Problema matemático y manía de pensar

metafísica

Manía de pensar

Mientras me fumo el primer cigarrillo de la mañana me sobreviene la execrable costumbre de pensar. Esta misma mañana me ha dado por las definiciones. Aquí expongo algunas.

  • Metafísico: Es aquel que juega a creer que cualquier idea que se le ocurre es una inalterable verdad.
  • Intelectual con ideología: es el individuo que procura ocultar por todos los medios cualquier verdad que le incomode mientras intenta dar brillo a una mentira para que parezca verdad.
  • Feminismo radical: es el movimiento al que le importa un bledo la mujer y al que sólo le mueve el odio contra el hombre y las ansias de revancha. Dos ejemplos ilustran bien esta definición: Ninguna feminista radical ha abierto la boca ante el secuestro y las múltiples violaciones de varias jóvenes en Alicante a manos de refugiados argelinos (una de éstas jóvenes tenía tan solo 14 años), ni contra el estado de sometimiento de la mujer en el mundo musulmán. Recientemente, el partido del gobierno feminista sueco ha votado en el parlamento a favor de que no se prohíba el matrimonio de musulmanes con niñas de apenas unos años de edad.
  • Rebaño: conjunto de individuos sin criterios ni juicios ni pensamientos propios, sometidos a las voces del pastor, y que no levantan la vista del suelo ideológico por donde les hacen caminar.
  • Dialéctica: chistera de mago de donde éste saca a conveniencia e interés un conejo o un elefante.
  • Maniqueísmo: sagrada doctrina de la izquierda que sostiene que todo lo que ella proclama es el Bien y es verdad divina, y que quien rehúse compartirla representa al Mal.
  • Estadística social: triquiñuela con apariencia científica en la que se retuerce la verdad y que es utilizada por los maniqueos para inculcar mentiras a su conveniencia. Ahí está, por ejemplo, la proclama de los 33 % de pobres españoles en estado de exclusión social.
  • Políticamente correcto: Instrumento social que pone cadenas y grilletes a toda verdad. Es la re-edición de la antigua Inquisición.

Problema matemático

Ha llegado a mis oídos que existe una secta musulmana que permanece oculta a los ojos del mundo y que tiene una característica muy singular: todos los miembros varones de la secta son matemáticos. No obstante, mantienen que su líder es el califa elegido por Alá, así como un rigor extremo en asuntos teológicos y morales.

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Continuó mi informante narrando que el tal califa se enteró de la existencia de adúlteras en la comunidad y quiso acabar con esa práctica, inmunda a los ojos de Alá el Misericordioso, de la manera que resultase más apropiada a la secta. El primer día del Ramadán hizo saber que serían los maridos de las adúlteras quienes las debían ajusticiar de manera inmediata en cuanto supiesen que su mujer era una de ellas. Para que se cumpliera tal cometido operó de la siguiente manera: envió una carta a cada marido de la comunidad donde hacía constar el nombre de todas las adúlteras excepto el de la mujer del receptor de la misiva. Ningún marido podía enseñar a los demás la carta por él recibida ni transmitir a nadie nombre alguno de los que allí constaban so pena de ser lapidado públicamente.

Dos datos les ofreció para que la tarea pudiese llevarse a cabo:

1.-Al menos se sabía de la existencia de una adúltera

2.-Cada día la televisión publicaría el número de adúlteras ajusticiadas.

 

El mismo día en que se acabó el Ramadán todas las adúlteras habían sido ajusticiadas.

 

La pregunta es: ¿Cuántas adúlteras había?

 

 

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CINE Y NATURALEZA HUMANA

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Atisbar las razones más profundas de nuestro comportamiento (vislumbrar un puente lógico entre nuestra conducta y nuestra naturaleza) es un asunto complejo. Ni tan siquiera los sabios profesionales que se ocupan de ello –psiquiatras, psicólogos, filósofos, neurocientíficos, etólogos—han dado con verdades que resulten ser firmes, profundas e inequívocas. Sin embargo, quienes muestran un alto grado de conocimiento acerca de nuestra naturaleza son los directores de cine. Los buenos directores, claro, aquellos que logran que el espectador se identifique con el protagonista y participe de sus pasiones y de sus avatares. Aquellos directores que zarandean emocionalmente al espectador y lo abducen y lo angustian y dejan en él la grata ilusión de haber sido el protagonista de la ficción representada.

Si uno visiona una buena película y se muestra atento a las pasiones que le brotan, tal vez aprenda cosas nuevas acerca de su naturaleza íntima. Tal como ocurre cuando se mira uno los rasgos de la cara en un espejo, la atención a nuestras pasiones durante el  visionado de la película nos puede mostrar rasgos ocultos de nuestra naturaleza.

Pónganse delante de la pantalla y atienda a las situaciones cinematográficas y a sus propios sentimientos. Más de uno de ustedes se descubrirá gozoso ante el dolor que sufre el malvado de la película. A tal clase de gozo se le denomina crueldad y se considera hoy en día uno de los mayores pecados que existen, pero no se puede negar que forma parte de nuestra naturaleza más íntima.

Conozco un sinfín de películas que generan rabia e indignación en el espectador. Es fácil conseguirlo cuando la película muestra una lacerante injusticia social. Claro que, para ello, se tienen que infundir valores éticos apropiados en el espectador. ¿Cómo se hace? Generalmente, no con razones sino con imágenes que mueven a la compasión, que nos mueven a identificarnos con los compadecidos, presentando lastimosamente –como merecedora de lástima—una situación social. En este sentido, algunos filmes maravillosos son los de Novecento, de Bernardo Bertolucci, Octubre y El acorazado Potemkin, de Serguei M. Einsenstein, con los que propagó en Occidente una ola piadosa y justificadora hacia la Revolución soviética (así que el terror del Archipiélago Gulag nos pilló desprevenidos).

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Nuestra naturaleza clama por reparar la injusticia, y clama por hacerlo de la manera que sentimos más justa, esto es, mediante la venganza. La venganza es la fórmula más universal y primitiva de justicia. Ojo por ojo y diente por diente, prescribe la ley del Talión. El espectador identificado con el protagonista siente suya la necesidad de tomar cumplida venganza, y la siente como si de un hecho justiciero se tratase. (Muchas de las acciones y propuestas  de los movimientos que a fecha actual dominan el clima moral existente, me refiero a feministas, islamistas, igualitaristas…, presentan a las claras el marchamo de la venganza en su intencionalidad). Conozco algunas películas decentes cuya temática es la venganza, como Les diaboliques, de Henri-Georges Clouzot, pero las más vistas han sido bodrios en las que su actor principal fue Charles Bronson. Éstas resultaron ser muy comerciales porque en ellas se satisfacía  una venganza contra los delincuentes que atemorizan muchos barrios norteamericanos. El filón de la venganza, la crueldad y la injusticia siempre da de sí; resultan extraordinariamente humanos. Hoy en día se intentan expulsar de nuestra naturaleza esas pasiones. ¡Ilusos!

No es preciso remarcar la clase de pasiones (y su intensidad) que surgen en los espectadores de un film de contenido sexual, lo que demuestra su importancia esencial. Cuando se abolió la censura en Europa, la película Emmanuelle barrió de la conciencia de los europeos la prevención hacia la sexualidad.

Las películas que exaltan el sentimiento de pertenencia a la tribu, o el impulso por competir, siempre han sido abundantes en el cine. Las hazañas –individuales o colectivas—de héroes valerosos y aguerridos han formado parte de la niñez de muchas generaciones. Ingleses y norteamericanos han sabido explotar perfectamente este filón. Cualquier película de tema bélico responde a este tipo. Nombraré dos que, además,  derrochan buen gusto y sensibilidad, a la par que abordan temas de honor, deber etc., me refiero a Las cuatro plumas (versión de 1939), de Zoltan Korda, y a la mucho más reciente Carros de Fuego, de Hugh Hudson, sobre los atletas británicos en las olimpiadas de París de 1924. Orgullo, honor, deber, deseos de victoria, patriotismo, son ingredientes de ellas y lo mismo sienten los espectadores porque esas pasiones forman parte esencial de nuestra naturaleza. Otra cosa es que ahora se intenten desvalorizar.

Otro tipo de pasiones que nos hacen sentir algunos filmes, las pasiones más reconocidas en la actualidad, surgieron en nosotros durante nuestra historia evolutiva debido a la necesidad de cooperar para sobrevivir. El afecto, la ternura, el amor, son algunas de ellas. Matar a un ruiseñor es toda una delicia cinematográfica que logra sacar de nosotros la ternura más sincera. Cierto es que a veces el afecto y la ternura desembocan en amor cuando se amalgaman con la sexualidad. Pero el amor no es catalogable: puede ser destructor, puede mover al odio, al sacrifico, a la venganza, al rencor, a los celos, a desear el dolor. Es una bocanada de pura irracionalidad. Ahí tenemos a Glenn Close en Atracción fatal. Pero también puede encender la llama que produce la más excelsa luz de nuestro ser. Vean aquel Love Story que hizo en su día llorar a la reina Isabel de Inglaterra.

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Un tipo de cine, muy en boga en la actualidad, versa sobre distopías futuristas, o sobre tensiones psicológicas, o produce incesantes sobresaltos en el espectador, o  repugnancia o todo tipo de miedos; juegan a crear en el vidente la ilusión de peligros inminentes o sensaciones de malestar o aversión, pero aliviados por el control que tiene la conciencia de que aquello no es real. Esas series cinematográficas donde se da tanta abundancia de muertos vivientes, de asesinos de violencia extrema, de vampiros y licántropos, pero también de sociedades futuristas reprimidas y de mundos tenebrosos, responden a los esquemas dichos. Blade Runner, Los juegos del hambre y la serie televisiva Black Mirror, son algunos ejemplos. La angustia la sentimos como si estuviera bajo palio, pero eso no obsta para que el corazón se desboque por la afluencia de opiáceos y neurotransmisores diversos que nos hacen sentir “vivos”, que nos producen sensación de aventura con control. El espectador tiene su alma en vilo, y eso, para gente joven en edad de iniciación guerrera que sigue una vida bastante anodina, significa satisfacer una naturaleza que le pide riesgo (pero no en exceso), que le pide estar con el alma en vilo durante un par de horas.

Todas esas pasiones que sentimos en el cine forman parte de la naturaleza humana,  nos enardecen, son las progenitoras de nuestro comportamiento social. Sin embargo, habrá reparado el lector en que la inteligencia no ha aparecido por ningún lado. En realidad, casi nunca viene a ser la causa primera de nuestra conducta. Las películas con diálogos exquisitos, con tramas apasionantes, con análisis en profundidad, apenas cobran relevancia en el cine actual. Si antaño existió, iba dirigido a un público selecto para quien la inteligencia de los personajes y del diálogo era cuestión principal en el film. Bocatto di Cardinale. Hoy ha desaparecido.

EDUCACIÓN, DERECHOS, LIBERTAD Y APARIENCIA

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Asistimos a un extraño hecho: una parte muy importante de lo que se conoce políticamente como “izquierda” pretende que en España la educación de los niños pase íntegramente a manos del Estado, es decir que los padres dejen de ser referencia educativa. A tal pretensión de negar el derecho natural de educar a los hijos, que se realiza en nombre de la libertad y de la igualdad, se le llama hoy en día “progresismo”.

En ciertos grupos existe una rica tradición de loar a la libertad con el propósito de abolirla. Robespierre, uno de los iniciadores de esa tradición, resulta muy ilustrativo al respecto: “A la guillotina todos aquellos que discrepen de mi idea de libertad y República.” El Igualitarismo ha llevado a cabo un gran alarde de esta farsa: no ha habido movimiento comunista en el mundo que no se haya envuelto con la bandera de la libertad mientras ponía cadenas y grilletes a los ciudadanos. Una cosa es lo que se dice y otra distinta es lo que se hace. Debemos desconfiar de quienes no concuerdan en esos dos asuntos. En lo relativo a la educación, existe un antiguo y buen ejemplo de esa discordancia. Rousseau abogaba por que se mimase a los niños, pero metió a sus cinco hijos en la inclusa nada más nacer.

Se aboga desde la izquierda por suprimir la Educación Concertada en centros de titularidad privada y, en cambio, se apoya con denuedo que todos los centros educativos sean de titularidad pública. Digo yo que tendrán sus razones, pero que éstas no se avienen a los dictados de la lógica del beneficio. Lo más común de sus repuestas cuando se les inquiere por tales razones, es un alegato sobre que la educación pública es más “progresista”; palabra ésta que no parece tener otra función que la de esconder carencias argumentativas.

Algunos planteamientos podrían ponerse sobre la mesa para atacar al sistema de Educación Concertada con centros privados, por ejemplo, que la educación y la enseñanza que se imparte en ellos sea más nefasta que los de titularidad pública, o que resultasen más caros, o que sólo unos pocos pudieran acceder a ellos; pero nada de esto es cierto de acuerdo con los organismos europeos que tratan de dilucidar tales asuntos. A nivel académico la Concertada obtiene mejores resultados y resulta económicamente más rentable. La relación del gasto por alumno entre los centros de titularidad pública y los centros concertados está en proporción de cinco a tres. En cuanto al acceso a unos centros u otros, es libre y gratuito.

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A mi entender, sólo quedan dos razones lógicas por las que se abogue por que toda la educación sea de titularidad pública; la primera, la razón de asumir que el Estado ha de encargarse de manera exclusiva  de la educación de los jóvenes, desplazado de ese papel a los padres, porque tal hecho reportaría ventajas y beneficios sociales e individuales que no se darían en otro caso (hecho deshumanizador que supone que la igualdad y la uniformidad producirían una sociedad mejor, tipo la nazi o la soviética o la que nos retrata Orwell en 1984) . Pero tal hecho atenta contra la Constitución, que reconoce la potestad de los padres en la educación de sus hijos, y, consecuentemente, la libertad para elegir el centro educativo que mejor les parezca. Ahora bien, hemos de considerar que la Constitución puede cambiarse, pero más difícil resulta cambiar nuestra naturaleza, y, a ojos vista, pocos derechos resultan tan naturales como el de criar y educar a los hijos. Así que esa pretensión de poner a los padres en un segundo plano educativo en relación con sus hijos conculca ese derecho, viola sus libertades y desprecia su dignidad.

El asunto tiene mucho mayor alcance. La razón antedicha de encargar al Estado la educación de los jóvenes se enmarca en una pretensión más amplia a la que con alguna frecuencia se alude: la de que el Estado no solo sea el garante de los derechos de los ciudadanos, sino que sea el manejador de esos derechos, que los otorgue, anule, restrinja, retuerza o amplíe, a su gusto y manera o al gusto y manera del grupo político gobernante. Esto es, la razón de que estamos hablando deriva de considerar deseable  un modelo social en el que el grupo controle y disponga a su albedrío de la libertad y de los derechos del individuo. Ya conocemos a qué clase de sociedades ha conducido históricamente tal consideración, tal planteamiento: al totalitarismo comunista o al totalitarismo nazi.

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La segunda razón anunciada la plantean las vísceras. Muchos de los que abogan por la supresión de la Concertada, alegan que no debe haber diferencias educativas entre los jóvenes; que chicas, chicos, inteligentes, atrasados, ricos, pobres, deben ser tratados por igual y aprender lo mismo (e incluso vestir de igual manera, reclaman algunos). Uniformidad absoluta. Es decir, tal planteamiento visceral proviene del Igualitarismo. En el fondo, quisieran estos igualitaristas anular las diferencias de sexo, de inteligencia, de elegancia y gracia, además de anular las diferencias de riqueza y posición social. No exagero: ese engendro conocido como ideología de género pretende inculcarnos que la única diferencia entre mujeres y hombres es la educación; los promotores de la LOGSE cifraban toda su labor en conseguir que nadie supiera más que nadie (todos los alumnos rasados al nivel del más atrasado de la clase); con la belleza aún no lo han intentado, aunque no me extrañaría que pronto empezasen, pues es notoria su animadversión a que la hermosura se exhiba en pasarelas y anuncios.

Igualdad ante todo, a costa de la libertad y de cualquier derecho. Tal es en el fondo lo que claman sus vísceras. Y esas vísceras, claro está, no son otras que la envidia y el resentimiento. Pero en el disfrute está la penitencia. Tal Igualitarismo, al tener que sofocar y reprimir a todo lo excelente, a todo aquello que destaque,  conduce irremediablemente a una sociedad totalitaria y represora como la comunista.

Así que detrás del intento de acabar con la educación en centros concertados no se halla otro motivo que el intento de instaurar un modelo totalitario que niega la libertad y los derechos del individuo y los supedita a los intereses del grupo. A eso se le llama hoy en día progresismo.

Cierto es que el progresismo lanza hacia los padres cebos  brillantes con tal de convencerlos de dejar en manos del estado su libertad y la educación de sus hijos. Hoy se inculca que los hijos, como las mascotas, son para el propio entretenimiento, y que dejando en manos del Estado a los hijos se desembarazarán de tener que soportarlos desde pequeños y de tener que responsabilizarse por ellos. Hoy se lanza que todo es relativo y que no hay ninguna firme verdad, así que lo único que importa es que tú seas feliz aquí y ahora dejando todo en manos del Estado a tiempo completo. Hoy la igualdad es valor supremo y la disciplina y el sacrificio son valores caducos que hay que abolir.

 

 

 

 

Literaturas celtas

Literaturas celtas

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Allá donde miremos, sobre todo si es cine o música o novela, es fácil que podamos descubrir lejanas o cercanas influencias celtas. El espíritu mágico del mundo celta es reconocible en Harry Potter; el espíritu guerrero que les animaba se trasluce en El Señor de los Anillos de Tolkien, y en Conan el Bárbaro; en Astérix y Obélix vislumbramos algunas de sus costumbres. Además, la música celta está de rabiosa actualidad: ahí se halla, destacando entre otros muchos autores, la figura de Enya. El oscuro mundo celta, con su atmósfera de magia y misterio, nos atrae con intensidad. De forma breve, de todo ello quiero hoy hablar, aunque en la literatura ponga el mayor énfasis.

El que, en contra de mis costumbres, me asome hoy al mundo de la literatura, y con mayor particularidad a la literatura de origen celta, se debe al flechazo que me ha producido un antiguo poema irlandés –en su versión inglesa—que luego expondré. Pero antes, para entrar en materia, hablaré de los celtas, de su idiosincrasia como pueblo y de sus vicisitudes.

Los llamados Celtas fueron pueblos de origen indoeuropeo que se extendieron hasta el siglo IV (a.C.) por un área de dos millones de kilómetros cuadrados que abarcaban el centro de Europa, oeste de la Península Ibérica, Francia, Reino Unido, Irlanda, y una buena parte de la actual Turquía, la interior.

Conocemos algunos rasgos característicos suyos. Por ejemplo, que eran amantes de practicar opíparos festines que duraban varios días. Que su gran pasión era la guerra y que los alardes guerreros estaban a la orden del día; que creían en una vida después de la muerte en la que seguirían guerreando (por tal razón, su desmedido valor, que los historiadores romanos tildaban de desprecio por sus vidas). Sabemos que creían fervorosamente en la magia de los conjuros, de los brebajes y de los hechizos, y en el fácil tránsito desde el Más Allá a esta vida. Que moraban en los bosques rodeados de empalizadas para protegerse de los enemigos. Que practicaban sacrificios humanos y que nunca construyeron ciudades ni imperios. Sabemos del poder de los druidas, del tipo de roble donde cada sexto día de la luna cortaba con hoz dorada el muérdago que utilizaba en rituales, conjuros, medicinas y antídotos de venenos. Sabemos de las periódicas ceremonias de los druidas en el claro de los bosques…pero…

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A mi entender, en el mundo celta se produce un hecho diferencial en relación a otros pueblos y a otras culturas; un hecho que será, por un lado,  el causante del escaso conocimiento que tenemos de su historia y de sus vidas, pero que, también, tendrá vital influencia en su rica literatura. Ese hecho es el no poseer escritura y el, consiguientemente,  haber tenido que depositar los acontecimientos y saberes de la tribu en la memoria de los bardos y los druidas. Los druidas eran los encargados de aprender y memorizar la historia, las leyes y los conocimientos de la tribu, de ahí el gran poder que poseyeron. Los bardos eran los poetas de las cortes celtas, sobre todo en Irlanda, y portaban con ellos todas las historias, mitos, leyendas y fantasías del mundo celta.

Los bardos tenían necesidad de deslumbrar a la noble audiencia de los palacios, y eso fomentó en los ellos una gran capacidad para transformar la narración en rica y cambiante fantasía mitológica. De esa necesidad de subyugar al oyente surge el embrión de la maravillosa literatura celta. Y entonces, cuando ya el mundo celta sólo pervivía en Irlanda, ocurre otro hecho crucial por el que conocemos la literatura celta irlandesa y por el que ha pervivido con gran vitalidad hasta nuestros días: es el hecho de que muchos bardos se convirtieron en monjes y habitaron los dispersos monasterios de Irlanda cuando el cristianismo, durante los siglos V y VI,  echó sus raíces allí.

Los grandes focos de la literatura que ha llegado hasta nuestros días: Gales, Escocia, pero, sobre todo, Irlanda y la Bretaña francesa. El porqué esas regiones sí y el porqué otras regiones no nos han trasmitido su saber, se entiende atendiendo a razones de conquista. Cuando en el 142 d.C. la muralla de Adriano terminó de construirse, lo que hoy es Inglaterra quedó sometida, aunque no así Escocia, al norte de la muralla. Durante los siglos V y VI los anglos, los jutos y los sajones, pueblos germánicos, conquistaron la Gran Bretaña pero se asentaron principalmente en su lado este, manteniéndose en Escocia, Cornualles y Gales la población celta y su cultura. Irlanda no sufrió la ocupación romana ni la anglosajona. Arribaron a sus costas los vikingos y posteriormente (1171) de los normandos (asentados ya en Inglaterra), pero apenas ejercieron poder cultural sobre la isla. Sin embargo, entre el siglo V y el VI Irlanda, con San Patricio a su cabeza, se cristianizó. Pero fue un cristianismo peculiar que se adaptó al mundo celta y plasmó su singularidad en monasterios que irradiaron a toda Europa, donde los monjes –muchos de ellos antiguos bardos—vertieron al latín las ancestrales narraciones y los conocimientos de los celtas irlandeses. Y no solo al latín, sino que, utilizando el alfabeto latino como vehículo, dieron forma escrita a la lengua gaélica de Irlanda.

El Ciclo del Ulster, puramente irlandés, y el Ciclo Ossiánico, donde irlandeses y escoceses son protagonistas, son dos de los grandes relatos del mundo celta clásico que fueron rescatados por la escritura gaélica. En el Ciclo del Ulster se relatan las aventuras guerreras de los héroes mitológicos irlandeses, sobresaliendo la figura de su campeón, Cúchulainn. El Ciclo Ossiánico está compuesto por poemas que relatan las hazañas del guerrero Finn, siendo el hijo de éste, Ossian, el narrador.

El porqué de otro foco en la Bretaña francesa requiere otra explicación. La romanización de la Galia por parte de Julio César llevó a muchos galos a refugiarse en las Islas Británicas. Una vez llegados los conquistadores romanos a estas islas, la cultura, las costumbres y las instituciones celtas se mantuvieron en buena medida inalteradas, entre ellas el druidismo. Pero con la retirada de los romanos y la llegada de los pueblos germánicos nombrados, el saqueo del mundo celta en la Britania se hace sistemático. Los britanos que pueden se refugian en las tierras altas de Escocia, en el escarpado Gales, o huyen hacia la antigua Armórica, la Bretaña francesa, cuna desde la que muchos de sus ancestros habían salido siglos atrás.

Los grandes y tardíos relatos que surgen de la Bretaña francesa reciben el nombre de Ciclo de Arturo: el rey Arturo, Merlín, Morgana, la Tabla Redonda, el Santo Grial, Percival, Lancerot… son figuras del paganismo celta embadurnadas de cristianismo, que significaron el nacimiento de la novela en Europa, y que constituyeron todo un fenómeno en la Europa Medieval.

Aquí pongo un punto en el escrito, por razones de longitud, para continuarlo en la siguiente entrada. Ahora quiero mostrar el hermosísimo poema,  Donal Og,  causante de mi ánimo para emprender esta narración

Torpe y pobremente he traducido,  de una traducción del gaélico al inglés realizada por Lady Augusta Gregory, lo que sigue:

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Donald Og- Anónimo irlandés del siglo VIII

 

Cercana a fenecer ayer la noche el perro hablaba de ti;

el ave agachadiza hablaba de ti desde lo hondo de su marisma.

Que eres tú el pájaro solitario que cruza los bosques,

y que estarás sin pareja hasta que llegues a mí.

 

Me hiciste una promesa y me mentiste,

que te hallaría donde el ganado se junta;

te lancé un silbido y trescientos gritos,

y allí sólo hallé un cordero que balaba.

 

Me prometiste algo que te era caro de dar,

un velero de oro bajo un mástil de plata;

doce ciudades con un mercado en cada cual,

y un hermoso patio blanco al lado del mar.

 

Me prometiste algo imposible,

que me darías unos guantes de piel de pez,

que me darías zapatos de piel de pájaro,

y un traje de la más apreciada seda de Irlanda.

 

¡Cuando llego al Pozo de la Soledad,

y sentada recorro lo que me turba;

cuando miro el mundo y no veo a mi amado,

el de cabellos con tonos de ámbar!

 

Fue aquel domingo en que te di mi querer;

el domingo anterior al de Pascua

yo arrodillada leyendo la Pasión;

y mis ojos lanzándote amor eterno.

 

Mi madre me dijo que no hable contigo hoy,

ni mañana ni el domingo;

escogió mal momento para decírmelo:

cerraba la puerta  después de que hubieran robado en la casa.

 

Está mi corazón tan negro como la negrura del endrino,

o como el negro carbón de la fragua del herrero,

o como la huella de una pisada en los salones blancos;

fuiste tú quien puso esa oscuridad en mi vida.

 

Me has arrebatado el Este y el Oeste;

te has llevado lo que estaba frente a mí y tras de mí;

te has llevado la Luna y me has arrebatado el Sol;

y mi gran temor es que me hayas quitado a Dios.

Donal Og
It is late last night the dog was speaking of you;
the snipe was speaking of you in her deep marsh.
It is you are the lonely bird through the woods;
and that you may be without a mate until you find me.

You promised me, and you said a lie to me,
that you would be before me where the sheep are flocked;
I gave a whistle and three hundred cries to you,
and I found nothing there but a bleating lamb.

You promised me a thing that was hard for you,
a ship of gold under a silver mast;
twelve towns with a market in all of them,
and a fine white court by the side of the sea.

You promised me a thing that is not possible,
that you would give me gloves of the skin of a fish;
that you would give me shoes of the skin of a bird;
and a suit of the dearest silk in Ireland.

When I go by myself to the Well of Loneliness,
I sit down and I go through my trouble;
when I see the world and do not see my boy,
he that has an amber shade in his hair.

It was on that Sunday I gave my love to you;
the Sunday that is last before Easter Sunday
and myself on my knees reading the Passion;
and my two eyes giving love to you for ever.

My mother has said to me not to be talking with you today,
or tomorrow, or on the Sunday;
it was a bad time she took for telling me that;
it was shutting the door after the house was robbed.

My heart is as black as the blackness of the sloe,
or as the black coal that is on the smith’s forge;
or as the sole of a shoe left in white halls;
it was you put that darkness over my life.

You have taken the east from me, you have taken the west from me;
you have taken what is before me and what is behind me;
you have taken the moon, you have taken the sun from me;
and my fear is great that you have taken God from me!

 

 

 

 

Fanáticos

 

Al haber sido un mucho rebelde y una pizca desconfiado, resulté refractario al sectarismo—pues las sectas exigen sumisión y confianza—aunque no niego que fui tentado a encuadrarme bajo ciertas siglas y ciertos símbolos. Dejaron de insistir en cuanto se percataron de que entre mis virtudes no estaba la de ser sumiso. No discrepar de la opinión reinante es la principal virtud del animal de rebaño. Pero yo discrepo incluso de mí mismo. Hoy puedo estar convencido de la certeza de un juicio, y mañana, tras de indagar en ello, puedo convencerme de lo contrario. Tal fluctuación, que puede parecer veleidad, no me impide poseer creencias firmes, creencias arraigadas en las arenas de la razón y de la lógica de los hechos, y, ciertamente, como todo el mundo, tengo también un poso de creencias irracionales.

La mejor manera de que uno no cambie ningún juicio o idea o creencia consiste en no aprender nada nuevo: los juicios sobre las cosas, eternamente repetidos, van día a día cavando profundas trincheras y las creencias más absurdas arraigan en la conciencia. Lo curioso del caso es que suelen ser juicios o creencias ajenas que uno toma prestadas y hace suyas sin otro criterio que el de seguir la opinión del rebaño. Esta falta de indagación, de criterio propio, esta falta de renovación de ideas, facilita la aparición del fanatismo.

El fanático, en un dogmático monólogo consigo mismo, repite: yo tengo razón; yo poseo la verdad absoluta; tú estás equivocado; tú eres mi enemigo. En esencia, todo aquel que no comparte su visión del mundo o de alguna particular parcela de la realidad, es culpable a ojos del fanático. Los que ya tenemos una cierta edad hemos conocido el fanatismo de que hacía gala la Iglesia Católica: todo aquel que no se cobijase en ella era reo del infierno. Afortunadamente, sus fanáticos propósitos han desaparecido o están desapareciendo. Todo lo contrario a lo que ocurre en el Islam, que ha revitalizado su fanatismo en los últimos lustros.

Pero hay otros grupos tanto o más fanáticos que los religiosos y que actúan como lobos con piel de cordero. El fanatismo nacionalista, cuyos dramáticos efectos se hicieron palpables con la desmembración de la antigua Yugoslavia y la orgía de sangre que tal hecho produjo. El nacionalismo catalán, que ha dividido Cataluña en dos y ha separado familias, amigos y amantes (parece como si la historia nunca enseñara nada). Tenemos a veganos que te asesinarían por el delito de comer carne; a no fumadores que te asfixiarían por encender un cigarro; animalistas que quitarían la vida a cazadores y aficionados a las corridas de toros; a ecologistas que tienen por más la vida de un lagarto o un tomillo que la vida de una persona; feministas radicales que caparían a todos los hombres; igualitaristas que serían capaces de destruir todas las riquezas y todos los bienes existentes en el país para que, en la miseria, todos fuéramos iguales.

Y tienen otra particularidad los fanáticos: pretenden redimirnos. Es decir, albergan el propósito de que seamos felices o de que ganemos la bienaventuranza eterna aunque sea a fuerza de decretos y martillazos. El comunismo y el socialismo pretendieron liberar a las gentes de su yugo, y ya sabemos lo que trajeron. Temo si alguien me quiere redimir sin yo haberlo pedido. La tradición de redimir es de las religiones: del cristianismo, del islamismo, del socialismo… Pretenden actuar altruistamente con nosotros, pero ¡que los cielos me libren de su altruismo!

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El fanático vive encerrado en una burbuja de información en la que no entran opiniones distintas a las que inyectan en dicha burbuja sus líderes. Han de leer un determinado diario, ver una determinada cadena de televisión, escuchar determinados debates o charlas, juntarse con determinados individuos…; solo así gozará el fanático de creencias firmes. La burbuja informativa no puede contener productos tóxicos. Conozco a marxistas que no leen nada que no venga reflejado desde el horizonte del marxismo; conozco a independentistas catalanes que se prohíben ver otra emisora televisiva que no sea la que propugna la independencia. Y algunos de ellos son profesores universitarios. La cortedad de sus miras, encerrados como están en una ilusión irracional y en una burbuja informativa, les imposibilita la percepción de la realidad. De no poseer una perspectiva amplia y variada, veremos la realidad deformada y mutilada, inconexa. Una monolítica forma de mirar le convierte a uno en fanático.

El fanático sitúa una idea por encima de su propia vida, por encima de sí mismo. Se hace esclavo de esa idea y está dispuesto a sacrificarse por ella. Recordemos a los que se inmolan, a los que prefieren vivir en la miseria pero ‘todos iguales’ (véase Venezuela), al payés catalán que dice preferir arruinarse e incluso morir por la independencia de Cataluña. Las naciones han inculcado siempre el fanatismo entre la población, sobre todo en caso de guerra, pero también para tener a la gente abnegada y sumisa: el ‘Patria o muerte’ de Fidel Castro, el lema de ‘Todo por la Patria’ de la Guardia Civil…

Fanático es aquel que posee una sola mirada y una inatacable convicción acerca de una idea de justicia o redención, pero la idea no lo es todo, en ocasiones apenas existe idea o tan solo existe de manera formal y el fanático se nutre sólo de odio y ansias de revancha. En el mundo musulmán la mujer juega un papel secundario y apenas posee derechos ni libertades. Preguntémonos entonces  por qué el feminismo, sobre todo el más radical, no protesta por tales ocurrencias sino, al contrario, suele defender con vehemencia al Islam. En todos los países musulmanes se persigue la homosexualidad, y en algunos el homosexual es reo de la máxima pena, pero el  lobby LGTBIC no levanta su voz contra el Islam. Existe mucho fanático con la máscara-idea puesta en el rostro, pero si la levantáramos no aparecería otra cosa que odio y revancha. Pero este es otro asunto que tal vez trate más adelante.

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Mirada incierta al futuro

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Nos hallamos, sin duda, en los albores de una época de grandes turbulencias. Los nuevos tiempos han planteado una multitud de incógnitas, cada una de ellas con sus dilemas de incierto pronóstico. En China, en India, en Corea, en Malasia, se han producido transformaciones económicas gigantescas. Las actuales corrientes migratorias solo tienen parangón con las acaecidas antiguamente en las estepas asiáticas con destino al limes romano. La interconexión global, los acelerados avances tecnológicos, los hitos alcanzados en inteligencia artificial y en la manipulación mediante biotecnología, auguran cambios drásticos en los ámbitos sociales y laborales. Parece como si los nuevos tiempos nos hubieran arrastrado a un vórtice marítimo de magnitud y alcance imprevisibles que puede hundirnos en gélidas aguas o transportarnos a viscosos universos de dimensiones desconocidas. Como el reumático que barrunta frío o lluvia por el dolor de sus articulaciones, el malestar general del mundo no parece augurar nada bueno.

Las amenazas de futuro que se ciernen sobre nuestras cabezas son de muy diferentes tipos. Algunas de ellas presentan un claro cariz geoeconómico, como el acelerado desplazamiento de los centros de producción de tecnología y riqueza de Occidente a Oriente. China, Corea del Sur y Japón, están hoy, junto con los EEUU, a la vanguardia mundial del poder financiero y tecnológico, y están dejando atrás a Europa. En relación a este aspecto, los países que no sepan adaptarse con rapidez a los cambios productivos y cuya laboriosidad no se encuentre a la altura de sus más directos competidores, pueden colapsar económicamente, pueden verse arrojados al furgón de cola del tren de la prosperidad.

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Pero quizás se encuentren las mayores amenazas –y las mayores esperanzas—en  las nuevas tecnologías y en su aplicación. Lo que se ha dado en llamar robótica, inteligencia artificial, inteligencia colectiva, biotecnología, ingeniería genética, biología sintética, están ya abriendo el camino de una nueva revolución industrial (la cuarta o quinta, según distintas apreciaciones) que, como todas las anteriores –si no mucho más—tendrá grandes repercusiones en lo económico y en lo social.

Se habla ya de que en algunos modos de producción, como las cadenas de montaje, la mano de obra será sustituida por robots en su totalidad, y que en muchas profesiones que a priori  no parece factible su automatización los grados de sustitución podrían alcanzar un 50%.

No cabe duda de que en el corto plazo estas transformaciones en los medios y modos de producción traerán consigo grandes desajustes sociales que pueden causar  rupturas en la homeostasis social de las sociedades avanzadas. Por ejemplo, un aumento desmesurado del número de parados, y una bajada general del nivel de vida de las clases medias. Pero las consecuencias a medio plazo, por la incertidumbre que presentan, pueden resultar aún más catastróficas, y las soluciones que se proponen, tales como imponer tasas contributivas por cada robot empleado o la de un salario mínimo universal, no parece que sean muy satisfactorias. No mientras las empresas puedan deslocalizarse hacia países con tasas más bajas que las existentes en los países de origen, y no mientras  la población desempleada  carezca de la perspectiva de qué hacer con su ocio y con el resentimiento que posiblemente le genere su situación laboral; además de la aparición de un nuevo estrato social (y posiblemente una refundación y transformación de los demás), la de los desempleados de por vida.

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Pero, en otro sentido, las complicaciones pueden devenir tenebrosas: las empresas, la organización social, el control sobre esa organización, la política, las decisiones de todo tipo, pueden acabar sometidas al control de los sistemas de inteligencia artificial empleados para facilitar su eficacia. Y no se olvide que estos sistemas irán siendo más y más avanzados, con mayores capacidades de procesamiento y con mayor autonomía. No existe ningún argumento convincente que nos haga creer que esos sistemas –esas nuevas entidades—no tomarán en el futuro el control total allí donde actúan. No existen argumentos convincentes que nos dé la seguridad de que no seremos desplazados. O bien, que quien controle esos sistemas (o robots) no los utilice para imponer su tiranía sobre el ciudadano y sobre la sociedad en general; o bien que los sistemas sean hackeados y envirusados, pudiéndose convertir cualquier hacker en responsable de una gran catástrofe o en la destrucción y el caos. Piénsese que los nuevos ordenadores cuánticos podrán llegar a tener velocidades de procesamiento cientos de miles de veces mayor que las de los procesadores actuales. Con ellos muchas cosas que ahora nos resultan de ciencia-ficción serán posibles; como enseñar a un robot a replicarse y a aprender (con lo cual les estaríamos dando el control futuro de la humanidad), como hacerles creadores de nuevas especies biológicas o de una nueva especie en la que lo biológico y lo electrónico se comparta.

nanotecnologia

La biología sintética, que combina la biotecnología y la robótica, sin duda tiende un puente hacia el sueño tan antiguo de crear una forma de vida nueva. Recuérdense los proyectos de construir autómatas, tan antiguos como la guerra de Troya,  o los intentos llevados a cabo por Alberto Magno o Leonardo da Vinci, o los innumerables que se construyeron en China o en Japón o en la Europa del siglo XIX. Pero mucha mayor semejanza tendría esa nueva forma de vida con el Golem, que según la mitología judía habría sido creado de barro, a imagen de Adán, insuflándole una chispa divina. Se le daba la vida escribiendo la palabra Emet en su frente, y se le desactivaba borrando la primera letra. Meyrink Gustav escribió una novela con ese título, Golem, y lo sitúa en Praga. Y recuérdese al Monstruo del Doctor Frankestein.

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El caso es que si con el empleo de células madre resulta ya posible la reparación, e incluso creación, de órganos biológicos, y si la sustitución de cadenas de ADN en unas cuantas o en la totalidad de las células de un organismo es ya un proyecto avanzado que a poco tardar tendrá resultados prácticos, cualquier ficción estará a nuestro alcance. Pero si a tal inimaginable avance le añadimos la posible sustitución de algunos elementos biológicos de un cuerpo orgánico –un órgano o una parte de él, por ejemplo—por sistemas de nanotecnología electrónica, los cuales potenciarían o modificarían a nuestro antojo la actividad y función del órgano, el avance sería grandioso, nos convertiría en dioses.

Pero ese nuevo individuo sintético, con capacidades y atributos escogidos a la carta, podría dar lugar a una nueva especie, con rasgos seleccionados, que, en caso de aplicarse a la especie humana, desembocaría, sin duda, en ese  mundo que describe Huxley en Un mundo feliz, la producción de especímenes destinados a servir a ciertas finalidades sociales y formando parte de grupos o clases separados, según esa finalidad. Es decir, un hormiguero humano. Un auténtico peligro. Pero un mayor peligro aún es el de la creación de superhombres o superrobots con la bionanotecnología a nuestro alcance. Hemos llegado descifrar el código genético de nuestra creación, y estamos aprendiendo a reescribirlo, lo cual es ya un desafío harto peligroso, pero crear un autómata que pueda hacer lo mismo (puede ser programado para aprender) y que tenga incluso muchas mayores capacidades de procesamiento y aprendizaje de las que nosotros tenemos, que aprenda a hacer por sí mismo las labores que a nosotros nos ha costado millones de años de evolución, puede desembocar en que el dicho autómata llegue a dominar a sus creadores o que incluso pueda modificar a estos, que pueda reescribir su ADN y el nuestro, que nos convierta en objeto de su investigación, o que incluso nos borre del mapa. Todo un  peligro a dos pasos de distancia.

un mundo feliz

Bueno, el caso es que empecé a escribir con la intención de hablar de la insostenible polución medioambiental, del terrorismo islámico, de la irracionalidad de las abigarradas megaciudades que se han creado, de los alienantes medios de comunicación, del enfrentamiento entre el capitalismo y el socialismo, de las soluciones económicas y sociales, la Globalización…, pero se me ha ido la mano y me he ido por otro camino. Tal vez más adelante vuelva a lo anterior.

 

 

 

 

 

Reflejos de luz entre las sombras

Borges

El patriarca Abraham rogó al dios de los judíos, Yahvé, que perdonara a Sodoma si se encontraban en ella diez hombres justos. Sodoma pereció. A Jorge Luis Borges, uno de los pocos hombres de mérito por los que la humanidad debería salvarse, le negaron el Premio Nobel y fue atacado por jaurías de lobos babeando odio e ignorancia.

Los premios Nobel no son ajenos a la perversión política, singularmente en lo que se refiere a los de la Paz y la Literatura. Kessinger, Ho Chi Minh y Obama, tres de los galardonados, más se distinguieron por las guerras que desencadenaron que por la paz que supuestamente lograron. En lo literario, el que le dieran el premio a Bob Dylan en 2016 y que solo unos pocos de los grandes lo hayan recibido en el siglo XX, da idea de lo dicho.

premios nobel

La verdadera realidad del mundo es que todo movimiento se rige por intereses: individuales, colectivos, económicos, ideológicos, sociales o territoriales. Todo son intereses. Esa sombra de nuestra animalidad básica que es el egoísmo, como antaño sucedía con la peste, se cobija en los rincones de cada casa. Las máscaras humanas nacieron con la pretensión de ocultar este hecho y mitigar su fuerza destructora. Pero las máscaras, como el anillo de Gollum, se incrusta en las carnes y sus sombras se introducen en el corazón de las gentes. La máscara de la paz que lució Obama ha incendiado Oriente Medio y he hecho germinar odios gigantescos y víctimas sin cuento. La máscara del altruismo la usan tanto las gentes de alto copete para tapar sus vergüenzas como el buscador de aventuras y sueldo como el compasivo. Luces y sombras.

En los mejores sentimientos anidan las víboras más venenosas. El amor a los animales, si franquea sus límites, suele convertirse en odio a la humanidad. Ha habido toda una orquestación mundial para erradicar la rudeza de los hombres, para sensibilizarlo hasta el extremo de hacerle sentir la muerte de una medusa. Se ha legislado, se han otorgado derechos, se han levantado altares al amor a los animales, y, como consecuencia, se sustituyen niños por mascotas y se evita la relación humana, incluso se detesta.

De manera paradójica, por supuesto amor a los animales se nos pide que mutilemos nuestra animalidad. Esa que reclama venganza y crueldad frente al enemigo. Pero la animalidad reprimida se vuelve contra uno mismo y contra lo humano en general. Que nadie se lleve a engaño, Caperucita y el lobo son la misma cosa, forman parte del mismo individuo, así que suele ser habitual que quienes más se visten de piadosos sean quienes más odian.

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La visión del mundo, las verdades, los valores, han seguido a lo largo de la historia un movimiento pendular, pero éste, hoy en día, se ha vuelto errático. Después de periodos de calma arrecian tempestades, después de periodos de razón, el absurdo reclama su imperio. A la lacra de la corrupción política le sigue ahora una moral populista que pretende acabar con las libertades políticas. El populismo se ha encarnado de nuevo.

Si las revueltas del 68 fueron ilusionantes, las secuelas que dejaron fueron espantosas. La incongruencia y el absurdo revolucionario fueron tan mayúsculos que, desde una Europa de libertades y riquezas, una buena parte de la juventud y de la intelectualidad, los autodenominados progresistas, reivindicaban la Unión Soviética y lucharan para imponer mediante el terror y la revolución ese modelo en sus países. Recordemos…, la Unión Soviética, mísera y abyecta prisión. Toda la ideología que les animaba eran simples mantras que repetían incansablemente: “Prohibido prohibir”, “el poder nace del cañón del fusil”, “no hay inocentes”, “toda propiedad es un robo”…, y con esas banderas se lanzaron al terrorismo. Hoy, con mantras similares, “Memoria histórica”, “violencia de género”, “derecha corrupta”, el nuevo progresismo reivindica Cuba y Venezuela, en donde la opresión y la miseria han establecido su territorio. Absurdos imitando a absurdos. Otros mantras, aun cargados con más odio, se repiten hasta la saciedad en Cataluña contra España. Sombras sobre sombras.

mayo68

 Nos aseguran estos adalides del resentimiento que cualquier conducta y actitud es válida –si no contradice a la que ellos proclaman. Hoy se proclama que el delincuente y el héroe valen lo mismo.

El ansia de notoriedad y la legión de descerebrados que creen valer en cualquier asunto lo mismo que vale el más excelso, dominan hoy el panorama social. La excelencia, el rango, el poseer criterio, la habilidad, la presteza, los méritos, son  perseguidos por las masas del resentimiento con la intención de erradicarlos. Hoy domina una moral de jóvenes, subversiva y banal.

Ser joven y ser contestatario, e incluso sentirse revolucionario, proporciona sensaciones agradables, una cierta experiencia he tenido al respecto, pero esas actitudes no deben de pasar del conato, pues a la gente joven le sobra vitalidad y le falta entendimiento. Tanto es así que entienden la democracia como el derecho a tener todo sin esforzarse en nada.

Así que el individuo de valía se evade de la masa y camina solo o en la mera compañía de los pocos que le son afines. Borges fue uno de esos hombres santos cuya mera existencia redime al mundo de su banalidad. Los masticadores de odio lo vilipendiaron con saña. El sayón por el que hoy los argentinos se embarcan aún en cruzadas, el que sacrificó todo por el poder, Perón, con el fin de producirle escarnio, le nombró inspector de aves. Pero el escarnio que quería infligir recayó sobre él mismo para toda la eternidad.

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Maculados por la política los prohombres de la Academia Sueca le negaron el Premio Nobel a Borges como hoy en día se lo niegan a Philip Roth y se lo entregan al díscolo Dylan (aunque confieso que su Knocking on Heaven’s door arranca notas de sublime emoción en mi espíritu). Ahora me viene a cuento, perdón por la interrupción, que dos de las más hermosas canciones que se han escrito en el siglo XX, la recién nombrada de Dylan y el Hallelujah de Leonard Cohen, pronuncian palabras sacras, como si en lo arquetípico cifráramos nuestras creaciones más excelsas. Más luces para disipar las sombras. Tal vez Borges y las dos canciones nombradas presenten valía suficiente para que un indefinido y omnipotente señor del Universo considere que la humanidad subsista. En cualquier caso, existen infinidad de otras luces que nos redimen de lo banal y perverso de nuestro existir y actuar. Ahí está la luz de la amistad, la de los bellos relatos, la del romanticismo, la del conocimiento, la de la alegría y del respeto, tratando de iluminar las sombras del odio y del absurdo.