AUTOJUSTIFICACIÓN

 

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En alguna entrada anterior expuse comentarios acerca de las varas de medir lo injusto o injusto de una acción. Aunque abundan los sistemas éticos y las reglas morales que dictaminan sobre la justicia y el bien y el mal, su influencia sobre nuestra conducta no es del todo determinante. Influye en ello el egoísmo de cada cual. Dicho de otro modo, cada cual tiene su vara de medir sus acciones y las de los demás; y no es una vara de dimensiones fijas, sino que se acorta o alarga de acuerdo al trascendental factor del egoísmo que guía nuestro deambular por la vida.

Voy a permitirme ir más allá: esa elasticidad de la vara de medir, esa distinta percepción de lo justo o injusto de las acciones de los individuos en sociedad, es el germen de una variada sentimentalidad. Expongo ejemplos: uno considera injusto que un compañero le desplace o haga sombra en el disfrute de un bien o en la adquisición de un estatus, y, como consecuencia, surge la envidia en él. También quien posee pocos bienes o pocas aptitudes o capacidades, suele considerar injusta su situación relativa a la de quienes poseen esos dones en una cantidad mayor, y sufren dicho agravio comparativo en forma de envidia y resentimiento, que son leña para el fuego de la revolución social y germen de creencias éticas que propugnan la igualdad.

Claramente se ha de decir: nuestro primordial egoísmo nos impele a considerar justo aquello que nos conviene, beneficia o satisface. De ahí la tendencia generalizada en el ser humano a justificar sus actos y a descargar sus culpas en los demás. En estos años de crisis, este modo de autojustificación y de elusión de la propia responsabilidad ha llegado al extremo de que se haya considerado de manera bastante generalizada cargar a los bancos la responsabilidad y la culpa de la ruina de muchos particulares, tratando de justificarlo por la razón de ‘haberles prestado dinero’, como si tal cosa fuera un delito sin par.

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Certifican este impulso hacia la autojustificación algunos experimentos científicos que desvelan la existencia de un mecanismo mental con esos fines. En ensayos de laboratorio con personas con lesiones en el cuerpo calloso o en la corteza frontal medial ―los primeros con los dos hemisferios procesando independientemente, y los segundos con algunos procesos inhibidores de la conducta suprimidos―, se observa constancia en inventar justificaciones a sus actos extraños o problemáticos. La mente es una máquina de justificarse a uno mismo, afirma Michael Gazzaniga, del colegio Darmunth en New Hampshire[i].

Yo mismo he sido observador de un notable hecho a este respecto. Una anciana con las funciones cognitivas muy deterioradas, que yacía postrada sin poder reconocer los rostros ni hablar, había hecho trizas su pañal (un pañal que se le colocaba en previsión de incontinencias) que le producía calor. Al entrar su hija en la habitación y reprobarla por ello, la anciana respondió con voz alta y clara: ‘ha sido una paloma blanca que me ha estado picoteando el pañal’.

Los distintos grupos sociales hacen uso también de su particular vara de medir lo justo. Ni siquiera con la evidencia que proporcionan las cámaras de televisión verán los seguidores del Real Madrid la justicia del penalti que les han pitado en contra, mientras que, indudablemente, lo verán así los seguidores del Barcelona, y viceversa. Para los miembros del PSOE, IU y Podemos, no habrá un acto del PP que no sea canallesco, injusto y mezquino. La culpa y la maldad pertenecen siempre al enemigo; la razón y la justicia están siempre de nuestra parte.

Poseemos predisposiciones neuronales para establecer en nuestra conciencia un ‘nosotros’ y un ‘ellos’, y juzgar los actos de unos y otros según nuestra conveniencia y la de nuestro grupo social. Piénsese en las categorizaciones, ‘izquierda’, ‘derecha’, ‘nacionalista’… y cómo juzga cada uno de estos grupos las acciones de los demás.

De todo ello resulta obvio deducir que la moral y la ética –que están impregnadas del sentido de lo justo e injusto—, por mucho que pretendan imparcialidad, han sido elaboradas mediante una vara de medir que se amolda a los intereses de los individuos o grupos creadores.

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Pero, mirando un poco más allá, la cosa se complica aún más. Cuando el sentido de lo justo que defiende un grupo con unos determinados intereses triunfa y se impone a los demás, se redibuja en la conciencia de estos un nuevo ‘nosotros’ y un nuevo ‘ellos’, así como nuevas formas éticas y morales. Por ejemplo, la proclamación ética de que ‘lo justo está en la igualdad social de todos los individuos’, promueve en quienes aceptan la proclama un sentimiento de compasión hacia los más menesterosos, que ahora pasan a formar parte de su ‘nosotros’…

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En fin, detrás de la puerta de toda justificación se esconde la patita del egoísmo humano.

 

[i] Artículo «Razón y conjetura», en Mente y Cerebro núm. 6, p. 91

 

Del reparto justo

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En mi anterior entrada Psicología, sentimientos e injusticia, hablé de la tendencia humana a percibir como justo aquello que nos produce satisfacción o conveniencia. Hoy voy a hablar acerca de la posibilidad de determinar un sentido de lo justo que desde la razón económica resulte irrebatible argumentalmente, aunque no lo sea desde la razón que alegan los sentimientos.

De lo arduo que resulta el sentar alguna base sólida desde donde poder abordar con ciertas garantías de ecuanimidad el juicio sobre lo justo o injusto de un asunto o de un dictamen, da cuenta el sorprendente hecho de que poseemos un mecanismo neuronal que procura por la justificación de los propios actos y creencias. Las neurociencias lo han puesto de manifiesto mediante experimentos que no viene a cuento detallar.

Si lo que percibimos justo obedece a nuestro interés ―a la satisfacción, conveniencia o grata sentimentalidad que nos produce―irremediablemente nos encontramos sobre arenas movedizas a la hora de señalar “imparcialmente” lo que consideramos justo. Es decir, al responder  al interés personal, lo justo no se puede universalizar, cada cual tendrá su propio sentido de la justicia y generalmente no coincidirá con el sentido que aprecien los demás.

Tal vez se aclare lo dicho echando mano del sentimiento de la compasión, que constituye una de las bases de la moral (las principales bases sentimentales de la moral son la vergüenza y la culpa).

La compasión, que surgió evolutivamente con la “finalidad” de cohesionar los grupos humanos, puede, no obstante ser tan alabada, producir una interpretación de lo justo deleznable. Me detengo un instante en analizar algunos de los posibles efectos de establecer lo justo compasivamente, es decir, poniendo a la compasión como juez.

Empecemos por señalar que nuestro cerebro construye mentalmente un “nosotros” y un “ellos”, y juzga de manera radicalmente distinta las acciones de quienes catalogamos en un grupo o en otro. Con uno de los “nuestros” vale la disculpa, la compasión, el afecto…; con uno de “ellos” vale el odio, el culpabilizar, el juicio perverso de sus actos…

En los distintos grupos políticos, religiosos, familiares, económicos, etc., es fácil de ver esa radical diferenciación del juicio que emitimos acerca de un mismo acto cuando éste es realizado por uno del propio grupo o cuando lo realiza un individuo del grupo oponente. Acerca de un tema de tan candente actualidad como es el del terrorismo islamista, se han llegado a escuchar voces de algún sujeto de la extrema izquierda que ha llegado a justificar los atentados de París: en el “nosotros” de ese sujeto se encuentran los islamistas radicales. Eso explica su aberrante juicio.  Otro caso semejante de disparidad de juicios sobre lo justo de una acción o de un reparto, dependiendo del sujeto implicado, se manifiesta en algunos animalistas que, con evidente pasión, declaran que es de justicia otorgar a los animales iguales derechos y condiciones de vida que los poseídos por los humanos, y pretenden que se penalice con graves penas a quienes no los respeten, mientras que se muestran indiferentes ante las calamidades que pueden estar padeciendo un grupo de humanos. En su “nosotros” se encuentran los animales.

Así que la compasión, que depende de la categoría  “nosotros”,  no resulta ser un buen aliado para determinar un sentido de lo justo que resulte universalmente aceptado con argumentos de la razón, aunque  lo sea con argumentos sentimentales.

Veamos un caso de reparto de bienes que universalmente es considerado justo. Malinowski descubrió durante sus investigaciones con pueblos primitivos que la base del orden social en las sociedades pequeñas es el Principio de Reciprocidad. Te doy, te ayudo, te presto, colaboro en tu empresa, en la esperanza de que tú me devuelvas en igual medida. Bien es verdad que cuando dos individuos cooperan a partes iguales en una determinada labor, en el fuero interno de cada uno de ellos se desea obtener el mayor beneficio posible, aun a costa de mermar el beneficio del otro cooperante. Recuérdese que nuestra esencia es el egoísmo. Pero ambos perciben que lo justo es la igualdad en el reparto de beneficios por haber sido la misma la aportación de cada uno de ellos. Es esta una estrategia apropiada para el mantenimiento de la relación cooperante, que evita disputas y sentimientos de agravio. Al proporcionar tales ventajas a la actitud cooperante, es decir, al obtener ambos cooperantes beneficios de la cooperación, las acciones, las ayudas y los repartos basados en el Principio de reciprocidad se perciben universalmente como justos. Si uno de los cooperantes recibiese menos de lo que le corresponde según el principio nombrado, se sentiría agraviado y ello sería un factor decisivo para dejar de cooperar y para el enfrentamiento.

El tal principio lo podemos extender al caso en el que uno de los cooperantes aporta a la cooperación en mayor medida que el otro. Parece obvio en tal caso que lo justo sería el reparto equitativo de recibir en proporción a lo que se ha aportado. Pero no resulta tan obvio como parece porque cuando se hacen aportaciones desiguales aparece la consideración del mérito de cada cual, y medir este mérito conlleva graves complicaciones. Sirva de ejemplo del desacuerdo en los criterios con que medir el mérito la propuesta marxista: “De cada cual según sus capacidades, a la cual según sus necesidades”.  Una propuesta ilusa que ha traído el desastre económico a todos los países que han ensayado modelos comunistas; pero también una propuesta que pone de manifiesto el gran desconocimiento de la naturaleza humana de que Marx y Engels hacían gala. Simplemente negaban el mérito ¡y esperaban que todos cooperasen con todas sus fuerzas!

Y es que si un individuo presenta, en una cooperación con otro, más méritos que éste, por ejemplo, mayores capacidades creativas o mayor ingenio o más fuerza, el que presenta menos méritos se siente doblemente agraviado, no solo por recibir menos en el reparto de beneficios, sino también por poseer menores capacidades. Dado nuestro carácter egoísta, el mérito que presentan los demás y que sobresale por encima del nuestro nos parece injusto, y suele conducir al nacimiento de envidias, odios y resentimientos. El Igualitarismo proclama esa injusticia, niega el mérito, y encauza esos resentimientos. Para el Igualitarismo, lo justo es la igualdad en el reparto.

Así que para que el mérito de algunos sea reconocido por todos, al menos desde la óptica del beneficio personal, es decir, con la razón y los números aunque no necesariamente con el sentimiento, para que al menos desde ese punto de vista el reparto desigual sea considerado como justo, es preciso que del mérito de unos pocos saquen beneficio todos.

Esta solución de lo justo está contenida secretamente en las doctrinas calvinistas. Calvino justificó la desigualdad de riquezas y estatus entre los hombres. Con su conducta y sus éxitos cada individuo se demostraba a sí mismo y a los demás que era uno de los Elegidos por Dios. El calvinista Adam Smith lanzó estas razones: “Los hombres son egoístas por naturaleza, dejémosles comportarse económicamente según su egoísmo les dicte, pues se verán irremediablemente conducidos por la mano de Dios a la búsqueda del bien de la comunidad”. Esto es, cada individuo colabora egoístamente de tal forma que el esfuerzo conjunto conduce a la obtención del máximo beneficio para la sociedad.

Dicho con otras palabras y evitando cualquier referencia religiosa: logrando mediante leyes que todos los hombres puedan desarrollar libremente sus capacidades de manera óptima, el actuar en lo económico egoístamente procura el mayor beneficio posible, no solo para el propio individuo, sino también para todos los miembros de la comunidad. El mérito de un o repercute en el beneficio de todos. Además, el éxito de cada cual es el reflejo de sus propios méritos, lo cual evita el gran problema de tener que determinar la vara de medir los méritos (una vara de medir que se estira o encoge según el “otro” sea o no uno de los “nuestros”). El éxito obtenido evidencia el mérito.

¿Extraña que esa fórmula de lo justo en el reparto diera los mayores frutos económicos que se habían producido jamás en la historia de la humanidad, que produjera la Revolución Industrial y el auge del capitalismo? Claro, una condición que he señalado y que no se halla presente en el capitalismo real es el la de que los hombres puedan desarrollar libremente sus capacidades de manera óptima. Esto implica una optimización de los recursos humanos, esto es, todo el mundo tendría que poder acceder en igualdad de condiciones a los recursos económicos, algo que las diferentes posiciones de partida de unos individuos y otros hace imposible, lo que origina que el éxito económico y el reparto de riquezas dependa en gran medida de la posición inicial desde la que parte un individuo.

Así que en este modelo ideal capitalista (aunque inicialmente el capital estaría socializado) el reparto justo se realizaría de acuerdo al mérito mostrado por cada individuo en generar riqueza que repercutiese a favor de la comunidad, y la vara de medir ese mérito sería precisamente el éxito obtenido por el sujeto en la obtención de beneficios. Económicamente, todo el mundo obtiene beneficios del éxito de cada sujeto. De ese modo, desde el mero punto de vista económico, el desigual reparto de riquezas entre los distintos miembros de la comunidad se consideraría justo porque egoístamente satisface a todos, ya que produce el mayor beneficio posible para cada uno de ellos.

Pero el hombre no es simplemente un animal económico, es sobre todo un animal sentimental, y ese desigual reparto, inobjetablemente justo de acuerdo con la razón económica, no lo sería con la razón sentimental: el sentimiento de agravio comparativo (y el consiguiente resentimiento contra los de más éxito) seguiría produciéndose en aquellos que muestran menos mérito, que obtienen menos éxito y cuyas expectativas de mejorarlo son pequeñas. Esas razones sentimentales llevarían a muchos a preferir la miseria para todos antes que la desigualdad. Tales son las razones que presenta el Igualitarismo extremo, cuya razón sentimental les dicta la fórmula de “lo justo en el reparto es la igualdad”.

No por razones de justicia social, como se suele alegar, sino por razones de conciliación social y de compasión (la compasión, por la conveniencia de armonía social, abre el “nosotros” a todos los miembros de la comunidad), la comunidad detrae riqueza de los más económicamente favorecidos y la asigna gratuitamente a los menos favorecidos. Pero esto, como ya he dicho, no es una cuestión de justicia en el reparto, sino de caridad y acuerdo y armonía social, y no es éste el tema.

Psicología, sentimientos e injusticia

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He de hacer varias advertencias. Con la primera quiero aclarar que el propósito de este escrito no es el de expresar mi opinión acerca de cuál debe ser el comportamiento correcto, la ética, sino el de echar un vistazo a algunas de las causas que lo rigen. La segunda advierte contra los incontables y contradictorios manuales de psicología al uso. La tercera advertencia pretende simplemente señalar que algunas de las razones  que expongo y de las afirmaciones que realizo son de digestión difícil.

El hombre se mueve a instancias de los deseos y de los sentimientos. Esta es la premisa de la que parto y debería resultar evidente a los ojos de aquellos que han pulido y calibrado correctamente sus gafas del entendimiento. Cierto es que los instintos y las emociones juegan su papel, pero están contenidos en aquellos; y cierto es que las creencias del hombre presentan en su conciencia la perspectiva y el juicio para que deseos y sentimientos se manifiesten en una determinada forma, pero son estos los que nos mueven en última instancia.

Uno de los adagios que figura en la entrada de este pasado 17 de diciembre, dice así: «Nos parece solución justa la que nos satisface». Voy a tratar de precisar su significado con ejemplos. Piensen en la venganza, pero miren en lo profundo. Nos satisface imaginativamente vengarnos, e inmediatamente sentimos que sería justo hacerlo (y a ese sentir le da el plácet la conciencia, que le dice a uno desde lo íntimo “sí, vengarte sería lo justo”). La Ley del Talión, la vendetta, la venganza, se arraigaron en nosotros durante nuestro andar evolutivo, e íntimamente sentimos y creemos que son formas elementales de justicia. ¡Porque nos produce satisfacción imaginar su cumplimiento, es decir, porque lo deseamos y porque el sentimiento de agravio que sufrimos nos impele a ello!

Piensen ahora en un hecho dramático del que se han hecho eco las noticias de estos últimos meses (en España, pero otros casos similares han ocurrido en el mundo, por ejemplo en Australia y EEUU): el asesinato de niños a manos de sus padres. Por precisar: piensen en Medea (véase mi entrada del 11 de noviembre pasado). Para Medea es del todo justo vengarse de la traición de Jasón, su marido. Medea siente injusticia. Medea necesita satisfacerse, necesita vengarse, necesita infringir el mayor dolor posible: un dolor semejante al que ella siente. Sus hijos son el instrumento de la venganza. Ese deseo, su despecho, su odio contra Jasón, es lo único que cuenta. El cariño a sus hijos es accesorio. El sentimiento de la injusticia cometido con ella la mueve de forma imparable. Vengarse es actuar con justicia porque el vengarse  la satisface.

Veamos otros ejemplos no menos elocuentes.

El grito y la fórmula ética del Igualitarismo es: “desigualdad social o económica igual injusticia”, que se puede reformular como “igualdad igual a justicia”. No es solo igualdad de derechos o igualdad de oportunidades lo que defiende el Igualitarismo, sino igualdad económica, igualdad de rango, igualdad de estatus…, y los más feos y de entendimiento más liviano desearían también igualdad de belleza e igualdad de inteligencia. Es el agravio comparativo lo que cuenta. Si todos viviésemos en la miseria, si todos careciéramos de derechos, si todos fuésemos tontos y feos, los igualitaristas extremos serían felices porque obtendrían la satisfacción de haber desaparecido el agravio comparativo, la satisfacción de que todos seríamos iguales. Para estos extremistas del Igualitarismo no vale mérito alguno para hacer que alguien destaque. La satisfacción  que les proporcionaría la igualdad (acallando de así la envidia y el resentimiento que sienten) les hace sentir que la igualdad es lo justo: “igualdad=justicia”.

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Sin embargo, durante la mayor parte de nuestra historia, la fuerza ha sido la base de los derechos de la gente. Los individuos con más poder se sentían satisfechos por ello y consideraban por ello su posesión de derechos, de riquezas y de estatus justo. El poder y la fuerza ―la satisfacción que les producía―eran la base sobre la que descansaba el considerar la desigualdad con los menos fuertes y poderosos como justa. La fórmula ética podría esquematizarse como: “el más fuerte debe estar más arriba en la pirámide de estatus y poder”. Esto daba lugar a sistemas sociales de jerarquización estanca. En esencia no es mejor ni peor que la fórmula igualitarista, sino que esta es defendida por los “débiles” y la otra por los “poderosos” (como se ve, cada cual vela por sus intereses). De hecho, esta fórmula que produce jerarquías estancas es que la rige las relaciones sociales en numerosas especies de animales, produciendo una jerarquización lineal.

En lo íntimo, aquello que le satisface a uno es considerado como justo. Ahí tenemos los derechos territoriales que alegan los catalanes o los vascos. Como les satisface poseer esos derechos, los consideran justos. También el derecho de conquista era considerado justo: les satisfacía dominar a los conquistados.

Profundicemos un poco con otro ejemplo. A un individuo le gusta una mujer y la imagina con cualidades perfectas. A la vez, el deseo le hace imaginar que ella le desea a él de la misma forma, y de ese imaginar aparece en dicho individuo ese edificio sentimental que vulgarmente llamamos amor, en cuya argamasa es elemento importante el ansia de posesión.

El tal individuo, en su interior, más que creer, siente que aquella mujer es “su mujer”, siente que le pertenece. Las redes neuronales que han trazado su imagen perfecta reclaman esa pertenencia (la mujer real, íntimamente, es un mero reflejo de la mujer imaginada). Y esas redes influyen en la estructura sentimental y anímica del individuo en relación a ella. El individuo cree que es suya porque la posee en el cerebro. Como consecuencia, espera que su comportamiento sea el adecuado a esa relación de pertenencia.

Ahora bien, si las evidencias en contra de que  ella esté por él ―en reciprocidad, tal como el deseo argumenta―son muy fuertes, si se hace evidente para él el desdén y el desprecio de ella, la imagen de perfección edificada se derrumba. El sujeto percibe injusticia porque ha perdido algo que le “pertenecía”; el sujeto percibe satisfacción en hacer que desaparezca, digámoslo claramente, percibe satisfacción en vengarse, percibe venganza en matarla, y, como consecuencia, considera justa esa solución.  (Entiéndaseme: esas son las pulsaciones que se sienten. Luego intervienen las creencias, los miedos, la moral social, el temor a la condena social etc, que logran hacer que ni siquiera la conciencia del individuo se percate de ese cruel deseo de matar, ni de lo justo que le parece esa muerte).

<a href=”http://www.safecreative.org/work/1411292620842-evolucion-de-la-mente-animal-moral&#8221; target=”_blank”>
<span>Evolución de la mente.- ANIMAL MORAL</span> –
<span>(c)</span> –
<span>Fernando Joya</span>
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