
Desde que Lula y Fidel Castro organizaron el Foro de São Paulo en 1990 con el fin de dar un nuevo rumbo al socialismo ante la inminente caída de la URSS, las revueltas promovidas por la izquierda en América y Europa han mostrado una notable sincronización, orientada a consolidar su poder y minar las instituciones democráticas. Aunque en ciertos casos se hayan aprovechado circunstancias fortuitas como detonante —el aumento del billete de metro en Chile en 2019, la muerte de George Floyd en EE. UU. a manos de un policía en 2020 o el desahucio de una anciana en España en 2026—, los datos sobre la mesa sugieren una estrategia coordinada.
Tras la victoria de López Obrador en México en 2018 y la articulación del Grupo de Puebla, la agitación social se extendió con fuerza por el continente americano: en octubre de 2019 estallaron las revueltas en Chile; en noviembre de ese mismo año, en Colombia; a comienzos de 2020 se trasladaron a Perú, y en junio de 2020 alcanzaron Norteamérica, donde el movimiento Black Lives Matter encendió las calles. Desde esta perspectiva, la izquierda identificó el momento propicio ante el calendario electoral: las elecciones en EE. UU. se celebrarían en noviembre de 2020 y las de los países hispanoamericanos en 2022.
El resultado de ese ciclo electoral confirmó la efectividad del clima generado: Joe Biden se impuso a Trump en EE. UU.; Gabriel Boric, del Frente Amplio, obtuvo la victoria en Chile; Gustavo Petro, antiguo integrante del M-19, venció en Colombia; y el sindicalista Pedro Castillo se hizo con la presidencia en Perú. La revuelta coordinada surtió efecto: el clima de tensión terminó por inclinar el voto.
Ahora, con elecciones generales previstas en varios países europeos, la dinámica vuelve a activarse. Bélgica, Italia, España y Francia —especialmente esta última— ya experimentan sus consecuencias. Si en los países hispanos se utilizó la causa indígena como elemento movilizador y en EE. UU. se articuló a través del movimiento afroamericano, en Europa el foco se traslada a la población magrebí. El patrón se repite con sus respectivos matices. En España, la tensión social vuelve a gestarse y la sacudida promete no ser menor.
En definitiva: agitar el avispero para que el miedo y la incertidumbre condicionen, una vez más, el voto ciudadano.