DEL AMOR Y DEL DESENGAÑO

Es bien sabido que el enamoramiento es un sentimiento extraño que predispone a la locura a quienes lo padecen. Se sabe también que produce felicidades inmensas y quebrantos calamitosos, y que en ocasiones se fija en un perdurable y gozoso embeleso. Lo curioso es que la actividad cerebral del enamorado sufre frecuentes altibajos: a veces se pone de fiesta y a veces, de duelo. Hormonas y neurotransmisores, como cohetes estallando en mil luces en el cielo, saltan las hendiduras sinápticas con euforia desatada, o bien dejan de transitar y en el cerebro y en el alma se hace noche oscura. Dicen los entendidos que ese fulgor dura dos años ―más o menos― en el enamorado, tras el cual viene un descenso que puede llegar hasta el infierno.

En el amor, los engaños y los desengaños están a la orden del día. Sufren engaño quienes han recibido falsas declaraciones o promesas de amor y las han tomado por verdaderas. ¡Cuántos matrimonios o amantes no se hallan en esta tesitura! Otro tipo de engaño es la infidelidad hacia la pareja, es decir, el salto de cama con alguien que no es el supuestamente amado. El desengaño es otra cosa. Es una percepción nueva de la persona amada, de quien desaparecen virtudes que antes se daban por seguras y en quien aparecen defectos que antes se ignoraban. El amante siente que su juicio previo sobre la persona objeto de su amor estaba equivocado. Los rasgos de carácter que se juzgaban hermosos, puros, ideales, se han desdibujado o han aparecido otros que se aprecian nefastos. Para el enamorado, a la persona amada se le cae la máscara. Siente que vivido engañado, de ahí el nombre desengaño. Aparece frecuentemente cuando la convivencia entre los enamorados se ha convertido en una rutina que apaga el festejo químico del cerebro. Afloran rasgos ocultos del “otro”, rasgos que habían permanecido entre sombras cobran ahora relieve y aparece la desconfianza.

Las parejas pelean a menudo y durante años con ese desengaño que produce tanta desconfianza y tanto conflicto entre los amantes. Para lidiar con ello, es preciso que acotemos el amor y el enamoramiento. El amor comprende muchos más tipos de relación que el enamoramiento. Suele perdurar en parejas que han estado juntos muchos años, aunque no se reconozcan como enamorados. Con mucha frecuencia, el amor se convierte en permanente toma y daca de reproches, ternuras, cercanías y discusiones. Tengo para mí que para mantener el rescoldo del amor vivo y la relación armoniosa resulta primordial rendir admiración al otro y respetarlo.

Existe otro término que, aunque relacionado con el desengaño, se produce en otro contexto amoroso. Es el desencanto. Como si el sujeto estuviese sometido a un encantamiento que por algún motivo se rompe abruptamente. Se da en el enamorado cuyo festival químico aún no ha caducado pero al que alguna circunstancia hace caer la máscara que había colocado en el rostro de su persona amada. El descubrimiento de un horrible secreto sobre ella, una tacha imperdonable, una mácula…pueden provocar esa caída. Para producirse el desencanto, como ya se ha dicho, es necesario que exista encantamiento, y el ámbito natural de éste es el del amor idealizado. Hablo de amores que se han construido a lo largo del tiempo con tímidas miradas, sin acercamientos ni otros contactos. El uno es para el otro ―del que cree llevar adherida su esencia en el pecho―una lejana luz que le regocija. El llamado Amor Cortés, que nos trae el eco de la Corte de Leonor de Aquitania, es un amor de este tipo. El amor de quienes disfrutaron un corto periodo de contactos y se encuentran separados, ese amor que se va edificando desde la distancia con idealizaciones de la persona amada es de este tipo. Y suele ocurrir ―todos lo sabemos― que un reencuentro puede desbaratarlo. Se encuentran, hablan, se esparcen en el lienzo del sexo y…, entonces puede ocurrir que la conjura de ilusiones, el amor eterno, hermoso, límpido, que había imaginado, se desfleca en un instante, se desbarata, el cuchillo de la realidad lo rasga.

Hay una circunstancia ―terrible―que pone freno al desencanto. Conocí una pareja que tras tres meses de noviazgo y cuando todo eran chispas brillantes entre ellos, sufrieron un accidente que le produjo a él la muerte. Luego, durante meses, años, lustros y decenios, el encantamiento se ha mantenido en ella como una firma roca. Ahora es el agridulce recuerdo quien le procura felicidad y pena mezcladas, ahora aquel enamoramiento se ha hecho eterno, se ha idealizado. Un amor esculpido en evocaciones, arquetípico, sin mácula porque no hay realidad que lo desgarre. No hay dudas, no hay rutina, no hay esquirla de desagrado que lo enturbie. Aquel estado festivo se ha anclado en el cerebro.

EVOLUCIÓN DE IDEAS Y ESPECIES

A ver si me explico. El león, tras tomar muchas bifurcaciones en un largo camino evolutivo de lucha contra el medio hostil, se ha conformado en atención a su fiereza y poder. El guepardo, llegando por otro camino y tomando otras bifurcaciones evolutivas ha asentado su supervivencia en la velocidad. En cambio, el camino evolutivo de otras especies, en otros medios, ha seguido el rumbo de adquirir llamativos rasgos que les proporcionasen ventaja para el apareamiento sexual.

Así, el pavo real despliega un hermoso plumaje en competición con otros machos para atraer a las hembras a copular. Con el mismo propósito, los ciervos macho exhiben la magnitud de su cornamenta y su gran berrido en la competición.

Imaginemos que el medio en que se desenvolvieron los ancestros del león y del guepardo no hubiera sido hostil, es decir, que no hubieran tenido que luchar por el alimento ni por la defensa de su vida. En tal caso, su norte hubiera sido el del pavo real y el ciervo, la adquisición de vistosos rasgos para obtener primacía en el apareamiento, por lo que el león y el guepardo resultarían mucho más vistosos (desde el punto de vista de las hembras), pero sin su poderío y velocidad. Y, puestos a imaginar, imaginemos que la reproducción de esas especies hubiera podido ser asexual. Bueno, entonces, sin selección natural ni sexual, cualquier bifurcación habría sido posible, es decir, existiría un sinfín de formas y rasgos distintos en cada especie,  los animales carecerían de habilidades y capacidades reseñables y el más ligero contratiempo pondría su supervivencia en grave peligro.

Bueno, con el mundo de las ideas sucede algo semejante. Ciñámonos a Europa para evitar dispersiones y que el asunto tenga más coherencia. En un mundo muy hostil aparecen por doquier ideas religiosas que prometen esperanza y consuelo en el Más Allá. Al cambiar la forma de la hostilidad del medio en el siglo XIX, aparece la Ciencia, la creencia en las bondades del comercio, y aparece el comunismo, que en su esencia es una idea religiosa que traslada el paraíso a la Tierra. Otras tendencias, propensiones, mutaciones o bifurcaciones aparecían frecuentemente, pero poseían rasgos poco aptos para el hostil hábitat de los europeos en ese siglo. Los cátaros, el vegetalismo y otras ideas previas tuvieron poco recorrido y fueron podadas del acervo de la población.

Ahora imaginemos que en Europa se hubiese desterrado la hostilidad del medio, es decir, que las necesidades alimenticias hubiesen estado bien cubiertas, no hubiera habido guerras y se hubiesen respetado todas las ideas (vaya, una utopía socialista). Algo así, excepto porque las necesidades no estaban cubiertas, tuvo lugar en la India durante algunos siglos en que apareció el budismo, el jainismo y millones de dioses hindúes.

Bien, en la Europa de la segunda parte del siglo XX se perdió esa hostilidad de que hablo y todas las ideas, unas más propensas al desarrollo que otras, se pudieron desarrollar sin poda. Entonces, la locura humana abrió sus fauces y exhaló ideas con contenidos, formas y coloridos extraños, fétidos en muchos casos. Lo de que la mujer es un constructo social, el transexualismo percibido, el ofenderse y denunciar por una mirada o un piropo, la deificación de la naturaleza, la santificación del sufrimiento animal, la idea de vengarse por hechos que tuvieron lugar hace mil años, la idea del lecho de Procusto aplicado a lo social en temas económicos, políticos, de trabajo e incluso de belleza, la idea de disminuir la población mundial a cien millones o de hablar de dignidad de árboles y montañas, la idea de no tener hijos para que no maltraten a los animales o para mantener el planeta a salvo…y, en fin, la idea más peregrina de todas, la de acabar con la población humana sobre el planeta para que éste se salve.

Conclusión: las ideas religiosas, las utopías, el misticismo, el budismo, el taoísmo, el confucionismo…, ideas que penetraron en la conciencia humana durante siglos, tenían funciones beatíficas tales como llevar esperanza y consuelo a las gentes, evitar su sufrimiento, desapegarlo de las ilusiones materiales, producirle paz y tranquilidad…Eran ideas destinadas a producir bienestar humano. Habían sido seleccionadas por su eficacia en esa misión. Sin embargo, las nuevas ideas sobrevenidas por la falta de hostilidad social, sin poda ni selección alguna, parecen destinadas a producir malestar, confusión y caos. Y es que si las ideas previas tenían como intención el bien de la humanidad, las nuevas surgen del resentimiento y su intención es la de destruir. Y recuérdese que el resentimiento y el rencor son fuerzas muy poderosas y dañinas, por esa razón se podaban o depuraban.