Las fábulas clásicas y la política

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La gallina de los huevos de oro. Esopo. Samaniego. La Fontaine

Cuentan que un hombre tenía una gallina que ponía huevos de oro, pero el brillo de la riqueza le acrecentó su ambición hasta el extremo de imaginar que se haría rico matándola y extrayendo la gran cantidad de huevos que debía albergar en sus entrañas. Así lo hizo y perdió la riqueza que obtenía con cada huevo.

Como muy pocas fábulas logran, ésta muestra lo inquietante de la falta de cordura humana; muestra lo ilusorio de nuestras ideas; muestra lo trágico y descerebrado de nuestro proceder.

Conozco profesores universitarios, investigadores científicos con capacidad demostrada, conozco individuos que en sus labores emplean razonamientos apabullantes, conozco sujetos con una inteligencia fría como el hielo…, y, sin embargo, resulta fácil encontrar entre ellos a muchos ciegos de ambición y deseo que pretenden matar a la gallina de los huevos de oro. Incluso me atrevería a decir que son mayoritarios los que albergan dicho propósito.

En un blog de contrastada calidad intelectiva y literaria, no hace mucho apareció una propuesta que fue de forma entusiasta aceptada y alabada por los diversos comentaristas: “Si se repartieran las riquezas del país entre todos los españoles, todos seríamos ricos y dichosos”. Otro de los contertulios, no contento, propuso repartir la riqueza de Amancio Ortega (el dueño de Inditex, uno de los dos o tres hombres más ricos del mundo) entre los empleados.

Y lo dicho provenía de gente con capacidad intelectual demostrada ―aunque con experiencia escasa―pero, claramente, con una absoluta falta de previsión lógica para el futuro. Ignoran lo que es factible y colocan en su lugar lo deseable. Con desearlo ya vale, se cumplirá, piensan. De nada les sirve saber que las experiencias cooperativistas han fracasado en España una tras otra; de nada les sirve saber que en todo lugar en donde se implantó el igualitarismo o se estuvo en ciernes de ello, la cosa concluyó en desastre; de nada les sirve saber que Amancio Ortega salió de la nada y con sus capacidades y su esfuerzo ha conseguido crear decenas de miles de puestos de trabajo… De nada les vale saber todo eso porque el deseo de destripar a la gallina y repartirse sus huevos de oro les ciega. Cuando la maten y se la coman y encuentren que no tenía huevos de oro en sus entrañas y sobrevenga la miseria, se preguntarán ―tal como otros muchos hicieron en situaciones históricas parecidas―, y ahora qué hacemos.

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El alacrán y la rana. Esopo

Cuenta esta fábula que un alacrán le pide a una rana que le ayude a cruzar el río. La rana, ignorante, bondadosa –o  quizá con temor a negarse—, carga con el alacrán a sus espaldas. A mitad del trayecto el alacrán pica a la rana. ¿Por qué me picas y me matas a mí que te he ayudado?, dice la rana muriendo, a lo que el alacrán responde: no lo pude evitar, está en mi naturaleza.

¿Cuántas veces no ha picado el alacrán del nacionalismo catalán o vasco a las sucesivas ranas que han gobernado España?, ¡Y todavía no se han enterado éstas que picar está en su naturaleza! Desde la Transición democrática española los sucesivos gobiernos del PSOE y del PP han transigido con las constantes exigencias, insultos y desprecios que les han propinado los nacionalismos catalán y vasco, y han seguido inclinándose ante ellos. No saben, ignoran, son cortos de miras, o van a su simple interés inmediato, que en la naturaleza del nacionalismo está el hacerse la víctima y exigir siempre más de lo que se le ofrezca; que su esencia es, como la del alacrán, picar a quienes les ayudan a mantenerse a flote. En cuanto dejaran de picar, desaparecerían del mapa político, así que ninguna ayuda que se les ofrezca hará que dejen su aguijón tranquilo.

La respuesta nacionalista a las innumerables claudicaciones de los gobiernos centrales ha sido la de aumentar sus exigencias, su victimismo, su despilfarro, su saltarse las leyes del Estado, el aumento de sus mentiras y de su propaganda contra España. Ahora mismo, ante el envite separatista y su burla hacia las instituciones españolas, el gobierno del PP les regala cuatro mil millones de euros extras, les promete la construcción del Corredor Mediterráneo, y se hace garante de la inmensa deuda que han acumulado en robos y despilfarros. La próxima picadura será mortal, y la rana del gobierno central preguntará angustiada: ¿por qué me has picado si te he complacido en todo cuanto pides?

 

 

 

Lo Políticamente Correcto III: Implantación social.

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Anuncié en mi anterior publicación en este Blog que el tercer gran obstáculo al volteo de valores sociales pretendido por la Escuela de Frankfurt era: «cómo conseguir adeptos a la causa si, en palabras de Marcuse, “el proletariado ha perdido su negatividad”, ha dejado de ser revolucionario.» Las soluciones dadas a este impedimento son en esencia tres; tres estrategias de penetración en el cuerpo social.

La primera de ellas, la de infiltrarse en todas las Instituciones, sobre todo en las Educativas y en las Académicas. Antonio Gramsci, intelectual comunista italiano del primer tercio del siglo XX, lo había expresado crudamente: si tenemos la educación de los niños en nuestras manos, tendremos en el futuro sus conciencias. En Occidente la izquierda ha sabido seguir estos dictados al dedillo. (En las etapas de la Educación Secundaria y de la Universidad en que la naturaleza de los jóvenes es rebelde y su conciencia extremadamente moldeable)

El ejemplo de la infiltración en la Universidad española es ilustrativo al respecto. Por la oposición frontal que han hecho todos los rectores universitarios, sin excepción,  a la pretendida reforma educativa del PP y a cualquier intento de racionalizar y aumentar la competitividad en los estudios universitarios, no resulta descabellado señalar que las tendencias políticas de todos ellos son de izquierdas. La Ley Orgánica de Reforma Universitaria de 1983, con Felipe González en el gobierno, propició que la ideología política del aspirante cobrase importancia a la hora de ocupar puestos universitarios.

Las Facultades de Periodismo, Filosofía, Ciencias Políticas e Historia,  han sido los bocados más apetecidos. Bien aleccionados, sus alumnos ocuparán importantes púlpitos el día de mañana.  Desde ellos podrán lanzar anatemas contra quienes no acepten la introducción de los nuevos valores políticos y morales, y se convertirán en adalides de lo políticamente correcto y en sus vigilantes.

La segunda estrategia empleada consiste en buscar aliados, por aquello de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Esos aliados se deben encontrar entre los enemigos del sistema liberal demócrata capitalista que se pretende destruir. El Feminismo, el Ecologismo, el Indigenismo, el Animalismo, el Islamismo, los nacionalismos periféricos, los grupos de homosexuales, todos aquellos grupos que alegan haber sufrido históricamente agravios infringidos por el sistema de poder dominante, van a aliarse con el Igualitarismo marxista en su labor destructora de valores. (Se llega a denigrar a Colón por haber descubierto América y a los Reyes Católicos por haber conquistado Granada). Esa alianza defiende con fervor pasional los nuevos valores impulsados desde la Escuela de Frankfurt: la matrifocalidad, la defensa del indigenismo, la imposición de leyes represoras a favor del ecologismo y del animalismo, la multiculturalidad, el reblandecimiento de los instintos, el acabar con todo rastro de fuerza, de violencia, de crueldad, la no discriminación durante la etapa escolar por ninguna razón, sea de inteligencia, capacidad, laboriosidad, la imposición de la absurda hipótesis señalar al género como constructo cultural…, y la imposición del lenguaje políticamente correcto, que en algún caso ha llegado a extremos esperpénticos, como el sonado “miembros y miembras” de aquella ministra de la paridad, o el hecho de que algunas Autonomías legislaran en una jerga aborrecible por cumplir con ese lenguaje.

Este conjunto de aliados (que se han sentido históricamente agraviados, débiles que han sentido en sus carnes la moral de los ‘fuertes’) han levantado la compasión como baluarte de la nueva moral: compasión con los débiles, con los delincuentes, con los inmigrantes, con los mediocres, con los animales, con el medio ambiente…, pero, resentimiento y odio contra los que triunfan socialmente, contra los fuertes, contra los emprendedores…(la doble faz). Y la alianza se vuelca a favor de las prohibiciones que impone lo políticamente correcto: contra el fumar o el beber, contra la prostitución, contra la caza, contra la pesca, contra las corridas de toros, contra los espectáculos con animales, contra la construcción de pantanos, contra la defensa de la masculinidad, contra los juegos violentos. Para ello han logrado imponer leyes de protección animal y del medio ambiente, y leyes de discriminación positiva de la mujer y los homosexuales.

Pero la estrategia de infiltración social que ha conseguido resultados más firmes y duraderos, tal vez sea la estrategia de generar clientelismo. Consiste en beneficiar a ciertos individuos o a ciertos grupos de individuos con cargos o dádivas que no podrían obtener por carecer de méritos para ello. El agradecimiento de tales individuos hacia quienes les han procurado la elevación de su estatus es seguro.

En España los casos de clientelismo por parte del PSOE, uno de los partidos que siguen los dictados sociales marcados por la Escuela de Frankfurt, se cuentan a centenares. Se ha tratado de derribar la barrera de los méritos y capacidades para que los mediocres la pasen y se muestren en lo sucesivo agradecidos. Las grandes hornadas de profesores interinos que se mostraban pertinazmente incapaces de superar una oposiciones libres a la Administración, han sido “colados” a través de las llamadas “oposiciones restringidas”; los nombramientos de jueces “a dedo”; los decenas de miles de trabajadores que convirtieron en funcionarios de la noche a la mañana sin aportar mérito alguno; las gigantescas subvenciones a la industria del cine y del espectáculo; las abundantes ayudas sociales a los miembros de etnia gitana; la imposición de pedagogos y psicólogos en Educación Primaria y Secundaria con el propósito de imponer una educación políticamente correcta; las grandes subvenciones, ayudas y leyes a favor del Ecologismo o el Animalismo; las ayudas a ONGs de eficacia más que dudable, etc. etc.

Como resultado de todo ello, la moral cifrada en lo que se conoce como políticamente correcto se ha impuesto en gran parte de Occidente y muy especialmente en España. No negaré que ha mostrado algunas virtudes, pero su capa represora es enorme, y la destrucción de valores arraigados en la población está motivando que la gente se rebele contra sus imposiciones. El Brexit, la llegada de Trump a la Casa Blanca, el auge de Marine Le Pen en Francia, no se pueden entender sino como reacción extrema frente a esa moral represora y asfixiante. Además, el camino que marcan los partidos políticos que actúan como sus adalides no parece que sea otro que el de Venezuela o Cuba, algo muy poco ilusionante. Pero se ha impuesto en Occidente, y me temo que al tiempo que va destruyendo valores irá destruyendo también el tejido social y la economía de nuestras sociedades sin ofrecer un recambio ilusionante.

Marcuse, desengañado del proletariado, vibrándole el odio que sentía hacia las sociedades basadas en la liberal democracia capitalista, señalaba al final de El hombre unidimensional que la oposición revolucionaria vendría de los proscritos, de los “extraños” de los explotados y perseguidos de otras razas y otros colores, de los parados y los que no pueden ser empleados. Quizás no le falte una pizca de razón en esto, y la verdadera revolución venga próximamente de la creciente población musulmana inmigrada, y de una abundante población que detesta la responsabilidad y el trabajo y solo busca derechos gratuitos. Pero quizás, también, esa revolución nos conduzca al totalitarismo y a la miseria.

Gramsci decía que había que extirpar por todos los medios la cultura cristiana occidental en un combate al que él denominaba la “larga marcha”. Esta marcha debía dirigirse a universidades, escuelas, periódicos, revistas, hoy también al cine, televisión e internet, y desde esos lugares propagar la anti-cultura que acabe con todas las convicciones anteriores e imponga los ideales del Igualitarismo. Buena parte de ese camino ya ha sido recorrido.

ENMIENDA POLÍTICA

AHORA SE QUEJAN

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Ahora los antiguos barones del socialismo español se quejan de las catastróficas consecuencias que puede traer el hecho de que el PSOE y el populismo podemita caminen de la mano. Ahora el antiguo ministro Corcuera, ahora el antiguo vicepresidente del gobierno español, Alfonso Guerra, ahora Felipe González, ahora Joaquín Leguina, se quejan de la horda asamblearia que dirigida por un mesías bolivariano intenta implantar en España el desastre que Chávez y Maduro implantaron en Venezuela.

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Pero esos ilustres miembros del PSOE  fueron en su día  responsables, por acción u omisión, de que el principal quehacer del partido político al que pertenecen  haya sido insuflar odio contra todos aquellos que no comulgasen con sus ideas políticas; fueron esos mismos barones –o fueron sus compañeros de partido y callaron—los  que propugnaban que se acabara con los símbolos, los mitos, las banderas patrias, con todo aquello tenido hasta entonces como sagrado; fueron ellos los que jalearon a los nacionalismos periféricos con los fatuos eslóganes de la ‘liberación de los pueblos de España’; fueron esos mismos barones los que cooperaron en instaurar un atroz maniqueísmo moral en la sociedad española, un maniqueísmo  que santifica cualquier aberración que cometa la ‘izquierda’ y que señala a la ‘derecha’ como el Mal para cuya destrucción cualquier medio es bueno; fueron ellos –o sus acólitos—los que agitaron los demonios de la guerra civil durante lustros, y levantaron la bandera de la discordia y del enfrentamiento –o asintieron cuando la levantaban sus compañeros; fueron ellos mismos quienes permitieron que su grupo se manifestara reiteradamente  contra la excelencia y el mérito y a favor de primar la mediocridad y de esquilmar y expoliar a los emprendedores. Ahora, ¿de qué se quejan?

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Ellos y su grupo político son quienes acunaron y amamantaron el populismo de Podemos. Ellos insuflaron ese odio que hoy luce en el rostro de la horda podemita. Bueno, tal vez no se quejen de que se haya descarriado ese rebaño que alimentaron con un pesebre bien lleno de derechos, prebendas y gratuidades, sino que las reses hayan cambiado de pastor. Pensaban que la grey estaba a buen recaudo en su redil, sin sospechar que la cabra joven siempre tira al monte, y más cuando tiene un nuevo pastor que le gusta caminar por cerros y bordear precipicios.

 

De egoísmo, altruismo, Mesías y partidos políticos

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No niego que la filantropía, la compasión, el altruismo, la ayuda al necesitado, no produzcan efectos sociales benéficos y que resulta necesario que se practiquen y deben ser, en ciertas ocasiones y casos, aplaudidos, pero es mi parecer que, oculto o desvelado, todo acto humano es un acto egoísta, aunque su faz venga engalanada con los más bellos colores del altruismo. Y también sostengo que el animal político destaca en lo del egoísmo de conseguir poder, estatus y otros beneficios, aunque asegure laborar abnegadamente por el bienestar de los ciudadanos.

Recientemente se han celebrado en España elecciones a cargos municipales y autonómicos. Las banderas de la pasión se han empezado a agitar en estos comicios que son el preludio de las elecciones generales que vendrán al finalizar el año. En la derecha se ha agitado el miedo a que un cambio de gobierno destruya privilegios, valores y riquezas; en el PSOE, que representa al socialismo moderado, como andan perdidos en el laberinto de autodefinirse y de encontrar qué querer y qué aborrecer, apenas se ha agitado nada; en Podemos, sucursal del pensamiento bolivariano en España, se han agitado el odio y el resentimiento.

Podemos es la nueva máscara del viejo Igualitarismo. Es una máscara hecha con retales de populismo, mesianismo y engaño. Se asemeja más a un movimiento religioso que a un partido político. Tiene a un líder a imagen de Jesucristo; el Jesucristo representado en  los iconos mostrando su bondad a Marta y a María, y mostrando su odio a los mercaderes del templo. Un líder, un Mesías, Pablo Iglesias, que promete un Paraíso Terrenal, una nueva Tierra Prometida: por el hecho de nacer, todo el mundo tiene derecho a todo, basta quitárselo a los ricos: vivienda, 30 horas de trabajo a la semana, jubilación a los 60, paga universal de 600 euros, sanidad y educación gratuitas en todo el amplio espectro de operaciones quirúrgicas y en todo ámbito educativo. ¡La tierra de Jauja de nuevo!

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A él acuden obnubiladas las muchedumbres hambrientas de palabras y esperanzas nuevas, a su silbo acuden, a despeñarse con él si fuera preciso. La muchedumbre airada que no se resigna a haber perdido sus coches y sus vacaciones y sus subvenciones y sus lujos, la muchedumbre que quiere seguir teniendo todos los derechos del mundo solo por haber nacido, que quiere recuperar todos sus privilegios con el mero argumento del deseo de conseguirlo y de la confianza ciega en quien se lo ofrece con voz templada y le asegura que así será si le siguen y le votan y odian a quien no sea de los suyos.

Y para que esa muchedumbre se inflame, el mesías erige altares al viejo dios laico, Papá Estado, ahora remozado con plumas de nuevos colores, que protegerá a las gentes en su andar por el desierto y pondrá remedio a todos los males y extenderá sobre todo hombre y mujer su amplio manto de riquezas y bendiciones sin cuento. Y lo público reinará para siempre por los siglos de los siglos sin agobiar a nadie en el trabajo y todos ricos y felices.

Pero, a menos que el Mesías señalado sea un redomado idiota ―que no lo es―, no puede ignorar que la Tierra Prometida es un espejismo que envenena la imaginación de las gentes y que nunca podrá calmar su sed, y que incluso conduce al abismo; pero sigue adelante con su propósito redentor porque odia mucho, porque está hecho de odio, y porque el poder le ciega. ¡Apañados estamos con él!

Recordemos las palabras de Bertrand Russell:  «Hay personas que al sentirse desdeñadas se vengan desatando revoluciones en el mundo o mojando su pluma en hiel … Muchas veces tales personas se engañan a sí mismas creyendo que están arrasando para construir de nuevo, pero cuando se les pregunta qué construirán más tarde hablan vagamente y sin entusiasmo, después de haber hablado de la destrucción con precisión y calor. Esto es aplicable a no pocos revolucionarios, militaristas y otros apóstoles de la violencia. Actúan siempre sin darse cuenta de ello, movidos por el odio: la destrucción de lo que odian es su propósito verdadero, y sienten una relativa indiferencia por lo que ha de suceder después.»

Pues eso.

Pequeños confites de estupideces sacras (V)

El caso Zapatero

Ondeando en lo más alto del mástil de las estupideces sacras en España se encuentra el caso Zapatero. En él se pone de manifiesto la simpleza y el seguidismo de las gentes que consideran excelente todo cuanto provenga de quien consideran su líder redentor, en quien fían y en quien delegan su criterio y su juicio, y a quien se someten gustosamente. Y también el silencio de aquellos que percatándose de los disparates que el presidente Zapatero cometía un día tras otro, medrosamente callaban por no poner en riesgo su pesebre, es decir, por medrar a la sombra de la estupidez del rabadán. ¿Recuerdan el niño aquel del cuento que se atrevió a decir que el emperador estaba desnudo?, pues nadie en el PSOE se atrevió a tener la valentía y la inocencia de tal niño. Y, finalmente, poner a las claras cómo un estulto ignorante con poder es un gran peligro.

Educado en la burbuja ideológica en la que el PSOE cría las larvas destinadas a cargos políticos, con Zapatero regresó el disparate ideológico que siempre estuvo latente en su partido:
• El apoyo a los nacionalismos periféricos que promueven la desmembración de España.
• Una concepción del mundo ―política, social y económica―propia del siglo XIX.
• Un exagerado maniqueísmo de buenos y malos, de izquierdas y derechas.
• La fantasía de considerarse redentores del mundo e instrumento de la justicia universal.
• El odio visceral contra Norteamérica y el capitalismo.
• La idealización de la Segunda República española, de la «liberación», de la «liberación de los pueblos de España», de la santificación del concepto «pueblo»… y otras idealizaciones construidas sobre el anverso de la realidad.
• Pero también el ansia de control partidista de todos los medios y de las instituciones del Estado; y también la graciosa subvención con ánimo clientelar o el puesto a dedo para los familiares, amigos y poseedores de carné del partido.
La simpleza de Zapatero prontamente se puso de manifiesto al ni siquiera atisbar la repercusión que tendrían todos sus actos como Presidente del Gobierno de España. Con desdén y desprecio se niega a saludar a la bandera norteamericana en el desfile de las fuerzas armadas españolas. Para él no hay diferencia entre representar a un país y manifestar una rabieta. Y ni siquiera su penoso aislamiento en los foros internacionales, en donde era observado desde lejos con tono burlesco, le hizo percatarse del desatino de sus intervenciones (al vivir en una burbuja de irrealidad, carecía del sentido del ridículo).

Pero ya antes había manifestado su simpleza y arrogancia al declarar muy ufano y varias veces que él iba a acabar con el problema de ETA y con el problema de los nacionalismos periféricos en España. Ya sabemos lo que ocurrió al respecto: con ETA establece relaciones, lo niega públicamente, y finalmente accede a todas las pretensiones de la banda. En cuanto al problema del nacionalismo, su simpleza llega a extremos difícilmente superables: pone en cuestión la existencia de una nación española, y espolea al parlamento catalán a elaborar un estatuto al antojo y deseo de éste: «Aprobaré en las Cortes todo lo que decidáis». La consecuencia: una carrera de cada caudillo en cada reino de Taifas de las Autonomías españolas por crear un estatuto a conveniencia propia, sin mirar en ningún momento el interés general. Con la estupidez de sus palabras Zapatero dio a las autonomías el cuchillo con que partir a su gusto todo el jamón que quisieran. Y solo dejaron un muñón descarnado.

Sin embargo, ni sus fieles y ciegos seguidores ni los miembros de las innumerables ONGs con fines peregrinos que surgieron al olor de medrar a costa del erario público ni los subvencionados de la farándula ni sindicalistas ni familiares de cargos políticos ni los de carné con pesebre bien lleno, que se percataban de los desaguisados que el ínclito personaje iba cometiendo, adujeron una sola crítica ni cuestionaron disparate alguno. Cuanto más, callaban, pero generalmente aplaudían. Nadie se atrevió a señalar que el emperador iba desnudo.

Ni aun cuando se gobernaba con la ocurrencia o la improvisación absoluta de inventarse un ministerio de la Paridad y regalárselo a una especialista en folclore que le «cayó graciosa» o de, en un acto efusivo, prometer un Ministerio de Deportes.

Claro que en esto de la ocurrencia y el disparate sus ministros no le iban a la zaga. Ahí está el caso de Sebastián, enviándonos una bombilla a todos los españoles o asegurando con toda la imprudencia del mundo que «en España caben 20 millones de subsaharianos», produciendo con ello un descomunal efecto llamada de emigrantes. O el ínclito Caldera, que intentó convertir en acciones el Fondo de Pensiones de los jubilados españoles poco antes de que la bolsa cayera en picado. O la ministra de la Paridad, Bibiana Aído, con la estupidez de los «miembros y miembras» que generó un movimiento legislativo en todas las administraciones a favor del lenguaje «de género». O la propuesta de un diputado del PSOE a favor de otorgar derechos humanos a los monos. O la del Rector de la Universidad de Sevilla a favor de dejar en agua de borrajas la sanción a los estudiantes que copian en las aulas universitarias, es decir, en facilitar que copiasen (no había que discriminar a los mediocres, todo el mundo debía poseer título universitario). O…

Sin embargo, todo disparate era bien visto por el rebaño.

SEGUIRÁ

La cuestión catalana (II)

En la época de la Transición española y en vísperas de elecciones, los dirigentes de la izquierda daban grandes mítines en Barcelona. En Montjuic asistí a varios del PSC y del PSUC a los que acudieron Felipe González y Carrillo respectivamente. Cuando los oradores eran dirigentes regionales los asistentes al acto prestaban atención mediana (estaban disgregados en una extensa área), pero en el mitin final, cuando se trataba de Felipe González o de Santiago Carrillo, la gente se acercaba expectante formando una muchedumbre compacta y atenta a sus palabras. Como la inmensa mayoría de los asistentes eran emigrantes o hijos de ellos procedentes de otras regiones de España, el castellano era prácticamente la única lengua hablada. De hecho, según estadísticas de la propia Generalitat, el castellano era todavía en 1984 la lengua vehicular de más de un 75% de ciudadanos de Cataluña. Sin embargo, ya por ese año comenzaba el forzado proceso de inmersión lingüística en catalán, ya se empezaba a cuestionar la enseñanza en castellano, y ya el PSC y el PSUC y sus sindicatos filiales UGT y CCOO empezaban a cambiar a los dirigentes que no hablasen correctamente el catalán, primándose los nombres y apellidos catalanes.

¿No resulta necesario preguntarse por qué unos partidos políticos que representan de manera muy mayoritaria a ciudadanos castellano-parlantes, arraigados en culturas de diferentes regiones de España, no pongan objeción alguna ante los intentos (que enseguida empezarían a darse) de erradicar el castellano de las aulas, ante la denigración frecuente de todo lo que oliese a español en las dependientes televisiones públicas de Cataluña, y un largo etcétera de agravios, y más aún, que, como se verá, cooperen en ello con entusiasmo, como sintiéndose satisfechos de que se intente borrar una cultura ―la mayoritaria entre la población― y sustituirla por otra? Esto es: ¿no resulta necesario preguntarse por qué la izquierda pone en valor la territorialidad, en detrimento de la voluntad democrática de las gentes que habitan ese territorio? Trataré de contestar a esa pregunta.

Para ello me resulta necesario explicar lo que se conoce en bilogía como «efecto residente». En muchas especies animales se manifiesta un comportamiento que se conoce como defensa territorial. Cada individuo se aferra a un determinado territorio y lo defiende de los intrusos que lo quieren ocupar. Como «efecto residente» se considera el mayor ímpetu con que combate el residente frente al recién llegado, el intruso. ¿Se produce este efecto en la especie humana? Se ha de decir que sí, y median en ello los sentimientos. Por ejemplo, los residentes catalanes, siendo minoritarios en muchos lugares y ambientes de Cataluña (sobre manera en la época de la Transición), emplean un superior espíritu de combate para la defensa de sus supuestos singulares derechos territoriales que el que emplean los intrusos procedentes del resto de España en defender los suyos. También los residentes alegan poseer mayores derechos en otras cuestiones como la lingüística, y creen poseer una supremacía moral en relación a los intrusos,  a quienes consideran «usurpadores».

De manera general, los individuos de una comunidad regida por un determinado estilo de vida y con unas determinadas formas de relación social y cultural (residentes), al ver incrustarse en esa comunidad otras gentes con distintos valores y cultura (intrusos), perciben en ellos una amenaza, surgiendo en correspondencia un sentimiento de territorialidad que les hace proclives a pelear por que sean desterradas al estricto ámbito privado todas las formas culturales intrusas (sienten un impulso a ello) y a que en cualquier otro ámbito social se impongan autoritariamente las suyas, las de los residentes, aunque en número sean minoritarios. También de manera general aparecen en los residentes el intento de desvalorizar las formas culturales de los intrusos, que consideran usurpadoras. En el caso catalán, los intrusos, desasistidos por sus líderes (preocupados estos por aparecer como nuevos conversos, como residentes), enfrentados al clima de supremacía moral propiciado por los medios de comunicación y que sus propios líderes políticos auspiciaban, se vieron acorralados individualmente, apareciendo en ellos un complejo de huésped en una tierra extraña, sin derechos que alegar para mantener sus formas culturales, así que uno a uno, indefensoso en su individualidad, tuvieron que doblar su cerviz, esto es, devaluar o renunciar a su lengua, a su cultura, sus valores, a sus derechos de decir y negar, y tuvieron que ir adaptándose a la cultura catalana.

El porqué en muchos casos el intruso, al hacerse converso, esto es, residente nuevo, se hace un fanático defensor de los residentes y perseguidor de los intrusos,  tal como el Gran Inquisidor Torquemada, es un tema que trataré en otro posterior escrito. Me interesa, no obstante, conocer  por qué los líderes políticos representantes de los intrusos cooperaron con tanto ahínco para que los derechos territoriales alegados por los residentes imperasen sobre los derechos democráticos, sobre los derechos lingüísticos y sobre los valores de los intrusos. Voces muy autorizadas hacen deber esta cooperación a la desorientación de la izquierda, encadenada, dicen, a creencias decimonónicas que muestran poco sentido en el mundo actual.

Lo cierto es que el marxismo era internacionalista  (y el PSOE ha sido marxista hasta fechas relativamente recientes) y consideraba los nacionalismos como algo reaccionario, y tal fue la opinión del PSOE hasta al menos 1917. Pero el marxismo examina la historia del mundo por medio de la dialéctica de la oposición de contrarios, un método éste tan impreciso que es capaz de justificar cualquier cosa. Mediante «ciencia tan rigurosa» el marxismo justificaba que el feudalismo es la negación y superación de la época esclavista, el capitalismo es la negación y superación del feudalismo, y de igual manera el socialismo lo sería del capitalismo. Transitando por esas obligadas estaciones de paso, el tren de la historia nos llevaría ineludiblemente al socialismo. Fin del trayecto. Así que, preliminarmente a la llegada del socialismo, se debía implantar el capitalismo burgués. De ello extrajo el PSOE la siguiente conclusión: es preciso implantar en España una revolución burguesa que aún estaba por producirse. Así que,  atentos a subirse sin demora al tren de la historia y conducirlo hasta el socialismo, consideraron que había que derrumbar a la oligarquía española de la Restauración, apoyando para ello al nacionalismo catalán. Apoyando a la Lliga de Cambó se produciría la revolución burguesa esperada y hasta que tal revolución tuviese lugar esperarían (no se podían contradecir las tesis de Marx). De esa forma, a partir de 1918, para el PSOE, el nacionalismo catalán pasó de ser una fuerza reaccionaria a ser una fuerza progresista democratizadora. A partir de ese momento nació el buenismo del PSOE hacia los otrora reaccionarios nacionalismos periféricos. Julián Besteiro, Luis Araquistaín y otros, a imitación de Stalin, que defendía los nacionalismos en su libro El marxismo y la cuestión nacional (ya sabemos qué hizo  después Stalin con los nacionalistas, pero esa es otra historia), empezaron con las grandilocuentes arengas sobre «El Estado que oprime a las nacionalidades de España», «la confederación republicana de nacionalidades ibéricas», etc., hasta llegar a negar la existencia de la nación española. Así hasta ahora.

Considérense algunas de las declaraciones hechas en los congresos del PSC en los años 70 y 80 (téngase en cuenta que la gran mayoría de los votantes de ese partido en aquellas fechas eran venidos de otros lugares de España): «Cataluña es una nación (…) La colectividad nacional catalana está oprimida por el Estado español (…) Los socialistas desarrollaremos una estrategia nacional sobre las bases siguientes: a) El ejercicio del derecho de autodeterminación, que es una exigencia inalienable e imprescindible. Mediante ese ejercicio, nuestro pueblo decidirá el marco institucional que mejor convenga a nuestra identidad nacional…»  O considérense las declaraciones de Antonio Gutiérrez, del Comité Central del PSUC (era el partido comunista en Cataluña), en 1980: «Somos un partido nacionalista, el más nacionalista, no aceptaremos que ningún partido lo sea más que nosotros».

Nada más y nada menos: ¡a mí no me gana nadie a nacionalista!, quería decir el representante de todos los andaluces, aragoneses, murcianos y extremeños que afiliados al PSUC entendían con dificultades la lengua catalana. ¿Se entiende la situación de ahora? ¡Qué grandes genios han campeado por la izquierda! La izquierda anclada en lo utópico, en lo abstracto y en el sinsentido de no prever nunca las consecuencias de sus dichos, posiciones y actos. Cooperando en despojar de raíces y valores a sus adeptos, y todo ello en defensa de los derechos de territorialidad esgrimidos por la burguesía catalana. La izquierda acomplejada, desorientada, sin criterios sensatos; la izquierda de los líderes hechos nuevos conversos que tienen que demostrar su fe irredenta catalana para purgar su complejo de charnego; la izquierda que coopera en la inmersión lingüística y en la discriminación generalizada a favor del catalán y en detrimento del castellano; la izquierda que se tapa los ojos (también la derecha española) ante el incumplimiento de las leyes por parte de la Generalitat en lo tocante a la elección de la lengua materna en la escuela, en el surgimiento de leyes que discriminaban a los profesores castellano-parlantes; la izquierda que ayuda a promover una agobiante presión social contra todo aquel que discrepase del catalanismo rampante. Han entregado al rebaño bien maniatado. Así obtenían migajas, ¡y gobernaban en Madrid! (Continuará)