
Gracias a un pertinaz cultivo de rabia, odio y resentimiento, escuchamos locuras en boca de Irene Montero o Ilone Belarra; vemos un baile de melifluas jóvenes disfrazadas de superwoman a modo de iniciación guerrera contra los hombres; escuchamos rebuznar a borricos en platós televisivos; enajenadas hembras se enojan por que el gallo monte a la gallina; hombres rudos y barbudos se declaran mariposas femeninas; profesionales del odio claman contra el odio ajeno; corazones hipersensibles se abrazan a los árboles en busca de consuelo; un buen ramillete de hombres y mujeres se consideran perros; unos pocos defienden el suicidio colectivo de la especie humana con el fin de salvar el planeta; los hay que se declaran negros, aunque el color de su piel lo contradiga; y otros, a quienes no les cabe más estupidez en el cuerpo, proclaman que escribir sobre una etnia a la que no se pertenece es una suplantación cultural que ha de ser erradicada.
La desintegración de la tribu-nación en numerosas identidades colectivas permite que su control y manejo resulte más sencillo. Cada una de esas identidades se encierra en su pequeño e interesado marco cultural de referencia y se aísla de la realidad circundante. El marco viene configurado por creencias ideológicas, pero en su interior suelen evolucionar ideas y comportamientos no previstos. Como en el interior de un invernadero de hortalizas, cambios en el clima, en el abonado y en el soporte de tierra pueden hacer germinar plantas exóticas y de dimensiones gigantescas: nuevas sensibilidades, una nueva sentimentalidad, ideas raras, razones de frenopático…Lo que resulta más llamativos es que, con el tiempo, prosperan ciertas mutaciones ―ciertas extrañas ideas y sentimientos― que desaparecerían enseguida en campo abierto, pero que, en el interior de ese marco, se propagan a toda el colectivo
Esos marcos de referencia estrechos y alimentados de idealidades son como manicomios en donde uno se declara Napoleón, otro dice querer construir una fábrica de humo y y todos se sienten oprimidos por una realidad enemiga. Al hecho de que los pertenecientes a esas tribus ―esas identidades colectivas― salgan de sus selvas pintarrajeados con los colores del arco iris e inician una danza guerrera en las calles y en los medios se le denomina Wokismo;
PD. Se percibe en tales tribus una degeneración neuronal que es producto de una continuada endogamia ideológica.
