, ciertas interpretaciones del pasado histórico, se sustancian, para el consumo de la grey, en  símbolos y banderas  que proporcionan referencia emotiva, y determinan y fijan con seguridad quién es el «amigo» y quién el «enemigo». Con mucha menos nitidez, señalan en determinados casos  dónde está el Bien y dónde el Mal, y qué cosas son ciertas y qué cosas falsas. Tales «creencias», sin apenas entidad conceptual, producen en lo político un seguidismo ciego al ser utilizadas como simples consignas. Al proporcionar una fuerte raigambre emocional, la agitación interesada de símbolos y banderas produce, a su mismo ritmo, una agitación de las emociones de la grey. Además, siendo de caparazón duro y careciendo de andamiaje conceptual, se hallan blindadas ante las evidencias en su contra: ante cualquier evidencia comprometedora la grey suele mirar hacia el lado opuesto. El caparazón duro, hay que decirlo, lo suele proveer el resentimiento, pero ésta es cuestión que se tratará después convenientemente. Ahora lo que conviene es escrutar ciertas pasiones sobre cuyo pendón se encrespan y se entretejen como guirnaldas las creencias.

La cuestión catalana (IV)

Argumentos en las creencias nacionalistas

Las doctrinas establecen supuestas verdades sobre ciertos hechos de la realidad que sirven al doctrinario como fundamento en sus argumentaciones. Por ejemplo, una de las supuestas verdades-fundamento de la doctrina marxista es la expresada mediante la fórmula «desigualdad social y económica=injusticia». Si por conveniencia ―emocional, generalmente―y convencimiento la doctrina hace suelo en la conciencia, se convierte en creencia, esto es, se convierte en rutina del pensamiento, sobre dicho suelo pone esa doctrina sus reales, expande su imperio, y levanta una barrera sentimental para que las supuestas verdades que contiene pasen a considerarse inobjetables, esto es, para que cualquier razón o argumento en su contra sea tratado como una amenaza y se rechace. «Todo cuanto atente contra las ideas doctrinarias hay que rechazarlo; todo cuanto atente contra las verdades que esa doctrina contiene hay que destruirlo», son las instrucciones operativas que la protectora barrera sentimental coloca en la conciencia del individuo.

Las verdades fundamentales que la doctrina contiene son el germen del que surgirán las raíces de toda argumentación doctrinal y de la  sentimentalidad pertinente. De tal modo que ya asentada la doctrina y hecha creencia en la conciencia del individuo, pone en éste unos anteojos que ofrecen la perspectiva de una realidad que resulta, así, sesgada, a la vez que proporciona unos criterios para juzgarla, y, correspondientemente al cariz del juicio, encauzar la sentimentalidad. Es decir, toda creencia establece una ilusión de la realidad que moviliza los sentimientos hacia la conveniencia y el propósito que en esa ilusión se expresan.

Las creencias se fortalecen en la conciencia de los individuos mediante los sentimientos que concitan, pero no son las razones ni los argumentos justificativos de una doctrina en particular quienes hacen aflorar la sentimentalidad, sino el hecho de que en las supuestas verdades contenidas en la doctrina resuenen los atávicos ecos de nuestro pasado tribal. En tal caso aflora fácilmente la sentimentalidad. Uno de los atavismos que palpita con más fuerza en la conciencia del hombre es la promesa de redención de una existencia insatisfactoria mediante la consecución de un paraíso. El paraíso, como posibilidad, obnubila la conciencia de los hombres. Que la creencia posea un escaso núcleo conceptual, pero que dibuje en la imaginación del creyente un paraíso redentor, hace que la conciencia del individuo se hinche de potencia sentimental. La marcha del pueblo de Israel a través del desierto en busca de la Tierra de Promisión es un buen ejemplo de ello.

Las creencias nacionalistas prometen ese paraíso. Ahí radica gran parte de su fuerza. Pero antes de hablar de ese paraíso vayamos a descubrir primero al nacionalismo catalán. La supuesta radical verdad del nacionalismo catalán se cifra en esta afirmación: «Cataluña es una nación oprimida por el Estado español». En realidad dos afirmaciones, que Cataluña sea una nación, y que esté oprimida por el Estado español. La primera tiene más de conjetura que de objetiva verdad, pues no se amolda a los principales indicadores que definen una nación, ni como categoría histórica ni como voluntad muy mayoritaria de sus ciudadanos; pero la segunda carece de cualquier valor de verdad, pues de una simple comparación de los derechos democráticos y libertades que se disfrutan en Cataluña con los disfrutados en cualquier otra región de Europa se constata su falta de fundamento. Así que, dado que esta supuesta radical verdad no posee la entidad suficiente ―como «verdad»― para mover conciencias, el nacionalismo catalán las trata de remover mediante la promesa redentora de un paraíso.

El ilusorio paraíso de una Cataluña independiente ilumina el sendero del nacionalismo, y desde la imaginación de cada creyente, de cada adoctrinado, llama a la acción para la «liberación nacional»,  aunque no existan libertades que conquistar ni opresiones que sacudir ni siquiera resulte pertinente que esa supuesta liberación sea denominada «nacional». Pero aunque tanto el ilusorio paraíso carezca de factibilidad como que la «liberación nacional» sea un mero sinsentido, poseen, sin embargo, el valor de un lema o consigna, o mejor aún, el valor de un grito de guerra tribal. La ilusión que infunden, eso es lo que importa a efectos prácticos, no el que sean sinsentidos o sinrazones. Llaman a razones de la emoción tribal, y la tribu, además de llamar a los primigenios instintos grupales, en un mundo globalizado en donde el individuo se siente extraño, le proporciona cobijo y consuelo.

Derivadamente de la promesa de paraíso y de la radical verdad del nacionalismo expuestas, en los acólitos del nacionalismo catalán aparecen  dos categorías mentales, el «nosotros», que alberga a todos los seguidores de esa doctrina y a todos los defensores de esa supuesta verdad antedicha, y el «ellos», donde por exclusión se incluye a todos los que no comulgan con ella. Pero esta categoría «ellos», al irse haciendo  más radical y furioso el grito de guerra tribal señalado, se va transformando en la mente del nacionalista catalán en la categoría «enemigos», y contra estos se encauza entonces toda la insatisfacción y sentimentalidad que ha ido fraguando el adoctrinamiento: malquerencia, odio, rabia, venganza, ira…

Ahora bien, suele ocurrir ―y en el nacionalismo catalán ha ocurrido― que la promesa de paraíso no tenga suficiente envergadura significativa  para calar en la conciencia del dubitativo o indeciso hacia el nacionalismo y para conseguir atraerlo al rebaño. De sobras es conocido que hasta no hace mucho el nacionalismo independentista catalán era muy reducido. La estrategia para hacerle crecer, esto es, para que la promesa redentora encuentre eco en su corazón, ha sido la inversa a la que la lógica hace usual. Si lo razonable es que fuese la seducción argumentativa quien abriera camino para la infusión de las doctrinas nacionalistas y para hacer que la verdad radical resplandezca en el corazón del neófito, y entonces, a partir del asentamiento de la doctrina como creencia, conseguir que forme mentalmente la categoría de «enemigo» que vigoriza sus sentimientos y su adhesión a la causa, la estrategia, digo, ha sido la inversa: primeramente se ha «creado» al enemigo, para que después, la promesa redentora calara en el corazón del converso a la causa. Bellamente lo expresó Indro Montanelli: «Los pueblos sólo se unen cuando tienen un enemigo común». Así que el adoctrinamiento mediante la «inmersión lingüística», mediante la denigración continua en los medios dependientes de la Generalitat de la cultura y de los valores españoles, mediante las incesantes campañas de victimismo, de tergiversación y falsedad en el tratamiento de la Historia, de las burlas y ataques incesantes a los símbolos de España (con el consentimiento implícito o la mirada hacia otro lado de todos los partidos políticos), ha logrado crear y fortalecer a la categoría «enemigos» en la mente de los ciudadanos de Cataluña. Y una vez lograda esta categorización y encauzados los sentimientos, la promesa redentora y la supuesta verdad radical se infunden con mayor facilidad.

Bien es verdad que ante lo endeble de la argumentación que señala la promesa de la Cataluña independiente, y de que a España en su conjunto se le pueda aplicar la consideración de enemigo (pues mayoritariamente la población de Cataluña tiene sus raíces en otras regiones de España), para poder mejor vencer la resistencia de los reticentes a tomar como verdades las consideraciones expuestas, el nacionalismo catalán tuvo que dar un empujón más a lo ilusorio de esas consideraciones  y echar mano de un supuesto agravio que calara en lo más íntimo de estos ciudadanos reticentes, que calara y resonara en su egoísmo personal: «España nos roba». Tal supuesto agravio ha disparado el número de cabezas del rebaño nacionalista, pues, por una parte, se vitaliza lo factible de la promesa redentora (fuera de España seríamos más ricos), se señala claramente al enemigo, España; se trae al primer plano de la conciencia de la gente el supuesto agravio, lo que desata y encauza la sentimentalidad, y otorga argumentos al egoísmo del individuo.  Luego el supuesto agravio, como eficaz lema o slogan, produce nacionalismo.

Tales creaciones: verdad radical, promesa redentora de un paraíso, manejo de los atavismos tribales, categorización y fortalecimiento del «enemigo», infusión del sentimiento de agravio, consignas, encauzar la sentimentalidad a unos propósitos, generar ilusiones que obnubilen, falseamiento y tergiversación de los hechos históricos…, constituyen los pilares del independentismo catalán con miras a sus propósitos.

La cuestión catalana (III)

La perversa dinámica nacionalista

El nacionalismo catalán «fetén», el de los Pujol, Mas y compañía, surge a finales del siglo XIX coincidiendo con una realidad económica próspera en Cataluña que hizo aflorar una potente burguesía. Al comparar esta burguesía su riqueza, el comercio e industria que generaban, con las miserias existentes en otras regiones de España, aparece en esa clase social catalana un sentimiento de superioridad (que siempre se acompaña con desprecio hacia los considerados inferiores) que les impulsa a lograr que les sea reconocida en toda la península su prominencia[1] en forma de poder y privilegios. En adelante el nacionalismo catalán siempre buscará con sus reivindicaciones  manifestar énfasis en esa superioridad alegada, ser primus inter pares. Como Mas y Pujol han manifestado reiteradamente, no está en su interés separarse de España, sino gobernarla. Quizá porque Cataluña ha vivido muy bien dentro de España. Les servía un Estado de las Autonomías  o un federalismo asimétricos, con Cataluña mirando al resto de España desde lo alto. La secesión, nunca ha sido buscada por el nacionalismo de este tipo, el de los rimbombantes apellidos catalanes de la burguesía.

Pero desde la época de la Transición las reivindicaciones del nacionalismo catalán formuladas con tal ánimo de prominencia sobre los demás (porque la prominencia trae la «pela» consigo, y la pela es la pela) han generado una perversa dinámica en su relación con España. Una dinámica que la ceguera y la estupidez de los sucesivos gobiernos centrales no han sabido o querido reconocer. Ya que el fundamento de este nacionalismo se encuentra en resaltar la prominencia de Cataluña y de sus prohombres sobre el resto de Comunidades Autónomas y sus respectos prohombres, su reivindicación principal incide siempre en la diferenciación. Que se resalte el «hecho diferencial catalán» en el reparto de competencias autonómicas; «no al café para todos», que repetían ufanos los políticos catalanes hace unos años. Pero al Gobierno central le resulta imposible satisfacer esa petición de reparto desigual, ese constante pedir más y más del Gobierno catalán cuando al cabo de unos pocos años las competencias de que disfrutaba Cataluña eran asumidas también por otras comunidades. De haber sido satisfecha dicha deferenciación, hubiera traído enseguida un sentimiento de agravio comparativo para los habitantes del resto de Autonomías, que les empujaría de nuevo a rasar en competencias y derechos con Cataluña. Así que la perversa dinámica no parece tener solución: a cada petición de cota diferencial de competencias responden las otras Autonomías con exigencia similar, con lo que Cataluña vuelve a pedir la diferenciación a su favor…, y así el cuento de nunca acabar. Recuérdese que al poco de ser aprobada la Constitución el nacionalismo catalán ya reclamaba un Estatuto diferenciado; se pidió un desarrollo acelerado del Estatuto para el caso catalán; posteriormente pidieron que España fuera magnánima en la interpretación de la letra del Estatut y de la Constitución; más adelante, se pidió reformar esta última; vino después el nuevo Estatuto catalán, y, como las demás Autonomías reclamaron y crearon el suyo, el nacionalismo catalán precisaba, según esa perversa dinámica señalada, dar un paso más allá. En eso estamos ahora. De igual manera, primero se pidió gestionar un15 % de la recaudación de Hacienda, luego un 30 %, y posteriormente la totalidad.

Siempre que el nacionalismo catalán pide y se les da, reclaman lo mismo las otras Autonomías y se les ha de dar, con lo cual la dinámica señalada sigue y sigue. Solo en el hipotético caso de que Cataluña resaltase en competencias y privilegios por encima del resto de Comunidades quedaría satisfecho el nacionalismo catalán, pero tal desequilibrio es inaceptable por parte de esas otras Comunidades. Sólo en caso de tal asimetría, de tal desequilibrio, la perversión desaparecía de esa dinámica apuntada. Pero ahí no acaban los problemas para el Gobierno Central, pues al contar con una ley electoral que favorece de manera harto exagerada a los nacionalismos, estos tienen la sartén por el mango a la hora de pactar la gobernabilidad del país con el PSOE o con el PP, que necesitan de sus votos. Esto es, los partidos nacionales PSOE y PP han estado cautivos del voto de CIU, lo cual ha posibilitado que en Cataluña CIU haya creado muchas leyes contradiciendo la Constitución, haya interpretado otras a su antojo, o incluso se las haya pasado por el forro de la faltriquera («estos  barrufets de Madrid, qué nos van a venir a nosotros imponiéndonos nada»).

Por si fuéramos pocos, parió la abuela, se generó una nueva y también perversa dinámica dentro de Cataluña. Maragall comprendió que el éxito de CIU y Pujol  durante tantos años residía en lo efectivo cántico nacionalista, los malos son ellos, y en ese reclamar privilegios (que disfrazaban de derechos) sin cesar; así que, por no ser menos, intentó emular a Pujol y se sacó de la manga un nuevo Estatuto que nadie había pedido. La nueva dinámica de la política interna de Cataluña, la imaginaron del siguiente modo  los pensantes de Mas, una vez ganadas las elecciones: Si el PSC ha hecho un nuevo Estatut (con la estulticia zapateril como ayuda), nosotros, CIU, no nos podemos quedar atrás, hemos de tensar la cuerda aún más, no sea que perdamos el pedigrí nacionalista a manos de ellos, así que hemos de pedir el 100% de la fiscalidad de Cataluña, y si se niegan, amenazaremos con la independencia y el Estado catalán. Así que se entró en esa dinámica de rivalidad entre CIU y PSC por ver quién lleva la bandera del nacionalismo ondeando más alto. Si tú pides esto, yo más. La perversión ha resultado ser aún mayor, pues quien ha salido claramente beneficiada en ese duelo ha sido ERC.

Se advierte que la solución a la que finalmente llevará el nacionalismo catalán a su «archienemiga» España es el crear una confederación de Estados dentro de la península, lo cual procura grandes ventajas a Cataluña pero representa un vuelco a la estructura política de las Autonomías existente. Tal posibilidad llenaría de gozo al nacionalismo, pues les otorgaría una absoluta independencia política y económica ―con una posición industrial y de comunicaciones dominante―y tendrían al resto de España sometida a ese dominio mediante su situación como zona de tránsito de mercancías y viajeros hacia Europa, además de contar con el centro de telecomunicaciones de toda la península (que de nuevo la estulticia zapateril les regaló graciosamente. ¡Los socialistas siempre haciendo el caldo gordo al nacionalismo!).  No veo cómo Europa y España podrían dejar a una Cataluña independiente fuera del euro con esa necesidad de atravesar su territorio y de tener el sistema de telecomunicaciones que utiliza toda España, pero menos aún por la carencia de ideas al respecto y el poco ímpetu del Gobierno central en relación al asunto. (Continuará)


[1] El ansia de prominencia no solo se da en la relación social de unos  individuos con otros: ese querer destacar por encima del «otro» en todo aquello que uno estima conveniente; sino que también se da entre grupos, tenemos el ejemplo de los equipos de fútbol, de los partidos políticos, etc, etc. Pero se exacerba ese ansia de prominencia cuando se encuentra un elemento de diferenciación como puede ser la lengua, y a ese elemento se le da un exagerado relieve. Por esa razón, para que los ciudadanos entren mejor al trapo y poder capearlos mejor, se producen las campañas de inmersión lingüística (la Historia es más maleable, se la puede utilizar mejor en provecho propio falsificándola o tergiversándola).

La cuestión catalana (II)

En la época de la Transición española y en vísperas de elecciones, los dirigentes de la izquierda daban grandes mítines en Barcelona. En Montjuic asistí a varios del PSC y del PSUC a los que acudieron Felipe González y Carrillo respectivamente. Cuando los oradores eran dirigentes regionales los asistentes al acto prestaban atención mediana (estaban disgregados en una extensa área), pero en el mitin final, cuando se trataba de Felipe González o de Santiago Carrillo, la gente se acercaba expectante formando una muchedumbre compacta y atenta a sus palabras. Como la inmensa mayoría de los asistentes eran emigrantes o hijos de ellos procedentes de otras regiones de España, el castellano era prácticamente la única lengua hablada. De hecho, según estadísticas de la propia Generalitat, el castellano era todavía en 1984 la lengua vehicular de más de un 75% de ciudadanos de Cataluña. Sin embargo, ya por ese año comenzaba el forzado proceso de inmersión lingüística en catalán, ya se empezaba a cuestionar la enseñanza en castellano, y ya el PSC y el PSUC y sus sindicatos filiales UGT y CCOO empezaban a cambiar a los dirigentes que no hablasen correctamente el catalán, primándose los nombres y apellidos catalanes.

¿No resulta necesario preguntarse por qué unos partidos políticos que representan de manera muy mayoritaria a ciudadanos castellano-parlantes, arraigados en culturas de diferentes regiones de España, no pongan objeción alguna ante los intentos (que enseguida empezarían a darse) de erradicar el castellano de las aulas, ante la denigración frecuente de todo lo que oliese a español en las dependientes televisiones públicas de Cataluña, y un largo etcétera de agravios, y más aún, que, como se verá, cooperen en ello con entusiasmo, como sintiéndose satisfechos de que se intente borrar una cultura ―la mayoritaria entre la población― y sustituirla por otra? Esto es: ¿no resulta necesario preguntarse por qué la izquierda pone en valor la territorialidad, en detrimento de la voluntad democrática de las gentes que habitan ese territorio? Trataré de contestar a esa pregunta.

Para ello me resulta necesario explicar lo que se conoce en bilogía como «efecto residente». En muchas especies animales se manifiesta un comportamiento que se conoce como defensa territorial. Cada individuo se aferra a un determinado territorio y lo defiende de los intrusos que lo quieren ocupar. Como «efecto residente» se considera el mayor ímpetu con que combate el residente frente al recién llegado, el intruso. ¿Se produce este efecto en la especie humana? Se ha de decir que sí, y median en ello los sentimientos. Por ejemplo, los residentes catalanes, siendo minoritarios en muchos lugares y ambientes de Cataluña (sobre manera en la época de la Transición), emplean un superior espíritu de combate para la defensa de sus supuestos singulares derechos territoriales que el que emplean los intrusos procedentes del resto de España en defender los suyos. También los residentes alegan poseer mayores derechos en otras cuestiones como la lingüística, y creen poseer una supremacía moral en relación a los intrusos,  a quienes consideran «usurpadores».

De manera general, los individuos de una comunidad regida por un determinado estilo de vida y con unas determinadas formas de relación social y cultural (residentes), al ver incrustarse en esa comunidad otras gentes con distintos valores y cultura (intrusos), perciben en ellos una amenaza, surgiendo en correspondencia un sentimiento de territorialidad que les hace proclives a pelear por que sean desterradas al estricto ámbito privado todas las formas culturales intrusas (sienten un impulso a ello) y a que en cualquier otro ámbito social se impongan autoritariamente las suyas, las de los residentes, aunque en número sean minoritarios. También de manera general aparecen en los residentes el intento de desvalorizar las formas culturales de los intrusos, que consideran usurpadoras. En el caso catalán, los intrusos, desasistidos por sus líderes (preocupados estos por aparecer como nuevos conversos, como residentes), enfrentados al clima de supremacía moral propiciado por los medios de comunicación y que sus propios líderes políticos auspiciaban, se vieron acorralados individualmente, apareciendo en ellos un complejo de huésped en una tierra extraña, sin derechos que alegar para mantener sus formas culturales, así que uno a uno, indefensoso en su individualidad, tuvieron que doblar su cerviz, esto es, devaluar o renunciar a su lengua, a su cultura, sus valores, a sus derechos de decir y negar, y tuvieron que ir adaptándose a la cultura catalana.

El porqué en muchos casos el intruso, al hacerse converso, esto es, residente nuevo, se hace un fanático defensor de los residentes y perseguidor de los intrusos,  tal como el Gran Inquisidor Torquemada, es un tema que trataré en otro posterior escrito. Me interesa, no obstante, conocer  por qué los líderes políticos representantes de los intrusos cooperaron con tanto ahínco para que los derechos territoriales alegados por los residentes imperasen sobre los derechos democráticos, sobre los derechos lingüísticos y sobre los valores de los intrusos. Voces muy autorizadas hacen deber esta cooperación a la desorientación de la izquierda, encadenada, dicen, a creencias decimonónicas que muestran poco sentido en el mundo actual.

Lo cierto es que el marxismo era internacionalista  (y el PSOE ha sido marxista hasta fechas relativamente recientes) y consideraba los nacionalismos como algo reaccionario, y tal fue la opinión del PSOE hasta al menos 1917. Pero el marxismo examina la historia del mundo por medio de la dialéctica de la oposición de contrarios, un método éste tan impreciso que es capaz de justificar cualquier cosa. Mediante «ciencia tan rigurosa» el marxismo justificaba que el feudalismo es la negación y superación de la época esclavista, el capitalismo es la negación y superación del feudalismo, y de igual manera el socialismo lo sería del capitalismo. Transitando por esas obligadas estaciones de paso, el tren de la historia nos llevaría ineludiblemente al socialismo. Fin del trayecto. Así que, preliminarmente a la llegada del socialismo, se debía implantar el capitalismo burgués. De ello extrajo el PSOE la siguiente conclusión: es preciso implantar en España una revolución burguesa que aún estaba por producirse. Así que,  atentos a subirse sin demora al tren de la historia y conducirlo hasta el socialismo, consideraron que había que derrumbar a la oligarquía española de la Restauración, apoyando para ello al nacionalismo catalán. Apoyando a la Lliga de Cambó se produciría la revolución burguesa esperada y hasta que tal revolución tuviese lugar esperarían (no se podían contradecir las tesis de Marx). De esa forma, a partir de 1918, para el PSOE, el nacionalismo catalán pasó de ser una fuerza reaccionaria a ser una fuerza progresista democratizadora. A partir de ese momento nació el buenismo del PSOE hacia los otrora reaccionarios nacionalismos periféricos. Julián Besteiro, Luis Araquistaín y otros, a imitación de Stalin, que defendía los nacionalismos en su libro El marxismo y la cuestión nacional (ya sabemos qué hizo  después Stalin con los nacionalistas, pero esa es otra historia), empezaron con las grandilocuentes arengas sobre «El Estado que oprime a las nacionalidades de España», «la confederación republicana de nacionalidades ibéricas», etc., hasta llegar a negar la existencia de la nación española. Así hasta ahora.

Considérense algunas de las declaraciones hechas en los congresos del PSC en los años 70 y 80 (téngase en cuenta que la gran mayoría de los votantes de ese partido en aquellas fechas eran venidos de otros lugares de España): «Cataluña es una nación (…) La colectividad nacional catalana está oprimida por el Estado español (…) Los socialistas desarrollaremos una estrategia nacional sobre las bases siguientes: a) El ejercicio del derecho de autodeterminación, que es una exigencia inalienable e imprescindible. Mediante ese ejercicio, nuestro pueblo decidirá el marco institucional que mejor convenga a nuestra identidad nacional…»  O considérense las declaraciones de Antonio Gutiérrez, del Comité Central del PSUC (era el partido comunista en Cataluña), en 1980: «Somos un partido nacionalista, el más nacionalista, no aceptaremos que ningún partido lo sea más que nosotros».

Nada más y nada menos: ¡a mí no me gana nadie a nacionalista!, quería decir el representante de todos los andaluces, aragoneses, murcianos y extremeños que afiliados al PSUC entendían con dificultades la lengua catalana. ¿Se entiende la situación de ahora? ¡Qué grandes genios han campeado por la izquierda! La izquierda anclada en lo utópico, en lo abstracto y en el sinsentido de no prever nunca las consecuencias de sus dichos, posiciones y actos. Cooperando en despojar de raíces y valores a sus adeptos, y todo ello en defensa de los derechos de territorialidad esgrimidos por la burguesía catalana. La izquierda acomplejada, desorientada, sin criterios sensatos; la izquierda de los líderes hechos nuevos conversos que tienen que demostrar su fe irredenta catalana para purgar su complejo de charnego; la izquierda que coopera en la inmersión lingüística y en la discriminación generalizada a favor del catalán y en detrimento del castellano; la izquierda que se tapa los ojos (también la derecha española) ante el incumplimiento de las leyes por parte de la Generalitat en lo tocante a la elección de la lengua materna en la escuela, en el surgimiento de leyes que discriminaban a los profesores castellano-parlantes; la izquierda que ayuda a promover una agobiante presión social contra todo aquel que discrepase del catalanismo rampante. Han entregado al rebaño bien maniatado. Así obtenían migajas, ¡y gobernaban en Madrid! (Continuará)