Al finalizar el primer cuarto del siglo XX los ideales igualitarios llegados del siglo XIX se plasmaron en gobiernos revolucionarios tanto en Rusia como en Alemania. Y en uno y otro país se dispusieron a saborear las mieles del paraíso comunista que celebraba la igualdad total de todos los hombres. Los intelectuales europeos, cuyo idealismo les ocultaba el sol de la realidad, acudieron como moscas a certificar el sabor de tales paraísos. Y aunque volvieron celebrando con loas los prodigios y libertades que habían presenciado, pronto se reveló (excepto para aquellos que se niegan a ver) el fiasco de tales supuestos paraísos. Como reacción a ese fiasco, una parte del socialismo alemán e italiano tiró por la calle del medio, donde se exaltaba a la patria y al Guía o Conductor, y ya sabemos a dónde condujo esa calle.
Entonces, unos cuantos intelectuales judíos no se dieron por vencidos ante el fracaso en la plasmación de sus ideales y formaron la llamada Escuela de Frankfurt; no con el fin de lanzar diatribas contra el paraíso comunista ―por la frustración que la praxis comunista les había causado―, sino con el propósito de horadar el caparazón del capitalismo desde dentro. Los más conocidos de ellos marcharon a tomar el sol a California y a infundir desde las universidades el veneno del resentimiento y del odio. Algunos de ellos se dedicaron a poner en solfa la razón como instrumento rector en los asuntos sociales, pero el más venenoso de todos, Marcuse, cual pijo progre de aquel entonces, predicó directamente el modo de destruir el sistema. Marcuse, percibe que los proletarios no le hacen caso y propone cambiarlos por ecologistas, animalistas, feministas, inmigrantes y delincuentes (lo que importa es el socialismo, no las gentes), y así nos va desde entonces.
Total, que el posmodernismo filosófico francés (los del “todo vale”, “no hay verdad”, “bla, bla, bla”, los de “viva el relato y la impostura”) sigue ese hilo e, imitando a los de Frankfurt, en vez lugar de marchar a la URSS para disfrutar de aquel paraíso, marchan por temporadas a USA donde las universidades ―ya infiltradas por los que habían llegado a tomar el sol de California― les acogen con los brazos abiertos. Y en esas universidades se encuentran rebaños de estudiantes y profesores ya convertidos en estúpidos que, a modo de aquellas bandas de mendigantes medievales que recorrían los caminos de Europa flagelándose para expiar sus pecados, manifiestan contrición y culpa por ser blancos. Y, para colmo de estupideces, pretenden destruir el sistema que les mantiene a cuerpo de rey, pretenden cortar la rama que les sostiene: amedrantan y amenazan a quienes expresan una opinión distinta, defienden la Cuba de los Castro y la Venezuela de Chaves y Maduro, y sueñan con el paraíso comunista. Con esas influencias académicas, Norteamérica se hace Woke. ¿Es posible ser más imbécil?
En esas que llegamos al siglo XXI y Europa ha sido ya sembrada de tontos que creen que Marcuse, Adorno, Foucault, Derrida y compañía son seres iluminados que alumbran nuestro camino. Así que unos pocos medio idos, los nuevos proletarios previamente nombrados (y desquiciados de todo tipo), para quienes los Foucault y compañía han elaborado una nueva doctrina, acuden en tropel a unirse a la tropa y a la bicoca que les han preparado por sus servicios de sans-culottes en las calles y, la izquierda de siempre, para mantenerles contentos redacta leyes locas en las que el sentido común, la justicia y los valores se hallan ausentes. En esas estamos.