Animalismo y racionalidad

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Si he de ser sincero, por más vueltas que le doy al asunto del animalismo, no me salen las cuentas. Quiero decir que me encuentro con que sus planteamientos básicos, además de anti humanistas, carecen de la mínima coherencia lógica. No me estoy refiriendo, claro es, a la gente que disfruta y aprecia, sin más, a sus mascotas. Me refiero al núcleo duro del animalismo, mejor, dicho, a sus postulados básicos.

Uno de los puntos centrales de su doctrina (y así lo han manifestado repetidamente algunos animalistas que han intervenido en este blog) es la consideración de que la vida animal es sagrada (no me detengo a examinar este asunto, religioso y primitivo). Esto es, que bajo su punto de vista la vida de cualquier animal ha de ser respetada, y su muerte significa un crimen de infame naturaleza. Lo cual me lleva a la pregunta: ¿también es sagrada la vida de un mosquito?, y, ¿de un piojo, de una pulga? Porque en tal caso los devotos de tal doctrina tendrían que dejar de lavarse el pelo por no incurrir en el asesinato de algún parásito, y, claro está, no deberían utilizar insecticidas de ningún tipo.

No sé si a los virus y bacterias se les considerará animales –que no lo son—pero, en cualquier caso, ¡qué atroz discriminación la de considerarles menos que una chinche o una garrapata!

Cierto es que algunos animalistas, menos radicales, otorgan solo la sacralidad a la vida de aquellos animales que poseen sistema nervioso central. Pero, aún así, siguen sin salirme las cuentas, pues, ¿qué hemos de hacer en la playa si las medusa –con sistema nervioso central—nos fríen a picotazos?, ¿dejarles hacer hasta que se aburran? No, por cierto, pues al poco moriríamos por su veneno. La única solución aceptable desde esa perspectiva tiene que ser la de no bañarse en el mar.

Así que si es usted animalista seguidor de esta doctrina de vida sagrada de los animales, no se le ocurra dar un manotazo a una mosca por mucho que el moleste, y, de no ser tan radical, al menos deje de bañarse en el mar. De lo contrario y siguiendo sus propios criterios, se convertiría usted en un criminal.

Y está el asunto que algunos animalistas demandad: la igualdad de derechos de perros, primates, otras mascotas y humanos. Y confieso que mis entendederas no son capaces de imaginar qué vacío mental ha de tener quien realice este tipo de propuestas, pero, ¡de todo hay en la viña del Señor! Prometo examinar la cuestión otro día, con detenimiento.

Tampoco me salen las cuentas al examinar el odio que dicen sentir hacia las corridas de toros. Alegan que en la fiesta taurina sufre el toro y que el sufrimiento de cualquier animal debería estar prohibido. ¡Válgame Dios!, ¡la cosa tiene su miga! Vamos a ver: si a usted, señor animalista, le dieran a escoger entre ser un toro de lidia y vivir al menos 4 años en libertad (eso si no consideramos al cabestro, cuya vida se alarga mucho más), con buenos pastos y espacio más que suficiente para retozar, o ser un pollo de granja, apelotonado y obligado a picotear día y noche, y morir a los pocos meses cuando haya alcanzado el peso establecido, ¿qué querría ser usted?, ¿qué le importaría unos minutos de supuesto sufrimiento en la plaza si ha vivido varios años de fábula?

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No es solo que no me salgan las cuentas, sino que los animalistas parecen colocar las cuentas al revés. Pues, vamos a ver: si se acabaran las corridas de toros, se sacrificarían todos los animales de lidia al dejar de tener utilidad. En otras palabras: con el fin de evitar que el toro supuestamente sufra en la plaza, se condena a muerte a cientos de miles de otros que pastan apaciblemente en la pradera. Pero esto  no parece importarles a ustedes un pimiento. ¿Dónde está la vida sagrada de los animales?

También es cierto, lo he de reconocer, que una mayoría de animalistas abogan porque no se mate a los toros de las ganaderías, sino porque se les suelte libremente. Y yo digo, ya que si los toros libres crían y se multiplican, ¿cómo nos libraríamos de sus embestidas si se nos ocurriera salir al campo a roturar la tierra, por ejemplo. Pero, ¿Y si entrasen en las ciudades y se liaran a cornadas con la gente?, ¿tendríamos que utilizar el manual buenista de lo políticamente correcto para convencerles de que dejasen de procrear y que no nos atacaran? Misterio sin resolver.

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Pero hay otra cuestión en referencia a esa idea animalista de soltar los animales en cautividad que me intriga más si cabe. Muchos casos se han dado de animalistas que han roto jaulas y puertas y han liberado a animales de granja, desde pollos hasta visones. El resultado ha sido siempre el mismo, al cabo de pocos días todos los animales “liberados” han pasado a mejor vida por falta de alimento o por caer en las garras de un depredador. Así que aparece el absurdo de preferir la muerte de los animales a permitir que vivan en granjas, lo que contradice de todas todas el principio básico animalista de considerar sagrada la vida animal. A mí, así entre nosotros, esta doctrina me resulta más difícil de entender que el misterio de la Santísima Trinidad.

Porque, en verdad, de todo lo expuesto cabe deducir que no es la vida o la muerte de los animales lo que preocupa a los animalistas, sino su hipotético sufrimiento. Así que, seamos claros y lógicos, no me vengan con el carajo de la sacralidad animal, en todo caso, háblenme del sufrimiento. Pero, ¡qué me van a decir del sufrimiento si he visto a tres perrazos enormes vivir en una piso de 50 metros cuadrados de un animalista!, ¡si estaban desquiciados perdidos por vivir en donde vivían!, ¡cómo nos vamos a atrever a hablar del sufrimiento animal! (en realidad, tendríamos que hablar del sufrimiento del hipersensibilizado animalista que adora la idea de que los animales no sufran y pretenden imponerla a los demás)

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Bien he de decir que sufrimiento y sentimiento, porque ahora resulta que a los animales de compañía se les ha otorgado la sentimentalidad. ¡¡Alto, alto!!, examinemos la cuestión. No hay sentimiento ni sufrimiento sin conciencia, alegan los neurocientíficos, y la conciencia se considera una capacidad mental que sólo los humanos poseen. Podemos hablar de dolor, de pulsaciones, de actos reflejos, pero parece poco acertado hablar del sufrimiento de un toro. Sin embargo, no les voy a negar que, en estos tiempos que corren, todo es posible. ¿Acaso no se condena hoy en día a todo aquel que siguiendo los dictados de las Ciencias Biológicas señalan que es varón quien posee los cromosomas XY y hembra quien posee los cromosomas XX? ¿Acaso los buenistas y las feministas no tienen hoy en día más poder que el mundo científico?, ¿de qué nos extrañamos?

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Admitamos que en el animalismo conviven religiosos que tienen por santa la vida animal (algunos van más allá y consideran también santa la vida vegetal, por lo que me pregunto, ¿de qué se alimentan?); conviven gentes hipersensibles a quienes se les reblandece el corazón si ven una mosca morir; y veganos a quienes el solo olor de la carne les produce vómitos; pero tengo para mí que una buena mayoría de  animalistas,  son simples cruzados contra el infiel que no sigue sus doctrinas (ya he repetido en muchas ocasiones que hay que temer a los redentores), cruzados que buscan un enemigo contra quienes verter su odio. Sospecho que si acabaran con las corridas de toros se quedarían como desangelados, sin nadie contra quien luchar. Mustios, tendrían que inventarse una nueva cruzada contra los cazadores. Me recuerda la frase aquella, “¡qué felices éramos luchando contra Franco!”

En fin, yo recomendaría –lo digo yo mismo en plan redentor, para poner un poco de orden mental—que se ame mucho a los animales de compañía, que se disfrute con ellos, que se les mime, pero, ¡por Dios!, que se deje vivir a la gente en paz, que se respeten otras opiniones, otras miradas y otras esencias.