Pequeños confites de estupideces sacras (III)

Marcuse, el marrullero

Tengo que ofrecer una verdad que a poco que se escrute la realidad circundante resulta obvia: No somos buenos por naturaleza. A saber: somos crueles con los que consideramos enemigos nuestros, al menos imaginativamente; sentimos con harta frecuencia envidia, odio, rencor, ira, resentimiento… También ofrece la misma verdad cualquier estudio antropológico de cualquier tribu con tecnología primitiva de las que aún existen. Asevera esa verdad la historia evolutiva del hombre. No existe duda posible. ¡Qué más querríamos que poseer en esencia una naturaleza bondadosa que compartir con todos nuestros semejantes, y vivir en armonía y felicidad, sin rencores, sin enfados, sin menosprecios, sin enfrentamientos, los unos con los otros! Pero, desgraciadamente, nunca en la historia de la humanidad se ha producido una situación semejante.

Sin embargo, Marcuse, el profeta y gran santón de las revueltas del 68 y del movimiento hippie, en sus dos libros más famosos, Eros y civilización y El hombre unidimensional, nos quiere convencer de lo contrario.
Increíblemente, gran parte de la intelectualidad de la segunda mitad del siglo XX calificaron esos dos libros de exquisito análisis e implacable ataque a la represiva sociedad industrial del pasado siglo. Algún día se pondrá en solfa la estupidez inaudita de esa ilustre intelectualidad obnubilada por el brillo del materialismo dialéctico y del psicoanálisis (a los que rindió pleitesía y culto durante buena parte del siglo XX), pero, hasta entonces, enseñemos alguna cosilla, demos algún pequeño confite de ello.

No digo que Marcuse, uno de los pensadores de la denominada Escuela de Frankfurt, no pretendiera ―tal como se le reconoce― ejercer una labor crítica de las sociedades industrializadas, pero ese no es el principal cometido de los citados libros, sino el de convencernos de que es posible el paraíso socialista, y el de labrar tal convencimiento desarrollando un simulacro de demostración «científica» que presente al hombre íntimamente infundido de bondad. Esa supuesta bondad natural del hombre avalaría la posibilidad del paraíso socialista.
¿Qué nos trata de decir Marcuse en Eros y Civilización? Que, de acuerdo con Freud, la civilización se ha construido a costa de la represión instintiva del hombre, pero que, en desacuerdo con Freud, nuestras sociedades industriales avanzadas producen las precondiciones para la existencia de una civilización no represiva, para una liberación. Esta es la tesis que intenta «demostrar» Marcuse.

¿Qué gafas utiliza para ello? El psicoanálisis y la metapsicología freudiana son los anteojos que Marcuse utiliza y nos ofrece para la demostración de la posibilidad mencionada. ¡Qué digo!, son también la perspectiva y la panorámica. Marcuse camina cogido de la mano de Freud y no se separa de él ni un instante. Represión, sublimación, regresión, Eros, Instinto de Muerte, principio del Nirvana, recuerdos filogenéticos, complejo de Edipo, sentido de culpa, Horda primigenia, el id, el ego, el superego… toda esa panoplia de intuiciones freudianas, todos esos cachivaches, todo ese material de derribo, le sirve a Marcuse de argamasa para construir ―mediante un tremebundo cambalache― la argumentación de su tesis: la alquímica destilación de la naturaleza bondadosa del hombre al no existir la escasez (que conduce a la lucha por la existencia). Bien conviene señalar que Marcuse se muestra en ello mucho más freudiano que el mismo Freud, pues lo que este consideró como meras hipótesis de trabajo, son tomadas por Marcuse como incuestionable verdad.

Con toda esa panoplia de «argumentos freudianos» ―pero retorciendo el brazo de Freud para llevarlo hacia donde él cree preciso, para hacerle decir cosas que nunca dijo―nos conduce a esta conclusión gratuita: la «naturaleza» de los instintos es modificable, y Tánatos está subordinado a Eros , así que se abre la posibilidad de que los impulsos destructivos desaparezcan. Esto es, la represión de la sociedad industrial alimenta a Tánatos, pero Eros terminará engulléndole y aparecerá la naturaleza buena del hombre (que hasta entonces había estado como en conserva, reprimida por esos mecanismos freudianos que nunca han mostrado signo alguno de realidad).

Pero como la demostración no le ha llegado a convencer a él siquiera, entonces alega que : La fantasía, el sueño, la imaginación… son los «agujeros» por donde se cuela lo gratificante reprimido de la niñez y de la prehistoria, y por ellos manará la sustancia de la «liberación». Y para remacharlo, después de cantos varios a la unión gratificante de hombre y naturaleza, pasa a ofrecernos la visión que percibe desde su místico estado:

« El Eros órfico transforma el ser: domina la crueldad y la muerte mediante la liberación. Su lenguaje es la canción y su trabajo es el juego. La vida de Narciso es el de la belleza y su existencia es la contemplación.»

Ya tenemos los cimientos de de la nueva civilización: el juego y la belleza. A partir de este momento, reiteradamente, pertinazmente, Marcuse trata de sugestionarnos, trata de convencernos de ello, y habla de la erotización del cuerpo, de las risas, del juego, de la experiencia estética, de la sensualidad, que romperán nuestras cadenas. A fuerza de repetir lo mismo, trata de que lo pongamos de forma permanente en los ojos de nuestra imaginación y que lo demos por bueno. Pero no es otra cosa que mera charlatanería, sin siquiera una sola razón consistente. Estas cosas fueron llamadas filosofía.

A Marcuse el deseo de un paraíso socialista le hace intuir la necesidad del buen salvaje y se lanza con afán a encontrarlo con todas las ocurrencias y marrullerías de que es capaz. Trata de convencernos de que en un mundo sin escasez se dan las condiciones para que emerja una sociedad de ambiente festivo con merienda campestre que aromatiza una exuberante floresta. En ese sinsentido ―porque tal sociedad sería un retorno a la selva―consiste Eros y civilización.

A la vida en una comuna hippie la llamó Marcuse «liberación», pero las comunas han durado lo que dura un suspiro, lo que tarda en aparecer a la palestra la naturaleza del hombre. Una comuna en donde la «enajenación» y la «alienación» estarían ausentes. (¡Cuánto juego han dado esos dos términos en manos de los embaucadores de pensamiento, cuántos mamotretos se han escrito alrededor de esos dos términos hueros!)

Otro día hablaré de El hombre unidimensional, con Marcuse convertido en profeta y odiando a todo el mundo, como cualquier profeta que se precie.

2 comentarios en “Pequeños confites de estupideces sacras (III)

  1. El artículo y teoría que describes me parece bastante atinada e incisiva. Me sorprende que no cites a Rousseau y Emilio, que aunque sólo sea por el simple hecho temporal ha podido ser también fuente de inspiración del Marcuse. Aunque confieso que del que cito al principio no se mas que la letra gorda parece también creer firmemente en ese “buenismo” humano del individuo y en esa maldad absoluta del conjunto. Por cierto de ese contagio del “buenismo” en la Política tenemos algunos ejemplos y aunque no los cito, por creerlo innecesario ya podemos empezar a constatar y a relacionarlo con el “pan como unas hostias” que ahora a lo mejor tenemos que tragar. Un saludo y como se dice con las cartas, “paciencia y a barajar”

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  2. Rafa, si miras “Pequeños confites de estupideces sacras (II)” en el apartado “entradas recientes”, verás que lo titulo Rousseau, el padre del “buenismo”. No cito expresamente su obra “Emilio”, pero sí las conclusiones imaginarias que saca sobre el “buen salvaje”, y cómo Marcuse se convierte en seguidor suyo. Y sí, en este país estamos bien escaldados de los buenistas.
    Un saludo

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