Lo psicológico en Borges. Emma Zunz

Borges, El Aleph, Emma Zunz

Naturalmente Borges es su lenguaje. Y, naturalmente, nadie defendería que  lo psicológico tenga un papel relevante en Borges. Lo psicológico indaga motivos y causas, despliega las razones del subconsciente y pone a los deseos y a los sentimientos bajo sospecha, mientras que Borges suele ceñirse escrupulosamente a los hechos. Sin embargo, aunque Borges no explicita la disposición sentimental que empuja a cometer los actos ni aún menos construye un clima emocional preparatorio y propiciatorio de los hechos, sino que, organizándolos con cierta relación de simetría  espacial y  temporal, parece obviar o cuando menos trivializar los asuntos pasionales,  estos asuntos  aparecen en sus narraciones en potencia, ocultos, cifrados, no dejando de tener por ello importancia suma en el desarrollo y en el desenlace de la narración. Vale a veces una reflexión del autor ―que no parece venir a cuento―, valen ciertas palabras dejadas como de adorno junto a los hechos descritos, para que de su ayuntamiento se evoque en el lector atento toda una marejada de razones psicológicas; razones que hacen mover a los protagonistas. El desapasionamiento que se muestra no excluye la existencia cifrada de deseos y sentimientos.

Emma Zunz, una narración inscrita en El Aleph, es un buen ejemplo para recalcar el fenómeno. La historia trata de una venganza. Una carta anuncia a Emma Zunz el suicidio de su padre, acusado de desfalco y deshonra. Ella sabe que su padre es inocente y la venganza le reclama castigar al verdadero culpable. Borges nos cuenta en una línea la impresión que esa muerte le produjo. Pero la impresión restalla evocativamente con mucha mayor fuerza unas líneas adelante: «…porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo y seguiría sucediendo sin fin». Eso es todo. Explícitamente no fulge un solo sentimiento que aderece la situación, que cree clímax al propósito de que resulte comprensible al lector la venganza que ya planea Emma.  No hay un solo sentimiento pero esas palabras remiten a un dolor inmenso y a una soledad perenne. Ese dolor y esa soledad a que Emma es condenada hacen creíble que la venganza cobre vida en su conciencia. Sin embargo, el desentendimiento de Borges por el clima pasional se hace patente en las siguientes líneas de la narración, que muestran la espera del momento de la venganza, y presentan a una Emma contenida, sin que una sola emoción o una sola palabra delaten su decisión.

La venganza es un deseo cargado de sentimientos de odio y crueldad. Llevarla a cabo exige edificar sentimentalmente una voluntad de acción. Una cosa es desear vengarse, otra distinta es cargarse de los sentimientos que la hagan posible. Emma apenas conoce al señor Loewenthal, gerente de la fábrica donde ella trabaja y culpable del suicidio de su padre. Esa falta de relación hace que apenas resulte factible imaginar la consumación, menos aún llevarla a cabo. Hace falta sentir. El agravio lo sufrió su padre; ella necesita sentirlo en sus carnes, «sentir» que es ella la agraviada, para que la venganza haga en ella su cuerpo, para que el odio contra Loewenthal anide en su conciencia. ¿Cómo transformar su dolor en crueldad? ¿Cómo lograr que la carne responda y construya una voluntad irrevocable? Otros hubieran creado páginas y páginas de atmósfera angustiosa con el ánimo de hacer creíble el acto vengativo. Borges, el genio de Borges, imagina una solución extrema que, ciñéndose a meros hechos,  sorprende por lo increíble que parece. Nos la sugiere previamente: nos predispone a vislumbrar unos hechos por acaecer mediante un solo dato que en el contexto en que se expresa parece fútil: «En abril cumplirá diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico…». Unas páginas después se desvela el argumento psicológico por el que Emma transforma su dolor en voluntad de matar: odiando a todos los hombres y enfocando ese odio contra Loewenthal. Emma se entrega como furcia portuaria a un grosero marinero en un turbio barrio. Emma se entrega a la repulsión, al horror hacia todos los hombres. Y ese sacrificio implica también sentir la punzada de odio hacia el propio padre.

«¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, enseguida, en el vértigo. El hombre sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia. »

La voluntad ya había sido edificada: «El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco», dice Borges a continuación. Ya en el limen de la acción vengadora, recalca: «Ante Aarón Loewenthal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de la castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra.»  Borges nos desvela aquí que la voluntad de castigar la ha edificado el ultraje a que Emma se sometió con el ánimo de vengar a su padre; que fue preciso el ultraje, fue preciso enfondarse en la ciénaga de la repulsión para lograr la sentimentalidad que impusiera  en las carnes la imperiosidad de la venganza (que hasta entonces sólo había sido deseo y proyecto).

Cierto es que Borges parece incidir en asignar al ultraje otro propósito, el de justificar la muerte de Loewenthal ante la autoridad. Nos dice que Emma «Apretó el gatillo dos veces» y que luego tomó el teléfono y repitió…:«Ha ocurrido una cosa que es increíble… El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga… Abusó de mí, lo maté…» Unas páginas antes se preguntaba Borges ante el lector: «¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba…?» Es cierto, ante la autoridad, la fuerza emocional del asco por el ultraje padecido hace verosímil la versión que Emma entrega. Pero el ultraje como elemento que da verosimilitud a una muerte en respuesta a un intento de violación, es un argumento secundario, incluso superfluo; hubieran bastado signos: vestido roto, huella de resistencia, moratones, una preparada representación… El lector atento se percata de que el argumento es mucho más extraordinario y complejo: la edificación sentimental de una voluntad que cumpla con el propósito de venganza que su dolor le reclama. Aquel es el argumento explícito, éste es el implícito y esencial.

Si la psicología es el arte en investigar la motivación de los actos, Borges es un artista consumado. Pero en él los hechos, las referencias aparentemente fútiles, las locuciones exentas ―descarnadas―de atributos pasionales pero cifrando mediante su exacta y ordenada significación la acción de lo primordial del ser humano, sustituyen a las indagaciones, sustituyen a las deducciones, sustituyen, incluso, a la exposición de motivos sentimentales. Es lo que esos hechos y palabras evocan en la imaginación del lector lo que debela el aparentemente inextricable muro de las motivaciones. El lienzo psicológico que tinta Borges es abstracto y está difuminado, apenas se vale de unos trazos de realidad, pero hay que observar atentamente las pinceladas, hay que pulir bien los anteojos de la imaginación y del entendimiento para ver la grandiosidad de la obra.

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