DE LA CULTURA Y LOS SUEÑOS

Es lo que pasa…, que en una mañana de desasosiego uno empieza a preguntarse cosas como “¿acaso no son nuestros sueños otras vidas que vivimos, otros yoes que poseemos?” y, gracias al cielo, se va pronto por los Cerros de Úbeda y rebaja sus pretensiones de profundidad, pero, gracias también al cielo, encuentra por esos cerros una extensa relación entre los sueños y la cultura a lo largo de la historia, lo cual no es moco de pavo. La expongo en estas líneas.

  Veamos: ¿a quién no se le ha presentado en sueños la figura de un familiar, de un amigo o de un conocido que pasó a mejor vida?, y ¿quién no ha sentido que esa presencia tenía existencia real, que había recobrado vida y que sentimentalmente lo reconocíamos? Excepto por ciertos detalles que nos resultan extraños, en tales casos, la relación con el finado durante el proceso del sueño resulta indistinguible de la relación que solíamos tener con él en vida. Lo reconocemos vivo en el sueño. Así que (situándonos en las primitivas sociedades homo sapiens), de ahí a considerar que los muertos se comunican con los vivos en el escenario de los sueños solo había un paso. Y de esas mismas razones surge la creencia en los espíritus de los muertos, que es universal en las sociedades primitivas. No ha habido civilización del pasado que no elevase altares a estos espíritus. Todavía hoy, en el sintoísmo japonés y en gran parte de China, el espíritu de los ancestros habita la casa familiar y es objeto de culto; por no hablar de las innumerables gentes que hablan en la soledad de su alcoba con sus consortes o padres muertos. Además, esa asunción espiritual de los muertos dio paso a creer en espíritus poderosos que guardaban la tribu y, más adelante, siguiendo el mismo proceso lógico-psicológico, fueron convertidos en dioses antropomórficos. Es decir, los espíritus y los primeros dioses tenían sus raíces en los sueños.

El no entender el argumento de la obra que se representa en el escenario de los sueños, el no encontrar razones claras para lo que sucede en ellos, motiva que se realcen sus interpretaciones. La adivinación mediante el examen de los sueños ha tenido una gran importancia a lo largo de la historia. Para no extendernos más de lo debido, señalaré tan solo dos casos que aparecen en la Biblia, el de Daniel y el de José. En el libro de Daniel se nos cuenta que el rey Nabucodonosor de Babilonia tuvo un sueño que le turbo, aunque no le dejó recuerdo alguno. Exigió a los adivinos que adivinasen el sueño y su significado. Daniel supo decirle que había soñado con una estatua hecha de diferentes materiales que representaban a los diferentes imperios que seguirían al babilónico. Más conocido nos resulta el sueño del Faraón que José ―hijo de Jacob― interpretó. Soñó el Faraón con siete vacas gordas que fueron devoradas por siete vacas flacas, y con siete espigas sin grano que siguieron a siete grandes espigas. Interpretó José que representaban siete años de buenas cosechas a las que seguirían siete años de escaseces, por lo que aconsejó al Faraón que reservase una quinta parte de los bienes durante los años buenos. Ese sabio consejo le valió ser nombrado visir por el Faraón. Pero el adivino más famoso desde hace siglo y medio es Freud. En su celebrada obra, La interpretación de los sueños, pretende hacernos creer que ha dado con las claves científicas para llevar a cabo esa labor. Sin embargo,  el rigor científico brilla por su ausencia en todas las páginas del libro. Nos habla de desplazamientos, trasferencias, oposición, condensación, regresión, inversión, simbolismo…pero no ofrece razón alguna para que dejemos de creer que no son sino meras intuiciones y amaños.

A pesar de los infructuosos intentos de descifrado, muchos sabios hicieron literatura de los sueños. Por ejemplo, las referencias a los sueños abundan en las páginas de Borges. En alguno de sus apuntes considera que el sueño es más vívido que la realidad, y en algunos de sus relatos el sueño es el marco donde se desarrolla el argumento de la obra o el tema central del cuento. Así, en Las ruinas circulares, un heresiarca sueña durante años y con todo detalle a un hombre con el fin de darle vida (dando al sueño poderes mágicos de creación). Finalmente lo consigue, señalando que el hombre creado solo es distinguible de un hombre real por el hecho de no verse afectado por el fuego. Tiene lugar entonces un incendio y, el heresiarca, siente que el fuego no le quema, que él mismo es el sueño de otro. En el cuento Los dos que soñaron, Borges imagina sorprendentes reciprocidades en los sueños de dos hombres. Un hombre de El Cairo sueña que en cierto lugar de Isfaján se encuentra un tesoro escondido. Ya en esa ciudad se ve atrapado en circunstancias que lo llevan a presidio. El jefe de policía lo interroga y se sorprende al escuchar la causa de su viaje. Se apiada de él y lo deja libre no sin antes recriminarle su credulidad. “Yo también sueño con un tesoro escondido en el jardín de una casa de El Cairo, junto a una higuera y un reloj de sol, debajo de un surtidor”, le dice con ánimo reprobador.  El hombre de El Cairo ha reconocido en las palabras del policía su propia casa. Regresa a su ciudad, excava bajo del surtidor señalado y encuentra el tesoro. En otro relato borgiano, El Sur, nos describe la lamentable realidad de su vida y, a la par y en forma de sueño, la vida que hubiera deseado vivir: el contraste entre el ratón de Biblioteca y el cuchillero de la pampa, entre su linaje materno y su linaje paterno.

Los humanos tenemos perturbadores y recurrentes sueños por causa de que hemos dejado cabos sueltos en nuestra navegación por la vida, por problemas no resueltos o promesas incumplidas, en fin,  porque una congoja ha hecho nido en nuestra conciencia. De amigos, conocidos y de mí mismo he recopilado algunos de ellos: el sueño del que se encuentra una y otra vez perdido en una estación de metro o en un tren, sin saber que dirección ni qué sentido tomar; o el sueño en el que uno se pierde repetidamente en cierto trayecto en una gran ciudad; y otros muchos de similar pelaje. En ocasiones llegan a ser sueños angustiosos: uno se encuentra en el interior de un túnel que se va estrechando paulatinamente hasta que le llega la asfixia y despierta. O el tan conocido, en el que el sujeto es perseguido por un toro bravo sin que sus piernas respondan; o el que sueña una y otra vez que vive en una pequeña casa, sucia y pobre, siempre la misma, aunque sus puertas se van achicando con el paso del tiempo, despertando con gran desasosiego. Y tenemos los sueños de situaciones o hechos imposibles: un perro que nos habla, una araña que nos engulle…

El yo del sueño lo percibimos tan real y animoso como el yo que sentimos al estar despierto. Tal vez esta percepción se encuentre en el origen de la creencia en la transmigración de las almas y en la reencarnación, en la que creyeron Orfeo, Pitágoras y Platón: el alma de cada hombre emigra tras su muerte a otro cuerpo. No recordamos vivencias de esas almas previas porque, así como solemos olvidar lo soñado, el alma olvida sus existencias anteriores.

Es muy cierto (y existen diversos estudios al respecto) que el contenido de nuestros sueños repercute en el estado de ánimo que tendemos al despertar, y ese bienestar o malestar se puede aferrar a nosotros durante varios días. También sucede en sentido contrario: parece haber una íntima relación entre lo satisfecho o insatisfecho que nos resulta nuestra vida, con la delicia o el pavor que sentimos en los sueños.

En ocasiones (tal vez las haya experimentado el lector de estas líneas), queda abierta una puerta que comunica brevemente el mundo onírico con el estado de vigilia. En el duermevela se puede producir una situación de éstas. Pero en algún caso raro, esa puerta queda abierta en la vigilia y tenemos plena consciencia del sueño. Una vez desperté con una imagen onírica que se quedó fija en mi mente consciente y allí permaneció durante varios minutos a pesar de que me preguntaba por la razón de que siguiera estando presente. Y ahora que lo pienso, tengo para mí que algunos escritores sufren esta rara permanencia onírica en el estado de vigilia, solo así se puede explicar el despliegue onírico que manifiesta la novela de Mircea Cartarescu, El solenoide.  En ese libro, muchos personajes parecen habitar en el mundo de los sueños, y el sueño no es más que el reflejo de la realidad en un espejo que distorsiona las imágenes.

Nos falta señalar que los neurocientíficos atribuyen ciertas aptitudes a los sueños: ayudan a fijar los recuerdos a medio y largo plazo, proporcionan descanso al cuerpo…Y los amantes de la ciencia ficción coinciden con Borges en que somos el sueño de alguien que nos sueña. En fin, Calderón de la Barca y Shakespeare afirmaron poéticamente lo indiscernible que resultan la realidad y el sueño. “La vida es sueño”, nos dijo el primero; “Estamos hechos de la misma materia de los sueños”, aseveró el segundo.

DEL AMOR Y DEL DESENGAÑO

Es bien sabido que el enamoramiento es un sentimiento extraño que predispone a la locura a quienes lo padecen. Se sabe también que produce felicidades inmensas y quebrantos calamitosos, y que en ocasiones se fija en un perdurable y gozoso embeleso. Lo curioso es que la actividad cerebral del enamorado sufre frecuentes altibajos: a veces se pone de fiesta y a veces, de duelo. Hormonas y neurotransmisores, como cohetes estallando en mil luces en el cielo, saltan las hendiduras sinápticas con euforia desatada, o bien dejan de transitar y en el cerebro y en el alma se hace noche oscura. Dicen los entendidos que ese fulgor dura dos años ―más o menos― en el enamorado, tras el cual viene un descenso que puede llegar hasta el infierno.

En el amor, los engaños y los desengaños están a la orden del día. Sufren engaño quienes han recibido falsas declaraciones o promesas de amor y las han tomado por verdaderas. ¡Cuántos matrimonios o amantes no se hallan en esta tesitura! Otro tipo de engaño es la infidelidad hacia la pareja, es decir, el salto de cama con alguien que no es el supuestamente amado. El desengaño es otra cosa. Es una percepción nueva de la persona amada, de quien desaparecen virtudes que antes se daban por seguras y en quien aparecen defectos que antes se ignoraban. El amante siente que su juicio previo sobre la persona objeto de su amor estaba equivocado. Los rasgos de carácter que se juzgaban hermosos, puros, ideales, se han desdibujado o han aparecido otros que se aprecian nefastos. Para el enamorado, a la persona amada se le cae la máscara. Siente que vivido engañado, de ahí el nombre desengaño. Aparece frecuentemente cuando la convivencia entre los enamorados se ha convertido en una rutina que apaga el festejo químico del cerebro. Afloran rasgos ocultos del “otro”, rasgos que habían permanecido entre sombras cobran ahora relieve y aparece la desconfianza.

Las parejas pelean a menudo y durante años con ese desengaño que produce tanta desconfianza y tanto conflicto entre los amantes. Para lidiar con ello, es preciso que acotemos el amor y el enamoramiento. El amor comprende muchos más tipos de relación que el enamoramiento. Suele perdurar en parejas que han estado juntos muchos años, aunque no se reconozcan como enamorados. Con mucha frecuencia, el amor se convierte en permanente toma y daca de reproches, ternuras, cercanías y discusiones. Tengo para mí que para mantener el rescoldo del amor vivo y la relación armoniosa resulta primordial rendir admiración al otro y respetarlo.

Existe otro término que, aunque relacionado con el desengaño, se produce en otro contexto amoroso. Es el desencanto. Como si el sujeto estuviese sometido a un encantamiento que por algún motivo se rompe abruptamente. Se da en el enamorado cuyo festival químico aún no ha caducado pero al que alguna circunstancia hace caer la máscara que había colocado en el rostro de su persona amada. El descubrimiento de un horrible secreto sobre ella, una tacha imperdonable, una mácula…pueden provocar esa caída. Para producirse el desencanto, como ya se ha dicho, es necesario que exista encantamiento, y el ámbito natural de éste es el del amor idealizado. Hablo de amores que se han construido a lo largo del tiempo con tímidas miradas, sin acercamientos ni otros contactos. El uno es para el otro ―del que cree llevar adherida su esencia en el pecho―una lejana luz que le regocija. El llamado Amor Cortés, que nos trae el eco de la Corte de Leonor de Aquitania, es un amor de este tipo. El amor de quienes disfrutaron un corto periodo de contactos y se encuentran separados, ese amor que se va edificando desde la distancia con idealizaciones de la persona amada es de este tipo. Y suele ocurrir ―todos lo sabemos― que un reencuentro puede desbaratarlo. Se encuentran, hablan, se esparcen en el lienzo del sexo y…, entonces puede ocurrir que la conjura de ilusiones, el amor eterno, hermoso, límpido, que había imaginado, se desfleca en un instante, se desbarata, el cuchillo de la realidad lo rasga.

Hay una circunstancia ―terrible―que pone freno al desencanto. Conocí una pareja que tras tres meses de noviazgo y cuando todo eran chispas brillantes entre ellos, sufrieron un accidente que le produjo a él la muerte. Luego, durante meses, años, lustros y decenios, el encantamiento se ha mantenido en ella como una firma roca. Ahora es el agridulce recuerdo quien le procura felicidad y pena mezcladas, ahora aquel enamoramiento se ha hecho eterno, se ha idealizado. Un amor esculpido en evocaciones, arquetípico, sin mácula porque no hay realidad que lo desgarre. No hay dudas, no hay rutina, no hay esquirla de desagrado que lo enturbie. Aquel estado festivo se ha anclado en el cerebro.

PRESENTACIÓN DEL LIBRO

El libro que presento, “Ideología y Revolución” nos explica los rasgos característicos de las principales ideologías, con particular interés en la que algunos denominan Socialismo del siglo XXI. Es ésta una ideología que ha hecho suyas muchas de las propuestas del feminismo y del ecologismo.

Asimismo, el libro contiene un estudio histórico de las aportaciones con que algunos grandes pensadores han contribuido a dar contenido, forma y evolución a dicha ideología:  Rousseau, Marx, Engels, Gramsci, Marcuse, Adorno, Foucault y varios filósofos del posmodernismo francés. Tampoco faltan las críticas al posmodernismo, la del físico Alan Sokal (el affaire Sokal) o las del filósofo norteamericano Stephen Hicks.

La segunda parte del libro hace hincapié en la revolución llevada a cabo en Occidente en nombre de la ideología dicha. Las estrategias de difusión e impregnación social empleadas para conseguir lo que Gramsci denominó Hegemonía Cultural. Y da cuenta, también, de los fenómenos sociales de candente actualidad, tales como el feminismo de género, la diversidad identitaria, la victimización y otros. El autor agrupa todos los movimientos referidos en una formación que denomina “Iglesia Unificada de los Agraviados”, debido a las similitudes que presenta con algunas organizaciones de tipo religioso.

La última parte del libro, que el autor titula “El tránsito hacia un mundo feliz”, nos habla de la estrecha alianza que se ha establecido entre la “Iglesia” nombrada, las élites de la Tecnocracia y el Capitalismo Globalista, tratando de llevar a término la imposición de las Agendas 2030 y 2050 de la ONU. Alianza cuyo propósito es el de implantar un control moral, social y económico sobre la población. El libro explica cómo se producido dicha alianza, los motivos que la han propiciado y los efectos sociales que está teniendo y tendrá en el futuro más o menos cercano.

Se puede encontrar el libro en numerosas librerías de Madrid, Barcelona y Zaragoza, así como en el Fnac y en Amazon (también en Kindle)

EL MÁS ALLA Y EL SENTIDO DE LA VIDA

El sentido de la vida, profundo pero claro y de aspecto simple, es el perdurar, el seguir ‘siendo’. No hay más. Se han llenado bibliotecas enteras con la filosofía del bla bla bla tratando de encontrar tal sentido por los cerros de Úbeda, pero el único sentido que la biología contempla es el de sobrevivir y aparearse. Dígase lo que se quiera de la mente, de la conciencia…, la biología les tiene agarrados por sus partes. ¡Quien manda manda!

Sobrevivir es nuestro Norte y a veces lo traducimos como deseo de inmortalidad. El primer registro literario de la Historia, el Poema de Gilgamesh, escrito hacia el 2.700 a.C. en la antigua Mesopotamia, ya pone su mayor énfasis en la inmortalidad. En su busca parte el héroe, Gilgamesh, rey de Ur, sin finalmente conseguirlo. ¿Sabéis que los grandes multimillonarios tecnológicos están gastando grandes fortunas en una gigantesca investigación destinada a alargar la vida o regenerarla?

Bueno, digo ya que la inmortalidad no es el tema principal que trato en este escrito, sino que lo es las soluciones ilusorias que se han ideado para mitigar la angustia de ser mortal, de tener que morir, de dejar de ser.

Son soluciones religiosas. No hay religión que no haya pintado un Más Alla gozoso tras la muerte del cuerpo (si has cumplido con los preceptos necesarios). Tales soluciones tratan de negar la muerte total, tratan de luchar contra la angustia de tener que morir, de endulzarla, de oponerse ilusoriamente a un ineludible destino. Las soluciones ofrecidas son muy variadas y numerosas: el Cielo cristiano, el paraíso islámico, el Jardín del Edén judío, los Campos Elíseos habitados por los héroes griegos, el Hamistakan de los persas según Zaratustra o el Campo de Juncos de los egipcios. En todos los casos nombrados el Más Alla es un lugar ideal y utópico en donde reinan la paz, la armonía, el disfrute y la muerte y la enfermedad están ausentes.

Pero en otras soluciones el Más Alla se encuentra en este mundo nuestro, aunque de forma fantasmagórica. Es sabido que no existe una tribu primitiva en que sus miembros que no crean estar protegidos o amenazados por los espíritus de los muertos. En China y Japón son muy venerados los espíritus de los ancestros, a quienes se les pone en un lugar preferente del hogar de cada familia.

Ahora fijémonos en que en todos los casos expuestos hay una suposición latente: que existe una entidad incorpórea que se separa del cuerpo con la muerte de éste. Llámese alma o envoltorio del alma o parte del ‘alma’ universal o espíritu, es esta entidad la que accede a los lugares de bienaventuranza o la que ronda los campamentos tribales o la que reside en los lares familiares. Sin embargo, en otras culturas y religiones tales entidades, tales almas (démosle este nombre para compendiarlas) tienen otro destino, diferente a los nombrados en el Más Alla de la muerte.

Los celtas y los tracios creían en la metempsicosis, esto es, una transmigración de las almas desde los cuerpos que mueren hacia otros cuerpos que nacen. Pitágoras, Platón y los practicantes de la Cábala judía sostenían una creencia semejante. Ahora bien, con no muchas diferencias (las que existen —hilando fino— entre la transmigración, la reencarnación y la metempsicosis), las religiones con origen en el hinduismo creen en la reencarnación del alma en un nuevo cuerpo, según un ciclo —rueda del Karma— que solo se detiene si uno logra la ‘liberación’, lo que los budistas denominan el Nirvana. Según la doctrina de que se trate, el nuevo cuerpo al que el alma accede puede pertenecer a una categoría inferior como un insecto o un árbol o a una superior. Dependerá de los méritos acumulados durante las sucesivas vidas por las que haya transitado. En el jainismo, por ejemplo, el alma puede llegar a alentar a un ser semidivino, y en el budismo es posible lograr el cese de la reencarnación.

No podemos ser exhaustivos, pero el abanico de religiones y de soluciones al Más Alla no se acaba ahí. Más cercanos a nuestra cultura tenemos a los cátaros, una heterodoxia cristiana que se extendió hasta el siglo XIII por amplias zonas de Europa. Creían en la reencarnación, que cesaba una vez el adepto era capaz de conocer la divinidad. Y, ¿acaso no tenemos popularizado en nuestra cultura un renacimiento de los muertos? Todos hemos oído hablar de la Segunda venida de Jesucristo y de la consiguiente Resurrección de los muertos para ser juzgados en el Juicio Final.

En fin, mejor sigamos viviendo en nuestro cuerpo tanto como éste nos permita. Seguir siendo. Tal es el único sentido de la vida.

Devaluación Cultural en el Siglo XXI

La cultura fue siempre una manifestación de las élites para las élites. Tenía la virtud de que enganchaba a ella el interés de la población por el conocimiento y por participar del aprecio cultural. Había hambre de conocimiento y hambre de saber identificar el arte y gozar de él. Así que la cultura se hizo objeto de veneración.

Sin embargo, durante el último tercio del siglo pasado, las doctrinas igualitarias lanzaron desde el arte y la filosofía un feroz rechazo contra el elitismo en la cultura. Se dejó de requerir que las obras culturales gozasen de excelsitud. A las nuevas obras no se les exigía poseer mucha calidad artística para ingresar con todos los honores en el panteón cultural. Así que, la cultura, que anteriormente iba dirigida a las dichas élites para consumo propio y admiración ajena, fue dirigida ahora a las clases medias. Pero en el siglo XXI la desvalorización cultural ha ido en aumento y agradar a las masas se ha convertido en requisito indispensable para que una manifestación pueda ser tildada de cultural. Pero esto, que desde mi punto de vista puede resultar un acierto, da pie a que cualquier locura, cualquier absurdo, cualquier extravío se pone hoy de moda y se eleva a altar del arte o la cultura. Esa misma vulgarización ha hecho que el mundo juvenil, liberado de los corsés de la belleza, del buen gusto, de la inteligencia, del sentido común, se abrace a cualquier esperpento. Para darse cuenta de ello solo hay que echar un vistazo al festival de Eurovisión.

Ahora se llama teatro a cuatro payasadas sin tino sobre un escenario; se llama danza a cuatro jóvenes en bragas contorneándose ante un público erotizado. De modo parecido, el pensamiento ha sufrido también su devaluación. Hoy las simplezas y las estupideces que salen de la boca de ‘los apóstoles ideológicos’ se consideran mensajes profundos.

Todo el carrusel de lo que se determina hoy en día como cultural, se lanza hacia las masas hambrientas de morbo. Así que esas masas elevan cualquier memez — sobre todo si viene arropado por una ideología— a la categoría de arte. De modo semejante, se rechaza la evidencia y la necesidad de prueba para establecer una verdad. Solo el ‘sí ideológico’ la determina. Hoy en día solo se acepta como verdad lo que ha sido proclamado dogma ideológico.  La masa demanda y la ideología la contenta.

Con tales devaluaciones —como cuando Prometeo entregó el fuego a los hombres o cuando Pandora abrió la caja de las desgracias que desde entonces asolan el mundo—, la locura ha hecho presa de las masas: cientos de supuestos idiomas ‘reviven’ de su prematura muerte o, incluso, de su inexistencia; se desata la locura climática, una nueva Inquisición pugna por linchar a todo discrepante o heterodoxo… y, en resumen, lo burdo y lo simple se tachan de excelso y el dogma de ‘verdad’.

De Sartre, Borges y Nietzsche

SARTRE

Sartre se esmeró con ahínco en engañar al público europeo para salvar el comunismo. Aseguró que en la URSS existía una absoluta libertad de prensa; alabó a Mao y a Stalin; persiguió con fiereza a todos los intelectuales franceses que se desviaron de la ortodoxia comunista (entre ellos, Albert Camus, Arthur Koestler y Simon Leys). Sartre es uno de los intelectuales del siglo XX que atacaron las democracias occidentales —donde ellos gozaban de total libertad, de una buena posición económica y del aplauso social— y defendieron las inmensas prisiones en que se habían convertido China y la URSS. Bien es cierto que Sartre era bajito, feo y tuerto —una bolita de piel y tinta, tal como le tildaba Simone de Beauvoir, además de insinuar que era impotente—, así que, sintiéndose superior intelectualmente, su resentimiento era inmenso. Un resentimiento que vertió sobre Occidente. ¡Y no hablemos de Althusser, visitante asiduo de psiquiátricos, que terminó asesinando a su mujer!¡Qué gran ejemplo hubiera dado toda esa intelectualidad, incluyendo a Pablo Picasso, yéndose a vivir un par de años a su ‘paraíso’ soviético o chino!

BORGES. NIETSZCHE

Para trazar su ficción, los escritores toman como modelos a gentes con quienes han socializado o cuyos caracteres y vivencias son harto conocidas por el público, lo cual no quita que todos los relatos literarios posean un fuerte componente biográfico. Algunos van más allá y en alguna de sus obras literarias o de pensamiento presentan un héroe en cuyos rasgos descubrimos al autor mismo. Esos personajes representan lo que el escritor hubiera querido ser en esta vida, juegan el papel que les hubiera gustado jugar y no el que han jugado.

Borges, un hombre necesitado de amparo, que vivía entre tinieblas, quiso ser un pendenciero en la pampa argentina y, en el Sur —un relato mitad autobiográfico mitad ficción— dibujó el contraste entre la realidad de su vida y su vida anhelada. El contraste entre un hombre de biblioteca, medio ciego, desmañado, asustadizo, y un hombre de pendencia y acción.

Nietzsche abogó por el hombre altivo, fuerte, despiadado, instintivo…, aristocrático, pero el fue un hombre asustado, temeroso, necesitado de afecto y protección. En carta a Franz Overbeck de diciembre de 1985, se humilla sin rubor alguno ante su amigo: «Por eso necesito que la gente se ocupe de mí. Lo poco práctico de mi naturaleza, la semi ceguera y, por otra parte, el carácter temeroso, desamparado, desanimado, que es consecuencia de mi salud, me suelen atar a situaciones que casi me matan».

Parece ser usual y propio de la naturaleza de los escritores, expresar en la escritura la satisfacción de sus deseos más íntimos, aquellos que no pueden satisfacer en su vida real. Tal acción se enmarca dentro de otra más general: mediante la escritura se evade uno de la realidad que le lastima. Esto es: escribir es un sucedáneo del vivir.

Cinco ciegos, un sordo y cuatro farsantes

Cinco ciegos y un sordo

Asegura la leyenda que un ciego recorría la Hélade recitando las aventuras de Aquiles y Ulises. Éste de quien hablo, poeta, cantor, excelso narrador de avatares y maquinaciones de dioses y hombres, en suma, Homero, legó a las generaciones venideras dos de los grandes motivos de felicidad de los hombres, la Odisea y la Ilíada. La Historia nos recuerda otros ciegos que crearon obras maravillosas. John Milton, James Joyce y Borges son tres de los más relevantes. Sus mejores obras nacieron cuando ya habían perdido la vista o cuando las tinieblas les acechaban. El Paraíso perdido, de Milton, Finnegans Wake, de Joyce, y Ficciones, de Borges, quizás sus mejores obras, fueron escritas en una casi absoluta oscuridad.

Todas las obras mencionadas fueron obras capitales y revolucionarias. La literatura no será la misma después de ellas. Sin obviar la influencia ejercida por la dolorosa existencia que padecieron todos ellos, parece que la soledad, la introspección, el aislamiento que procura la ceguera, les hubiera habilitado para labrar un camino hacia la belleza. Como si al evitar que les entretuviera la visión de las cosas, sus voces interiores entrasen en agitación y sabiamente creasen una consistente y bella urdimbre. En apoyo  a esta interpretación acude la leyenda que habla de otro excelso griego, Demócrito de Abdera, quien se sacó los ojos para que la belleza del mundo no le distrajera.

Debo añadir un sordo a este listado de ciegos; al fin y al cabo tiene parangón perder la vista y perder el oído. El divino sordo al que me refiero no es otro que Beethoven, tras del cual, la música no sería ya la misma.

Me contaba mi abuelo el antiguo peregrinar de algunos invidentes por los pueblos de España. A cambio de unas monedas o de algún chusco de pan, esparcían con gracia y pedagogía las que se conocieron como Coplas del ciego. La ceguera parece ser un recipiente donde se adoban las palabras y se destilan los pensamientos. Tengo por seguro que muchos, a cambio de obtener gracia artística, ofrecerían gustosos su vista…, esa gracia que los ciegos y el sordo nombrados adquirieron.

Cuatro farsantes

El ex Secretario de Estado norteamericano, John Kerry, predijo en 2009 que para el 2014 se habrían derretido los casquetes polares, sin embargo, el de la Antártida ha aumentado y el del Ártico sigue ahí siete años después de la imaginada apocalipsis. Es de suponer que, dada su posición como senador, poseía datos fehacientes del clima, por lo que podemos afirmar que, descaradamente, mintió con el propósito de producir alarma social. Como «premio» el presidente Biden lo ha nombrado Embajador especial para el Cambio Climático.

Sobre el Cambio Climático planea la sombra del Climategate. Varios hackers destaparon en noviembre de 2009 cientos de emails  de investigadores del Cambio Climático en que se conjuraban para ajustar  gráficos y  datos, o para eludir la entrega de datos que pusieran en duda la gravedad de tal cambio, o para tratar de impedir que científicos críticos pudieran publicar en revistas científicas. En el centro de la conjura estaba el Climatic Research Unit (CRU)de la Universidad de East Anglia, con su director Phil Jones, que tuvo que dimitir. La maniobras para crear alarmismo y recibir a cambio sustanciosos recursos para la investigación, parece ser una labor no muy rara. El mismo Phil Jones ha sido también acusado de fraude científico por ocultar datos sobre el efecto de las ciudades en el aumento de temperatura.

El gurú climático de Al Gore y su Una verdad incómoda fue el profesor Michael Mann, de la Universidad Estatal de Kent y famoso por su “diagrama del palo de hockey[1]” en relación al Cambio Climático. El Dr. Timothy Francis Ball, antiguo profesor en el Departamento de Geografía de la Universidad de Winnipeg en Canadá dijo que una entrevista que la IPCC, desde su creación, venía manipulando los datos climáticos para llegar a los resultados deseados, y en el saco de la manipulación metía el “palo de hockey” de Michael Mann. La respuesta de Mann fue una demanda por difamación y calumnias. La demanda, con varios millones de dólares en litigio se inició en 2011 y llegó hasta la Corte Suprema de la Columbia Británica. La corte pidió a Michael Mann que mostrase su investigación científica, pero éste se negó (extraña forma de defender su “verdad incómoda”, el Pan Nuestro del Cambio Climático), lo que le costó perder el juicio y tener que pagar una buena suma de dinero. El Tribunal concluyó con que los datos del “palo de hockey” habían sido manipulados y falsificados. Ahora bien, a Al Gore “el palo de hockey” le fue estupendamente. Yendo con su yet privado de aquí para allá cobrando una tarifa de 70.000 euros por conferencia, paso de declarar a la Hacienda Norteamericana 700.000 dólares en el año 2000, a 172,5 millones en el año 2015. Hoy en día es uno de los personajes con más poder en Davos, la ONU y el Club de Roma. ¡FARSANTES AL PODER!


[1] El diagrama del palo de hockey aseguraba que las temperaturas habían permanecido bastante inamovibles durante los últimos mil años, y que al llegar el siglo XX la temperatura media sufrió un súbito aumento. El resultado se asemejaría a un palo de hockey en posición horizontal.