Literaturas celtas II

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Nos encontramos en el reino de Cornualles, situado frente a las costas del reino de Irlanda.  Los dos reinos se encuentran enfrentados. El mundo que se describe es celta, aunque adaptado a las modas de la Edad Media, que es la edad en que la historia se publica.

Tristán ha perdido a sus padres y es acogido por su tío Marcos, rey de Cornualles. Muere la mujer del rey y los nobles le urgen a tomar una esposa.

A partir de ese momento hace su aparición lo fabuloso.  Unas golondrinas que revoloteaban por el balcón de palacio donde se hallaba el rey, dejan caer en su mano un reluciente cabello rubio. Marcos, tal vez queriendo evitar un nuevo matrimonio, alega que sólo aquella a quien el cabello pertenece será su esposa. Tristán toma para sí el reto de encontrarla. Marcha a Irlanda y mata al dragón que atemorizaba el reino. Como recompensa, el rey de Irlanda le entrega a su hija Isolda (o Iseo), a quien, sorprendentemente, pertenece el dorado cabello. Tristán la conduce a Cornualles para desposarla con su tío, el rey Marcos. Pero, durante el marítimo viaje nace el drama.

Por error, la doncella de Isolda les da a beber de un odre que contiene un elixir de amor. El bebedizo, destinado a calmar su sed de agua, hace surgir en ellos una atracción que nada ni nadie puede calmar. Sin embargo, en Tristán, al amor por Isolda se superpone el cariño y el respeto por su tío el rey, a quien ella está destinada. Trata de sortear el dilema huyendo a Bretaña, pero ni la distancia ni el tiempo logran mitigar la fuerza amorosa del elixir.

Muy enfermo, organiza un complot para traer a Isolda con él. Entonces surge la tragedia. Estando a punto de reunirse de nuevo, un engaño le hace creer que no la han podido traer o no ha sido su deseo venir, y allí mismo muere de pena. Al poco, llega Isolda a su encuentro y lo ve muerto. Se abraza a él y muere de dolor.

Tal es la trágica historia de Tristán e Isolda. William Shakespeare, en su Romeo y Julieta, dispone un desenlace trágico similar. En España, Juan Eugenio de Hartzenbush, en su obra, Los amantes de Teruel, copia ese mismo final[1].  Un poeta de la corte inglesa compuso El Tristán e Isolda en 1170, y unos pocos años más tarde otro poeta francés, Robert de Borón, la reescribió, pero parece claro que la historia hunde sus raíces en la literatura galesa de Cornualles y que ambos escritores bebieron de la misma fuente celta. La obra se incluye en el Ciclo de Arturo.

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En el siglo XII, el bretón Geoffrey de Monmouth escribe la Historia de los reyes de la Gran Bretaña, con la que irrumpe en Europa el rey Arturo y sus hazañas. Arturo, de linaje celta, después de luchar contra los romanos vuelve a las Islas británicas para derrotar a Mordred (tal vez su hijo) y morir él mismo en la isla de Avalón[2] en el 542 d. C. También habla el autor de Merlín, y menciona que se basa en un manuscrito celta no encontrado.

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Pero no solo está Arturo, hay otras muchas figuras artúricas, como el caballero Lancelot del Lago, que tuvo amores adúlteros con la reina Ginebra, y que se puede rastrear también en la literatura gaélica irlandesa, pues muy parecido argumento al que entraña su figura, aparece en la literatura del Ciclo Ossiánico. Y sobre todos ellos pervive Merlín.

De la vida de Merlín, Monmouth nos dice que nació de medios maléficos sobre una joven virgen que lo bautizó en el momento de nacer para arrancarlo de las garras del diablo.  Merlín vive en el bosque aunque ronda los palacios de los reyes y nobles. El rey Uther de Pendragón le pide ayuda para seducir a Igerne de Tintagel, esposa del duque de Cornualles. Merlín confiere mágicamente al rey la figura del esposo de Igerne: yacen, se unen, y conciben a Arturo. Merlín toma a Arturo a su cuidado y le protege con su poderosa magia, llena de prodigios. No debemos de olvidar que Merlín es un druida.

Pero el poderoso mago es seducido por la bella Morgana, hermana de Arturo y maga como Merlín. La ambiciosa Morgana pretende arrebatarle su magia y poder. Merlín, anciano, seducido, enamorado, parece consentir, pues inocentemente realiza un conjuro que ella le ha sugerido y que convierte en prisionero a quien lo realiza. Así que, atrapado en una jaula de amor acaban sus días.

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Existen otros muchos personajes del Ciclo de Arturo –personajes celtas que cantaban los antiguos bardos—, cristianizados siglos después por la pluma de Godofrey de Monmouth o de Chretien de Troyes.  Tenemos a Sir Gawain, un caballero britano de la Tabla Redonda que a las órdenes de Arturo se enfrentan a los anglosajones que invadían el país. Una de las historias en que aparece es moralmente aleccionadora. Se hallan los caballeros reunidos en Camelot cuando aparece un caballero vestido de verde que lanza el reto de dejarse cortar la cabeza a cambio de hacer él lo mismo, un año después, con quien se la corte. Gawain acepta el reto. De un golpe seco de espada rueda la cabeza por el suelo. El caballero verde la recoge y marcha con ella bajo el brazo. En sus peripecias Gawain recibe cobijo en un castillo de una dama que durante tres días intenta seducirlo. Gawain vence la tentación. Al cabo del año debe ofrecer su cabeza al hacha del Caballero Verde. Pero éste le hace un mero rasguño en el cuello porque sabe que ha resistido a los encantos de la dama del castillo, que era su propia esposa.

También tenemos a otro de los pertenecientes a la Tabla Redonda, al caballero galés Persifal, que se lanza en la búsqueda del Santo Grial, la copa  que supuestamente utilizó Jesucristo durante la última cena. Pero el Santo Grial continuaría siendo objeto de leyendas que la sitúan en el Monasterio de San Juan de la Peña, en Huesca, y más tarde en la Catedral de Valencia, y finalmente es objeto de la película Indiana Jones y la última cruzada.

Una de mis historias de raíz celta preferidas se halla en Los cuentos de Canterbury, de Geoffrey Chaucer, que escribió al finalizar el siglo XIV, y es El cuento de la comadre (o viuda) de Bath. Describe cómo en tiempos de Arturo un caballero que volvía de la caza robó la virtud de una doncella, y tanta la fue la indignación que causó tal hecho que Arturo lo condenó a muerte. Pero debía ser apuesto, ya que la reina y sus damas rogaron por él hasta el extremo de que el rey dejó a merced de la reina el castigo. La esposa de Arturo le presentó una prueba que debía superar para librarse de la pena. Le encomendó averiguar qué cosa desean todas las mujeres casadas sin excepción, y le dio un año de plazo para ello.

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Da para mucho un año y las respuestas que encontró el caballero fueron muchas, que si la riqueza, que si la honra, que si los ricos vestidos y las joyas, que si el placer sexual, que si quedarse viudas… pero ninguna de ellas satisfacía al caballero por completo, y, desde luego, no ponían de acuerdo a las mujeres en que fuera la respuesta verdadera.

Cumplía el año y andaba de regreso hacia la Corte, cabizbajo y con pena porque sus pesquisas no habían resuelto la prueba. Encontró entonces una anciana, fea y arrugada, a la que en un gesto de desesperación lanzó la pregunta: “¿Qué es lo que desean las mujeres por encima de todas las cosas?” Y la vieja meditó un momento pero antes de contestar le exigió que en caso de dar la respuesta correcta el caballero habría de cumplir un deseo que ella le pidiera a su debido tiempo. El caballero aceptó.

Marcharon hacia la Corte y allí declaró ante todos los caballeros y todas las damas que “tener poder y mando sobre sus esposos es lo que más desean las mujeres de este mundo”. Y ni uno solo de los allí presentes encontró motivos para contradecir la afirmación. El caballero salvó su vida.

Pero hete aquí que la vieja exigió ante el tribunal que el caballero cumpliese la promesa que le había hecho, la promesa de que la otorgaría un deseo, y tal deseo no era otro que… el de que se casase con ella. El horror y la aflicción subieron al rostro del caballero, y, así que lo vio la fea vieja –que a lo que se aprecia era maga poderosa—le  propuso lo siguiente a modo de consuelo:  “podéis escoger en qué queréis que me transforme, o vieja y fea de por vida, y con ello conseguiréis mi lealtad, fidelidad y obediencia, o que me transforme en una hermosa joven, con lo que os exponéis a que vengan a buscarme de todos los rincones del reino y me vaya con cualquiera, quedando vos como un cornudo. Elegid.”

Temblaba el caballero solo de pensarlo. Tardó toda una mañana y al fin se decidió: “señora, decidid vos por mí”. Replicó la anciana: “así, ¿os entregáis a mi gobierno y dominio?”. Me entrego, dijo el caballero. La vieja le exigió un beso y fue recibirlo y transformarse en una bella joven de numerosos encantos.

La moraleja aparece ante nuestros ojos clara: sólo si te sometes a la mujer podrás obtener lo bueno que ella atesora.

Me falta sólo agregar algunos de los grandes escritores que han dado las tierras de Irlanda: Jonathan Swift; Geoffey Keating; Oliver Goldsmith; Thomas Moore; George Bernand Show; Oscar Wilde; James Joyce; Samuel Beckett y W. B. Yeats.

 

 

 

 

[1] He de señalar, con cierta sorna, que en Teruel ha cobrado esta historia tal renombre que es motivo de festejos y de atracción turística, en los que, pícaramente, se niega toda referencia al autor queriendo hacer creer que se trata de una leyenda local o que, incluso, los protagonistas existieron como tales alguna vez. Tienen sus estatuas, sus mausoleos y sus calles dedicadas, y las gentes que acuden al lugar tienen por seguro que existieron.

[2] Arturo no es un personaje de la Edad Media inventado; su nombre aparece ya en el poema Y Goddolin, escrito en galés alrededor del 600 por un bardo. En el siglo VI el historiador britano Gildas reconoce a Arturo como rey de los celtas britanos. En la obra Historia Brittonum, otro historiador habla de los enfrentamientos del rey Arturo con los invasores anglosajones. Aún otros manuscritos hablan de la batalla de Camlann, en la que murieron Arturo y Mordred, así que no cabe dudar de las raíces celtas del Ciclo de Arturo, aunque las historias vieran la luz a partir del siglo XII.