Alrededor de la inteligencia (III)

Howard Gadner define la inteligencia como «el potencial psicobiológico para resolver problemas y para generar resultados que sean apreciados, al menos en un determinado contexto cultural»; definición más abstracta pero que abarca más funcionalidades. Gadner señala nueve aptitudes o habilidades constituyentes de la inteligencia: la aptitud lingüística, la lógico-matemática, la musical, la espacial, la corporal-cinética, la interpersonal (la aptitud o habilidad de interpretar el estado de ánimo y las emociones de los demás, aptitud que Daniel Goleman popularizó como «inteligencia emocional»), la intrapersonal (capacidad para acceder a los propios sentimientos), la aptitud del naturalista que realiza  reconocimientos y categorizaciones, y la aptitud existencial (capacidad o aptitud para preguntarse por la existencia, la vida y la muerte).

Ahora bien, teniendo presentes las nueve aptitudes que ofrece Gadner es fácil deducir que no pueden abarcar todo el espectro de lo que entendemos por inteligencia, dejan de lado funcionalidades a tener en cuenta para la resolución de ciertos problemas, por ejemplo, para ser feliz, o para el disimulo o el engaño; y, de atenernos a la definición,  ésta resulta tan general que carece de eficacia: no describe, no delimita, no profundiza,  no posibilita el escrutar.

De hecho,  puestos a desglosar o factorizar las capacidades o aptitudes de que  disponemos para resolver cualquier problema que se presente, sea del tipo que sea, tiene más enjundia quedarnos con los 120 factores (que posteriormente amplió a 150) que engloban el concepto inteligencia según Joy P. Guilford en los años sesenta. La verdad es que tienen sentido: atienden a la diversa funcionalidad de los mecanismos mentales para resolver problemas y situaciones en cada contexto determinado. Además, esta multifuncionalidad intelectiva da cuenta del hecho de que algunas personas destaquen en algunas capacidades y sean absolutamente negados en otras. Claro, esos mecanismos mentales antedichos se rigen por el funcionamiento de las distintas redes neuronales que les configuran, así que, obviamente, del buen funcionamiento de una determinada red, de la adecuada operatividad de un determinado mecanismo, no se deduce que otras redes o mecanismos mentales tengan que funcionar tan adecuadamente, así que consintamos en que existen múltiples «inteligencias» para múltiples tareas diferentes.

Dicho lo dicho, creo que resulta adecuada la siguiente definición de inteligencia (en sentido de capacidades, aptitudes o habilidades): «Es la capacidad de captar relaciones complejas, de percibir la conveniencia personal adecuada a una situación, contexto o problema, y de conseguir resolver provechosamente las acciones encaminadas a la consecución de la conveniencia percibida».

Como se puede entrever, la definición remite a tres tipos de procesamientos distintos, y en estos no participa solamente lo cognitivo, sino que en todos ellos toman parte, además, lo emocional y lo instintivo; lo cual concuerda con el funcionamiento cerebral, en cada uno de cuyos mecanismos se solapan e imbrican redes que gobiernan principalmente lo irracional, y redes cuya acción principal se desarrolla en el teatro de la conciencia.

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