ANIMISMO

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Nos puede parecer que el animismo pertenece a una determinada época de nuestro pasado primitivo. Todavía en la Ilíada, el río, la montaña, los planetas,  son deidades que influyen en el acontecer de los hechos y gobiernan nuestro destino. Sin embargo, el animismo, de una forma u otra, camuflado en ocasiones con novedosos ropajes, sigue vivo en nuestros días, lo que demuestra que poseemos una gran predisposición a creer en él, demuestra que entre nuestras tendencias naturales se halla el animismo.

El animismo es la espiritualización de las cosas inanimadas –objetos, lagos, estrellas, ríos, cuevas, montañas…—, es el considerarles agentes sobrenaturales y el adornarles con caracteres antropomórficos; es decir, el animismo es asignar ánima a los objetos inanimados.

Mircea Eliade, el gran estudioso de las religiones, estudió esa corriente animista en distintos pueblos de la antigüedad.  Señala que, para el hombre primitivo, las montañas, los ríos, los astros, los animales, nuestras vidas… están relacionadas entre sí: todo nace, tiene sexualidad y muere. Todos participamos de un mismo destino cósmico. Las montañas y los ríos nacen, se quejan, sienten dolor, y mueren. El alquimista intenta acelerar en su retorta la germinación del oro que, más pausadamente, realiza la montaña en su matriz telúrica. Cada año el mundo muere y vuelve a nacer, se regenera: así se recoge en los antiguos ritos de fecundidad y en las primeras mitologías mesopotámicas con el descenso de Osiris a los infiernos y su retorno para recomenzar la vida.

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Pongámonos en la piel  homo sapiens sapiens en los albores de la cultura. Resulta plausible que se dieran los siguientes procesos de pensamiento: un individuo percibe que un acto intencional como lanzar un objeto motiva el movimiento de éste; de una serie experimental semejante deduce un principio: yo causo el movimiento  (yo –mi voluntad—puede causar el movimiento). De la regularidad de estas acciones  infiere que: es necesario un agente causante, una intención o voluntad que causen. Los efectos quedan así asociados con un nexo condicional a un agente y a una intención causal. El movimiento de las aguas de un río, el rodar de una piedra por la ladera de una montaña, la aparición del sol al alba, la disposición variable de los astros, por exacta analogía obedecen a la intención o voluntad de un agente. El río, la montaña, los astros cobran vida, muestran voluntad, intención, ánima.

Ahora bien, la tierra tiembla y desata su ánimo destruyendo vidas, engullendo seres hacia sus profundidades; la montaña puede estallar en cólera lanzando gigantescas lenguas de fuego a grandes distancias; los cielos pueden enviar sus mortíferos rayos, pueden anegarnos con sus aguas incesantes… El hombre primitivo se hallaba al arbitrio y voluntad del descomunal poder de esas entidades. Su vida dependía de la voluntad de esos gigantes, de su ingente poder; y de ahí el ingente temor que esas voluntades le causan. El hombre primitivo sentía que tales seres se hallaban muy por encima de su propio poder, muy por encima de su naturaleza. Son sobrenaturales. Son dioses a los que hay que aplacar.

Conocer la voluntad de esos seres sobrenaturales –conocer el destino—va a ser labor de la astrología y la presciencia.

La astrología nace con ese propósito observando las posiciones relativas de las estrellas y cómo van cambiando con el tiempo. Es una suerte de animismo que todavía está de plena actualidad. Los tarots, las pitonisas, la lectura de las cartas astrales, son negocios bien rentables que cuentan con muchas cadenas de televisión y que disparan su audiencia en época de crisis.

Pero me quiero referir ahora a otra especie de animismo que resulta más refinado en su elaboración. Tiene gloriosos antecedentes en el Panteísmo y el Deísmo, en donde se identifica a Dios con el Universo, y tuvo grandes valedores, como Spinoza y, en buena medida, Newton.  Muchos son los que hoy en día se adscriben a un animismo semejante, aunque no nombren a Dios e incluso se declaren ateos muchos de ellos. Consiste éste en sostener la creencia de que todas las cosas del universo están relacionadas intencionadamente o por nexos de causa y efecto, o por la existencia de una justicia universal a la que todos estamos sujetos. Hablan del Uno y del Todo, y de la asociación mística de todas las cosas, y toman de las Upanishad, un antiguo texto en sánscrito primitivo, todo aquello que constituye la esencia de ese tipo de animismo. De manera general, sus creencias se inspiran en las corrientes de pensamiento orientales, hindúes más concretamente.

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Algunas de las grandes corrientes esotéricas y místicas que impregnaron la Edad Media eran en su esencia animistas, y la alquimia –esa  búsqueda de la Piedra Filosofal, y de convertir la materia grosera en oro, y de purificar el alma—lo es plenamente. Por cierto, Paulo Coelho, se ha hecho de oro a costa de ese misticismo animista del Todo conectado (recuérdese: “El Universo entero conspira para…); en su libro más famoso, El Alquimista. De él ha vendido decenas de miles de millones de ejemplares.

Parece que lo que está arraigado en prácticamente todas las gentes es la creencia en una conexión moral y justiciera del Universo. En algunos, tal creencia la tienen como supersticiosa, aunque no por eso deja de preocuparles y de cumplir con sus dictados; mientras que, tengo para mí, que una mayoría de gente cree en ella a pies juntillas.

Un autor reconocido, Jesse Bering[i], lo explica perfectamente. Señala que «nuestra existencia psicológica está misteriosamente ligada a un impreciso pacto moral con el universo», que la mayoría de las personas se guían por expectativas de un mundo justo basado en el Principio de reciprocidad; esto es, que solemos creer supersticiosamente en la reciprocidad de las situaciones y en una justicia universal. Ahí se encierra ese el significado de ese dicho tan usual: «Así como actúes con los demás, actuarán ellos contigo»; y también solemos considerar un Dios o un universo justiciero y omnisapiente que preside todos los actos humanos y lleva cuenta de ellos para dar justicieramente a cada cual lo que le corresponde.

De ahí también la creencia supersticiosa que mueve al compasivo: la mano que eche ahora al necesitado me será devuelta más adelante, cuando los azares del destino me coloquen a mí mismo en la situación en que se halla ahora el compadecido.

Este tipo de cosmovisiones místicas se encuentra en la esencia de muchos movimientos religiosos  pero también de movimientos ecologistas e incluso políticos, y muchas de las formas de espiritualidad de nuestros días encubren un soterrado animismo. En su médula aparece un sentido animista del mundo. Y no nos olvidemos de la adoración pagana a las vírgenes y a los santos. Pongamos el caso de la Virgen del Rocío y la veneración que suscita en todo Andalucía. Muchos verán en ella un símbolo de la madre de Jesucristo, pero tengo para mí que en la devoción de la mayoría se atribuye ánima a la talla de madera, que el trozo de madera pintado que la representa es la virgen en persona. En fin, así somos los humanos.

 

 

[i] Jesse Bering, El instinto de creer, Editorial Paidos, 2012, p. 218