DE LA CULTURA Y LOS SUEÑOS

Es lo que pasa…, que en una mañana de desasosiego uno empieza a preguntarse cosas como “¿acaso no son nuestros sueños otras vidas que vivimos, otros yoes que poseemos?” y, gracias al cielo, se va pronto por los Cerros de Úbeda y rebaja sus pretensiones de profundidad, pero, gracias también al cielo, encuentra por esos cerros una extensa relación entre los sueños y la cultura a lo largo de la historia, lo cual no es moco de pavo. La expongo en estas líneas.

  Veamos: ¿a quién no se le ha presentado en sueños la figura de un familiar, de un amigo o de un conocido que pasó a mejor vida?, y ¿quién no ha sentido que esa presencia tenía existencia real, que había recobrado vida y que sentimentalmente lo reconocíamos? Excepto por ciertos detalles que nos resultan extraños, en tales casos, la relación con el finado durante el proceso del sueño resulta indistinguible de la relación que solíamos tener con él en vida. Lo reconocemos vivo en el sueño. Así que (situándonos en las primitivas sociedades homo sapiens), de ahí a considerar que los muertos se comunican con los vivos en el escenario de los sueños solo había un paso. Y de esas mismas razones surge la creencia en los espíritus de los muertos, que es universal en las sociedades primitivas. No ha habido civilización del pasado que no elevase altares a estos espíritus. Todavía hoy, en el sintoísmo japonés y en gran parte de China, el espíritu de los ancestros habita la casa familiar y es objeto de culto; por no hablar de las innumerables gentes que hablan en la soledad de su alcoba con sus consortes o padres muertos. Además, esa asunción espiritual de los muertos dio paso a creer en espíritus poderosos que guardaban la tribu y, más adelante, siguiendo el mismo proceso lógico-psicológico, fueron convertidos en dioses antropomórficos. Es decir, los espíritus y los primeros dioses tenían sus raíces en los sueños.

El no entender el argumento de la obra que se representa en el escenario de los sueños, el no encontrar razones claras para lo que sucede en ellos, motiva que se realcen sus interpretaciones. La adivinación mediante el examen de los sueños ha tenido una gran importancia a lo largo de la historia. Para no extendernos más de lo debido, señalaré tan solo dos casos que aparecen en la Biblia, el de Daniel y el de José. En el libro de Daniel se nos cuenta que el rey Nabucodonosor de Babilonia tuvo un sueño que le turbo, aunque no le dejó recuerdo alguno. Exigió a los adivinos que adivinasen el sueño y su significado. Daniel supo decirle que había soñado con una estatua hecha de diferentes materiales que representaban a los diferentes imperios que seguirían al babilónico. Más conocido nos resulta el sueño del Faraón que José ―hijo de Jacob― interpretó. Soñó el Faraón con siete vacas gordas que fueron devoradas por siete vacas flacas, y con siete espigas sin grano que siguieron a siete grandes espigas. Interpretó José que representaban siete años de buenas cosechas a las que seguirían siete años de escaseces, por lo que aconsejó al Faraón que reservase una quinta parte de los bienes durante los años buenos. Ese sabio consejo le valió ser nombrado visir por el Faraón. Pero el adivino más famoso desde hace siglo y medio es Freud. En su celebrada obra, La interpretación de los sueños, pretende hacernos creer que ha dado con las claves científicas para llevar a cabo esa labor. Sin embargo,  el rigor científico brilla por su ausencia en todas las páginas del libro. Nos habla de desplazamientos, trasferencias, oposición, condensación, regresión, inversión, simbolismo…pero no ofrece razón alguna para que dejemos de creer que no son sino meras intuiciones y amaños.

A pesar de los infructuosos intentos de descifrado, muchos sabios hicieron literatura de los sueños. Por ejemplo, las referencias a los sueños abundan en las páginas de Borges. En alguno de sus apuntes considera que el sueño es más vívido que la realidad, y en algunos de sus relatos el sueño es el marco donde se desarrolla el argumento de la obra o el tema central del cuento. Así, en Las ruinas circulares, un heresiarca sueña durante años y con todo detalle a un hombre con el fin de darle vida (dando al sueño poderes mágicos de creación). Finalmente lo consigue, señalando que el hombre creado solo es distinguible de un hombre real por el hecho de no verse afectado por el fuego. Tiene lugar entonces un incendio y, el heresiarca, siente que el fuego no le quema, que él mismo es el sueño de otro. En el cuento Los dos que soñaron, Borges imagina sorprendentes reciprocidades en los sueños de dos hombres. Un hombre de El Cairo sueña que en cierto lugar de Isfaján se encuentra un tesoro escondido. Ya en esa ciudad se ve atrapado en circunstancias que lo llevan a presidio. El jefe de policía lo interroga y se sorprende al escuchar la causa de su viaje. Se apiada de él y lo deja libre no sin antes recriminarle su credulidad. “Yo también sueño con un tesoro escondido en el jardín de una casa de El Cairo, junto a una higuera y un reloj de sol, debajo de un surtidor”, le dice con ánimo reprobador.  El hombre de El Cairo ha reconocido en las palabras del policía su propia casa. Regresa a su ciudad, excava bajo del surtidor señalado y encuentra el tesoro. En otro relato borgiano, El Sur, nos describe la lamentable realidad de su vida y, a la par y en forma de sueño, la vida que hubiera deseado vivir: el contraste entre el ratón de Biblioteca y el cuchillero de la pampa, entre su linaje materno y su linaje paterno.

Los humanos tenemos perturbadores y recurrentes sueños por causa de que hemos dejado cabos sueltos en nuestra navegación por la vida, por problemas no resueltos o promesas incumplidas, en fin,  porque una congoja ha hecho nido en nuestra conciencia. De amigos, conocidos y de mí mismo he recopilado algunos de ellos: el sueño del que se encuentra una y otra vez perdido en una estación de metro o en un tren, sin saber que dirección ni qué sentido tomar; o el sueño en el que uno se pierde repetidamente en cierto trayecto en una gran ciudad; y otros muchos de similar pelaje. En ocasiones llegan a ser sueños angustiosos: uno se encuentra en el interior de un túnel que se va estrechando paulatinamente hasta que le llega la asfixia y despierta. O el tan conocido, en el que el sujeto es perseguido por un toro bravo sin que sus piernas respondan; o el que sueña una y otra vez que vive en una pequeña casa, sucia y pobre, siempre la misma, aunque sus puertas se van achicando con el paso del tiempo, despertando con gran desasosiego. Y tenemos los sueños de situaciones o hechos imposibles: un perro que nos habla, una araña que nos engulle…

El yo del sueño lo percibimos tan real y animoso como el yo que sentimos al estar despierto. Tal vez esta percepción se encuentre en el origen de la creencia en la transmigración de las almas y en la reencarnación, en la que creyeron Orfeo, Pitágoras y Platón: el alma de cada hombre emigra tras su muerte a otro cuerpo. No recordamos vivencias de esas almas previas porque, así como solemos olvidar lo soñado, el alma olvida sus existencias anteriores.

Es muy cierto (y existen diversos estudios al respecto) que el contenido de nuestros sueños repercute en el estado de ánimo que tendemos al despertar, y ese bienestar o malestar se puede aferrar a nosotros durante varios días. También sucede en sentido contrario: parece haber una íntima relación entre lo satisfecho o insatisfecho que nos resulta nuestra vida, con la delicia o el pavor que sentimos en los sueños.

En ocasiones (tal vez las haya experimentado el lector de estas líneas), queda abierta una puerta que comunica brevemente el mundo onírico con el estado de vigilia. En el duermevela se puede producir una situación de éstas. Pero en algún caso raro, esa puerta queda abierta en la vigilia y tenemos plena consciencia del sueño. Una vez desperté con una imagen onírica que se quedó fija en mi mente consciente y allí permaneció durante varios minutos a pesar de que me preguntaba por la razón de que siguiera estando presente. Y ahora que lo pienso, tengo para mí que algunos escritores sufren esta rara permanencia onírica en el estado de vigilia, solo así se puede explicar el despliegue onírico que manifiesta la novela de Mircea Cartarescu, El solenoide.  En ese libro, muchos personajes parecen habitar en el mundo de los sueños, y el sueño no es más que el reflejo de la realidad en un espejo que distorsiona las imágenes.

Nos falta señalar que los neurocientíficos atribuyen ciertas aptitudes a los sueños: ayudan a fijar los recuerdos a medio y largo plazo, proporcionan descanso al cuerpo…Y los amantes de la ciencia ficción coinciden con Borges en que somos el sueño de alguien que nos sueña. En fin, Calderón de la Barca y Shakespeare afirmaron poéticamente lo indiscernible que resultan la realidad y el sueño. “La vida es sueño”, nos dijo el primero; “Estamos hechos de la misma materia de los sueños”, aseveró el segundo.

Pinceladas culturales

biblia1          libro rojo de mao     libro de harry potter

Best Sellers de los últimos 50 años:

Encabeza la lista La Biblia, con ¡3.900 millones de ejemplares vendidos! Le sigue El Libro Rojo de Mao, ¡820 millones de ejemplares! A continuación, pásmense, Harry Potter, ¡400 millones! A mucha distancia, el magnífico El Señor de los Anillos, ¡103 millones! No se alarmen por los dos siguientes que aparecen en la lista, al fin y al cabo nuestra materia, más que de sueños –como aseveró Shakespeare–, está hecha de estupidez: El Alquimista, Paulo Coelho, ¡65 millones de ejemplares!, y El Código Da Vinci, de Dan Brown, ¡57 millones!

señor de los anillos     el alquimista     codigo da vinci

La lengua de Shakespeare

En mis innumerables peleas con el inglés me sorprendió mucho  la aparente paradoja de que los términos cultos me resultaban mucho más asequibles (reconocibles) que los vulgares. Sonsacar el porqué de tal aparente dislate requiere traer a colación la Historia, y a ello voy.

En Britania vivían diversos pueblos celtas cuando la conquistó Roma. Enseguida de marcharse los romanos (449 d.C.),  los pueblos del sur, en cierta medida romanizados, se enfrentaron a los pictos del norte (lo que hoy es Escocia), sin romanizar. A su vez, piratas germanos comenzaron a asolar las costas inglesas; así que los antiguos celtas, ahora romanizados y expresándose en latín, pidieron ayuda a mercenarios, y acudieron otros germanos en su auxilio: sajones, frisios y anglos. Pero estos se unieron a los piratas germanos contra quienes deberían luchar y se apoderaron del país.

Esa es la razón de que se hable del mundo anglo-sajón y de que el país se denomine England (tierra de los anglos). Los anglosajones hablaban un idioma intermedio entre el alto alemán antiguo y los dialectos escandinavos. En resumen, que los pobres celtas romanizados que quedaron tuvieron que refugiarse en las sierras de Gales o atravesar el canal de la Mancha y establecerse en lo que es hoy la Bretaña francesa.

Pero ahí no acaba la cosa. A partir del siglo VIII llegan a las costas inglesas los vikingos, provenientes de Noruega y Dinamarca, y meten nuevos vocablos a la lengua inglesa. Sin embargo,  fue a partir del siglo XI cuando la lengua inglesa se iba a enriquecer con un nuevo lenguaje, y éste fue aportado por los normandos.

¿Quiénes eran los dichosos normandos? Pues un pueblo de mercenarios provenientes originariamente de Dinamarca. Lucharon contra los musulmanes de la península en Galicia, Lisboa y Sevilla, y fueron la principal fuerza de choquen en la toma de Huesca y Barbastro. Los dos grandes capitanes de los almogávares, las fuerzas mercenarias de la corona de Aragón que devastaron Bizancio y una parte de la Gran Grecia, Roger de Lauria y Roger de Flor, eran normandos.

También establecieron un reino normando en Sicilia, pero, para lo que viene al caso, importa decir que conquistaron y se establecieron en la parte de Francia que hoy se conoce como Normandía, y que pronto se olvidaron de su origen escandinavo y hablaron francés.

Total, que esos normandos afrancesados conquistaron Inglaterra e Irlanda entre finales del siglo XI y principios del XII. Y hete aquí que en Britania comenzaron a convivir: el francés de la Corte normanda; cuatro dialectos anglosajones con muchas palabras danesas; el latín de los clérigos; y, a todo ello, se ha de añadir que en zonas del Norte y de Irlanda  aún perduraban restos de la antigua lengua celta.

Así que la nobleza y el clero, que se expresaban en francés (lengua latina) y en latín, legaron el inglés culto, mientras que las lenguas germanas con palabras escandinavas, que hablaba el pueblo, constituyen hoy los vocablos comunes.

Ya que nuestra lengua, el español, es una lengua latina, ello nos facilita el que entendamos mejor el inglés culto (de origen latino) que el inglés común. Esa es la explicación buscada a la aparente paradoja o dislate que anuncié al comienzo.

Ahora bien, no resulta extraño que muchas palabras comunes del inglés sean parecidas a otras palabras cultas, ya que tanto el latín como los diversos dialectos germanos y escandinavos provienen del indoeuropeo primitivo. Pero ésta es otra historia.

Horrores culturales:

Ante ciertas manifestaciones ‘culturales’ dan ganas, si no de sacar las pistolas,  sí  de taparse las narices. Tres ejemplos pertenecientes al ámbito de Aragón bastan para resaltar que en la ‘cultura’ abundan las necedades.

El primero, ya lo narré en una entrada anterior, los cuatro homenajes que la ‘cultureta’ de estas tierras  ha rendido a un tal Pepín Bello por el todo mérito de haber conocido personalmente a García Lorca.

El segundo, que se conceda a Eva Almunia, antigua Consejera de Educación en el gobierno aragonés, el máximo galardón de la cultura en España, la orden de Alfonso X el Sabio. ¡Señores, Eva Almunia no sabe culturalmente freír un huevo!

El tercero, ¡el disparate descomunal!, el caso de la lengua inventada: se cogen dos o tres variantes dialectales de los valles pirenaicos  cuyo número de parlantes no superó nunca unos pocos miles de habitantes y que se dejaron de hablar hace ya cinco siglos; se toma de cada pueblo las dos palabras que el más cazurro inventa para diferenciarse del pueblo de al lado; se hace un mejunje con todo ello; se escribe con ‘v’ lo que en castellano se escribe con ‘b’, y con ‘z’ lo que en la lengua de todos se escribe con ‘c’,  y a esa lengua potingue que nunca jamás nadie ha hablado se la denomina Lengua propia de Aragón.

¡Y se crea una Academia del Aragonés!, y se crean Consejeros y Direcciones Generales de la lengua aragonesa, y se intenta que sea obligatoria en los institutos de enseñanza. Y, ¡encima!, quien inventó el tal gazpacho es vasco.

¡Cielos, ustedes me perdonarán, pero estos horrores me producen vómitos!

Borges y los Sueños

borges1

Con motivo de escribir un cuento ―que tengo para mí  como el de mayor interés de cuantos he escrito―, recientemente he manoseado hasta hacer trizas algunos libros de Borges. Sirvan para esta entrada los sueños suyos que he ido entresacando. Pero antes unas meras palabras explicativas.

Borges (como todo sujeto, pero él con más profundidad) vive evasivamente la realidad mediante el embeleso que, como sabemos, es la forma de soñar despierto; mediante imaginar ricos mundos oníricos; y mediante el sueño propiamente dicho.

No es para él la realidad un ámbito distinto del ámbito en donde se desarrolla el sueño; y son tan vívidas las escenas representadas en el teatro onírico, que se cuestiona si nuestras vidas no corresponden a sueños de otro. Así, en El Hacedor, nos plantea a Dios hablando y a Shakespeare a la escucha: «Y la voz de Dios le contestó desde un torbellino: “yo tampoco soy; yo soñé el mundo como tú soñaste tu obra, mi Shakespeare”».

En Las Ruinas Circulares, ese hermoso cuento que con ritmo trepidante y grandiosidad y bellezas similares a La cabalgata de las valquirias de Wagner  o al primer movimiento de  La quinta sinfonía de Beethoven comienza

[Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra.]

Borges  nos describe la minuciosa disciplina que se impone un heresiarca para soñar a otro hombre en sus mínimos detalles y hacerlo realidad. Un solo defecto cobró este hombre que surge a la vida a través del sueño de otro: era inmune al fuego. Para horror del heresiarca las llamas prendieron en el templo donde soñaba y lamieron su cuerpo sin daño. Descubrió, así,  que  él mismo era una apariencia que otro estaba soñando.

En Siete noches, nos dice: «Para el salvaje o para el niño los sueños son un episodio de la vigilia, para los poetas y los místicos no es imposible que toda la vida sea un sueño. Esto lo dice de un modo seco y lacónico Calderón, “la vida es sueño”; y lo dice, ya con una imagen Shakespeare, ‘estamos hechos de la misma madera que los sueños”.»

Soñamos para explicar los horrores y anhelos que sentimos, dice Borges; y en El Sur, su cuento preferido, expresa mediante un sueño la realidad que hubiera anhelado ser. Dahlmann, el “otro” Borges, convaleciente en un sanatorio, sueña que viaja a una estancia en el sur y pelea a cuchillo con un compadrito. Borges, en su ser más íntimo, siempre quiso ser hombre de aceros y lances, y se soñó peleando.

IMG_2736

Él, que utiliza profusamente en sus escritos el simbolismo de los espejos, que de pequeño “uno de mis más insistente ruegos a Dios y al ángel de mi guarda era el de no soñar con espejos”, elabora esas simetrías especulares entre la realidad y el sueño; y aun las prolonga causando hermosas fábulas como la de Los dos que soñaron:

[En  el Cairo un hombre sueña con un tesoro escondido en un lugar preciso de Isfaján. Llegado allá, un policía le llama loco y se ríe de él por creer en los sueños, pero le señala que él también sueña con un tesoro escondido en una casa de El Cairo debajo de una higuera de un jardín. El primer hombre reconoce que aquella es su propia casa. Regresa a El Cairo, excava y saca el tesoro.]

La indiferencia entre sueño y realidad, el nudo gordiano de que un hombre sueñe y él mismo sea el sueño de un extraño, la plasma Borges en esta alegoría cifrada de radiante hermosura: «En este punto se deshace mi sueño, como el agua en el agua».

¡Ah, Borges!, de sueños y gozos ha llenado innumerables mundos interiores, ha alumbrado esos mundos, de alguna forma los ha soñado.

borges3