LA INMORTALIDAD EN BUSCA Y CAPTURA

 

inmortalidad

Todo ser humano, si no se halla sometido a pertinaces penas y dolores que tuercen su voluntad, siente con vehemencia el deseo de vivir, de perdurar, de continuar existiendo por toda una eternidad, siente el deseo de ser inmortal. El deseo de inmortalidad es la mera manifestación en el plano de la conciencia de la labor que desarrolla cada célula de cada órgano de nuestro cuerpo por sobrevivir y reproducirse.

La primera gran obra literaria de que tenemos noticia se escribió sobre arcilla en Mesopotamia, la actual Irak, casi 5000 años atrás, se trata del poema de Gilgamesh. Gilgamesh es el rey de la ciudad-Estado de Uruk, y es mitad hombre y mitad Dios. Al morir su amigo Enkidu se siente aterrado por la idea de morir, así que, en adelante, su único afán consistirá en alcanzar la inmortalidad. En un heroico viaje iniciático hasta las tierras donde viven apartados Noé y su esposa, salvados por los dioses del diluvio, que les concedieron la inmortalidad, Gilgamesh supera pruebas increíbles, pero no la prueba a que le somete Noé. Se le niega la inmortalidad. Pero, no obstante, la mujer de Noé le indica el lugar donde se halla la planta de la juventud; y también en esta empresa falla, pues, en un descuido, una serpiente se la roba. Gilgamesh percibe entonces la inexorabilidad de la muerte

Otra gran obra de la época trata del fracaso de Inanna diosa del amor y la fecundidad en su intento de conquistar los infiernos, es decir, de abolir la muerte. En El descenso de Inanna a los infiernos, esta diosa de Erek, casada con el pastor Damuzi, decide descender a los infiernos para suplantar a su hermana y reinar también en el inframundo, pero es apresada antes de lograr su propósito, interrumpiéndose al momento la reproducción animal y vegetal en el mundo. Entonces los demás dioses liberan a Inanna, pero obligan a que su marido quede retenido en el averno seis meses de cada año. Durante ese periodo se detiene la reproducción; se trata de la dualidad cósmica vida/muerte esterilidad/fecundidad.

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Las religiones gestionan nuestra ansia de inmortalidad ofreciéndonos un salvoconducto para gozar de una vida eterna después de morir en esta vida en la Tierra. Lo ofrecen a cambio de cumplir con ciertas prescripciones que dicta su libro sagrado y que manejan en sus detalles los representantes respectivos de cada Dios en este mundo, los sacerdotes, hierofantes, ayatolas, imanes, o pastores de las distintos credos. En el cristianismo, islamismo, y en el mazdeísmo, existe un Cielo a dónde están destinados a pasar la eternidad los que en esta vida han seguido los preceptos religiosos. El más atrayente a los ojos es el Cielo musulmán, en donde  cada hombre recibe para su gozo 72 huríes de bello semblante, aunque también son muy deseables los oasis, las frutas y palmeras que regocijarán al elegido. Otras religiones premian o castigan el buen o mal comportamiento en esta vida con una reencarnación tras de la muerte; uno se puede reencarnar  en un prudente, sabio, rico, hombre o en un animal inmundo. O bien, otras aun, señalan un destino inmortal  en disgregarse en el polvo cósmico, pasando a formar parte del UNO. Especial  inmortalidad anhelaban los griegos: la gloria.  Aquiles era el héroe a imitar por aquel que anhelase gloria semejante. El Gran Alejandro dormía siempre con la Ilíada bajo la almohada pues era su afán emular a Aquiles en su gloria.

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Hoy en día la ciencia nos promete la inmortalidad en esta vida en un futuro no lejano. Se ensayan regeneraciones celulares de cada zona del cuerpo dañada o envejecida, reparaciones de órganos, sustitución de partes orgánicas por órganos biónicas, reparación de telómeros, trasplantes neuronales, implantación de chips en el cerebro con el fin de mejorar o reorganizar sistemas neuronales envejecidos; e incluso trasplantar nuestra conciencia y todos nuestros sistemas neuronales a un ordenador cuántico. En este caso, nuestro Yo y su ansia de inmortalidad –que sería, así, satisfecha—residirían  en esa máquina sapiente.

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Pienso que, tal como ocurre cuando se satisface un deseo, que aparece inmediatamente la desilusión, tras de conseguir ser inmortal aparecerían en el hombre penas y angustias incontables. Jorge Luis Borges, en el relato El Inmortal, hace llegar a un tribuno romano a la ciudad de los inmortales, aquellos hombres que ganaron gloria imperecedera; y allí descubre que la inmortalidad es una condena abominable, pues arrebata a la vida la pasión de cada acto. Los inmortales se dispersan por el mundo en busca de una pócima que les posibilite el morir.

Todo ello, todas estas epopeyas, todas estas religiones, todas esas investigaciones, todos los proyectos biónicos, robóticos, informáticos, que las gentes capaces llevan a cabo, se deben en última instancia a nuestro deseo de inmortalidad.

Los motivos navideños

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He de advertir que la religiosidad no hizo mella en mí más allá de la época de mis once años. Pero entiendo que la religión es una cosa muy seria. La persona religiosa no solo asume esperanzas, temores, misterios y un extraordinario orden explicativo de la realidad, sino que también se somete a un rígido código ético que la sirve de guía para su conducta.

Sin embargo, no teman, no voy a hablar de religión, sino de representación religiosa, o, más exactamente, de ritualidad pagana envuelta en manto religioso. Hablo de procesiones, bodas, bautizos, comuniones, villancicos, romerías, belenes, hermandades de santos, misas del gallo, adoraciones marianas, Reyes Magos, nacimientos divinos y un larguísimo etcétera de ritos y manifestaciones populares tan antiguos como la humanidad pero que el cristianismo ha hecho suyos como si los hubiera creado.

La importancia que estas manifestaciones tienen para el pueblo es tremenda. No solo les aporta esperanzas, regocijo, alegres preparaciones, dedicación entusiasta, festejo, comunidad, confraternización, afecto, gozosa espera, sino que también les pone hitos de esperanza al trascurso de los meses, y se guarda en la memoria como algo cálido, como ilusión indispensable para soportar las tensiones diarias de la vida. Los ritos engalanan y hacen resplandecer nuestras vidas.

Tienen tal sentido psicológico para el individuo, que llevan repitiéndose desde hace más de 12.000 años, desde los comienzos de la agricultura, aunque los dioses a quienes se celebra hayan cambiado con el tiempo y los ritos sean menos sentidos ahora. Para que se entienda bien a qué me refiero, sirva el ejemplo de que las rogativas a los santos y las procesiones y las romerías a ermitas situadas en los parajes más elevados, son en esencia las mismas rogativas que se hacían a los antiguos dioses, y las procesiones y romerías son las mismas, y las ermitas se hallan situadas en los mismos santuarios paganos a los que acudían las gentes de la antigüedad.

Por estas razones, uno se pregunta si es que la memez se ha extendido a esos nuevos personajes políticos que ahora quieren acabar con estas tradiciones, o bien, si es que son tan desgraciados que solo lo pretenden por odio.  Estábamos acostumbrados a la estulticia de Zapatero, que un día se levantaba de buen pie y hacía ministra a una folclórica, y otro día se quedaba dormido en una sesión de la ONU a la vista de todas las cámaras. Pero, en estulticia o en odio, estos que en Sevilla quieren acabar con las procesiones de Semana Santa, que en Zaragoza impiden que se adornen las calles con motivos navideños o que en Valencia se niegan a que San José y el Niño desfilen en carroza, estos, digo, no le van a la zaga.

En estos días se conmemora el supuesto nacimiento de un dios, y se le representa niño y pobre y desvalido. Sin embargo, este nacimiento de un dios en el solsticio de invierno no es nuevo. Es la fecha de nacimiento de muchos dioses antiguos, entre ellos Mitra, el preferido de las milicias romanas. Esta fiesta de Navidad se corresponde con las saturnales en Roma, que celebraba a Mitra o al Sol Invicto,  pero tienen precedente en las brumales instituidas por Rómulo –el legendario fundador de Roma—en honor del dios Baco, es decir, el Dionisos griego.

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Aunque, en realidad, la conmemoración es mucho más antigua aunque con significado psicológico distinto. Las primeras manifestaciones religiosas de las que tenemos conocimiento tratan de la fertilidad vegetal y animal, y santifican los equinoccios y los solsticios. La referencia escrita más antigua es de hace 5.000 años y se hizo en Mesopotamia (la actual Irak) sobre tablillas de barro cocido. Se ha dado en llamar El descenso de Inanna a los infiernos, y cuenta las peripecias de esa diosa y de su esposo Dumuzi (que se corresponden más adelante con la diosa acadia Isthar y su esposo Tammuz). La diosa desciende a los infiernos pero queda atrapada, y para liberarse obliga a que su esposo descienda a los avernos y permanezca allí durante seis meses. Mientras se encuentra en el infierno, la reproducción animal y vegetal queda detenida.

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El equivalente en el antiguo Egipto son la diosa Isis y su marido Osiris, que muere y resucita, y que también simbolizan las fuerzas de la fertilidad y el crecimiento. El culto a Isis se extendió de la mano de los griegos a toda el área mediterránea, y todavía es posible reconocerlo en muchas de las representaciones populares en España. Curiosamente, la diosa Isis inspiró el culto a la Virgen María. Las primeras representaciones del cristianismo copto en Egipto corresponden a Isis amamantando a su hijo Horus, imagen que se trasladó después a María la virgen y al niño Jesús.

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Por cierto, María es considerada virgen por un error de traducción del hebreo del Antiguo Testamento al griego. En el anuncio que se hace del mesías que vendrá, y refiriéndose  a la madre, la palabra ‘joven’ es traducida como ‘moza’ o ‘doncella’. Por un error de traducción, María, madre de Jesús, pasa a ser virgen después de haber parido.