Animalismo y racionalidad

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Si he de ser sincero, por más vueltas que le doy al asunto del animalismo, no me salen las cuentas. Quiero decir que me encuentro con que sus planteamientos básicos, además de anti humanistas, carecen de la mínima coherencia lógica. No me estoy refiriendo, claro es, a la gente que disfruta y aprecia, sin más, a sus mascotas. Me refiero al núcleo duro del animalismo, mejor, dicho, a sus postulados básicos.

Uno de los puntos centrales de su doctrina (y así lo han manifestado repetidamente algunos animalistas que han intervenido en este blog) es la consideración de que la vida animal es sagrada (no me detengo a examinar este asunto, religioso y primitivo). Esto es, que bajo su punto de vista la vida de cualquier animal ha de ser respetada, y su muerte significa un crimen de infame naturaleza. Lo cual me lleva a la pregunta: ¿también es sagrada la vida de un mosquito?, y, ¿de un piojo, de una pulga? Porque en tal caso los devotos de tal doctrina tendrían que dejar de lavarse el pelo por no incurrir en el asesinato de algún parásito, y, claro está, no deberían utilizar insecticidas de ningún tipo.

No sé si a los virus y bacterias se les considerará animales –que no lo son—pero, en cualquier caso, ¡qué atroz discriminación la de considerarles menos que una chinche o una garrapata!

Cierto es que algunos animalistas, menos radicales, otorgan solo la sacralidad a la vida de aquellos animales que poseen sistema nervioso central. Pero, aún así, siguen sin salirme las cuentas, pues, ¿qué hemos de hacer en la playa si las medusa –con sistema nervioso central—nos fríen a picotazos?, ¿dejarles hacer hasta que se aburran? No, por cierto, pues al poco moriríamos por su veneno. La única solución aceptable desde esa perspectiva tiene que ser la de no bañarse en el mar.

Así que si es usted animalista seguidor de esta doctrina de vida sagrada de los animales, no se le ocurra dar un manotazo a una mosca por mucho que el moleste, y, de no ser tan radical, al menos deje de bañarse en el mar. De lo contrario y siguiendo sus propios criterios, se convertiría usted en un criminal.

Y está el asunto que algunos animalistas demandad: la igualdad de derechos de perros, primates, otras mascotas y humanos. Y confieso que mis entendederas no son capaces de imaginar qué vacío mental ha de tener quien realice este tipo de propuestas, pero, ¡de todo hay en la viña del Señor! Prometo examinar la cuestión otro día, con detenimiento.

Tampoco me salen las cuentas al examinar el odio que dicen sentir hacia las corridas de toros. Alegan que en la fiesta taurina sufre el toro y que el sufrimiento de cualquier animal debería estar prohibido. ¡Válgame Dios!, ¡la cosa tiene su miga! Vamos a ver: si a usted, señor animalista, le dieran a escoger entre ser un toro de lidia y vivir al menos 4 años en libertad (eso si no consideramos al cabestro, cuya vida se alarga mucho más), con buenos pastos y espacio más que suficiente para retozar, o ser un pollo de granja, apelotonado y obligado a picotear día y noche, y morir a los pocos meses cuando haya alcanzado el peso establecido, ¿qué querría ser usted?, ¿qué le importaría unos minutos de supuesto sufrimiento en la plaza si ha vivido varios años de fábula?

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No es solo que no me salgan las cuentas, sino que los animalistas parecen colocar las cuentas al revés. Pues, vamos a ver: si se acabaran las corridas de toros, se sacrificarían todos los animales de lidia al dejar de tener utilidad. En otras palabras: con el fin de evitar que el toro supuestamente sufra en la plaza, se condena a muerte a cientos de miles de otros que pastan apaciblemente en la pradera. Pero esto  no parece importarles a ustedes un pimiento. ¿Dónde está la vida sagrada de los animales?

También es cierto, lo he de reconocer, que una mayoría de animalistas abogan porque no se mate a los toros de las ganaderías, sino porque se les suelte libremente. Y yo digo, ya que si los toros libres crían y se multiplican, ¿cómo nos libraríamos de sus embestidas si se nos ocurriera salir al campo a roturar la tierra, por ejemplo. Pero, ¿Y si entrasen en las ciudades y se liaran a cornadas con la gente?, ¿tendríamos que utilizar el manual buenista de lo políticamente correcto para convencerles de que dejasen de procrear y que no nos atacaran? Misterio sin resolver.

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Pero hay otra cuestión en referencia a esa idea animalista de soltar los animales en cautividad que me intriga más si cabe. Muchos casos se han dado de animalistas que han roto jaulas y puertas y han liberado a animales de granja, desde pollos hasta visones. El resultado ha sido siempre el mismo, al cabo de pocos días todos los animales “liberados” han pasado a mejor vida por falta de alimento o por caer en las garras de un depredador. Así que aparece el absurdo de preferir la muerte de los animales a permitir que vivan en granjas, lo que contradice de todas todas el principio básico animalista de considerar sagrada la vida animal. A mí, así entre nosotros, esta doctrina me resulta más difícil de entender que el misterio de la Santísima Trinidad.

Porque, en verdad, de todo lo expuesto cabe deducir que no es la vida o la muerte de los animales lo que preocupa a los animalistas, sino su hipotético sufrimiento. Así que, seamos claros y lógicos, no me vengan con el carajo de la sacralidad animal, en todo caso, háblenme del sufrimiento. Pero, ¡qué me van a decir del sufrimiento si he visto a tres perrazos enormes vivir en una piso de 50 metros cuadrados de un animalista!, ¡si estaban desquiciados perdidos por vivir en donde vivían!, ¡cómo nos vamos a atrever a hablar del sufrimiento animal! (en realidad, tendríamos que hablar del sufrimiento del hipersensibilizado animalista que adora la idea de que los animales no sufran y pretenden imponerla a los demás)

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Bien he de decir que sufrimiento y sentimiento, porque ahora resulta que a los animales de compañía se les ha otorgado la sentimentalidad. ¡¡Alto, alto!!, examinemos la cuestión. No hay sentimiento ni sufrimiento sin conciencia, alegan los neurocientíficos, y la conciencia se considera una capacidad mental que sólo los humanos poseen. Podemos hablar de dolor, de pulsaciones, de actos reflejos, pero parece poco acertado hablar del sufrimiento de un toro. Sin embargo, no les voy a negar que, en estos tiempos que corren, todo es posible. ¿Acaso no se condena hoy en día a todo aquel que siguiendo los dictados de las Ciencias Biológicas señalan que es varón quien posee los cromosomas XY y hembra quien posee los cromosomas XX? ¿Acaso los buenistas y las feministas no tienen hoy en día más poder que el mundo científico?, ¿de qué nos extrañamos?

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Admitamos que en el animalismo conviven religiosos que tienen por santa la vida animal (algunos van más allá y consideran también santa la vida vegetal, por lo que me pregunto, ¿de qué se alimentan?); conviven gentes hipersensibles a quienes se les reblandece el corazón si ven una mosca morir; y veganos a quienes el solo olor de la carne les produce vómitos; pero tengo para mí que una buena mayoría de  animalistas,  son simples cruzados contra el infiel que no sigue sus doctrinas (ya he repetido en muchas ocasiones que hay que temer a los redentores), cruzados que buscan un enemigo contra quienes verter su odio. Sospecho que si acabaran con las corridas de toros se quedarían como desangelados, sin nadie contra quien luchar. Mustios, tendrían que inventarse una nueva cruzada contra los cazadores. Me recuerda la frase aquella, “¡qué felices éramos luchando contra Franco!”

En fin, yo recomendaría –lo digo yo mismo en plan redentor, para poner un poco de orden mental—que se ame mucho a los animales de compañía, que se disfrute con ellos, que se les mime, pero, ¡por Dios!, que se deje vivir a la gente en paz, que se respeten otras opiniones, otras miradas y otras esencias.

 

 

 

 

Derechos, Igualitarismo, Feminismo, Animalismo

Desde el siglo XVI todo tipo de humanistas han considerado que los derechos de igualdad ante la justicia, de libertad de acción y conciencia, y el derecho del individuo a tener amparo social ante los infortunios, son los derechos sociales básicos a los que cada miembro de la comunidad –por  su mera pertenencia a ésta—es acreedor; junto con el derecho a la vida, son derechos derivados de su dignidad como miembro de la sociedad.

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En la exigencia de tales derechos  se produjo la Revolución Inglesa, la lucha de los calvinistas de los Países Bajos contra la monarquía española, la Revolución francesa y la Guerra de Independencia de los Estados Unidos. Frutos de esa exigencia fueron la Carta de los Derechos de los ingleses, la preponderancia del Parlamento inglés sobre el rey, la Declaración de Independencia de los EEUU, y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, proclamada por la Asamblea Nacional Constituyente de la Revolución francesa.

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En los derechos básicos señalados  y en las cartas y declaraciones mencionadas se establece un equilibrio entre el principio de igualdad de todos los hombres y sus libertades. Sin embargo, el fulcro en donde se asienta tal equilibrio se ha corrido en numerosas ocasiones hacia un lado o hacia el otro, hacia la Igualdad –a costa de la libertad—o  hacia las Libertades –a costa de la igualdad. En los regímenes comunistas tenemos un ejemplo claro del primer tipo de corrimiento;  el capitalismo inglés o norteamericano del siglo XIX son buenos ejemplos del segundo tipo de corrimiento. Una cosa resulta clara (aunque una gran parte de los intelectuales no parecen haberse enterado): todo aumento de la igualdad –económica o de rango—entre  los miembros de una comunidad es a costa de libertades.

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Generalmente, los más capaces, los más emprendedores, los mejor posicionados socialmente, se inclinan hacia las libertades, mientras que quienes carecen de tales dones, espoleados por el resentimiento que tales carencias producen, se manifiestan a favor de la igualdad en detrimento de la libertad. La liberal democracia y la socialdemocracia europeas constituyen un buen ejemplo de sistemas que se equilibran, que mueven escasamente el fulcro hacia un lado o hacia el otro, aumentando el amparo social o las libertades en los periodos de alternancia en los que gobiernan. Pero esta homeostasis que imperaba en Europa se está resquebrajando. Por un lado, la Globalización, los traslados de capitales y empresas y la destrucción de empleo; por el otro, el avance del viejo Igualitarismo constreñidor de libertades, ahora con nuevos rostros producto de diversas y novedosas mutaciones adaptadas a los tiempos modernos: Populismo, Buenismo, Ecologismo extremo, Feminismo radical, Animalismo. Hoy voy a hablar un poco de estas dos últimas, añadiendo previamente lo muy loable que resulta la defensa feminista de la igualdad de derechos de hombres y mujeres, así como el respeto que cada individuo merece de mantener el trato afectivo que mejor que parezca con los animales.

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El Feminismo radical pretende imponer la igualdad entre hombres y mujeres más allá de los patrones establecidos por la naturaleza de unos y otros: más allá de la igualdad de derechos, tal tipo de feminismo pretende igualar las naturalezas, amoldando la masculina a la femenina, “capando” al “macho”. Tal tipo de feminismo es el que ha introducido el llamado “concepto de género”.

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En contra de las incontables evidencias que la Biología, la Evolución, la Antropología y la Sociología aportan acerca de las diferencias sexuales y de los caracteres del hombre y de la mujer, el feminismo radical proclama que tales diferencias se deben a la educación, y afirman que el ‘género’ es una construcción sociocultural. Esto es, descreen  que la biología sea quien determine la condición masculina o femenina, así que, con la pertinente educación se formarían seres asexuados, al menos en el comportamiento y en la manera de pensar. De ahí que tal grupo propugne que ya en el ámbito familiar como en el escolar, se forme a niños y niñas con los mismos principios, valores, costumbres y modos de actuar, y que en los juegos se integren unos y otros[1].

En realidad, pretenden que el hombre y la mujer, en su naturaleza y en toda la geografía de su personalidad, sean ‘iguales’ por imperativo legal. Pretende también imponer esa igualdad en todas las esferas económicas y organizativas de la sociedad. Por decreto y mediante la coacción ejercida por la tiranía moral establecida por los medios de comunicación.

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La igualdad salarial entre hombres y mujeres, la paridad de unos y otros en los Consejos de Administración de las empresas y en los equipos directivos, etc., son un ataque en toda regla contra el valor del mérito, el carácter emprendedor y la productividad como elementos vertebradores de las diferencias salariales; es decir, son un ataque contra la libre empresa y las reglas de la concurrencia competitiva y contra la ley de la oferta y la demanda. Para conseguirlo se valen, también, de los reclamos propagandísticos, falseados, en los que se alegan diferencias salariales entre hombres y mujeres para un mismo trabajo, sin especificar qué trabajos son esos ni si unos y otros producen y rinden lo mismo.

Pero con la aparente pretensión de esa igualdad,  el feminismo radical ha conseguido que se impongan ventajas sociales y ventajas legales a favor de la mujer y en perjuicio o en detrimento del hombre: los permisos de maternidad o lactancia, la posibilidad de adoptar niños, la protección preferente de la mujer en casos de divorcio, la tutela de los hijos en tales casos, y, sobre todo, la ley de discriminación positiva a favor de la mujer, conocida como Ley integral contra la violencia de género; una ley que señala a los hombres como foco de violencia y que facilita que la mujer rencorosa saque clara ventaja en los casos de separación o divorcio. Otras acciones del feminismo radical, como la imposición del denominado “lenguaje no sexista”, no son sino sinsentidos producto de un ansia de revancha.

En cualquier caso, este tipo de feminismo va mucho más allá de otorgar los mismos derechos básicos a hombres y mujeres, y busca la igualdad forzada[2], una igualdad que basa en el absurdo principio de que lo femenino y lo masculino son construcciones culturales, o bien camufla como igualdad lo que es revancha. Como todo Igualitarismo, pretendiendo imponer sus postulados, se muestra con tintes totalitarios, enemigo de las ciertas libertades. De haber seguido la camarilla del ínclito Rodríguez Zapatero en el gobierno, ahora no resultaría extraño que los equipos de fútbol contaran con la mitad de hombres y la mitad de mujeres, y con un transexual de portero.

Pero quien propugna el mayor disparate en cuestiones igualitarias es el Animalismo. Proclaman sus huestes que todos los animales han de poder disfrutar de los derechos básicos mentados[3]. Esto no es ni más ni menos que una hiperextensión aberrante de los derechos que nuestra especie se otorga; no es ni más ni menos que un disparate evolutivo; no es ni más ni menos que un ultraje al egoísmo propio de nuestra especie[4]; no es ni más ni menos que abdicar  de la naturaleza humana instintiva y de sus satisfactorios frutos.

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No alegan para ello otra razón de peso que el supuesto sufrimiento de los animales[5], que su reblandecida sensibilidad pone en alto valor, sin atender para nada a la inteligencia de que estamos dotados, a la conveniencia de la especie, al interés, al egoísmo humano. Utilizan el sentimiento para obnubilar el pensamiento y maniatar la inteligencia.

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Postulo que en el animalista influyen de forma determinante tres factores que generalmente confluyen: la experiencia en cada uno de ellos de un largo camino de temor y huída del ‘otro’, lo que les provoca un repudio hacia su propia especie; el de un reblandecimiento instintivo –repudian las satisfacciones instintivas de fuerza—y un entregarse a lo afectivo como único modelo de satisfacción[6]; y el factor de la moda, el de alinearse acríticamente con las creencias y las sensibilidades que imperan en el rebaño.

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El animalista al que me refiero es cruzado de su fe y trata de imponer al resto de la sociedad su reblandecida sensibilidad con todos los medios a su alcance. Es un religioso que pretende imponer un absurdo y aberrante igualitarismo entre los humanos y los animales, y, consecuentemente, es un enemigo de la libertad humana. Sus constantes manifestaciones contra las libertades de otros grupos y de otros individuos dan certificado de su carácter totalitario.

 

 

 

 

[1] En la segunda legislatura de Rodríguez Zapatero se lanzó con cierta tibieza la posible obligatoriedad de esa integración a todos los niveles.

[2] Ortega y Gasset expresa muy bien el ansia de algunos que pretenden ser iguales en todo porque la excelencia en los demás les duele: «Vivimos rodeados de gentes que no se estiman a sí mismas y casi siempre con razón. Quisieran los tales que a toda prisa fuese decretada la igualdad entre los hombres; la igualdad ante la ley no les basta: ambicionan la declaración de que todos los hombres somos iguales en talento, sensibilidad, delicadeza y altura cordial. Se sienten condenadas a formar parte de la plebe moral e intelectual de nuestra especie. Cuando se quedan solas les llega de su propio corazón bocanadas de desdén para sí mismas. Lo que hoy llamamos opinión pública y democracia no es en gran parte sino la purulenta secreción de esas almas rencorosas.»

 

[3] La proclama “Respeto a la vida de los animales” que contiene en su esencia el veganismo, o bien, “Respeto a todas las formas de vida”, tiene únicamente sentido con las connotaciones religiosas que conlleva. Lo sienten como un mandato divino y construyen un santuario a cualquier ser vivo. Cuanto más desaparece hoy en día la fe de las gentes en dioses y cielos, más crece el sentimiento religioso de comunión con la Tierra, los animales… Tal como ocurría en las religiones animistas, muchos necesitan sentirse conectados al cosmos de alguna manera. Bien es cierto que no saben en qué animales poner el límite en cuanto a otorgar esos derechos básicos mentados, aunque la mayoría lo ponen en los animales que poseen un sistema nervioso central, lo cual no aporta más razones que el dar derechos a todo ser vivo o a ninguno.

[4] Porque la razón profunda y el fundamento de las razones éticas se encuentra en el egoísmo humano: nos otorgamos razones y normas para obtener una convivencia que nos sea beneficiosa.

[5] Cosa más que dudosa, pues el sufrimiento es una propiedad de la conciencia, de la que carecen los animales.

[6] Gozando de la compañía de los animales de compañía –un sucedáneo afectivo exento de peligros—hacen de estos animales su refugio y el motivo de sus satisfacciones.

Psicología, sentimientos e injusticia

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He de hacer varias advertencias. Con la primera quiero aclarar que el propósito de este escrito no es el de expresar mi opinión acerca de cuál debe ser el comportamiento correcto, la ética, sino el de echar un vistazo a algunas de las causas que lo rigen. La segunda advierte contra los incontables y contradictorios manuales de psicología al uso. La tercera advertencia pretende simplemente señalar que algunas de las razones  que expongo y de las afirmaciones que realizo son de digestión difícil.

El hombre se mueve a instancias de los deseos y de los sentimientos. Esta es la premisa de la que parto y debería resultar evidente a los ojos de aquellos que han pulido y calibrado correctamente sus gafas del entendimiento. Cierto es que los instintos y las emociones juegan su papel, pero están contenidos en aquellos; y cierto es que las creencias del hombre presentan en su conciencia la perspectiva y el juicio para que deseos y sentimientos se manifiesten en una determinada forma, pero son estos los que nos mueven en última instancia.

Uno de los adagios que figura en la entrada de este pasado 17 de diciembre, dice así: «Nos parece solución justa la que nos satisface». Voy a tratar de precisar su significado con ejemplos. Piensen en la venganza, pero miren en lo profundo. Nos satisface imaginativamente vengarnos, e inmediatamente sentimos que sería justo hacerlo (y a ese sentir le da el plácet la conciencia, que le dice a uno desde lo íntimo “sí, vengarte sería lo justo”). La Ley del Talión, la vendetta, la venganza, se arraigaron en nosotros durante nuestro andar evolutivo, e íntimamente sentimos y creemos que son formas elementales de justicia. ¡Porque nos produce satisfacción imaginar su cumplimiento, es decir, porque lo deseamos y porque el sentimiento de agravio que sufrimos nos impele a ello!

Piensen ahora en un hecho dramático del que se han hecho eco las noticias de estos últimos meses (en España, pero otros casos similares han ocurrido en el mundo, por ejemplo en Australia y EEUU): el asesinato de niños a manos de sus padres. Por precisar: piensen en Medea (véase mi entrada del 11 de noviembre pasado). Para Medea es del todo justo vengarse de la traición de Jasón, su marido. Medea siente injusticia. Medea necesita satisfacerse, necesita vengarse, necesita infringir el mayor dolor posible: un dolor semejante al que ella siente. Sus hijos son el instrumento de la venganza. Ese deseo, su despecho, su odio contra Jasón, es lo único que cuenta. El cariño a sus hijos es accesorio. El sentimiento de la injusticia cometido con ella la mueve de forma imparable. Vengarse es actuar con justicia porque el vengarse  la satisface.

Veamos otros ejemplos no menos elocuentes.

El grito y la fórmula ética del Igualitarismo es: “desigualdad social o económica igual injusticia”, que se puede reformular como “igualdad igual a justicia”. No es solo igualdad de derechos o igualdad de oportunidades lo que defiende el Igualitarismo, sino igualdad económica, igualdad de rango, igualdad de estatus…, y los más feos y de entendimiento más liviano desearían también igualdad de belleza e igualdad de inteligencia. Es el agravio comparativo lo que cuenta. Si todos viviésemos en la miseria, si todos careciéramos de derechos, si todos fuésemos tontos y feos, los igualitaristas extremos serían felices porque obtendrían la satisfacción de haber desaparecido el agravio comparativo, la satisfacción de que todos seríamos iguales. Para estos extremistas del Igualitarismo no vale mérito alguno para hacer que alguien destaque. La satisfacción  que les proporcionaría la igualdad (acallando de así la envidia y el resentimiento que sienten) les hace sentir que la igualdad es lo justo: “igualdad=justicia”.

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Sin embargo, durante la mayor parte de nuestra historia, la fuerza ha sido la base de los derechos de la gente. Los individuos con más poder se sentían satisfechos por ello y consideraban por ello su posesión de derechos, de riquezas y de estatus justo. El poder y la fuerza ―la satisfacción que les producía―eran la base sobre la que descansaba el considerar la desigualdad con los menos fuertes y poderosos como justa. La fórmula ética podría esquematizarse como: “el más fuerte debe estar más arriba en la pirámide de estatus y poder”. Esto daba lugar a sistemas sociales de jerarquización estanca. En esencia no es mejor ni peor que la fórmula igualitarista, sino que esta es defendida por los “débiles” y la otra por los “poderosos” (como se ve, cada cual vela por sus intereses). De hecho, esta fórmula que produce jerarquías estancas es que la rige las relaciones sociales en numerosas especies de animales, produciendo una jerarquización lineal.

En lo íntimo, aquello que le satisface a uno es considerado como justo. Ahí tenemos los derechos territoriales que alegan los catalanes o los vascos. Como les satisface poseer esos derechos, los consideran justos. También el derecho de conquista era considerado justo: les satisfacía dominar a los conquistados.

Profundicemos un poco con otro ejemplo. A un individuo le gusta una mujer y la imagina con cualidades perfectas. A la vez, el deseo le hace imaginar que ella le desea a él de la misma forma, y de ese imaginar aparece en dicho individuo ese edificio sentimental que vulgarmente llamamos amor, en cuya argamasa es elemento importante el ansia de posesión.

El tal individuo, en su interior, más que creer, siente que aquella mujer es “su mujer”, siente que le pertenece. Las redes neuronales que han trazado su imagen perfecta reclaman esa pertenencia (la mujer real, íntimamente, es un mero reflejo de la mujer imaginada). Y esas redes influyen en la estructura sentimental y anímica del individuo en relación a ella. El individuo cree que es suya porque la posee en el cerebro. Como consecuencia, espera que su comportamiento sea el adecuado a esa relación de pertenencia.

Ahora bien, si las evidencias en contra de que  ella esté por él ―en reciprocidad, tal como el deseo argumenta―son muy fuertes, si se hace evidente para él el desdén y el desprecio de ella, la imagen de perfección edificada se derrumba. El sujeto percibe injusticia porque ha perdido algo que le “pertenecía”; el sujeto percibe satisfacción en hacer que desaparezca, digámoslo claramente, percibe satisfacción en vengarse, percibe venganza en matarla, y, como consecuencia, considera justa esa solución.  (Entiéndaseme: esas son las pulsaciones que se sienten. Luego intervienen las creencias, los miedos, la moral social, el temor a la condena social etc, que logran hacer que ni siquiera la conciencia del individuo se percate de ese cruel deseo de matar, ni de lo justo que le parece esa muerte).

<a href=”http://www.safecreative.org/work/1411292620842-evolucion-de-la-mente-animal-moral&#8221; target=”_blank”>
<span>Evolución de la mente.- ANIMAL MORAL</span> –
<span>(c)</span> –
<span>Fernando Joya</span>
</a>

Puntadas con hilo

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Resulta de una  obviedad sin discusión posible que la escuela tiene que ser un reflejo de la sociedad en que se halla inmersa. Si la sociedad catalana es bilingüe y los dos idiomas se usan por igual según el deseo de los individuos, la escuela también, de forma radical, lo debería ser. Si no lo es y, por el contrario, se impone con exclusividad una lengua, no existe modo razonable alguno de negar que tal acción es opresiva y discriminatoria, que representa una vulneración represiva de la libertad y de los derechos lingüísticos de la población.

Si se pretende justificar tal acción aludiendo a un supuesto derecho de la «lengua propia» del territorio (fundamentado lo «propio» en la Territorialidad en vez de la realidad lingüística), además de pervertir intencionadamente el significado de «lengua propia», se está defendiendo la supeditación de los derechos y libertades democráticos a un supuesto valor supremo de Territorialidad. Esto es: como en la Alemania de Hitler, como en la Italia de Mussolini,  como en la España de Franco, con esta justificación se desprecian los valores democráticos y se ensalzan y ponen en un pedestal los valores derivados de una concepción sacra de lo territorial.

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Leo en el periódico El Mundo del 8 de febrero, que el equipo rector de una escuela (a la que se pretende obligar a impartir el 25 % de las clases en castellano) ha proclamado con orgullo que «harán todo cuanto esté en sus manos para proseguir con la inmersión lingüística en catalán». ¿Qué otro significado no tiene esto sino una muestra de altanero desprecio a la ley, qué otra cosa que una loa a suprimir el derecho de enseñanza en castellano, qué otra cosa que una represión de la libertad paterna de elegir la lengua en que quieren que se eduquen sus hijos?, ¡y lo proclaman con orgullo!, ¡y son jaleados por ello por los patriotas del independentismo!, ¡como si les asistiera una moral de origen divino que se coloca por encima de la democracia, de las leyes y las normas!, ¿qué moral es ésta?, ¿no es una moral represora de libertades y derechos?, ¿no es una moral que atenta contra los valores democráticos básicos?, ¿no es una moral que quebranta la ley?, ¿no es una moral que persigue imponer un «pensamiento único»? Una moral represora que obedece a los dictados de la diosa Territorialidad.

Una moral represora muy semejante a ésta existía en la Alemania de Hitler, en la Italia de Mussolini y en la España de Franco.

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El control de los medios de comunicación mediante dádivas o amenazas; la pretensión de imponer una «verdad» exclusiva y única en los individuos; el aleccionamiento en el fanatismo; el señalar con dedo acusador a un supuesto enemigo e inculcar odio en su contra; el alarde incesante de banderas, lemas y consignas; el falseamiento interesado de la Historia; el amedrentamiento, el acoso, la condena al ostracismo del discrepante y del disidente; el intento de convertir a los ciudadanos en rebaño…, fueron prácticas habituales en la Alemania de Hitler, en la Italia de Mussolini y en la España de Franco. Estas prácticas obedecen a una ideología y a una moral que tiene un nombre concreto desde hace casi un siglo. Se denomina fascismo.

Sacralización de la democracia

Yack: Si la democracia se cifrara en votar una vez cada cuatro años (a unos elegibles, desconocidos para el ciudadano generalmente, y a un programa decorativo que nunca se cumple), en la URSS, en el Zimbabue de Robert Mugabe, en la Siria de Basar al-Asad, en la Venezuela de Madero, en la Cuna de los Castro o en el Irán de los ayatolás, podríamos decir que reina o ha reinado la democracia, pero nadie en su sano juicio tildaría de democráticos a los sistemas políticos de esos países.  Por otro lado, la condición de que existan varios partidos con distintas estrategias de gobierno, siendo necesaria, no es suficiente para que se instaure una democracia deseable en el sentido de corresponder el poder a la colectividad. Este país y otros muchos tienen una larga historia de bipartidismo ―que es favorecido por la disposición de medios económicos y por el sistema electivo reinante― que es propicio al acuerdo y al cambalache entre ellos en aras a su propio beneficio, produciendo frecuentemente una corrupción generalizada, una perversión de la democracia. Tampoco el cumplimiento riguroso de la ley que tú nombras es hacedor de democracia, pues esa ley puede no estar hecha para el bien común, sino para el beneficio de unos pocos, generalmente los propios partidos políticos. No. La democracia implica voz ciudadana, adecuados mecanismos prebiscitarios, participación, derechos y libertades, es decir, un modelo de democracia que facilite la convivencia en base a la voluntad general.

El método más eficaz para llegar a un sitio es el de saber de antemano el sitio al que se quiere ir. La democracia, como modelo a conseguir, debe hacerse creencia en la conciencia del ciudadano (recuerdo al lector que una creencia es una idea que ha hecho suelo en la conciencia y se ha convertido en rutina del pensamiento), debe ser rutina en relación al modo de actuar socialmente y en relación al modo de concebir los mecanismos de organización y participación política.  Si no abunda en la conciencia de los ciudadanos ese tipo de creencias, cualquier brisa producida por creencias del tipo paradisiaco o redentor ―léase nacionalismo, socialismo, comunismo, fascismo―conducirán al barco de la democracia a puertos totalitarios o caóticos, tales como el del fanatismo independentista catalán o el sistema bolivariano de Venezuela o el régimen de los ayatolás de Irán. La navegación del velero Democracia no puede supeditarse a la intención de llegar al puerto del socialismo ni del Islam; no puede amarrar en puerto alguno, su esencia está en la navegación. La Democracia no puede ser un medio para el fin del socialismo ni del Estado catalán ni del imperio de la shariat islámica. Frente a esas fuertes creencias debe reinar la creencia en la democracia: ésta debe ser el fundamento de la convivencia. Con más valor público que cualquier otra creencia. El modelo de democracia que tiene en cuenta la participación, la libertad respetuosa y respetada, los derechos del individuo y de los grupos, resulta ser el mejor modelo posible para resolver conciliatoriamente los asuntos sociales, y el modelo que produce mayor bienestar general y mayores beneficios sociales y económicos.

Se necesita infundir en la conciencia colectiva el modelo de democracia de libertades y derechos de participación e intervención sociales. Que ese modelo sirva de principio legitimador de la política. Y tener bien presente a Locke, Montesquieu y Stuart Mill. Al fin y al cabo somos máquinas movidas por los vientos de las creencias.