Del amor y otros fenómenos (II)

El amor Cortés y el amor arquetipo

Leonor de Aquitania, heredera del ducado que lleva el nombre de esa región francesa, fue en el siglo XII, sucesivamente,  reina consorte de Francia e Inglaterra; maniobró para colocar a su hijo Juan en el trono inglés a la muerte de su otro hijo, Ricardo Corazón de León, y a los 80 años logró imponer a su nieta Blanca de Castilla como consorte del rey francés Luis VIII. Pero es más recordada por ser la reina del Amor Cortés. En su corte en el rico palacio de Poitiers, Leonor y sus damas tenían por habitual pasatiempo las justas poéticas del amor y los juegos que hoy nos parecerían candorosos simulacros de seducción. En esas justas, juglares y trovadores cantaban a sus damas ―a quien de usual no conocían o habían visto una sola vez― con encendidas alegorías, adornándolas  de cualidades perfectas y con belleza sin par. También resaltaban la figura del caballero que buscaba  fama que ofrecer para ganar el amor de su amada. Una amada custodiada en un castillo por celosos padres, y un caballero que libraba torneos de caballería en nombre de ella.

La dama aparecía idolatrada en los cánticos del trovador. Se le arropaba con todas las perfecciones que en mente enamorada puedan caber. Podríamos decir que el trovador y el juglar eran unos enamorados del amor ideal. Uno de ellos, llamado Marcabrú, sobrepasó los límites del decoro debido a una reina consorte (Leonor ya estaba casada con el rey de Francia) y en sus cánticos a Leonor mostró un atrevimiento que fue castigado apartándolo del séquito real (y de las prebendas), que por entonces se dirigía a las Cruzadas, en donde Leonor esperaba encontrar un escenario ideal  donde plasmar la representación adecuada del Amor Cortés. El tal Marcabrú fue conocido a partir de entonces como Panperdut (pan perdido), y cuenta la leyenda que seguía a lo lejos a Leonor llorando con amargura su propia desgracia. (Como se ve, el friquismo no es nada nuevo).

Como se ve, el Amor Cortés representa el amor arquetipo; el amor construido idealmente hacia el objeto amado, vertiendo en él la suma de todas las virtudes y todas las bellezas, las interiores y las externas. El primer amor, resulta casi ineludible que sea de esa manera. Sobre todo si la persona amada está separada del enamorado por una barrera de distancia o de timidez. Todo se torna idílico entonces. El joven o la joven que tras «conocer» con breves encuentros o mediante breves miradas al «amor de su vida» se han visto obligados por las circunstancias a permanecer lejos de él, llevando consigo en el recuerdo lo placentero y perfecto de aquellos momentos, los agrandan al evocarlos constantemente en grato embeleso y quedan prendidos a ellos, enamorados de ellos. O el tímido en extremo, que no se atreve siquiera a saludar a la persona que es objeto de su amor (construido por lo general a través de un rasgo de ella que le ha resultado agradable) y que edifica todo un mundo mental de cómo es ella, de cómo actuaría en tal circunstancia, de cómo quedará prendada de él (o de ella) en cuanto establezcan contacto, de cómo se darán los inmensos besos que nadie se ha dado, de cómo se derretiría en sus brazos, de cómo…

Pero aun siendo propio del «primer amor» y de acrecentarse éste por la distancia y la timidez, el amor idealizado crece con pasmosa facilidad y frecuencia en los individuos «románticos», en aquellos que más que enamorarse de otros individuos se enamoran del amor. No necesariamente son tímidos ni necesariamente evitan las relaciones reales, ni necesariamente han de ser precavidos o inseguros, al contrario, algunos de ellos son atrevidos, valientes, decididos, y se embarcan en todas las aventuras amorosas que les dicta su corazón llevando mentalmente consigo el amor idealizado, y creyendo que la próxima vez que lo alcancen será la vez más hermosa y definitiva que los tiempos han contemplado jamás. Pero, de manera general, tras de los primeros fracasos aumentan las precauciones y las desconfianzas, y el idealismo amoroso se resiente y en numerosos casos se derrumba y desaparece.

Porque como muy bien dice la copla o cantata del Amor Brujo de Falla: «Lo mismo que el fuego fatuo se desvanece el querer». Todo el recipiente que la imaginación ha ido llenado de cualidades, gestos excelsos, virtudes y bellezas de la amada o el amado, se vacía abruptamente cuando a través de la experiencia amorosa se produce decepción, es decir, no se cumplen las expectativas que se tenían puestas en ella (así que cuando las expectativas son enormes las decepciones son profundas). Y lo que es aún más dañino: dichas decepciones se van acumulando en otro recipiente mental en donde abonan y hacen germinar las malquerencias, las desconfianzas y los rencores hacia la persona a quien antes amábamos de forma absoluta, sin encontrarle mácula alguna. Y es este último recipiente el que siempre está abierto en la rutina diaria de la pareja. Y son esos sentimientos y desconfianzas que se germinan los que envenenan la relación. Como dice la copla mejicana: fallaste corazón, no vuelvas a apostar.

Por todo ello, por esa irrealidad del amor idealizado, por esas decepciones que genera, por lo veleidoso de sus razones, por las graves consecuencias que usualmente acarrea, no conviene dejar al amor al puro arbitrio del corazón. Conviene amarrar al evanescente amor para que no se desvanezca con el viento de cualquier decepción, conviene asentarlo a la realidad con fuertes pilares. Conviene que se domeñe, que se discipline. Ya se nos advierte en la copla: «Lo mismo que el fuego fatuo, lo mismito es el querer, le huyes y te persigue, lo llamas y echa a correr». Trataremos de disciplinarlo.

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