Del simplismo ideológico II

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No es mi pretensión exponer un catálogo exhaustivo de simplezas ideológicas, así que a las que expuse en la entrada anterior añadiré sin más las dos que siguen. Entre los simples tienen gran predicamento.

El Islam es la religión de la paz. El simple de que estamos hablando asevera esto, ofreciendo razones tales como “la consabida hospitalidad de los musulmanes”, o una supuesta “convivencia pacífica de cristianos, judíos y musulmanes en Al-Ándalus”, y presenta un memorial de agravios cometidos por  los intransigentes cristianos de Occidente contra el musulmán, empezando por las Cruzadas medievales. En la mente del simple –cargado de una ideología construida únicamente por consignas y lemas—los musulmanes forman un conjunto de víctimas inocentes, de buenas gentes primitivas a las que se debe reparación. Pero la realidad es otra bien distinta. Las muestras de hospitalidad se producen solamente entre musulmanes y de su alcance y extensión nos da señal la inmensa riqueza de los jeques del petróleo y la escasez con la que se enfrentan una gran mayoría de musulmanes.

La supuesta convivencia andalusí es un mito que no se sostiene en pie. Los más prestigiosos historiadores que han estudiado ese periodo están de acuerdo en la falsedad de las afirmaciones que se vierten sobre la tal convivencia. Después del siglo XII, tal como sucedió en todo el Islam, se impuso en Al-Ándalus una rígida intransigencia doctrinal que en tierras musulmanas produjo la quema de todos los libros que no fueran el Corán y que convirtió a una buena parte de los judíos y  los cristianos (mozárabes) en siervos del musulmán o bien en ciudadanos de segunda clase en cuanto a derechos, a la vez que se les asfixiaba económicamente con una dura tributación.

Las Cruzadas, en cambio, fueron una terrible realidad histórica, pero, ¿cree el simple que los musulmanes vinieron a conquistar España con una sonrisa en los labios?, ¿cree el simple que se apoderaron de Persia y buena parte de Asia y África portando flores en la mano? No. El alfanje, el terror y la sangrienta aniquilación del enemigo fueron los más sólidos argumentos empleados para conseguirlo.

Quizás ignore el simple que el tráfico de esclavos ha sido el negocio más lucrativo del Islam a lo largo de su historia; quizás ignore que los millones de africanos que fueron trasportados hasta América fueron capturados y vendidos por árabes, y que con ello despoblaron grandes regiones africanas. Quizás ignore el simple que al día de hoy el comercio de esclavos es boyante en Libia.

¡La religión de la paz!, dicen de una religión que establece la Yihad (la guerra santa) contra los infieles; que dispone a la mujer como sierva del hombre; que condena a muerte al apóstata (quien intenta dejar de pertenecer al Islam); que rechaza la libertad, la homosexualidad y la democracia; y que alienta el empleo del terrorismo como arma. El simple confunde guerra, terrorismo y esclavitud, con la paz. ¿Cabe un grado de simpleza tal?

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Los culpables de todos nuestros males son España y Norteamérica. Tal es el eterno gemir de las plañideras simplonas hispano-americanas. En ese lamento viven paralizados, hasta el extremo de que ninguna consideración de futuro parece importarles. Su vitalidad no se dirige a elaborar proyectos para el porvenir sino a quejarse del pasado y a culpabilizar. La plañidera vive de relamerse sus heridas y de aparecer como víctima ante los demás; y, claro está, de declarar a otros culpables de sus desgracias y concitar odio en su contra.

Todas las desgracias de Latinoamérica se achacan al saqueo que primero realizó España en aquellos lares, y posteriormente Norteamérica. Eso lo tienen claro todos los de ideología simple a un lado y otro del “charco”. El simplón López Obrador, presidente mejicano, pide que el rey de España pida disculpas a Méjico por la obra de Hernán Cortés. Una muestra más de la apariencia buenista del simple, que presenta a los indígenas revestidos de las virtudes de la paz y la concordia. Recuérdese que Moctezuma II ofrece a los hombres de Cortés el regalo de corazones humanos que estos se negaron a comer, lo que provocó la furia del emperador azteca.

Cazar  indígenas de otras tribus y comérselos era uno de los quehaceres de los aztecas, y se cifra en 50.000 el número de los sacrificados anualmente. Quizás no haya habido en la historia una monstruosidad semejante. De hecho, ¿cree el simple que los 500 hombres de Cortés podrían haber conquistado Tenochtitlán de no haber contado con la ayuda de numerosas tribus, principalmente los txalcaltecas, que eran sistemáticamente masacrados por los aztecas?

Y se ha de poner la conquista en su contexto. Cierto es que la población mejicana fue diezmada por los virus y bacterias llevados por los españoles y para los cuales el sistema inmunológico de los nativos no estaba preparado. Recientes estudios han llegado al convencimiento que la culpable fue la Salmonella ( https://natureecoevocommunity.nature.com/users/83606-christina-warinner/posts/30037-mixtecs-aztecs-and-the-great-cocoliztli-epidemic-of-ad-1545-1550 ). Provocó una mortandad semejante a la provocada en Europa por la Peste Negra unos siglos más tarde. Pero si comparamos la colonización española con la llevada a cabo por los  ingleses en América del Norte o con la que llevaron a cabo los holandeses en África del Sur, la española está a infinita distancia por encima de las otras en cuanto a derechos para los nativos. Las Leyes de Burgos que los Reyes Católicos sancionan dicen que los indios son hombres libres, que su trabajo se debía recompensar con un salario justo y que la mujer lactante y los menores de 14 años estaban exentos de trabajar. Nada que ver con la ausencia de derechos y reconocimientos de los indios norteamericanos o con la segregación racial en las colonias holandesas, inglesas, o belgas. Compárese el porcentaje de mejicanos descendientes de indios, casi un 90%, con el apenas 1% en Norteamérica. Y el mestizaje, que solo es característico en Latinoamérica.

Pero el ambiente cultural latinoamericano, alentado por muchos de sus intelectuales, se recrea y se detiene en el victimismo de culpar a los demás de todos sus males. Países como Corea del Sur, Malasia, Indonesia o Tailandia eran paupérrimos solo treinta años atrás y hoy son economías punteras. Su virtud: laborar y no ocuparse en lamentaciones. Pero Latinoamérica sigue haciéndose eco de los lamentos de plañidera de la intelectualidad hispano americana, Eduardo Galeano, Gabriel García Márquez, Pablo Milanés…, que lanzan la sangrante idea de “España y Norteamérica se han enriquecido a nuestra costa y son la causa de nuestra pobreza”. Hoy en día ningún economista se atrevería a decir tamaña insensatez. Como pone Antonio Escohotado de manifiesto en su magnífica trilogía, Los enemigos del comercio, el comercio entre Metrópoli y colonia es enriquecedor para ambos, pero especialmente para la colonia. Todavía se puede decir que buena parte de los monumentos, sistemas viarios e Instituciones latinoamericanas son de los tiempos coloniales, y que en muchos países parece haberse detenido el tiempo desde entonces.

La simplona y falsa idea lanzada en Las venas abiertas de América Latina,  de Eduardo Galeano, incita a regocijarse en lamerse las propias heridas antes que intentar suturarlas. No se quiere recobrar la vitalidad, no se quieren cerrar las heridas (algo semejante ocurre en España con los cantos de plañidera a la Segunda República y a la Guerra Civil española); resulta más gozoso mostrarlas y añadir a ellas tintes rojos y señalar culpables y concitar odios, “mirad, aquí podéis ver lo que me hicieron estos o aquellos malditos, pobre de mí, mirad como sangran mis heridas”. Tan gozoso resulta que se detiene cualquier propuesta de cura. Pero ya se sabe hacia dónde conduce tanto llanto y victimismo: hacia Cuba y Venezuela.

 

 

La ley y la máscara

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Es sabido que tras  de algunos actos humanos se esconden propósitos inconfesables. También detrás de algunas leyes. Voy a exponer una ley que, a mi modo de ver, Hace el papel de  máscara engañosa con la  que tapar las intenciones con las que ha sido redactada. Se trata de la reciente modificación a la llamada Ley de Memoria Histórica, que aparecía con piel de cordero para ser utilizada, realmente, con la furia de un lobo.

La modificación que digo, pretende prohibir y penalizar cualquier manifestación que enaltezca de cualquier modo el franquismo o que simplemente nombre sus logros. Ahora bien, el franquismo no fue una ideología a la haya que temer (algunas ideologías son perniciosas en sí y se debe luchar contra ellas), sino un sistema político. De hecho, similar en muchos aspectos  al sistema que –según reiteradas declaraciones de Pablo Iglesias—Podemos pretende imponer en este país (control de los medios de comunicación, nacionalización de una parte importante de la banca, exhaustiva reglamentación de la vida ciudadana, un modelo parlamentario parecido al impuesto dictatoríamente en Venezuela –similar  en su composición y funciones al que tenían las Cortes españolas en tiempos de Franco).

Pero la pertinencia de la ley es dudosa, pues:

  • El franquismo desapareció hace 43 años, y la Guerra Civil concluyó hace casi ochenta , aunque, a lo que parece, se pretende persistir en ella.
  • No existe señal alguna de que el franquismo tenga aceptación alguna en la sociedad actual, es decir, su vuelta resulta imposible.
  • La Modificación contiene aspectos tan deleznables, totalitarios y represivos como la creación de una “Comisión de la Verdad”, tan parecida en nombre y cometido al Ministerio de la Verdad que describió Orwell en su obra 1984. Una comisión que dictaminará con supuesta verdad qué ocurrió en nuestra Guerra Civil, qué ocurrió en la Segunda República, y qué maldades cometió el franquismo (porque el contenido de la ley ya dictamina que en dicho periodo no hubo ningún hecho de relevante beneficio para el país y que haya que ensalzar).
  • En sus acciones preliminares ya ha hecho hincapié en el show de desenterrar los restos de Franco, como si el espectáculo de traer a primera plana al dictador fuera de su mayor interés.

 

Varios son los propósitos secretos que se ocultan tras de la citada ley, varias intenciones guarda la izquierda (PSOE y Podemos), a las que obedece su aparición. A mi modo de ver, algunas de ellas son las que siguen:

  • Exponer de forma maniquea una historia del siglo XX en la que unos actuaron como verdaderos ángeles y otros como verdaderos demonios.
  • Echar un tupido velo sobre los desmanes que cometió el Frente Popular antes y durante la Guerra Civil. (Se abrillanta la maldad del franquismo –a quien perversamente se sigue identificando con la “derecha”—para que las maldades del socialismo queden ocultas bajo la sombra)
  • Hacer creer que el socialismo combatió con uñas y dientes al franquismo, cuando lo cierto es que estuvo desaparecido y sólo el Partido Comunista trabajó desde la clandestinidad contra el régimen.
  • Dar la idea de que se trata de un acto de justicia con la intención de que cale en las masas más resentidas como un acto de satisfactoria venganza.
  • Esconder que los padres o abuelos de muchísimos dirigentes socialistas, desde la Transición hasta nuestros días, fueron destacados líderes falangistas.
  • Conseguir que se fijen en la mente de la juventud una historia falsa y maniquea, y una imagen de buenos y malos que complazca a la izquierda y demonice a la derecha.
  • Y, sobre todo, crear enfrentamiento y tensión social, pues la izquierda española, desde Felipe González, a falta de programas e ideas, difunde odio y el rencor en la población, pues sabe que le resulta muy rentable electoralmente. Muy bien lo expresó el ínclito Zapatero: “Hay que crear tensión en la calle, que nos beneficia”.

Tales son las perversas intenciones que, a mi modo de ver, oculta la citada ley. No hay en ella una mirada hacia el futuro; no contiene ánimo alguno de concordia; todo es un mirar hacia el pasado con el propósito de enfrentar a los ciudadanos, unos contra otros, con la furia de una ideología totalitaria. Poco les importa a los impulsores de tal ley ese enfrentamiento, ni que España amenace derrumbe, ni les importa el malestar social que crean. Lo único que parece importarles es la rentabilidad electoral.