BIBLIOLITAS

 

 

Hoy es el día mundial de las bibliotecas y por la veneración que las profeso maldigo a los bibliolitas. Un bibliolita es un destructor de libros, es un destructor de “los remedios del alma”, tal como tintaba en una escritura jeroglífica a la entrada al templo de egipcio de Imhotep. Paso a nombrar a los principales  que conoce la Historia.

 

El caudillo del Califato de Córdoba Almanzor, a instancias de los ulemas malikíes[i], mandó quemar la biblioteca de califa Al-Hakam,  con 400.000 ejemplares.

 

El califa almohade Yusuf  ordena quemar todos los libros de Al-Andalus a excepción del Corán.

 

Santo Domingo de Guzmán hizo quemar todos los libros de los Albigenses (y a estos también).

 

El emperador romano Diocleciano quemó todos los libros de alquimia que pudo encontrar en el imperio ante el temor de que la fabricación de oro produjera una gran inflación.

 

En sus andanzas por tierras británicas, los viquingos quemaron todos los libros que encontraron a su paso.

 

Nabomasar, fundador del segundo imperio babilónico, mandó destruir todos los libros para pasar a la posteridad como primer rey de Babilonia.

 

Con propósito semejante, Shih Huang Ti quemó todos los libros de China, a excepción de los de medicina. Quería que la historia comenzase con él.

 

El obispo cristiano Cirilo hizo quemar los libros de la biblioteca de Alejandría, y con ellos a Hipatia, la directora de la biblioteca.

 

Hitler, en la noche de «los cristales rotos» levantó grandes piras de libros tomados a los judíos.

 

En 1109 los cruzados, tras de tomar Trípoli,  quemaron los más de cien mil ejemplares de su enorme biblioteca. Sus textos eran sobre todo persas, griegos y árabes.

 

Trofim Denisovich Lysenko consiguió llegar a ser en 1938 presidente de la Academia Nacional de Ciencias Agrícolas de la URSS. Hizo prohibir la enseñanza de la genética mendeliana, y ordenó la destrucción de todos los libros e investigaciones basados en ella (y a los científicos también). Quería imponer una nueva biología dialéctica y comunista contra la “reaccionaria, capitalista, idealista y metafísica biología de Occidente”.

 

LA MALDIDIÓN ETERNA CAIGA SOBRE TODOS ELLOS.

[i] Seguidores de una de las cuatro escuelas de derecho del islam sunní.

6 comentarios en “BIBLIOLITAS

  1. En principio, soy de los que creo que no debería destruirse ningún libro, ni ningún virus, aunque sean El capital o el virus del Ebola. Pero sí que sería bueno aislar ciertos especímenes en urnas herméticas a 200 kilómetros de profundidad, en un lugar al que nadie pudiera acceder, salvo algún arqueólogo autorizado que quisiera estudiar la locura humana.

    Muchos libros merecen ser quemados junto con sus autores para que no ocurrieran cosas como las que cuentas que hizo un tal Lysenko y otros de su jaez. Lo que tiene auténtico valor, pienso yo, no es el libro, sino lo que contiene y hay, en algunos libros, espíritus malignos, agazapados entre sus paginas, que enloquecen a sus imprudentes lectores.

    El problema insoluble es saber qué libros habría que quemar.

    Por otra parte, y dado que la mayoría de libros antiguos solo contienen errores y monstruosidades, no sé yo hasta que punto esa costumbre generalizada en la antigüedad de quemar libros habría que verla como una forma de progreso. Si te desprendes de millares de errores de golpe, tal vez haya más oportunidades para las nuevas ideas, como ocurre cuando los grandes meteoritos impactan la Tierra.

    Imagina cuanto habría avanzado la ciencia si hubieran quemado algunos libros de grandes filósofos que sentaban cátedra sobre asuntos que desconocían y que ni siquiera se habían preocupado de comprobar. Y estoy pensando en un tal Aristoteles que afirmaba (entre otras muchas lindezas) que las mujeres tenían menos dientes que los hombres, sin tomarse la molestia de echarle un vistazo a la boca de sus sucesivas esposas.

    Saludos cordiales.

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    • Bueno, sería muy aburrido un mundo sin que las estupideces campearan a sus anchas. Fíjate, hace no mucho los teólogos discutían acerca del número de ángeles que cabían en la cabeza de un alfiler. Ahora se escriben sesudos libros sobre la nada. A aquellos y a estos tal cosa les llena de orgullo, creen pertenecer a un elenco de iniciados en las artes de la inteligencia. Se entretiene con ello. Déjales jugar y entretenerse. Si no, pues quizá se tendrían que apuntar a la astrología o hacerse de una secta esotérica. ¡Que todos tengan su libro y su estupidez a cuestas! Yo no soy partidario de destruir casi nada. Cada cual que vea sus gigantes si no nos obligan a jurar que no son molinos. No sabía lo que cuentas de Aristóteles, jaja, es el que está más alto en el altar de la filosofía, y el más venerado, te pueden quemar en la hoguera por hereje.
      Más en serio, estén o no en el error, todo libro muestra la capacidad de poder feliz a alguien. ¡Déjese que cada uno corra en busca de su felicidad!, aunque crea el sujeto que está buscando la verdad, pero muchos no encontrarían a ésta ni aunque se la pusieras en la punta de sus narices.
      Cordiales saludos

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      • No, si llevas razón en lo que dices, pero el problema es que hay gente que se toma en serio lo que lee, y según qué libros caen en sus manos, pueden lanzarse a cortar cabezas y a quemar herejes o lo que se ponga por medio. Si se limitaran a aplicar sobre ellos mismos las ideas y teorías que leen, suscribo tu postura, pero no siempre es así.

        Seguro que los libros que manejaban los inquisidores, los hacían muy felices, pero no así a sus victimas.

        Hacía mucho tiempo, yo estaba de acuerdo con esa frase “hay que leer de todo”, que circulaba por ahí. Desde la experiencia acumulada, he llegado a considerar que leer el primer libro que caiga en tus manos, sin tener un modelo válido de la realidad (y hay muy poca gente que lo tiene), es un riesgo a tener en cuenta.

        Mi padre, que no había leído nunca un libro, me advertía cuando me veía abstraído durante demasiado tiempo en la lectura: “Ten cuidado hijo, que los libros embrutecen”.

        Aunque aquella frase me parecía una herejía horrenda que horadaba mi cerebro adolescente, ahora reconozco la verdad que contenía, a la vista de algunos septuagenarios que conozco, ilustrados y cultos, marxistas convencidos, con muchas lecturas a sus espaldas, que siguen defendiendo el marxismo y el materialismo dialéctico, entre otras muchas monstruosidades.

        Yo me atrevería a perfilar la frase de mi padre añadiendo un ligero matiz: ¡Cuidado con los libros que lees porque muchos de ellos embrutecen y nublan la mente! ¡Hay memes cancerigenos agazapados entre las hojas de muchos libros!

        Creo que sólo los libros de ciencia, a ser posible de no más de 10 años de antigüedad, se pueden leer sin reservas. Los demás habría que someterlos a censura previa, aunque eso es una utopía irrealizable en el siglo XXI.

        Saludos.

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        • Cierto que hay libros que pueden hacer mucho daño en las mentes vírgenes o en las mentes que no poseen criterios firmes de enjuiciamiento. Es cierto también que la necesidad que tiene la ciencia de contrastar sus descubrimientos y de verificar sus asertos la hacen la más fiable, pero en relación al conocimiento no todo es ciencia, así que resultan necesarios otros criterios. Sí que por esa fiabilidad de la ciencia todo pensador tendría que tener conocimiento de ella y atenerse en la medida de lo posible a sus métodos, pero el mundo está hecho de otra manera. La enseñanza en los colegios y universidades podría poner en esto una mano firme.
          Pero lo peligroso lo veo yo en la restricción de mirar con una sola perspectiva, de que las lecturas pertenezcan a un solo ámbito del conocimiento y que se desprecien los otros. La variedad de lecturas y conocimientos siempre induce nuevos criterios para comparar y juzgar.
          También el obcecarse en creer estar en posesión de la verdad y del conocimiento supremo ha resultado ser extremadamente nocivo. Ahí tienes a la estéril filosofía del último siglo, al perder la referencia con lo real y con las ciencias, sigue por el camino de los juegos semánticos y con investigar el ser y la nada con herramientas del paleolítico. En esas facultades sí que tendría que haber una limpieza absoluta.
          Pero, en fin, con excepción de las medidas profilácticas que se deberían tomar en la enseñanza para formar adecuadamente las mentes, no soy yo partidario de negar ningún libro, a menos que sea intrínsecamente perverso, a menos que inculque el odio gratuitamente y atente contra el bien común sin causas ni razones.
          Además, los libros, la mayoría de los libros, no se leen con el ánimo de conocer, sino con el de disfrutar con su lectura. Y como no confío en que desaparezca de ningún modo la estupidez propia de la especie, creo que la variedad y la libertad en las lecturas son los mejores antídotos contra el embrutecimiento y el fanatismo.
          Los Hegel seguirán existiendo y seguirán siendo objetos de veneración, pero también seguirán existiendo los Schopenhauer que los critiquen. Te recuerdo las palabras de éste contra aquel:
          “Si alguna vez os proponéis abotagar el ingenio de un joven y anular su cerebro para cualquier tipo de pensamiento, entonces no podéis hacer nada mejor que darle a leer a Hegel. En efecto, esos monstruosos cúmulos de palabras que se anulan y contradicen entre sí, hacen atormentarse a la mente, que procura vanamente encontrarles algún sentido, hasta que finalmente se rinde de puro exhausta. De este modo queda tan acabadamente destruida toda facultad de pensar que el joven termina por tomar por verdad profunda una verbosidad vacía y huera.”
          Desgraciadamente, en los libros de filosofía aparecen –cuando lo hacen– de puntillas Russell y Karl Popper, los más grandes del siglo XX, mientras que lo hacen a bombo y platillo y con pompa los Heidegger, los Hegel etc.

          Un saludo cordial

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  2. Creo que sería preferible la denominación de “biblioclastas” . Tampoco está mal la de “bibliolata” que es el que posee muchos libros sin conocerlos.

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    • Gracias por la sugerencia. Tengo cierta seguridad –la seguridad que da la memoria, que no es mucha cuando la lectura que asevera el dato es lejana– que fue Borges quien empleó la palabra para designar a los destructores de libros.
      Un saludo.

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