El País de Jauja y de Todos lo Mismo

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Érase una vez el país que digo, grande o chico, pobre o rico, seco o húmedo. Sus habitantes gozaban de derechos y libertades y tenían un plato lleno en la mesa, así que decían sentirse felices. Pero, al comprobar algunos que la mansión de otros era mayor que la suya y más hermosa, decían también sentirse agraviados e iracundos por esa diferencia.

(Al fin y al cabo lo que provoca disgusto y envidia y resentimiento no es el poco tener, sino el tener menos que los otros).

Para todo zapato siempre hay una china, y para todo descontento popular siempre hay un Conductor que aparece. Y los dos pinchan. La china con sus aristas y el Conductor o líder con sus palabras.

¡Y qué palabras más finas y hermosas decía el Conductor!: Libertad, Derechos, Igualdad, Riquezas… Así que al resentimiento de muchas gentes se le unió la ilusión de alcanzar un mundo feliz. Y estalló la Revolución. Lo hizo con muchas muertes y destrucciones, pero se ganó.

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En los comienzos la gente trabajó muy duro porque tenían la cabeza llena de ilusión. Pero un día un agricultor vio que su vecino salía 3 horas después que él hacia el trabajo y que trabajaba menos. Otro día todos los habitantes de un barrio se apercibieron de que el más protestón y más vago de entre ellos había sido nombrado su jefe directo. A don Lucas, un hombre de gran laboriosidad y grandes ideas que antes de la Revolución había creado dos empresas y muchos puestos de trabajo, le pusieron a sacar aguas fecales y le despojaron de todo.

Para dirigir las dos empresas que don Lucas había creado, pusieron a un imberbe mal encarado que era de fácil gatillo, y con él al mando la producción bajó a un cuarto y la calidad del producto se resintió. Pronto las cerraron.

Las mujeres, que son las primeras que entienden la situación y que son las que a escondidas hacen las grandes revoluciones, dijeron a sus maridos:

―A ti no se te ocurra trabajar más que los que trabajan menos, que luego el reparto es por igual. Además ―dijo una tal Encarnación―, me ha dicho Juanita que los más inútiles y vagos se ríen a espaldas de los que más trabajan.

La autoridad había hablado. La producción del lugar cayó en picado al tiempo que la ilusión se esfumaba. Como las ruedas dentadas del mecanismo de un reloj, todos los trabajadores acoplaron su ritmo y su horario de trabajo al de los más inútiles y vagos.

―Me engañarán en el reparto, dijeron muchos, pero no en el trabajo.

La producción cayó ahora a mínimos. Las averías de la maquinaria, por descuido o por desidia de los operarios, contribuyeron a ello.

El Conductor y sus acólitos examinaron la situación y dictaminaron que el caos se debía al sabotaje que efectuaban algunos elementos contrarrevolucionarios. Entonces comenzaron las purgas de los sospechosos. Las cárceles se llenaron, pero la situación productiva no mejoró.

De un asesor del Conductor surgió una idea brillante que aumentó enormemente la oferta de puestos de trabajo: crear un cuerpo de policía gigantesco que vigilase de cerca a la población para encontrar a los saboteadores y a los enemigos de la Revolución.

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Poco después de eso, la categoría Enemigos de la Revolución estaba en boca de todo el mundo. Los Enemigos eran los culpables del descarrilamiento del país. Si uno era acusado de Enemigo ¡estaba listo!

Todo el mundo empezó a vigilar a todo el mundo. Se emitieron draconianas leyes que limitaban la movilidad de las personas, su privacidad y sus derechos. Cualquiera podía ser detenido sin acusación concreta.

Juanita le dijo de forma tajante a su marido:

―Ni se te ocurra criticar nada ni siquiera abrir la boca en el trabajo, ¡que los hombres sois bastante tontos para eso!

Y aquel mismo día el marido agradeció el consejo o la orden de Juanita y alabó su conocimiento, pues a su compañero Felipe se lo llevaron preso por criticar las nuevas normas en el trabajo.

La ilusión aquella de los comienzos aún permanecía en unos pocos, aunque muy menguada, por cierto. Las bellas palabras revolucionarias ahora sólo producían hartazgo, pero por precaución y miedo se pronunciaban con aparente fervor en los mítines del Conductor, no sea que a uno le acusaran de Enemigo.

La falta de esperanza  pronto produjo desánimo en la población, y se intentó mitigar con la bebida y el baile. Así que la gente empezó a faltar al trabajo alegando males imaginarios, y las máquinas se fueron estropeando o quedando obsoletas, y los muros de las casas se ennegrecieron o se derrumbaron, y los viejos coches dejaron de funcionar, y la escasez de alimentos y otras necesidades llamó a la puerta. Pero quedaba el remedio de la bebida y el baile.

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―Encarnación, mañana estaremos al otro lado de la valla. Mi marido ha sobornado a la gente adecuada.

―Ay, Juanita, me da un poco de pena dejar todo. ¿Cómo nos acogerán al otro lado?, ¿y si nos cogen?

―Déjate de pamplinas Encarna. Hay que salir de esta prisión. Eso de todos iguales aunque en la miseria, no va conmigo. Además, tú eras una entusiasta de la Revolución. Ves a qué nos ha conducido matar a la gallina de los huevos de oro.

―Razón tienes, Juanita. Yo, qué ilusa.