CONDUCTA SOCIAL Y NATURALEZA HUMANA III

 

 

LAS CREENCIAS Y LA CONVENIENCIA QUE PRESENTAN

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¿Cómo resaltar la importancia de las creencias en nuestra conducta social?

 

La gente vive y muere por sus creencias. Por creencias se hicieron pirámides gigantescas, catedrales inmensas, monumentos grandiosos, en fin, altares magníficos a las creencias humanas. Por creencias se lanzaban contra las naves enemigas los kamikazes japoneses en la Segunda Guerra Mundial; en la India, por creencias la viuda del difunto era ofrecida  a morir en la pira funeraria; por creencias se fundan o se destruyen los imperios, se suicidan colectivamente grupos humanos, se inmolan los terroristas del Daesh en sangrientos atentados; por creencias se altera la razón o se pierde la visión de la realidad y se ve a ésta transformada en fantasía o en esquizoide ilusión. Cuando una creencia se implanta en una comunidad y crea en ella un clima de opinión, y aporta criterios y verdades nuevos,  acaba imponiendo una dictadura moral, es decir, nos dice lo que está bien y lo que está mal, y ejerce de rectora de nuestra conducta social.

Si, tal como se ha explicado en las dos entradas anteriores de este blog,  el sistema instintivo y el sistema sentimental, nos dictan –mediante la pulsión que nos hacen sentir—las  conductas sociales a seguir (y en ese dictado para realizar tal o cual acción muestran la conveniencia percibida en él por dichos sistemas), para dicho menester de dictar nuestra conducta las creencias que anidan en nuestra conciencia acerca de la realidad son la crème de la crème.

Asumimos  las creencias de nuestros padres, de los medios, de los líderes de opinión, de los políticos; seguimos sus criterios, hacemos nuestros sus juicios; confiamos en ellos buscando seguridad. Entendemos el mundo a través de su opinión y juzgamos según su juicio. Delegamos en ellos, fiamos en ellos, hacemos dejación en ellos de nuestra responsabilidad para entender la realidad. Así que ponemos nuestra seguridad, nuestra conducta y nuestras esperanzas en sus manos. Nos convertimos en rebaño de conciencia moldeada de acuerdo a los propósitos de los líderes. Hitler y Mussolini crearon así su rebaño fiel. Cuando murió Stalin, millones de personas que habían sufrido opresión y que habían perdido a algún ser querido por la política asesina del tirano, lloraban con dolor la muerte del ‘padrecito’.

 

Pero, ¿qué son las creencias, de dónde proviene su fuerza?

 

Nos dice Julián Marías que  «Las creencias son sistemas socializados de conceptos e ideas que organizan la percepción de partes del mundo –o de su totalidad—en el que vive la sociedad de referencia». Ciertamente una creencia es una perspectiva, es un particular enfoque cromático través del cual miramos la realidad. Miramos al mundo y lo vemos con la perspectiva que nos aportan las creencias que tenemos. Bueno, en realidad, debemos decir que son ellas las que nos tienen, las que se apoderan de nosotros. Una creencia anida en la conciencia del individuo y hace que éste sienta y se comporte de tal o cual manera ante una situación determinada. La creencia se suelda a nuestra conciencia y construye aquí la base de nuestra conducta, de nuestros juicios, de nuestro sentir e incluso de nuestro pensar. De ahí su fuerza. Las creencias nos dirigen, nos zarandeas, nos señalan dónde está el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, la mentira y la verdad.

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¿Qué beneficios nos reporta el ‘creer’?

 

En primer lugar, sirven para automatizar nuestra conducta. Gracias a que nos proporcionan una previsión de la realidad, ante cada acontecimiento no tenemos que sopesar a cada instante la conducta más adecuada o conveniente, es decir, nos evita ese delirio en que nos introduce la duda, ese delirio de análisis y pros y contras que ésta trae consigo. O dicho de otra manera, las creencias nos proporcionan, criterios,  juicios y sentimientos para escrutar el mundo y posicionarnos frente a él. Nos indican el camino de lo que se anhela, su busca o se teme. Nos proporcionan certezas, un suelo por el que caminar desprevenidamente.

Y no importa si contienen o no verdad. Lo que importa es que nos proporcionen convencimiento. Si analizamos cualquier creencia en profundidad la derrumbamos. Ahí tenemos creencias sin ton ni son que están profundamente arraigadas en una parte importante de la humanidad: la astrología, el tarot, la homeopatía, las cosmovisiones místicas, etc., etc. Lo que satisface de ellas es que proporcionan previsión de la realidad, satisfacen las ansias de saber de sus acólitos, dan cobijo y amparo, o generan ilusiones satisfactorias. Generalmente se amoldan a la horma de nuestros deseos y temores. De ahí que las creencias más poderosas –como las creencias religiosas y otras de las que hablaremos— manejan profusamente el temor y el deseo.

 

Somos crédulos

 

Podemos creer en supersticiones que ya aparecen en tablillas mesopotámicas  de  cinco mil años de antigüedad: que nos sobrevenga el infortunio si derramamos descuidadamente la sal, si un gato negro cruza en nuestro camino, si pasamos por debajo de una escalera de mano apoyada en la pared… También creemos en magias diversas: vudú, hechizos, encantamientos, en el poder de San Cristóbal o San Eulogio, en la licuación esporádica de la sangre de San Pantaleón o de San Genaro, en lo funesto de una maldición, en la alquimia… Y cómo olvidarnos de las creencias acerca de las  ‘ciencias’ de la adivinación: tarot, quiromancia, presciencia, astrología…, y en el Cielo, en el Infierno, en el fenómeno OVNI, en los dioses, en la reencarnación, en Satán… Y tales creencias nos transforman, nos pueden aportar ánimo o desesperación, deseos de vivir o de morir. Tracios y Celtas creían en la transmigración de las almas, en la metempsicosis, y poseían un gran desprecio de sus vidas, lo que les proporcionaba una gran valor en las batallas.

Toda creencia es una ilusión de la realidad, una fantasía acerca del mundo. El ser humano necesita ilusión. Cuando la realidad no le satisface –y casi nunca lo logra—la ilusión, la esperanza, son su salvaguardia. La ilusión, al satisfacer virtualmente el deseo encerrado en ella, alivia la realidad, la hace soportable, incluso la reemplaza.  El temor y el deseo son las entidades que fabrican las ilusiones en nuestra mente; y lo hacen tomando las alas de la imaginación y edificando, fijando y organizando creencias a su albedrío. La mente se halla ocupada a todas horas en trazar ilusiones a la medida de los deseos y de los temores. Para entender que sea posible tener fe en las creencias más absurdas, conviene resaltar nuestra naturaleza ilusoria. Tenemos que entender que son el temor y el deseo quienes suscitan esas ilusorias creencias; que son el temor y el deseo quienes nos hacen crédulos.

 

Creencias potentes y peligrosas

 

Los hombres están poco preparados para afrontar creencias basadas en la racionalidad, así que, para imprimir una dirección a los afectos y un norte a la conducta,  la expresividad simbólica, la  ritual y la mitológica resultan mucho más eficaces que el análisis racional. Sirva como ejemplo de esta simplificación conceptual  la religiosidad andaluza: lo que provoca el llanto de los rocieros o de los cofrades en una procesión, lo que exalta el ánimo al ver la imagen de la Virgen María, no son los misterios de la trinidad ni los valores de la ética cristiana ni la organización celestial, sino el simbolismo pagano, la imagen representativa del poder o la bondad. El símbolo desata de inmediato la pasión.

Las creencias Redentoras son las que manejan con más empeño la ilusión y el símbolo. Nada menos que pretenden redimir al que sufre, al oprimido, al descontento, al infeliz, al mísero. Las más conocidas y más en boga son: el nacionalismo, las religiones del Libro, el Igualitarismo marxista o comunista… Todas ellas proponen la ilusión de un Paraíso –así en el Cielo o en la Tierra—que se logrará siguiendo la conducta conveniente o pertinente al caso: la lucha por la independencia, el acatamiento a ciertos dictados religiosos, la revolución sangrienta… Las banderas, las insignias, las imágenes, los símbolos que utilizan cada una de ellas focalizan la atención del creyente, le infunden pasión y le identifican con el grupo. Su principal fuerza reside en la obnubilación que concitan las  pasiones y sentimientos. El deseo, el temor, el odio, el resentimiento que dichas creencias concitan y agavillan en las gentes, son sus armas más poderosas.

Las nuevas creencias místicas

 

Son esas creencias seudoreligiosas que los nuevos tiempos han traído. Unos tiempos de vida acomodada, de evitación a toda costa de todo cuanto huela a sufrimiento, de evitación de lucha y enfrentamiento…; unos tiempos en que se trata de eludir el temor social buscando refugio en los animales o la naturaleza. Unas creencias que han sustituido al clásico dios etéreo por esos nuevos dioses que son la Naturaleza, la Vida, la cosmovisión mística del Todo relacionado, la Justicia entretejida en los actos y en sus consecuencias…Me refiero, claro, al animalismo, al veganismo, al ecologismo extremo.

Y hacia esos dioses se vuelca el afán religioso de sus seguidores: el proselitismo, el militarismo en la creencia, la imposición de su ideario por la fuerza etc., etc.

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¿Qué conveniencia percibimos?

 

Tal como se ha podido ver,  al hombre no lo mueve la realidad, sino las ilusiones que la conciencia —sugestionada por las creencias— construye de esa realidad. Las creencias distorsionan y alteran la percepción de la realidad, categorizan esa realidad percibida, emiten juicios de valor acerca de ella, estiman la conveniencia que representa para el individuo, y disponen a los deseos y a los sentimientos al arbitrio de aquellas. Temor, deseos y sentimientos brotan, se disponen y se desarrollan en el suelo de las creencias del individuo, así que según la sustancia de éstas, adquirirán aquellos su peculiar color, su tallo, su fortaleza, su fruto, su singular desarrollo, y, las ilusiones que se construyen con ellas terminarán adquiriendo su estructura, vitalidad, colorido y forma.

 

Otro sistema que poseemos en el cerebro para percibir la conveniencia de nuestras actitudes y nuestra conducta, es el sistema intelectivo, pero sospecho que hablar de él me exigirá un arduo trabajo, así que lo dejo por ahora en el tintero.

 

ANIMALISMO RELIGIOSO

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Cuando hablo del animalismo no me refiero al individuo que siente cariño hacia un animal de compañía, ni tampoco me refiero a quien se refugia afectivamente en uno de esas mascotas que nos acompañan y  que tanta satisfacción producen, ni siquiera a quien hace de su relación con los animales el leitmotiv de su vida, sino que me refiero a aquellos  que pretenden imponer socialmente una ética de corte totalitaria, absurda desde el punto de vista de la evolución humana, y represora contra quienes discrepan de sus mandamientos. Una ética con tintes religiosos propia de un régimen teocrático.

En ese magnífico libro de divulgación científica que es Los tres primeros minutos del universo, nos dice su autor, Steven Weinberg, que “Para los seres humanos es casi irresistible el creer que tenemos alguna relación especial con el Universo; que la vida humana no es solamente el resultado más o menos absurdo de una cadena de accidentes que se remonta a los tres primeros minutos, sino que de algún modo formamos parte de él desde el comienzo.”

Algo semejante nos dice Jesse Bering en El instinto de creer, que “Importantes factores cognitivos  nos inducen a pensar que hemos sido creados para una finalidad especial, o que los sucesos naturales contienen mensajes importantes procedentes de otro mundo, o que nuestra existencia psicológica está misteriosamente ligada a un impreciso pacto moral con el universo.”

Los que estos autores nos señalan no es nada raro: las religiones, las seudociencias adivinatorias, las religiones mistéricas, muchas religiones orientales… nos indican que en la persona humana existe una percepción religiosa de conexión con el Todo, de formar parte activa y dinámica del Universo y de que místicamente cualquier acción que efectuemos nos traerá consecuencias morales.

Las religiones tradicionales de Occidente dirigieron esa religiosidad a propósitos sociales, y la vistieron con rituales, liturgias e imágenes. Hoy en día, en este mundo que dispara contra esas religiones tradicionales, la religiosidad reaparece camuflada en forma de ecologismo radical o animalismo. Los seguidores de estas corrientes adquieren y fijan una creencia y la adoran como a un dios y proclaman su fe en ella e incluso arriesgan sus vidas por defenderla e imponerla a los demás.

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Pueden llegar a ser más peligrosos que los más encarnizados enemigos y que las religiones que ellos mismos intentan combatir. Pueden llegar a santificar a los animales, a las plantas, a las tierras, e incluso ofrecer a esos nuevos dioses sacrificios humanos.

Bill Devall, que publicó en 1985 el libro Deep Ecología, llega al extremo de considerar la tala de árboles con el exterminio llevado a cabo por los nazis en Auschvitz. Pentti Linkola no es menos extremo: propone volver a una sociedad preindustrial gobernada de manera totalitaria y donde el consumo se limite a los recursos renovables. Algunos grupos ecologistas hablan del derecho de los árboles y del derecho de las montañas. Christopher D. Stone publicó el ensayo, ¿Deberían los árboles tener derechos? En los grupos animalistas produjo una gran influencia el libro de Peter Singer, Liberación animal. En él se opone al especieísmo (la discriminación positiva de nuestra especie), y defiende una igual consideración de todos los seres capaces de sufrir.

Naturalmente, todos estos movimientos pueden llegar a ser un obstáculo para el progreso y para la felicidad humana.

Sorprenden esas propuestas porque sin dejar de obedecer al egoísmo propio de quien las formula, y conteniendo en sí razones totalitarias, atentan contra la primacía humana. No es lugar éste de analizar las incongruencias que contienen, pero sí de resaltar que son un despropósito evolutivo y biológico. El carácter relativo que el postmodernismo otorga a cualquier planteamiento ético o social ha dado alas a este tipo de propuestas. Todo planteamiento que no tome en cuenta el egoísmo individual y el egoísmo de la especie humana como cimiento ético, se acaba convirtiendo en el absurdo de ir contra las previsiones biológicas de la supervivencia y el éxito reproductor.

Sí que conviene analizar que el ecologismo radical[1] y el animalismo se desarrollan en lo macrourbano principalmente, en sociedades urbanas de dimensiones abrumadoras. En esas grandes ciudades, las relaciones y vinculaciones de parentesco, vecindad y amistad, que mantenían antaño el orden social y los lazos de afectividad y seguridad de los individuos, han desaparecido casi por completo. Hoy no resulta extraño que las gentes que viven piso con piso apenas se conozcan y apenas se saluden si se encuentran en el ascensor. Ello origina grados de soledad impensables hace unas décadas. Además, la interacción con ‘el otro’ se convierte en motivo de malestar por la alteridad que ofrece. Todo se convierte en desconfianza, y, en consecuencia, se produce una huida de la realidad hacia la virtualidad del televisor, de Internet, de la lectura…Pero en ocasiones el refugio afectivo se encuentra en los animales de compañía o en volver a comunicarse de manera más directa con la naturaleza.

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El temor a lo social, produce así conductas precavidas o incluso conductas evasivas. La solución del trato con animales de compañía resulta gratificante en estos casos, pues se encuentra un refugio afectivo en el que protegerse de la agresividad social. Uno vuelca su afecto en su perro sin prevención  porque sabe que no representa peligro alguno, y, a cambio, recibe la gratificación de su compañía y su interacción lúdica. El siguiente paso hacia el animalismo, tras de ese arrebujamiento en sí mismo, consiste en categorizar a ciertos animales  en el ‘nosotros’ del afecto. Y tras de pasar a depositar la confianza y el afecto en los animales hasta límites de sensibilidad semejantes a los que tiene una madre o un padre con su hijo, la mirada hacia ellos puede hacerse mística. La proclama “Respeto a la vida de los animales” que contiene en su esencia el veganismo, o bien, “Respeto a todas las formas de vida”, tiene únicamente sentido con las connotaciones religiosas que conlleva. Lo sienten como un mandato divino y construyen un santuario a cualquier ser vivo.

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Cuanto más desaparece hoy en día la fe de las gentes en dioses y cielos, más crece el sentimiento religioso de comunión con la Tierra, los animales… Tal como ocurría en las religiones animistas, muchos necesitan sentirse conectados al cosmos de alguna manera. . Como dice Jesse Bering, que “importantes factores cognitivos nos inducen a pensar … que nuestra existencia psicológica está misteriosamente ligada a un impreciso pacto moral con el universo”, y de ahí que muchos que no perciben al mundo mediante los argumentos de la razón o la de los dioses tradicionales, parecen hacerlo con un sentimiento de fraternidad[1]. De ahí la celebridad que ha tomado la frase “… todo el universo conspira…” de Pulo Coelho.

Leo el programa del Partido animalista-PACMA: “Sacrifico cero de animales; prohibición de la exhibición y venta de animales en comercios; endurecimiento de las penas por abandono, maltrato y asesinato animal; fin de la experimentación animal; prohibición de circos y atracciones con animales; prohibición de granjas de cría intensiva de animales»; y termina con un exhorto: “Si crees que los derechos de los animales necesitan ser defendidos; si crees que los animales necesitan tener representación en las instituciones: ¡¡¡Apoya al PACMA!!!”. Esto es: un carácter antisocial, un querer prohibir la libertad y el disfrute de las gentes en atención a su mirada religiosa, un ataque contra el instinto humano.

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Lo curioso es que presentan el movimiento animalista como un ejemplo de bondad cuando en realidad no responde a otra cosa que al egoísmo. Se muestran totalitarios al querer imponer a los demás su ‘verdad’ y su  reblandecida sensibilidad; carecen de base ética razonable; detraen gran cantidad de recursos al acervo económico social; parecen despreocuparse del sufrimiento humano[2]; pretenden el absurdo de hacer a los animales sujetos de derecho (la pretensión de que todos los animales posean conciencia de que tienen un derecho y lo pueden ejercer y defender, lo cual es absurdo); consideran enemigos a quienes contradicen sus dictados y emplean otra sensibilidad distinta a la suya con los animales; y, finalmente, contradiciéndose una vez más, no les importaría la muerte de todos los animales en cautividad, lo que ocurriría si dejaran de ser útiles para la alimentación o el entretenimiento humano.

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Ese fanatismo religioso de que he hablado lo comparten con los ecologistas radicales. Ambos grupos, muy afines y aguerridos ambos, han lanzado una cruzada en favor de esas cosmovisiones místicas de armonía universal ante las cuales la especie humana se debe someter al ecosistema global. La radicalidad de algunos ecologistas empaña la benéfica labor del ecologismo. Pero con su militancia agresiva (muchos se convierten  en guerreros de esa fe), a la que los poderes públicos temen como al diablo, y con su alianza con el buenismo, consiguen hacer pasar por buenos los disparates más extremos. Plagas de estorninos en algunas ciudades, desvío, paralización y encarecimiento en la construcción de algunas autopistas y vías férreas debido al simple hecho de no molestar a unas mariposas o a unas avutardas, y así un larguísimo etcétera de prohibiciones sin sentido. Baste resta señalar que han realizado propuestas a favor de enterrar los tendidos eléctricos de alta tensión, lo que significaría un gasto inasumible, inmenso, con motivo de que alguna cigüeña no se electrocutase (de lo cual apenas hay ejemplos). Lo curioso del caso es que algún grupo político ha tomado en serio la propuesta.

[1] El Jainismo, una religión originaria de la India, nacida en el siglo VI a.C. tiene un basamento parecido: “la vida animal es sagrada”, lo cual les conduce a cubrirse la nariz y la boca tratando de evitar tragarse mosquitos, o les hace ir barriendo con una pequeña escoba el suelo que pisan para evitar pisar a cualquier animal pequeño.

[2] En el caso del perro de la enfermera que se contagió con ébola, parece ser que hubo más de 300.000 entradas en las redes sociales clamando porque le tratasen médicamente, pero a los toreros asteados en las corridas de toros les desean la muerte. Cientos de comentarios de internautas consideraban la vida del perro más valiosa que la de la ministra Ana Mato. Hubo incluso quien comparó el sacrificio del perro con la ejecución de Miguel Ángel Blanco a manos de ETA.

[1] No el ecologismo en general, análisis científico de las relaciones de los seres vivos con el medio ambiente.

Cosas, casos y excelencias

  • Qué decir de la entrega de los premios Goya del cine español: nunca tanta pompa escondió tan poco ingenio. Eso es lo que dicen las taquillas.
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  • El premio Nobel de medicina brasileño Draúzio Varella resalta que el mundo invierte cinco veces más en silicona para la mujeres y en medicamentos de virilidad para los hombres que en la cura del Alzheimer: «De aquí a algunos años tendremos viejas de tetas grandes y viejos con pene duro, pero ninguno de ellos se acordará para qué sirven».
  • Mi tío Anselmo asegura que le ocurrió a un amigo suyo. El tal amigo vive en un pequeño pueblo, así que la atención médica la reciben en la ciudad más próxima. Le habían tratado de una infección urinaria y el médico le dio el alta con la siguiente recomendación: “En un mes vienes con la orina, que la analizaremos a ver qué tal andas” El hombre acudió al mes con una garrafa de orina, de arroba (de 16 litros), llena hasta rebosar. Mi tío ignora si allí estaban todas las micciones o algo vertió fuera por no tener a mano un recipiente de mayor capacidad.
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  • Quien me haya leído con anterioridad será conocedor de que el ser humano posee un gran arte para engañar en su provecho y para autojustificar sus actos. Acabo de leer en una revista de divulgación científica que la vaca deforesta 28 veces más que el pollo o el cerdo (se ha de recalcar que la revista no detalla si esa proporción es por kg de carne o es por animal, lo cual me resulta aún más sospechoso, y en cualquier caso increíble). Resulta hartamente sospechoso el que tras de descubrir que las vacas producen metano, que es un gas de efecto invernadero, descubran también que deforesta barbaridades y que su carne produce cáncer. Con ese rigor y objetividad que caracteriza a los modernos investigadores del cambio climático, pronto descubrirán que las vacas son de derechas.
  • En algunas propuestas animalistas van de la mano una naturaleza hipersensible y un totalitarismo extremo.
  • Cada creencia nueva que se aposenta en un individuo es como un nuevo mundo que edificase en su conciencia una nueva En cada nueva creencia fulgen novedosos argumentos y peculiares temores y deseos. En esa conciencia pueden convivir mundos paralelos que se comunican por los gusanos de la duda. El mundo que ofrezca mayor acomodo al pensamiento será el que despliegue su realidad en el sujeto.
  • Existen dos tipos de individuos: aquellos a quienes la envidia les sirve de acicate para progresar, y aquellos otros para quienes la envidia es el germen del odio.
  • Es innegable que el protestantismo, la prosperidad material y la libertad han caminado siempre de la mano.

 

Los blogs que expongo me resultan personalmente excelentes, y la excelencia hay que pregonarla. Elijo cuatro de ellos sin menospreciar otros de hermosa factura pero que solo recientemente sigo.

El primero, http://tertuliafilosoficatoledo.blogspot.com.es  es lo mejor que conozco en relación al tema del conocimiento. En él, pensamiento, conducta, conciencia, futuro, civilización, arte, belleza, la bondad, el conflicto, la ciencia, lo social, la inteligencia…, despliegan sus esencias de la mano sabia de su autor, Yack. Profundidad, amplitud de conocimientos, elegancia expositiva, fina inteligencia, exactitud y belleza en el lenguaje, son algunas de las cualidades que destacan en el autor al tratar los diferentes temas de rabiosa actualidad que conforman su blog. Todo aquel que ande buscando el porqué del mundo social en que vivimos, debería leerlo. Todo el blog es un homenaje a la razón.

Del segundo blog, http://apuntodecaramelo.com/, ya hablé en una entrada anterior, su autora, Stella, nos expone la herrumbre de las cosas con los colores de la nostalgia y desparramando sentimientos desde las cosas minúsculas que aparecen, como de hurtadillas, en sus relatos.

En este siguiente blog, http://mantenlosimple.com/, campea la psicología del vivir, enfoca el modo en que encarar la praxis de cada día. Con gran elegancia y cuidado, receta el minimalismo en las posesiones y en la manera en que se debe afrontar la vida.

El cuarto, https://diegofirmiano.wordpress.com/ , me atrevería a calificar de ensayo periodístico, y no miento si digo que cada una de sus entradas es una verdadera joya.

 

 

 

Psicología del «animalismo»

El igualitarismo marxista tenía como intención lo expresado en el grito aquel de los ciudadanos de Éfeso, «que nadie destaque»; y como fundamento moral la fórmula «desigualdad igual a injusticia»; pero el socialismo del siglo XXI ha rebajado tales supuestos y pone sus cimientos en la sensibilidad. En ese punto adquiere los valores del animalismo.

Aunque aparentemente el código moral de cualquier grupo o movimiento social se funda en Principios, esto es, un discurso-base al que las acciones, valores, proyectos y actitudes sociales referencian su calidad moral, en las razones de su emergencia y aceptación social subyacen motivos de conveniencia pasional. Por debajo del acto de acatamiento a cualquier dictado moral, o por debajo de cualquier posicionamiento ético, discurren operaciones psicológicas cuyas razones dominantes son deseos y sentimientos. Sirva de ejemplo la fórmula psicológica que opera en los animalistas.

«Me duele el sufrimiento de los animales (de algunos), luego se debe obligar socialmente a evitar su sufrimiento, aunque ello implique su muerte (antes muertos que sufriendo)». La máxima moral que proclaman es «compórtate con los animales de acuerdo a evitar que sufran», que se basa en la categorización moral: «El sufrimiento animal es Malo» Pero esta categorización es perversa. El dolor es una reacción orgánica, pero el sufrimiento es un sentimiento, interviene en su aparición la conciencia, cosa dudosa que los animales tengan, así que dicha categorización falsea la cuestión al pretender presentar a los animales revestidos de caracteres humanos. En segundo lugar, el endilgar el tal pretendido sufrimiento animal a la categoría del Mal se basa en razones psicológicas del animalista pero no constituye una razón universalmente reconocida como derivada de lo humano. Tal razón psicológica es la propia sensibilidad ante la percepción del «sufrimiento» animal. Entonces, la fórmula animalista del principio del párrafo lo que pretende es utilizar el lecho de Procusto, medido por la sensibilidad propia, a la sensibilidad de los demás; es decir, los animalistas pretenden imponer a los demás los dictados que surgen de sus razones psicológicas. Más digo, en realidad, lo que pretende el animalista es imponer egoístamente sus razones a los demás.

En cualquier caso, cabe preguntarse por esa especial sensibilidad hacia los animales de que hacen gala el grupo que aquí nos interesa. Quien se haya criado en zona rural sabe que los animales de compañía, perro y gatos, eran apreciados —hasta no hace mucho—por su utilidad para la caza y el pastoreo. La especial sensibilidad que se ha despertado hacia ellos en las zonas urbanas se corresponde en el tiempo con la deshumanización de la sociedad actual, quiero decir, el cambio de hábitos en cuanto a cooperación, a relaciones, la desmesurada competencia que se produce en cualquier ámbito social en el que nos relacionamos, la escasez de relaciones de amistad en los ámbitos laborales, el encierro voluntario de muchos jóvenes delante de las pantallas del ordenador o la televisión, la desaparición de las relaciones entre vecinos… Todo ello produce «temor al otro», temor a su alteridad, y desprotección, social y afectiva. De ello proviene la entrega que muchos realizan hacia el afecto animal, que presenta sus ventajas: se recibe afecto y compañía sin contrapartidas, no hay peligro de traición, no se disputa generalmente con nadie el afecto del animal, el perro o la mascota no producen la alteridad que producen los humanos, el afecto se entrega y recibe desprecavidamente, lo que casi nunca ocurre entre humanos… En fin, que, afectivamente parece salir mucho más a cuenta la relación con una mascota que con un humano. Claro que, hay que resaltarlo aunque ya ha sido mencionado: el dictado que impera en ese desplazamiento de la relación afectiva con humanos a la relación con mascotas es el temor. El temor a la relación humana. O dicho de otro modo, la sensibilidad para con los animales que surge mediante la relación afectiva con ellos, nace del temor y se desarrolla alimentándose de él. Así que, en ese sentido, la sensibilidad hacia los animales significa un reblandecimiento en la «virilidad» que precisa la relación humana para ejecutarse, un reblandecimiento instintivo, una huida de la rudeza, una huida de lo humano, un ampararse en afectos no problemáticos…Y todo ello lleva finalmente a la pretensión de mudar esa naturaleza humana que tiene a los instintos como pilares de la animalidad, a una pura  naturaleza «artificial» basada en la sensibilidad.

Los medios esparcen ese clima moral y la sociedad se impregna de ellos, se impregna de sensibilidad (la conciencia se adapta a los dictados del clima moral imperante por temor al ostracismo y la condena social), y su culpabiliza y condena a cualquier que realice un acto que pueda molestar a un animal (ya no hacerle «sufrir»), se impone la dictadura de la sensibilidad, una nueva forma de totalitarismo.

Pero, no se olvide, en el tras-muro el significado que aparece es el egoísmo personal de unos cuantos, amparados en máscaras como la del sufrimiento animal o la sensibilidad, se pretende imponer a la sociedad una categorización moral perversa, que atenta contra la libertad de los individuos que poseen otras sensibilidades, una nueva deshumanización con apariencia y máscara humanas.