La Escritura y la historia

La escritura nació para permitir que la palabra se enhebrara en el cálamo y tejiera ropajes de pensamiento perdurables. La escritura fija los hechos y las ideas, y, a fuerza de volver a ellos, favorece que surja el bello argumento, la invención o el proyecto. Mediante la escritura fijamos la información, oteamos en el horizonte de las ideas y avanzamos por la senda del conocimiento.

Fijar la información tuvo que ser una necesidad cuasi vital desde muy pronto, desde que nuestros ancestros se pelearon con las primeras palabras. Unos huesos de 30.000 años de antigüedad encontrados en Francia así lo atestiguan. Llevan grabados líneas y puntos (¿meses y días?), y la autoría de estos se atribuye a los primeros homo sapiens sapiens en Europa.

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Pero la escritura como tal nació en Mesopotamia, la actual Iraq, sobre el 3.100a.C. Un pueblo de oscuros orígenes, el pueblo sumerio, la inventó o la trajo consigo hasta ese lugar. Y poco después, sobre el 3.000 a.C. ya se representaban en Egipto las ideas por medio de jeroglíficos.

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Significó una revolución como no habían conocido anteriormente los hombres. Permitió que nacieran los Estados; que se llevaran a cabo  grandes obras de regadío y edificaciones monumentales; permitió el nacimiento de la moneda; saber los días en los que sembrar o recoger; hacer más grandes a los dioses; estipular el tributo que pagar a sacerdotes y reyes; aumentar los intercambios económicos; dar fe perenne de una cuestión; permitió construir ciudades, fijar las leyes…

A la escritura, desde su nacimiento, se le atribuyeron poderes sobrenaturales y creadores divinos. Thot, el dios de las Ciencias para los egipcios, fue también el dios creador de los signos, mientras que para los sumerios lo fue la diosa Era, con las mismas funciones que aquél; y todavía dos escrituras llevan fama de haber sido dictadas por dioses, me refiero a la Biblia y al Corán.

Volvamos a Mesopotamia. Allí, el primer tipo de escritura fue ideográfico, cada imagen escrita representaba una idea, mientras que en Egipto constaba de una combinación de signos figurativos y de signos abstractos. De cualquier manera, eran necesarios casi tantos signos distintos como ideas, así que la tarea de escribir era tan ardua que necesitaba de toda una vida de aprendizaje, por lo que la escritura quedó reservada a la casta sacerdotal.

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Tuvo que cambiar el tipo de escritura, que se hizo cuneiforme en Mesopotamia (signos rectos grabados con una caña afilada) y en Egipto el jeroglífico dio paso a la escritura hierática y luego demótica (con signos simplificados de la anterior realizados con  pincel); y cambió el soporte material, que pasó de la piedra a la tablilla de barro en Mesopotamia y en Egipto al papiro (de la misma forma, los hititas, un pueblo situado al norte de Summer, usaban signos jeroglíficos en las inscripciones en monumentos de piedra, pero para los asuntos vulgares empleaban el sistema cuneiforme).

Esta vulgarización de la escritura hizo que surgieran escuelas y escribas laicos, lo que originó una mayor propagación y, de resultas, una mayor y mejor comunicación. En 1.500 años la escritura se divulgó por todo Oriente. En el año 2.500 a.C. la poseían los elamitas (un pueblo cercano a Mesopotamia) y en el valle del Indo; en el año 2.000 los cretenses, y en el año 1.500 los chinos, hititas y hurritas. Se utilizó la piedra, la tablilla de barro, el papiro, la chapa de cobre (como la encontrada en Zaragoza, escrita en lengua celta con caracteres iberos), la chapa de  oro, y el bambú y la seda entre los chinos.

Pero, aun con todo, lo arduo del aprendizaje restringía su uso a las clases dirigentes (con sus escribas) y a la casta sacerdotal. La dificultad para su popularización estribaba en que los signos podían tener un valor fonético e ideográfico a la vez; en que cada signo podía representar varios valores silábicos; y en que cada sílaba podía ser escrita con varios signos distintos ¡un verdadero galimatías!

Fue necesaria otra revolución dentro de la misma revolución que se había iniciado con la escritura, me refiero a la invención del alfabeto. Cuando esta revolución se llevó a cabo, fue tal su impacto que sólo 500 años después su uso estaba difundido a todo el Mediterráneo, Asia Menor, Grecia, Arabia y Persia; y con su uso, el desarrollo urbano y social, la obra literaria, las leyes, el comercio, las grandes obras…

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Se coció esa invención en esa estrecha franja formada por Israel, Líbano, Siria, y sobre todo, en la ciudad de Ugarit y en las grandes ciudades fenicias: Biblos,  Tiro y Sidón. En el año 1.300 a.C. ya existía un alfabeto en Ugarit, pero fue el de Biblos (distinto a aquel), en el año 1.000, el que se expandió por el mundo conocido. El pueblo fenicio era marinero, y allí donde recalaban sus barcos con mercancías nacían escribas que adaptaban el alfabeto a su propia lengua.

Es de resaltar que, como la escritura árabe y hebrea, el alfabeto fenicio no tenía vocales sino veintidós caracteres consonánticos, hasta que en el siglo IX a.C. los griegos se las añadieron, y al igual que en el árabe, en el hebreo y en el griego, esos caracteres, además de un valor fonético, poseen un valor numérico.

En fin, esa es, a grandes rasgos, la historia de la invención de la escritura y la repercusión social a que dio lugar, pero no me puedo olvidar de su temprana utilización en el terreno literario.  Ya en las primeras muestras de escritura cuneiforme aparecen plegarias, encantamientos rituales, supersticiones, crónicas, proverbios, poemas amorosos, épicos, leyendas heroicas…, es decir, las esencias que el ser humano necesita expresar.

Ya desde los comienzos nació la gran literatura, El Poema de Gilgamesh, la leyenda de un héroe, rey de la ciudad de Uruk, que parte en busca de la inmortalidad guardada en forma de brebaje por Noé (rescatado por los dioses de la muerte tras el diluvio). Un maravilloso poema escrito y rescrito en numerosas lenguas desde el 2.700 a.C. hasta poco antes de nuestra era. O esa otra hermosura: El descenso de Innana a los infiernos, donde se describe a esa diosa atravesando las siete puertas del Averno (el mágico número siete) y despojándose en cada una de ellas de una túnica y una joya (los míticos siete velos tras de los que se oculta el verdadero conocimiento), hasta quedar desnuda delante de los severos jueces que «fijan sus ojos en ella, los ojos de la muerte».  Y ya la música en una tablilla escrita en sistema cuneiforme hurrita encontrada en Ugarit, donde se nos da una frase musical  y la forma de interpretarla.

Siente uno ante el carácter esencial de estos relatos, que las duras condiciones de vida, el enfrentamiento crudo con la realidad, sin máscaras, hacían aflorar del alma las esencias más profundas, los símbolos universales, lo primordial del ser humano. De ahí la necesidad, siempre, de tener que volver a los mitos clásicos para percibir las pasiones, los anhelos, las conductas en su estado más puro, tal como muestra un sello de piedra del 2.300 a.C. en el que se representa al hombre-pájaro Zu intentando robar la tablilla del destino donde se halla escrito el porvenir de los hombres y los dioses.

Los dos que soñaron

 

En 1978 Borges dio una serie de conferencias que fueron recogidas en el libro Siete Noches, una de las lecturas que me suscitan mayor placer. En él  alude a un hermoso relato comprendido en Las Mil y Una Noches titulado Los dos que soñaron. Un hombre de El Cairo sueña que en cierto lugar de Isphajan se encuentra un tesoro escondido. Ya en esa ciudad se ve atrapado en circunstancias que lo llevan a presidio. El jefe de policía lo interroga y se sorprende al escuchar la causa de su viaje. Se apiada de él y lo deja libre no sin antes recriminarle su credulidad. “Yo también sueño con un tesoro escondido en el jardín de una casa de El Cairo, junto a una higuera y un reloj de sol, debajo de un surtidor”, le dice con ánimo reprobador.  El hombre de El Cairo ha reconocido en las palabras del policía su propia casa. Regresa a su ciudad, excava bajo del surtidor señalado y encuentra el tesoro.

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Recientemente, en el antiguo barrio judío de la ciudad de Cracovia, al sur de Polonia, de refilón he escuchado una versión un poco distinta del relato. Corren los años de la alianza de Austria y Polonia contra el imperio Otomano que se resolvió con derrota turca en Viena. Un rabino de Cracovia sueña con un tesoro escondido en la capital austriaca. Hacia allí se dirige, pero un oficial austriaco le impide cruzar un puente cercano a esa ciudad por el peligro de los combates. El oficial le cuenta su propio sueño acerca de un tesoro escondido en una casa de Cracovia, y le refiere el escenario. De vuelta a su casa, el rabino excava y lo encuentra y construye una hermosa sinagoga que en nuestros días perdura.

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Las historias de Las Mil y Una Noches fueron habladas en la India y en Persia, y fueron recogidas en árabe en El Cairo. Están henchidas de sueños y de sucesos mágicos.

Es creíble suponer que los sucesos que el libro refiere se contasen en los zocos de las tierras musulmanas a partir de los siglos XIV o XV; pero puede que no sea vana la hipótesis de que se tratara de cuentos muy antiguos, anteriores al siglo XI, anteriores a la época en que la figura de Alá adquirió en la conciencia de sus fieles un rigor incompatible con el erotismo y la libertad que muestran. Harun al-Rasid, uno de los primeros califas, es de los principales protagonistas.

Caben otras posibilidades. Tampoco resultaría extraño que Las Mil y Una Noches recogiera relatos preislámicos, de la India y de Persia, que fueran adaptados después a lo musulmán. En tal caso, la matriz creadora no sería semita, de árabes o hebreos, sino irania, de indios o persas.

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El hecho de que el relato Los dos que soñaron figure también en lo legendario del judaísmo puede tener varias explicaciones. Una de ellas aventuraría que lo copiaron de una narración islámica anterior, pero otras dos explicaciones son posibles. Podría tratarse de una adquisición procedente de Persia o Mesopotamia; recuérdese que durante la cautividad del pueblo judío en Babilonia se copiaron de esas culturas mitos esenciales como el de Noé, el Diluvio, el Cielo y el Infierno, etc. Otra explicación refiere que podría tratarse de una creación propia de los judíos.

En apoyo de esta última explicación está el hecho de que el empleo de la parábola como forma narrativa es característico del judaísmo. Los dos que soñaron puede ser interpretado como una parábola acerca de perseverar en la consecución de los sueños con la fuerza de la esperanza. Ningún otro pueblo ha mantenido tan alto el pendón de la esperanza (en su Mesías salvador, en su reunificación, etc.) como los judíos a lo largo de su historia. Los sueños también son elemento común en sus relatos bíblicos. Ahí tenemos los sueños de los Profetas; el sueño de Daniel, en Babilonia, que sueña el sueño de Nabucodonosor; el sueño de José en Egipto…Algún narrador de la India, Persia o Egipto la habría incorporado al acervo de las narraciones de Oriente, que se recopiló con el nombre de Las Mil y Una Noches.

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O es posible que todo se reduzca a una sarcástica invención de Borges, tan aficionado a las simetrías y a los espejos. En tal caso tendríamos que suponer que alguien  de la ciudad de Cracovia –de quien yo la escuché—tuvo que tomar la invención borgiana para transformarla en una leyenda judía.  Pero es inútil seguir con adivinanzas. Más sentido tiene recomendar la belleza de Los dos que soñaron,   la belleza de Las Mil y Una Noches, y  la belleza de Siete Noches, donde se refieren las anteriores.

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El título del libro: “Borges en su laberinto y otros relatos de amor y muerte”. Se vende en Amazon, tanto en formato Kindle para e-book como en formato papel.

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Pinceladas culturales

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Best Sellers de los últimos 50 años:

Encabeza la lista La Biblia, con ¡3.900 millones de ejemplares vendidos! Le sigue El Libro Rojo de Mao, ¡820 millones de ejemplares! A continuación, pásmense, Harry Potter, ¡400 millones! A mucha distancia, el magnífico El Señor de los Anillos, ¡103 millones! No se alarmen por los dos siguientes que aparecen en la lista, al fin y al cabo nuestra materia, más que de sueños –como aseveró Shakespeare–, está hecha de estupidez: El Alquimista, Paulo Coelho, ¡65 millones de ejemplares!, y El Código Da Vinci, de Dan Brown, ¡57 millones!

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La lengua de Shakespeare

En mis innumerables peleas con el inglés me sorprendió mucho  la aparente paradoja de que los términos cultos me resultaban mucho más asequibles (reconocibles) que los vulgares. Sonsacar el porqué de tal aparente dislate requiere traer a colación la Historia, y a ello voy.

En Britania vivían diversos pueblos celtas cuando la conquistó Roma. Enseguida de marcharse los romanos (449 d.C.),  los pueblos del sur, en cierta medida romanizados, se enfrentaron a los pictos del norte (lo que hoy es Escocia), sin romanizar. A su vez, piratas germanos comenzaron a asolar las costas inglesas; así que los antiguos celtas, ahora romanizados y expresándose en latín, pidieron ayuda a mercenarios, y acudieron otros germanos en su auxilio: sajones, frisios y anglos. Pero estos se unieron a los piratas germanos contra quienes deberían luchar y se apoderaron del país.

Esa es la razón de que se hable del mundo anglo-sajón y de que el país se denomine England (tierra de los anglos). Los anglosajones hablaban un idioma intermedio entre el alto alemán antiguo y los dialectos escandinavos. En resumen, que los pobres celtas romanizados que quedaron tuvieron que refugiarse en las sierras de Gales o atravesar el canal de la Mancha y establecerse en lo que es hoy la Bretaña francesa.

Pero ahí no acaba la cosa. A partir del siglo VIII llegan a las costas inglesas los vikingos, provenientes de Noruega y Dinamarca, y meten nuevos vocablos a la lengua inglesa. Sin embargo,  fue a partir del siglo XI cuando la lengua inglesa se iba a enriquecer con un nuevo lenguaje, y éste fue aportado por los normandos.

¿Quiénes eran los dichosos normandos? Pues un pueblo de mercenarios provenientes originariamente de Dinamarca. Lucharon contra los musulmanes de la península en Galicia, Lisboa y Sevilla, y fueron la principal fuerza de choquen en la toma de Huesca y Barbastro. Los dos grandes capitanes de los almogávares, las fuerzas mercenarias de la corona de Aragón que devastaron Bizancio y una parte de la Gran Grecia, Roger de Lauria y Roger de Flor, eran normandos.

También establecieron un reino normando en Sicilia, pero, para lo que viene al caso, importa decir que conquistaron y se establecieron en la parte de Francia que hoy se conoce como Normandía, y que pronto se olvidaron de su origen escandinavo y hablaron francés.

Total, que esos normandos afrancesados conquistaron Inglaterra e Irlanda entre finales del siglo XI y principios del XII. Y hete aquí que en Britania comenzaron a convivir: el francés de la Corte normanda; cuatro dialectos anglosajones con muchas palabras danesas; el latín de los clérigos; y, a todo ello, se ha de añadir que en zonas del Norte y de Irlanda  aún perduraban restos de la antigua lengua celta.

Así que la nobleza y el clero, que se expresaban en francés (lengua latina) y en latín, legaron el inglés culto, mientras que las lenguas germanas con palabras escandinavas, que hablaba el pueblo, constituyen hoy los vocablos comunes.

Ya que nuestra lengua, el español, es una lengua latina, ello nos facilita el que entendamos mejor el inglés culto (de origen latino) que el inglés común. Esa es la explicación buscada a la aparente paradoja o dislate que anuncié al comienzo.

Ahora bien, no resulta extraño que muchas palabras comunes del inglés sean parecidas a otras palabras cultas, ya que tanto el latín como los diversos dialectos germanos y escandinavos provienen del indoeuropeo primitivo. Pero ésta es otra historia.

Horrores culturales:

Ante ciertas manifestaciones ‘culturales’ dan ganas, si no de sacar las pistolas,  sí  de taparse las narices. Tres ejemplos pertenecientes al ámbito de Aragón bastan para resaltar que en la ‘cultura’ abundan las necedades.

El primero, ya lo narré en una entrada anterior, los cuatro homenajes que la ‘cultureta’ de estas tierras  ha rendido a un tal Pepín Bello por el todo mérito de haber conocido personalmente a García Lorca.

El segundo, que se conceda a Eva Almunia, antigua Consejera de Educación en el gobierno aragonés, el máximo galardón de la cultura en España, la orden de Alfonso X el Sabio. ¡Señores, Eva Almunia no sabe culturalmente freír un huevo!

El tercero, ¡el disparate descomunal!, el caso de la lengua inventada: se cogen dos o tres variantes dialectales de los valles pirenaicos  cuyo número de parlantes no superó nunca unos pocos miles de habitantes y que se dejaron de hablar hace ya cinco siglos; se toma de cada pueblo las dos palabras que el más cazurro inventa para diferenciarse del pueblo de al lado; se hace un mejunje con todo ello; se escribe con ‘v’ lo que en castellano se escribe con ‘b’, y con ‘z’ lo que en la lengua de todos se escribe con ‘c’,  y a esa lengua potingue que nunca jamás nadie ha hablado se la denomina Lengua propia de Aragón.

¡Y se crea una Academia del Aragonés!, y se crean Consejeros y Direcciones Generales de la lengua aragonesa, y se intenta que sea obligatoria en los institutos de enseñanza. Y, ¡encima!, quien inventó el tal gazpacho es vasco.

¡Cielos, ustedes me perdonarán, pero estos horrores me producen vómitos!

Borges y los Sueños

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Con motivo de escribir un cuento ―que tengo para mí  como el de mayor interés de cuantos he escrito―, recientemente he manoseado hasta hacer trizas algunos libros de Borges. Sirvan para esta entrada los sueños suyos que he ido entresacando. Pero antes unas meras palabras explicativas.

Borges (como todo sujeto, pero él con más profundidad) vive evasivamente la realidad mediante el embeleso que, como sabemos, es la forma de soñar despierto; mediante imaginar ricos mundos oníricos; y mediante el sueño propiamente dicho.

No es para él la realidad un ámbito distinto del ámbito en donde se desarrolla el sueño; y son tan vívidas las escenas representadas en el teatro onírico, que se cuestiona si nuestras vidas no corresponden a sueños de otro. Así, en El Hacedor, nos plantea a Dios hablando y a Shakespeare a la escucha: «Y la voz de Dios le contestó desde un torbellino: “yo tampoco soy; yo soñé el mundo como tú soñaste tu obra, mi Shakespeare”».

En Las Ruinas Circulares, ese hermoso cuento que con ritmo trepidante y grandiosidad y bellezas similares a La cabalgata de las valquirias de Wagner  o al primer movimiento de  La quinta sinfonía de Beethoven comienza

[Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra.]

Borges  nos describe la minuciosa disciplina que se impone un heresiarca para soñar a otro hombre en sus mínimos detalles y hacerlo realidad. Un solo defecto cobró este hombre que surge a la vida a través del sueño de otro: era inmune al fuego. Para horror del heresiarca las llamas prendieron en el templo donde soñaba y lamieron su cuerpo sin daño. Descubrió, así,  que  él mismo era una apariencia que otro estaba soñando.

En Siete noches, nos dice: «Para el salvaje o para el niño los sueños son un episodio de la vigilia, para los poetas y los místicos no es imposible que toda la vida sea un sueño. Esto lo dice de un modo seco y lacónico Calderón, “la vida es sueño”; y lo dice, ya con una imagen Shakespeare, ‘estamos hechos de la misma madera que los sueños”.»

Soñamos para explicar los horrores y anhelos que sentimos, dice Borges; y en El Sur, su cuento preferido, expresa mediante un sueño la realidad que hubiera anhelado ser. Dahlmann, el “otro” Borges, convaleciente en un sanatorio, sueña que viaja a una estancia en el sur y pelea a cuchillo con un compadrito. Borges, en su ser más íntimo, siempre quiso ser hombre de aceros y lances, y se soñó peleando.

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Él, que utiliza profusamente en sus escritos el simbolismo de los espejos, que de pequeño “uno de mis más insistente ruegos a Dios y al ángel de mi guarda era el de no soñar con espejos”, elabora esas simetrías especulares entre la realidad y el sueño; y aun las prolonga causando hermosas fábulas como la de Los dos que soñaron:

[En  el Cairo un hombre sueña con un tesoro escondido en un lugar preciso de Isfaján. Llegado allá, un policía le llama loco y se ríe de él por creer en los sueños, pero le señala que él también sueña con un tesoro escondido en una casa de El Cairo debajo de una higuera de un jardín. El primer hombre reconoce que aquella es su propia casa. Regresa a El Cairo, excava y saca el tesoro.]

La indiferencia entre sueño y realidad, el nudo gordiano de que un hombre sueñe y él mismo sea el sueño de un extraño, la plasma Borges en esta alegoría cifrada de radiante hermosura: «En este punto se deshace mi sueño, como el agua en el agua».

¡Ah, Borges!, de sueños y gozos ha llenado innumerables mundos interiores, ha alumbrado esos mundos, de alguna forma los ha soñado.

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ADAGIOS

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  • Donde no hay ansias de laboriosidad o de proyecto,  hay ansias de revolución.
  • La envidia, sin embargo, es el germen de la democracia.
  • Todo dictador, y en eso Maduro no es excepción, está cargado de buenas intenciones.
  • Las ideologías no existen en el rebaño. Su labor la cumple el tono de voz del rabadán.
  • La máscara moldea el rostro.
  • Sólo los grandes hombres pueden vivir sin misterios. A costa de convertirse en lobos solitarios y perversos.
  • Argentina es ese pueblo, tan confuso, que cree tener sus raíces en Francia.
  • Las persecuciones y matanzas de cristianos en el mundo islámico no son tema para la izquierda.
  • Un dicho judío: “Déjame tuerto, Señor, cuando los demás anden ciegos”.
  • Otro: “Espera sentado en la puerta de tu casa; con el tiempo verás pasar el cadáver de tu enemigo”.
  • El poder, el dinero, la fama y la gloria, son las caras del prisma de nuestros anhelos.
  • En Europa se han cambiado las creencias por derechos. Eso la condena.
  • La experiencia siempre llega tarde a aleccionarnos.
  • Los ojos de la inexperiencia suelen conducir al precipicio.
  • Uno pone su fe en las doctrinas que le reportan beneficio.
  • En las creencias utópicas se confunde lo deseable con lo factible.
  • La sabiduría es una forma de estupidez refinada.
  • El arte de la política es el arte de confeccionarse una máscara.
  • Dicen los más feos, los más pobres y los menos capaces: “Lo justo es que seamos iguales y tengamos lo mismo”.
  • Nos parece solución justa la que nos satisface.
  • Una rana croa a otra de una ciénaga cercana: “Tu charca es más putrefacta que la mía”.
  • En toda relación social se vende algo.
  • En las revoluciones se clama por la libertad, pero es el odio quien moviliza.
  • Nadie es demócrata por naturaleza. Es aconsejable que lo sea por voluntad.
  • Los jóvenes creen que la democracia es poder decidir sobre todo en todo momento y lugar, pero con ello se abren las puertas del abismo.
  • La Constitución de un país simboliza la firmeza ante las veleidades de los hombres.
  • Hay gente que cree ilusamente que los derechos no cuestan nada.
  • Estigmatizar a los que sostienen una opinión contraria a la propia es el recurso de quien carece de argumentos y odia mucho.
  • Los políticos no suelen ver más allá de sus narices y de sus intereses.
  • Una hermosa frase que he escuchado: “Ahora que te has ido, todo se va muriendo”

Me gustaría poder decir, con Nietzsche,  que algunos escriben vastos libros con menos significado que el poseído por uno solo de estos adagios. Todos ellos han precisado de ardua destilación y de alambique apropiado.

 

Feliz Navidad a todo el que me leyere. Desde París-La-Bella se lo deseo.