Degeneración democrática. Los políticos como problema

El filósofo inglés Locke y el filósofo francés Montesquieau sentaron las bases de la Democracia Representativa según la entendemos. Se representa la voluntad popular en el Parlamento eligiendo periódicamente a  un conjunto de ciudadanos que serán los encargados  de dirimir los grandes problemas sociales y de tomar decisiones que afectan a toda la sociedad representada. Tal es el llamado Poder Legislador. Éste se complementa y equilibra con otros dos poderes, el Ejecutivo y el Judicial.

En este entramado de equilibrios y contrapoderes la Prensa juega también su papel de denuncia. Es reconocida como el cuarto Poder. Obraría, con su atribución de libertad de prensa, como factor replicante a los abusos de los otros poderes y abogaría por su enmienda. También existe el bastión de la llamada Carta Magna, la Constitución, con la pretensión de fijar unas normas básicas, basadas en la razón y el sentido común, que nos mantengan a salvo de veleidades políticas e ideológicas. Cambiarlas exige una mayoría de dos tercios en el caso de España.

Son múltiples las causas que pueden conducir a una degeneración del sistema democrático, y todas ellas tienen que ver con la ruptura del equilibrio entre poderes o con el desprecio de estos hacia la voluntad popular. Por ejemplo, se empieza a degenerar la democracia cuando los problemas de los ciudadanos dejan de ser un problema para los políticos; cuando los medios de información se convierten en brazos del poder político; cuando esos mismos medios pasan a desinformar, manipular y controlar a los ciudadanos; cuando los partidos y corrientes políticas se convierten en clanes mafiosos ocupados exclusivamente en su beneficio personal; cuando esos políticos inventan inexistentes problemas o agrandan hasta el infinito los que pudieran existir; cuando los jefes políticos se convierten en meros capos mafiosos… Y así podríamos seguir y seguir.

Los políticos son el problema

Me centraré en España. Al decir que los políticos son el problema me refiero a que más que solucionar los problemas de los ciudadanos los crean. Digámoslo claramente, una gran parte de la clase política ha dejado de ser útil para la sociedad y toda su labor consiste en tratar de esquilmarla. Pongamos por caso las medidas del gobierno frente a la pandemia del COVIT. Podemos decir que, una de dos, o bien las capacidades de los responsables políticos en esa cuestión son propias de indigentes mentales, o bien han actuado con una irresponsabilidad delictiva a los problemas de los ciudadanos. Recomendaron no llevar mascarilla (porque no habían hecho provisiones de ellas); pasaron a recomendar mascarillas de baja calidad alegando que las buenas podían hacer que la gente se confiara); animaron a una manifestación feminista (que según estudios de la Universidad de Zaragoza aumentó en 24.000 el número de muertos); se desocuparon  de los ancianos recluidos en residencias; no tenían un equipo científico que diera las instrucciones necesarias; ocultaron el número real de muertos; a través de empresas recién creadas por amiguetes de miembros del gobierno compraron tarde y mal material defectuoso que hubieron de tirar a la basura; la protección que tuvieron los sanitarios fue una mera bolsa de plástico… Actuaron como si no les importara en absoluto los muertos sino, más bien, en sacar rédito político dando millones a manos llenas a las cadenas de televisión para que se ocultaran las noticias que les comprometían.

Parece que gran parte de la clase política se haya organizado en clanes mafiosos, con su capo a la cabeza,  en lucha despiadada contra otros clanes. Clanes que suman 600.000 “soldados”, que son los políticos que en España viven a cuenta de hacer política. En esos empeños una de sus tácticas preferidas es crear artificiosamente problemas para sacar beneficio propio de ellos, aunque causen gran descalabro en la ciudadanía. El PSOE es muy hábil en esta táctica. Los problemas, inventados o engrandecidos, están dirigidos a enfrentar a una parte de la población con la otra parte, a crear hostilidad en las propias familias o en las amistades.

Quizás el mayor ejemplo de monstruosidad creado por un problema inventado fue el del Estatuto de Cataluña de 2006. Lo que solo un 6% de la población catalana consideraba relevante o necesario, por mor del entonces presidente de la Generalitat de Cataluña de vestirse con ropajes nacionalistas que tanto rédito había producido al anterior presidente Pujol, desembocó rápidamente en terremoto autonomista en todas las Comunidades de España (nadie quería ser menos) y en el enfrentamiento independentista que hoy sacude la sociedad catalana. ¡Enfrentar a los ciudadanos para sacar nosotros provecho!

Otros casos le van ligeramente a la zaga en cuanto a generar enfrentamiento. Tenemos el caso del vertido del petrolero Prestidge; los engaños sobre el Transvase del Ebro (que han dejado sediento al Levante español y se han perdido 5.000 millones provenientes de Europa para llevarlo a cabo); el sacar a Franco del Valle de los Caídos; la ignominia inquisidora de la llamada Memoria Histórico…; y las Lenguas. El caso de las lenguas propias es escandaloso. Si se piensa que en los años 70 apenas un 5% hablaban euskera en Euskadi y que solo un 45% hablaban catalán en Cataluña, y que ahora, de modo flagante, se pretenda que no se estudie ni se hable español en esas Comunidades, uno se da cuenta de los problemas que artificiosamente crean los políticos en su propio provecho. En alguna comunidad el asunto de las lenguas resulta esperpéntico. Por ejemplo, en Aragón, en la que un navarro ha reunido palabras dispersas por cuatro valles pirenaicos, que alguna vez en siglos pasado hablaron, como mucho dos mil o tres  personas, y tras llamarlo Aragonés, pretenden que lo aprenda de manera obligatoria toda la Comunidad y que se considere la lengua propia de los aragoneses. Pero, claro, cada político busca su nicho, sus dádivas y, si puede, su particular saqueo de las arcas públicas a costa de crear enfrentamientos y daños.

Colapso democrático

Algunas ideologías abogan por provocar directamente un colapso democrático. Tales  ideologías –contrarias a la democracia—tratan, con todos los medios a su alcance, de imponer un sistema totalitario. Una de ellas es el comunismo, y es de  sobras sabido que allí donde se ha impuesto su primera acción es acabar con ella. Fascismo y Nazismo operan en ese aspecto de modo semejante. Pero también otras opciones político-religiosas son enemigas declaradas de la democracia (en términos conceptuales no existe gran diferencia entre una ideología y una religión; la utopía en una y el orden sobrenatural en la otra). Tenemos los claros ejemplos del Grupo Islámico Armado de Argelia (GIA) y los Hermanos Musulmanes en Egipto, que persiguieron ganar “democráticamente” en las urnas para imponer a continuación un Estado Teocrático, un totalitarismo –bajo la Sharia—al modo saudí. Sin embargo, la amenaza totalitaria a que se enfrentan actualmente muchos países hispanos, y España misma, es la del Socialismo del siglo XXI, auspiciada en Venezuela por Chávez, que ha servido de guía a muchos países Latinoamericanos y al grupo Unidas Podemos en España. Su proyecto es acelerar la degeneración democrática hasta que colapse. Así ha sido implementado el socialismo totalitario en Venezuela. Siguen la estrategia de destruir el sistema democrático sometiendo paulatinamente a todos los Poderes del Estado. Aprovechando todos los resquicios legales y utilizando medios ilegales cuando los consideran necesarios, hacen caer en sus manos al poder judicial y al ejército, arrumban la Asamblea Nacional;  inventan nuevas formas de representación que les favorezcan, o simplemente hacen uso del “pucherazo” en las urnas. Tal es el modelo estratégico que sigue de Unidas Podemos en España.

A la sociedad española se le presenta este dilema: o regeneración democrática o colapso.

IDEOLOGÍAS

 

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  1. Resultan muy preocupantes las ilusiones cegadoras que las ideologías pueden hacer germinar en la conciencia de las personas. A comienzos de los ochenta las élites de la cultura y de la intelectualidad española –y tras ellas muchos ciudadanos de a pie—no cesaban de alabar el comunismo soviético o el chino. Sartre y Foucault entonaban cánticos a Mao, “el Gran Timonel”, y a su “Revolución cultural”. Foucault también se enardecía de satisfacción con el Ayatolá Jomeini  y la revolución teocrática de Irán. Pablo Neruda dedicó unos encendidos versos a la figura de Stalin. Hoy sabemos que la Revolución cultural china y su “Gran Salto Adelante” dejaron 40 millones de muertos de hambre y cientos de miles de fusilados. Que Stalin dejó morir de hambre a seis millones de ucranianos e hizo desaparecer casi 50 millones de rusos, y ya sabemos lo que ha producido la revolución de los ayatolás en Irán.
  2. Ante cualquier publicación que pusiera en cuestión el comunismo en la URSS o en China, toda esa caterva de ideólogos se lanzaban al cuello del autor como lobos sedientos de sangre. Tal fue el caso con el Archipiélago Gulag, de Alexander Sochevisky. Un escritor, entonces afamado, llego a escribir que en caso de no existir tales campos de concentración deberían crearse para meter en ellos a toda esa “basura” que critica la URSS. Pero tal caterva iba en muchos casos más allá, y justificaban el terror de las matanzas dichas como actos necesarios para la revolución.
  3. Porque tal es otro aspecto de las ideologías: se santifican las revoluciones que se hacen en su nombre. La revolución ante todo y sobre todo. Cualquier sacrificio es poco para seguir adelante con la revolución. Millones de muertos, represión como nunca se había dado en la historia de la humanidad, naciones subyugadas y encadenadas a sus pies. Lo único importante era el dios Revolución. Una absoluta miseria física y moral se hallaba escondida tras el llamado Telón de Acero, el muro de espinos con que la URSS aprisionaba a Polonia, Rumanía, Alemania del Este, Checoeslovaquia. Todo eso era ocultado por la caterva cultural e intelectual europea. Se nos hacía creer que detrás del Telón se ocultaba el Paraíso Terrenal.
  4. Lo peligroso de las ideologías no es que quien se guía por ellas renuncie a tener su propio criterio o que abdique de su propio juicio para conocer la verdad y delegue éste en sus comunicadores ideológicos, lo cual nos resulta ciertamente nauseabundo, no; que uno se convierta un poco más que ganado al que se conduce mansamente por la senda de la vida no es lo más peligroso, no; lo más peligroso es que quien “es” de una ideología puede ser conducido a cometer las abominaciones más espantosas o a aceptar éstas con contento, o simplemente que no las vea porque la luz de la ideología deja la realidad entre sombras.
  5. Al adquirir una ideología se pone uno unos anteojos monocromáticos y unas grandes orejeras. Los anteojos impiden ver la realidad o hacen que se vea deformada y de un color especial; las orejeras, como aquellas que se les ponía antiguamente a los mulos y a las burras, sirven para impedir que el sujeto mire a sitio distinto de donde le indican. En nada se diferencia el fanatismo ideológico del religioso.
  6. mao