El temor, el deseo y la religión

La especie humana padece un doble sentimiento de miedo: el miedo frente al peligro presente y el miedo imaginado, el miedo frente a los peligros que pueden llegar, es decir, el temor. Ambos miedos actúan como una doble barrera protectora, un doble candado de seguridad; de la seguridad que con tanto ahínco demanda el organismo. Y ya sabemos que el temor, ese miedo en imágenes de futuro, suele adoptar los nombres de inquietud, pavor, terror… Ahora bien, quiero referirme a un miedo esencial, al miedo ante el desamparo. Salimos al mundo y a lo social desvalidos, «descarnados», desamparados frente a lo novedoso de la vida que se abre fuera de la placenta protectora, desasidos y desasistidos de cordón umbilical. Toda la se vida pasa buscando la protección perdida. Haciendo frente al desamparo, transitamos varios caminos, como el del afecto, el de la amistad, el del matrimonio, los hijos;  pero —incluso—querríamos encontrar en «el otro» a nosotros mismos, confiar en «el otro» tanto como confío en mí; hallarme en él fuera de mí. El mundo y los otros parecen menos tenebrosos cuando se anda por esos senderos de afecto, amistad y amor; pero el recelo, la desconfianza, el temor a la alteridad «del otro», nos empujan contra él. El «otro» Representa la posible seguridad y el posible peligro, y nuestra labor esencial en la vida social es la de conciliar esos opuestos.

Ese sentimiento de desamparo constituye uno de los pilares en que se asienta el edificio de la religión. En cierta manera, la necesidad de confiar, de depositar en otros hombros la enorme losa que representa la alerta esencial que nos provocan «los otros», nos hace acercarnos a la idea de Dios. En ese sentido, Dios es el yo que andamos buscando fuera de nosotros mismos. Confiar en él es encontrarnos con el «otro yo» y depositar en él el peso de nuestra inseguridad. Es reposar en él, ampararnos en él.

Pero no sólo se necesita a Dios por el amparo que procura. Si en el sentido anteriormente expuesto es el amparo esencial que anhelamos —salvaguarda del temor—, en otro sentido, en un sentido mágico, es la fuente de nuestro miedo: porque todos los peligros devienen de él, y todos los peligros pasan por su supervisión. Los dos sentidos confortan dos  formas religiosas distintas pero generalmente unidas y ensambladas: la cara amable del Dios y su cara terrorífica. Dios es –a la vez—amparo de nuestros temores y temor de nuestra indefensión y desamparo. Tememos al Dios  no-físico que está por encima de nosotros, que es Todopoderoso, que nos puede destruir, pero también nos refugiamos en él de los peligros del mundo. Como dijo el poeta Lucrecio, el miedo es la primera cosa para crear dioses, pero, añado,  Dios es la primera cosa para protegernos del miedo. En cierta manera mudamos el miedo al mundo y a los otros por el miedo a Dios[i]. Mudamos también la búsqueda de confianza en los demás por la búsqueda de confianza en Él.  Miedo y temor, y también la necesidad —que es deseo— de amparo y confianza, todo eso nos mueve hacia Dios. Deseo y temor de nuevo como esencias de la naturaleza humana, así que Dios es un traje de dos piezas, la una está confeccionada con el temor, la otra con el deseo.


[i] Nos proporciona seguridad ante los peligros del mundo, pero así se convierte en el mayor peligro, en la mayor inseguridad, pues no estamos seguros de su voluntad, de que ejerza con nosotros su acción salvífica.

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