OPINIONES E INTUICIONES

 

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Hombres y mujeres

Cuando los hijos abandonan el nido familiar la mujer sigue ejerciendo de madre con el esposo, pero de manera displicente a menudo. Lo quiere educar, dominar, encarrilar, corregir, gobernar, como si estuviera criándolo aunque desengañada de ello, si bien, en cierto modo, inconscientemente trata de que el esposo supla a los que se han ido.

Con los años el hombre se puede obsesionar consigo mismo, se puede convertir en autista, que no hay que confundir con volverse narcisista. En cambio, la mujer suele volcar sus obsesiones hacia el exterior.

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 Los números mágicos y la Navidad

Se acerca la navidad y es hora (en España) de jugar a la lotería, es decir, de embarcarnos en la ilusión navideña de creer que la fortuna nos puede sonreír y puede hacernos ricos de la noche a la mañana. A tal propósito me gustaría brindar mi ayuda a los más ansiosos. Y nada mejor para ello que señalar los números que desde la más remota antigüedad han sido considerados mágicos. Mezclándolos, combinándolos, es la manera mágica de conseguir el premio lotero. Ahí van.

Sugiero que el número a jugar contienda el dígito 7. Siete son los colores del arco iris, siete se consideraban los planetas en la antigüedad, siete los metales, siete los días de la semana, siete artes, siete fases para alcanzar la piedra filosofal…; y es especialmente mágico para los ismaelitas, que cuentan con siete jefes espirituales, con siete profetas, con siete emanaciones divinas, con siete estados del alma, con siete escalones de conocimiento.

Otra cifra mágica es el 60. La edad mítica de los reyes mesopotámicos era sesenta veces sesenta; sesenta minutos tiene una hora; seis veces sesenta grados tiene la circunferencia; la notación matemática para el estudio de la astrología en Babilonia estaba en base sesenta…

Naturalmente, el 3. Tres eran los dioses supremos del panteón de todos los pueblos indoeuropeos; tres son las manifestaciones del Dios cristiano (Padre, Hijo y Espíritu Santo); tres son los factores vitales, cuerpo, alma y espíritu…

Añadamos el número 12. Doce son los meses del año; doce las tribus de Israel; doce son los signos del zodiaco; doce fueron los discípulos de Cristo…

Y no nos olvidemos del 22. Veintidós son primitivas letras del alfabeto; veintidós los capítulos del Apocalipsis; y un mágico dato: la relación entre los números mágicos 22 y 7 ofrece como resultado el número Pi.

Así que, de manera no exhaustiva, tenemos los números mágicos 3, 7, 12, 22, 60. Invito a combinarlos de forma mágica para obtener el número que será premiado. En esa labor no puedo ayudar.

Cierto es que en Física atómica existen otros números mágicos, el 2, 8, 20, 28, 50, 82, 126. Ignoro si serán estos o aquellos los que combinados den con el premio. Que haya suerte.

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El hombre y su máscara

Un hombre viene a ser, con el tiempo, su máscara.

Confieso que mis máscaras son ingobernables, que, sin alegar razones, aparecen y desaparecen a su antojo.

En el idioma propio del “yo”, máscara significa “uno es lo que parece”.

Un hombre sin máscara es un hombre expuesto, extraviado;  sin máscara uno tiene que ser el vociferante autista que es para poder sobrevivir frente al furor de las máscaras de los otros.

Confieso que durante muchos años lleve puesta una de esas máscaras que te moldean dolorosamente el rostro, una de esas que se te incrustan en las carnes hasta la asfixia.

Algunos presumen de llevar siempre la misma máscara, pero no saben que quien no cambia no aprende, que quien no cambia de máscara continúa siendo el asno que ha sido siempre.

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De la Leyenda Negra

He vivido muchos años de mi vida creyéndome estos cuentos: La convivencia pacífica de las tres religiones del Libro en Al-Ándalus; la Leyenda Negra del Descubrimiento de América y de la Inquisición española; el carácter liberador de los regímenes comunistas…Hace ya tiempo que me percaté de que son fábulas inventadas por intereses ideológicos. Primeramente los hicieron servir los países protestantes para denigrar el catolicismo y de paso a España, potencia imperial entonces. Luego los ha hecho servir la izquierda revolucionaria para acabar con las instituciones del Estado, y ahora también los nacionalismos de las regiones periféricas de España para destruir la convivencia.

https://www.youtube.com/watch?v=FUaB6_kix10&feature=share

El amor y la amistad

Sigo pensando que el amor y la amistad es lo único que nos salva. El amor es la locura de encontrar un encaje a tus ansias en otro cuerpo. La amistad es el fervor de encontrar tus razones en otro y depositar en él tu confianza.

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ANIMISMO

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Nos puede parecer que el animismo pertenece a una determinada época de nuestro pasado primitivo. Todavía en la Ilíada, el río, la montaña, los planetas,  son deidades que influyen en el acontecer de los hechos y gobiernan nuestro destino. Sin embargo, el animismo, de una forma u otra, camuflado en ocasiones con novedosos ropajes, sigue vivo en nuestros días, lo que demuestra que poseemos una gran predisposición a creer en él, demuestra que entre nuestras tendencias naturales se halla el animismo.

El animismo es la espiritualización de las cosas inanimadas –objetos, lagos, estrellas, ríos, cuevas, montañas…—, es el considerarles agentes sobrenaturales y el adornarles con caracteres antropomórficos; es decir, el animismo es asignar ánima a los objetos inanimados.

Mircea Eliade, el gran estudioso de las religiones, estudió esa corriente animista en distintos pueblos de la antigüedad.  Señala que, para el hombre primitivo, las montañas, los ríos, los astros, los animales, nuestras vidas… están relacionadas entre sí: todo nace, tiene sexualidad y muere. Todos participamos de un mismo destino cósmico. Las montañas y los ríos nacen, se quejan, sienten dolor, y mueren. El alquimista intenta acelerar en su retorta la germinación del oro que, más pausadamente, realiza la montaña en su matriz telúrica. Cada año el mundo muere y vuelve a nacer, se regenera: así se recoge en los antiguos ritos de fecundidad y en las primeras mitologías mesopotámicas con el descenso de Osiris a los infiernos y su retorno para recomenzar la vida.

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Pongámonos en la piel  homo sapiens sapiens en los albores de la cultura. Resulta plausible que se dieran los siguientes procesos de pensamiento: un individuo percibe que un acto intencional como lanzar un objeto motiva el movimiento de éste; de una serie experimental semejante deduce un principio: yo causo el movimiento  (yo –mi voluntad—puede causar el movimiento). De la regularidad de estas acciones  infiere que: es necesario un agente causante, una intención o voluntad que causen. Los efectos quedan así asociados con un nexo condicional a un agente y a una intención causal. El movimiento de las aguas de un río, el rodar de una piedra por la ladera de una montaña, la aparición del sol al alba, la disposición variable de los astros, por exacta analogía obedecen a la intención o voluntad de un agente. El río, la montaña, los astros cobran vida, muestran voluntad, intención, ánima.

Ahora bien, la tierra tiembla y desata su ánimo destruyendo vidas, engullendo seres hacia sus profundidades; la montaña puede estallar en cólera lanzando gigantescas lenguas de fuego a grandes distancias; los cielos pueden enviar sus mortíferos rayos, pueden anegarnos con sus aguas incesantes… El hombre primitivo se hallaba al arbitrio y voluntad del descomunal poder de esas entidades. Su vida dependía de la voluntad de esos gigantes, de su ingente poder; y de ahí el ingente temor que esas voluntades le causan. El hombre primitivo sentía que tales seres se hallaban muy por encima de su propio poder, muy por encima de su naturaleza. Son sobrenaturales. Son dioses a los que hay que aplacar.

Conocer la voluntad de esos seres sobrenaturales –conocer el destino—va a ser labor de la astrología y la presciencia.

La astrología nace con ese propósito observando las posiciones relativas de las estrellas y cómo van cambiando con el tiempo. Es una suerte de animismo que todavía está de plena actualidad. Los tarots, las pitonisas, la lectura de las cartas astrales, son negocios bien rentables que cuentan con muchas cadenas de televisión y que disparan su audiencia en época de crisis.

Pero me quiero referir ahora a otra especie de animismo que resulta más refinado en su elaboración. Tiene gloriosos antecedentes en el Panteísmo y el Deísmo, en donde se identifica a Dios con el Universo, y tuvo grandes valedores, como Spinoza y, en buena medida, Newton.  Muchos son los que hoy en día se adscriben a un animismo semejante, aunque no nombren a Dios e incluso se declaren ateos muchos de ellos. Consiste éste en sostener la creencia de que todas las cosas del universo están relacionadas intencionadamente o por nexos de causa y efecto, o por la existencia de una justicia universal a la que todos estamos sujetos. Hablan del Uno y del Todo, y de la asociación mística de todas las cosas, y toman de las Upanishad, un antiguo texto en sánscrito primitivo, todo aquello que constituye la esencia de ese tipo de animismo. De manera general, sus creencias se inspiran en las corrientes de pensamiento orientales, hindúes más concretamente.

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Algunas de las grandes corrientes esotéricas y místicas que impregnaron la Edad Media eran en su esencia animistas, y la alquimia –esa  búsqueda de la Piedra Filosofal, y de convertir la materia grosera en oro, y de purificar el alma—lo es plenamente. Por cierto, Paulo Coelho, se ha hecho de oro a costa de ese misticismo animista del Todo conectado (recuérdese: “El Universo entero conspira para…); en su libro más famoso, El Alquimista. De él ha vendido decenas de miles de millones de ejemplares.

Parece que lo que está arraigado en prácticamente todas las gentes es la creencia en una conexión moral y justiciera del Universo. En algunos, tal creencia la tienen como supersticiosa, aunque no por eso deja de preocuparles y de cumplir con sus dictados; mientras que, tengo para mí, que una mayoría de gente cree en ella a pies juntillas.

Un autor reconocido, Jesse Bering[i], lo explica perfectamente. Señala que «nuestra existencia psicológica está misteriosamente ligada a un impreciso pacto moral con el universo», que la mayoría de las personas se guían por expectativas de un mundo justo basado en el Principio de reciprocidad; esto es, que solemos creer supersticiosamente en la reciprocidad de las situaciones y en una justicia universal. Ahí se encierra ese el significado de ese dicho tan usual: «Así como actúes con los demás, actuarán ellos contigo»; y también solemos considerar un Dios o un universo justiciero y omnisapiente que preside todos los actos humanos y lleva cuenta de ellos para dar justicieramente a cada cual lo que le corresponde.

De ahí también la creencia supersticiosa que mueve al compasivo: la mano que eche ahora al necesitado me será devuelta más adelante, cuando los azares del destino me coloquen a mí mismo en la situación en que se halla ahora el compadecido.

Este tipo de cosmovisiones místicas se encuentra en la esencia de muchos movimientos religiosos  pero también de movimientos ecologistas e incluso políticos, y muchas de las formas de espiritualidad de nuestros días encubren un soterrado animismo. En su médula aparece un sentido animista del mundo. Y no nos olvidemos de la adoración pagana a las vírgenes y a los santos. Pongamos el caso de la Virgen del Rocío y la veneración que suscita en todo Andalucía. Muchos verán en ella un símbolo de la madre de Jesucristo, pero tengo para mí que en la devoción de la mayoría se atribuye ánima a la talla de madera, que el trozo de madera pintado que la representa es la virgen en persona. En fin, así somos los humanos.

 

 

[i] Jesse Bering, El instinto de creer, Editorial Paidos, 2012, p. 218

EMBELESO Y DUERMEVELA

 

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Hay muchos motivos que llevan al embeleso y todos tienen en común que el embelesado tiene el sistema de atención focalizado y a pleno rendimiento, pero quiero referirme al embeleso, harto frecuente, que practican aquellos individuos que solemos calificar como distraídos.  Claro está, si usted lleva al psicólogo a un niño que se embelesa con frecuencia le puedo asegurar que le diagnosticará “déficit de atención”, pero esto de los psicólogos y el déficit de atención es otra historia.

El embelesado al que me refiero representa en su imaginación una fantasía que discurre por los meandros de placer del cerebro y que es generada e impulsada por los vientos del deseo. El tema del embeleso surge a partir de deseos insatisfechos. En su pensamiento el embelesado se ve triunfante en una competición; o bien imagina escenas en las que la chica de sus sueños cae rendida a sus pies ofreciéndole su amor eterno; o la empresa que sueña construir es todo un éxito que causa la general admiración; o imagina un escenario en donde hermosas odaliscas representan sus juegos eróticos preferidos; o, simplemente, traza los hechos de un pasado que le resultó satisfactorio, y los mejora y se recrea en ellos y los proyecta hacia el futuro repetidamente…Pero, claro, hay embelesos para todos los gustos. En cualquier caso, no suelen ser pensamientos que se busquen sino que surgen por sí solos en las ocasiones en que la realidad resulta aburrida o desagradable y la mente está poco disciplinada.

Mientras dura el embeleso el embelesado cae en un ensimismamiento agradable que, placenteramente, le evade de la realidad. Ni que decir tiene que la conciencia apenas participa en esa representación si no es ofreciendo su escenario de actuaciones y manteniendo la atención en estado de firmes. El subconsciente es el manantial de donde fluyen esas bocanadas de quietud agradable que aíslan al sujeto del agobiante mundo. Les suele ocurrir con más frecuencia a los sujetos que poseen una desbordante imaginación y buenas capacidades intelectuales.

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El tema del embeleso puede ser seleccionado repetidamente o puede aparecer en nuestra mente como por encanto, pero su argumento lo traza el deseo, que hace discurrir la navegación por placenteras aguas. ¡Y qué decir de los protagonistas de la obra!:  se someten mansamente a los dictados del deseo y actúan para la satisfacción de éste.

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Poco tiene que ver el embeleso con el duermevela, aunque en uno y otro caso la maquinaria de la razón se mantenga en suspenso. El duermevela (y los diccionarios se muestran erróneos al respecto) lo forman esos instantes en los que el ámbito onírico aún no se ha retirado y la conciencia está desperezándose; en el que el fluir de los sueños se percibe conscientemente; en el que el subterráneo de la conciencia  aún no se ha cerrado. En el duermevela podemos ver las simbólicas figuras de los sueños caminando desorientadas entre los dos ámbitos. Pero también la conciencia mueve al pensamiento a participar en la obra, y hace desfilar a sus propios personajes, que en argamasa se mezclan con los del sueño y se diluyen, apareciendo y desapareciendo de repente, hasta que la conciencia toma el mando y cierra los portalones del subterráneo.

Recuerdo que hace años tuve un duermevela que, por su duración, resultó ser muy extraño. Desperté con la clara imagen de un sueño dibujada en la conciencia. Era el marco de una ventana –sin paredes ni adornos ni sujeción alguna—en la que se sentaba una mujer de la que surgía una luz blanca brillante. Me resultó desconocida. Tomé consciencia de la imagen pero ésta no marchaba; incluso la pude meter en mis pensamientos y examinarla. Creo recordar que tardó un buen par de  minutos en evaporarse.

Las fábulas clásicas y la política

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La gallina de los huevos de oro. Esopo. Samaniego. La Fontaine

Cuentan que un hombre tenía una gallina que ponía huevos de oro, pero el brillo de la riqueza le acrecentó su ambición hasta el extremo de imaginar que se haría rico matándola y extrayendo la gran cantidad de huevos que debía albergar en sus entrañas. Así lo hizo y perdió la riqueza que obtenía con cada huevo.

Como muy pocas fábulas logran, ésta muestra lo inquietante de la falta de cordura humana; muestra lo ilusorio de nuestras ideas; muestra lo trágico y descerebrado de nuestro proceder.

Conozco profesores universitarios, investigadores científicos con capacidad demostrada, conozco individuos que en sus labores emplean razonamientos apabullantes, conozco sujetos con una inteligencia fría como el hielo…, y, sin embargo, resulta fácil encontrar entre ellos a muchos ciegos de ambición y deseo que pretenden matar a la gallina de los huevos de oro. Incluso me atrevería a decir que son mayoritarios los que albergan dicho propósito.

En un blog de contrastada calidad intelectiva y literaria, no hace mucho apareció una propuesta que fue de forma entusiasta aceptada y alabada por los diversos comentaristas: “Si se repartieran las riquezas del país entre todos los españoles, todos seríamos ricos y dichosos”. Otro de los contertulios, no contento, propuso repartir la riqueza de Amancio Ortega (el dueño de Inditex, uno de los dos o tres hombres más ricos del mundo) entre los empleados.

Y lo dicho provenía de gente con capacidad intelectual demostrada ―aunque con experiencia escasa―pero, claramente, con una absoluta falta de previsión lógica para el futuro. Ignoran lo que es factible y colocan en su lugar lo deseable. Con desearlo ya vale, se cumplirá, piensan. De nada les sirve saber que las experiencias cooperativistas han fracasado en España una tras otra; de nada les sirve saber que en todo lugar en donde se implantó el igualitarismo o se estuvo en ciernes de ello, la cosa concluyó en desastre; de nada les sirve saber que Amancio Ortega salió de la nada y con sus capacidades y su esfuerzo ha conseguido crear decenas de miles de puestos de trabajo… De nada les vale saber todo eso porque el deseo de destripar a la gallina y repartirse sus huevos de oro les ciega. Cuando la maten y se la coman y encuentren que no tenía huevos de oro en sus entrañas y sobrevenga la miseria, se preguntarán ―tal como otros muchos hicieron en situaciones históricas parecidas―, y ahora qué hacemos.

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El alacrán y la rana. Esopo

Cuenta esta fábula que un alacrán le pide a una rana que le ayude a cruzar el río. La rana, ignorante, bondadosa –o  quizá con temor a negarse—, carga con el alacrán a sus espaldas. A mitad del trayecto el alacrán pica a la rana. ¿Por qué me picas y me matas a mí que te he ayudado?, dice la rana muriendo, a lo que el alacrán responde: no lo pude evitar, está en mi naturaleza.

¿Cuántas veces no ha picado el alacrán del nacionalismo catalán o vasco a las sucesivas ranas que han gobernado España?, ¡Y todavía no se han enterado éstas que picar está en su naturaleza! Desde la Transición democrática española los sucesivos gobiernos del PSOE y del PP han transigido con las constantes exigencias, insultos y desprecios que les han propinado los nacionalismos catalán y vasco, y han seguido inclinándose ante ellos. No saben, ignoran, son cortos de miras, o van a su simple interés inmediato, que en la naturaleza del nacionalismo está el hacerse la víctima y exigir siempre más de lo que se le ofrezca; que su esencia es, como la del alacrán, picar a quienes les ayudan a mantenerse a flote. En cuanto dejaran de picar, desaparecerían del mapa político, así que ninguna ayuda que se les ofrezca hará que dejen su aguijón tranquilo.

La respuesta nacionalista a las innumerables claudicaciones de los gobiernos centrales ha sido la de aumentar sus exigencias, su victimismo, su despilfarro, su saltarse las leyes del Estado, el aumento de sus mentiras y de su propaganda contra España. Ahora mismo, ante el envite separatista y su burla hacia las instituciones españolas, el gobierno del PP les regala cuatro mil millones de euros extras, les promete la construcción del Corredor Mediterráneo, y se hace garante de la inmensa deuda que han acumulado en robos y despilfarros. La próxima picadura será mortal, y la rana del gobierno central preguntará angustiada: ¿por qué me has picado si te he complacido en todo cuanto pides?

 

 

 

La libertad como máscara

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¿Lucha la gente –los individuos, los grupos—por su libertad, o es todo un artificio?, ¿ luchan realmente muchos catalanes por su libertad, o por causa del odio que les han hecho sentir contra la entidad España, o simplemente se dejan llevar de la mano de sus líderes –que ocultan intereses inconfesables—al sacrificio como ganado de carne? Luchar por la libertad ha sido casi siempre la excusa para cometer iniquidades de todo tipo. La libertad ha sido la Gran Puta a todos los convites invitada y por todos manoseada y ultrajada. Los grupos más diversos dicen luchar por ella pero luchan por encarcelarla; las personas dicen luchar por ella pero luchan para evitarla.

El canto a la libertad se escucha en cualquier ámbito, parece como si su melodía fuese excelsa, como si todas sus notas deleitasen el oído de todo tipo de gentes; pero me temo que en muchos oídos suenan hirientemente sus compases. Para estos, la libertad es una pesada carga que no se hallan dispuestos a soportar sobre sus hombros.

Se ha utilizado de estandarte en las guerras más cruentas y en las dictaduras más ominosas. Tenemos buenos ejemplos de ello en la Guerra Civil española y en las dictaduras comunistas. Unos contendientes y otros decían luchar por la libertad cuando lo que en realidad pretendían era imponer su tiránico dominio.

La libertad de opinión y la libertad de elección quizás sean los tipos de libertad más representativos.  La libertad de opinión no consiste únicamente en tener leyes que la protejan, sino también en que no exista una moral que la restrinja drásticamente. Como señalé en mi anterior artículo, hoy en día la moral de Lo políticamente correcto es fuertemente represora a ese respecto. Sobre el feminismo, animalismo, ecologismo y otros ismos se han establecido tabús que nadie en su sano juicio se atreve a negar o cuestionar so pena de suicido laboral, ostracismo social o cárcel. Y lo que es aún peor, las instancias jurídicas tampoco, sino que se someten al imperio del tabú y dictan aberrantes sentencias. Se ha impuesto una dictadura moral.

Pero mi propósito en este artículo es hablar de la libertad de elección, de esa libertad que en ocasiones abruma a quien la carga sobre sus hombros. El problema radica en que el hombre necesita seguridad y confiar, y poseer una cierta certeza sobre el futuro que le espera, y como no puede conseguirlo con su criterio y sus conocimientos, se entrega a las creencias de otros y delega en ellos su opinión, su saber y sus criterios. Nietzsche, con su peculiar perspicacia, señala en El ocaso de los ídolos que «reducir algo desconocido a algo conocido proporciona alivio, tranquiliza, satisface y da además un sentimiento de poderío. […] Primer principio: cualquier explicación es mejor que ninguna. Como cualquier explicación hace tanto bien, el hombre la toma por verdadera. Prueba del placer como criterio de verdad». Dicho de otro modo, para no tener que escoger a cada paso una opción entre las diversas que se le presentan, delega en líderes de opinión la elección política, cultural, económica, social, moral, etc., se convierte en parte de un rebaño. Esa conversión le evita la angustia de la duda.

La gente se somete y se encadena a un grupo político o religioso o a cualquier asociación despótica. Produce risa, cuando no sonrojo, escuchar seriamente a un político decir que lo primero es el partido, como si él fuese un apéndice insignificante sin valor alguno. Pero eso es solo una máscara. El caso es que la gente se siente feliz siendo una marioneta en manos de los líderes del grupo. Los sentimientos que se exaltan en el grupo como el orgullo de pertenencia o la adoración al líder, les satisfacen en mucha mayor medida que el ejercicio reiterado de la libertad de elegir. De esa manera no tienen que escoger entre un camino u otro, entre un juicio u otro, entre una actitud o un criterio u otro, sino que se someten al líder y eligen el camino, el criterio o el juicio que éste les marca. Delegan su libertad.

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El problema de aborrecer de la propia libertad se puede plantear con el siguiente ejemplo: ¿por qué un musulmán nacido en Francia, descendiente de inmigrantes en segunda o tercera generación, que disfruta de una gran cantidad de derechos sociales y libertades, se radicaliza tan fácilmente y se une a las filas del DAESH? La respuesta se cifra en que al sujeto no le satisface la libertad, en que prefiere seguir la ruta que otros le dicten y canalizar en ella su odio. Se cifra en que mucha gente prefiere ser esclavo, en que prefiere formar parte de un rebaño y tener a un líder al que adorar y someterse. En el rebaño creen encontrar seguridad y creen ser importantes. El sujeto lleno de odio y resentimiento contra los demás debido a su insignificancia, encuentra en el rebaño el sosiego de espíritu: la duda le desaparece, sabe quién es su enemigo, lanza contra él su rencor, la idea o el eslogan que le dictan es todo cuanto bulle en su cabeza.

Curiosamente, algunas declaradas feministas se inclinan ante el Islam, lo tienen en alta consideración, o incluso se convierten. Defienden que las musulmanas usen el burka y apoyan una religión que esclaviza a la mujer. No hay otro entender a esto que la suposición de que íntimamente anhelan someterse y que su feminismo era una máscara; anhelan quitarse el peso de la libertad de encima, dejarse guiar, que las conduzcan, no tener a cada instante que debatirse en elegir: aceptan la esclavitud arropada por una creencia.

Tiene lugar un interesante proceso psicológico en quienes se someten al rebaño. Si se han refugiado en él huyendo de la pesada carga de la libertad, a poco que su acomodo en el grupo les resulte satisfactorio, a poco que se sientan satisfechos de su nuevo estatus, empieza a desarrollarse en ellos un afilado miedo a perder el cobijo que han hallado. Para aliviar ese temor –que con el tiempo se hace hábito llevadero—estos sujetos ahondan en su sometimiento, se inclinan aún más ante la organización y los líderes. Se comportan como se comporta el lobo omega, que ofrece su cuello a la dentellada del macho alfa para apaciguarlo. Es una reacción de miedo, el miedo a la libertad de que habló Erich Fromm. Tales sujetos se convierten voluntariamente en esclavos, en reses bípedas del rebaño en que se han refugiado.

Lo peligroso para el integrante de un rebaño es que el pastor le puede conducir a despeñarse en un abismo sin que él se percate de su destino, o, de percatarse, puede que los años de esclavitud ideológica le hayan imposibilitado para el acto de negarse a caer en el abismo e incluso para levantar ninguna protesta. Esto no es exageración de ningún tipo. Vimos en la pasada legislatura socialista callar a todos los militantes ante las absurdas decisiones de Rodríguez Zapatero, que terminaron por llevarnos al desastre.

Demos, pues, a la libertad el valor que tiene: los cantos a la libertad de los grupos más variados no son otra cosa que engaños; y el rechazo a la libertad que realizan muchas gentes es tanto el miedo a la libertad que mostró Erich Fromm como el dolor que les produce la pesada carga de la libertad sobre sus escuálidos hombros. Sin embargo, la libertad es el mayor bien para las gentes selectas, para las gentes que tienen anchos hombros y defienden tener sus propias ideas, juicios y criterios. Desgraciadamente no son muchas gentes estas.

 

Pensar con las tripas

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Como dijo el viejo torero Rafael “El Gallo” cuando supo que el oficio de Ortega y Gasset era el de pensador: tiene que haber gente para todo (en realidad dijo ‘tié kaver gente pató’), hay gente que piensa con el cerebro y hay gente que piensa con las tripas. Voy a poner ejemplos de ello.

En anteriores Entradas de este Blog he hablado de la fuerte tendencia que mostramos a justificar nuestras acciones, aunque si la misma acción la cometiera otro individuo nos parecería horrenda. A justificarnos a nosotros mismos y a justificarnos delante de los demás. El ansia por aparecer sin culpa ante el ojo ajeno hace que validemos cualquier excusa e incluso que el argumento que empleamos para ello lo consideremos lógico. Nos la llegamos a creer, llegamos a tomar cualquier excusa como infalible verdad.

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Existe el pensamiento individual y el pensamiento grupal. Éste consiste en un esquema conceptual formado por ciertas creencias sobre el mundo y por ciertos juicios acerca de la realidad, que se repiten en las conciencias de todos los miembros del grupo de referencia. Ahora bien, cuando dichas creencias y juicios acerca de un asunto son idénticos en todos los miembros del grupo, cuando cobran su imperio en  todos ellos e impiden la posibilidad de que emerjan juicios distintos a los que manifiesta el grupo, con toda propiedad podemos hablar de reses bípedas en vez de individuos, y de rebaño en vez de grupo.

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Un rebaño es una asociación de ganado que un pastor dirige a su antojo mediante su gayata y mediante ciertas voces y silbidos. Así ocurre con un rebaño de ovejas y con un rebaño de hombres. El rebaño, como un todo, también busca la justificación de sus actos y el justificarse a los ojos de los demás, y también le resulta lícita y lógica cualquier excusa o cualquier juicio que emplee para esa justificación.

La res bípeda cree en la excusa como si ésta poseyera una lógica contundente, como di derivara de los principios más básicos del intelecto. Sin embargo, vista desde fuera del rebaño, un somero y desapasionado examen basta generalmente para percibir su fealdad, su carencia de lógica, su falta de razones, o, mejor dicho, no posee otras razones que las de la pasión, y esas razones no vienen de la conciencia sino del intestino, tal como si se hubieran fraguado en él.

Hoy presento tres excusas –que aparecen como juicios—del tipo señalado, tres excusas que son harto populares, que se emplean profusamente como acendrada verdad. Uno de estos juicios –extraordinariamente extendido en estos tiempos de crisis—asevera que el igualitarismo, el comunismo, es la esencia de la equidad y de lo puro y bueno, siendo el único suelo posible para la paz social y la felicidad humana.

Cuando una res tiene una creencia asentada es difícil que razón alguna en contra le haga mella. Actúa como una coraza colocada en la conciencia de cada miembro del rebaño que impide que allí se asienten nuevas ideas y juicios distintos a los que el pastor dictamina. De nada valen contra esa coraza las razones de la experiencia comunista en los países donde este sistema se implantó. De nada vale que todas esas experiencias condujeran a dictaduras despiadadas y a la miseria generalizada. De nada valen tampoco la experiencia de tantas sectas igualitaristas que destruyeron como personas a los individuos que las integraban, o que acabaron en suicidios colectivos. Ni valen las razones que aporta el filósofo Karl Popper (el filósofo más importante del siglo XX junto con Bertrand Russell) en La sociedad abierta y sus enemigos, de que el igualitarismo conduce irremediablemente al totalitarismo.

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Las excusas justificativas que forman la coraza o escudo en la conciencia de las reses de este rebaño (y que tratan de justificar el juicio acerca de la bondad del comunismo) son:

  1. En esos países no se instauró el verdadero comunismo porque sus dirigentes lo pervirtieron desde buen comienzo.
  2. USA es el verdadero culpable del fracaso de los sistemas comunistas, debido a que torpedeó esos procesos.
  3. Karl Popper era un facha (fin de la discusión)

Así que, según esas excusas, China, Rusia, todos los países del Este de Europa, Camboya, Laos, Cuba, Corea del Norte, se hundieron en la miseria y el totalitarismo debido a sus malos gobernantes. Nada tuvo que ver en ello la implantación del comunismo. Esta es la lógica de las tripas. Y, claro, EEUU es culpable de todo cuanto de malo ocurre en el mundo, es el chivo expiatorio que elimina nuestras responsabilidades. Y, claro, Karl Popper, un hombre exquisitamente culto, un amante de la verdad y la libertad por encima de todo, un hombre apenas comprometido en movimientos políticos, era un facha, ¡por qué dudarlo! Éstas son las razones del intestino.

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Pero existe en la actualidad un ejemplo aún más elocuente de excusa justificativa. Verán, por lo escuchado recientemente en varias tertulias televisivas (sería muy injusto denominarlos debates), los responsables de la deriva nacionalista catalana no son el Sr. Maragall (que implantó la semilla más fructífera del independentismo al inventarse la necesidad de un nuevo Estatuto Autonómico que nadie demandaba, por mero interés personal) ni es el antiguo presidente del gobierno de España, el señor Zapatero (que con su falta de previsión e inteligencia apoyó ese proceso y abrió la caja de los truenos) ni es tampoco el muy corrupto Honorable señor Pujol (que sustentó su poder y su latrocinio a través de la denigración constante de España, a quien hacía responsable de todos los males enraizados en Cataluña) ni siquiera culpan a Ezquerra Republicana (que odia todo cuanto recuerde a España) ni al señor Mas (que ha impulsado contra viento y marea el proceso independentista para ocultar sus miserias y corrupciones). No. Según estos adalides de las razones del intestino, los verdaderos culpables de la deriva nacionalista catalana son el Partido Popular y Ciudadanos, “por protestar contra el proceso y poner el grito en el cielo por ello” (sic) No sé si ustedes se habrán percatado del esplendor de la magnífica lógica empleada: no es responsable de una acción el valedor de ella ni el que la instigó ni el que la ejecutó, sino el que protesta de que dicha acción se lleve a cabo. No es el culpable el asesino, sino la víctima.

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Pero la palma de las excusas y de pensar con los intestinos se la lleva la que trata de exculpar al radicalismo islámico de toda su barbarie asesina. La excusa es ésta: Si ellos atentan ahora en Europa, los cristianos lo hicieron primero mediante las cruzadas. Excusa que se complementa con esta otra cuando se emiten juicios contra el fanatismo musulmán: Si ahora ellos son fanáticos, también los cristianos lo eran. Como se aprecia, la lógica de las frases es la siguiente: los musulmanes de ahora tienen derecho a la venganza por lo que hicieron los cristianos hace 900 años (es decir,  se trata de justificar la revancha de Oriente contra Occidente, las personas no importan ni el tiempo transcurrido tampoco); y si los cristianos eran fanáticos hace 900 años, los musulmanes tienen el mismo derecho a serlo ahora. El absurdo lógica o la lógica del absurdo.

En una conferencia escuché al señor Savater la siguiente pregunta –que él hacía a sus alumnos del curso de filosofía: un hombre sale del trabajo hacia su casa pero por no dar un rodeo se interna en un bosque donde es atracado y apaleado. ¿Quién es el culpable?

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Una buena cantidad de alumnos echó la culpa a la infancia penosa del atracador, causa de que se hiciese delincuente.  (Ni que decir tiene que estos alumnos eran freudianos). Otra cantidad aún mayor culpó del atraco al Sistema, que posibilitaba las desigualdades e impulsaba a delinquir. (Naturalmente estos alumnos eran anticapitalistas). Dos o tres alumnos echaron la culpa a la víctima por adentrarse en el bosque. (Estos, claro, eran de moralidad laxa). Pero nadie, ¡¡¡Nadie!!!, culpó al atracador. ¡Tomar el rábano por las hojas!

El mundo se ha vuelto tan disparatado, ha desaparecido el sentido común de forma tan radical, que tal vez debamos buscar la cordura en la selva.

La Escritura y la historia

La escritura nació para permitir que la palabra se enhebrara en el cálamo y tejiera ropajes de pensamiento perdurables. La escritura fija los hechos y las ideas, y, a fuerza de volver a ellos, favorece que surja el bello argumento, la invención o el proyecto. Mediante la escritura fijamos la información, oteamos en el horizonte de las ideas y avanzamos por la senda del conocimiento.

Fijar la información tuvo que ser una necesidad cuasi vital desde muy pronto, desde que nuestros ancestros se pelearon con las primeras palabras. Unos huesos de 30.000 años de antigüedad encontrados en Francia así lo atestiguan. Llevan grabados líneas y puntos (¿meses y días?), y la autoría de estos se atribuye a los primeros homo sapiens sapiens en Europa.

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Pero la escritura como tal nació en Mesopotamia, la actual Iraq, sobre el 3.100a.C. Un pueblo de oscuros orígenes, el pueblo sumerio, la inventó o la trajo consigo hasta ese lugar. Y poco después, sobre el 3.000 a.C. ya se representaban en Egipto las ideas por medio de jeroglíficos.

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Significó una revolución como no habían conocido anteriormente los hombres. Permitió que nacieran los Estados; que se llevaran a cabo  grandes obras de regadío y edificaciones monumentales; permitió el nacimiento de la moneda; saber los días en los que sembrar o recoger; hacer más grandes a los dioses; estipular el tributo que pagar a sacerdotes y reyes; aumentar los intercambios económicos; dar fe perenne de una cuestión; permitió construir ciudades, fijar las leyes…

A la escritura, desde su nacimiento, se le atribuyeron poderes sobrenaturales y creadores divinos. Thot, el dios de las Ciencias para los egipcios, fue también el dios creador de los signos, mientras que para los sumerios lo fue la diosa Era, con las mismas funciones que aquél; y todavía dos escrituras llevan fama de haber sido dictadas por dioses, me refiero a la Biblia y al Corán.

Volvamos a Mesopotamia. Allí, el primer tipo de escritura fue ideográfico, cada imagen escrita representaba una idea, mientras que en Egipto constaba de una combinación de signos figurativos y de signos abstractos. De cualquier manera, eran necesarios casi tantos signos distintos como ideas, así que la tarea de escribir era tan ardua que necesitaba de toda una vida de aprendizaje, por lo que la escritura quedó reservada a la casta sacerdotal.

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Tuvo que cambiar el tipo de escritura, que se hizo cuneiforme en Mesopotamia (signos rectos grabados con una caña afilada) y en Egipto el jeroglífico dio paso a la escritura hierática y luego demótica (con signos simplificados de la anterior realizados con  pincel); y cambió el soporte material, que pasó de la piedra a la tablilla de barro en Mesopotamia y en Egipto al papiro (de la misma forma, los hititas, un pueblo situado al norte de Summer, usaban signos jeroglíficos en las inscripciones en monumentos de piedra, pero para los asuntos vulgares empleaban el sistema cuneiforme).

Esta vulgarización de la escritura hizo que surgieran escuelas y escribas laicos, lo que originó una mayor propagación y, de resultas, una mayor y mejor comunicación. En 1.500 años la escritura se divulgó por todo Oriente. En el año 2.500 a.C. la poseían los elamitas (un pueblo cercano a Mesopotamia) y en el valle del Indo; en el año 2.000 los cretenses, y en el año 1.500 los chinos, hititas y hurritas. Se utilizó la piedra, la tablilla de barro, el papiro, la chapa de cobre (como la encontrada en Zaragoza, escrita en lengua celta con caracteres iberos), la chapa de  oro, y el bambú y la seda entre los chinos.

Pero, aun con todo, lo arduo del aprendizaje restringía su uso a las clases dirigentes (con sus escribas) y a la casta sacerdotal. La dificultad para su popularización estribaba en que los signos podían tener un valor fonético e ideográfico a la vez; en que cada signo podía representar varios valores silábicos; y en que cada sílaba podía ser escrita con varios signos distintos ¡un verdadero galimatías!

Fue necesaria otra revolución dentro de la misma revolución que se había iniciado con la escritura, me refiero a la invención del alfabeto. Cuando esta revolución se llevó a cabo, fue tal su impacto que sólo 500 años después su uso estaba difundido a todo el Mediterráneo, Asia Menor, Grecia, Arabia y Persia; y con su uso, el desarrollo urbano y social, la obra literaria, las leyes, el comercio, las grandes obras…

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Se coció esa invención en esa estrecha franja formada por Israel, Líbano, Siria, y sobre todo, en la ciudad de Ugarit y en las grandes ciudades fenicias: Biblos,  Tiro y Sidón. En el año 1.300 a.C. ya existía un alfabeto en Ugarit, pero fue el de Biblos (distinto a aquel), en el año 1.000, el que se expandió por el mundo conocido. El pueblo fenicio era marinero, y allí donde recalaban sus barcos con mercancías nacían escribas que adaptaban el alfabeto a su propia lengua.

Es de resaltar que, como la escritura árabe y hebrea, el alfabeto fenicio no tenía vocales sino veintidós caracteres consonánticos, hasta que en el siglo IX a.C. los griegos se las añadieron, y al igual que en el árabe, en el hebreo y en el griego, esos caracteres, además de un valor fonético, poseen un valor numérico.

En fin, esa es, a grandes rasgos, la historia de la invención de la escritura y la repercusión social a que dio lugar, pero no me puedo olvidar de su temprana utilización en el terreno literario.  Ya en las primeras muestras de escritura cuneiforme aparecen plegarias, encantamientos rituales, supersticiones, crónicas, proverbios, poemas amorosos, épicos, leyendas heroicas…, es decir, las esencias que el ser humano necesita expresar.

Ya desde los comienzos nació la gran literatura, El Poema de Gilgamesh, la leyenda de un héroe, rey de la ciudad de Uruk, que parte en busca de la inmortalidad guardada en forma de brebaje por Noé (rescatado por los dioses de la muerte tras el diluvio). Un maravilloso poema escrito y rescrito en numerosas lenguas desde el 2.700 a.C. hasta poco antes de nuestra era. O esa otra hermosura: El descenso de Innana a los infiernos, donde se describe a esa diosa atravesando las siete puertas del Averno (el mágico número siete) y despojándose en cada una de ellas de una túnica y una joya (los míticos siete velos tras de los que se oculta el verdadero conocimiento), hasta quedar desnuda delante de los severos jueces que «fijan sus ojos en ella, los ojos de la muerte».  Y ya la música en una tablilla escrita en sistema cuneiforme hurrita encontrada en Ugarit, donde se nos da una frase musical  y la forma de interpretarla.

Siente uno ante el carácter esencial de estos relatos, que las duras condiciones de vida, el enfrentamiento crudo con la realidad, sin máscaras, hacían aflorar del alma las esencias más profundas, los símbolos universales, lo primordial del ser humano. De ahí la necesidad, siempre, de tener que volver a los mitos clásicos para percibir las pasiones, los anhelos, las conductas en su estado más puro, tal como muestra un sello de piedra del 2.300 a.C. en el que se representa al hombre-pájaro Zu intentando robar la tablilla del destino donde se halla escrito el porvenir de los hombres y los dioses.