



Algunos libros del pasado iluminan el más palpitante presente. El tema del doctor Fausto, quien vendió su alma al diablo a cambio de poder, gloria y conocimiento, es antiguo en el cristianismo, pero alcanzó renombre con la obra de Chistopher Marlow de 1592. La ambición de poder que movió al doctor Fausto a vender su alma es equiparable a la que muestra el presidente del gobierno de España, Pedro Sánchez. Éste, como aquel, se vale de artes oscuras, de engaños, de pactos infames, y se convierte, como Fausto, en un ser amoral e inmundo.
(A Fausto lo asesinan y le cortan la cabeza, pero tal es su maligno poder que cuando los asesinos están celebrando su muerte reaparece ante ellos con la cabeza en su sitio. Anoto este detalle para los optimistas que dan por muerto a Pedro Sánchez)
Pero si el Fausto de Marlow atiende en su trama a las aventuras y desventuras que le acaecen a un solo hombre, en otro libro más reciente, Animal Farm (Rebelión en la granja), escrito por Orwell en 1945, se va más allá, se atiende también a la suerte que sufre el colectivo a causa de la ambición de poder de un individuo. La obra relata cómo esa ambición convierte una sociedad libre y próspera en una tiránica dictadura. La fábula de Orwell es una alegoría del comunismo soviético bajo el poder de Stalin. Los actores que aparecen en las páginas Animal Farm son animales que han expulsado al dueño de la granja y que se organizan en base al diálogo asambleario. Pero tal modus operandi se desmorona cuando la ambición de poder hace mella en uno de sus líderes, el cerdo Napoleón. A partir de ese momento, todos los pasos conducen hacia la dictadura.
Llama la atención el que, a pesar de haber sido escrita en 1945, la obra presenta enormes similitudes y simetrías entre los métodos que emplea ese Napoleón y los métodos empleados por Pedro Sánchez para satisfacer la ambición de poder que les domina a ambos. El empleo de acólitos sometidos por el miedo a perder dádivas o ser penalizados. El tener siempre dispuesto un coro de aduladores que les alaben (“Napoleon is always right”, entona ese coro en la granja; “Pedro es el puto amo”, claman con fervor estos otros acólitos). La utilización de huestes de ‘cabezas huecas’ con el fin de acallar con palabras-martillo las voces discrepantes (“facha, extrema derecha, racista, fascista, machista, islamófobo”, emplean los adoradores de Pedro; “four legs Good, two legs bad”, balan las ovejas en la granja contra los discrepantes). El cambio a discreción de los pactos y acuerdos establecidos colectivamente, de los acuerdos que eran considerados principios del socialismo o del animalismo en la granja (“no pactaré nunca con Bildu”, aseveraba Sánchez; “nunca haremos trato con hombres”, repetía Napoleón). La falsificación de la historia que uno y otro llevan a cabo (en la granja, en cada ocasión en que se pretende tal falsificación, el cerdo Squaeler, mano derecha de Napoleón, lanza una nueva versión de los hechos a los animales de menor entendimiento. Es el mismo propósito que tiene la Memoria Democrática en el gobierno de Sánchez). El empleo continuado de mentiras, engaños, ‘cambios de opinión’, ‘donde dije digo, digo Diego’… son, en un caso y otro, semejantes.
Los métodos de Sánchez y de Napoleón son los mismos, y son un calco de los que empleó Stalin. ¿Caben dudas acerca de que seguimos el camino hacia una dictadura comunista? ¿Es ésta inevitable?
Recordemos a Ícaro, a quien su padre, Dédalos, construyó un par de alas unidas con cera de abeja. Recordemos que quiso volar tan alto que el sol fundió la cera y se precipitó al mar. Tal vez Pedro Sánchez ha intentado volar a demasiada altura y el sol de la justicia derrita su cera. Tal vez Mefistófeles le conduzca pronto a los infiernos. Tal vez