Psicología, sentimientos e injusticia

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He de hacer varias advertencias. Con la primera quiero aclarar que el propósito de este escrito no es el de expresar mi opinión acerca de cuál debe ser el comportamiento correcto, la ética, sino el de echar un vistazo a algunas de las causas que lo rigen. La segunda advierte contra los incontables y contradictorios manuales de psicología al uso. La tercera advertencia pretende simplemente señalar que algunas de las razones  que expongo y de las afirmaciones que realizo son de digestión difícil.

El hombre se mueve a instancias de los deseos y de los sentimientos. Esta es la premisa de la que parto y debería resultar evidente a los ojos de aquellos que han pulido y calibrado correctamente sus gafas del entendimiento. Cierto es que los instintos y las emociones juegan su papel, pero están contenidos en aquellos; y cierto es que las creencias del hombre presentan en su conciencia la perspectiva y el juicio para que deseos y sentimientos se manifiesten en una determinada forma, pero son estos los que nos mueven en última instancia.

Uno de los adagios que figura en la entrada de este pasado 17 de diciembre, dice así: «Nos parece solución justa la que nos satisface». Voy a tratar de precisar su significado con ejemplos. Piensen en la venganza, pero miren en lo profundo. Nos satisface imaginativamente vengarnos, e inmediatamente sentimos que sería justo hacerlo (y a ese sentir le da el plácet la conciencia, que le dice a uno desde lo íntimo “sí, vengarte sería lo justo”). La Ley del Talión, la vendetta, la venganza, se arraigaron en nosotros durante nuestro andar evolutivo, e íntimamente sentimos y creemos que son formas elementales de justicia. ¡Porque nos produce satisfacción imaginar su cumplimiento, es decir, porque lo deseamos y porque el sentimiento de agravio que sufrimos nos impele a ello!

Piensen ahora en un hecho dramático del que se han hecho eco las noticias de estos últimos meses (en España, pero otros casos similares han ocurrido en el mundo, por ejemplo en Australia y EEUU): el asesinato de niños a manos de sus padres. Por precisar: piensen en Medea (véase mi entrada del 11 de noviembre pasado). Para Medea es del todo justo vengarse de la traición de Jasón, su marido. Medea siente injusticia. Medea necesita satisfacerse, necesita vengarse, necesita infringir el mayor dolor posible: un dolor semejante al que ella siente. Sus hijos son el instrumento de la venganza. Ese deseo, su despecho, su odio contra Jasón, es lo único que cuenta. El cariño a sus hijos es accesorio. El sentimiento de la injusticia cometido con ella la mueve de forma imparable. Vengarse es actuar con justicia porque el vengarse  la satisface.

Veamos otros ejemplos no menos elocuentes.

El grito y la fórmula ética del Igualitarismo es: “desigualdad social o económica igual injusticia”, que se puede reformular como “igualdad igual a justicia”. No es solo igualdad de derechos o igualdad de oportunidades lo que defiende el Igualitarismo, sino igualdad económica, igualdad de rango, igualdad de estatus…, y los más feos y de entendimiento más liviano desearían también igualdad de belleza e igualdad de inteligencia. Es el agravio comparativo lo que cuenta. Si todos viviésemos en la miseria, si todos careciéramos de derechos, si todos fuésemos tontos y feos, los igualitaristas extremos serían felices porque obtendrían la satisfacción de haber desaparecido el agravio comparativo, la satisfacción de que todos seríamos iguales. Para estos extremistas del Igualitarismo no vale mérito alguno para hacer que alguien destaque. La satisfacción  que les proporcionaría la igualdad (acallando de así la envidia y el resentimiento que sienten) les hace sentir que la igualdad es lo justo: “igualdad=justicia”.

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Sin embargo, durante la mayor parte de nuestra historia, la fuerza ha sido la base de los derechos de la gente. Los individuos con más poder se sentían satisfechos por ello y consideraban por ello su posesión de derechos, de riquezas y de estatus justo. El poder y la fuerza ―la satisfacción que les producía―eran la base sobre la que descansaba el considerar la desigualdad con los menos fuertes y poderosos como justa. La fórmula ética podría esquematizarse como: “el más fuerte debe estar más arriba en la pirámide de estatus y poder”. Esto daba lugar a sistemas sociales de jerarquización estanca. En esencia no es mejor ni peor que la fórmula igualitarista, sino que esta es defendida por los “débiles” y la otra por los “poderosos” (como se ve, cada cual vela por sus intereses). De hecho, esta fórmula que produce jerarquías estancas es que la rige las relaciones sociales en numerosas especies de animales, produciendo una jerarquización lineal.

En lo íntimo, aquello que le satisface a uno es considerado como justo. Ahí tenemos los derechos territoriales que alegan los catalanes o los vascos. Como les satisface poseer esos derechos, los consideran justos. También el derecho de conquista era considerado justo: les satisfacía dominar a los conquistados.

Profundicemos un poco con otro ejemplo. A un individuo le gusta una mujer y la imagina con cualidades perfectas. A la vez, el deseo le hace imaginar que ella le desea a él de la misma forma, y de ese imaginar aparece en dicho individuo ese edificio sentimental que vulgarmente llamamos amor, en cuya argamasa es elemento importante el ansia de posesión.

El tal individuo, en su interior, más que creer, siente que aquella mujer es “su mujer”, siente que le pertenece. Las redes neuronales que han trazado su imagen perfecta reclaman esa pertenencia (la mujer real, íntimamente, es un mero reflejo de la mujer imaginada). Y esas redes influyen en la estructura sentimental y anímica del individuo en relación a ella. El individuo cree que es suya porque la posee en el cerebro. Como consecuencia, espera que su comportamiento sea el adecuado a esa relación de pertenencia.

Ahora bien, si las evidencias en contra de que  ella esté por él ―en reciprocidad, tal como el deseo argumenta―son muy fuertes, si se hace evidente para él el desdén y el desprecio de ella, la imagen de perfección edificada se derrumba. El sujeto percibe injusticia porque ha perdido algo que le “pertenecía”; el sujeto percibe satisfacción en hacer que desaparezca, digámoslo claramente, percibe satisfacción en vengarse, percibe venganza en matarla, y, como consecuencia, considera justa esa solución.  (Entiéndaseme: esas son las pulsaciones que se sienten. Luego intervienen las creencias, los miedos, la moral social, el temor a la condena social etc, que logran hacer que ni siquiera la conciencia del individuo se percate de ese cruel deseo de matar, ni de lo justo que le parece esa muerte).

<a href=”http://www.safecreative.org/work/1411292620842-evolucion-de-la-mente-animal-moral&#8221; target=”_blank”>
<span>Evolución de la mente.- ANIMAL MORAL</span> –
<span>(c)</span> –
<span>Fernando Joya</span>
</a>

5 comentarios en “Psicología, sentimientos e injusticia

  1. Tienes razón al decir que consideramos justo lo que nos conviene. Y yo añadiría que en términos globales, desde el punto de vista inapelable y omnisciente de la selección natural, lo justo es lo que funciona. Si es util que el jefe de la tribu, por ser el más fuerte o el más inteligente, ejerza el derecho de pernada, es justo que así sea porque sus genes pueden diseminarse por la población con mayor profusión. También es bueno que los más inteligentes o capaces dominen y dirijan a los menos capaces porque así el esfuerzo colectivo será más rentable y el conjunto social saldrá beneficiado.

    Ahora bien, lo que antes se consideraba justo, como fue el caso de la esclavitud, con la evolución social y tecnológica puede volverse injusto, pero no existe, como creen muchos, un criterio absoluto y universal de lo que es justo, más allá del tópico marxista de que todos somos iguales por decreto. Cuando se intenta instaurar esta justicia metafísica, la sangre y la miseria corren a sus anchas. Lo justo lo determina las fuerzas que concurren en cada momento y lugar y cualquier intento de combatirlas con ocurrencias está condenada al fracaso.

    Saludos.

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    • Como siempre, descarnado pero certero hasta el milímetro. Increiblemente, gran parte de las cabezas pensantes de este país creen en un sentido de la justo, que consideran absoluto, fuera de toda duda. Muchos todavía creen que el Igualitarismo goza de ese sentido. No aportan argumento racional alguno para esa suposición, y su criterio suele estar dirigido por el odio o el resentimiento, pero lo creen. Lo que demuestra la estúpida cerrazón y el absurdo en que caen muchísimos de los que ufanamente se denominan filósofos. Ahora el buenismo, por ese empuje que muestra frente a las demás fuerzas, ha instaurado un clima moral en que lo justo o lo correcto puede ser una aberración conceptual. Es el volteo de valores.
      Saludos

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  2. Al principio te ibas por el igualitarismo y luego rescatas el poder… Creo que ahí se asienta la brillantez del ejercicio que haces. Comparto la impresión de que el mundo de hoy se mueve en estas polaridades y que cada vez se hace más complejo la construcción del ideal equitativo, es decir, la sociedad donde cada cual recibe lo que le corresponde sin que por ello no tenga la posibilidad de acceder a unos mínimos necesarios de superviviencia (ahí sí entramos en el terreno de lo justo).
    Se me antoja sugerirte que el paso siguiente (segunda parte) de tu ejercicio sería precisamente la inspiración del camino medio: ¿Estaremos listos para una sociedad donde cada quien “reciba” equitativamente lo que le corresponde? ¿Dónde podría estar el límite? ¿Quién fija ese límite? ¿Cuáles son en sí sus parámetros? ¿Estaríamos asistiendo al comienzo de la aniquilación de la sociedad de consumo? Creo que estas preguntas dejan también abierta la cuestión sobre las jerarquías en un mundo así…
    Son solo ocurrencias, tal vez con un matiz de disparate, las que dejan tus reflexiones en este ejercicio. Muchas gracias.

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    • Gracias por el comentario. Casi me decido a seguir tu sugerencia y pergeñar una segunda parte. Sin embargo, te aviso de antemano que la base de cualquier sentido de lo justo es una construcción interesada y no posee valor de forma absoluta. Por cierto, aunque tu llamada a la simplificación me pareció en un primer momento de relativo valor, con el tiempo, al ir dándole vueltas y al constatar el agobio que el tiempo y los quehaceres imponen a uno, me he percatado de su enorme utilidad, no solo como forma de vida, sino también como método de organización mental.
      Saludos

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