EL SUR

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Acabo de regresar del Sur, que no es solo una mera referencia geográfica, sino también un modo de vida en el que las celebraciones y los ritos contienen aún reminiscencias festivas de antiguas deidades agrícolas. Me propongo añadir unas palabras sobre ello.

Para nuestro gozo existen dos bellísimas obras ―literaria la una, cinematográfica la otra―tituladas El Sur. Un cuento de Borges recogido en Ficciones es una de ellas. El cuento es extraordinario por razones que solo esbozo, ya que no es tal ahora mi propósito, pero sí señalo que quien lo lee sin llegar a su meollo se sorprende de que Borges lo considerara su mejor relato («De El Sur, que es acaso mi mejor cuento, básteme prevenir que es posible leerlo como directa narración de hechos novelescos y también de otro modo», nos dice Borges en una posdata de 1956 al prólogo de 1944).

Si se recorren detenidamente los vericuetos de El Sur y se profundiza en Borges, la tal sorpresa abre paso al asombro y a la admiración. He aquí mi esbozo: En El Sur se halla cifrado Borges; todo Borges: su vida, sus anhelos…, y en la obra se encuentra también todo el museo de sus espejos, tigres y laberintos, eso sí, laberínticamente encriptados.

Pero me interesa aquí el significado del viaje que en el relato realiza Borges con destino al Sur. En el relato, Dahlmann, presunto de Borges, viaja al sur o, mejor dicho,  sueña que viaja al sur, y allí el asustadizo y culto bibliotecario participa en una pelea a cuchillo. Se trata precisamente de una odisea onírica en busca de satisfacer sus ansias de criollismo, las ansias guerreras de su otro linaje, no del culto; sus ansias de dar rienda suelta al yo de los anhelos de Borges,  sus ansias festivas, de gaucho, de instinto. El Sur es para Borges todo eso.

El otro El Sur es la película de Víctor Erice que lleva tal nombre. Tengo para mí que es el más bello film que se ha realizado jamás en España. Agustín Arenas, dedicado a la medicina, vive con su esposa y con su hija en una ciudad norteña añorando  del sur un antiguo amor. En la novela de Adelaida García Morales en que está basado el film aparece también el fruto de ese amor, un hijo cuya existencia él ignora que vive con su madre en el Sur. En fin, la tal añoranza lo mata. Agustín Arenas no se atreve a abandonar el frío norte de su familia y de sus relaciones matrimoniales; no se atreve a emprender la odisea hacia el sur, así que se suicida.

El Sur no es una mera referencia geográfica, sino también una llamada de lo instintivo, un grito del gozo fuera de formalismos; es el canto de las sirenas de la carne que incitan a la odisea. Borges y Agustín Arenas se hallan atrapados en el frío norte, en lo formal, en lo culto, en el sosiego del trabajo sin albricias, mientras que el espíritu de la carne les exige la algarada, les demanda el gozo del Sur. Borges quiere creer que satisface esa llamada empleando el ardid de un sueño; el protagonista de Víctor Erice evita los cantos de sirena del Sur mediante el suicidio. El Sur siempre nos grita contra la civilización tratando de hacernos retornar a lo primitivo. En la mente de cada cual palpita la elección: hacer oídos sordos a los cantos de sirena y aferrarse al frío mástil del navío que recorre los ámbitos del norte, o  sucumbir a la tentación y emprender el viaje hacia los templados territorios sureños.

Los dos que soñaron

 

En 1978 Borges dio una serie de conferencias que fueron recogidas en el libro Siete Noches, una de las lecturas que me suscitan mayor placer. En él  alude a un hermoso relato comprendido en Las Mil y Una Noches titulado Los dos que soñaron. Un hombre de El Cairo sueña que en cierto lugar de Isphajan se encuentra un tesoro escondido. Ya en esa ciudad se ve atrapado en circunstancias que lo llevan a presidio. El jefe de policía lo interroga y se sorprende al escuchar la causa de su viaje. Se apiada de él y lo deja libre no sin antes recriminarle su credulidad. “Yo también sueño con un tesoro escondido en el jardín de una casa de El Cairo, junto a una higuera y un reloj de sol, debajo de un surtidor”, le dice con ánimo reprobador.  El hombre de El Cairo ha reconocido en las palabras del policía su propia casa. Regresa a su ciudad, excava bajo del surtidor señalado y encuentra el tesoro.

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Recientemente, en el antiguo barrio judío de la ciudad de Cracovia, al sur de Polonia, de refilón he escuchado una versión un poco distinta del relato. Corren los años de la alianza de Austria y Polonia contra el imperio Otomano que se resolvió con derrota turca en Viena. Un rabino de Cracovia sueña con un tesoro escondido en la capital austriaca. Hacia allí se dirige, pero un oficial austriaco le impide cruzar un puente cercano a esa ciudad por el peligro de los combates. El oficial le cuenta su propio sueño acerca de un tesoro escondido en una casa de Cracovia, y le refiere el escenario. De vuelta a su casa, el rabino excava y lo encuentra y construye una hermosa sinagoga que en nuestros días perdura.

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Las historias de Las Mil y Una Noches fueron habladas en la India y en Persia, y fueron recogidas en árabe en El Cairo. Están henchidas de sueños y de sucesos mágicos.

Es creíble suponer que los sucesos que el libro refiere se contasen en los zocos de las tierras musulmanas a partir de los siglos XIV o XV; pero puede que no sea vana la hipótesis de que se tratara de cuentos muy antiguos, anteriores al siglo XI, anteriores a la época en que la figura de Alá adquirió en la conciencia de sus fieles un rigor incompatible con el erotismo y la libertad que muestran. Harun al-Rasid, uno de los primeros califas, es de los principales protagonistas.

Caben otras posibilidades. Tampoco resultaría extraño que Las Mil y Una Noches recogiera relatos preislámicos, de la India y de Persia, que fueran adaptados después a lo musulmán. En tal caso, la matriz creadora no sería semita, de árabes o hebreos, sino irania, de indios o persas.

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El hecho de que el relato Los dos que soñaron figure también en lo legendario del judaísmo puede tener varias explicaciones. Una de ellas aventuraría que lo copiaron de una narración islámica anterior, pero otras dos explicaciones son posibles. Podría tratarse de una adquisición procedente de Persia o Mesopotamia; recuérdese que durante la cautividad del pueblo judío en Babilonia se copiaron de esas culturas mitos esenciales como el de Noé, el Diluvio, el Cielo y el Infierno, etc. Otra explicación refiere que podría tratarse de una creación propia de los judíos.

En apoyo de esta última explicación está el hecho de que el empleo de la parábola como forma narrativa es característico del judaísmo. Los dos que soñaron puede ser interpretado como una parábola acerca de perseverar en la consecución de los sueños con la fuerza de la esperanza. Ningún otro pueblo ha mantenido tan alto el pendón de la esperanza (en su Mesías salvador, en su reunificación, etc.) como los judíos a lo largo de su historia. Los sueños también son elemento común en sus relatos bíblicos. Ahí tenemos los sueños de los Profetas; el sueño de Daniel, en Babilonia, que sueña el sueño de Nabucodonosor; el sueño de José en Egipto…Algún narrador de la India, Persia o Egipto la habría incorporado al acervo de las narraciones de Oriente, que se recopiló con el nombre de Las Mil y Una Noches.

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O es posible que todo se reduzca a una sarcástica invención de Borges, tan aficionado a las simetrías y a los espejos. En tal caso tendríamos que suponer que alguien  de la ciudad de Cracovia –de quien yo la escuché—tuvo que tomar la invención borgiana para transformarla en una leyenda judía.  Pero es inútil seguir con adivinanzas. Más sentido tiene recomendar la belleza de Los dos que soñaron,   la belleza de Las Mil y Una Noches, y  la belleza de Siete Noches, donde se refieren las anteriores.

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VIRUTAS DE ENTENDIMIENTO

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  1. Hoy se cría a los hijos de manera que crezcan sin contratiempos; incluso se atiende a satisfacer todos sus deseos. Así se les hipersensibiliza ante los problemas y ante los disgustos, y por esa misma razón se les incapacita para afrontar los problemas de la vida real.
  2. Tras de muchos años de verter basura sobre nuestros cerebros, las televisiones privadas dispensan ahora doctorados de chismorreo y farándula. Aseguran que son los títulos que más nombre social otorgan. Pilar Rahola los ha obtenido ya ambos.
  3. Las utopías son atrayentes porque sugieren con la fuerza de una promesa un ámbito de futura felicidad. Por eso la utopía es presentada siempre borrosa, para que cada cual  le ponga la máscara más agradable.  Cuando el castillo enemigo ha sido debelado y la utopía ha entrado triunfante y desvela su verdadero rostro, lo que el utópico imaginaba paraísos son cárceles, y lo que imaginaba felicidad se hace duelo y tormento.
  4. Es extrañísimo el horror hacia la pena de muerte. El horror que sienten algunos deriva del temor a la posibilidad de que le sea aplicada a él en el futuro. Un día de estos lo explicaré más extensamente.
  5. Me duelen los retratos de tiempos pasados con gente próxima, conocida, sentida. Esas amarillentas fotos sacan a relucir tiempos idos, acordes añejos, edades perdidas, amigos, amantes, amores sin retorno, acabados, muertos. Su visión me acongoja porque refleja su amarillo sepia en mi rostro. Esos retratos antiguos me rompen el alma en pedazos.
  6. En el hermoso español, ‘contar’ no solo significa referir o relatar, así como calcular las unidades de una cosa, sino que también tiene el significado de añadir sucesivamente una unidad a una cifra previa. Para que le entre el sueño, al niño se le cuenta un cuento; para el mismo menester, el adulto cuenta ovejas. Borges resalta lo maravilloso del título Las Mil y Una Noches, un libro de exótico y sensual encanto en el que la bella Sherezade relata a Aladino y a Simbad y miles de otros enlazados cuentos. El título Las Mil Noches da idea de finitud, pero Mil y Una Noches nos sugieren lo inconmensurable. Se me ocurre una locución que también evoca inmensidades: “Contar en un desierto de arena”. En las profundas noches del desierto, junto a una fogata y bajo una luna llena abriendo ilimitados horizontes, contar un cuento trae sabor a eternidad. También el inmenso silencio de esas noches propicia el embelesamiento de contar uno a uno los granos de arena, es decir, de contemplar absorto la cara de Dios.
  7. Protocolo psicológico del revolucionario. A) En primer lugar hay una creencia que ha hecho nido en él. No sabe bien cuándo ni por qué ni las razones en que la creencia se funda, pero le sirve de guía para considerar lo que es justo y lo que no lo es. También le guía para el fin de establecer la consideración de quién es su amigo y quién es su enemigo. No posee más argumentos ni bases éticas ni tan siquiera razones, pero conoce a su enemigo y cree conocer lo justo y lo injusto. B) Ante lo injusto responde con indignación, odio y resentimiento, y se lanza contra la supuesta injusticia sin preguntarse si es tal, o a qué escenario le conducirá su acción justiciera. C) De esa manera y sin más miramientos, el revolucionario, sin entendimiento alguno de la situación real pero cargado de odio, se lanza a destruir sin pensar qué construir después ni si se podrá.
  8. A veces me pregunto si no se precisa un cierto grado de inconsciencia de la realidad para ser feliz, aunque solo sea provisionalmente.
  9. Del altruismo he hablado ya largo y tendido, pero hay un tipo de altruismo que no es otra cosa que el intelecto puesto al servicio del engaño.
  10. Un gran paso hacia adelante fue que la derecha política española se homologase con la europea. Es una gran salto hacia atrás que la izquierda política española se homologue a la izquierda venezolana de Chávez y Maduro.

 

De libros y convalecencias

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Una larga y molesta convalecencia tras de una gripe mal curada, ha propiciado que leyera dos libros muy gratos.   Empiezo por el titulado Biblioteca personal, cuyo autor no es otro que Jorge Luis Borges. En el  libro se recogen setenta y dos prólogos que Borges escribió para otros tantos libros de diferentes autores. Hablar de la escritura del argentino y del deleite que produce sería decir obviedades, así que tal vez resulte más interesante traer algunos datos, anécdotas y pensamientos que intercala  Borges, en forma de suaves pinceladas, en ese cuadro de prólogos mencionado.

*Dice de H. G. Wells (La máquina del tiempo) y de Julio Verne (Viaje al centro de la Tierra; De la Tierra a la Luna), dos de los mayores precursores de la ciencia del futuro, que ambos opinaban que el hombre no podría llegar jamás a la Luna.

*El razonamiento es propio de los griegos; de los semitas es propio la metáfora.

*En 1902, Joseph Conrad (Lord Jim) publicó en Londres, El corazón de las tinieblas, acaso el más intenso de los relatos que la imaginación humana ha labrado. (Agrego yo que Apocalipsis Now, la versión libre cinematográfica llevada a cabo por Francis Coppola, no le va a la zaga).

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*Según Stevenson (La isla del tesoro; Dr Jekyll y Mr Hyde), el encanto es la imprescindible y esencial virtud de la literatura.

*George Bernard Shaw (Pigmalión), se afilió a la Sociedad Fabiana, que tomó su nombre de Fabio el Demorador, que pensaba que el mundo llegaría gradualmente al socialismo sin que una revolución fuera necesaria.

*Unamuno (Del sentimiento trágico de la vida), acometió el estudio del danés para leer a Kierkegaard (El concepto de la angustia) y declaró que el arduo aprendizaje valió la pena.

*Iniciar géneros, firmar manifiestos, hacer escándalo, importan más para la fama que escribir bien.

*William James (Principios de psicología)juzga que todas las religiones pueden ser benéficas siempre que la convicción sea su fuente, no la autoridad.

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*Jonathan Swift (Los viajes de Gulliver)publicó en 1729 su “Modesta propuesta para impedir que los hijos de los pobres fueran una carga para sus padres”. El plan propone la fundación de mataderos públicos donde los padres pueden vender a sus hijos de cuatro o cinco años, debidamente cebados para este fin.

*De modo inverso a lo que hoy en día ocurre, asevera Borges que “a principios del siglo XX se descreía de magias y talismanes, y que la imaginación acepta lo prodigioso siempre que su raíz sea científica, no sobrenatural”.

Yo invito a pasearse por las series televisivas de este siglo XXI con el fin de descubrir si en una sola de ellas no son la magia y lo sobrenatural sus elementos básicos y definitorios. La explicación al contraste entre los dos siglos tal vez se cifre en el estado de ánimo. A comienzos del XX reinaba la pasión por salir de la ignorancia y por satisfacer el asombro que producía la nueva ciencia; a comienzos del XXI, la gente, conocedora de lo arduo de la ciencia, huye del asombro y se refugia en lo extraordinario, que es también vertiginoso, siempre que sea presentado como obvio. La gente se refugia en lo fantástico porque no requiere entendimiento, sino credulidad. La gente es sobretodo crédula.

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El otro libro trata de la Materia Oscura, una materia invisible que parece llenar el universo entero. En contra de lo que a primera vista pudiera parecer, el libro resulta ameno y no es complicado para quien posee unas pocas nociones de Física.

Los planteamientos que el autor emplea para poner en escena la materia oscura son  detectivescos: los astrofísicos en busca del asesino galáctico de la ley de Newton.  Escrutar con atención una galaxia permite obtener mucho conocimiento de su estructura y de sus mecanismos. Por ejemplo, podemos saber apreciablemente bien su masa por su brillo; y podemos saber la masa del gas que contiene la galaxia por el estudio de los rayos X que dicho gas emite. También sabemos que las estrellas se mantienen en órbitas en torno al centro de la galaxia gracias a su movimiento; así que mediante las ecuaciones de Newton descubrimos que la velocidad de las estrellas lejanas tendría que disminuir rápidamente con la distancia al centro galáctico. Pero no fue esto lo que encontraron los astrónomos, sino que la velocidad de las estrellas periféricas se mantenía prácticamente constante con el aumento de la distancia.

Este desacuerdo podría deberse a que las ecuaciones de Newton fallasen a distancias galácticas o que en el espacio estelar debía de haber otro tipo de masa que resulta invisible. A esa masa se la denomina materia oscura. Experimentos, análisis, datos, sirvieron para concluir que entre un 80% y un 85% de la materia del universo es materia oscura.

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Esta materia oscura tuvo que dejar su rastro en las reliquias del Big Bang, pues ha jugado un papel importante en la evolución del universo. Recuérdese que el Big Bang significó la aparición de un universo energéticamente muy denso. Me refiero a nuestro universo, claro. Y este universo fue creciendo y enfriándose con el paso del tiempo. Algunos hitos son importantes: a los pocos minutos del Big Bang, la temperatura disminuyó por debajo de los mil millones de grados, lo que propició que una parte de los protones y neutrones existentes se unieran formando núcleos atómicos. Cuando el universo tenía 380.000 años, su temperatura había bajado a los 3.000 grados, lo que permitió que los electrones se enlazasen a los núcleos formando átomos y los fotones escapasen en todas direcciones, llenando de luz el universo. Bien, pues la luz emitida entonces, mil veces más fría, la recibimos ahora, y nos informa de los sucesos que acaecieron en aquella época.

Por ejemplo, nos permite saber que nuestra galaxia se desplaza a 380 Km/h en dirección a la constelación de Virgo. También nos informa de las densidades de masa en el universo primitivo y de sus fluctuaciones.  No solo eso, también nos descubre que el universo es plano, que no es abierto ni cerrado, pero para que tal ocurra, debe existir otra entidad que los astrónomos denominan energía oscura. En fin, ¡vaya usted a saber lo que aparecerá a los postres!

El libro nos indica finalmente los experimentos que se llevan a cabo para detectar ese tipo de materia y esa energía. Uno de los más importantes tiene lugar en el túnel pirenaico de Canfrant, en el norte de Huesca. También nos cuenta la posibilidad de otros universos. Un deleite.

 

Aún he tenido tiempo para leer otro libro, éste de metafísica, pero dejemos a los metafísicos salirse del mundo por la tangente y más allá de los límites del Universo, que allí discutan sobre la esencia del ser y la sustantividad y otras lindezas. No hacen daño a nadie con eso. Cada cual se entretiene a su manera. Si acaso se autoproclaman los grandes popes del entendimiento, miremos hacia otro lado y esbocemos una sonrisa

Los Juegos del Intelecto

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Para mí, publicar en este blog es un juego. Yo juego a contarles mis ocurrencias esperando que las encuentren interesantes, y otros, en otros blogs, juegan a contar las suyas con similar esperanza.

¿Qué buscamos todos al hacer esto? En lo social, conseguir un cierto grado de reconocimiento; en lo personal, en lo íntimo, encauzar los pensamientos a un propósito, ocupar deliciosamente la mente; esto es, huir del sinsabor del aburrimiento.

Escribiendo pretendemos descargarnos de los pesares y de las culpas que la vida nos lanza, escondernos de los temores y las angustias. Por esa razón jugamos a construir mundos etéreos escribiendo.

Sin embargo, los juegos más celebrados consisten en emular batallas. El ajedrez, los deportes, el fútbol, los innumerables juegos de guerra que practican millones de jóvenes con la PlayStation o con Tableta consisten en eso, en la lucha por el triunfo frente al enemigo.

La batalla es el juego por excelencia. Vencer en un enfrentamiento, saberse superior al adversario, saborear el éxito, es el regocijo buscado. Son el cruel instinto tribal de masacrar al enemigo y el ansia de prominencia frente al adversario los que actúan en estos casos. Pero este tipo de juegos es socialmente aceptable porque es incruento; porque se despacha con enfrentamientos virtuales.

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Los juegos por absorber empresas o por ocupar el cargo directivo más alto también son de este tipo, pero son reales, cambian la realidad de las cosas y de las situaciones, deshacen y construyen riquezas y posiciones de poder reales, aunque no dejan de ser un juego movido por el ansia de sobresalir y por huir del aburrimiento. En todos ellos, el azar es un condimento que enriquece el sabor del juego.

Existen otros tipos en los que el jugador es único, otros juegos en los que se carece de contrincante. A ellos pertenecen los juegos de creación artística o literaria, aunque se dan otros muchos varios. Al sujeto no le satisface la realidad en cuanto a ser pensada, y juega a pensar mundos virtuales. Pero no deja por ello de esperar el reconocimiento social por lo que hace, esto es, no deja de desear el triunfo.

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No niego, sin embargo, que el triunfo no lo es todo, y que con la práctica del juego creativo  las entretelas del pensamiento se van enredando en deleites insospechados. La posibilidad de triunfar socialmente con el juego artístico que se lleva a cabo deja ya de ser un acicate, y sí pasa a serlo, en cambio, el deseo de perfección y virtuosismo, lo que antaño se denominaba la gracia.

Tan llega a ser de esa manera, que puede ocurrir que las redes neuronales encargadas del pensamiento se cortocircuiten, y que lo que empezó siendo un juego, un pasatiempo, se sustancia en un modo de vivir, que los pensamientos artísticos se conviertan en la existencia de uno. A este respecto Proust declaraba estar ocupado por la literatura, ser ya literatura únicamente.

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En ese jugar a construir mundos ficticios cada artista se vale de las armas que mejor ha sabido afilar con la práctica. Digamos que Freud se vale de la intuición y de la ocurrencia, aunque quiso hacernos creer que jugaba a ser científico. Borges, en cambio, jugaba a destilar, pulir y condensar frases y palabras al modo al que el alquimista destila del impuro azogue la Piedra Filosofal. Joyce toma los pensamientos tal como fluyen y emergen en el escenario de la conciencia, descoordinados, sin cincelar, y juega a construir con ellos un edificio complejo supeditado a un orden secreto que los adoradores del autor tratan cada año de descifrar en lugares emblemáticos.

Pero existe un grupo de artistas de lo ilusorio que juegan a creerse dioses utilizando para ello la poderosa arma de la razón sin otros aparejos. Son los metafísicos. Están convencidos de que con el mero artilugio de la razón, sin más aditamentos, les sobra y basta  para hallar la verdad del ser y de las cosas; y construyen con acierto castillos en el aire que creen eternos pero que no resisten el más leve soplo de viento. Ilusos.

Hay profesiones que son un juego. Por ejemplo la de actor, que dice Borges “que en un escenario, juega a ser otro, ante un concurso de personas que juega a tomarlo por aquel otro”.

Quienes apenas juegan a batallas son las mujeres, que, a cambio, juegan con elegancia y acierto a escribir de sentimientos. Otros juegan a dejar la mente en blanco. Si lo que tratan es de huir del deseo malvado, se dicen budistas, si su pretensión es encontrar a dios tras de ese silencio del pensamiento, son conocidos como sufíes o yoguis, o místicos cristianos.

Todos jugamos. El intelecto demanda estar ocupado y gratificado, y con ello, también,  pretendemos huir de los pesares de la vida. Así que juguemos a creer que jugamos.

Y con esto me despido hasta después del veraneo. ¡Que ustedes jueguen a gusto!, ¡que el deleite les acompañe!

Borges y los Sueños

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Con motivo de escribir un cuento ―que tengo para mí  como el de mayor interés de cuantos he escrito―, recientemente he manoseado hasta hacer trizas algunos libros de Borges. Sirvan para esta entrada los sueños suyos que he ido entresacando. Pero antes unas meras palabras explicativas.

Borges (como todo sujeto, pero él con más profundidad) vive evasivamente la realidad mediante el embeleso que, como sabemos, es la forma de soñar despierto; mediante imaginar ricos mundos oníricos; y mediante el sueño propiamente dicho.

No es para él la realidad un ámbito distinto del ámbito en donde se desarrolla el sueño; y son tan vívidas las escenas representadas en el teatro onírico, que se cuestiona si nuestras vidas no corresponden a sueños de otro. Así, en El Hacedor, nos plantea a Dios hablando y a Shakespeare a la escucha: «Y la voz de Dios le contestó desde un torbellino: “yo tampoco soy; yo soñé el mundo como tú soñaste tu obra, mi Shakespeare”».

En Las Ruinas Circulares, ese hermoso cuento que con ritmo trepidante y grandiosidad y bellezas similares a La cabalgata de las valquirias de Wagner  o al primer movimiento de  La quinta sinfonía de Beethoven comienza

[Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra.]

Borges  nos describe la minuciosa disciplina que se impone un heresiarca para soñar a otro hombre en sus mínimos detalles y hacerlo realidad. Un solo defecto cobró este hombre que surge a la vida a través del sueño de otro: era inmune al fuego. Para horror del heresiarca las llamas prendieron en el templo donde soñaba y lamieron su cuerpo sin daño. Descubrió, así,  que  él mismo era una apariencia que otro estaba soñando.

En Siete noches, nos dice: «Para el salvaje o para el niño los sueños son un episodio de la vigilia, para los poetas y los místicos no es imposible que toda la vida sea un sueño. Esto lo dice de un modo seco y lacónico Calderón, “la vida es sueño”; y lo dice, ya con una imagen Shakespeare, ‘estamos hechos de la misma madera que los sueños”.»

Soñamos para explicar los horrores y anhelos que sentimos, dice Borges; y en El Sur, su cuento preferido, expresa mediante un sueño la realidad que hubiera anhelado ser. Dahlmann, el “otro” Borges, convaleciente en un sanatorio, sueña que viaja a una estancia en el sur y pelea a cuchillo con un compadrito. Borges, en su ser más íntimo, siempre quiso ser hombre de aceros y lances, y se soñó peleando.

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Él, que utiliza profusamente en sus escritos el simbolismo de los espejos, que de pequeño “uno de mis más insistente ruegos a Dios y al ángel de mi guarda era el de no soñar con espejos”, elabora esas simetrías especulares entre la realidad y el sueño; y aun las prolonga causando hermosas fábulas como la de Los dos que soñaron:

[En  el Cairo un hombre sueña con un tesoro escondido en un lugar preciso de Isfaján. Llegado allá, un policía le llama loco y se ríe de él por creer en los sueños, pero le señala que él también sueña con un tesoro escondido en una casa de El Cairo debajo de una higuera de un jardín. El primer hombre reconoce que aquella es su propia casa. Regresa a El Cairo, excava y saca el tesoro.]

La indiferencia entre sueño y realidad, el nudo gordiano de que un hombre sueñe y él mismo sea el sueño de un extraño, la plasma Borges en esta alegoría cifrada de radiante hermosura: «En este punto se deshace mi sueño, como el agua en el agua».

¡Ah, Borges!, de sueños y gozos ha llenado innumerables mundos interiores, ha alumbrado esos mundos, de alguna forma los ha soñado.

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De lo literario

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Confieso que tengo graves carencias literarias. He leído, sí, de forma exhaustiva a Proust y a Borges; si bien no exhaustivamente, a casi todos los escritores hispano-americanos de más renombre; a  Tolstoi y Dostoyevski, naturalmente; a casi todos los grandes novelistas del XIX; la prosa de Ortega, Marañón y Unamuno me encanta; pero, de la literatura contemporánea, aquellos que con más fruición leo, Paul Auster, Houellebecg, Salinger y Coetzee, ya son veteranos o difuntos, así que apenas conozco escritores de ahora.

No es que no lo haya intentado con novelistas españoles, sino que, cuando lo he hecho, generalmente me puede el aburrimiento. No encuentro en ellos crudeza ni psicología de los personajes, ni grandes pensamientos, ni sorpresas, ni siquiera trama. Cierto es que la historia, la biología, el Pensamiento, me atraen más, pero si se me presentara algo como Pedro Páramo o Cien años de soledad, lo dejaría todo y me encadenaría a leerlo.

Claro que lo más probable es que ese desánimo mío para con ellos se deba más a mis carencias y a mi simpleza que a su valía. Reconozco que juzgar la literatura española actual sin  haberla leído apenas es una majadería por mi parte o una memez insensata, pero últimamente me siento osado.

Tengo para mí que es ahora norma el escribir muy correctamente sin decir nada. Estaré equivocado, pero me atengo a interpretar lo que leo: un clima tibio, sin grandes sucesos, sin pasión, sin sentimientos, sin hechos extraordinarios (cualquier hecho puede convertirse en extraordinario si aparece desvelada su naturaleza íntima), los personajes encerrados en un mundo anodino, sin apenas acción, sin sobresaltos, sin motivos apenas. Es como si el relativismo y el pensamiento débil del postmodernismo se hubiera instalado en la novela actual.

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El relato corto es mucho peor. Ahí todo parece huero, todo parece ser un fatuo juego de luces, un mariposeo. Palabras, adornos, metáforas huecas, preciosistas ocurrencias, expresiones lastimeras, agolpamiento de sandeces… y todo ello para no decir nada. Una explosión gratuita de sensibilidad huera que me sugiere que todos los relatadores han seguido el mismo curso de escritura a distancia, o que todos los cursos de escritura enseñan la misma sinsustancia.

Pero apuesto decididamente a que me equivoco, porque leo algunos blogs de gran calidad literaria y no menor inteligencia. Vaya aquí el botón de muestra de tres: www.mediarueda.wordpress.com  ; www.tertuliafilosoficatoledo.blogspot.com.es  ; y este otro donde Stella da semanalmente pinceladas: www.apuntodecaramelo.wordpress.com  . En otra ocasión hablaré de los dos primeros, pero permítanme ahora decir de este último.

Verán: los trazos de Stella son leves y concisos, como si con la yema de sus dedos pintase. Garabatea aquí y allá, y difumina y da sombras, y va apareciendo la hojarasca desparramada por el viento y verjas oxidadas y escaleras con baldosines rotos, y el lienzo se va enseñoreando de otoño y de aromas de melancolía lejana y de frescas humedades. Los personajes germinan de esa humedad como camaleones que se camuflan y se tiñen del ocre del suelo y de las hojas pardas y del cielo grisáceo. Y la hábil mano de Stella prosigue trazando soledades e inyectándonos en vena evocaciones y sentimientos.

En ocasiones, en unas pocas, alguna brillante rama verde deja en su cuadro una ventana abierta a la esperanza. No hace mucho escribió: “Era un domingo quieto”, y casi se me derrumba el alma.