EMBELESO Y DUERMEVELA

 

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Hay muchos motivos que llevan al embeleso y todos tienen en común que el embelesado tiene el sistema de atención focalizado y a pleno rendimiento, pero quiero referirme al embeleso, harto frecuente, que practican aquellos individuos que solemos calificar como distraídos.  Claro está, si usted lleva al psicólogo a un niño que se embelesa con frecuencia le puedo asegurar que le diagnosticará “déficit de atención”, pero esto de los psicólogos y el déficit de atención es otra historia.

El embelesado al que me refiero representa en su imaginación una fantasía que discurre por los meandros de placer del cerebro y que es generada e impulsada por los vientos del deseo. El tema del embeleso surge a partir de deseos insatisfechos. En su pensamiento el embelesado se ve triunfante en una competición; o bien imagina escenas en las que la chica de sus sueños cae rendida a sus pies ofreciéndole su amor eterno; o la empresa que sueña construir es todo un éxito que causa la general admiración; o imagina un escenario en donde hermosas odaliscas representan sus juegos eróticos preferidos; o, simplemente, traza los hechos de un pasado que le resultó satisfactorio, y los mejora y se recrea en ellos y los proyecta hacia el futuro repetidamente…Pero, claro, hay embelesos para todos los gustos. En cualquier caso, no suelen ser pensamientos que se busquen sino que surgen por sí solos en las ocasiones en que la realidad resulta aburrida o desagradable y la mente está poco disciplinada.

Mientras dura el embeleso el embelesado cae en un ensimismamiento agradable que, placenteramente, le evade de la realidad. Ni que decir tiene que la conciencia apenas participa en esa representación si no es ofreciendo su escenario de actuaciones y manteniendo la atención en estado de firmes. El subconsciente es el manantial de donde fluyen esas bocanadas de quietud agradable que aíslan al sujeto del agobiante mundo. Les suele ocurrir con más frecuencia a los sujetos que poseen una desbordante imaginación y buenas capacidades intelectuales.

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El tema del embeleso puede ser seleccionado repetidamente o puede aparecer en nuestra mente como por encanto, pero su argumento lo traza el deseo, que hace discurrir la navegación por placenteras aguas. ¡Y qué decir de los protagonistas de la obra!:  se someten mansamente a los dictados del deseo y actúan para la satisfacción de éste.

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Poco tiene que ver el embeleso con el duermevela, aunque en uno y otro caso la maquinaria de la razón se mantenga en suspenso. El duermevela (y los diccionarios se muestran erróneos al respecto) lo forman esos instantes en los que el ámbito onírico aún no se ha retirado y la conciencia está desperezándose; en el que el fluir de los sueños se percibe conscientemente; en el que el subterráneo de la conciencia  aún no se ha cerrado. En el duermevela podemos ver las simbólicas figuras de los sueños caminando desorientadas entre los dos ámbitos. Pero también la conciencia mueve al pensamiento a participar en la obra, y hace desfilar a sus propios personajes, que en argamasa se mezclan con los del sueño y se diluyen, apareciendo y desapareciendo de repente, hasta que la conciencia toma el mando y cierra los portalones del subterráneo.

Recuerdo que hace años tuve un duermevela que, por su duración, resultó ser muy extraño. Desperté con la clara imagen de un sueño dibujada en la conciencia. Era el marco de una ventana –sin paredes ni adornos ni sujeción alguna—en la que se sentaba una mujer de la que surgía una luz blanca brillante. Me resultó desconocida. Tomé consciencia de la imagen pero ésta no marchaba; incluso la pude meter en mis pensamientos y examinarla. Creo recordar que tardó un buen par de  minutos en evaporarse.

CONDUCTA SOCIAL Y NATURALEZA HUMANA II

 

CONVENIENCIA SENTIMENTAL

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Los sentimientos nos sugieren que determinada conducta o acción frente a los demás es aceptable y grata o, por el contrario, es reprobable. Nos hacen sentir atracción o repulsión, malquerencia o bienquerencia, gozo o malestar, paralizan la acción o nos impulsan a ella. Frente al otro, frente a quien nos relacionamos, nos concitan un rumbo y una intención. En resumidas cuentas, mediante dicho sentir hacen resaltar en nuestra conciencia lo conveniente  de tal o cual modo de actuar en relación a tal o cual individuo, predisponiéndonos a estar alerta o a confiar despreocupadamente.

Los sentimientos surgieron como tales en las primitivas agrupaciones de homo sapiens ( muy plausiblemente, se esbozaron en la época del homo erectus), con vocación de actuar a modo de reguladores sociales. La compasión, la vergüenza, la culpa, la envidia, los celos…actúan como instrumentos de la naturaleza humana. Procuran por un difícil equilibrio entre los intereses individuales y los sociales. Propugnan una difícil entente entre el competir con los demás y el cooperar con ellos.

Para sobrevivir en un medio hostil, nuestros primitivos ancestros tuvieron que competir y cooperar entre ellos. Lo mismo ocurre hoy en día en cualquier  negocio: en la empresa los trabajadores cooperan y compiten entre ellos por obtener beneficios empresariales y por alcanzar estatus a costa de los demás. Para estas labores resultaron y resultan de gran utilidad los sentimientos (y también para la convivencia y para la defensa del grupo y del individuo…).

La crueldad, los celos, el odio, la envidia –en  ciertas circunstancias—, actúan en nosotros en forma de pulsiones que nos impelen a competir; la compasión, la vergüenza, el afecto, facilitan, en cambio, la cooperación. Así que los sentimientos, con las pulsiones y la predisposición que nos producen hacia los demás, muestran a la conciencia el comportamiento que al sistema emocional le resulta conveniente cuando un individuo se encuentra frente a otros individuos.

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El compasivo “percibe” conveniencia en actuar con misericordia frente a unos y con odio frente a otros; el vergonzoso “percibe” conveniencia en evitar situaciones en las que podría aparecer deshonroso; la conveniencia del envidioso se cifra en hacer desaparecer al oponente que le hace sombra…

Los sentimientos tienen una importante particularidad: son en alto grado educables, lo cual les confiere un plus de potencial peligro. Incluso pueden ponerse de moda, tal como la compasión y la conmiseración lo están ahora. Los horrores de la 2ª Guerra Mundial fueron un toque de clarín para que se evitara la crueldad e imperase  la compasión. En el fondo, ese es el programa de la filosofía de la llamada Escuela de Frankfurt. El buenismo, cuya moralidad impera hoy en día en Occidente, hunde sus raíces en esa fuente.

La compasión es hoy, a nivel social, el sentimiento estrella, pero la compasión se alimenta de temor, y este sentimiento es el gran reconductor de conciencias. El temor es un miedo anticipado imaginativamente, es el sentimiento que nos produce la percepción de una amenaza en ciernes. Sentimos temor por un peligro supuesto, no por un peligro presente.

En el espectro humano se pueden observar caracteres más o menos medrosos (y también algún Juan Sin Miedo) pero, como sentimiento que es, es educable. Lo sentimos especialmente cuando otros lo sienten y lo comunican.

El temor se propaga entre las gentes como una llama en la estopa; es altamente contagioso y puede agrandarse en nuestra conciencia hasta el delirio. Voy a poner un ejemplo. En marzo de 1220 Gengis Khan tomó Samarcanda y masacró a su población. Igual suerte sufrió el Jorasán iraní y Afganistán. Las ciudades fueron reducidas a escombros y los cronistas musulmanes de la época narran que los cráneos apilados formaban montañas. Tal devastación provocó en el imperio musulmán un temor inmenso hacia los mongoles. Un temor que podemos apreciar por el relato del cronista Ibn al-Athir:[i]

Me han contado cosas que apenas pueden creerse; tan grande era el es­panto que Alá había puesto en todos los corazones. Se cuenta, por ejem­plo, que un solo jinete tártaro entró en una ciudad muy poblada y se puso a matar a todos sus habitantes uno tras otro sin que nadie se atreviera a defenderse. He oído decir que un tártaro, no teniendo ningún arma y que­riendo matar a uno que había hecho prisionero, le ordenó que se acostara en tierra, fue a buscar un sable y después mató a ese desgraciado, que no se había movido.

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La conveniencia que manifiesta un temor prudente es provechosa; no lo es, en cambio,  la conveniencia de actuar de acuerdo a los dictados de un temor desbocado, pavoroso, ni tampoco la de actuar sin temor alguno –es decir, no ser precavido—cuando existe peligro. El temor prudente nos alerta sobre los peligros, mientras que en el temor desbocado esa alerta se hace obsesiva y nos paraliza o nos hace huir despavoridos.

En cualquier caso, la conveniencia que dictan los sentimientos es de por sí peligrosa si no está sometida al control de las razones del intelecto que miran por nosotros mismos. No ha sido infrecuente en la historia que el compadecido clave un puñal en la espalda del compasivo. En la encrucijada en que nos hallamos, con la mitad de la población africana y de Oriente Medio queriendo llegar a las costas europeas, esa historia es muy probable que se repita.

Percibimos otro tipo de conveniencia que no he nombrado hasta ahora y que quizá sea la más determinante en nuestra conducta. Me refiero a la conveniencia que percibimos en las cosas a través de las creencias que poseemos, pero de esto hablaré en una próxima entrada.

 

 

 

 

[i] René Grousset, El Imperio de las Estepas, página 304

CONDUCTA SOCIAL Y NATURALEZA HUMANA I

El hecho ha sido observado en multitud de ocasiones en muchas especies animales. Comprenderlo solo precisa de un ejemplo: Un rebaño ovino pastando apaciblemente a unas decenas de metros de un despeñadero; un pastor al que un fortuito menester aleja unos instantes del ganado; un oveja madura que por razones extrañas, obedeciendo a un mero instinto ocasional,  obedeciendo a una pulsión, echa a trotar y se desboca hacia el precipicio. Ahora viene el asunto principal: suele ocurrir que las demás ovejas, en fila, siguen los pasos de la primera y se despeñan también.

Los seres humanos no somos tan distintos a esas ovejas. Como ellas, somos gregarias, solemos tener pastores políticos y religiosos, y, los suicidios colectivos –siguiendo las indicaciones o doctrinas de un líder—han sido harto numerosos en nuestra especie. Desde sectas religiosas que se han inmolado a una orden de su líder, hasta la infinitud de guerras que no tuvieron otro propósito que el enfrentamiento entre líderes, ni otro resultado posible que la muerte de centenares, miles o millones de seres humanos.

Somos animales, somos gregarios y seguimos a un líder cual rebaño de ovejas o de lobos o de caribús. Nos creemos distintos porque, de manera singular, poseemos conciencia, pero, realmente, todas nuestras decisiones se toman en ese ámbito subterráneo que es el inconsciente.

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La conducta de los animales –deslindándonos ahora de ellos—resulta mucho menos complicada que la nuestra: es guiada y catapultada de manera casi exclusiva por los instintos. Sus instintos les indican la conveniencia que poseen las cosas para su supervivencia y bienestar, y les impulsan a conseguirlas. Los humanos disponemos, además, de otros mecanismos neuronales para percibir dicha conveniencia: poseemos la razón y los sentimientos, es decir, poseemos conciencia, poseemos la capacidad de obrar en el presente con vistas al futuro empleando el conocimiento del pasado. Esa amplitud de conveniencias (conveniencia instintiva, sentimental, racional) origina que la vida del hombre resulte un permanente conflicto: una  lucha interior entre conveniencias. El instinto nos suele decir una cosa, el sentimiento otra distinta y la razón otra más enrevesada aún.

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Hace poco comenté en un blog que nuestra civilización trata de reprimir nuestra naturaleza instintiva, nuestra naturaleza animal, y que en esa represión solapada se encuentra en gran medida la raíz de muchas de las enfermedades cuya etiología los médicos se encuentran incapaces de descubrir. Que tales enfermedades son harto frecuentes en quienes, por una causa u otra, han reprimido fuertemente su acción instintiva: quienes huyen de la relación social por temor a la alteridad del ‘otro’, quienes sofocan ilimitadamente su sexualidad, quienes llenos de temor a la experiencia social se refugian en  la soledad o en los animales, en los hipercompasivos, en aquellos que se horrorizan ante cualquier crueldad por insignificante que sea, en aquellos que temen todo lo que huela a competir, en quienes carecen de un itinerario de vida o no poseen un propósito vital. Abjurar de lo instintivo, querer matar la parte animal de uno mismo, lo entiende el organismo, de manera inconsciente, como un suicidio. Los impulsos instintivos se dirigen entonces, no a satisfacerse, sino a descompensan el funcionamiento de los diversos órganos del cuerpo, y, junto con el miedo, el gran represor del instinto, provocan la enfermedad.

En otros casos, una idea se apodera de nosotros, se asienta en la conciencia en forma de creencia (no siendo otra cosa que una ilusión), y obnubilando la razón y redireccionando la acción sentimental hacia el propósito que indica dicha idea, esto es, mostrándonos ciegamente una única e ilusa conveniencia, nos lanza a realizar grandes revoluciones y a producir grandes catástrofes en su nombre. El ejemplo de la Alemania de Hitler o del comunismo soviético, especialmente con Stalin, son bastante elocuentes al respecto. Pero no es preciso señalar casos extremos como los dichos, el ámbito social está lleno de comportamientos disparatados auspiciados por creencias que producen en las gentes una visión de la realidad alterada que puede llegar al fanatismo, esto es, a no ver más allá de sus narices, a pensar que todo el mundo está equivocado menos él, y a considerar su enemigo y declarar la guerra a todo aquel que discrepe de su verdad. El sectario, el revolucionario, el terrorista, son algunos tipos característicos de este tipo de gente. Es como si su cerebro estuviera cortocircuitado y solo la idea que le ronda produjera allí actividad. Los ejemplos son numerosos y no es preciso exponerlos.  Se está descubriendo que muchas enfermedades mentales son consecuencia de ese cortocircuitado y del miedo.

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Recojamos que somos gregarios, que solemos seguir a líderes y a fiar en su opinión, que poseemos mecanismos diversos y de diversa antigüedad evolutiva para percibir aquello que nos conviene para nuestro bienestar, que las ideas anidan en nuestro cerebro fabricando ilusiones que nos guían a comportamientos desastrosos, que renegar de manera notable de nuestra acción instintiva puede enfermar la mente y el cuerpo…

Nos falta hablar de la conveniencia sentimental y de la racional, y también somos capaces de producir tecnología y cultura y moral, pero estos temas serán tratados en próximas entradas de este Blog.

Manchas del psicoanálisis

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Sheri Storm se había divorciado recientemente y acudió al psiquiatra Kenneth Olson para tratarse de un insomnio leve y una ansiedad moderada. Una vez comenzada la terapia empezó a sufrir migrañas, vértigos, dolores de espalda, nauseas, trastornos intestinales e insomnio grave. Tras de soportar sesiones de hipnosis, tomar litio, Prozac, Desyrel, Tegretol, Xanax, Cytomel, medicamentos para la migraña, una rotación de inductores del sueño, amital sódico e internamiento en hospitales mentales, Storm empezó a ‘recordar’ que su padre la había sometido a abusos sexuales a la edad de tres años, la había obligado a participar en actos de bestialismo y en rituales satánicos y sacrificio y antropofagia de bebés humanos, creyendo poseer hasta 200 personalidades diferentes. Hoy en día, muchos años después de aquello, Storm sigue atormentada por los ‘recuerdos’ de las demoledoras escenas ‘resucitadas’ en la consulta de su terapeuta.

La técnica de la recuperación de la memoria reprimida implantó en la paciente falsas evocaciones.

En una encuesta que comprendía 183 casos de represión de recuerdos de abusos sufridos en la infancia, un equipo financiado por el estado de Washington seleccionó al azar 30 de ellos para su estudio. Se extrajo la siguiente información:

  • El 100% de los pacientes informó de torturas o mutilaciones, aunque ninguna pudo ser corroborada.
  • El 97% recuperó recuerdos de abusos en rituales satánicos.
  • El 76% recordó actos de canibalismo con bebés.
  • El 69% recordaba haber sido torturado con arañas.
  • El 100% seguía bajo terapia 3 años después.
  • El 10% manifestó haber tenido pensamientos suicidas antes de la terapia; el porcentaje se elevó al 67% al seguir la terapia.
  • La hospitalización aumentó del 7 al 37% consecutivo a la terapia.
  • Las automutilaciones aumentaron desde el 3 al 27%.
  • El 87% de los pacientes tenía un empleo antes de la terapia; al cabo de tres años de terapia sólo lo tenía un 10%.

Todos estos datos, extraídos de la revista Mente y Cerebro, nº 34, muestran a las claras dos cosas: que los efectos de la terapia mencionada pueden ser terribles; y que el negocio de sanador, por el hecho de que se prolonga indefinidamente, resulta bien lucrativo. Cierto es que en la técnica mencionada el psicoterapeuta es mucho más inquisidor que lo debe ser el psicoanalista, pero ambos parten de las mismas premisas, que los abusos sexuales en la infancia son la causa de gran parte de los trastornos mentales y de personalidad que se dan en la madurez.

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A Freud no le pasó inadvertida esta circunstancia: Primeramente abandonó el método de la hipnosis que utilizó en la primera época porque  se percató de lo ilusorio de muchas de las «confesiones» de los pacientes interrogados hipnóticamente, y algo después,  también tempranamente, en carta a su amigo Wilhelm Fliess de 21 de septiembre de 1897, asevera «…la conclusión de que en el inconsciente no hay «indicio de realidad», de tal manera que es imposible distinguir la verdad de la ficción teñida de afecto.».  Tal reconocimiento vale tanto para la introspección que realizan los pacientes como para la introspección del propio Freud en la que «recordó» el amor por su madre, así que, de haber actuado en consecuencia, le tendría que haber llevado a reorientar la teoría, pues indicaba que los datos extraídos mediante la asociación libre eran meros indicios dudosos, pero no realizó tal reorientación. En realidad, el citado reconocimiento significaba el derrumbe total de la teoría, pues derrumba el pilar justificador, destruye el aval que avala a todo el edificio, borra el tinte científico con que se había embadurnado.  Freud se debió sentir como aquellos personajes de dibujos animados que andando  sobre lo  que consideran suelo firme, miran de pronto  hacia abajo y ven el abismo a sus pies; debió verse sentado sobre la rama que estaba cortando.

Pero algunos seguidores de Freud fueron mucho más freudianos que él mismo, y en los años 90, en USA, eran mayoritarios entre los psicoanalistas.  Durante la década de los 90 los tribunales tuvieron que dictaminar en varias decenas de miles  de denuncias de incesto que las denunciantes alegaban haber tenido lugar durante su infancia.  Tardó un tiempo en ponerse claro que en todos los casos las pacientes habían ‘recordado’ el incesto a preguntas (intencionadas) de los distintos psicoanalistas. Una investigación más exhaustiva determinó que en la mayoría de los casos se trataba de falsos recuerdos inducidos durante la sesión de psicoanálisis.

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El psicoanálisis nunca ha presentado prueba alguna de sanación (no les ha hecho falta, el negocio de diván siempre ha marchado viento en popa). Un caso que pretendió ser prueba de sanación fue el del llamado «hombre de los lobos», un tal Sergei Pankejeff, que sufría una neurosis grave, y que fue tratado por Freud. Mediante la interpretación de sus sueños, se concluyó que sus dolencias se relacionaban con traumas sexuales de la infancia. Freud aseguró haber encontrado la pista que llevaría a su sanación por un lapsus cometido por el paciente al comunicar un número distinto al que dibuja, que es el V. Freud encuentra en esta cifra-letra la forma de una mariposa, la abertura de las piernas de una mujer… Cuando se le comunicó el origen de su problema, curó. Pero la historia es diferente. La periodista Karin Obholzer investigó el caso y descubrió que nunca había curado, sino que fue empeorando de forma ostensible hasta su muerte, así como que cobraba un sueldo mensual a cargo de la Fundación Sigmund Freud con el propósito de mantenerlo oculto en Viena para que el fraude no se hiciera público.

Yo no sé si acogerme al diván o al confesionario.

Los Juegos del Intelecto

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Para mí, publicar en este blog es un juego. Yo juego a contarles mis ocurrencias esperando que las encuentren interesantes, y otros, en otros blogs, juegan a contar las suyas con similar esperanza.

¿Qué buscamos todos al hacer esto? En lo social, conseguir un cierto grado de reconocimiento; en lo personal, en lo íntimo, encauzar los pensamientos a un propósito, ocupar deliciosamente la mente; esto es, huir del sinsabor del aburrimiento.

Escribiendo pretendemos descargarnos de los pesares y de las culpas que la vida nos lanza, escondernos de los temores y las angustias. Por esa razón jugamos a construir mundos etéreos escribiendo.

Sin embargo, los juegos más celebrados consisten en emular batallas. El ajedrez, los deportes, el fútbol, los innumerables juegos de guerra que practican millones de jóvenes con la PlayStation o con Tableta consisten en eso, en la lucha por el triunfo frente al enemigo.

La batalla es el juego por excelencia. Vencer en un enfrentamiento, saberse superior al adversario, saborear el éxito, es el regocijo buscado. Son el cruel instinto tribal de masacrar al enemigo y el ansia de prominencia frente al adversario los que actúan en estos casos. Pero este tipo de juegos es socialmente aceptable porque es incruento; porque se despacha con enfrentamientos virtuales.

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Los juegos por absorber empresas o por ocupar el cargo directivo más alto también son de este tipo, pero son reales, cambian la realidad de las cosas y de las situaciones, deshacen y construyen riquezas y posiciones de poder reales, aunque no dejan de ser un juego movido por el ansia de sobresalir y por huir del aburrimiento. En todos ellos, el azar es un condimento que enriquece el sabor del juego.

Existen otros tipos en los que el jugador es único, otros juegos en los que se carece de contrincante. A ellos pertenecen los juegos de creación artística o literaria, aunque se dan otros muchos varios. Al sujeto no le satisface la realidad en cuanto a ser pensada, y juega a pensar mundos virtuales. Pero no deja por ello de esperar el reconocimiento social por lo que hace, esto es, no deja de desear el triunfo.

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No niego, sin embargo, que el triunfo no lo es todo, y que con la práctica del juego creativo  las entretelas del pensamiento se van enredando en deleites insospechados. La posibilidad de triunfar socialmente con el juego artístico que se lleva a cabo deja ya de ser un acicate, y sí pasa a serlo, en cambio, el deseo de perfección y virtuosismo, lo que antaño se denominaba la gracia.

Tan llega a ser de esa manera, que puede ocurrir que las redes neuronales encargadas del pensamiento se cortocircuiten, y que lo que empezó siendo un juego, un pasatiempo, se sustancia en un modo de vivir, que los pensamientos artísticos se conviertan en la existencia de uno. A este respecto Proust declaraba estar ocupado por la literatura, ser ya literatura únicamente.

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En ese jugar a construir mundos ficticios cada artista se vale de las armas que mejor ha sabido afilar con la práctica. Digamos que Freud se vale de la intuición y de la ocurrencia, aunque quiso hacernos creer que jugaba a ser científico. Borges, en cambio, jugaba a destilar, pulir y condensar frases y palabras al modo al que el alquimista destila del impuro azogue la Piedra Filosofal. Joyce toma los pensamientos tal como fluyen y emergen en el escenario de la conciencia, descoordinados, sin cincelar, y juega a construir con ellos un edificio complejo supeditado a un orden secreto que los adoradores del autor tratan cada año de descifrar en lugares emblemáticos.

Pero existe un grupo de artistas de lo ilusorio que juegan a creerse dioses utilizando para ello la poderosa arma de la razón sin otros aparejos. Son los metafísicos. Están convencidos de que con el mero artilugio de la razón, sin más aditamentos, les sobra y basta  para hallar la verdad del ser y de las cosas; y construyen con acierto castillos en el aire que creen eternos pero que no resisten el más leve soplo de viento. Ilusos.

Hay profesiones que son un juego. Por ejemplo la de actor, que dice Borges “que en un escenario, juega a ser otro, ante un concurso de personas que juega a tomarlo por aquel otro”.

Quienes apenas juegan a batallas son las mujeres, que, a cambio, juegan con elegancia y acierto a escribir de sentimientos. Otros juegan a dejar la mente en blanco. Si lo que tratan es de huir del deseo malvado, se dicen budistas, si su pretensión es encontrar a dios tras de ese silencio del pensamiento, son conocidos como sufíes o yoguis, o místicos cristianos.

Todos jugamos. El intelecto demanda estar ocupado y gratificado, y con ello, también,  pretendemos huir de los pesares de la vida. Así que juguemos a creer que jugamos.

Y con esto me despido hasta después del veraneo. ¡Que ustedes jueguen a gusto!, ¡que el deleite les acompañe!

Libre Albedrío III (y final)

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¿Qué ocurre a nivel neuronal cuando se produce un pensamiento o se toma una decisión? Ciertas regiones del cerebro se activan y se conectan; ciertas zonas de formación evolutiva reciente reciben aferencias de zonas más antiguas y viceversa. En esas activaciones no solo se transmiten potenciales eléctricos, sino también neurotransmisores e incluso hormonas, recorriendo circuitos que se ven afectados por su acción química y eléctrica, y activando otras redes y produciendo estados de ánimo determinados.

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¿De qué depende ese baile de sustancias químicas y eléctricas que se produce en las neuronas y en otros tipos de células llamadas gliales? De los ambientes químicos existentes en el interior y en el exterior de las células. Según sea la relación de desequilibrio entre esos ambientes y según sean estos, algunas largas proteínas singularmente enrolladas sobre sí mismas ―y que son las puertas de entrada y salida de sustancias de la célula―se abrirán o cerrarán al paso de ciertas moléculas o átomos, dando lugar al inicio y mantenimiento del baile químico señalado.

Así que la acción biológica de actividad celular se reduce a la acción química de ciertas moléculas, pero la acción química se reduce a su vez a una acción física: por ejemplo, el enrollamiento de las proteínas, su modificación en la apertura o cierre de sustancias a la célula, depende en último término de las cargas eléctricas de sus partículas interactuando con las cargas de las partículas de los ambientes considerados.

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Algo semejante a lo dicho para una célula en particular ocurre para las redes neuronales, aunque la complejidad explicativa aumente, pero no su esencia, que es la misma: los pensamientos, las razones, los sentimientos, las emociones, las decisiones, son reducibles a acciones químicas, que se reducen a acciones físicas, y, consecuentemente, la acción mental es determinismo puro, pues la física lo es.

Ahora bien, a nivel psicológico, el lector atento habrá adivinado que falta por averiguar qué sujetos motivan el desequilibrio químico existente entre el interior y el exterior celular. Esa es la pieza que falta en el engranaje. Ahí se encuentra el meollo del asunto. Y es un meollo complejo. Los sujetos son varios y se encuentran interrelacionados.

El organismo humano ha sido pergeñado para responder al entorno con ciertas garantías de éxito para la supervivencia y el éxito reproductivo. Poseemos varios sistemas cerebrales para hacer frente al medio, para adaptarnos provechosamente a él. El enamoramiento, la ira la vergüenza, el resentimiento, el afecto, el deseo, el miedo, los instintos, el dolor, el placer…, son respuestas de esos sistemas al medio ambiente (sea éste un medio social, o cualquier otro entorno considerado) con vistas a la finalidad señalada. Pero todas esas respuestas se producen en el cerebro relacionalmente de acuerdo al grado de afección que el medio ambiente nos produce.  Nuestros sistemas de percepción envían señales químicas y eléctricas a otros sistemas neuronales, alterando la composición química del correspondiente medio intercelular, produciendo a su vez nuevos desequilibrios químicos que dan comienzo al trajín de otras redes neuronales.

Resumiéndolo con un ejemplo, la visión de un hermoso cuerpo produce que se envíen señales químicas a ciertas regiones cerebrales y que se alteren los equilibrios y ambientes químicos de ciertas redes neuronales, dando lugar a lo que conocemos como un estado de deseo, y haciendo surgir derivativamente pensamientos acordes con él.

Todo comportamiento humano y toda acción mental son reducibles a esos procesos químicos y físicos. Puro determinismo. La aparente libertad de acción, el aparente libre albedrío, no son otra cosa que un espejismo engendrado desde esta oculta complejidad. También se podría considerar como una ilusión subproducto de la conciencia con cierta utilidad evolutiva: la de hacernos sentir distintos, diferenciados, humanos, dueños de nuestro destino, hacedores y no meras máquinas celulares que el instinto conduce. Tal vez esa ilusión provenga de la capacidad de poseer memoria, de tener conciencia del pasado y percibir que es diferente del presente y que nos sentimos responsables de ello.

Libre Albedrío II

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              En la anterior entrada expuse los dos distintos conjuntos de sistemas de que dispone el cerebro para percibir la conveniencia de un asunto y, consecuentemente, decidir. Por un lado está el sistema límbico y otros sistemas aún más antiguos que gobiernan las emociones, los instintos y las acciones reflejas; por otro lado están los sistemas que en mayor medida operan en la conciencia.

Pero la cuestión resulta mucho más complicada de lo que parece a simple vista porque unos sistemas y otros se ejercen mutua influencia. Por esa razón y antes de proseguir en esa línea, examino dos experimentos clínicos que son famosos en el campo de las neurociencias.

El primero de ellos fue llevado a cabo por el doctor Benjamín Libet, de la Universidad de California en San Francisco. Mediante tal experimento descubrió que un poco antes de hacer consciente la decisión de llevar a cabo un acto, dicha decisión ya se refleja (ya ha sido tomada) en la actividad de áreas subcorticales de las que no somos conscientes. Por ejemplo, antes de decidir mover un dedo, las redes neuronales motoras que controlan dicho movimiento a nivel subcortical ya habían decidido mover el dedo.

Esto es, la conciencia aparece solo como mero notario que da fe de lo que en el subconsciente ya se ha decidido. Es este subconsciente quien evalúa las opciones que se presentan y es él quien decide. La decisión la recibe después la conciencia, creyendo ilusamente que ha sido ella quien ha decidido.

El segundo experimento lo llevó a cabo el doctor Robert Heath. Fue como sigue: a un  paciente aquejado de un cierto desorden neurológico se le colocaron varios electrodos en el cerebro. En un cierto momento en que el paciente describía lo apenado que se hallaba por la enfermedad terminal de su padre, el doctor Heath estimuló con los electrodos el septum  del paciente, un área del sistema límbico que participa en los procesos de placer con carácter sexual. En menos de 15 segundos el paciente olvidó su pena y comenzó a sonreír picaronamente y a hablar de planes para seducir a una amiga. Según su propia confesión, “los planes han acudido de pronto a m i cabeza”.

Esquemáticamente, la estimulación de la actividad de una zona del sistema límbico originó un  cambio de pensamientos y de sentimientos.

Volvamos al hilo de la influencia mutua que se ejercen los sistemas arriba dichos. Se ha de tener en cuenta que las emociones y los instintos afectan de manera muy importante a nuestro pensamiento y a los senderos que toma la razón; pero también se produce la influencia en sentido inverso, pues nuestras razones y pensamientos influyen en agrandar o diluir el grito emocional e instintivo. Se sabe también que las creencias que poseemos acerca de un determinado asunto, determinan en gran medida la predisposición emocional y sentimental hacia su ocurrencia.

Por otro lado, el sistema intelectivo, haciendo uso de la imaginación y de la memoria, labora especulativamente en el presente con vistas al futuro en razón de encontrar a largo plazo lo conveniente en referencia a cualquier asunto de la vida. Pero, en cambio, en las cuestiones que se han de dilucidar a corto plazo, en la inmediatez, la facultad intelectiva suele intervenir poco, y nos mueven rutinas de acción basadas en costumbres, usos o creencias, o bien nos guiamos a instancias del miedo o del placer que nos presentan en primer término los asuntos.

Como se ha podido ver, un auténtico galimatías: una intrincada influencia entre los distintos sistemas encargados de percibir la conveniencia del organismo, y la intervención ―y la frecuente disputa entre ellos― de sistemas encargados de la percepción de lo conveniente a largo y a corto plazo.

Dicho lo dicho, se vislumbra que los sistemas que operan en el ámbito de la conciencia, como los sistemas intelectivos, ejercen la doble labor de percibir lo que conviene al individuo (sobre todo a largo plazo), pero también la de resaltar lo que le resultaría a éste conveniente frente a la conveniencia que perciben los sistemas que operan en el subconsciente. Pero, ¿toman estos sistemas conscientes la decisión respecto a las conveniencias presentadas, o su acción se limita a presentarlas?

El lector que haya estado atento se habrá percatado de que su labor es de mera presentación. El sistema evaluador y que decide no se halla en el ámbito de la conciencia.  Opera en su subterráneo y tiene por misión evaluar cada conveniencia en razón del peso de miedo o placer que presenta. En el sistema límbico se evalúa la placentera e instintiva conveniencia que representa el hecho de engañar a la esposa con la compañera de la oficina, a la vez que la conveniencia de evitar el hecho por temor a las consecuencias de dicha acción.

La decisión se elabora en el subconsciente pero conscientemente podemos laborar para otorgar más peso a la conveniencia intelectiva que a la conveniencia instintiva a la hora de ser evaluadas emocionalmente.

Veamos las razones que presenta un fumador que pretende dejar de fumar. Las razones relativas a la prevención, al miedo a los efectos del tabaco, deben lograr un peso mayor que las razones del placer de fumar. Uno debe crear una preocupación por fumar dentro de sí, un temor a fumar. Recuérdese el dicho de Spinoza de que para hacer frente a una emoción debemos de emplear otra que la venza. En la evaluación, el peso de ese temor debe ser mayor que el peso que aporta el placer.

En ese sentido se puede decir que uno decide libremente. No es la conciencia en último término quien decide dejar de fumar, sino que es el sistema evaluador del subconsciente, pero  desde la conciencia podemos agrandar el peso de lo conveniente que resulta tirar el cigarrillo.

Vistas así las cosas, esa decisión libre en el sentido considerado, como capacidad para agrandar el peso que presente aquello que la conciencia estima conveniente, como capacidad que es, no es igual en unos individuos que en otros. No solamente porque la capacidad intelectiva de unos y otros es distinta, ni porque el influjo de las emociones tenga distinta potencia en unas y otras personas, sino también por la propia naturaleza de cada cual para dar mayor peso a la conveniencia que presenta el intelecto. De ahí que a ciertas personas les resulta relativamente fácil dejar de fumar mientras que a otras les resulta imposible. Así que el libre albedrío varía de unas personas a otras.

CONTINUARÁ…