De nuestra credulidad (I)

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Obvio resulta el señalar que somos de naturaleza crédula. Podemos creer en supersticiones que ya aparecen en tablillas mesopotámicas  de  cinco mil años de antigüedad: que nos sobrevenga el infortunio si derramamos descuidadamente la sal, si un gato negro cruza en nuestro camino, si pasamos por debajo de una escalera de mano apoyada en la pared… También creemos en magias diversas: vudú, hechizos, encantamientos, en el poder de San Cristóbal o San Eulogio, en la licuación esporádica de la sangre de San Pantaleón o de San Genaro, en lo funesto de una maldición, en la alquimia… Y cómo olvidarnos de las creencias acerca de las  «ciencias» de la adivinación: tarot, quiromancia, presciencia, astrología…, y en el Cielo, en el Infierno, en el fenómeno OVNI, en los dioses, en la reencarnación, en Satán…

No solemos exigir prueba alguna para creer en las cosas más absurdas, tan sólo sentimos la exigencia de confiar en quienes trata de infundirnos sus creencias. En ese caso, prontamente creemos; enseguida  mostramos  fe en su «verdad». Confiar en alguien es sentirse seguro a su lado, es tomar por cierto y auténtico todo cuanto nos trate de infundir, es reconocerlo como consistente realidad en que apoyarse. La confianza en los proclamadores de la «verdad» es llave maestra de nuestra fe. Confiar, o… que la creencia se amolde hasta en sus pliegues más íntimos al guante de nuestro deseo. En tal caso nos mostramos extraordinariamente proclives a creer. Sin duda,  solemos tomar por incuestionable verdad aquello que nuestro deseo o nuestros temores recomiendan. Así que esa naturaleza nuestra confiada, pesimista u optimista, temerosa y deseosa, es proclive a la ilusión, a ver la realidad ilusoriamente, a tomar por verdad lo ilusorio. De todo esto, en parte, en gran medida, trata este libro. Y, en gran medida, también, trata de descifrar, en el acomodo de las creencias al molde de los deseos y  los sentimientos, la causa de esa naturaleza ilusoria nuestra. En cómo se influyen unas y otras, en cómo se derrumban y se construyen nuestras «verdades», en cómo percibimos otras evidencias al ritmo con que nuestros cambian nuestros deseos y nuestros sentimientos. Y a mostrar al desnudo cuánto tienen de verdad algunas ideologías.

Ortega y Gasset señaló que «las creencias no son ideas que tenemos, sino ideas que somos». Es decir, las creencias se encuentran asentadas en nosotros, se nos presentan de forma indudable,  nos adherimos a ellas sin reflexión. Se comportan –dice—como los cimientos que soportan todo lo demás, proporcionándonos así una orientación básica. Otro pensador, Charles Sanders Peirce mantuvo la doctrina de la Credulidad primitiva, según la cual los hombres somos criaturas crédulas por naturaleza y llegamos a ser escépticos por la experiencia. Para Peirce, las creencias guían nuestros deseos y conforman nuestras acciones; son un hábito que proporciona al organismo un estado de equilibrio. Ambos pensadores proclaman ese carácter de hábito que tienen las creencias. Se tienen o no se tienen, se pueden adquirir o se pueden perder, pero una vez aposentadas manejan nuestro comportamiento; y lo «manejan» tal como se maneja una bicicleta o los pedales del coche, sin tomar consciencia de ello, sin que notemos su acción, sin que notemos su «presencia», sin que tengamos que plantearnos a cada instante  el «qué hago ahora», sin que tengamos que preguntarnos a cada momento por su validez. Pero la duda viene a poner en solfa su certeza o lo adecuado o benéfico que una creencia resulte (recuérdese que somos esencialmente egoístas). La duda, que surge cuando una nueva evidencia se opone a la «verdad»  que la creencia al uso nos proporciona, es un estado de inquietud e insatisfacción del que tratamos de liberarnos.  Si tal desazón nos produce la duda, se entiende que sintamos prestamente la necesidad de creeri. Huyendo de la inquietud, de la desazón, las creencias firmes representan un refugio, un amparo. Se verá la manera en que tal consuelo enraíza en el temor y en el deseo; temor y deseo que modelan nuestro comportamiento.

Julián Marías añade: «Las creencias son sistemas socializados de conceptos e ideas que organizan la percepción de partes del mundo –o de su totalidad—en el que vive la sociedad de referencia». Ciertamente una creencia es una perspectiva, es un particular enfoque cromático través del cual miramos la realidad. Miramos al mundo y lo vemos mediante la perspectiva que aducen nuestras creencias. Pero la idea proporciona una visión similar, así que para el propósito de vislumbrar la acción que las creencias llevan a cabo en lo humano, su génesis, los beneficios que proporcionan,  e incluso su relación con los sentimientos y la influencia que ejercen en la conducta, conviene poner lindes —aunque sean lindes corredizas— entre ellas y las ideas, acotando también lo que son  meras rutinas de comportamiento que carecen de entramado significativo, que carecen de otra base conceptual que no sea el mimetismo y la adscripción emotiva a ciertos símbolos. La grey en el campo político o en el de la superstición son ejemplos de esto último que digo.

Tanto las ideas como las creencias son sistemas de conceptos que organizan la percepción de parcelas del mundo y nos proveen de criterios para hacer inteligible la realidad y juzgarla. Sin embargo, son distintas en sus raíces: las ideas las tienen en la superficie, mientras que en las creencias son subterráneas. Las creencias se enraízan en las categorizaciones que establecemos del mundo mediante el aprendizaje, el hábito y las costumbres, y al categorizarse se adhieren a lo pasional, como iremos viendo, y por fin  se fijan  como certezas que indican indudables formas de actuar o juzgar: se hacen rutinarias, adquieren «solera». En cambio, las ideas se muestran  más menesterosas,  están siempre de precario, más a merced del viento de la discusión, más al albur de la fuerza de las ideas contrarias o del cambio de parecer razonado.  La idea siempre se halla insegura, incompleta, permanentemente ha de validarse; se muestra temblorosa, frágil, no tienen sus anclajes consistencia, necesita conectarse a conceptos firmes, con  raigambre. Si tal conexión ocurre y la idea se percibe indubitable, si se reconoce como obvia, si aparece  clara, firme y segura, si ya ha echado raíces en el subsuelo de la conciencia, si el árbol de tal enraizamiento da frutos en forma de rutinas de acción y pensamiento…, entonces y sólo entonces, es clara la señal de que la idea se ha hecho creencia.

Abundan, como ya he dicho, un tipo de creencias, de «caparazón duro», con  escasos argumentos y razones significativas, pero fuertemente enraizadas en la sentimentalidad. Suelen ser creencias grupales, propias de la grey religiosa o política. Símbolos, banderas y ritos actúan como síntesis de creencias y reclamos de  emotividad. Ciertos hechos, ciertas interpretaciones del pasado histórico, se sustancian, para el consumo de la grey, en  símbolos y banderas  que proporcionan referencia emotiva, y determinan y fijan con seguridad quién es el «amigo» y quién el «enemigo». Con mucha menos nitidez, señalan en determinados casos  dónde está el Bien y dónde el Mal, y qué cosas son ciertas y qué cosas falsas. Tales «creencias», sin apenas entidad conceptual, producen en lo político un seguidismo ciego al ser utilizadas como simples consignas. Al proporcionar una fuerte raigambre emocional, la agitación interesada de símbolos y banderas produce, a su mismo ritmo, una agitación de las emociones de la grey. Además, siendo de caparazón duro y careciendo de andamiaje conceptual, se hallan blindadas ante las evidencias en su contra: ante cualquier evidencia comprometedora la grey suele mirar hacia el lado opuesto. El caparazón duro, hay que decirlo, lo suele proveer el resentimiento, pero ésta es cuestión que se tratará después convenientemente. Ahora lo que conviene es escrutar ciertas pasiones sobre cuyo pendón se encrespan y se entretejen como guirnaldas las creencias.

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