UTOPÍA

El ser humano padece una esencial insatisfacción en lo relativo a su  experiencia de vivir la vida. Cuando se consuma un deseo no le sigue sino una provisional satisfacción del anhelo, y éste se reproduce poco después. Los budistas intentan acabar con ello, pretenden erradicar todos sus deseos. Tal es el fundamento de su filosofía de vida, pero otras gentes, sobre todo las que se muestran muy insatisfechas en lo tocante a al orden social y a su posición en ese orden,  modelan en su mente ideales modelos de sociedad cortados a la medida de sus deseos, o bien se adhieren a la ilusión de los modelos que otros han imaginado. A esas ilusiones sociales se las denomina utopías. Como el espejismo que refleja un oasis lejano en la ardiente arena del desierto ―imponiéndose con fruición y esperanza a la visión del extenuado viajero que sediento transita sus dunas―, la utopía es el gozoso mundo que percibe el fatigado transeúnte de la vida cuando se refleja la sociedad existente en el espejo de sus deseos.

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Una utopía es el dibujo de una sociedad feliz, así que la primera utopía que surgió de la imaginación del hombre fue la del Paraíso Terrenal de Adán y Eva, aunque la gran utopía es el Cielo, el lugar donde Dios acoge a los bienaventurados y les otorga la felicidad por decreto. Bien es cierto que hay tantos Cielos como religiones, y no en todos ellos se pinta la felicidad de igual manera. El Cielo islámico es el más ilustrativo, pero el primer Cielo que fue concebido por la imaginación del hombre fue el del zoroastrismo, que se otorgaba como premio a quienes siguieran las doctrinas del dios Ahura Mazda (ya que los Territorios de los muertos de egipcios, mesopotámicos y griegos, no podemos considerarlos Cielos al no tener el difunto asegurada la felicidad en ellos).

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El nombre ―y la conceptualización― se lo debemos a Tomas Moro, que en una imaginaria ínsula llamada Utopía situó a una sociedad de régimen comunal y propiedad colectivizada en que las gentes vivirían en paz y felices, y donde reinaría la justicia. Pero sabemos que la justicia es una cuestión de criterio y me temo que no existe otra paz que no sea la impuesta de manera represiva o que no sea la paz del cementerio. En fin, que Tomas Moro era un idealista lo confirma el que se opusiera a la Reforma protestante, al divorcio del rey Enrique VIII con Catalina de Aragón, y a que el rey fuese la cabeza de la nueva iglesia. Fue ejecutado en 1535.

Casi todas las utopías imaginadas han pintado una sociedad igualitaria. Utopías socialistas, comunistas, anarquistas, de órdenes monásticas, de los bogomilos, de los cátaros…, parece como si el Igualitarismo constituyese uno de los mayores anhelos de las gentes. Voy a hablar con contención de utopías y de tal anhelo.

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Ya he dicho que la insatisfacción que nos produce la existencia  hace germinar la Utopía, que es, por tanto, un producto de la imaginación guiada por el deseo. Pero la Utopía es también un modelo de perfección que parece estar muy arraigado en la naturaleza humana. Las primeras formas religiosas, que giraban en torno a la fertilidad, creían en una correspondencia Cielo-Tierra en la que las cosas groseras de este mundo eran reflejo borroso de las cosas perfectas del Cielo. (Este cielo no es el todavía el de Zaratustra, al que adornaban la felicidad y el gozo). Platón tomó como suyo este modelo y habló de los arquetipos celestes, hechos de perfección y armonía. Así que la idea que construye imaginativamente un mundo perfecto ya es muy antigua y preludia la idea de la sociedad perfecta, que es ya utopía.

El primer gran esbozo de una sociedad igualitaria y feliz lo realizó Rousseau, pero lo he tratado tan a menudo en este blog que prefiero dirigirme hacia un discípulo suyo, Charles Fourier, socialista francés de principios del XIX. Fourier fundó la idea de los Falansterios, comunidades rurales que vivirían en un edificio de no más de 1.600 personas, con servicios colectivos y un sistema de trabajo y organización plenamente planificada. Cada individuo actuaría libremente para elegir un trabajo u otro y su jornada sería de seis horas, pero toda actividad estaba reglamentada en sus detalles, incluyendo los juegos del amor y el sexo. Como Rousseau, Fourier creía en la bondad innata del hombre y apostaba a que, partiendo de esa premisa, se solucionarían todos los problemas de convivencia. Como Rousseau y también como Moro, también creía que la propiedad privada era la causa de todos los males sociales. Lo cierto es que los pocos Falansterios que se crearon tuvieron una duración efímera, pues enseguida las pasiones humanas ―con las que estos utópicos no contaron― desbarataron el proyecto.

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Otro gran utópico fue Robert Owen, que en plena Revolución industrial inglesa pasó de ser un simple empleado a tener en propiedad varias fábricas y hacer una gran fortuna. Con tal riqueza, fundó en EEUU la sociedad Nueva Armonía, con su jardín de infancia y su biblioteca, pero resultó un absoluto fracaso que le hizo perder gran parte de su dinero; así que de vuelta al Reino Unido se dedicó a impulsar los movimientos cooperativos, llegando a tener un cierto éxito, aunque su intento de eliminar el dinero le produjo otro quebranto dinerario. Es el representante más conspicuo del llamado socialismo utópico.

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Contra Owen y contra su socialismo utópico lanzaron pestes Marx y Engels, e idearon el autoproclamado Socialismo Científico que, bien mirado, tiene todos los visos de ser una utopía revestida de ropaje pretendidamente científico. Claro que, contrariamente a los anteriores utópicos nombrados, que describían cómo iba a ser la sociedad feliz y perfecta, Marx y Engels no dijeron una sola palabra de cómo sería ni de cómo construirla. Como señala  el filósofo Karl Popper: «¡Trabajadores del mundo, uníos!: He ahí la fórmula con que se agotó el programa práctico». Fundamentaron la llegada del comunismo en esa varita mágica que es la Dialéctica de Hegel (que tanto sirve para arreglar un roto como un descosido, e igual saca un conejo o un elefante, a gusto del observador, de la chistera ) y en la ilusa esperanza de que el hombre nuevo comunista sería la bondad personificada ―al estilo de Rousseau― y que trabajaría con todo su ahínco por la sociedad sin esperar recompensa alguna. Pura utopía y deseo.

Otro creador de utopías fue Marcuse, que inspiró el movimiento hippy y el Mayo del 68, pero he hablado ya tanto de él que prefiero referirme a otra utopía célebre, la de Shangri La, que aparece en la novela de James Hilton, Horizontes perdidos, y que fue llevada al cine con gran éxito en 1937 por Frank Capra. Shangri La es una región escondida por altas montañas en el corazón del Himalaya, en la que reina un clima benigno y la bondad innata del hombre de inspiración budista. Finalmente y con gran esfuerzo dos personajes logran escapar de la utopía.

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Las utopías anarquistas duraron lo que un caramelo a la puerta de un colegio cuando se pusieron en práctica (en un próximo post explicaré las razones psicológicas por las que las utopías igualitarias han acabado todas en distopías, pues ahora no hay espacio para ello), pero una utopía que la película La Misión, ha hecho famosa gozó de éxito durante un buen tiempo, hasta que los intereses de la corona española y de la corona lusa dieron al traste con ella. Me refiero al proyecto que llevaron a cabo los misioneros jesuitas españoles con los indios guaraníes junto a las cataratas del Iguazú, creando una sociedad autoabastecida y en paz y armonía. Otra sociedad que goza de esos dones es la de los Amish en Norteamérica, grupo religioso de antiguos anabaptistas alemanes y suizos radicados mayoritariamente en Norteamérica, que viven según las costumbres y la tecnología del siglo XVIII, y separados de la vida moderna que les rodea. Lo que mantiene esa forma de vida es una fuerte moral religiosa, sin la cual la sociedad se desintegraría enseguida. ¡Y es que parece que solo somos capaces de vivir en paz y sin rencores cuando un fuerte garrote o una deidad gravita sobre nuestras cabezas!, pero estas razones y otras las expondré en un próximo post.

EL SUR

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Acabo de regresar del Sur, que no es solo una mera referencia geográfica, sino también un modo de vida en el que las celebraciones y los ritos contienen aún reminiscencias festivas de antiguas deidades agrícolas. Me propongo añadir unas palabras sobre ello.

Para nuestro gozo existen dos bellísimas obras ―literaria la una, cinematográfica la otra―tituladas El Sur. Un cuento de Borges recogido en Ficciones es una de ellas. El cuento es extraordinario por razones que solo esbozo, ya que no es tal ahora mi propósito, pero sí señalo que quien lo lee sin llegar a su meollo se sorprende de que Borges lo considerara su mejor relato («De El Sur, que es acaso mi mejor cuento, básteme prevenir que es posible leerlo como directa narración de hechos novelescos y también de otro modo», nos dice Borges en una posdata de 1956 al prólogo de 1944).

Si se recorren detenidamente los vericuetos de El Sur y se profundiza en Borges, la tal sorpresa abre paso al asombro y a la admiración. He aquí mi esbozo: En El Sur se halla cifrado Borges; todo Borges: su vida, sus anhelos…, y en la obra se encuentra también todo el museo de sus espejos, tigres y laberintos, eso sí, laberínticamente encriptados.

Pero me interesa aquí el significado del viaje que en el relato realiza Borges con destino al Sur. En el relato, Dahlmann, presunto de Borges, viaja al sur o, mejor dicho,  sueña que viaja al sur, y allí el asustadizo y culto bibliotecario participa en una pelea a cuchillo. Se trata precisamente de una odisea onírica en busca de satisfacer sus ansias de criollismo, las ansias guerreras de su otro linaje, no del culto; sus ansias de dar rienda suelta al yo de los anhelos de Borges,  sus ansias festivas, de gaucho, de instinto. El Sur es para Borges todo eso.

El otro El Sur es la película de Víctor Erice que lleva tal nombre. Tengo para mí que es el más bello film que se ha realizado jamás en España. Agustín Arenas, dedicado a la medicina, vive con su esposa y con su hija en una ciudad norteña añorando  del sur un antiguo amor. En la novela de Adelaida García Morales en que está basado el film aparece también el fruto de ese amor, un hijo cuya existencia él ignora que vive con su madre en el Sur. En fin, la tal añoranza lo mata. Agustín Arenas no se atreve a abandonar el frío norte de su familia y de sus relaciones matrimoniales; no se atreve a emprender la odisea hacia el sur, así que se suicida.

El Sur no es una mera referencia geográfica, sino también una llamada de lo instintivo, un grito del gozo fuera de formalismos; es el canto de las sirenas de la carne que incitan a la odisea. Borges y Agustín Arenas se hallan atrapados en el frío norte, en lo formal, en lo culto, en el sosiego del trabajo sin albricias, mientras que el espíritu de la carne les exige la algarada, les demanda el gozo del Sur. Borges quiere creer que satisface esa llamada empleando el ardid de un sueño; el protagonista de Víctor Erice evita los cantos de sirena del Sur mediante el suicidio. El Sur siempre nos grita contra la civilización tratando de hacernos retornar a lo primitivo. En la mente de cada cual palpita la elección: hacer oídos sordos a los cantos de sirena y aferrarse al frío mástil del navío que recorre los ámbitos del norte, o  sucumbir a la tentación y emprender el viaje hacia los templados territorios sureños.

Selección sexual, sensibilidad y futuro

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Me pregunto si la inversión de valores morales y culturales que se ha producido en muchas sociedades de Occidente tendrá o no repercusiones en la evolución de ciertos rasgos característicos del hombre. Digamos, por caso, la “sensibilidad”, uno de esos valores más en boga (ser hoy considerado sensible en este mundo en el que el feminismo radical ha impuesto sus dictados es haber ganado medio paraíso). El hombre sensible, delicado, dulce, empático, hoy en día está siendo promocionado a ser objeto de atención afectiva preferente por parte de las féminas. (Nótese que son las mujeres quienes eligen, tras de observar el cortejo del hombre y su exhibición de plumajes de pavo real y de bienes tangibles). A la hora de la cópula reproductiva  está claro que el hombre sensible está ganando terreno rápidamente. Ofrece a la mujer suavidad, tacto, gusto por las cosas delicadas, y encierra la promesa de mostrarse dependiente y en cierto modo sumiso, y ser un buen padre para sus hijos. Incluso en la parcela del matrimonio, incluso cuando éste es de alto copete, el hombre sensible compite con garantías de triunfo frente al rico o afamado que siempre ha sido el objeto de atención de las más bellas. Y hoy conozco a muchas bellezas, poseedoras de rimbombantes títulos académicos, de buena posición social y prometedor futuro, que se cogen a un gañán sin estudios, perezoso, simple, pero que es “sensible”, y se rinden ante él porque ese encanto suyo les llena.

Cierto es que hay una etapa de la mujer ―pongamos de 16 a 25―en que ésta se ve muy fuertemente atraída por el tipo de hombre “canalla”. Los motivos evolutivos de este asunto son obvios: es la etapa en que la biología de la mujer clama por la fertilidad y busca los mejores genes, mejor guerrero, más fuerte, más arrogante…, esto es, más “canalla”. Pero en cuanto a eficacia reproductora, tal etapa ha perdido su antigua importancia: la procreación se ha retrasado estadísticamente hasta los treinta y tantos, así que el hombre rudo, macho, canallesco, preferido a los dieciocho, ha perdido muchos enteros en la cotización bursátil por falta de demanda. El auge del hombre sensible, con buena disposición para las tareas domésticas y el cuidado de la progenie, parece indudable.

¿Puede tener esta novedosa selección sexual consecuencias evolutivas relevantes?, ¿puede dicha selección ser causa de hombres del futuro genéticamente más delicados, más dulces, más afeminados incluso; hombres en quienes la inversión de los roles clásicos de la pareja ―hombre protector y fuerte, y mujer hacendosa, dulce y de apariencia sumisa―no se tenga que deber a imposiciones y a leyes discriminatorias, sino que de buen grado acepten que la mujer sea quien lleve los pantalones en el matrimonio y sea el carácter de ella el que reine, el que tenga que decir la última palabra?

Los datos acerca de la selección sexual del hombre sensible que se extraen de algunos países avanzados, parecen indicar que el fenómeno presenta una clara tendencia al crecimiento. En Noruega y en Suecia la mitad de los hogares con hijos son monoparentales,  y por lo general recibe la mujer los genes de bancos de esperma. No resulta descabellado pensar que el siguiente paso, tal vez un paso obligado por la fuerte demanda de genes específicos que se produce ―demanda que viene avalada por los potentes grupos feministas radicales―, sea un banco de semen a la carta, en donde los rasgos físicos y psíquicos del donante se clasificarían en orden a las tendencias en boga: delicadeza, belleza, carácter permisivo o sumiso…En el caso de que tales bancos acaben instalándose en algunos países de Europa, el carácter “sensible” sería muy mayoritario en los nuevos nacimientos y no tardaría mucho en imponerse entre la población masculina, pues a la educación en la sensibilidad, tan promocionada hoy día por los defensores de la ideología de género, se le uniría el rasgo seleccionado genéticamente. Los hombres del futuro serían de una dulzura que algunos quizás juzguen de empalagosa, y el “macho” tendría sus días contados.

Un experimento de selección llevado a cabo con una especie animal, el zorro, presenta semejanzas con el tipo de selección del hombre sensible que he expuesto. El ruso Dimitri Beliaev comenzó a seleccionar los zorros menos agresivos y que se acomodasen mejor a la compañía humana. Treinta generaciones de zorros después, se consolidó una estirpe de zorros domesticados. En los animales no solo se había modificado su comportamiento sino también su aspecto: su rabo menguó y dejó de apuntar al suelo para apuntar a lo alto; con las orejas ocurrió lo contrario, colgaban en lugar de estar erguidas. Dicen los expertos que forzar por selección un crecimiento más rápido, un incremento de masa muscular o una mayor producción de leche, puede afectar al carácter de los animales en modo que puede ser muy perjudicial.

¿Qué rasgos psicológicos de ese supuesto hombre del mañana se verían afectado por la selección sexual en sensibilidad?, ¿tendrá una mayor abundancia de problemas mentales?, ¿estará más expuesto a las depresiones anímicas?, ¿será menos competitivo?, ¿se tornará barbilampiño o tendrá caderas más anchas?, ¿se mostrará más compasivo ante el dolor ajeno o, por el contrario, más egoísta, más metido en sí mismo?…

Sin embargo, otro hecho que sin duda trae gran repercusión para la población del futuro se está produciendo ya mismo; y ese hecho amenaza con contrarrestar todos os efectos previstos que acarrearía la selección sexual en sensibilidad. En Europa, sobremanera en los países de Francia, Bélgica, Holanda, Suecia, Alemania y España, la población magrebí y turca, ambas de religión musulmana, está creciendo extraordinariamente deprisa. Se calcula que en 20 años grandes zonas de Europa serán de religión musulmana. En Holanda y Bélgica ya tienen el origen dicho el 50% de los niños que nacen anualmente. De seguro que a esta población no le afectará el tipo de selección sexual nombrada, muy al contrario, el hombre rey de la casa y dueño de su mujer o de sus mujeres es lo que propala su religión. Así que cuando la población aborigen de Europa haya sido seleccionada sensible genéticamente, la población de origen turco o magrebí en Europa puede que sea mayoritaria y que impongan ―por mayoría y por carácter―su rudeza a la sensibilidad tanto tiempo seleccionada. Así que mal augurio para el futuro de la sensibilidad.

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En todo caso, en no más de treinta años los adelantos en biotecnología y nanotecnología van a hacer posible que la población no envejezca, o incluso que rejuvenezca. Ya ha sido experimentado con resultados positivos en ratones. Pero en tal caso aparecerán nuevos problemas. ¿No resultaría mentalmente nefasto la acumulación de conocimientos en ese mundo de eterna juventud?, ¿no tendrían que hacerse periódicamente un borrado selectivo de recuerdos para dar cabida a otros nuevos?, ¿qué sucedería entonces con el “yo”?

Claro que otra posibilidad se presenta: la de la biología sintética, individuos cuyo organismo es en parte mecánico-robótico y en parte biológico (pero su biología puede también en parte la de otro), de acuerdo al mundo de necesidades y posibilidades que presente el futuro próximo. ¿Entraría entonces en conflicto el mundo robótico con el biológico, se declararían la guerra o se complementarían amigablemente?

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Otro posible sendero sería el de recurrir a caracteres ancestrales que tenemos dormidos en nosotros; activar en nosotros ciertos genes desactivados que sirvieron a nuestros ancestros mamíferos o reptiles y darles otra funcionalidad nueva. Es decir, tipos específicos de personas con una funcionalidad social ya prefigurada…

En fin, una cosa es que estemos a las puertas de un mundo nuevo e imprevisible, y otro que se me vaya la olla.

 

Las fábulas clásicas y la política

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La gallina de los huevos de oro. Esopo. Samaniego. La Fontaine

Cuentan que un hombre tenía una gallina que ponía huevos de oro, pero el brillo de la riqueza le acrecentó su ambición hasta el extremo de imaginar que se haría rico matándola y extrayendo la gran cantidad de huevos que debía albergar en sus entrañas. Así lo hizo y perdió la riqueza que obtenía con cada huevo.

Como muy pocas fábulas logran, ésta muestra lo inquietante de la falta de cordura humana; muestra lo ilusorio de nuestras ideas; muestra lo trágico y descerebrado de nuestro proceder.

Conozco profesores universitarios, investigadores científicos con capacidad demostrada, conozco individuos que en sus labores emplean razonamientos apabullantes, conozco sujetos con una inteligencia fría como el hielo…, y, sin embargo, resulta fácil encontrar entre ellos a muchos ciegos de ambición y deseo que pretenden matar a la gallina de los huevos de oro. Incluso me atrevería a decir que son mayoritarios los que albergan dicho propósito.

En un blog de contrastada calidad intelectiva y literaria, no hace mucho apareció una propuesta que fue de forma entusiasta aceptada y alabada por los diversos comentaristas: “Si se repartieran las riquezas del país entre todos los españoles, todos seríamos ricos y dichosos”. Otro de los contertulios, no contento, propuso repartir la riqueza de Amancio Ortega (el dueño de Inditex, uno de los dos o tres hombres más ricos del mundo) entre los empleados.

Y lo dicho provenía de gente con capacidad intelectual demostrada ―aunque con experiencia escasa―pero, claramente, con una absoluta falta de previsión lógica para el futuro. Ignoran lo que es factible y colocan en su lugar lo deseable. Con desearlo ya vale, se cumplirá, piensan. De nada les sirve saber que las experiencias cooperativistas han fracasado en España una tras otra; de nada les sirve saber que en todo lugar en donde se implantó el igualitarismo o se estuvo en ciernes de ello, la cosa concluyó en desastre; de nada les sirve saber que Amancio Ortega salió de la nada y con sus capacidades y su esfuerzo ha conseguido crear decenas de miles de puestos de trabajo… De nada les vale saber todo eso porque el deseo de destripar a la gallina y repartirse sus huevos de oro les ciega. Cuando la maten y se la coman y encuentren que no tenía huevos de oro en sus entrañas y sobrevenga la miseria, se preguntarán ―tal como otros muchos hicieron en situaciones históricas parecidas―, y ahora qué hacemos.

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El alacrán y la rana. Esopo

Cuenta esta fábula que un alacrán le pide a una rana que le ayude a cruzar el río. La rana, ignorante, bondadosa –o  quizá con temor a negarse—, carga con el alacrán a sus espaldas. A mitad del trayecto el alacrán pica a la rana. ¿Por qué me picas y me matas a mí que te he ayudado?, dice la rana muriendo, a lo que el alacrán responde: no lo pude evitar, está en mi naturaleza.

¿Cuántas veces no ha picado el alacrán del nacionalismo catalán o vasco a las sucesivas ranas que han gobernado España?, ¡Y todavía no se han enterado éstas que picar está en su naturaleza! Desde la Transición democrática española los sucesivos gobiernos del PSOE y del PP han transigido con las constantes exigencias, insultos y desprecios que les han propinado los nacionalismos catalán y vasco, y han seguido inclinándose ante ellos. No saben, ignoran, son cortos de miras, o van a su simple interés inmediato, que en la naturaleza del nacionalismo está el hacerse la víctima y exigir siempre más de lo que se le ofrezca; que su esencia es, como la del alacrán, picar a quienes les ayudan a mantenerse a flote. En cuanto dejaran de picar, desaparecerían del mapa político, así que ninguna ayuda que se les ofrezca hará que dejen su aguijón tranquilo.

La respuesta nacionalista a las innumerables claudicaciones de los gobiernos centrales ha sido la de aumentar sus exigencias, su victimismo, su despilfarro, su saltarse las leyes del Estado, el aumento de sus mentiras y de su propaganda contra España. Ahora mismo, ante el envite separatista y su burla hacia las instituciones españolas, el gobierno del PP les regala cuatro mil millones de euros extras, les promete la construcción del Corredor Mediterráneo, y se hace garante de la inmensa deuda que han acumulado en robos y despilfarros. La próxima picadura será mortal, y la rana del gobierno central preguntará angustiada: ¿por qué me has picado si te he complacido en todo cuanto pides?

 

 

 

Lo Políticamente Correcto

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Dice Aldous Huxley en uno de sus prólogos a Un mundo feliz que “Los mayores triunfos de la propaganda se han logrado, no haciendo algo, sino impidiendo que algo se haga. Grande es la verdad, pero más grande todavía, desde el punto de vista práctico, es el silencio sobre la verdad”.

La efectividad de lo políticamente correcto se basa precisamente en ocultar la verdad; en tapar con un manto de bellos colores la verdad, en dejarla a oscuras. Con lo políticamente correcto se trata de conseguir gentes dóciles a unos dictados, y eso se consigue más y mejor impidiendo la libertad de palabra que aleccionando, aunque ambas estrategias se combinan muy productivamente al fin deseado. Un etarra tenía tajantemente prohibido leer otro diario que el Egin o el Gara, ni visitar bares que no fueran herriko tabernas. Prohibiciones semejantes ejercen su acción sobre los musulmanes que viven en España, que sufren el acoso reprobador de toda la comunidad musulmana en caso de que alguno de sus miembros muestre interés por la cultura Occidental. El esquema de estos dos ejemplos señalados y el esquema que se utiliza para imponer lo políticamente correcto es el mismo: señalar, reprobar y perseguir toda discrepancia con la “verdad” que se intenta imponer.

Gente tan dispar como los jesuitas o el comunista Gransci, estaban convencidos de que controlando el aprendizaje de los niños se aseguraba el control de sus conciencias en la edad adulta. Pero hoy en día los medios de control de conciencias son muchos y variados: Facultades universitarias, Institutos de Enseñanza, medios periodísticos, canales televisivos, noticias en la red, redes sociales… Los partidos políticos de izquierda han sido especialmente hábiles en infiltrarse en todos esos medios de información y controlarlos. No en balde todos los rectores de la Universidad española se proclaman de izquierdas.

Pero, en resumidas cuentas, ¿qué es lo políticamente correcto?: Es un sistema represivo cuya finalidad es trastocar y mutar la moralidad tradicional de las gentes. Busca derribar los valores tradicionales: el orden, la competitividad, la religión, la familia, la disciplina, el coraje, la valentía, el mérito, la fortaleza, el orgullo por la posición social, la austeridad, la dureza, el heroísmo, la audacia, el honor, la virilidad en el hombre y el recato en la mujer, el patriotismo, el sacrificio, la heterosexualidad, la ritualidad, la fuerza en la resolución de conflictos; y, por el contrario, busca celebrar la compasión, la paz, el hedonismo, la promiscuidad sexual, el ecologismo, la bisexualidad, el culto al cuerpo,  el veganismo, el feminismo, la mediocridad, la baja natalidad, el control femenino sobre la reproducción, las cosmovisiones místicas, lo suave, la falta de rudeza, la comodidad, el indigenismo, la protección animal. Y todos esos valores aupados al primer plano de la conciencia humana vienen impregnados del perfume femenino. Además, lo políticamente correcto se empeña en ensalzar a los perdedores de la Historia y en negar la Patria.

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¿Qué estrategias emplea lo políticamente correcto?: Una: impedir por todos los medios a su alcance (medios de comunicación, leyes, reprobación social…) que contradigan o cuestionen su “verdad”; dos: revestir esa “verdad” de sentimentalidad y de valores de bondad, altruismo, compasión…, con la finalidad de que lo defendido por lo políticamente correcto sea elevado al rango de moral, de inobjetable, nueva y grandiosa moral que señala el Bien y el Mal, los buenos y los malos. Expongo a continuación unos ejemplos:

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  • Están prohibidos (o al menos se ocultan severamente) los censos sobre la población gitana.
  • Está prohibido publicar ciertos datos estadísticos acerca de grupos como pueden ser los gitanos, musulmanes afincados en España, inmigrantes en general… (en cuanto a paro, en cuanto a qué proporción de ellos trabaja, en cuanto a la protección social que reciben, en cuanto a su participación en actos delictivos…)
  • Que oculta que los supuestos destinatarios de la supuesta acción altruista de muchas ONGs apenas reciben migajas, y que, sin embargo, la gran mayoría de los fondos se emplean en salarios que reciben los supuestos altruistas, de forma que algunas ONGs se han convertido en lucrativo negocio de colocación.
  • Se discrimina positivamente en leyes y ayudas sociales a emigrantes, mujeres, homosexuales y etnias minoritarias.
  • Se legisla para educar a los niños en la moral que propugna la corrección política, en detrimento de la potestad de los padres al respecto.
  • Se persigue acabar con la caza o las corridas de toros, asentadas en el acervo cultural de la población española.
  • Desde los medios se desvaloriza el mérito, el esfuerzo y la capacidad.
  • Se falsean las conclusiones que presentan los datos estadísticos sobre riqueza de la población española: “un tercio de la población española en riesgo de exclusión social”…
  • Se tapa que muchos emigrantes musulmanes poseen varias mujeres.
  • Se oculta que la pretendida convivencia en la Multiculturalidad es un fiasco.
  • El feminismo radical, uno de los brazos armados de lo políticamente correcto, se tapa ojos y oídos ante la sumisión de la mujer musulmana al hombre.
  • Se oculta que en el ADN del musulmán no está la democracia ni las libertades ni los derechos, sino la sumisión a Alá, y que tal es el propósito que anima a la gran mayoría de musulmanes, imponer la Sariath en España.
  • El pretendido Calentamiento Global se considera indiscutible, aunque no haya evidencia científica alguna.
  • El medio ambiente y los animales de compañía se consideran sagrados.
  • Sobre la inmigración, los animales, el feminismo, el medio ambiente, se presenta la información sesgada, lastimera, sentimentalizada…
  • Maniqueamente, se divide la sociedad en buenos y malos de acuerdo a si actúan o no de acuerdo a lo políticamente correcto. En el segundo caso se les persigue con saña.
  • El capitalismo es malvado, el igualitarismo es lo ideal. Tal cosa da idea de quién maneja los hilos.

Los ejemplos serían inacabables. Pero uno se ha de preguntar: ¿quién maneja lo políticamente correcto?, ¿cuál es su origen? A tales preguntas responderé en una próxima entrada

 

 

 

 

 

La Escritura y la historia

La escritura nació para permitir que la palabra se enhebrara en el cálamo y tejiera ropajes de pensamiento perdurables. La escritura fija los hechos y las ideas, y, a fuerza de volver a ellos, favorece que surja el bello argumento, la invención o el proyecto. Mediante la escritura fijamos la información, oteamos en el horizonte de las ideas y avanzamos por la senda del conocimiento.

Fijar la información tuvo que ser una necesidad cuasi vital desde muy pronto, desde que nuestros ancestros se pelearon con las primeras palabras. Unos huesos de 30.000 años de antigüedad encontrados en Francia así lo atestiguan. Llevan grabados líneas y puntos (¿meses y días?), y la autoría de estos se atribuye a los primeros homo sapiens sapiens en Europa.

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Pero la escritura como tal nació en Mesopotamia, la actual Iraq, sobre el 3.100a.C. Un pueblo de oscuros orígenes, el pueblo sumerio, la inventó o la trajo consigo hasta ese lugar. Y poco después, sobre el 3.000 a.C. ya se representaban en Egipto las ideas por medio de jeroglíficos.

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Significó una revolución como no habían conocido anteriormente los hombres. Permitió que nacieran los Estados; que se llevaran a cabo  grandes obras de regadío y edificaciones monumentales; permitió el nacimiento de la moneda; saber los días en los que sembrar o recoger; hacer más grandes a los dioses; estipular el tributo que pagar a sacerdotes y reyes; aumentar los intercambios económicos; dar fe perenne de una cuestión; permitió construir ciudades, fijar las leyes…

A la escritura, desde su nacimiento, se le atribuyeron poderes sobrenaturales y creadores divinos. Thot, el dios de las Ciencias para los egipcios, fue también el dios creador de los signos, mientras que para los sumerios lo fue la diosa Era, con las mismas funciones que aquél; y todavía dos escrituras llevan fama de haber sido dictadas por dioses, me refiero a la Biblia y al Corán.

Volvamos a Mesopotamia. Allí, el primer tipo de escritura fue ideográfico, cada imagen escrita representaba una idea, mientras que en Egipto constaba de una combinación de signos figurativos y de signos abstractos. De cualquier manera, eran necesarios casi tantos signos distintos como ideas, así que la tarea de escribir era tan ardua que necesitaba de toda una vida de aprendizaje, por lo que la escritura quedó reservada a la casta sacerdotal.

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Tuvo que cambiar el tipo de escritura, que se hizo cuneiforme en Mesopotamia (signos rectos grabados con una caña afilada) y en Egipto el jeroglífico dio paso a la escritura hierática y luego demótica (con signos simplificados de la anterior realizados con  pincel); y cambió el soporte material, que pasó de la piedra a la tablilla de barro en Mesopotamia y en Egipto al papiro (de la misma forma, los hititas, un pueblo situado al norte de Summer, usaban signos jeroglíficos en las inscripciones en monumentos de piedra, pero para los asuntos vulgares empleaban el sistema cuneiforme).

Esta vulgarización de la escritura hizo que surgieran escuelas y escribas laicos, lo que originó una mayor propagación y, de resultas, una mayor y mejor comunicación. En 1.500 años la escritura se divulgó por todo Oriente. En el año 2.500 a.C. la poseían los elamitas (un pueblo cercano a Mesopotamia) y en el valle del Indo; en el año 2.000 los cretenses, y en el año 1.500 los chinos, hititas y hurritas. Se utilizó la piedra, la tablilla de barro, el papiro, la chapa de cobre (como la encontrada en Zaragoza, escrita en lengua celta con caracteres iberos), la chapa de  oro, y el bambú y la seda entre los chinos.

Pero, aun con todo, lo arduo del aprendizaje restringía su uso a las clases dirigentes (con sus escribas) y a la casta sacerdotal. La dificultad para su popularización estribaba en que los signos podían tener un valor fonético e ideográfico a la vez; en que cada signo podía representar varios valores silábicos; y en que cada sílaba podía ser escrita con varios signos distintos ¡un verdadero galimatías!

Fue necesaria otra revolución dentro de la misma revolución que se había iniciado con la escritura, me refiero a la invención del alfabeto. Cuando esta revolución se llevó a cabo, fue tal su impacto que sólo 500 años después su uso estaba difundido a todo el Mediterráneo, Asia Menor, Grecia, Arabia y Persia; y con su uso, el desarrollo urbano y social, la obra literaria, las leyes, el comercio, las grandes obras…

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Se coció esa invención en esa estrecha franja formada por Israel, Líbano, Siria, y sobre todo, en la ciudad de Ugarit y en las grandes ciudades fenicias: Biblos,  Tiro y Sidón. En el año 1.300 a.C. ya existía un alfabeto en Ugarit, pero fue el de Biblos (distinto a aquel), en el año 1.000, el que se expandió por el mundo conocido. El pueblo fenicio era marinero, y allí donde recalaban sus barcos con mercancías nacían escribas que adaptaban el alfabeto a su propia lengua.

Es de resaltar que, como la escritura árabe y hebrea, el alfabeto fenicio no tenía vocales sino veintidós caracteres consonánticos, hasta que en el siglo IX a.C. los griegos se las añadieron, y al igual que en el árabe, en el hebreo y en el griego, esos caracteres, además de un valor fonético, poseen un valor numérico.

En fin, esa es, a grandes rasgos, la historia de la invención de la escritura y la repercusión social a que dio lugar, pero no me puedo olvidar de su temprana utilización en el terreno literario.  Ya en las primeras muestras de escritura cuneiforme aparecen plegarias, encantamientos rituales, supersticiones, crónicas, proverbios, poemas amorosos, épicos, leyendas heroicas…, es decir, las esencias que el ser humano necesita expresar.

Ya desde los comienzos nació la gran literatura, El Poema de Gilgamesh, la leyenda de un héroe, rey de la ciudad de Uruk, que parte en busca de la inmortalidad guardada en forma de brebaje por Noé (rescatado por los dioses de la muerte tras el diluvio). Un maravilloso poema escrito y rescrito en numerosas lenguas desde el 2.700 a.C. hasta poco antes de nuestra era. O esa otra hermosura: El descenso de Innana a los infiernos, donde se describe a esa diosa atravesando las siete puertas del Averno (el mágico número siete) y despojándose en cada una de ellas de una túnica y una joya (los míticos siete velos tras de los que se oculta el verdadero conocimiento), hasta quedar desnuda delante de los severos jueces que «fijan sus ojos en ella, los ojos de la muerte».  Y ya la música en una tablilla escrita en sistema cuneiforme hurrita encontrada en Ugarit, donde se nos da una frase musical  y la forma de interpretarla.

Siente uno ante el carácter esencial de estos relatos, que las duras condiciones de vida, el enfrentamiento crudo con la realidad, sin máscaras, hacían aflorar del alma las esencias más profundas, los símbolos universales, lo primordial del ser humano. De ahí la necesidad, siempre, de tener que volver a los mitos clásicos para percibir las pasiones, los anhelos, las conductas en su estado más puro, tal como muestra un sello de piedra del 2.300 a.C. en el que se representa al hombre-pájaro Zu intentando robar la tablilla del destino donde se halla escrito el porvenir de los hombres y los dioses.

EL TIEMPO PASA

 

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El tiempo es algo inherente al cambio. De no ser éste, no existiría aquél. Imaginemos un mundo estático, paralizado, congelado, en el que no ocurriera cambio alguno: el tiempo no tendría lugar. El tiempo nace pues con la formación del universo; antes no existía porque nada cambiaba, porque nada ocurría. Éste tiempo es el tiempo físico, y el tiempo que percibimos está imbuido de él: cuando esperamos a alguien que no llega, cuando no sentimos alteración a nuestro alrededor, decimos que el tiempo transcurre muy lentamente; sin embargo, cuando estamos animados, cuando pasan muchas cosas que retienen nuestro interés, decimos que el tiempo pasa muy rápidamente.

Como asociamos la rapidez con que pasa el tiempo a la rapidez con que se producen los cambios, la humanidad ha clasificado su historia en periodos cada vez más cortos, porque cada vez los cambios ocurren más rápidamente. Así, desde los primeros primates hasta la aparición del homo sapiens transcurrieron millones de años, pero lo vemos como una misma época porque hubo pocos cambios; desde esa aparición hasta la invención de la escritura pasaron unos cien mil años, y para los historiadores es una época más rica que la anterior porque ocurrieron más cambios y se produjeron con mayor rapidez; y no hablemos ya de la época actual, en donde las tecnologías de la comunicación nos lanzan las novedades a un ritmo vertiginoso: lo novedoso cabalga hoy tan aprisa que el entendimiento es incapaz de atraparlo.

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Pero para los primeros hombres sedentarios sus mayores preocupaciones respecto al tiempo no pasaban de querer conocer cuándo era la época de siembra o recolección, de lluvias o de sequía. Se dieron cuenta de que esas épocas seguían un ciclo, que se repetían.  Miraron a los astros del cielo y se dieron cuenta de que la posición relativa de algunos de ellos se repetía a la par que los fenómenos atmosféricos, que la sequía, que el calor, que el frío, que las lluvias. Pronto se dieron cuenta que las distintas posiciones del Sol y la Tierra eran cíclicas.  Resultó tan importante determinar con exactitud estos ciclos que se encargaron los sacerdotes de su estudio.  En lo alto de sus templos de Mesopotamia (actual Iraq) seguían el discurrir de las estrellas y de los planetas; y llegaron a tal grado de precisión que establecieron un calendario; un doble calendario solar y lunar con los nombres de planetas y estrellas, que para ellos eran dioses. Para tal menester inventaron los números y las operaciones matemáticas. Inventaron los números en base hexagesimal y los de base decimal. Con ellos calculaban el deambular de las estrellas por los cielos. Y si las estrellas eran dioses y regulaban los fenómenos atmosféricos, qué más sencillo que admitir que también regulaban nuestras vidas desde el mismo instante de nuestro nacimiento; así que al lado de la astronomía, surgió inmediatamente la astrología.

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El tiempo lo dividieron en años, meses, semanas, días, horas, minutos y segundos. Emplearon para ello los más diversos artilugios: desde relojes de arena a relojes de agua o clepsidras mecánicas movidas por correas y engranajes. Los árabes se destacaron por la belleza de algunos de estos inventos. Más adelante, hacia 1840, un inglés ideó el primer reloj eléctrico; y luego se descubrió una propiedad del cuarzo que consiste en que cuando vibra genera una corriente eléctrica cuya frecuencia podemos medir y que coincide con la frecuencia con que vibra el cristal. Ello permitió una exactitud increíble en la medida del tiempo. Pero actualmente se utiliza otro reloj mucho más exacto: el reloj atómico. Se basa en la regularidad con que ocurren las transiciones electrónicas en un átomo de Cesio y su error es de menos de un segundo en miles de siglos.

En la antigüedad cada emperador empezaba una era; como queriendo dar a entender que el tiempo existía desde el comienzo de su reinado; los griegos empezaron a contar el tiempo desde el siglo III a. C.,  a partir de la primera Olimpiada; en cambio los romanos establecieron su era a partir del nacimiento de la ciudad de Roma; y los musulmanes a partir de la Hégira (la fecha en que el profeta Mahoma huyó de la Meca a Medina). Los cristianos desde el nacimiento de Cristo, pero como no se sabía con certeza la fecha en que tuvo lugar, la mayoría de calendarios consideraban el comienzo  el 25 de Diciembre, fecha en que tradicionalmente nacieron los dioses de los países de oriente próximo; sin embargo, otros calendarios cristianos diferían en la fecha del comienzo algunos años, así, en la era hispana (que se mantuvo en vigor hasta el 1500) se comenzaba el 38 a.C. La reforma del calendario juliano, que dio lugar al  gregoriano, unificó en los territorios cristianos la cronología oficial.

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H.G. Wells, autor de La guerra de los mundos, y de Los primeros hombres en la Luna (aunque él nunca creyó que el hombre pudiese llegar a la Luna), escribió la fantástica novela La máquina del tiempo, en la que el protagonista viaja a diferentes épocas, del pasado y del futuro. Las modernas teorías físicas hacen todo uno de las propiedades del espacio y del tiempo. Y dicen algo insólito, que el tiempo transcurre de manera distinta para dos personas que se muevan de forma distinta. Además, se preguntan si sería posible una vuelta atrás en el tiempo; no ya sólo volverse más joven mientras los otros de nuestro alrededor envejecen, sino rejuvenecer en otros universos paralelos; algo como decir que existen otros universos en que ocurren cosas que aquí han tenido posibilidades de ocurrir pero no han ocurrido.

Todas las culturas hablan de la relatividad del tiempo. Dicen los musulmanes que Alá transportó a su profeta Mahoma hasta el cielo en el momento en que a éste se le caía una jarra de agua. En el cielo platicaron durante siglos, y al volver a dejarlo en el lugar en que lo tomó, la jarra no había chocado aún con el suelo. Los chinos tienen ciertas ideas que hablan de que a veces vivimos el futuro antes que el presente. Los alquimistas creían que la tierra es una enorme matriz telúrica en donde se gesta la formación del metal más puro, el oro, aunque ello cuesta muchos miles de años; así que pensaron que mediante la alquimia podrían acelerar ese proceso, podrían ganar tiempo al tiempo y lograr oro puro a partir de otro metal.

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El tiempo es un embrión de paradojas y misterios. Los físicos poseen un arsenal de ellos sin resolver. Pero, qué duda cabe de que el tiempo más elogiado es el tiempo de la felicidad. Hacia él debemos dirigirnos.