Pequeños confites de estupideces sacras (VI)

El caso Zapatero (II)

Resulta de una evidencia extrema que un buen gobernante debe someterse a las obligaciones del cargo, debe tener los pies en el suelo y debe mirar de conseguir en su gestión lo socialmente óptimo de entre aquello que sea factible; y, además, no debe abocarse a perseguir utopías que el sentido común señale como irrealizables por mucho que le resulten deseables. También es del todo inobjetable que el buen gobernante, mirando por el progreso social, ha de poner, en sus decisiones, el fiel de su balanza en posición equidistante entre lo que le resulta justo y lo que le resulta conveniente; más cuando esos dos conceptos no suelen ir de la mano y, sobre todo el primero, tiene tantos colores como estamentos tiene la sociedad.

Zapatero vivía en las nubes, confundía lo deseable con lo factible y sin entender ―siquiera sin cuestionarse― qué convenía a España y a sus gentes, buscó con marrullerías de todo tipo imponer un sentido de lo justo basado en el Igualitarismo decimonónico, negando valor alguno al mérito personal, pretendiendo que la mediocridad reinara a todos los niveles institucionales.

Me resulta difícil encontrar en la gestión de Zapatero como gobernante algo más que simpleza. Convengamos que sí, que debido a su éxito inesperado (había sido un mediocre estudiante, y no se le reconocía peso político alguno ni capacidad demostrada) se inunda de orgullo y soberbia y se llega a pensar, de pronto, un estadista con fuste e ingenio. Eso explicaría sus pueriles ocurrencias que lanzaba a los cuatro vientos: «Soy el Presidente de Gobierno más rojo de Europa», «pronto superaremos económica a Francia», «Alemania copia el modelo económico de España»; o explicaría su pretensión de aparecer como fundador de una nueva entente mundial basada en la Alianza de Civilizaciones, o incluso de llegar a ser una especie de justiciero universal.

Pero no. Aunque es cierto que ―tal como relató Felipe González―a los pocos meses de estar en el cargo ya desoía a sus numerosos consejeros, se puede decir que su «esencia» en cuanto al desempeño de su cargo fue la simpleza. Si no, valga esta anécdota que contó el economista Ramón Tamames en un programa de radio:
«Estábamos ya en octubre de 2009, con la crisis económica galopando, y le pedí una cita con él para explicarle algunos asuntos económicos y algunas recetas que tenía que aplicar con urgencia para evitar que la crisis se desbocase. Me escuchó en silencio y con poco interés durante 20 minutos, al final de los cuales y muy ufano y enérgico me espetó: “Ramón, no te enteras que en dos meses vamos a salir de la crisis y vamos a superar la renta per cápita de Alemania inmediatamente”». He de aclarar que Ramón Tamames era uno de sus consejeros económicos.

También demostró peligrosa simpleza en la pretensión que mostró al comienzo de su primera legislatura como gobernante de que se enseñara el Corán en los colegios públicos a la par que el catolicismo. En aquel entonces todavía debía de escuchar a alguno de sus consejeros, que le tuvo que advertir que el Corán, además de atentar en cada una de sus páginas contra la igualdad de género y contra muchos derechos ciudadanos, viola en sus páginas todas las normas y derechos que establece la Constitución española. Desistió de tal propósito, supongo que con pesar.

El embajador Inocencio Arias también contó en un medio televisivo dos anécdotas sustanciosas sobre la simpleza dicha. En una de ellas se había organizado una cena, creo recordar que en la embajada española en Washington, a la que asistían varios senadores norteamericanos, y en la que Zapatero tenía que hablar. Bueno, prefirió irse a cenar con unos amigos y dar el plante a los senadores. Algo semejante hizo en China, adonde acudió con una importante delegación comercial: dio el plantón a altos cargos políticos y económicos chinos y en vez de acudir a una cena de gala en su honor prefirió practicar footing.

Simpleza no es sinónimo de ignorancia, pero Zapatero compartía ésta a partes iguales con aquella. Poco antes de convocar elecciones y de perderlas, viajó de nuevo a China y proclamó a los medios de aquel país que el desarrollo tecnológico en el estudio de nuevas energías renovables iba a crear en los dos próximos años más de un millón de nuevos puestos de trabajo en España. Y tengo para mí que se lo creía. ¡Después del despilfarro de decenas de miles de millones de euros en esas tecnologías para tener uno de los precios más elevados por kilovatio de Europa! Y creo que se lo creía (o desconocía el valor de la cifra que dio) cuando anunció en la televisión pública que, gracias a su programa de Economía Sostenida, los edificios que albergan los ministerios en España, bajando la temperatura de los despachos en invierno y subiéndola en verano, iban a ahorrar ese año 3.000 millones de euros. Pero mucho me temo que esa cantidad no se gasta en los dichos ministerios ni en cien años.

También gasta por igual simpleza e ignorancia sobre las religiones en su última ocurrencia, la de abogar por una autoridad mundial religiosa. Y es que no distingue entre lo factible y lo deseable (pero en su simpleza se cree capacitado para mediar con éxito en los grandes asuntos del mundo).

Pero no nos engañemos, además de simpleza, por seguir algunas importantes creencias decimonónicas, en muchas de sus propuestas lucía malignidad. Pero esto ya es motivo de otro Post en donde se tratará de su maniqueísmo y sus ansias redentoras.

SEGUIRÁ…