Algunos grandes libros (I). Pedro Páramo

 

Preliminar:

En este espacio secuenciado que inauguro pretendo sucintamente mostrar algunos de esos libros que hollan el espíritu de uno dejando en él huella perenne. Irán desfilando con cierta periodicidad los literarios, los que hablan de historia, unos cuantos que desgranan razones de la Física o de la Biología, algún otro se adentrará en la Filosofía…, y aún de otros muchos saberes distintos. Todo ello con el permiso de quien me lea.

Pedro Páramo de Juan Rulfo

El Pedro Páramo fue para mí una casualidad y una rara sorpresa. Aunque ya era un ávido lector, Juan Rulfo me decía poca cosa. Así que no recuerdo cómo compré el librito, quizá casualmente, quizá por algo de su portada que me llamó la atención. Y recuerdo que comencé a leerlo y después de unas pocas páginas me asaltaron dos sentimientos, el de un extraño gozo y el de un absoluto desconcierto. Desconcierto porque hecha mi mente a las cosas de la lógica, buscaba el discurrir de un argumento que no asomaba por parte alguna. Gozo porque las simples palabras que allí tintan, que pasan como arrastrándose, están desprovistas de todo adorno, aluden a cosas primordiales, y su esencia se enreda gozosamente en el ánimo del que las recibe. Literatura en estado puro. Destilada.

Una vez leído el librito lo has de volver a leer para encontrar a los personajes, para ubicarlos en los ámbitos de vida, muerte y sueño que también has de encontrar. Y entonces te percatas de que «aquello» es Méjico, en donde la calavera adorna las festividades y la muerte y la vida se hallan al mismo indistinguible nivel. Y lo vuelves a leer, ahora hechas las composiciones pertinentes, para degustar sus palabras y caminar ―ayudado por el acaso escaso hilo de Ariadna que con las anteriores lecturas has trenzado―por los ámbitos que ahora vislumbras y por sus vericuetos.

Dice Pedro Páramo en el comienzo:

«Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella se muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo».

Y al final dice:

«Se apoyó en los brazos de Damiana Cisneros e hizo intento de caminar. Después de unos cuantos pasos cayó, suplicando por dentro; pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco sobre la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras».

Entre el principio y el final dice otras cosas como ésta:

«Había estrellas fugaces. Caían como si el cielo estuviera lloviznando lumbre».

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