De la amistad

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Confieso que, como cualquier mortal, soy algo supersticioso, así que, secretamente, me asalta la esperanza de que algún deseo se me cumpla a lo largo del año que acaba de entrar, y me tramo algún propósito con la estulta ilusión de que podré alcanzarlo. No sé por qué, ahora a punto del Día de Reyes me ha venido el deseo de cuidar las amistades. O tal vez sí lo sé, tal vez sea por la importancia que éstas tienen.

El caso es que la amistad es un bendito tesoro que no solemos cuidar con la diligencia debida.  En el amigo fiamos y en él vertemos nuestros pesares;  un buen amigo nos proporciona alegría, refugio y consuelo. Pero los amigos suelen resultar provisionales. Con el tiempo solemos enviar a muchos de ellos al trastero de las cosas inútiles.

El motivo suele ser el cambio de pareceres o de ideologías o de sensibilidades o de rango social que existe entre el amigo y nosotros. Si el paso del tiempo hace que  uno cambie y el otro se mantenga inalterado, la amistad entre ellos puede irse al carajo. Y el cambio es beneficioso y necesario; si uno no cambia su juicio sobre las cosas, si su ideario es siempre el mismo, si su sensibilidad es aquella que tenía de niño, es que no ha aprendido nada de la vida; si uno no cambia es una roca.

En la política, los ejemplos de gente cuya ideología corresponde al siglo XIX o a la primera mitad del XX, resultan grotescos y alarmantes. Todo un siglo ha pasado y no han aprendido nada. No resulta adecuado mantener la amistad con tales piedras. Tampoco resulta muy recomendable mantener una relación de amistad entre gente con gran desnivel de rango social. En tales casos, la torre de la amistad suele verse asaltada  por los perros de la envidia y del resentimiento.

Pero, en fin, todo esto que acabo de decir solo es cierto si la amistad se basa en aspectos poco sólidos de la personalidad del individuo,  si la amistad no se sustenta en pilares firmes. Para que la amistad sea duradera, sus anclajes han de ser resistentes, han de estar soldados con una larga historia de confianza mutua y con una historia de afectos y ayuda entre amigos. Admirar las virtudes del amigo y sus comportamientos es el modo de fabricar buenos anclajes.

Al respecto, yo tengo amigos situados muy a la izquierda y muy a la derecha del espectro político, y los mantengo como tales –y  me siento muy orgulloso de hacerlo—porque poseen virtudes que para mí son muy relevantes, y porque tienen criterio propio y no son sectarios. Creen que sus visiones políticas resultarían beneficiosas para la población, y por ello las defienden, pero desechan la violencia como método para solucionar los problemas y saben que el odio nunca es buen consejero y que hay que atarlo en corto. Esos amigos míos han demostrado ser honrados y juiciosos, así que el anclaje de la amistad es muy fuerte con ellos.

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Sin embargo, he dejado atrás muchos amigos. Confieso que me he alejado de casi todos aquellos que por razones de afinidad ideológica compartían amistad conmigo. No porque esa afinidad desapareciera –como ocurrió en algún caso—sino por el carácter sectario de sus juicios y apreciaciones.

Un sectario es aquel que carece de criterio propio y se guía únicamente por las opiniones que le dicta su partido político; es aquel que no concibe poder estar equivocado; es aquel que no discierne con el cerebro, sino con las vísceras; es aquel que ondea la bandera de que todo aquel que tenga una opinión distinta de la suya es su enemigo. El sectarismo –ese rapto de la conciencia del individuo por el grupo—ha sido cultivado con esmero por la izquierda de este país, y ha producido ese cúmulo de odio y majadería que tienen las bases de ese populismo que ahora se ha instalado en España después de llevar a la ruina a Venezuela. El sectarismo es una gran prisión ideológica de la que no se puede escapar sin ser acusado de los crímenes de ser ‘facha’ y ‘reaccionario’.

También se pierden amigos por encontrarse separados durante mucho tiempo. En tal caso, si la comunicación es telefónica, ¡vaya que vaya!; la conversación telefónica produce un sesgo en la interpretación de las intenciones del amigo, pero tal sesgo no suele ser grave. Me explico: por teléfono somos capaces de percibir el sentido y el significado de las frases del amigo; su tono de voz, su prosodia, nos informan de sus intereses si uno está atento. Sin embargo, nos falta la expresión de su rostro para discernir sus verdaderas intenciones y motivos para con nosotros: nos falta su mirada, sus tics, su sonrisa…Pero, grosso modo, podemos reconocer su estado de ánimo.

Ahora bien, en una comunicación por e-mail no hay prosodia ni hay rostro ni hay emoción que nos avise de las intenciones del interlocutor, que nos avise de que está hablando en broma o en serio, con afecto o sarcasmo.

El e-mail redimensiona la comunicación, la hace plana, quita de ella ese 90% de información que se trasmite a través del rostro y la prosodia, así que la convierte en una fuente de equívocos y suspicacias. Uno se pregunta por qué el mensaje es tan corto, por qué no te mereces una comunicación más extensa; y se pregunta por qué no te ha dado las gracias por el asunto que le has solucionado; se pregunta si la frase X es una broma o te está echando en cara algo; si la sequedad con que se expresa es signo de hastío en la amistad contigo; y si el e-mail es devuelto como fallido, uno se pregunta si ha cambiado la dirección del correo o es que no quiere saber nada de uno etc.

Con todas esas dudas y con las suspicacias que generan, la correspondencia por e-mail suele acabar con las amistades más fuertes y duraderas. A menos que uno sea un escritor de prestigio y se esmere en disipara la susceptibilidad del amigo con el despliegue de una prosa de 18 quilates, cosa que no suele ser frecuente.

A mi entender, en el caso en que la amistad se haya enfriado por la baja temperatura que transmite el e-mail, la mejor solución es echar mano del teléfono, o, mucho mejor, verse de cuando en cuando para renovar los votos entre amigos y para evitar que el templo de la amistad lo erosione el viento del tiempo, las tempestades de nuestro espíritu o la sequedad y el hielo del plano correo electrónico.

8 comentarios en “De la amistad

  1. Expresas lo que es la amistad de forma clara y concisa, porque así es, como diría a una profesora que tuve de literatura, con mucha plasticidad. Sobre los e-mail, desde que me los impusieron en la empresa (para comunicarnos por e-mail en lugar del teléfono, para perder menos tiempo o no molestar a la otra persona en ese momento) siempre lo he sentido como algo frío y poco comunicativo, pues como muy bien dices, expresarse a través de la escritura, no es tarea fácil, y además que seas entendido, pero no creas que la comunicación telefónica o de vis a vis, no todas las personas somos capaces de trasmitir lo que realmente queremos decir, de hecho en una reunión entre amigos o con otras personas, los comentarios que suelen hacer los componentes, cada uno lo entiende de forma diferente, no sé si me explico. Un ejemplo: Estuve haciendo un curso de técnicas de venta, que se podía aplicar a cualquier otro sector, el caso que teníamos que ser sobre todo amables y que nuestra voz lo trasmitiera, nos grabábamos para después escucharnos, y a mi me fué imposible, siempre daba la sensación de estar enfadado, y es que yo hablando suelo ser así, no expreso lo que realmente siento o quiero decir, pero este es mi caso, no el del resto.

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  2. Eres un mal vendedor. No sabes del disimulo y del engaño. De hecho, tratar al público con el interés puesto en la venta se ha convertido en todo un arte de la mentira y del disfraz. En los cursos de venta enseñan a ponerse el disfraz o la careta más conveniente para convencer al cliente. Me temo que a ti te pasa lo mismo que a mí, que somos poco artistas del engaño, que nos puede la verdad y siempre vamos sin disfraz; lo cual reduce también nuestras amistades, pues en la relación entre amigos también hay engaño y secretismo. Pero, ¿qué le vamos a hacer? Yo al menos antepongo las verdades que dan sentido a mi vida a las amistades, por mucho que tenga a la amistad en los altares.

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  3. Todo lo que dices sobre la amistad, la selección que hacemos de los amigos y los medios que usamos para comunicarnos, es así como tu la explicas. Pero…siempre hay un pero en mis escritos, yo me comunico por e-mail, WhatsApp, o por teléfono. Dejaría de saber de los que quiero, de los que siempre están ocupados, y pensarían que soy cavernícola, y que me quedé en la época de las cartas, de cuando había teléfonos para los privilegiados, o que mandábamos señales de humo.
    Es una época diferente, rápida, con muchos botones y teclas, estamos conectados y tremendamente solos.Nos vemos por foto.
    En cuanto a los amigos, en la medida que nos volvemos para la tercera edad, no se cual es la última, vamos seleccionando y la vida nos va quitando con quien conversar, quien nos comprenda, con quien compartir.
    Es mi manera de pensar, pero no pienso tener más pérdidas en el 2016, éso si lo puedo lograr.
    Un abrazo largo montevideano…

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  4. Todo eso que dices sobre la amistad es cierto, y también lo es que cada vez me resulta más difícil mantener las amistades a medida que cumplo años.

    Se me ocurren varias razones: Necesito menos la ayuda de los demás. No estoy dispuesto a pagar tributos para no sentirme solo, porque cada vez me gusta más la compañía de mi mismo (que no la soledad) y menos la compañía de los demás. Desconfió de las buenas intenciones y de la fidelidad de los demás (y de las mía aún más) por la experiencia acumulada. Y a todo eso añade los efectos de la reducción de testosterona en sangre que quizá sea la mejor y tal vez única razón de este proceso.

    Respecto a la comunicación electrónica, lo que más me gusta es que puedes hacerla cuando te apetezca, sin interferir en tu vida, y que puedes meditar lo que vas a decir, y medir las consecuencias de tus palabras mejor que en el diálogo cara a cara.

    Prefiero la conversación cara a cara cuando existe una fuerte sintonía emocional y la escrita en todos los demás casos.

    Saludos cordiales.

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    • Me parece descubrir en lo que dices, y te lo digo secreta y compinchadamente, que te pasa lo mismo que a mí me pasa, que los años nos vuelven raros, es decir, nos proporcionan más conocimiento y buscamos menos riesgo, lo cual se complementa muy bien con lo que dices, que la maldita y adorable testosterona está bajando de nivel. En todo caso, la comunicación que golpea mis entendederas como si de una tribu de extraterrestres se tratase, es esa del móvil a toda pastilla con los pulgares, sobre todo al separarse dos infantes que han estado media hora juntos sin decirse ni pío. ¿Qué puñetas se dirán entonces a toda pastilla?
      Cordiales saludos

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