Cosas que no se dicen

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1.-Los grandes conflictos matrimoniales lo son por el poder o el sexo, las dos grandes potencias que guían nuestro comportamiento. Buscar imponer las decisiones de uno sobre las de su compañero o compañera, o buscar el sexo fuera del matrimonio, suelen ser los motivos de la mayoría de los divorcios.

2.-Las tres cualidades que más se aprecian: la belleza, la fuerza de carácter y la inteligencia. Los tres bienes que más se desean: poder, fama y riquezas.

3.-Los principales gérmenes del placer: el sexo y sus vericuetos; el ejercicio del poder; la crueldad con el enemigo; la prominencia sobre los demás en el afecto que se recibe, en la fama, en el poder o en la riqueza, así como en atributos y capacidades varias; y, last but not least important, el cumplimiento de una venganza.

4.-Los árboles de la cultura, la filosofía o el arte los riega el agua de la política. Las verdades, originalidad, genio, creación, dificultad, belleza, son hojas de aquellos árboles que solo brillan si se bendicen con tal agua, que solo crecen a la orilla del río de la política. Si nacen lejos y no se riegan con tales aguas, pronto pierden su hojarasca o se la lleva el viento de la inexistencia, y pronto se secan y mueren.

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5.-El atroz rayo del tiempo va añadiendo en el corazón de las gentes la tristeza que produce lo perdido y el dolor que produce lo no alcanzado.

6.-Todos los actos son un único acto. En todos ellos nos ponemos a prueba, en todos nos endurecemos o debilitamos, en todos nos salvamos o perdemos.

7.-Existe una tendencia natural en el ser humano a alabar todo aquello que posee renombre y autoridad, sobremanera si viene envuelto de oscuridad.

8.-La historia, la sociología, la psicología, la economía…, inquieren la realidad de las cosas al modo de la química, tratando de descifrar  “cómo” discurren los asuntos. No saben aún inquirir al modo físico, preguntándose el “porqué” ocurren los sucesos. La metafísica, sin embargo, no necesita descifrar la realidad ni inquirir respuestas, simplemente inventa supuestas realidades a la medida de sus cavilaciones y ocurrencias.

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Psicología, sentimientos e injusticia

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He de hacer varias advertencias. Con la primera quiero aclarar que el propósito de este escrito no es el de expresar mi opinión acerca de cuál debe ser el comportamiento correcto, la ética, sino el de echar un vistazo a algunas de las causas que lo rigen. La segunda advierte contra los incontables y contradictorios manuales de psicología al uso. La tercera advertencia pretende simplemente señalar que algunas de las razones  que expongo y de las afirmaciones que realizo son de digestión difícil.

El hombre se mueve a instancias de los deseos y de los sentimientos. Esta es la premisa de la que parto y debería resultar evidente a los ojos de aquellos que han pulido y calibrado correctamente sus gafas del entendimiento. Cierto es que los instintos y las emociones juegan su papel, pero están contenidos en aquellos; y cierto es que las creencias del hombre presentan en su conciencia la perspectiva y el juicio para que deseos y sentimientos se manifiesten en una determinada forma, pero son estos los que nos mueven en última instancia.

Uno de los adagios que figura en la entrada de este pasado 17 de diciembre, dice así: «Nos parece solución justa la que nos satisface». Voy a tratar de precisar su significado con ejemplos. Piensen en la venganza, pero miren en lo profundo. Nos satisface imaginativamente vengarnos, e inmediatamente sentimos que sería justo hacerlo (y a ese sentir le da el plácet la conciencia, que le dice a uno desde lo íntimo “sí, vengarte sería lo justo”). La Ley del Talión, la vendetta, la venganza, se arraigaron en nosotros durante nuestro andar evolutivo, e íntimamente sentimos y creemos que son formas elementales de justicia. ¡Porque nos produce satisfacción imaginar su cumplimiento, es decir, porque lo deseamos y porque el sentimiento de agravio que sufrimos nos impele a ello!

Piensen ahora en un hecho dramático del que se han hecho eco las noticias de estos últimos meses (en España, pero otros casos similares han ocurrido en el mundo, por ejemplo en Australia y EEUU): el asesinato de niños a manos de sus padres. Por precisar: piensen en Medea (véase mi entrada del 11 de noviembre pasado). Para Medea es del todo justo vengarse de la traición de Jasón, su marido. Medea siente injusticia. Medea necesita satisfacerse, necesita vengarse, necesita infringir el mayor dolor posible: un dolor semejante al que ella siente. Sus hijos son el instrumento de la venganza. Ese deseo, su despecho, su odio contra Jasón, es lo único que cuenta. El cariño a sus hijos es accesorio. El sentimiento de la injusticia cometido con ella la mueve de forma imparable. Vengarse es actuar con justicia porque el vengarse  la satisface.

Veamos otros ejemplos no menos elocuentes.

El grito y la fórmula ética del Igualitarismo es: “desigualdad social o económica igual injusticia”, que se puede reformular como “igualdad igual a justicia”. No es solo igualdad de derechos o igualdad de oportunidades lo que defiende el Igualitarismo, sino igualdad económica, igualdad de rango, igualdad de estatus…, y los más feos y de entendimiento más liviano desearían también igualdad de belleza e igualdad de inteligencia. Es el agravio comparativo lo que cuenta. Si todos viviésemos en la miseria, si todos careciéramos de derechos, si todos fuésemos tontos y feos, los igualitaristas extremos serían felices porque obtendrían la satisfacción de haber desaparecido el agravio comparativo, la satisfacción de que todos seríamos iguales. Para estos extremistas del Igualitarismo no vale mérito alguno para hacer que alguien destaque. La satisfacción  que les proporcionaría la igualdad (acallando de así la envidia y el resentimiento que sienten) les hace sentir que la igualdad es lo justo: “igualdad=justicia”.

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Sin embargo, durante la mayor parte de nuestra historia, la fuerza ha sido la base de los derechos de la gente. Los individuos con más poder se sentían satisfechos por ello y consideraban por ello su posesión de derechos, de riquezas y de estatus justo. El poder y la fuerza ―la satisfacción que les producía―eran la base sobre la que descansaba el considerar la desigualdad con los menos fuertes y poderosos como justa. La fórmula ética podría esquematizarse como: “el más fuerte debe estar más arriba en la pirámide de estatus y poder”. Esto daba lugar a sistemas sociales de jerarquización estanca. En esencia no es mejor ni peor que la fórmula igualitarista, sino que esta es defendida por los “débiles” y la otra por los “poderosos” (como se ve, cada cual vela por sus intereses). De hecho, esta fórmula que produce jerarquías estancas es que la rige las relaciones sociales en numerosas especies de animales, produciendo una jerarquización lineal.

En lo íntimo, aquello que le satisface a uno es considerado como justo. Ahí tenemos los derechos territoriales que alegan los catalanes o los vascos. Como les satisface poseer esos derechos, los consideran justos. También el derecho de conquista era considerado justo: les satisfacía dominar a los conquistados.

Profundicemos un poco con otro ejemplo. A un individuo le gusta una mujer y la imagina con cualidades perfectas. A la vez, el deseo le hace imaginar que ella le desea a él de la misma forma, y de ese imaginar aparece en dicho individuo ese edificio sentimental que vulgarmente llamamos amor, en cuya argamasa es elemento importante el ansia de posesión.

El tal individuo, en su interior, más que creer, siente que aquella mujer es “su mujer”, siente que le pertenece. Las redes neuronales que han trazado su imagen perfecta reclaman esa pertenencia (la mujer real, íntimamente, es un mero reflejo de la mujer imaginada). Y esas redes influyen en la estructura sentimental y anímica del individuo en relación a ella. El individuo cree que es suya porque la posee en el cerebro. Como consecuencia, espera que su comportamiento sea el adecuado a esa relación de pertenencia.

Ahora bien, si las evidencias en contra de que  ella esté por él ―en reciprocidad, tal como el deseo argumenta―son muy fuertes, si se hace evidente para él el desdén y el desprecio de ella, la imagen de perfección edificada se derrumba. El sujeto percibe injusticia porque ha perdido algo que le “pertenecía”; el sujeto percibe satisfacción en hacer que desaparezca, digámoslo claramente, percibe satisfacción en vengarse, percibe venganza en matarla, y, como consecuencia, considera justa esa solución.  (Entiéndaseme: esas son las pulsaciones que se sienten. Luego intervienen las creencias, los miedos, la moral social, el temor a la condena social etc, que logran hacer que ni siquiera la conciencia del individuo se percate de ese cruel deseo de matar, ni de lo justo que le parece esa muerte).

<a href=”http://www.safecreative.org/work/1411292620842-evolucion-de-la-mente-animal-moral&#8221; target=”_blank”>
<span>Evolución de la mente.- ANIMAL MORAL</span> –
<span>(c)</span> –
<span>Fernando Joya</span>
</a>

Medea. Arrebato[i] sentimental.

 

Crueldad, venganza y sentimientos.

En la filosofía griega la sentimentalidad fue mirada de reojo, con prevención, belicosidad o desdén. Tal actitud amarró  el posterior pensamiento filosófico ―hasta nuestros días―a la argolla de la idealidad, de lo etéreo de sustanciar el conocimiento del ser humano sin mirar sus entrañas, imaginándolo mediante el solo uso de la razón. La actitud de prescindir de las pasiones como causas motoras de nuestra conducta y como armazón de lo humano ha lastrado su quehacer desde entonces.

Sin embargo, la tragedia griega presenta al hombre desnudo, real, agitado violentamente por lo pasional. Si se trata de hallar lo real del «ser» humano, en sus pasiones se ha de mirar.

Soberbia, despecho, odio, crueldad, compasión, piedad, deseo de venganza… son las actrices que intervienen en la función sentimental que se representa en la Medea de Eurípides. Mírese atentamente en ella para encontrar lo humano.

Recuérdese que Medea es hija del rey de la Cólquide y que presta valiosísima ayuda a Jasón para conseguir el Vellocino de oro. Que despedaza a su mismo hermano Apsirto para que Jasón pueda escapar del cerco del rey, y que, llegados a Yolco, mediante un sutil engaño, da muerte al rey Pelias en defensa de los derechos de Jasón. Éste le jura fidelidad eterna. La obra que nos ocupa cuenta a Medea odiando a Jasón porque se ha casado con la hija del rey  Creonte, rompiendo así su promesa. Medea, en venganza, dará muerte a esa nueva esposa, Glauce, a Creonte, y a sus propios hijos.

La obra enseguida nos aporta dos bases sentimentales: en la personalidad de Medea ha hecho la soberbia baluarte, y Medea se siente despechada contra Jasón.

Dice el diccionario María Moliner que la soberbia «es una cualidad o actitud de la persona que se tiene por superior a las que le rodean, y desprecia y humilla a las que considera inferiores». El Larrouse añade que «es estimación excesiva de sí mismo en menosprecio de los demás». El soberbio destaca por «no dar su brazo a torcer», aunque tal actitud le provoque adversidad. El soberbio muestra empecinamiento en resistir y en despreciar. Se enroca cuando el sentido común aconseja el apaciguamiento.

Del despecho, que germina mejor en la mujer, dice la RAE que «es una malquerencia nacida en el ánimo por desengaños sufridos en la consecución de los deseos o en los empeños de la vanidad». El diccionario WordReference lo abrevia así: «Resentimiento por algún desengaño, menosprecio u ofensa».

Medea es soberbia, no se detiene ante nada; y siente despecho hacia Jasón porque este ha preferido a la joven Glauce, rompiendo el juramento de fidelidad pactado. Medea siente como injusticia el abandono de que es objeto (pues Jasón no ha cumplido ―en reciprocidad― con los enormes servicios que ella le prestó). Ese abandono lo considera ella una injusticia y una traición que se unen al despecho y lo agrandan, que hacen que destile odio.

Lo orgánico señala un único camino posible para aliviar el dolor que tales sentimientos le producen: la venganza cruel: producir en Jasón igual o mayor dolor que el dolor que ella sufre. La tragedia arranca.

Al comienzo de la obra la nodriza advierte del estado de ánimo de Medea:

                                            Aborrece de los hijos y no disfruta al contemplarlos

                                             Violento es su ánimo y no tolerará ser menospreciado

                                             Quien gane su odio no obtendrá fácilmente el premio de la victoria.

El deseo de venganza parece ocupar su conciencia. Ninguna otra cosa importa. Jasón ha de sentir un dolor y una pérdida semejantes a los que ella siente. La reciprocidad en el dolor se vislumbra como única fuente posible de satisfacción.

Lo que la psicología al uso no dice (quizás porque lo ignora o por prudencia o porque le temblaría la voz) es que cuando se odia con esa pasión con que Medea odia a Jasón, no solo se odia al individuo, sino también a cada uno de sus rasgos. Y no solo se odian esos rasgos en Jasón, sino también en sus hijos. Las similitudes con el padre, las muecas, las sonrisas idénticas, el cómo él y cómo ellos fruncen de igual modo el ceño, el cómo se parecen en los andares y cómo se enojan de manera semejante… A través del odio a esos rasgos, en el parecido que muestran con el padre, Medea odia a sus hijos.

La misma nodriza, demostrando una funesta previsión, ordena a un criado:

                                               Y tú mantenlos lo más apartado posible y no los aproximes a su

                                               encolerizada madre, pues la he observado ya dirigiéndoles a

                                                estos una mirada de toro, como si fuera a intentar algo.

Poco después, Medea confirma esa intención

                                               ¡Ojalá muráis en unión de vuestro padre!

Terrible sentencia que puede parecer increíble, pero que es harto sentida por cualquier mujer que desate sentimentalmente nudo semejante.

A Medea la sentimos muy capaz de llevar a cabo ese horrendo crimen; crimen que la satisfaría en el grado en que causase al padre un dolor semejante al suyo. Recuérdese que es soberbia y que está ocupada por el odio y el deseo de venganza.

No obstante, lo contradictorio del espíritu humano hace su aparición, y el dolor y la humillación sufridos parecen hacer mella en su ánimo, parecen imponerse sobre su soberbia, parecen abatirla. La aflicción aparece en escena.

                                               Perdida me veo y, al perder la alegría de vivir, quiero morir,

                                                amigas mías, pues quien sabía claramente que lo era todo

                                                para mí, mi marido, se ha convertido en el peor de los hombres.

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Dice también:

                                                ¡Ojalá una llama celeste me atravesara la cabeza!,

                                               ¡Ojalá deje esta vida odiosa!

En esos instantes Medea ve el mundo como un erial en donde sólo crece el sufrimiento. La depresión anímica parece tomar sus riendas. Todo es negro. La vida no merece ser vivida. Ahora siente que los hijos sufrirán el mismo calvario que ella ha sufrido. Se apiada de ellos. Por amor… ¡desea que mueran!

                                              Jamás entregaré mis hijos a mis enemigos para que sean ultrajados.

 

Pero enseguida el orgullo y la soberbia, acuden en su auxilio. Habla con Jasón y de ello se acrecienta su odio y se afirma su decisión de vengarse de él a través de sus hijos.

                                            Cualquier cosa menos causar risa en mis enemigos.

                                              Pues, no es soportable, amigas, ser la irrisión

                                               de mis enemigos

                                               CORIFEO: ¿osarías matar tu semilla, mujer?

                                                MEDEA: Sí, pues así sufrirá la mayor herida mi esposo.

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Sobre Medea planea la pasión de matar a sus hijos ¡por amor a ellos! o ¡por odio a Jasón!, según el estado de ánimo que prevalezca en ella, según se imponga la piedad o el deseo de venganza, según se doblegue su ánimo o la soberbia lo levante con furia.

En algunos momentos vacila, se arrepiente, piensa en llevárselos con ella fuera del país, se apiada, encoge su ánimo. En esos momentos la razón interviene para sofocar las violentas pasiones que la zarandean, pero la razón es endeble como una hoja frente a las tormentas del espíritu. Nada puede.

                                              Comprendo qué crímenes voy a cometer, pero

                                                más fuerte que mis pensamientos resulta mi ira.

 

Más que el amor a sus hijos, más que la razón, más que la piedad, más que la repugnancia moral del crimen, más que el dolor, más que la vida, puede en ella el grito del «yo» pidiendo satisfacer el deseo de venganza, demandando preponderar sobre Jasón, exigiendo devolver un sufrimiento acrecentado.

                                                 MEDEA: me beneficia el dolor, con tal que no te mofes tú.

                                                   …Tú, tras ultrajar mi lecho, no ibas a tener una vida grata

                                                   mofándote de mí; ni tampoco la princesa, ni quien te propuso

                                                   la boda, Creonte.

Y esas exigencias y demandas producen su efecto, la acción vengativa; y, en la venganza, la crueldad como elemento de gozo, de satisfacción.

                                                   JASÓN: ¿Y, con todo, los mataste?

                                                     MEDEA: Sí, por afligirte.

Ahora los dos sufren por igual. Empatan, lo que le produce satisfacción. Están en «paz» el uno con el otro. La representación toca a su fin.

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Ese bamboleo de sentimientos y estados de ánimo, esa ofuscada e inoperante razón, ese deseo de venganza cruel, esa profusa manifestación de la naturaleza humana, forman el verdadero entramado argumental de la obra. Si se han de buscar las razones íntimas del obrar humano, mírese en Eurípides y en la Tragedia griega, y no en idealizaciones ni en garabatos acerca del ser.

[i]  Arrebato tiene su origen en la llamada “a rebato” que se realizaba en una población por medio del toque de campana, llamando a los vecinos a la defensa ante cualquier peligro. La urgencia de atajar éste movilizaba a los hombres a actuar con toda su pasión.