LA MONSTRUOSA NATURALEZA HUMANA 

El nazi Adolf Eichmann fue encargado de la logística del transporte de judíos hacia los campos de concentración y las cámaras de gas durante la Segunda Guerra Mundial. No solo ejerció sus funciones en la Alemania nazi e Italia, sino, también, en países como Hungría, Rumanía, Eslovaquia, Polonia, Austria, Bulgaria, Grecia, que habían caído bajo la influencia de Alemania, y, obviamente, en aquellos países de los que Hitler se apoderó, como Francia, Noruega, Dinamarca.

Hannah Arendt fue una filósofa alemana, judía, amante durante un tiempo de Heidegger, al que se considera el filósofo más importante del siglo XX y, también, uno de los principales intelectuales del partido nazi. Arendt escapó a tiempo de Alemania y se radicó en EEUU, cuya nacionalidad tomó.

En mayo de 1960, un comando del Mossad, la Agencia de Inteligencia de Israel secuestró en Buenos Aires a Eichmann y lo llevó prisionero a Jerusalén para ser juzgado. En 1964, Hannah Arendt publicó el libro Eichmann en Jerusalén, donde recoge las vicisitudes de tal proceso y su argumentario jurídico. Pero Arendt es filósofa y el tema del libro le sirve de excusa para mostrar en carne viva a la especie humana.

Lo que podría resultarnos más sorprendente, e incluso inconcebible, el sometimiento de todo el pueblo alemán a la voluntad y a la locura de un solo hombre, Adolf Hitler, no resulta tanto, pues al conocedor de la Historia le resulta cotidiano. Sin ir más lejos, el siglo XX nos muestra algunos ejemplos semejantes: sometimientos a Stalin, Pol Pot, Fidel Castro.

Millones de personas ‘normales’, buenos cristianos, filósofos, científicos, amantes esposos y padres, cultos, respetuosos con la vida…, primero seducidos por la idea de la Gran Raza, y, después, por su atadura a la organización social, por el miedo a ‘desentonar’ y por la ‘obediencia debida’, reemplazaron en su conciencia la parte humana por el odio al “enemigo judío” y sirvieron ciegamente como piezas de engranaje de la gran maquinaria de exterminio nazi. Solo unos pocos sacerdotes católicos y reverendos protestantes se opusieron públicamente a la muerte de los judíos.

Aun así, tal lacayil comportamiento, tal falta de potencia como individuos, tal renuncia a la libertad en nombre de una idea y un líder, no sorprenden tanto como sorprenden las respuestas de las gentes al aprisionamiento de judíos en esos países de Europa que se han nombrado. En primer lugar, sorprende favorablemente que estudiantes y trabajadores holandeses hicieran huelgas contra la deportación de judíos a Alemania, y escondieron en sus casas a una buena parte de ellos. Sorprende de igual modo que los daneses, con su rey a la cabeza, se negaran a acatar las órdenes de los ocupantes alemanes contra los judíos y les ayudaran a escapar hacia la neutral Suecia. También sorprende que en Italia y en Bulgaria se burlasen las órdenes alemanas con engaños y trampas.

Por el contrario, no nos extraña que en países como Lituania, Polonia y Ucrania el antisemitismo estuviese muy extendido. Llevaban siglos lidiando con una población judía que se negaba a integrarse culturalmente, que rechazaba los matrimonios mixtos, que formaba comunidades cerradas, y que, con frecuencia, destacaban en los negocios y en la posesión de riquezas. La población de esos países era antisemita pero no participó en los asesinatos en masa contra ellos. Sin embargo, llama poderosamente la atención que tuviera que ser el ejército italiano quien protegiese a los judíos de los griegos y del gobierno de Vichy, y los acogiesen en la Costa Azul ocupada por los italianos.  Y muy especialmente, clama al cielo el fervor antijudío de los rumanos, que hizo temer a Hitler que en la “solución final” (el asesinato de todos los judíos de Europa), Alemania fuese superada por Rumanía.

A pesar de las monstruosas manifestaciones de la naturaleza humana mencionadas, sorprenden en mayor grado el comportamiento de los propios judíos. Que fuesen consejos judíos –integrados generalmente por destacados dirigentes de su comunidad en el país de que se tratase—quienes cooperaban en las tareas administrativas y policiales de confiscar las pertenencias de los propios miembros de su comunidad y de enviarles a Auschwit, Treblinka o cualquier otro campo de internamiento y muerte; y que, incluso, fuesen técnicos judíos los que construyeron las cámaras de gas de Theresienstadt,  que fuera judío el verdugo al servicio de la horca, y que en muchos campos hubiese policía judía al servicio de los guardias alemanes.

Tal fratricidio y servilismo nos lleva a la Gran Sorpresa: que la comunidad judía fuese una y otra vez al ‘matadero’ como mansos corderos, sin rebelarse. Más de dos mil años de pogromos contra los judíos habían logrado esa pasividad de rebaño. Tan solo al final de la guerra, con las tropas soviéticas a las puertas de Varsovia, se atrevieron los judíos polacos a hacer frente a los alemanes. Una rebelión infructuosa que contó con la pasividad de los soviéticos, quienes no movieron un dedo para parar las matanzas en el gueto de Varsovia. (Stalin se había encargado de asesinar a 22.000 oficiales polacos en los bosques de Katyn).

Sin embargo, la Gran Impresión nos la describe Arendt en pocas palabras: La terrible banalidad del mal. Esto es, comprobar –como se mostró en el juicio contra Eichmann—que éste era una persona ‘normal’, que no era un monstruo, que era un buen padre de familia, que, incluso, no sentía odio hacia los judíos, que era la tranquilidad de obedecer sin cuestionamientos de ninguna clase lo que operaba en él. La obediencia, la moralidad de las órdenes, el formar parte y estar al abrigo de un rebaño, el ser parte de un engranaje bien engrasado y el alejar de la conciencia la compasión y el arrepentimiento. Tal comportamiento tribal es lo que hace monstruosa nuestra naturaleza. Por esa razón, las ideologías de rebaño (comunismo, nazismo, fascismo, socialismo, nacionalismo…) son tan peligrosas, porque nos privan de la libertad individual –diluyen al individuo en el colectivo—y  nos convierten en monstruos capaces de cualquier iniquidad en nombre de las ideas,  nos convierten en engranajes automatizados.

Arendt pone de manifiesto que todos somos monstruos en potencia, y que las ideologías de raíz tribal nombradas sacan nuestra monstruosidad de su latencia.

PANORAMA POLÍTICO SOCIAL EN EUROPA

En verdad que no se presenta muy halagüeño. El péndulo de la historia vuelve a transitar por los momentos ofuscación y locura por los que ya pasó, y vuelve a señalar malos augurios. Rotundamente, el ser humano vuelve a tropezar una y otra vez con la misma piedra. La historia es la que es, aunque ahora se pretenda endulzar u ofrecer una visión parcial de ella.

En el primer cuarto del pasado siglo surgieron y se desarrollaron en algunos países de Europa diversos totalitarismos que pronto llegaron al poder. Los más conocidos han sido, Lenin en Rusia, Mussolini en Italia y Hitler en Alemania.  Instituyeron regímenes totalitarios y, en los casos de Rusia y de Alemania, , por la fuerza o violentando las instituciones democráticas, impusieron las sangrientas dictaduras nazi y comunista. Algunos años más tarde, en la Europa oriental —Rumanía, Grecia, Hungría, Croacia…— aparecen con gran fuerza partidos fascistas que pretenden seguir los pasos del fascismo italiano. En España y en Francia, alentados por el comunismo soviético, se constituyen  frentes populares, con la clara intención de algunos de imponer un régimen comunista en sus respectivos países.

Lo que sorprende al Ilustrado es que, pronto, la mayoría de los intelectuales europeos toman partido por el totalitarismo de un signo u otro. Da la impresión que los primeros en abandonar el barco de la democracia cuando hay oleaje son esos apóstoles ideológicos conocidos como intelectuales[1]. Juzgaron la Democracia como cosa superada, y se lanzaron a poner en la conciencia de las gentes «conceptos supremos» como ‘caudillo’, ‘patria’, ‘pueblo’, ‘raza’.

A día de hoy, cien años después, se está produciendo en Europa una radicalización política que presenta muchas semejanzas con la de hace un siglo. Frentes populares han hecho su aparición, de nuevo, en España y en Francia y la llamada Corrección Política, auspiciada por el neomarxismo —con sus fantasiosas fórmulas feministas, ecologistas y animalistas—, ha extendido su imperio por la mayoría de los países del viejo Continente. Como reacción, partidos denominados de ultraderecha han tomado fuerza en Italia, Francia, Hungría, Polonia, Suecia y España. Se les achaca que algunos de ellos tienen en su seno o en su origen el fascismo, lo cual no parece suscitar hoy en día mucha credibilidad[2]. En los casos de Hungría y Polonia,  más parece provenir su actitud y su programa por un rechazo visceral al comunismo, ya que lo hubieron de soportar durante cincuenta años.

En España el carácter totalitario de la coalición política que gobierna es evidente. Forman coalición, el partido Socialista, los herederos ideológicos de ETA, blanqueados con el nombre Bildu, los partidos independentistas catalanes, y los populistas-comunistas de Podemos e IU. Resulta claro que siguen la estela de Chávez en Venezuela: desarticular la democracia, desarbolar la independencia judicial , apoderarse de los medios de comunicación y maniatar a cualquier institución social con el fin de lograr que su permanencia en el poder sea lo suficientemente duradera como para implantar el denominado socialismo del siglo XXI, es decir, dar un adiós a la democracia representativa.

Por otro lado y saliendo de España, algunos partidos socialdemócratas del norte de Europa, de  Dinamarca, Suecia, Holanda y Finlandia,  están reculando en sus políticas de acogida de inmigrantes; se abrazan ahora a políticas impulsoras de la identidad nacional; se desdicen de sus antiguas decisiones de otorgar un salario mínimo a una parte de la población, etc. Les ha forzado a ello el catastrófico fracaso de la utópica convivencia multicultural. Tal supuestamente bondadosa multiculturalidad en esos países, ha convertido barrios enteros de algunas ciudades en zonas donde se impone la ley musulmana, o en zonas que son auténticos campos de batalla. La visión utópica del socialismo siempre la derrumba la realidad, pero después de mucho sufrimiento y mucha destrucción.

El empobrecimiento  general, la disminución del gasto energético que nos anuncian, la eliminación de los vehículos privados, la reducción de la población —sustituyendo hijos por mascotas o por inmigrantes—la disminución de los vuelos en avión, la restricción de las libertades, el aumento de las prohibiciones, el acabar con las naciones…Todas esas amenazas y realidades nos son lanzadas por los gobernantes europeos a diario. Los  achacan a la guerra de Ucrania o al COVIT, pero…, que nadie se lleve a engaño, ya estaban en la Agenda 2020-2030 y 2030-2050, antes de dicha guerra y antes del COVIT. Seguramente hablaré de ello más adelante.

Conviene resaltar también el papel de tecnócratas que desarrollan los funcionarios que nos gobiernan desde las instituciones europeas. El capitalismo está dejando paso a la Tecnocracia. Los tecnócratas son profesionales y expertos que toman ofrecen las decisiones que han de tomar los políticos y, frecuentemente, son ellos quienes tienen el control. En su papel de funcionarios, son reacios a afrontar riesgos y a emprender; es decir, reciben con los brazos abiertos la seguridad, un buen salario y el poder institucional. Así que pactan con el poder político-ideológico tener un refugio ideológico donde apoyarse, a cambio de guiar y sostener la intervención del Estado en todos los asuntos. Esto es, se prestan a llevar a cabo los proyectos ideológicos del socialismo del siglo XXI a cambio de una confortable poltrona con poder.  Se encargan también de inventar problemas donde no los hay, de infundir miedos y Apocalipsis por llegar, por presentar peligros inevitables que hemos de sufrir…Así es como la ONU o la OMS o las instituciones del Consejo de Europa siguen claramente dictados ideológicos y huyen del sentido común y de la racionalidad. ¡Así le va a Europa!, ¡así nos va!

Un peldaño más arriba se encuentran los grandes financieros, los dueños de las multinacionales tecnológicas, los miembros del club Bilderberg… pero esto es harina de otro costal…, ¡o del mismo!

Para bien o para mal,  Europa está cambiando. Se está produciendo una revolución mundial en la que el capitalismo, tal como lo conocemos, está dando sus últimos estertores, y un nuevo modelo socialista agita triunfante sus banderas. La demanda  apenas se confronta libremente con la oferta, pues ambas están siendo intervenidas por un Estado cada vez más gigantesco que favorece a unas empresas u otras en función de la adscripción ideológica que muestren. En España se ha declarado la guerra contra las granjas de animales, contra el consumo de carne y contra la naturaleza  misma hombres y mujeres. Toda una inmensa locura se ha desatado en Occidente y, en algunos casos, como en España, los locos dirigen el manicomio. Como decía mi abuela, «¡que Dios nos coja confesados!»


[1] Bien es cierto que en caso de España, tres de los grandes intelectuales, Marañón, Pérez de Ayala y Ortega y Gasset, que habían fundado la Agrupación al Servicio de la República, ante el carácter amenazante y totalitario que había tomado el Frente Popular, mostraron su rechazo y, alguno de ellos se mostró favorable al Bando Nacional cuando se produjo el Alzamiento.  

[2] Antonio Escohotado señalaba que la ultraderecha es un invento de la ultraizquierda para justificarse a sí misma.