La cuestión catalana (II)

En la época de la Transición española y en vísperas de elecciones, los dirigentes de la izquierda daban grandes mítines en Barcelona. En Montjuic asistí a varios del PSC y del PSUC a los que acudieron Felipe González y Carrillo respectivamente. Cuando los oradores eran dirigentes regionales los asistentes al acto prestaban atención mediana (estaban disgregados en una extensa área), pero en el mitin final, cuando se trataba de Felipe González o de Santiago Carrillo, la gente se acercaba expectante formando una muchedumbre compacta y atenta a sus palabras. Como la inmensa mayoría de los asistentes eran emigrantes o hijos de ellos procedentes de otras regiones de España, el castellano era prácticamente la única lengua hablada. De hecho, según estadísticas de la propia Generalitat, el castellano era todavía en 1984 la lengua vehicular de más de un 75% de ciudadanos de Cataluña. Sin embargo, ya por ese año comenzaba el forzado proceso de inmersión lingüística en catalán, ya se empezaba a cuestionar la enseñanza en castellano, y ya el PSC y el PSUC y sus sindicatos filiales UGT y CCOO empezaban a cambiar a los dirigentes que no hablasen correctamente el catalán, primándose los nombres y apellidos catalanes.

¿No resulta necesario preguntarse por qué unos partidos políticos que representan de manera muy mayoritaria a ciudadanos castellano-parlantes, arraigados en culturas de diferentes regiones de España, no pongan objeción alguna ante los intentos (que enseguida empezarían a darse) de erradicar el castellano de las aulas, ante la denigración frecuente de todo lo que oliese a español en las dependientes televisiones públicas de Cataluña, y un largo etcétera de agravios, y más aún, que, como se verá, cooperen en ello con entusiasmo, como sintiéndose satisfechos de que se intente borrar una cultura ―la mayoritaria entre la población― y sustituirla por otra? Esto es: ¿no resulta necesario preguntarse por qué la izquierda pone en valor la territorialidad, en detrimento de la voluntad democrática de las gentes que habitan ese territorio? Trataré de contestar a esa pregunta.

Para ello me resulta necesario explicar lo que se conoce en bilogía como «efecto residente». En muchas especies animales se manifiesta un comportamiento que se conoce como defensa territorial. Cada individuo se aferra a un determinado territorio y lo defiende de los intrusos que lo quieren ocupar. Como «efecto residente» se considera el mayor ímpetu con que combate el residente frente al recién llegado, el intruso. ¿Se produce este efecto en la especie humana? Se ha de decir que sí, y median en ello los sentimientos. Por ejemplo, los residentes catalanes, siendo minoritarios en muchos lugares y ambientes de Cataluña (sobre manera en la época de la Transición), emplean un superior espíritu de combate para la defensa de sus supuestos singulares derechos territoriales que el que emplean los intrusos procedentes del resto de España en defender los suyos. También los residentes alegan poseer mayores derechos en otras cuestiones como la lingüística, y creen poseer una supremacía moral en relación a los intrusos,  a quienes consideran «usurpadores».

De manera general, los individuos de una comunidad regida por un determinado estilo de vida y con unas determinadas formas de relación social y cultural (residentes), al ver incrustarse en esa comunidad otras gentes con distintos valores y cultura (intrusos), perciben en ellos una amenaza, surgiendo en correspondencia un sentimiento de territorialidad que les hace proclives a pelear por que sean desterradas al estricto ámbito privado todas las formas culturales intrusas (sienten un impulso a ello) y a que en cualquier otro ámbito social se impongan autoritariamente las suyas, las de los residentes, aunque en número sean minoritarios. También de manera general aparecen en los residentes el intento de desvalorizar las formas culturales de los intrusos, que consideran usurpadoras. En el caso catalán, los intrusos, desasistidos por sus líderes (preocupados estos por aparecer como nuevos conversos, como residentes), enfrentados al clima de supremacía moral propiciado por los medios de comunicación y que sus propios líderes políticos auspiciaban, se vieron acorralados individualmente, apareciendo en ellos un complejo de huésped en una tierra extraña, sin derechos que alegar para mantener sus formas culturales, así que uno a uno, indefensoso en su individualidad, tuvieron que doblar su cerviz, esto es, devaluar o renunciar a su lengua, a su cultura, sus valores, a sus derechos de decir y negar, y tuvieron que ir adaptándose a la cultura catalana.

El porqué en muchos casos el intruso, al hacerse converso, esto es, residente nuevo, se hace un fanático defensor de los residentes y perseguidor de los intrusos,  tal como el Gran Inquisidor Torquemada, es un tema que trataré en otro posterior escrito. Me interesa, no obstante, conocer  por qué los líderes políticos representantes de los intrusos cooperaron con tanto ahínco para que los derechos territoriales alegados por los residentes imperasen sobre los derechos democráticos, sobre los derechos lingüísticos y sobre los valores de los intrusos. Voces muy autorizadas hacen deber esta cooperación a la desorientación de la izquierda, encadenada, dicen, a creencias decimonónicas que muestran poco sentido en el mundo actual.

Lo cierto es que el marxismo era internacionalista  (y el PSOE ha sido marxista hasta fechas relativamente recientes) y consideraba los nacionalismos como algo reaccionario, y tal fue la opinión del PSOE hasta al menos 1917. Pero el marxismo examina la historia del mundo por medio de la dialéctica de la oposición de contrarios, un método éste tan impreciso que es capaz de justificar cualquier cosa. Mediante «ciencia tan rigurosa» el marxismo justificaba que el feudalismo es la negación y superación de la época esclavista, el capitalismo es la negación y superación del feudalismo, y de igual manera el socialismo lo sería del capitalismo. Transitando por esas obligadas estaciones de paso, el tren de la historia nos llevaría ineludiblemente al socialismo. Fin del trayecto. Así que, preliminarmente a la llegada del socialismo, se debía implantar el capitalismo burgués. De ello extrajo el PSOE la siguiente conclusión: es preciso implantar en España una revolución burguesa que aún estaba por producirse. Así que,  atentos a subirse sin demora al tren de la historia y conducirlo hasta el socialismo, consideraron que había que derrumbar a la oligarquía española de la Restauración, apoyando para ello al nacionalismo catalán. Apoyando a la Lliga de Cambó se produciría la revolución burguesa esperada y hasta que tal revolución tuviese lugar esperarían (no se podían contradecir las tesis de Marx). De esa forma, a partir de 1918, para el PSOE, el nacionalismo catalán pasó de ser una fuerza reaccionaria a ser una fuerza progresista democratizadora. A partir de ese momento nació el buenismo del PSOE hacia los otrora reaccionarios nacionalismos periféricos. Julián Besteiro, Luis Araquistaín y otros, a imitación de Stalin, que defendía los nacionalismos en su libro El marxismo y la cuestión nacional (ya sabemos qué hizo  después Stalin con los nacionalistas, pero esa es otra historia), empezaron con las grandilocuentes arengas sobre «El Estado que oprime a las nacionalidades de España», «la confederación republicana de nacionalidades ibéricas», etc., hasta llegar a negar la existencia de la nación española. Así hasta ahora.

Considérense algunas de las declaraciones hechas en los congresos del PSC en los años 70 y 80 (téngase en cuenta que la gran mayoría de los votantes de ese partido en aquellas fechas eran venidos de otros lugares de España): «Cataluña es una nación (…) La colectividad nacional catalana está oprimida por el Estado español (…) Los socialistas desarrollaremos una estrategia nacional sobre las bases siguientes: a) El ejercicio del derecho de autodeterminación, que es una exigencia inalienable e imprescindible. Mediante ese ejercicio, nuestro pueblo decidirá el marco institucional que mejor convenga a nuestra identidad nacional…»  O considérense las declaraciones de Antonio Gutiérrez, del Comité Central del PSUC (era el partido comunista en Cataluña), en 1980: «Somos un partido nacionalista, el más nacionalista, no aceptaremos que ningún partido lo sea más que nosotros».

Nada más y nada menos: ¡a mí no me gana nadie a nacionalista!, quería decir el representante de todos los andaluces, aragoneses, murcianos y extremeños que afiliados al PSUC entendían con dificultades la lengua catalana. ¿Se entiende la situación de ahora? ¡Qué grandes genios han campeado por la izquierda! La izquierda anclada en lo utópico, en lo abstracto y en el sinsentido de no prever nunca las consecuencias de sus dichos, posiciones y actos. Cooperando en despojar de raíces y valores a sus adeptos, y todo ello en defensa de los derechos de territorialidad esgrimidos por la burguesía catalana. La izquierda acomplejada, desorientada, sin criterios sensatos; la izquierda de los líderes hechos nuevos conversos que tienen que demostrar su fe irredenta catalana para purgar su complejo de charnego; la izquierda que coopera en la inmersión lingüística y en la discriminación generalizada a favor del catalán y en detrimento del castellano; la izquierda que se tapa los ojos (también la derecha española) ante el incumplimiento de las leyes por parte de la Generalitat en lo tocante a la elección de la lengua materna en la escuela, en el surgimiento de leyes que discriminaban a los profesores castellano-parlantes; la izquierda que ayuda a promover una agobiante presión social contra todo aquel que discrepase del catalanismo rampante. Han entregado al rebaño bien maniatado. Así obtenían migajas, ¡y gobernaban en Madrid! (Continuará)

La cuestión catalana (I)

A estas alturas de los hechos nadie duda de que el nacionalismo independentista catalán es un torpedo lanzado contra la convivencia en Cataluña y en toda España, y que, asimismo, amenaza con destruir la estructura orgánica del Estado. Lo alarmante del caso es lo vertiginoso y reciente de su crecimiento. Si hasta hace bien poco tiempo el máximo valedor de ese independentismo, ERC, apenas reunía un 10% de los votos emitidos en Cataluña, ¿de dónde, cómo y por qué ha surgido esa marea de gentes (sobre todo jóvenes, es decir, muy influenciables) que quiere separarse del resto de España y que hasta «ayer mismo» utilizaban mayoritariamente el castellano como lengua? Iré analizando esas cuestiones, pero empiezo hablando de la cuestión propagandista encerrada en esas palabras-emblema o consignas o estandartes de las reivindicaciones nacionalistas que, encurtidas en el caldo de cultivo del independentismo y sirviéndose de la actual crisis económica, generan egoísmos y sentimientos que  hacen al individuo proclive a opiniones, justificaciones y creencias ilusas, erróneas y perversas sobre la realidad de la relación entre Cataluña y España.

«España nos roba», «derecho a decidir», «liberación nacional» son algunos de las altisonantes y huecas consignas y estandartes que, con  finalidad de engaño y de ocultar prácticas totalitarias, abren brecha en el convencimiento del ciudadano catalán. En el ánimo del receptor de esas altisonancias se evoca y se sugiere: primero, que existe un enemigo, España, que es el responsable de la crisis económica y de casi todos los males y miserias que padecemos; segundo, que la bota española obstruye nuestro camino hacia una arcadia feliz, hacia un paraíso catalán de bienestar y felicidad; tercero, que tenemos carencias de derechos y libertades porque el Estado español nos oprime, esto es, que Cataluña ha sido y sigue siendo una nación subyugada. Estos mensajes, repetidos hasta la saciedad por los medios propagandísticos de que dispone el nacionalismo catalán se incrustan en el tuétano del hombre-masa y le llevan al convencimiento de que otra realidad más satisfactoria es posible con la creación de un Estado propio. Forman parte de la promesa redentora del mesías Mas.

Pero, en cuanto a que «España nos roba», lo que Cataluña aporta al conjunto de España con el motivo de lograr una igualdad en derechos de todos los españoles y una cohesión del todo el territorio nacional, no es, en proporción, mayor ni distinta de lo que aportan las regiones más ricas de Alemania, EEUU o Suiza a las menos ricas para lograr ese mismo propósito, y se ha de considerar que ni siquiera es Cataluña la Autonomía que más aporta a ese fondo común. Así que, en realidad, lo que se encierra el «España nos roba» es, además de una ilusa promesa mesiánica de futura prosperidad: «queremos aprovecharnos del mercado español y de las ventajas que ofrece pero sin cooperar solidariamente para que otras regiones tengan los mismos derechos que nosotros», es decir, una infusión de puro egoísmo al ciudadano catalán. Eso sí, «España nos roba» presenta la misma perversa eficacia que el grito de guerra que mantuvo en Aragón a Marcelino Iglesias durante tres legislaturas: «Que nos quieren robar el agua». Pura demagogia que llama a los instintos más egoístas del ser humano, fabricando un enemigo que hace eficaz al nacionalismo: «Los malos son los “otros”»

En cuanto al «derecho a decidir», ¿a qué nivel ha de ser contemplado?, ¿en base a qué razones?, ¿razones históricas, lingüísticas, económicas, o simplemente de voluntad popular?, porque las históricas no caben tras más de cinco siglos de unión (por mucho que retuerzan y tergiversen la historia), las lingüísticas carecen de sentido siendo aún el castellano el idioma más hablado en Cataluña, y si se alegan razones de voluntad popular, ¿por qué no ha de contemplarse el «derecho a decidir» de una provincia, de una ciudad, de un pueblo? Pero aun siendo importantes estas objeciones, hay otras de mayor calado. La reforma del Estatut propuesta por Maragall (propuesta basada en la mera pretensión de perpetuarse en poder) interesaba a un 6% de la población catalana; los partidarios de la independencia, desde la transición hasta el maremágnum que trajo la crisis económica nunca habían llegado a un 20% de la población, así que los deseos de independencia no han estado en el sentimiento  de la mayoría de la población durante muchas décadas, así que el maremágnum antedicho, esa vorágine nacionalista es nueva, es muestra de las voluntades veleidosas y sugestionadas de los hombres, y es producto del albur de un cuestionamiento coyuntural y seguramente transitorio de las relaciones con España. Así que, atendiendo a ese aspecto coyuntural, breve y veleidoso que la dicha vorágine nacionalista presenta, ¿tiene sentido poner en valor un supuesto «derecho a decidir» que no tiene para el individuo otra entidad que la ilusa sugestión de la palabrería, pero que se hace servir de palanca con que derribar la convivencia en Cataluña y en España entera, y que a efectos prácticos sólo sirve a los talibanes del nacionalismo? El hombre es de naturaleza variable, es veleta zarandeado por pasión y alucinaciones, y sabe de la provisionalidad de sus creencias, así que siente la necesidad de aferrarse a algo fiable y duradero. La Constitución, en la política, cumple ese propósito. Sirve de baluarte cuando el transitorio vendaval de la crisis y los sinsabores arrecian. La Constitución pone la vista en lo firme y duradero —porque el tiempo acrisola la estupidez humana—, precisando su elaboración de capacidades, esfuerzos y asentimientos generalizados. Es algo hecho desde la conciliación para la concordia; algo firme a que agarrarse cuando soplan los vientos pasionales, cuando huracanes circunstanciales hacen enloquecer a los hombres provisionalmente, cuando las alucinaciones pretenden imponer su dictado. Tal construcción es la Constitución española. Considerando ese carácter voluble de las gentes, con buen criterio se fijan en la Constitución las condiciones que se han de dar para que ciertos derechos individuales y grupales puedan ejercitarse. Las consecuencias de ejercer el «derecho a decidir» no sólo afectarían a la convivencia en Cataluña y en España, sino que es también una amenaza a la construcción europea porque propicia la desintegración; por tales razones y con criterio unánime y concertado, la Constitución contempla que ha de ser toda España quien decida sus cambios, considerando con buenas razones y con la experiencia acumulada que en las democracias de Occidente no existe ni puede existir un país en el que una de sus regiones esté oprimida o explotada por otras, ni sometida por ellas, pues los resortes democráticos lo impedirían.

«Libertad y liberación de Cataluña», palabras altisonantes y hueras donde las haya. De la libertad individual, ¿existe merma de libertad en el ciudadano catalán en relación a cualquier otra región de España o de Europa? No, obviamente ninguna. Y claro como el agua que Cataluña no es una región oprimida si subyugada ni sometida, que tiene sus leyes, sus tribunales, sus propios modelos de convivencia, sus parlamentos, que legisla, ¿de quién habría que liberarla? Surge la sospecha: «algo huele a podrido en Dinamarca» cuando se observan de cerca las reivindicaciones de libertad del nacionalismo catalán. ¿No pretenderán con ese grito de libertad sacudirse las opiniones y voluntades discrepantes? Un ejemplo, aludiendo falta de libertad, hace unas semanas dimitió el equipo directivo de un Instituto de Enseñanza Secundaria porque se les obligaba a que se impartieran clases en castellano, es decir, porque no querían atenerse a la ley. Otro ejemplo, la negativa del gobierno de la Generalitat a cumplir y hacer cumplir las leyes sobre política lingüística en Cataluña. Un tercer ejemplo, el del nacionalista que en la TV3 se ufanaba de haber denunciado a cientos de comerciantes por rotular sus comercios en castellano (la ley más retrógrada que quizá haya existido). Los tres son ejemplos claros de personajes e instituciones que presentando la máscara de sentirse agraviados por la falta de libertad en Cataluña conculcan los derechos y libertades de los que discrepan de su opinión: niegan la enseñanza en castellano, impiden rotular el comercio en el idioma elegido por el comerciante, impiden que se hable en clase en otro idioma que no sea el catalán…Libertad para poder prohibir, reprimir, coartar, para imponer un totalitarismo en lo informativo y un monolingüismo, para modelar un pensamiento único. Se exigen derechos y libertades a esa entidad supuestamente agresora que es España, para negar al discrepante esos mismos derechos y libertades en nombre de la identidad catalana.  (Continuará…)