La cuestión catalana (III)

La perversa dinámica nacionalista

El nacionalismo catalán «fetén», el de los Pujol, Mas y compañía, surge a finales del siglo XIX coincidiendo con una realidad económica próspera en Cataluña que hizo aflorar una potente burguesía. Al comparar esta burguesía su riqueza, el comercio e industria que generaban, con las miserias existentes en otras regiones de España, aparece en esa clase social catalana un sentimiento de superioridad (que siempre se acompaña con desprecio hacia los considerados inferiores) que les impulsa a lograr que les sea reconocida en toda la península su prominencia[1] en forma de poder y privilegios. En adelante el nacionalismo catalán siempre buscará con sus reivindicaciones  manifestar énfasis en esa superioridad alegada, ser primus inter pares. Como Mas y Pujol han manifestado reiteradamente, no está en su interés separarse de España, sino gobernarla. Quizá porque Cataluña ha vivido muy bien dentro de España. Les servía un Estado de las Autonomías  o un federalismo asimétricos, con Cataluña mirando al resto de España desde lo alto. La secesión, nunca ha sido buscada por el nacionalismo de este tipo, el de los rimbombantes apellidos catalanes de la burguesía.

Pero desde la época de la Transición las reivindicaciones del nacionalismo catalán formuladas con tal ánimo de prominencia sobre los demás (porque la prominencia trae la «pela» consigo, y la pela es la pela) han generado una perversa dinámica en su relación con España. Una dinámica que la ceguera y la estupidez de los sucesivos gobiernos centrales no han sabido o querido reconocer. Ya que el fundamento de este nacionalismo se encuentra en resaltar la prominencia de Cataluña y de sus prohombres sobre el resto de Comunidades Autónomas y sus respectos prohombres, su reivindicación principal incide siempre en la diferenciación. Que se resalte el «hecho diferencial catalán» en el reparto de competencias autonómicas; «no al café para todos», que repetían ufanos los políticos catalanes hace unos años. Pero al Gobierno central le resulta imposible satisfacer esa petición de reparto desigual, ese constante pedir más y más del Gobierno catalán cuando al cabo de unos pocos años las competencias de que disfrutaba Cataluña eran asumidas también por otras comunidades. De haber sido satisfecha dicha deferenciación, hubiera traído enseguida un sentimiento de agravio comparativo para los habitantes del resto de Autonomías, que les empujaría de nuevo a rasar en competencias y derechos con Cataluña. Así que la perversa dinámica no parece tener solución: a cada petición de cota diferencial de competencias responden las otras Autonomías con exigencia similar, con lo que Cataluña vuelve a pedir la diferenciación a su favor…, y así el cuento de nunca acabar. Recuérdese que al poco de ser aprobada la Constitución el nacionalismo catalán ya reclamaba un Estatuto diferenciado; se pidió un desarrollo acelerado del Estatuto para el caso catalán; posteriormente pidieron que España fuera magnánima en la interpretación de la letra del Estatut y de la Constitución; más adelante, se pidió reformar esta última; vino después el nuevo Estatuto catalán, y, como las demás Autonomías reclamaron y crearon el suyo, el nacionalismo catalán precisaba, según esa perversa dinámica señalada, dar un paso más allá. En eso estamos ahora. De igual manera, primero se pidió gestionar un15 % de la recaudación de Hacienda, luego un 30 %, y posteriormente la totalidad.

Siempre que el nacionalismo catalán pide y se les da, reclaman lo mismo las otras Autonomías y se les ha de dar, con lo cual la dinámica señalada sigue y sigue. Solo en el hipotético caso de que Cataluña resaltase en competencias y privilegios por encima del resto de Comunidades quedaría satisfecho el nacionalismo catalán, pero tal desequilibrio es inaceptable por parte de esas otras Comunidades. Sólo en caso de tal asimetría, de tal desequilibrio, la perversión desaparecía de esa dinámica apuntada. Pero ahí no acaban los problemas para el Gobierno Central, pues al contar con una ley electoral que favorece de manera harto exagerada a los nacionalismos, estos tienen la sartén por el mango a la hora de pactar la gobernabilidad del país con el PSOE o con el PP, que necesitan de sus votos. Esto es, los partidos nacionales PSOE y PP han estado cautivos del voto de CIU, lo cual ha posibilitado que en Cataluña CIU haya creado muchas leyes contradiciendo la Constitución, haya interpretado otras a su antojo, o incluso se las haya pasado por el forro de la faltriquera («estos  barrufets de Madrid, qué nos van a venir a nosotros imponiéndonos nada»).

Por si fuéramos pocos, parió la abuela, se generó una nueva y también perversa dinámica dentro de Cataluña. Maragall comprendió que el éxito de CIU y Pujol  durante tantos años residía en lo efectivo cántico nacionalista, los malos son ellos, y en ese reclamar privilegios (que disfrazaban de derechos) sin cesar; así que, por no ser menos, intentó emular a Pujol y se sacó de la manga un nuevo Estatuto que nadie había pedido. La nueva dinámica de la política interna de Cataluña, la imaginaron del siguiente modo  los pensantes de Mas, una vez ganadas las elecciones: Si el PSC ha hecho un nuevo Estatut (con la estulticia zapateril como ayuda), nosotros, CIU, no nos podemos quedar atrás, hemos de tensar la cuerda aún más, no sea que perdamos el pedigrí nacionalista a manos de ellos, así que hemos de pedir el 100% de la fiscalidad de Cataluña, y si se niegan, amenazaremos con la independencia y el Estado catalán. Así que se entró en esa dinámica de rivalidad entre CIU y PSC por ver quién lleva la bandera del nacionalismo ondeando más alto. Si tú pides esto, yo más. La perversión ha resultado ser aún mayor, pues quien ha salido claramente beneficiada en ese duelo ha sido ERC.

Se advierte que la solución a la que finalmente llevará el nacionalismo catalán a su «archienemiga» España es el crear una confederación de Estados dentro de la península, lo cual procura grandes ventajas a Cataluña pero representa un vuelco a la estructura política de las Autonomías existente. Tal posibilidad llenaría de gozo al nacionalismo, pues les otorgaría una absoluta independencia política y económica ―con una posición industrial y de comunicaciones dominante―y tendrían al resto de España sometida a ese dominio mediante su situación como zona de tránsito de mercancías y viajeros hacia Europa, además de contar con el centro de telecomunicaciones de toda la península (que de nuevo la estulticia zapateril les regaló graciosamente. ¡Los socialistas siempre haciendo el caldo gordo al nacionalismo!).  No veo cómo Europa y España podrían dejar a una Cataluña independiente fuera del euro con esa necesidad de atravesar su territorio y de tener el sistema de telecomunicaciones que utiliza toda España, pero menos aún por la carencia de ideas al respecto y el poco ímpetu del Gobierno central en relación al asunto. (Continuará)


[1] El ansia de prominencia no solo se da en la relación social de unos  individuos con otros: ese querer destacar por encima del «otro» en todo aquello que uno estima conveniente; sino que también se da entre grupos, tenemos el ejemplo de los equipos de fútbol, de los partidos políticos, etc, etc. Pero se exacerba ese ansia de prominencia cuando se encuentra un elemento de diferenciación como puede ser la lengua, y a ese elemento se le da un exagerado relieve. Por esa razón, para que los ciudadanos entren mejor al trapo y poder capearlos mejor, se producen las campañas de inmersión lingüística (la Historia es más maleable, se la puede utilizar mejor en provecho propio falsificándola o tergiversándola).

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