La mala luz (autor: Carlos Castán)

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El libro que recomiendo se titula La mala luz, y su autor es Carlos Castán, un escritor oscense por tradición familiar, aunque quizá no por vocación personal, pues él se considera ciudadano del mundo, siendo Madrid  su arcadia juvenil ―en donde vivió alojado en los aledaños malditos de la movida, Barcelona su referencia perdida, y viva en Zaragoza. Ha publicado Frío de vivir (1997), Museo de la soledad (2000), Sólo de lo perdido (2008), Polvo en el Neón (2013), y la novela que recomiendo, La mala luz (2013), de Ediciones Destino. El lenguaje en la novela es fluido, sus perfectas frases se enhebran resonantemente a los sentimientos del lector, construyendo tejidos de soledades, añoranzas, melancolías y desesperanzas. Existe una tenue trama que es una excusa pero que focaliza y fija la atención y que se resuelve magníficamente en las últimas páginas. Se habla en la novela de literatura y de literatos malditos, y se habla del dolor y del gozo, pero, sobre todo, se habla de una pegajosa impregnación en el protagonista, hecha del lastre de los momentos vividos. Y desde esos momentos, como hitos, se despliega un territorio de sentimientos enmarcados en el sinsentido final de las cosas y los hechos. El «yo» que quedó varado en la infancia ―la única patria de los individuos―, el paulatino despedazamiento del cordón umbilical que ata al protagonista a la madre, a su infancia, a sus vivencias, a la vez que le hacen perder su asidero, lo dejan inánime, desvencijado por dentro, amarrado a un presente hecho de meras evocaciones. Pero el asesinato del amigo lo empuja a indagar esa muerte, y, en cierto modo lo anima, le da alguna esperanza, algún sosiego, algún disfrute…, aunque «Vendrán un día los investigadores y deducirán que pretendí alejarme de todo pero no acerté a encontrar las puertas de una catedral vacía en la que estaba encerrado. Conocerán que me agoté de gritar para escuchar como repuesta sólo mi propio eco bajo las cúpulas. Sabrán que me venció el cansancio, sabrán que no supe qué hacer con todo mi terror y también que necesité la muerte de mi amigo para poder contemplarme por primera vez. Vendrán un día los investigadores y sabrán de esta oscuridad, de cómo se enreda en las grietas del cerebro el deseo y la sangre, la seda y los puñales. Y verán que quise amar y no supe cómo, y que lloré por eso, y que paseé sin rumbo kilómetros y kilómetros las tardes de mi vida sin encontrar nada porque nada había en las calles ni en los árboles ni entre los árboles que no manchara el miedo que segregan mis sesos».

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