ESCLAVITUDES

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Solemos andar mal encaminados en nuestro discurrir por la vida. Culpamos al mundo de nuestra insatisfacción y malestar. Acusamos a la sociedad y combatimos contra los aparentes males de ésta, que nos oprimen, reprimen y esclavizan. Nos rebelamos contra lo que consideramos falta de libertad o de derechos o de justicia. Consideramos que el mal siempre está fuera de nosotros. Pero, en verdad, la esclavitud nos la imponemos nosotros. Nos esclavizamos al temor, al deseo, a una obsesión, por una adicción, por aparentar. Y en lugar de tratar liberarnos de esos grilletes que nosotros mismos hemos forjado, actuamos como si las cadenas nos las impusiesen los demás, así que dedicamos nuestras vidas a combatirles con odio y rencor, con lo que nos hundimos aún más en la esclavitud.

Tal vez, en lugar de tratar de incendiar el mundo, en vez de lanzar contra el vecino nuestro resentimiento, para liberarnos de nuestros yugos y nuestros pesares, tal vez deberíamos indagar en el interior de nosotros mismos en busca de la llave que abra nuestros grilletes.

Expongo un decálogo de agentes opresores, de prisiones internas en las que voluntariamente nos encerramos. Existen muchos más; y suelen estar relacionados entre sí. La esclavitud del deseo o del temor es también esclavitud obsesiva, y la esclavitud que nos produce el ansia de poseer tiene la misma raíz que la que nos produce el ansia de aparentar. En fin, expongo tal decálogo de esclavitudes. Pero, antes, sería bueno que cada cual se tratase de percatar de aquellas cosas que le esclavizan.

 

  1. Esclavos de nuestras propias pasiones
    1. Esclavos del deseo
      1. Se trata de la esclavitud más extendida que existe en la actualidad. Nuestras “avanzadas” sociedades basan su ser y existir en tener en todo momento la maquinaria del deseo bien engrasada y a toda marcha. Esas fábricas de deseos que son la televisión e internet, son las causantes de gran parte de nuestra insatisfacción, de nuestra ansiedad y nuestra excitabilidad, de gran parte del malestar que nos produce la existencia. El deseo es en buena medida el motor de nuestro actuar en el mundo. El deseo sexual y el deseo de aparentar son los dos grandes adalides, los conductores de las tropas. El budismo los combate. Considera al deseo el gran enemigo a liquidar; toda su doctrina se basa en combatirlo.
    2. Esclavos de la emoción y los sentimientos
      1. Algunos individuos sienten tan a menudo el rapto emocional que se convierten en sus esclavos. Pero son los sentimientos quienes más nos esclavizan. El odio, el rencor, el resentimiento, el temor, aprisionan la conciencia de las gentes y les introducen en una vida de enfrentamientos, inquinas y venganzas. Esos rebeldes sin causa que no tienen otro propósito que destruir –siguiendo los dictados de su odio y de su resentimiento—merecen que algo de la luz de la razón penetre en sus vidas.
    3. Esclavos del amor
      1. Nada singular que resaltar. Quien haya estado enamorada sabrá de esa enfermiza obsesión del amor, que es capaz de producir el más excelso gozo y el más profundo dolor.
    4. Esclavos del instinto
      1. La pulsión sexual, la pulsión por el juego, por el riesgo, por la crueldad, es decir, el impulso animal sin control inhibidor crea grandes oscuridades en el espíritu y le esclaviza.
    5. Esclavos de las adicciones
      1. (tabaco, sexo, drogas, juegos de azar, gula, gimnasio)
    6. Esclavos de manías y obsesiones
      1. (lavar, ordenar, limpiar, obsesión sexual, musical, literaria…) Las manías son una respuesta desproporcionada e injustificada a un cierto estímulo. La obsesión comporta un cortocircuito de algún área neuronal que nos produce que ciertas imágenes o pensamientos se reiteren sin solución. Tanto la manía como la obsesión se apoderan de nuestra voluntad.
    7. Esclavos del temor al “qué dirán”.
      1. El temor al “qué dirán” es la base represora de la moral y  desarrolla toda la tribu de la vergüenza (pudor, timidez…).  Una vez que se ha establecido un imperio moral, el temor al ojo del prójimo hace que sigamos las normas impuestas. Aunque en el interior de cada cual se tenga conciencia clara de lo opresiva y perversa de esa moral. Una encuesta popular acerca de la opinión sobre lo Políticamente Correcto y la Ideología de Género pondría de relieve la animadversión que producen (pero rápidamente se falsearía la estadística por parte de las autoridades). Mediante ese temor, la moral nos esclaviza.
    8. Esclavos de la
      1. El sentido de culpa no solo es capaz de esclavizar a los individuos sino también a las colectividades. Si se mira en profundidad, la atención y la compasión que sentimos para con los inmigrantes o para con los países pobres, es debida en buena medida a la culpa colectiva que se siente por haber explotado sus riquezas en épocas pretéritas.
    9. Esclavos de las creencias religiosas
      1. Nada nuevo que resaltar; la historia del mundo es elocuente al respecto. Sólo señalar que “Islam” significa sumisión.
    10. Esclavos de las ansias de perfección
      1. Casi todos los grandes novelistas, pensadores, artistas, músicos, científicos (me refiero a los verdaderamente grandes, no a los truhanes que gozan de fama por la estupidez de sus seguidores o por el apoyo de una ideología), eran esclavos de ese ansia.
    11. Esclavos de las ideologías
      1. Los esclavos ideológicos son legión. Se reconocen porque han abdicado de los criterios y de los juicios propios para someterse a los criterios y juicios que dicta su ideología. Incluso dejan de ser dueños de sus pensamientos y de sus deseos al someterse ideológicamente. Lo sorprendente es que estos esclavos pueden ser personas cultas o incluso inteligentes, pero someten de buen grado su ser pensante a unos dictados ideológicos (que suelen venir envueltos en proclamas, consignas etc) a cambio de la admiración del rebaño, o por estar a la moda, o por el encadenamiento a un grupo o por un pesebre bien lleno.
    12. Esclavos de la apariencia
      1. En una u otra manera lo somos todos, pero en algunos la apariencia lo es todo. También el esclavo ideológico suele estar sometido a la tiranía de la apariencia. El querer estar siempre en la cresta de la moda es también una esclavitud de la apariencia.
    13. Esclavos de poseer
      1. Nos lanzamos a poseer bienes sin ton ni son, sólo por destacar sobre el vecino. Tal es el esquema del comportamiento individual en la sociedad actual.

Lo psicológico en Borges. Emma Zunz

Borges, El Aleph, Emma Zunz

Naturalmente Borges es su lenguaje. Y, naturalmente, nadie defendería que  lo psicológico tenga un papel relevante en Borges. Lo psicológico indaga motivos y causas, despliega las razones del subconsciente y pone a los deseos y a los sentimientos bajo sospecha, mientras que Borges suele ceñirse escrupulosamente a los hechos. Sin embargo, aunque Borges no explicita la disposición sentimental que empuja a cometer los actos ni aún menos construye un clima emocional preparatorio y propiciatorio de los hechos, sino que, organizándolos con cierta relación de simetría  espacial y  temporal, parece obviar o cuando menos trivializar los asuntos pasionales,  estos asuntos  aparecen en sus narraciones en potencia, ocultos, cifrados, no dejando de tener por ello importancia suma en el desarrollo y en el desenlace de la narración. Vale a veces una reflexión del autor ―que no parece venir a cuento―, valen ciertas palabras dejadas como de adorno junto a los hechos descritos, para que de su ayuntamiento se evoque en el lector atento toda una marejada de razones psicológicas; razones que hacen mover a los protagonistas. El desapasionamiento que se muestra no excluye la existencia cifrada de deseos y sentimientos.

Emma Zunz, una narración inscrita en El Aleph, es un buen ejemplo para recalcar el fenómeno. La historia trata de una venganza. Una carta anuncia a Emma Zunz el suicidio de su padre, acusado de desfalco y deshonra. Ella sabe que su padre es inocente y la venganza le reclama castigar al verdadero culpable. Borges nos cuenta en una línea la impresión que esa muerte le produjo. Pero la impresión restalla evocativamente con mucha mayor fuerza unas líneas adelante: «…porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo y seguiría sucediendo sin fin». Eso es todo. Explícitamente no fulge un solo sentimiento que aderece la situación, que cree clímax al propósito de que resulte comprensible al lector la venganza que ya planea Emma.  No hay un solo sentimiento pero esas palabras remiten a un dolor inmenso y a una soledad perenne. Ese dolor y esa soledad a que Emma es condenada hacen creíble que la venganza cobre vida en su conciencia. Sin embargo, el desentendimiento de Borges por el clima pasional se hace patente en las siguientes líneas de la narración, que muestran la espera del momento de la venganza, y presentan a una Emma contenida, sin que una sola emoción o una sola palabra delaten su decisión.

La venganza es un deseo cargado de sentimientos de odio y crueldad. Llevarla a cabo exige edificar sentimentalmente una voluntad de acción. Una cosa es desear vengarse, otra distinta es cargarse de los sentimientos que la hagan posible. Emma apenas conoce al señor Loewenthal, gerente de la fábrica donde ella trabaja y culpable del suicidio de su padre. Esa falta de relación hace que apenas resulte factible imaginar la consumación, menos aún llevarla a cabo. Hace falta sentir. El agravio lo sufrió su padre; ella necesita sentirlo en sus carnes, «sentir» que es ella la agraviada, para que la venganza haga en ella su cuerpo, para que el odio contra Loewenthal anide en su conciencia. ¿Cómo transformar su dolor en crueldad? ¿Cómo lograr que la carne responda y construya una voluntad irrevocable? Otros hubieran creado páginas y páginas de atmósfera angustiosa con el ánimo de hacer creíble el acto vengativo. Borges, el genio de Borges, imagina una solución extrema que, ciñéndose a meros hechos,  sorprende por lo increíble que parece. Nos la sugiere previamente: nos predispone a vislumbrar unos hechos por acaecer mediante un solo dato que en el contexto en que se expresa parece fútil: «En abril cumplirá diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico…». Unas páginas después se desvela el argumento psicológico por el que Emma transforma su dolor en voluntad de matar: odiando a todos los hombres y enfocando ese odio contra Loewenthal. Emma se entrega como furcia portuaria a un grosero marinero en un turbio barrio. Emma se entrega a la repulsión, al horror hacia todos los hombres. Y ese sacrificio implica también sentir la punzada de odio hacia el propio padre.

«¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, enseguida, en el vértigo. El hombre sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia. »

La voluntad ya había sido edificada: «El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco», dice Borges a continuación. Ya en el limen de la acción vengadora, recalca: «Ante Aarón Loewenthal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de la castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra.»  Borges nos desvela aquí que la voluntad de castigar la ha edificado el ultraje a que Emma se sometió con el ánimo de vengar a su padre; que fue preciso el ultraje, fue preciso enfondarse en la ciénaga de la repulsión para lograr la sentimentalidad que impusiera  en las carnes la imperiosidad de la venganza (que hasta entonces sólo había sido deseo y proyecto).

Cierto es que Borges parece incidir en asignar al ultraje otro propósito, el de justificar la muerte de Loewenthal ante la autoridad. Nos dice que Emma «Apretó el gatillo dos veces» y que luego tomó el teléfono y repitió…:«Ha ocurrido una cosa que es increíble… El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga… Abusó de mí, lo maté…» Unas páginas antes se preguntaba Borges ante el lector: «¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba…?» Es cierto, ante la autoridad, la fuerza emocional del asco por el ultraje padecido hace verosímil la versión que Emma entrega. Pero el ultraje como elemento que da verosimilitud a una muerte en respuesta a un intento de violación, es un argumento secundario, incluso superfluo; hubieran bastado signos: vestido roto, huella de resistencia, moratones, una preparada representación… El lector atento se percata de que el argumento es mucho más extraordinario y complejo: la edificación sentimental de una voluntad que cumpla con el propósito de venganza que su dolor le reclama. Aquel es el argumento explícito, éste es el implícito y esencial.

Si la psicología es el arte en investigar la motivación de los actos, Borges es un artista consumado. Pero en él los hechos, las referencias aparentemente fútiles, las locuciones exentas ―descarnadas―de atributos pasionales pero cifrando mediante su exacta y ordenada significación la acción de lo primordial del ser humano, sustituyen a las indagaciones, sustituyen a las deducciones, sustituyen, incluso, a la exposición de motivos sentimentales. Es lo que esos hechos y palabras evocan en la imaginación del lector lo que debela el aparentemente inextricable muro de las motivaciones. El lienzo psicológico que tinta Borges es abstracto y está difuminado, apenas se vale de unos trazos de realidad, pero hay que observar atentamente las pinceladas, hay que pulir bien los anteojos de la imaginación y del entendimiento para ver la grandiosidad de la obra.