Gracias a un pertinaz cultivo de rabia, odio y resentimiento, escuchamos locuras en boca de Irene Montero o Ilone Belarra; vemos un baile de melifluas jóvenes disfrazadas de superwoman a modo de iniciación guerrera contra los hombres; escuchamos rebuznar a borricos en platós televisivos; enajenadas hembras se enojan por que el gallo monte a la gallina; hombres rudos y barbudos se declaran mariposas femeninas; profesionales del odio claman contra el odio ajeno; corazones hipersensibles se abrazan a los árboles en busca de consuelo; un buen ramillete de hombres y mujeres se consideran perros; unos pocos defienden el suicidio colectivo de la especie humana con el fin de salvar el planeta; los hay que se declaran negros, aunque el color de su piel lo contradiga; y otros, a quienes no les cabe más estupidez en el cuerpo, proclaman que escribir sobre una etnia a la que no se pertenece es una suplantación cultural que ha de ser erradicada.
La desintegración de la tribu-nación en numerosas identidades colectivas permite que su control y manejo resulte más sencillo. Cada una de esas identidades se encierra en su pequeño e interesado marco cultural de referencia y se aísla de la realidad circundante. El marco viene configurado por creencias ideológicas, pero en su interior suelen evolucionar ideas y comportamientos no previstos. Como en el interior de un invernadero de hortalizas, cambios en el clima, en el abonado y en el soporte de tierra pueden hacer germinar plantas exóticas y de dimensiones gigantescas: nuevas sensibilidades, una nueva sentimentalidad, ideas raras, razones de frenopático…Lo que resulta más llamativos es que, con el tiempo, prosperan ciertas mutaciones ―ciertas extrañas ideas y sentimientos― que desaparecerían enseguida en campo abierto, pero que, en el interior de ese marco, se propagan a toda el colectivo
Esos marcos de referencia estrechos y alimentados de idealidades son como manicomios en donde uno se declara Napoleón, otro dice querer construir una fábrica de humo y y todos se sienten oprimidos por una realidad enemiga. Al hecho de que los pertenecientes a esas tribus ―esas identidades colectivas― salgan de sus selvas pintarrajeados con los colores del arco iris e inician una danza guerrera en las calles y en los medios se le denomina Wokismo;
PD. Se percibe en tales tribus una degeneración neuronal que es producto de una continuada endogamia ideológica.
Al finalizar el primer cuarto del siglo XX los ideales igualitarios llegados del siglo XIX se plasmaron en gobiernos revolucionarios tanto en Rusia como en Alemania. Y en uno y otro país se dispusieron a saborear las mieles del paraíso comunista que celebraba la igualdad total de todos los hombres. Los intelectuales europeos, cuyo idealismo les ocultaba el sol de la realidad, acudieron como moscas a certificar el sabor de tales paraísos. Y aunque volvieron celebrando con loas los prodigios y libertades que habían presenciado, pronto se reveló (excepto para aquellos que se niegan a ver) el fiasco de tales supuestos paraísos. Como reacción a ese fiasco, una parte del socialismo alemán e italiano tiró por la calle del medio, donde se exaltaba a la patria y al Guía o Conductor, y ya sabemos a dónde condujo esa calle.
Entonces, unos cuantos intelectuales judíos no se dieron por vencidos ante el fracaso en la plasmación de sus ideales y formaron la llamada Escuela de Frankfurt; no con el fin de lanzar diatribas contra el paraíso comunista ―por la frustración que la praxis comunista les había causado―, sino con el propósito de horadar el caparazón del capitalismo desde dentro. Los más conocidos de ellos marcharon a tomar el sol a California y a infundir desde las universidades el veneno del resentimiento y del odio. Algunos de ellos se dedicaron a poner en solfa la razón como instrumento rector en los asuntos sociales, pero el más venenoso de todos, Marcuse, cual pijo progre de aquel entonces, predicó directamente el modo de destruir el sistema. Marcuse, percibe que los proletarios no le hacen caso y propone cambiarlos por ecologistas, animalistas, feministas, inmigrantes y delincuentes (lo que importa es el socialismo, no las gentes), y así nos va desde entonces.
Total, que el posmodernismo filosófico francés (los del “todo vale”, “no hay verdad”, “bla, bla, bla”, los de “viva el relato y la impostura”) sigue ese hilo e, imitando a los de Frankfurt, en vez lugar de marchar a la URSS para disfrutar de aquel paraíso, marchan por temporadas a USA donde las universidades ―ya infiltradas por los que habían llegado a tomar el sol de California― les acogen con los brazos abiertos. Y en esas universidades se encuentran rebaños de estudiantes y profesores ya convertidos en estúpidos que, a modo de aquellas bandas de mendigantes medievales que recorrían los caminos de Europa flagelándose para expiar sus pecados, manifiestan contrición y culpa por ser blancos. Y, para colmo de estupideces, pretenden destruir el sistema que les mantiene a cuerpo de rey, pretenden cortar la rama que les sostiene: amedrantan y amenazan a quienes expresan una opinión distinta, defienden la Cuba de los Castro y la Venezuela de Chaves y Maduro, y sueñan con el paraíso comunista. Con esas influencias académicas, Norteamérica se hace Woke. ¿Es posible ser más imbécil?
En esas que llegamos al siglo XXI y Europa ha sido ya sembrada de tontos que creen que Marcuse, Adorno, Foucault, Derrida y compañía son seres iluminados que alumbran nuestro camino. Así que unos pocos medio idos, los nuevos proletarios previamente nombrados (y desquiciados de todo tipo), para quienes los Foucault y compañía han elaborado una nueva doctrina, acuden en tropel a unirse a la tropa y a la bicoca que les han preparado por sus servicios de sans-culottes en las calles y, la izquierda de siempre, para mantenerles contentos redacta leyes locas en las que el sentido común, la justicia y los valores se hallan ausentes. En esas estamos.
Llovía con inusual fuerza esta mañana (las hortensias de mi pequeño jardín agradecen el regalo del cielo) cuando de pronto me vino a la cabeza la gran estupidez alegada por Manuel Guterres, Secretario General de las Naciones Unidas, con la finalidad de dar pábulo al supuesto peligro de un supuesto cambio climático de origen antropogénico: “ La madre Pachamama se está vengando”. Tal declaración es toda una muestra de pensamiento mágico: una deidad, la Pachamama o Madre Tierra, nos castiga por el pecado de producir C02 y, como expiación, nos exhorta a ser más pobres para apaciguar a la deidad dicha.
Otros tipos de pensamiento mágico se propagan mucho últimamente. Buen ejemplo de él es esa majadería de culpar al varón blanco heterosexual de hoy en día de crímenes horrendos cifrados en la conquista de América, en las Cruzadas o en el comercio de esclavos, hechos que tuvieron lugar hace varios cientos de años. Creo que el proceso psicológico que conduce a lanzar tales disparates es complejo.
En primer lugar, la ideología de los agraviados delimita y separa en el corazón de su rebaño de súbditos el Bien y el Mal, los Buenos y los Malvados (lo hace de forma tan torcida que coloca a los musulmanes en el lado de Bien, cuando el propósito y la acción del islam ha sido siempre la expansión mediante la conquista, cuando eran los musulmanes quienes capturaban a los africanos y los vendían a los comerciantes de esclavos).
En segundo lugar, la ideología exige que los blancos occidentales de Occidente han de expiar su culpa por tan abominables crímenes del pasado humillándose ante los supuestos descendientes de aquellos agraviados de entonces, negros, árabes e indígenas americanos principalmente. Esto es, los que tienen el mismo color de piel de los agraviadores de hace quinientos o mil años, deben humillarse ante los que hoy tienen el mismo color de piel de aquellos a los que se agravió cientos de años antes. La foto nos muestra a la señora Pelosi, presidente entonces de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, arrodillada, con la cabeza inclinada, pidiendo perdón a los miembros del Black Lives Matter por no se sabe qué ofensa cometida contra ellos.
En tercer lugar, una vez que el “culpable” ha reconocido su culpa y se humilla, actúa la tendencia a la autojustificación de los pecados propios o elusión de responsabilidad personal, unida a la expiación suprema que la ideología dicta. Esta expiación del varón blanco heterosexual de Occidente consiste en declararse él mismo en víctima inocente, ¿víctima de quién? Víctima del enemigo ideológico: el capitalismo. Aquí paz y después gloria.
La ideología ha encauzado los corazones de sus huestes contra su gran enemigo, el capitalismo. Si eres anticapitalista formas parte del Bien, de los buenos, ya no eres culpable de las malvadas acciones de “tus antepasados”. Por fin, el pensamiento mágico ha convertido la gaseosa argumental en dinamita política.
En Europa, durante varios cientos de años, el trabajador de la tierra estuvo sometido a dos principales gravámenes: el diezmo a la Iglesia y el pago en especie y servicios a los nobles feudales. Aquellos campesinos de entonces somos los ciudadanos de ahora, pero, ¿existe una nueva Iglesia que ejerza el papel de constricción que ejercía aquella? y ¿existe una nueva nobleza feudal a la que estemos sometidos en derechos, riqueza y libertad?
Indudablemente, los grandes señores del Globalismo, representados en el Club de Roma, el Club Bilderberg, el Foro de Davos, el Alto Comisionado de la ONU y en otras instituciones transnacionales, no ocultan su labor de control del ciudadano, de recaudar gabelas, de administrar, conceder o denegar derechos y libertades, de establecer conflictos militares, e incluso de dictar nuestro canon moral, cultural y económico. En toda la amplitud del término, ejercen de señores feudales, aunque no veamos sus castillos sobre altozanos y aunque aquellas pequeñas villas se hayan convertido en monstruosas ciudades. Yanis Varoufakis, ex ministro de Finanzas de Grecia, en ese mismo sentido, lo restringe a lo que denomina Tecnofeudalismo, una nueva forma de Capitalismo en donde los dueños del capital ejercen su poder desde la Nube. Como aquellos otros del pasado, este nuevo feudalismo nubelista no obtiene beneficios, sino rentas, pues el beneficio es vulnerable a la competencia del mercado mientras que Google, Android, Apple, Meta, Amazon y otros, no compiten, se encuentran en la cúspide de la nube y obtienen sus rentas de los usuarios. En cualquier caso, en el fondo, no se perciben diferencias significativas entre la función y el poder de los señores feudales de la Edad Media y la de estos otros de nuestros días. En mi libro Ideología y Revolución destaco el papel de la nueva Iglesia que hoy impone como dogmas cada uno de los puntos de su credo. Es una Iglesia que se ha ido formando a partir del posmodernismo filosófico, que unifica en dicho credo al ecologismo, al feminismo de género, al animalismo, y al socialismo, y a la que denomino Iglesia Unificada de los Agraviados (IUA). La IUA adora a una nueva deidad, el Planeta; amenaza con su particular Apocalipsis, el Cambio Climático; pretende ejercer imperio moral sobre los ciudadanos; tiene su propia Inquisición encargada de denunciar, reprimir, cancelar, linchar a cualquier disidente o a cualquiera que no cumpla con sus dictados de corrección política; y, sobre todo, constriñe nuestra libertad y nuestros derechos en un grado que recuerda al del catolicismo en la Alta Edad Media.
Bien, el nuevo feudalismo globalista y la IUA, como en la Edad Media, tienen un pacto de unión para el dominio de la población. Como en aquella época, una bicefalia intenta dirigir Occidente concretando una agenda (2030-2050) que acabe con los antiguos valores e imponga otros nuevos; que disminuya drásticamente la población mundial; que nos haga más pobres, dóciles, ignorantes y serviles. Estamos inmersos en el proceso.
Tras seis años de gestación y dos más de espera para ser publicado, aquí está mi libro, IDEOLOGÍA Y REVOLUCIÓN, de Editorial Adarve. Podríamos hablar de dos partes. En la primera se analiza a toda una pléyade de intelectuales (Marx, Marcuse, Gramsci, Foucault, Derrida…) abducidos por la idea del ‘todos iguales’, tratando de crear un nuevo ‘proletariado’ con el que llevar a cabo una nueva revolución igualitaria. En la segunda parte, una vez reunido el rebaño, se describe el proceso de implantación de los nuevos dogmas culturales y morales. Ecologismo, ideología de género, animalismo, neocomunismo…, envueltos en sus banderas y en sus sensibilidades, se alían con el propósito de destruir los valores del sistema liberal-democrático, así como el sistema económico capitalista. Finalmente, se amplía la alianza a tecnócratas y multimillonarios representados en Davos y en otros foros como la ONU y el Club Bilderberg, empeñados todos ellos en crear un control mundial de la población, sin naciones ni fronteras.
El clima moral y cultural de Occidente en la actualidad es fruto del posmodernismo filosófico. Buena parte de los filósofos franceses de la segunda mitad del pasado siglo hinchieron de relativismo su discurso y lanzaron a la verdad desde el pedestal ecuménico donde residía a la ciénaga de la subjetividad. La consecuencia ha sido la formación de ideologías sin ideas, el empleo de argumentos vacíos de razón, la incoherencia en los asertos, la emoción como argumento, el ‘nosotros’ y el ‘ellos’, el todo vale si nos beneficia… Occidente se ha hecho tribal. Pero mientras el ‘enemigo’ es unánime, las tribus amigas son tantas y con tan diferentes criterios y dogmas que la coherencia ha desaparecido de ellas tan velozmente como la razón. Así, las vanguardias de la tribu feminista dicen luchar por los derechos de la mujer y por la igualdad de hombres y mujeres, pero apoyan los regímenes donde la mujer carece de los más elementales derechos y desconoce la libertad. El llamado socialismo del siglo XXI dice luchar por la igualdad y la libertad, pero defiende con uñas y dientes las dictaduras comunistas y los sistemas teocráticos. Las vanguardias ecologistas diezmarían la especie humana por el —dicen— ‘bienestar’ del planeta.
Una de las tribus con incoherencias mayores es la animalista. No refiero por tal al que ama su relación con ciertos animales y al que simplemente le disgusta el maltrato animal, sino a esas vanguardias que odian el género humano, que proclaman su lucha contra el especieísmo, esto es idea de que los animales han de tener iguales derechos que los seres humanos, lo cual es del todo absurdo e incoherente, ¿cómo ejercería sus derechos un boquerón?
Característico de las tribus es la ideología, que, religiosa o no, viene determinada por ciertas idealidades (desde espíritus a utopías, pasando por ideas identitarias que niegan la naturaleza humana), por dogmas, por la categorización ‘nosotros’ y ‘ellos’, por mandamientos de obligado cumplimiento, y por la pretensión de imponer sus dictados en todo el orbe.
Una parte del movimiento es devota del animalismo religioso. Consideran sagrada la vida de cualquier animal. Sin embargo, ¿a qué animales se refieren?, ¿también a las pulgas, las chinches, los mosquitos…?; ¿se han preguntado por las consecuencias que traería para los animales tal sacralidad?. De hecho, existe una comunidad religiosa, los jainistas, cuyo primer mandamiento es el respeto a la vida. Sus fieles andan desnudos, se tapan la boca y la nariz para no matar a ningún ser diminuto, y se abren paso en su caminar con una escoba para no pisar a las hormigas.
Otros hacen hincapié en el sufrimiento animal. En el libro de Peter Singer, Liberación animal se defiende una igual consideración de todos los seres capaces de sufrir. (habría que determinar si existe el sufrir —que exige tener conciencia— en los animales, y habremos de tener en cuenta que gracias a la reciente Ley de Protección Animal, el precio de los productos cárnicos se va a encarecer de manera desmesurada). Lo curioso es que presenta el movimiento animalista como un ejemplo de bondad, pero se muestra totalitario al pretender imponer a los demás su ‘verdad’ y su sensibilidad. En todo caso, ¿por qué no sacralizar también las plantas?, ¿acaso no poseen vida?
En lo que creo que participan las vanguardias animalistas y las vanguardias ecologistas es en el deseo de huir de la realidad. Más que el amor a los animales, lo que bulle en ellos es amor a la idealidad animal o a la idealidad naturaleza. El animal como arquetipo de la inocencia, de la pureza, de la ausencia de alteridad. Ya que la realidad presenta individuos con alteridad. ¡Huyamos de esa hiriente alteridad —parecen decir esas vanguardias— y construyamos un mundo de donde esté excluida! Así, construyen ese mundo ideal en su conciencia, un mundo al que declaran su amor, por el que luchan, y no por el mundo real ni por los animales reales. Del mismo modo que los intelectuales marxistas que decían amar a la humanidad amaban la idea comunista de humanidad, no a la humanidad real. De hecho, más bien odiaban al género humano real por ser imperfecto y atroz; un género humano que el comunismo, mediante represión, educación y fusilamientos, se encargaría de eliminar. El idealismo puede traer muy malas consecuencias.
Por cierto y a modo de posdata: El denominado «Nuevo realismo filosófico » de Markus Gabriel y el llamado «Ley de aumento de la información funcional» (que pretende amplificar la evolución darwiniana a cualquier sistema, utilizando como ‘herramienta’ la adaptación), no parece ser —eufemísticamente hablando—sino «los mismos perros con diferentes collares». No introducen ninguna idea novedosa. El Nuevo realismo no me parece que cambie nada del posmodernismo excepto la nomenclatura; lo mismo se puede decir del nuevo y rimbombante sistema de evolución.